Artículos de MARÍA DÍAZ-JIMÉNEZ MOLLEDA en el Boletín de la I.T. (1920-1946)

 ARTÍCULOS DE M.ª DÍAZ-JIMÉNEZ MOLLEDA (1884-1946) EN EL B.I.T.


1. Ideas pedagógicas de Balmes (FEB20-ABR20: N.º 63-65) Firmado: “María del Rosario Díaz-Jiménez y Molleda”

2. El Padre Fray José de Sigüenza (MAR23: N.º 100) Firmado: “María Díaz Giménez”

3. Estudiando a Santa Teresa (JUN23, NOV23, MAR24, OCT24: N.º 103, 108, 112, 119) Firmado: 1º y 4º “María Díaz Giménez”, 2º y 3º “Una Teresiana”

4. León (JUL23-SEP23: N.º 104-106) Firmado: “Una Teresiana”

5. Pedagogía Teresiana (OCT26-MAR27, MAY27-OCT27, AGO28: N.º 143-148, 150-155, 165) Firmado: “María Díaz Jiménez”

6. Pestalozzi (ABR27: N.º 149) Firmado: “M.ª. Díaz Jiménez Molleda”

7. Algo fundamental en la Pedagogía (NOV28: N.º 168) Firmado: “María Díaz Jiménez”

8. La educación de la voluntad (ENE29: N.º 170) Firmado: “María Díaz Jiménez”

9. En el primer centenario de León Tolstoi (ABR29: N.º 173) Firmado: “María Díaz-Giménez”

10. Covadonga (SEP29: N.º 178) Firmado: “M. Díaz Jiménez”

11. Enseñanza de la Religión (DIC29-ENE30: N.º 181-182) “Trabajo leído por su autora, Srta. Díaz Jiménez, en la III Asamblea de Cooperadoras Técnicas”

12. Via Crucis. XII Estación (ABR30: N.º 185) Rubricado

13. San Agustín (MAY30: N.º 186) Firmado: “María Díaz Jiménez”

14. Orientación femenina (JUL30: N.º 188) Rubricado

15. Página pedagógica (el dolor) (OCT30: N.º 191) Rubricado

16. Bruselas: I Congreso Internacional de 2ª Enseñanza Libre (OCT30: N.º 191) Sin firma

17. Notas de excursión: De Ávila a Salamanca (NOV30: N.º 192) Firmado: “Una excursionista”

18. Coronación de la Virgen del Camino (DIC30: N.º 193) Firmado: “M.ª Díaz Jiménez”

19. A los pies de la Milagrosa (1830-1930) (FEB31: N.º 195) Rubricado

20. Resurrexit (MAR31: N.º 196) Rubricado

21. Bruselas. Reales museos del cincuentenario (ABR31: N.º 197) Rubricado

22. Amberes. Exposición 1930 (JUN-JUL31: N.º 199) Firmado: “María Díaz”

23. Lieja. Exposición 1930 (AGO-SEP31: N.º 200) Rubricado

24. La pantalla en la escuela: Salamanca (NOV31: N.º 202) Firmado: “M. D. J.”

25. La Verónica (MAR32: N.º 206) Firmado: “Rosario Díaz”

26. In memoriam. Isabel del Castillo Arista (ABR32: N.º 207) Firmado “M.ª. D. J.”

27. La buena prensa (JUL32: N.º 210) Firmado: “Mari-Díaz”

28. La Exposición Nacional de Bellas Artes (JUL32: N.º 210) Firmado “D. Jiménez”

29. Un hecho histórico (AGO32: N.º 211) Firmado: “Mari-Díaz”

30. Fémina inquieta y andariega (OCT32: N.º 213) Firmado: “Mari-Díaz”

31. Hoja de calendario. 25 Noviembre. Santa Catalina de Alejandría (NOV32: N.º 214) Firmado: “Mari Díaz”

32. Ante un museo. San Marcos, de León. (ENE33: N.º 216) Firmado: “Mari Díaz”

33. Santo Rostro (ABR33: N.º 219) Firmado: “Mari Díaz”

34. D. Rufino Blanco y Sánchez (DIC33: N.º 227) Firmado: “Mari-Díaz”

35. Pintura sevillana (FEB34: N.º 229) Firmado: “Mari-Díaz”

36. Peregrinación Teresiana a Roma (ABR34: N.º 231) Firmado: “Mari-Díaz”

37. El pensamiento pedagógico y la obra educativa del Beato Antonio María Claret (JUL34: N.º 234) Firmado: “Mari-Díaz”

38. La Institución Teresiana en Covadonga (AGO-SEP34: N.º 235) Firmado: Mari Díaz

39. La alegría, medio eminentemente educador. Pedagogía de San Juan Bosco (OCT34: N.º 236) Firmado: “Mari-Díaz”

40. El Reverendo Padre Ramón Ruíz Amado (ENE35: N.º 239) Firmado: “Mari Díaz”

41. El Criterio (MAR35: N.º 241) Firmado: “Mari-Díaz”

42. Los imagineros del dolor de María (ABR35: N.º 242) Rubricado

43. La Religión demostrada al alcance de los niños (JUN35: N.º 244) Rubricado

44. Después de un centenario. Lope de Vega (SEP35: N.º 246) Rubricado

45. Pedagogía católica (MAR36: N.º 252) Firmado: “Mari-Díaz”

46. San Isidoro de Sevilla (ABR36: N.º 253) Firmado: “Mari Díaz”

47. El Padre Manjón (OCT38: N.º 258) Firmado: “María Díaz Jiménez”

48. El Pontificado. La historia de Pio XI en la Iglesia (MAR-ABR39: N.º 261) Firmado: “Mari Díaz”

49. El busto del Padre Poveda de Víctor de los Ríos (MAY40: N.º 269) Firmado: “Mari Díaz”

50. A S. M. D. Alfonso XIII (MAR41: N.º 278) Sin firma

51. La iniciación literaria en la escuela (ABR41: N.º 279) Firmado: “Mari Díaz”

52. España en nuestro boletín (MAY41: N.º 280) Firmado: “Mari Díaz”

53. Assumpta est: La fiesta asuncionista en León (SEP41: N.º 283) Firmado: “Mari-Díaz”

54. La Exposición Nacional de Bellas Artes 1941 (NOV41: N.º 285) Firmado: “Mari-Díaz”

55. IV centenario del nacimiento de S. Juan de la Cruz (JUN42: N.º 292) Firmado: “María Díaz-Jiménez”

56. Polvillo de oro (DIC42: N.º 297) Firmado: “M.ª Díaz Jiménez”

57. La figura completa del Padre Poveda de Víctor de los Ríos (MAR43: N.º 300) Sin firma

58. El criterio.- J. Balmes (FEB44: N.º 311) Firmado: “Mari-Díaz”

59. Assumpta est: Notas asuncionistas.- León (OCT46: N.º 342) Firmado: “M. D. J.”

60. Obras de S. Juan de la Cruz (NOV46: N.º 343) Firmado: “M.ª D. J.”































El Padre Fray José de Sigüenza

Felipe II, aquel gran conocedor de hombres y justipreciador de méritos, decía, que no había visto El Escorial el que salía del Monasterio sin conocer a su primer bibliotecario, el Padre José de Sigüenza.

Glosando el dicho del Rey, y trayéndole a nuestro propósito, bien podemos afirmar que no conocen cosa buena los que, en sus excursiones por el tan extenso como inexplorado campo de la Historia de la Pedagogía española, no tuvieron la suerte de tropezar con la Instrucción de maestros y escuela de novicios, del ilustre fraile jerónimo.

Es el librito guía, no sólo del religioso, a quien la obediencia hace maestro y forjador de almas que buscan ideales de perfección altísima, sino de los que, fuera del claustro, han de ejercer el ministerio de la educación en los grados inferiores de la misma; y esto, porque siendo, en lo esencial, uno el problema educativo e iguales las naturalezas de los que aspiran a perfeccionarse, fuerza es que los maestros tengan puntos de vista idénticos y normas comunes de formación. De aquí le viene al tratado del P. Sigüenza su marcado sabor pedagógico y el no pequeño interés que tiene para el maestro la doctrina que encierra, tan firme e inconmovible como lo son las bases éticas, psicológicas y teológicas en que se funda.

De los cuatro tratados en que se divide el opúsculo, el primero es el que hace a nuestro objeto. Pondera en él la importancia que tiene el cargo de maestro, y nota, agudísimamente, que, de las dificultades que trae consigo, son arduas y difíciles las que nacen de la misma naturaleza de la educación que pide dos suertes de operaciones: arrancar vicios y plantar virtudes; pero con serlo éstas mucho, la que pone espanto es la de que, siendo una misma la doctrina que ha de enseñarse y diferentes las condiciones de los que aprenden, tiene el maestro que adaptarla según las distintas cualidades y variedad de los ingenios, adaptación que requiere observación individual delicadísima y habilidad didáctica consumada .

Dejemos la palabra al Maestro: Assí, pues, los que a su cargo tienen el govierno y enseñanza de algunos súbditos y discípulos, es necesario que, según la diversidad de los sugetos, apliquen la doctrina que enseñan, que es el mantenimiento con que se sustenta y recibe aumento de virtudes el alma.

De tal manera, que, aunque las virtudes que enseñan, en la substancia se ayan de enseñar unas mismas a todos, sea diverso el modo de enseñarlas, haviendose, en este particular, el maestro, como el cocinero industrioso, que de un mismo manjar haze para diversos gustos diferentes guisados. Porque, entre los que han de recibir el pasto de la doctrina, qual ha menester ruegos, qual amenazas; a éste le mueven promessas; al otro castigos; uno tiene necessidad de freno, y otro de espuela... Porque ingenios ay que quieren ser convencidos con razones; otros movidos con ruegos, y otros compelidos con reprehensiones... Y si no se le aplica a cada cual el govierno y doctrina conforme su naturaleza lo pide, passa peligro que les haga daño lo que se les enseña por su provecho. Y en acertar este modo, o a lo menos en no errarle por culpa suya, va la vida del alma de los que enseñan, pues es precisa obligación de su oficio, y el aprovechamiento, o pérdida de los que son enseñados (1).

¿Cabe tratar con más clarividencia el problema de la adaptación, ni pedir respeto mayor a la individualidad, ni hacer llamada más fuerte a la conciencia del maestro para que la estudie, pues en acertar este modo, o a lo menos en no errarle por negligencia, va, no sólo el aprovechamiento del discípulo, sino la vida del alma de los que enseñan? A buen seguro que, de conocer mejor a nuestros escritores, no daríamos por nuevas, teorías que, por el solo hecho de tener marca extranjera, pasan por novedades.

Y ponderada la importancia de la misión y señaladas las dificultades que en ella se encuentran, obligación es de los superiores elegir maestros idóneos, y de los súbditos aceptar el cargo, cuando reúnan condiciones para él, sin que el egoísmo, la pusilanimidad ni el amor propio los retraiga de ejercer un apostolado para el que son menester cualidades no vulgares, no sea que apartándose de él los dignos, sean los ineptos y viciosos los que tengan que formar a la juventud. Bien puede llamarse de oro el capítulo (2) en que el Padre Sigüenza trata este punto, que, meditado y contemplado a la luz de las razones que el clásico historiador expone, es buen despertador de vocaciones reflexivas y serias.

Y, vista la gran dificultad del oficio de los maestros y la estrecha obligación que ay de aceptarle viene a señalar las condiciones que deben reunir, comenzando por aplicar y comentar los títulos que Jesucristo lee dio en el Evangelio y los que en varios pasajes de la Sagrada Escritura se encuentran. Quieren que sean sal de la tierra para saborear con su prudencia lo desabrido de las virtudes, que a los principiantes les parecen desabridas y amargas; luz que destierre la ignorancia; ciudad asentada en la cumbre del monte, para servir de refugio; antorcha encendida en lumbre de caridad; padres en el afecto; pastores en la vigilancia, y ángeles que, el guardar y vigilar a los hombres, no les quite de mirar a Dios. Experimentados, para conocer en sí las enfermedades de los discípulos, compadecerlas y poner remedio en tiempo y ocasión oportunos. Sabios, para ilustrar, y buenos, porque no hay sabiduría verdadera sin bondad. Para entender esto, deben advertir los maestros, que la sciencia que han de tener ha de ser efectiva, no tanto de lo que son las virtudes, cuanto de la plática y exercicios que se requiere para alcançarlas. Y esta manera de sciencia no se alcança sino exercitándolas; y por esso diximos que la bondad (la cual consiste en este exercicio) es necessaria para esta manera de sciencia, especialmente, que los maestros han de ser sal, dando sabor a lo que parece desabrido y amargo en las virtudes; y esto se haze, dando a entender a los que no las han gustado, la suavidad y dulçura que con el ejercicio se viene a hallar en ellas; y mal podrá dar a entender a otros la suavidad deste gusto, el que, por experiencia, nunca supo a qué sabe...; porque, en las cosas divinas, el conocimiento afectivo ha de entrar por el gusto (3) .

Dechado y modelo de virtudes ha de ser el maestro, pues que la fuerza irresistible del ejemplo es decisiva, ya que al vivir la doctrina enseñada comprende el discípulo la posibilidad de llevarla a la práctica, y pierde el miedo a los dos leoncillos que en los comienzos de la virtud le atemorizan: lo arduo de la empresa y la dificultad de la perseverancia. Razones sólidas y ejemplos sugestivos aduce el Padre Sigüenza en los capítulos que dedica a este asunto; pero donde, por decirlo así, llega a la cumbre de lo pedagógico es al tratar Del zelo que han de tener los maestros y de la discreción con que le han de templar.

Y aquí, dejaría yo la pluma para poner el libro en manos del lector, pues merece leerse íntegro el capítulo en que, el sabio fraile, expone la teoría más luminosa, más psicológica, más caritativa y más bella para la justa aplicación del castigo.

Tienen, pues, los maestros de novicios obligación de ser en el zelo que tienen tan discretos, que no todo lo riñan, porque no se hagan aborrescibles; ni todo lo disimulen, porque no relaxen el rigor de la disciplina monástica; sino que, miradas con prudencia las ocasiones, la gravedad de la culpa, la calidad del sugeto, las circunstancias del tiempo, del lugar y de las personas, reprehendan o dissimulen la falta, según les pareciere convenir al provecho común o particular (4).

Deben disimularse las faltas cuando del castigarlas se ha de seguir más daño que provecho, o porque el delincuente esté apasionado, o cuando es de condición vergonzoso, y está de tal manera enmendado, que el dissimularle la falta ha de ser motivo de mayor aprovechamiento.

Otras, aunque se entiendan, se han de tolerar hasta que haya oportunidad de corregirlas.

Porque assí como el abrir la llaga fuera de ocasión y tiempo es causa de que se exulcere y crezca el daño, assí también las reprehensiones y castigos (que son medicinas para curar las culpas), quando no se aguarda oportunidad para ellas, suelen exasperar y convertirse en ponzoña...

Otras deben inquirirse las faltas sutilmente. Para llegar a entenderlas y remediarlas...

Otras faltas ay que deben ser reprehendidas ligeramente, y éstas son las que se cometen o Por ignorancia o por flaqueza..., porque a éstas están los hombres tan sugetos, que apenas pueden librarse de ellas; y assí, o no es hombre, o, a lo menos, no lo considera el que no se compadece de esta manera de culpas (5). Y, por último, al llegar el momento de la reprensión, recomienda que se haga en términos correctos y sin usar palabras afrentosas. Porque no sirven semejantes términos si no de exasperar al delincuente y de hazer que aparte el entendimiento de la gravedad de la culpa, poniéndole en el mal término y poca caridad del maestro o prelado. Y como fin de la reprehensión sea quedar el delincuente conocido y enmendado, queda por este camino tan lexos de enmendarse y conocerse quán cerca de cometer nuevas culpas, aborreciendo a quien tan mal término tuvo en reprehender las ya cometidas...

María Díaz Giménez.

 

(1) Instrucción del maestro, etc. Tratado I, cap. II. Véase Bibliografía pedagógica. R. Blanco. Tomo III. pág. 718.

(2) Cap. III. Véase Bibliografía pedagógica. Tomo III. pág. 720.

(3) Bibliografía pedagógica. Tomo III, pág. 727.

(4) Bibliografía pedagógica. Tomo III, pág. 733.

(5) Bibliografía pedagógica. Tomo III, páginas 734 y 735.




Estudiando a Santa Teresa

 

La claridad es tal vez una de las propiedades que más avaloran los escritos de Santa Teresa de Jesús.

Claridad difícil, dada la naturaleza de los asuntos que trata: psicológicos unos, sobrenaturales y extraordinarios los más, todos de los que el declararlos con palabra humana es tan dificultoso y arduo, que pocos filósofos y místicos son fácilmente inteligibles para la mayoría de las gentes.

No peca por esto la Santa. Su decir es de una transparencia y lucidez insuperables, llegando en la declaración de las más delicadas operaciones psicológicas y místicas a tan extraordinaria precisión, que parece imposible que, mujer y no letrada, pudiera vulgarizar lo que, o toca los límites superiores del conocer humano, o los rebasa.

Nuestro entendimiento, en su vivir actual, no conoce, directa ni inmediatamente, lo suprasensible; pero, existiendo semejanzas y contrastes entre lo material y lo espiritual, se apoya en lo primero para elevarse a lo segundo, y adquirir de ello conocimientos negativos o analógicos. De aquí que, espontáneamente, surjan en la literatura la metáfora, el símil, la alegoría, y que en la didáctica hayan tomado carta de naturaleza la comparación, el apólogo y la parábola para declarar lo desconocido, y aún más lo que toca al orden espiritual.

La Santa maneja admirablemente la comparación. Con fina mirada penetra en lo material, sorprende semejanzas, descubre los hilos misteriosos que unen las cosas terrenas con las espirituales y sensibiliza, con acierto increíble, lo que ni el ojo vio ni el oído oyó.

Abunda tanto en sus escritos la comparación, que llega a constituir un método.

Muchas de ellas son originales; otras, no; pero todas van con el sello inconfundible de aquel entendimiento preclaro que se educó en la escuela divina de las más subidas comunicaciones celestiales.

Son tan elevados los asuntos que trata, que, a veces, no la contentan las cosas de aquí abajo para explicar las del cielo:

"... porque son muy bajas las cosas de la tierra para este fin" (1).

"Riéndome estoy -dice- de estas comparaciones, que no me contentan; mas no sé otras" (2).

"No sé comparación que poner que cuadre" (3);

y así, por este estilo, se queja la Santa Madre en no pocos lugares de sus obras, de no hallar símiles adecuados. Con todo, reconoce que son precisos y los prodiga oportunísimamente, diciendo con gracia:

"Habré de aprovecharme de alguna comparación, aunque yo las quisiera excusar por ser mujer, y escribir simplemente lo que me mandan; mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar, a los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo, y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la comparación: servirá de dar recreación a vuestra merced de ver tanta torpeza" (4).

Ama la Naturaleza, la admira y de ella toma la mayor parte de los símiles:

"Mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque, sabiendo las propiedades de las cosas, supiérame declarar; que me voy regalando en ello y no lo sé decir, y aun, por ventura, no lo sé entender" (5).

"Que en todas (las cosas) que crio tan gran Dios, tan sabio, debe haber hartos secretos de que nos podemos aprovechar, y así lo hacen los que lo entienden, aunque creo que en cada cosita que Dios crio hay más de lo que se entiende, aunque sea una hormiguita" (6).

Entre las comparaciones que toma de la Naturaleza son preciosas la de las cuatro maneras de regar el huerto, con las que explica los grados de oración (7); la de las propiedades del agua, de que se sirve para declarar las que tiene el agua viva de las consolaciones celestiales (8) y la delicadísima del gusano de seda, que trae en la oración de unión (9).

Fue la vida de la Santa ruda batalla, continua pelea; es la vida espiritual lucha y vencimiento; así que las comparaciones bélicas la sirven muchas para aclarar conceptos.

Muy adecuada y lindísima es la del alférez que en la batalla lleva la bandera,

"que no se puede defender, y, aunque le hagan pedazos, no la puede dejar de las manos. Así, los contemplativos han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar ninguno" (10);

y la que trae para explicar cómo los que llegan a las séptimas moradas es lo más ordinario que tengan paz, aunque las potencias guerreen (11).

Para declarar que en la visión intelectual Dios muestra al alma sus riquezas, sin que después el alma sepa decirlas, aunque le quedan bien escritas en su interior, recuerda el aposento que la mostró la duquesa de Alba, lleno de objetos raros y preciosos; pero tantos en número, que en detalle no le quedó memoria, "mas por junto acuérdase que lo vio" (12).

Comparaciones emplea, hijas de su inventiva, como la que trae para notar las diferencias que hay entre contentos y gustos espirituales, y, por último, en Las Moradas, una comparación la sirve para estudiar divinamente los grados de oración y perfección del alma, que compara a “un castillo, todo de un diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos", que la Santa muestra en el más hermoso de sus libros, haciendo que el embelesado lector la siga en aquella ascensión admirable y llegue a la séptima morada, cielo del alma, deseando, si no pasar por esos estados de espíritu, porque los más de ellos los da el Señor a quien le place, al menos, disponerse para beber del agua viva que seguramente ha de encontrar en el camino.

María Díaz Giménez.

 

(1) M. quintas, cap. I.

(2) M. séptimas, cap. II.

(3) M. sextas, cap. II.

(4) Vida, cap. II.

(5) C. de P., cap. XIX.

(6) M. cuartas, cap. II.

(7) Vida, cap. XI.

(8) C. de P., cap. XIX.

(9) M. quintas, cap. II.

(10) C. de P., cap. XVIII.

(11) M. séptimas, cap. II.

(12) M. cuartas, cap. II.

 

 








TRANSCRIPCIÓN

Son las cinco de la mañana cuando el tren hace alto en la estación del Norte, situada al Poniente de la población. Desechados los coches que a competencia nos ofrecen, comenzamos a saborear, desde el momento de nuestra llegada, cuanto León tiene de interesante.

Apenas cruzado el puente que une las márgenes del Bernesga, la estatua de Guzmán el Bueno, con su actitud expresivamente trágica, parece advertir al forastero que pisa tierra de héroes.

La calle de Ordeño II y el modernismo ensanche pregonan el nuevo resurgir de la ciudad: la iglesia de San Marcelo, la fe de los leoneses, que ya en el siglo III sellaron con el martirio la verdad de sus creencias. Más allá, a la entrada de la calle de Fernando Merino, la españolísima arquitectura del palacio de los Guzmanes, hoy Diputación Provincial, evoca el recuerdo de la noble familia que, con las de los Villapérez, Osorio, Villafáñez y Luna, actuaron en hechos gloriosos de la Historia patria.

Entretenidas con tantos recuerdos, llegamos al extremo oriental de la calle de Fernando Merino, donde, en anchurosa plaza, alza su ligera fábrica la Catedral. Lo acertado de su emplazamiento permite abarcar de un solo golpe de vista dos de sus cuatro fachadas: la principal, que mira al Poniente, y la del Obispo, que corre al Mediodía.

Dos torres, que dejan exento calado y primoroso hastial y un triple pórtico, forman la primera; un hastial, idéntico al anterior, y tres puertas se destacan hacia el promedio de la segunda.

El ábside semeja primoroso farol que interrumpe la severa línea de murallas que aún defienden la ciudad por el lado oriental.

Sin fijarnos en detalles queremos penetrar en el interior del edificio y, decididas, nos dirigimos al pórtico principal; pero ¿quién no hace alto para corresponder con una mirada a la dulcísima que la Virgen de la Blanca nos dirige? ¿Cómo no alzar los ojos al tímpano de la puerta central?

En más de medio relieve, y con sorprendente realismo, se desarrolla en él la escena del Juicio final.

En la parte central se destaca la figura del Salvador mostrando sus llagas a justos y pecadores; dos ángeles sostienen los instrumentos de la pasión, y a los lados, la Santísima Virgen y San Juan se inclinan en actitud suplicante. En la parte inferior, el Arcángel San Miguel sostiene la simbólica balanza de la Justicia; a la derecha, los justos se gozan de su triunfo y entonan cánticos, que un ángel acompaña tocando curioso órgano medioeval; a la izquierda, los réprobos caen en el líquido hirviente de enormes calderas o son tragados por monstruos espantables.

No menos bellas son las otras dos puertas de esta fachada. La del Sur o de San Francisco ostenta en el tímpano hermoso relieve con el tránsito de la Santísima Virgen y su coronación. El primer asunto ocupa la parte inferior y representa el momento en que el virginal cuerpo de Nuestra Señora va a ser depositado en el Sepulcro. Yace el santo cadáver tendido sobre un paño y rodeado de los Apóstoles, que se disponen a colocarlo en un sarcófago de piedra sostenido por dos ángeles. En la parte superior, la Virgen, de rodillas a la derecha de su Santísimo Hijo, recibe la corona de Reina; ángeles y vírgenes contemplan, gozosos, desde la triple línea de la archivolta, la glorificación de la Madre de Dios.

La puerta del Norte o de San Juan tiene representados asuntos de la vida del Salvador y de la Virgen. Curiosas en extremo y ricas en detalles son las figuras que ornan la archivolta. Numerosas estatuas ocupan los pilares del pórtico y los lados de las puertas. Un pilar aislado, en el que se lee la inscripción Locus apellationis, recuerda el lugar donde, conforme a lo instituido en el fuero de 1020, se administraba justicia.

El pórtico de la fachada del Obispo, aunque con ornamentación más sobria que el anterior, es muy bello. La puerta central tiene, en su parteluz, la estatua de San Froilán, Obispo y Patrono de la diócesis. En el tímpano, el Salvador, sentado y en actitud de bendecir, se destaca en medio de los Evangelistas, que, sentados también y con sus respectivos símbolos, parecen escribir. En el dintel, de dos en dos, se agrupan los Apóstoles, y en la archivolta, ángeles, reyes y ancianos, con velas unos y tocando otros instrumentos músicos. Las estatuas que a los lados de esta puerta se elevan son tal vez las mejores que tiene la Catedral.

La puerta de la derecha tiene representada la muerte del justo, y la de la izquierda ostenta, en el centro del tímpano, simbólica figura de la muerte.

Nuestro guía no quiere que penetremos en el templo sin antes contemplar, desde un ángulo del claustro, el hastial de la fachada Norte y el pórtico, cubierto hoy por construcciones posteriores.

Bella en verdad es la puerta central, que da al vestíbulo que sirve de paso a las capillas de San Andrés y Santa Teresa. En el tímpano, dentro de un óvalo amigdalado, está la imagen del Salvador, y a los lados, los Evangelistas, con sus respectivos símbolos. Guardan la puerta estatuas de San Pedro, San Pablo, San Mateo, el Arcángel San Gabriel y la Virgen. En el parteluz se alza hermosa estatua de Nuestra Señora con el Niño Jesús en brazos. Llámanla del Dado, porque, según antigua tradición, un tahúr, jugador de dados, después de perder en el juego y al pasar ante la imagen, en un momento de sacrílego arrebato, arrojó los dados contra ella. Dio uno en la frente del Niño Jesús que, momentánea y milagrosamente sensibiliza, brotó sangre...

Al fin entramos en la iglesia. El asombro nos hace enmudecer. Con razón poetas y novelistas, técnicos y profanos, agotaron epítetos para calificar este milagro arquitectónico. El arte gótico del siglo XIII llegó en la Pulcra leonina al summum de la espiritualidad. El ignorado maestro que la trazara trocó los muros de piedra por no interrumpido transparente de vidrio que cierra los vanos de las ventanas, a las que parece asomarse el cielo.

Asuntos históricos, religiosos y profanos; escudos de provincias, episcopales y de benefactores de la Iglesia, y preciosos motivos de decoración vegetal, llenan las ventanas altas, medias y bajas y los tres calados rosetones de los hastiales. Gloria fue para León que un hijo suyo, el arquitecto D. Juan Bautista Lázaro, llevara a feliz término la restauración de la Catedral y la de su vidriería, creando, con artistas leoneses, una fábrica de vidrios que pronto adquirió justa y envidiable fama.

No sin esfuerzo dejamos de mirar el cielo de nuestra iglesia, y posamos los ojos en su planta, que afecta la forma de cruz latina, con tres naves, un crucero, presbiterio, capilla mayor y girola.

Esta última tiene nueve capillas, con imágenes, sepulcros, pinturas o vidrieras dignas de admiración.

En la parte opuesta a las capillas hay tres sepulcros llenos de interés artístico e histórico. Dos guardan las reliquias de los santos Obispos Alvito y Pelayo, dignos regidores de la diócesis leonesa; el tercero, las cenizas del Rey Ordoño II, fundador de la primera Catedral levantada en el mismo sitio que ocupa la que hoy admiramos. Este último sepulcro, erigido cinco siglos después de fallecido el Rey, es ejemplar precioso del arte gótico del siglo XV. La estatua yacente del Monarca, llena de grave dignidad; los relieves que encarnan hazañas de su reinado; las inscripciones que las narran, las sentencias de la Sagrada Escritura y los personajes, reales o simbólicos, allí esculpidos, dan materia abundante para serias y largas meditaciones histórico-religiosas...

El presbiterio y la capilla mayor, son magníficos, y soberbio el retablo gótico que se alza en el fondo de esta última. Compónenle seis grandes tablas pintadas, y otras más pequeñas, ornadas por fina y dorada tracería conopial, y encuadradas en precioso guardapolvo o pulsera, que le sirve de marco.

De las seis tablas mayores, tres representan episodios de la vida de San Froilán, desde su estancia en el yermo hasta su consagración episcopal. En las otras se ve la Presentación de la Santísima Virgen en el templo, la Traslación de las reliquias del Apóstol Santiago y San Juan, San Pedro, San Pablo, Santiago y Santo Tomás.

En las seis tablas pequeñas, que sirven de zócalo al retablo, se desarrollan asuntos de la vida del Salvador y de la Virgen.

A los lados del retablo mayor hay dos más pequeños, formado uno por varias tablas y teniendo otro una sola, con admirable pintura, que representa el Descendimiento de la Cruz, y que iguala y, en ciertos aspectos, supera a las mejores de Van der Weyden. En suma: son estas pinturas ejemplares interesantes del arte del siglo XV, y datos preciosos para el estudio de la pintura leonesa, que, si no formó escuela, marcó influencias que bien se echan de ver en las tablas enumeradas (1).

Sobre la mesa de altar y a los lados del Sagrario, dos arcas de plata guardan una gran parte del cuerpo de San Froilán y multitud de reliquias menudas (2).

Alarde de gusto y de asombrosa fecundidad es la artística sillería del coro, en la que los entalladores del siglo XV lucieron su arte inimitable y no pocas veces su atrevido y picaresco ingenio.

Está dividida en dos coros: el del Obispo, al lado de la Epístola, y el del Rey, al del Evangelio; llamado así este último porque, desde la época de Fernando I, son muchos Monarcas canónigos honorarios de la Catedral leonesa y, más de una vez, ocuparon la artística silla que les corresponde y hasta participaron de las distribuciones a que, como canónigos, tenían derecho.

Es la sillería de nogal negro. Su estilo gótico tiene una elegancia sin par, y, tanto sus elementos arquitectónicos como los detalles decorativos y los relieves de imaginería, forman un conjunto admirable. Imposible, en un solo artículo, estudiar uno por uno los asuntos que en los respaldos de las sillas de los coros bajo y alto, en las puertas, en los tableros y en las misericordias de los asientos, entallaron [Juan de] Malinas, [Diego] Copin, Solís y otros. Patriarcas del Antiguo Testamento, Sibilas, Apóstoles, Santos, y, en lugares menos visibles, escenas hijas de la inventiva de los artistas, llenas de un realismo picante y satíricamente mordaz.

Emplazado el coro en el centro de la nave mayor, desde 1746, en que, en mal hora, fue trasladado desde el presbiterio, es obstáculo que impide contemplar el templo de un solo golpe de vista. A la iniciativa y generosidad del señor Conde de Cerragería se debe el que las macizas puertas del trascoro se sustituyeran por magníficas lunas y soberbia verja de bronce dorado, obra del artista Sr. Granda, pudiendo, gracias a esta feliz sustitución, contemplar desde los pies de la iglesia la capilla mayor.

Adosadas a la iglesia, pero sin romper, en el interior, la admirable unidad de la primitiva fábrica, hay varias construcciones. La sacristía, de estilo plateresco, tiene dos estancias, de las que la segunda conserva el recuerdo de soberbio relicario; la capilla de Santa Teresa, con escultura digna de Gregorio Hernández; la de San Andrés y la magnífica de Santiago. El claustro, con bóvedas y arcos exteriores del siglo XVI, tiene sepulcros preciosos, pinturas murales, dignas de estudio, y capillas tan interesantes como la de la Concepción, con el sepulcro del Conde de Rebolledo, y la de San Nicolás, hoy San Juan de Regla, con preciosos capiteles policromados.

La sala capitular custodia no pocos cuadros de subido valor pictórico.

Y, para terminar, guarda la iglesia de Santa María de Regla, que a esta advocación de la Virgen está dedicada la Catedral, reliquias venerandas de santos Obispos, confesores y mártires; el Archivo, documentos que atestiguan la grandeza de su glorioso pasado, y la Biblioteca, códices e incunables, que hablan muy alto del celo con que Obispos y capitulares velaron por la cultura.

Dada la antigüedad de la Sede legionense, huelga advertir que el actual templo no fue el primero que sirvió de Catedral. No es fácil determinar dónde estuviera situada antes del siglo X; pero sí puede asegurarse que, desde principios de ésta, ocupó el lugar que hoy ocupa.

De los restos de construcciones romanas, que bárbaros y árabes dejaron en pie en nuestra ciudad, las termas pudieron salvarse del ímpetu destructor de los invasores.

Los avances de la reconquista asturiana reclamaban que la Corte saliera de Oviedo, para acercarse más a la línea fronteriza de los dominios árabes y cristianos.

García I asienta en León al Trono, y él y su hermano, Ordoño II, instalan su palacio en el edificio de los antiguos baños romanos, hasta que el último, al volver victorioso de San Esteban de Gormaz, lo cede al Obispo Fruminio II para que levante nueva iglesia.

La basílica de Ordoño II sufre, no andando muchos años, las consecuencias de las asoladoras incursiones de Almanzor y Abdalmalik. Levántala de nuevo el piadoso Obispo D. Pelayo II, adosando a la planta primitiva nuevas construcciones que pedían las necesidades de la vida regular de los canónigos, y, por último, en el siglo XIII, cede la iglesia románica su puesto a la actual y primorosa fábrica, tan a la ligera descrita en este artículo.

Descansan las anteriores afirmaciones en documentos del Archivo de la iglesia, cuya veracidad está contrastada con los restos arqueológicos que, en la todavía reciente restauración de la iglesia, se descubrieron y estudiaron.

(Continuará)

 

(1) Catedral de León. El Retablo. Por Juan Eloy Díaz-Jiménez. Madrid, 1907.

(2) Reliquias de la iglesia de León. Juan Eloy Díaz-Jiménez. León, 1901.

 

Figura 1: Vista panorámica de León.

Figura 1: Exterior de la Catedral.

Figura 2: Nuestra Señora de la Blanca (puerta principal).

Figura 3: Detalle de las vidrieras de la zona alta.

Figura 4: La sillería del Coro.

Figura 5: “El Descendimiento”. Tabla colocada en el intercolumnio inmediato al retablo del altar mayor del lado del Evangelio.








TRANSCRIPCIÓN

Tan grande como la admiración que los leoneses tienen por su Catedral es el cariño que profesan a la Real Colegiata de San Isidoro. Muestran aquélla con orgullo; enseñan ésta con fervorosa veneración, y no es extraño. Guarda el templo, como en sagrado relicario, cenizas de Reyes y Santos; recuerdos históricos, religiosos, artísticos, y en su severo altar mayor el singular privilegio de tener expuesto día y noche el Cuerpo Santísimo de Cristo. Es, pues, San Isidoro el centro de la piedad leonesa y el monumento que ofrece al turista mayor interés.

En amplia y solitaria plaza alza la iglesia su fachada principal, que mira al Sur. Dos puertas románicas, que en sus líneas generales parecen la una repetición de la otra, dan acceso al interior. La principal de ellas es de mayores dimensiones y ocupa el promedio de la fachada del brazo mayor del templo. La otra se abre en el brazo Sur del crucero. Forman la primera tres arcos en degradación; dos solamente la segunda. El dintel de la principal tiene representado en relieve el sacrificio de Isaac; el de la otra, el Descendimiento de la cruz, Resurrección y Ascensión del Señor. Dos rígidas estatuas se alzan también a los lados de cada una. Los remates de sus fachadas son diferentes. El de la menor, llamada puerta del Perdón, es hastial románico dividido por una cornisa, en la que descansan tres ventanas, sobre las cuales se alza una gran estatua de San Isidoro; la principal remata en un antepecho renacentista, con enorme escudo de la Casa de Austria en el centro y sobre él una estatua ecuestre de San Isidoro.

En la parte más oriental de la fachada se alza la gótica capilla mayor, y entre ella y el brazo Sur del crucero, uno de los tres ábsides románicos, que hasta los comienzos del siglo XVI formaban la cabeza de la iglesia.

En el extremo opuesto a la capilla mayor se destaca la fachada de la Biblioteca.

La torre está separada de la iglesia y asentada sobre un cubo de la muralla medioeval, que en la parte correspondiente al Monasterio de San Isidoro aún se conserva intacta.

El interior del templo es de una severidad religiosa insuperable. Tiene forma de cruz latina, tres naves, un crucero y tres ábsides, de los que se conservan los laterales, pues el del centro fue sustituido por la actual capilla mayor, obra del maestro Juan de Badajoz “el Viejo”.

Cubre el fondo de esta capilla soberbio retablo gótico, colocado al hacer la reciente restauración de la iglesia. La mesa del altar, de mármoles y jaspes, es primorosa obra moderna que honra al arquitecto que la trazó y habla muy alto de la devota generosidad del excelentísimo Sr. D. José Álvarez Miranda, Obispo de la diócesis.

Sobre la mesa, y custodiada en artística hornacina que cierra magnífica luna biselada, está el arca de plata que guarda los restos del gran Doctor de las Españas, San Isidoro de Sevilla.

El Rey Don Fernando I de Castilla y León y su mujer, Doña Sancha, trajeron a León tan preciada reliquia. Solemne embajada fue a Sevilla para recibir del rey moro Ben-Hamed [Al-Mutadid] el cuerpo de Santa Justa. Dios dispuso que no fuera éste sino el de San Isidoro. Así lo reveló el Santo al Obispo de León Alvito, uno de los de la embajada, que murió allí mismo, y cuyo cuerpo, con el del Santo Doctor, trajeron a la Corte de Don Fernando, recibiendo el del Obispo legionense sepultura en la Catedral, donde se le venera como Santo.

Sobre los santos restos del Arzobispo hispalense, y en sencillo baldaquino de plata, argentada custodia tiene expuesto día y noche al Santo de los Santos. Postradas de hinojos oramos breve rato. Una mirada a los cuadros que adornan los muros de la capilla mayor, y seguimos al guía, que nos conduce a los pies de la iglesia, penetrando por una puerta de doble arco lobulado en el notabilísimo Panteón de los Reyes.

Oímos la lectura de los Monarcas, Condes Infantes, Infantas y Reinas allí enterrados, y a cada nombre parecía que los regios cuerpos tomaban vida, alzaban las losas sepulcrales y en vistosa procesión desfilaban ante nosotros, viviendo, más que relatando, sus hazañas, sus proezas, sus piedades y sus miserias.

Allí, Alfonso IV el Monje, con sus alternativas de vida monástica y de ambiciones reales, que le costaron morir ciego en dura prisión; su hermano Ramiro II, conquistador de Madrid y vencedor de Abderramán III en Simancas y Talavera, y Ordoño III, de breve, pero victorioso reinado.

Allí, el que echó las bases del Panteón Real, Alfonso V, a quien León le debe su reconstrucción y su Fuero de 1020; allí, el último Conde de Castilla, Don García, vilmente asesinado a las puertas de la iglesia, cuando con ocasión de concertar su boda con la Infanta Doña Sancha, después Reina, se encontraba en nuestra ciudad; allí, los Reyes Don Fernando I y Doña Sancha, en cuyas sienes se juntaron las coronas de León y Castilla: los que reedificaron, o mejor, hicieron de nuevo esta iglesia, que dedicaron a San Isidoro, enriqueciéndola con sus liberalidades y honrándola con su piedad, de la que dio el Rey buena muestra muriendo cubierto de saco y ceniza en las gradas del altar mayor, que según piadosa tradición echaron agua en señal de sentimiento. Tres de sus hijos, Doña Urraca la de Zamora, Doña Elvira y Don García. reposan al lado de sus padres.

Zaida, una de las incontables y discutidas mujeres de Alfonso VI, dicen que allí reposa, y no en Sahagún.

Doña Urraca, la madre de Alfonso VII el Emperador, y su hija, la piadosísima Doña Sancha, que bien merece el laudatorio epitafio que en elegantes letras se abre en la losa de su sepulcro, uno de los pocos que respetaron los franceses. Consérvase momificado el cuerpo de esta Infanta, que en celo por las glorias de esta iglesia superó a sus antecesores. Ella trajo a la Colegiata canónigos regulares de San Agustín; ella, con sus bienes, la donó preciosas y preciadas reliquias, recogidas en sus devotas peregrinaciones a Roma y Tierra Santa; ella, con la pureza de su vida, mereció favores singulares de San Isidoro y la dulce amistad de San Bernardo, a quien conoció personalmente a la vuelta de su viaje a Roma y de quien recibió monjes para la fundación del Monasterio de la Espina... pero hagamos alto en esta enumeración para describir la arquitectura del interesante recinto que nos ocupa.

Un arqueólogo y profundo conocedor de las joyas leonesas dice lo siguiente (1):

"Está formado el Panteón por dos estancias: la anterior, que es la que se halla en comunicación con la iglesia, es de planta cuadrangular, y la posterior, comprendida entre ésta, el claustro, y la muralla, rectangular. Unidas ambas forman un rectángulo, separado al Sur por muro propio de la estancia conocida hoy con el nombre de Cerería; al Oeste, limitada por la muralla; al Norte, por el claustro, y al Saliente, por el grueso muro que la separa de la iglesia.”

"Fuertes pilares compuestos, cortados en cruz, con columnas adosadas y coronadas de capiteles de rica decoración, sirven de apoyo a las bóvedas. En el promedio del primer recinto hay dos grandes columnas exentas de mármol blanco, fustes cilíndricos, basas de perfil ático y capiteles que, si bien su contorno recuerda los corintio-románicos, las pomas y piñas de su decoración los dan un carácter verdaderamente oriental. Las dos columnas exentas, por las distancias de su emplazamiento, dividen al Panteón en tres partes, a modo de naves, más amplia la del centro y más estrechas las del Mediodía y Norte.”

"La cubierta del Panteón, propiamente dicho, se apoya en tres arcos sencillos de medio punto que arrancan desde los capiteles de las columnas exentas hasta las pilas de cerramiento, dividiéndose la cubierta de este primer recinto en seis bóvedas independientes. Otras tres, de idéntica construcción, cubren el segundo recinto, aptas para estudiar su estructura y su formación por no hallarse decoradas con pinturas murales.”

"Las bóvedas son de arista; pero no construídas geométricamente, sino de un modo intuitivo y con gran libertad y diferentes formas, como lo demuestra la variedad de retículos a que aquéllas se adaptan.”

"Los arcos de lo que pudiéramos llamar naves menores están peraltadas, con el fin de que enrasen con los de la nave mayor, elevándose el centro de la bóveda sobre el extradós de sus arcos formeros, lo cual la da un carácter cupuliforme o domical, y cerrando su clave una pequeña superficie plana.”

"La variedad de formas de las bóvedas las disponían para que, andando el tiempo, el pintor desplegara toda la riqueza de su imaginación, diseñando en los grandes fondos de las bóvedas centrales, en los más reducidos de las naves menores, en los frentes y en el intradós de los arcos y en los muros de cerramiento, los más variados asuntos y las alegorías más curiosas.”

"Los asuntos de las notabilísimas pinturas que decoran las bóvedas, los frentes e intradós de los arcos formeros, están tratados con una gran libertad, rompiendo los antiguos moldes de la pintura románica, como lo demuestra la mayor corrección del dibujo, el movimiento de la figura, la variedad de actitudes y otras cualidades que manifiestan que el pintor tiende a inspirarse en el natural.”

"Mucho podría ayudar para determinar la época un estudio comparativo de dichas pinturas con las miniaturas que exornan los códices de los siglos XII y XIII custodiados en la Biblioteca de la Real Colegiata."

Salimos del Panteón, y después de ver las curiosas capillas del Cristo y de Santo Martino, entramos en la llamada de los Quiñones, fundada por esta familia para que sirviera de panteón a muchos de sus ilustres miembros. Es construcción rara y en la que la reciente restauración permite admirar la puerta Norte del crucero de la iglesia, casi idéntica a la ya descrita del Perdón. Tiene restos de pinturas murales del siglo XIII, que representan la iglesia militante y el destino futuro del hombre correspondiente al estado de la conciencia al abandonar la vida.

Harto sentimos tener que dar por terminada nuestra visita. La clausura y nuestra condición de mujer nos impiden entrar en la notable Biblioteca, émula de la de la Catedral; contemplar los hermosos códices de sus famosas Biblias, y en el tesoro de la iglesia, también oculto a las miradas femeninas, joyas, reliquias y pinturas de inestimable precio.

¡Qué hermoso es el templo más querido de los leoneses! No es de admirar que los hijos de esta hidalga tierra pongan en él tanto cariño.

¿Y cómo no, si en sus horas amargas es allí donde buscan luces, consuelos y fortaleza y donde hallan siempre el fecundo manantial de su vida?

 

(1)      Juan Eloy Díaz Jiménez: San Isidoro de León.- Madrid, 1917.

 

Figura 1: León.- Fachada de San Isidoro

Figura 2: Portada de San Isidoro

Figura 3: Detalle de la Puerta del Perdón

Figura 4: Interior de la Colegiata

Figura 5: Panteón de los Reyes

Figura 6: Momia de la Infanta D. Sancha, hermana de Alfonso VII, que se conserva en San Isidoro de León.










TRANSCRIPCIÓN

Al contemplar desde la frondosa Avenida de la Condesa de Sagasta el edificio de San Marcos, que refleja su hermosura con el movible espejo del río que corre cabe él; al distinguir, entre los detalles de su ornamentación, las conchas y la cruz del Santiguista, y, sobre la puerta principal, el relieve del Apóstol Santiago cabalgando en brioso corcel, al que sirven de pedestal cuerpos de moros, meditamos en el singular carácter de nuestra historia, cuya asombrosa grandeza no se explica sino teniendo en cuenta que toda ella, desde que puede llamarse española, recibe su fecunda vitalidad de la savia inagotable que le presta la fe católica. ¿Qué extraño, pues, que el pueblo español venerara, al mensajero divino que la trajo, con veneración fervorosa y constante? No ha menester la crítica dar con el buscado testimonio contemporáneo de la venida del Apóstol Santiago, para afirmar seguramente el hecho, que, a voces, lo pregonan, durante siglos enteros, las peregrinaciones nacionales y extranjeras que besaron su sepulcro; la poesía popular y la religiosa: el arte, el pueblo y la grandeza; el clero y la milicia; los papas, los reyes y la ínclita Orden Militar de Santiago, que nace al calor de la devoción al Santo Apóstol, uniendo a su fin de protección al peregrino, el militar que los tiempos pedían, y que tan bien cumplió luchando brava y generosamente en la epopeya de la Reconquista.

En León y en San Marcos tuvo esta Orden su casa principal, émula de la de Uclés. En ella fue enterrado su primer Maestre; por casa solariega la tuvieron muchos de sus preclaros hijos, y D. Francisco de Quevedo cumplió en ella la pena de prisión que, como consecuencia de uno de sus atrevimientos, le fue impuesta.

Hasta la época de los Reyes Católicos el edificio no tenía la suntuosidad y grandeza que tiene el que estudiamos, y la ruina que amenazaba hizo que Don Fernando V tratara de construir el actual, sin que se comenzara hasta el reinado de su nieto Carlos I, terminándose en los comienzos del siglo XVIII.

La fachada principal más parece obra de primoroso orfebre que fábrica de cantería. En su extremo oriental ábrese amplio arco, que da acceso al pórtico de la iglesia. Dos torres, no terminadas, ostentan en su primer cuerpo sendas hornacinas con relieves maravillosos, que el tiempo y la incuria maltrataron sin piedad.

La puerta de la iglesia, la bóveda del pórtico y los templetes del extradós, del arco, tienen los caracteres del gótico florido, que al morir dejó en ellos muestra finísima de sus esplendores.

Entre la iglesia y la cuadrilonga torre que se alza cerca del río, corre la fachada del Monasterio, dividida en dos por la puerta central, formada por arco de medio punto, sobre el que resalta precioso relieve con la figura ecuestre del Apóstol. Monumental balcón, con escudo en la parte superior, y elegante ático, con la estatua de la Fama por remate; completan el centro de la fachada, obra del siglo XVI, el lienzo que corre entre la puerta principal y la iglesia, y del XVIII el que se extiende hasta el río. Este último, repetición del anterior, no rompe la unidad del conjunto, si bien el ojo experto del artista, echa de menos la finura y delicadeza de ejecución que campean en la obra del siglo XVI.

Toda la fachada se compone de dos cuerpos: el inferior, con ventanas de medio punto y hornacinas que las separan, y el superior, de balcones cuadrilongos, sobre los que resaltan medallones variadísimos, colocados en el centro de primorosa guirnalda, y repisas platerescas dispuestas para colocar estatuas, que nunca llegaron a ponerse.

La descripción del interior del monumento dejemos que la haga un escritor leonés, que, en libro reciente, estudió el edificio, y, aún más, la historia y formación del Museo Arqueológico en él instalado. Dice así:

"La planta de la basílica afecta la forma de cruz latina. El brazo principal está constituido por una sola nave de cinco arcadas y la capilla mayor. Sus pilares, bocelados; sus bóvedas, resaltadas con sencilla y elegante labor de crucería; sus ventanas, de doble arco semicircular, festoneadas de figuras geométricas, y las grandes verjas que separan la anchurosa nave del crucero, prestan a todo el conjunto la belleza propia de las obras construidas a mediados del siglo XVI. Los arcos que dan acceso a las capillas y las ventanas que se abren en su fondo, son casi de medio punto, siendo ojivales los arcos de las capillas que están situadas debajo del coro y en las inmediaciones del crucero.”

“Por la puerta del brazo del crucero que corresponde al lado del Evangelio, se entra en la grandiosa sacristía, obra de Juan de Badajoz, cuyo nombre ostenta, sobre la claraboya, el muro de la entrada, apareciendo debajo del referido nombre, en artístico relieve, al autorretrato de tan famoso escultor y arquitecto. Está formada por una sola nave de tres bóvedas, cubiertas de dorada crucería, recibiendo luz por seis ventanas de grandes dimensiones, tres en cada lado, las cuales llevan pilastras con estrías en las jambas, dovelas artesonadas y una columna divisoria en el centro. Forman como el adorno inferior de estas ventanas doce nichos, en cuyo fondo resaltan otros tantos medallones con bustos de relieve, que, primorosamente ejecutados, representan, entre otros personajes del Antiguo Testamento, a Raab, Tamar, Ruth, Booz, Judas, Noemí, David, Salomón y Mical, hija del rey Saúl. Bellísimo es el retablo colocado en el testero, llamando la atención la figura de Dios Padre, rodeado de ángeles, y la aparición de Santiago. Por toda la extensión del friso corren oportunas sentencias, sacadas del Levítico. A los costales del indicado retablo hay dos puertas que dan acceso a otra estancia muy semejante a la anterior...”

"El claustro está formado, en cada uno de sus cuatro lienzos, por dos órdenes de arcos de medio punto, seis abajo y doce arriba, reforzados por estribos los primeros y adornados los segundos por medallones en sus enjutas. Entre ambos cuerpos corre un doble friso, que ostenta cabezas de serafines y veneras de Santiago. No pocas claves esmaltan la crucería de los ánditos, siendo también dignas de mención, por su elegancia y riqueza, las repisas de los arcos. En este claustro se admira el retablo de piedra que representa el nacimiento de Jesucristo, y en la antigua sala capitular, el artesonado, del mismo gusto, época y riqueza que los renombrados del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares" (1).

La sillería del coro corre pareja con la suntuosidad del edificio, y es modelo de arte renacentista. Consta de coro alto y coro bajo. Los respaldos de las sillas del primero, formados por arcos de medio punto, que separan abalaustradas columnas, ostentan, en relieve y de cuerpo entero, figuras de santos; los del segundo fórmanlos cuadrados tarjetones con bustos primorosos. Divide el coro alto en dos la silla prioral, y tiene todo él por remate elegante cornisa, coronada por candelabros preciosos, que alternan con figuras de ángeles. La decoración es tan profusa que no hay un solo elemento arquitectónico de la sillería que carezca de ella. Lástima que, obligadas en este artículo a dar una impresión de conjunto, no podamos ofrecer al lector mayor número de fotograbados que le permitieran admirar, con todo detalle, esta obra lindísima de Guillermo Doncel.

La mayor parte del ex convento de San Marcos la ocupa actualmente el Cuarto Depósito de Sementales. En la iglesia, sacristía, coro y parte de los claustros alto y bajo se halla instalado el Museo Arqueológico, que bien merece, por su importancia, la admiración de que es y ha sido objeto por parte de los arqueólogos, y mucha más de la que hasta hoy le concedieron los educadores.

Un Museo es intuitiva lección de Historia que, con poquísimo trabajo por parte del maestro, da mejores resultados en la enseñanza de esta disciplina que el antipedagógico sistema del discurso empleado exclusivamente, y el aprendizaje memorístico de series de reyes, hechos, fechas y lugares que, más que Historia, vienen a formar, con las soluciones de continuidad que trae consigo el olvido, efemérides de calendario barato.

Aunque no están ordenados pedagógicamente, ni mucho menos, los objetos del riquísimo Mu- seo leonés, se puede, con ellos y los monumentos de la capital, dar una base intuitiva a toda la historia de la ciudad y a casi toda la de la provincia.

Riquísima es la colección de ladrillos romanos que, con el sello de la Legión VII, fundadora de nuestra ciudad, se guardan en San Marcos. Muy notables y numerosas las lápidas celto-latinas y las romanas que, traídas de diversos puntos de la provincia, sirven de documentos para estudiar, no sólo la romanización del país, sino también los nombres de personas, de lugares y de divinidades indígenas que, latinizados, dejó abiertos en la piedra, como testimonio de su devoción o prueba de cariñoso recuerdo a sus muertos, aquel pueblo que tan heroicamente resistió a la invasión romana y que supo, en nuestra región, sintetizar sus heroísmos en el supremo de Lancia.

El arte y la epigrafía cristiana tienen en nuestro Museo representación no escasa, así como la heráldica, que en los cuarteles de sus escudos, ornato que fueron de aristocráticos palacios, recuerdan los tiempos en que León fue Corte.

Con haber sido la región leonesa de las que en España estuvieron más pobladas de Monasterios, son relativamente escasos los restos de ellos que tiene el Museo. Esto pudiera hacer pensar que aún quedaban en pie los edificios donde vivieron los monjes beneméritos que con su ciencia, su virtud y su esfuerzo ayudaron a la formación de la nacionalidad española que durante la Reconquista se forjó, lenta, pero definitivamente. Por desgracia, no quedan en la actualidad casi ni las ruinas de la mayor parte de estos Monasterios. Las leyes desamortizadoras del siglo pasado les dieron golpe de muerte, cayendo sus cadáveres en manos tan vivas, que las Comisiones formadas en 1837, para atenuar los males de aquella ola destructora, apenas pudieron salvar algunos libros que conserva la Biblioteca Provincial, y los cuadros, esculturas y restos arquitectónicos que guarda el Museo recuerdan los Monasterios de San Claudio, Santo Domingo, San Francisco, Sahagún, Sandoval, San Esteban de Nogales, Carracedo y tantos y tantos, de los que apenas si queda más que el lugar donde estuvieron emplazados.

Completan el Museo ejemplares tan notables como la cruz de plata sobredorada que el rey Don Ramiro III dedicó a la iglesia de Santiago de Peñalba; un Cristo bizantino, de marfil; la incomparable escultura de San Francisco de Asís, atribuida a [Luis Salvador] Carmona; la estatua orante del Obispo D. Juan de Guzmán; dos bargueños; un curiosísimo retablo gótico con San Marcelo, su mujer y sus hijos; ejemplares no escasos de cerámica romana; fíbulas, dijes y estilos, y un monetario, no tan numeroso como en Museo tan importante se espera encontrar.

Con la visita al ex convento de San Marcos damos por esta vez fin a la excursión, que, Dios mediante, hemos de repetir, para que en las páginas de nuestra Revista queden grabadas joyas de arte que León guarda y que son dignas de estudiarse...

En el Internado comentamos, llenas de entusiasmo, las riquezas de esta ciudad, y al oírnos nadie diría, dada la admiración que en nuestra Casa se siente por la patria de Guzmán, que están en mayoría las andaluzas; pero, lector, no te extrañe el hecho, y permite que te dé una explicación histórica y que la sintetice, porque el artículo peca de largo. León guarda y venera las reliquias de San Isidoro de Sevilla. Tarifa, el torreón desde el que un leonés, Alonso Pérez de Guzmán, defendió aquel puñado de tierra andaluza, dando por ella la sangre de su hijo... ¿Verdad que no es raro que leonesas y andaluzas fraternicen? ¡Qué hermoso es verlas trabajar juntas en la Obra Teresiana y en su casita de León, que, callada y humilde, labora en pro de la fe y de la cultura de la mujer leonesa!

Una Teresiana.

 

(1) Eloy Díaz-Jiménez y Molleda: Historia del Museo Arqueológico de San Marcos, de León.-Madrid, año 1920, páginas 127 a 129.

 

Figura 1: LEON.- Fachada de San Marcos.

Figura 2: LEÓN.- Portada de San Marcos.

Figura 3: LEÓN.- San Marcos: Claustro.

Figura 4: LEÓN.- Coro de San Marcos.

Figura 5: LEÓN.- San Francisco, Museo de San Marcos




Estudiando a Santa Teresa


Ya en otras ocasiones nos detuvimos a ponderar lo deleitosa y al par educativa que resulta la lectura de los escritos de la Santa, que satisfacen plenamente, porque unas veces nos hablan con sinceridad de amigo íntimo; otras, con ternura abnegadísima de madre; a ratos, con gracia, con donaire y con severa ironía; repetidamente, en tonos majestuosos, inspirados, sublimes; ya nos detienen para hacernos notar las piedras de tropiezo en el camino de la vida; ya nos prestan alas que parece acortan la peregrinación..., y siempre nos cautivan el alma toda, dándonos a gustar el gozo de ver expresados con sencillez y justeza recónditos sentires, inefables para nosotros.

Muchos pasajes nos impresionan al convencernos, hasta la evidencia, de nuestra miseria, de nuestra nada, de nuestras debilidades, de las angustias y los ahogos que padece el alma, "esta pobre encarceladita", entre los hierros de la malaventurada naturaleza humana.

Todas nuestras arrogancias de reyes de la creación quedan en ellos vencidas; nuestra pequeñez, nuestra insignificancia se ponen de relieve tan manifiestamente, que no hay justificación alguna posible para el menor asomo de envanecimiento.

Y, sin embargo, no era ni se muestra en sus obras pesimista, pues quizá abunden en ellas más los pasajes en que anima al alma con sus mismas buenas cualidades; la dice que muchos de los obstáculos que a la perfección se oponen son fantasmas; la esfuerza haciéndola conocer el poder de una voluntad que quiere y mostrándola el ningún valor de lo que ha de dejar por el infinito precio de lo que pretende conseguir.

Y es que si, al parar la reflexión en nosotros mismos, sentimos que se cierne la oscuridad y todo es incertidumbre, incomprensión y tinieblas, en cambio, al elevar la consideración al Señor de los espirituales alcázares, todo es diafanidad, todo es consuelo y paz y esplendor y luminosidad...; en una palabra, son escritos asombrosamente fecundos. En ellos encuentran las almas quietud en sus escrúpulos, reposo en sus tribulaciones, ilustración en su dudas, entusiasmo en sus desfallecimientos, amor en sus sequedades, alivio suave, dulcísimo e inagotable cuando se siente oprimida por la tribulación; en ellos la esperanza mata al desaliento, a la pusilanimidad, a la cobardía, y a la tristeza opone la actividad de un ánimo esforzado.

Son libros riquísimos, en fin, útiles a todo mortal, puesto que ningún humano se escapa de necesitar una fuerza que tenga eficacia para encauzar y dominar las aspiraciones, los deseos, los apetitos, las exigencias, las rebeliones, a veces, de su naturaleza.

Dónde y cómo puede encontrarse tal fuerza bien lo conocemos en el transcurso de los escritos de nuestra Santa, y ellos mismos nos la ponen, como quien dice, en la mano; su eficacia indiscutible, su aquilatado valor, su incomparable virtualidad queda bien patente en las maravillas que obraba en la misma Madre Teresa y en sus hijas, que, de tal manera domeñaron y trocaron la vestidura de humanidad que poseían, que la Santa dice de ellas que más parecían ángeles que seres de este mundo.

Aquellas almas heroicas, ocultas en las humildes religiosas del Carmelo, realizaban con la más fácil naturalidad las máximas que la Madre les dictara en mil ocasiones; máximas llenas de buen sentido, de acierto, de discreción y de sabiduría; y por esto tampoco se desdeñaban de aceptarlas doctos varones, aventajados maestros, espíritus eclécticos, hombres de gobierno, como lo fueron muchos de los religiosos y seglares que la trataron; antes al contrario, subyugados por su avasalladora influencia, más que con la palabra siguiendo esas máximas, le rindieron el homenaje entusiasta y fervoroso que después, a través de cuatro siglos, le han rendido tantos sabios, mostrando y confirmando la savia fecunda, la veracidad incontestable, la eficaz influencia, la luminosidad que irradian las ideas de mujer tan incomparable.

Obligadas estamos a no velar la luz y verdad que esclarecerá nuestra inteligencia; a no dejar perder la eficacia que moverá nuestra voluntad; a no dejar secar la savia vivificadora que ha alimentado a tantas almas, que, si tal sucede, acaso porque esa savia, esa eficacia y luz y verdad vayamos a buscarla o queramos beberla en otras fuentes, se nos tendrá por necias, como al caminante que, habiendo ya andado el camino, se dispone de nuevo a hacerlo para llegar a su destino.

Y si hombres ilustres por las letras y las ciencias; si espíritus escogidos se dejaron conscientemente influenciar por tal mujer, ¿qué no deberemos hacer nosotras, mujeres, alumnas y profesoras de la Institución Teresiana, que a muy regalada honra tenemos el denominarnos "Hijas de Santa Teresa"? Si ella, por su talento natural y experiencia larga y probadísima, adquirió profundo conocimiento de la psicología femenina, no superado, que pudo llegar a formar una selecta pléyade de mujeres, admiración de los contemporáneos, ¿faltará en sus escritos la virtualidad suficiente para ayudarnos a encauzar la propia formación y las de las que bajo nuestra custodia están? ¿Hemos echado de menos, en alguna ocasión, la norma segura para nuestro interior gobierno o camino que mostrar a nuestras alumnas? ¿Por ventura no encontramos a cada paso en ellos el alma femenina con detalles y matices que nadie jamás percibió? Sinceramente habremos de confesar que todos cuantos medios formativos se emplean en los Internados, en tanto han dado el resultado apetecido en cuanto se emplearon con la discreción, acierto y prudencia de que tan pletóricos están los puestos en práctica por la Maestra de maestros que conocimos en estas mismas páginas (1).

Y los portentosos efectos que los escritos de la mística Doctora causan en todos sus fervientes admiradores, sin excepción, habrán de tener mayor arrastre en nosotras, que, como mujeres, queremos imitarla; como discípulas, seguir fielmente sus enseñanzas, y como hijas, amarla, con amor que se traduzca en obras; y para esto, y bajo los tres puntos de vista, obliguémonos a estudiar su doctrina y a llevarla a la práctica en la formación de nuestras alumnas, seguras de que será más fructífero nuestro trabajo y fecunda nuestra actuación.

Si hasta aquí comentamos, sacando deducciones generales para la educación, en adelante restringiremos nuestro campo, circunscribiéndonos a la educación femenina, puesto que nadie como ella puede suministrarnos, con el sello de la más confirmada garantía, las reglas, normas y principios para la formación de la mujer, pues, si bien da en sus escritos principios, normas y reglas convenientes a todos, y esto cuanto más elevada doctrina expone, porque se dirige al alma, nosotras, que no pretendemos hablar de Mística (¡líbrenos el Señor de semejante atrevimiento!), tomaremos la parte que nos pertenece, y de la que nos prometemos deducir útiles y copiosas enseñanzas, que el venero teresiano es inagotable, sacando a relucir, para nuestro propio bien, los engaños, obstáculos, debilidades, imperfecciones, faltas y vicios de la mujer, como sus buenas cualidades y virtudes, y hasta quizá topemos con muy excelentes indicaciones relativas a la educación física, que todo lo conoció a maravilla y tuvo muy en cuenta la Madre Teresa en la formación de sus hijas, para quienes escribió sus tratados místicos, en los que, junto a los afectos del más encendido y puro amor de su seráfico corazón, que la unía con el Amado, hallamos también remedio a los defectos, y despertador, y estímulo, y sostenimiento de las virtudes, peculiares de la mujer; consejos prácticos, persuasivas razones, con el sello de la más absoluta garantía, que no llegaremos a encontrar en ninguno de los autores que tratan de educación femenina; y esto no es aseveración nuestra, sino que ha salido de la pluma y labios de personas competentes en la materia; y, por lo que a nosotras se refiere, consideramos a nuestra Santa, en Pedagogía femenina, como perfecto modelo y segurísimo guía, con la adaptación consiguiente a los actuales tiempos.

Una Teresiana.

 

(1) Número de enero del corriente año.









ESTUDIANDO A SANTA TERESA

 

ES LA MUERTE EN LA VIDA ESPIRITUAL cosa deseable, y no hay alma que de veras trabaje en la perfección sobrenatural, que no llegue a mirar con simpatía creciente este momento dichoso. Pero este deseo sufre en los distintos grados de la vida perfecta notables variaciones, ya por cambio o perfección de los motivos en que se apoya, ya por el aumento que sufre en su intensidad.

La lectura de las obras de Santa Teresa nos descubre la evolución que el ansia de morir siguió en el Serafín de Ávila, y nos lleva a la conclusión de que el hombre verdaderamente espiritual ama la muerte, no por ser muerte, sino porque es vida.

El deseo de morir se desenvuelve y crece a medida que el alma adelanta en el conocimiento y amor de Dios; vive más intensamente la vida de la gracia; nota mejor lo que va de lo humano a lo divino; pondera con mayor exactitud las bondades respectivas de uno y otro; estima en más lo que más vale; teme perder a Dios, Bien infinito, y desea hallarse en seguridad de no ofender al Señor. Harto gran miseria es -dice Santa Teresa- vivir en vida que siempre hemos de andar como los que tienen los enemigos a la puerta, que ni pueden comer ni dormir sin armas, y siempre con sobresalto si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza. ¡Oh Señor mío y Bien mío! ¿Cómo queréis que se desee vida tan miserable, que no es posible dejar de querer y pedir nos saquéis de ella, si no es con esperanza de perderla por Vos, u gastaría muy de veras en vuestro servicio, y sobre todo entender que es vuestra voluntad? (M. III. cap. I.)

Llegada el alma a la oración de unión, transformada de feo gusano en linda mariposa, ya no se arrastra por la tierra, vuela, se deshace en alabanzas a Dios al verse tan trocada, quiere morir por Él mil muertes, siente tan hondo las ofensas que se hacen al Señor, que bien pudo escribir la Santa con toda la autoridad que da la propia experiencia: Téngolo (este sentimiento) por cosa tan recia, que creo, sino fuera más de hombre, un día de aquella pena bastaba para acabar muchas vidas, cuanto más una. (M. V. cap. II). Y quiere y pide la liberación de lo que la sujeta a la tierra. ¡Oh -exclama la Santa-, que es un alma que se ve aquí, haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver esta farsa de la vida tan mal concertada, a gastar el tiempo en cumplir con el cuerpo, durmiendo y comiendo! Todo la cansa; no sabe cómo huir; vese encadenada y presa; entonces siente más verdaderamente el cautiverio que traemos con los cuerpos y la miseria de la vida. Conoce la razón que tenía San Pablo de suplicar a Dios le librase de ella; da voces con él; pide a Dios libertad, como otras veces he dicho. Mas aquí es con gran ímpetu muchas veces que parece se quiere salir el alma del cuerpo a buscar libertad, ya que no la sacan. (Vida, cap. XXI.)

A medida que el alma se interna en las moradas del castillo, y se aproxima a la del centro en que mora el Rey divino, comienza este Señor, por medio de noticias delicadas y espiritualísimas, a descubrirle algo de su infinita belleza, y queda el alma tan deseosa de gozar del todo al que se las hace (las mercedes), que vive con harto tormento, aunque sabroso, unas ansias grandísimas de morirse, y ansí con lágrimas muy ordinarias pide a Dios la saque de este destierro. (M. VI, cap. VI).

Pero adentrada en la morada séptima, estas ansias se calman; crece tanto el deseo de la gloria de Dios, que se sobrepone a ellas y acepta generosamente la vida si con ella puede servirle. Lo que más me espanta de todo -dice la Santa- es que ya habéis visto los trabajos y aflicciones que han tenido (las almas de las moradas anteriores) por morirse, por gozar de Nuestro Señor, ahora es tan grande el deseo que tienen de servirle, y que por ello sea alabado, y de aprovechar algún alma si pudiesen, que no sólo no desean morirse, mas vivir muy muchos años, padeciendo muchísimos trabajos por si pudiesen que fuese el Señor alabado por ellos aunque fuese en muy poca cosa... Verdad es que algunas veces se olvida de esto, tornan con ternura los deseos de gozar de Dios y desear salir de este destierro, en especial viendo lo poco que le sirve; mas luego torna y mira en sí mesma con la continuanza que le tiene consigo, y con aquello se contenta y ofrece a Su Magestad el querer vivir como una ofrenda la más costosa para ella que le puede dar. Temor ninguno tiene de la muerte más que tendría de un suave arrobamiento. El caso es que el que daba aquellos deseos con tormento tan excesivo, da ahora estotros. Sea por siempre bendito y alabado. (M. VII, cap. III).

Pero encerrada el alma en este pequeño cielo, donde a través de sutilísima gasa, valga la frase, contempla por subida visión intelectual a la Trinidad beatísima que mora en ella, no puede, ante el conocimiento de esta inefable realidad, vivir en la tierra y sentir las cosas de aquí abajo sino débilmente, pues aunque la vida natural y la de la gracia se compenetran, auxilian y apoyan una en otra, la más excelente, cuando predomina, tiende a absorber y fundir en ella a la inferior que se purifica y, por decirlo así, se espiritualiza hasta en sus actos más elementales. Y cuando este predominio es notable, y se conoce y siente en cuanto cabe aquí abajo la altísima realidad de Dios, la impresión de las cosas exteriores palidece y se debilita, porque a alma que vive tan alto no puede, excitante tan pequeño, inmutarla con fuerza, ni la luz que irradia lo terreno eclipsar a la divina en que se circunda, y así no pone el corazón en las cosas de la tierra; únicamente asienta en ellas el pie, como en punto de apoyo, para arrancar el vuelo y subir a Dios. Viven estas almas en el mundo como en un sueño, que explica muy bien Santa Teresa: Hame -dice- dado Dios una manera de sueño en la vida, que casi siempre me parece que estoy soñando lo que veo, ni contento ni pena que sea mucha no la veo en mí. Si alguna me dan algunas cosas, pasa con tanta brevedad, que yo me maravillo, y deja el sentimiento como una cosa que soñó. (Vida, cap. XL).

Quien así vivía no es extraño que expresara tan bellamente, en prosa y en verso, el deseo de morir. Son frecuentísimos en los escritos de la Santa los párrafos en que se vuelve a Dios y le manifiesta, con palabras de fuego, sus ansias de morir, y vale por todos el siguiente, de una de las Exclamaciones: ¡Oh deleite mío, Señor de todo lo creado y Dios mío! ¿Hasta cuándo esperaré ver vuestra presencia? ¿Qué remedio dais a quien tan poco tiene en la tierra para tener algún descanso fuera de Vos? ¡Oh vida larga! ¡Oh vida penosa! ¡Oh vida que no se vive! ¡Oh qué sola soledad! ¡Qué sin remedio! Pues ¿cuándo, Señor, cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Qué haré, Bien mío, qué haré? ¿Por ventura desearé no desearos? ¡Oh mi Dios y mi Creador, que llagáis y no ponéis la medicina, herís y no se ve la llaga, matáis dejando con más vida; en fin, Señor mío, hacéis lo que queréis como poderoso!... ¡Oh muerte, muerte! ¡No sé quién te teme, pues está en ti la vida! (Exclamación VI).

Dos de sus mejores composiciones poéticas expresan el mismo deseo. Una es conocidísima; otra no lo es tanto. La primera dice:

 

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

 

Seguida de bellísima glosa. La otra comienza:

 

¡Cuán triste es, Dios mío,

la vida sin ti!

Ansiosa de verte

deseo morir.

Carrera muy larga

es la de este suelo;

morada penosa,

muy duro destierro.

¡Oh dueño adorado, sácame de aquí!

Ansiosa de verte

deseo morir.

 

Por fin llegó para la Santa Madre la suspirada muerte, y la miró gozosa, y la recibió como se recibe lo que tan ardientemente se desea, y el día 4 de octubre de 1582, fiesta del Serafín de Asís, entró en suave arrobamiento, del que, al cabo de catorce horas, despertó en el Cielo. Allí vive, y de la plenitud de su vida participan cuantos en la tierra la imploran, la aman y la siguen.

MARÍA DÍAZ GIMÉNEZ

 

Pie de foto:

Con el golpe fui herida,

Y aunque la herida es mortal

Y es un dolor sin igual,

Es muerte que causa vida.

 




P E D A G O G Í A  T E R E S I A N A

Por María Díaz Jiménez (1)

Una en su esencia la educación pero variadísima en sus aspectos, es difícil a teóricos y a prácticos, abarcarla en toda su integridad, porque siendo dirección de la vida humana ha de marchar sobre las huellas de la Psicología y no pudiendo esta intuir la síntesis admirable del vivir, tiene que analizar sus múltiples actividades y pierde de vista, no pocas veces, la ley de unidad que las rige.

Pero aunque el conocimiento natural del hombre llegue a ser completo y armónico, queda en él otra vida sobrenatural que la fe descubre y que incorporada a la natural la sublima y eleva dándola una perfección, tan alta, que excede a todo poder humano.

La educación y la pedagogía cristianas, pues, no pueden detenerse en el solo conocimiento natural, necesitan, guiadas por la fe, penetrar en el mundo de la gracia, estudiar su naturaleza, sus efectos, sus relaciones con la vida natural y los elementos nuevos que la presta para adquirir la perfección y llegar al fin.

De la Teología dogmática y de la moral reciben los problemas educativos luz clarísima, pero como no basta, en la práctica de la vida, un conocimiento especulativo del fin ni de los medios sobrenaturales que a él nos llevan, sino que precisamos reglas y normas prácticas para la adquisición de la virtud, esencia de la vida cristiana, es lógico acudir a la Ascética y a la Mística en demanda de luces y conclusiones que ilustren la educación moral y religiosa, mal fundamentada muchas veces y por ello, no pocas, mal estudiada y mal resuelta.

Entre algunos técnicos de la Pedagogía tal vez parezca extraña la anterior idea, pero a poco que se medite, no cabe dudar del provecho que a la educación reporta el estudio de los escritores ascéticos y místicos, profundos conocedores de la naturaleza humana, cuyos senos más recónditos escudriñaron, describiendo con admirable precisión psicológica las facultades del alma en sus modos de obrar humanos o sobrenaturales y dictando normas de educación, lo más eminentemente pedagógicas que cabe concebir.

Y no se diga que los conocimientos ascéticos sirven solamente para ilustrar aquellas etapas de la educación en que el hombre más bien se autoeduca. Nada menos cierto. Infundida la gracia santificante por el Bautismo y con ella las virtudes sobrenaturales, deben estas iniciar sus actos apenas despierta la luz de la razón y, a una con las facultades del alma, crecer y perfeccionarse influyendo en la vida natural para ennoblecerla y sobrenaturalizarla. Pues dilatar la educación de las pasiones, sería comprometer seriamente el éxito educativo. Para todo, los medios ascéticos, aplicados en aquella justa proporción que pide la edad y aconseja un juicioso y prudente sentido pedagógico, sirven a maravilla, pues a más de ser perfectamente adaptables y por ello eminentemente educadores, llevan en sí la fuerza de la gracia que suaviza los movimientos difíciles a la naturaleza, haciéndola capaz de una perfección que, por sí sola, no puede adquirir.

La Mística ilustra también los estudios pedagógicos; y no tan de lejos como pudiera pensarse. Sea o no la vida mística desenvolvimiento de la ascética, es lo cierto que las almas que llegan a las alturas de la contemplación infusa, son almas extraordinarias que han escalado la cima de la perfección, y que, divinamente iluminadas, al mismo tiempo que descubren horizontes nuevos, proyectan resplandores sobre el camino que lleva a esas alturas, y, en sí mismas, con profunda y delicada introspección, sorprenden actos, procesos y relaciones psicológicas sutilísimas. La Mística, al estudiar la acción de Dios sobre estas almas, conoce lo más delicado y perfecto de la santidad, marca los límites de lo que puede la naturaleza sola o ayudada de la gracia, distingue lo humano de lo sobrenatural y descubre el amor inmenso de un Dios que, ya en la tierra, comunica a las almas gracias celestiales. Y así la hermosura de la virtud mueve el deseo de alcanzarla, no menos le alienta y fortalece sorprender la génesis de esas santidades heroicas, las luchas que en las almas santas libraron el bien y el mal, las alternativas de valor y decaimiento porque pasaron y la victoria que obtuvo su constancia. De todo ello surgen lecciones profundamente educadoras y conocimientos psicológicos de inapreciable valor. Y si la Pedagogía no se desdeña de pedir datos a la Psicología de anormales que estudia el torpe y deficiente vivir del alma aprisionada en cuerpos raquíticos o enfermos, ¿cómo ha de desechar los que suministra el estudio de ese vivir superior en que las facultades más espirituales, libres casi de la pesadumbre de la materia, adquieren perfección nobilísima?

El tema de este concurso revela, en quienes lo idearon, un pleno convencimiento de lo anteriormente dicho.

El asunto además es de oportunidad innegable, pues, sin desconocer los adelantos pedagógicos, hay que confesar que las corrientes modernistas invaden la educación, que el sentimentalismo se infiltra en las generaciones actuales, y que la Psicología experimental, más dada a la observación externa que a la introspección separa a la Pedagogía de la vida superior del hombre creando un tipo de educación negativa y naturalista.

Urge pues volver los ojos a los escritores ascéticos y místicos, maestros de maestros en el supremo arte de modelar almas, y abrir de par en par las puertas a la Pedagogía para que las auras purísimas de lo sobrenatural la oreen y den vida.

Santa Teresa de Jesús, es entre los místicos, la que, por la índole especial de su santidad y de sus obras, está llamada a influir más eficazmente en la educación.

Cuando guiados por la Santa Doctora, seguimos paso a paso el desenvolvimiento de su vida que, ayudada de la gracia, triunfa poco a poco de los obstáculos que la oponen de un lado su naturaleza enfermiza, de otro las asechanzas del mundo, las naturales inclinaciones de la juventud y las contradicciones de todo género en que se purifica y contrasta su espíritu, se adquiere la evidencia de que Dios Nuestro Señor quiso dejarnos en la Virgen de Ávila una prueba clarísima del poder educador de la gracia, y de lo que gana lo humano cuando se junta a lo divino.

No encontró fácilmente la santa maestros idóneos que la guiaran por las sendas de la virtud. Los medio letrados que la tocaron en suerte más de una vez, la hicieron daño, y aunque por fin dio con buenos Directores, no olvidó lo mal que la habían sentado los inexpertos o ignorantes, y, rindiéndose a la obediencia unas veces, a la súplica de sus hijas otras y convencida de que en los caminos del espíritu se pasa mucho y más mujeres por falta de saber, escribió sus obras inmortales, sublime compendio de la Mística más pedagógica y de la más elevada Pedagogía mística.

Y en verdad que la anterior afirmación es ciertísima, porque quien con tanto cuidado deslindó los campos de lo natural, de lo patológico y de lo sobrenatural, y experimentalmente conoció lo que son, pueden y valen las fuerzas del alma, no hay miedo que arrincone lo humano, que al fin es obra de Dios, y así lo activa maravillosamente y uniéndolo a la gracia levanta, con todo, el edificio de la santidad.

Y con agregar que en el conocimiento del alma femenina no conoce rival nuestra Doctora, damos por terminado este preámbulo para entrar de lleno en el estudio del tema.

* * *

El Ideal

Huelga decir que los escritos de Santa Teresa no son tratados de educación, si por tales hemos de entender los que se ajustan a las normas corrientes de la literatura pedagógica.

Puso la pluma en el papel por obediencia y con uno de estos dos fines: el de abrir a los directores el castillo interior de su espíritu, o el de iluminar y alentar a sus hijas para que resueltas, alegres y valientes, recorrieran la senda que lleva al cielo, y, como a la práctica de la oración van unidos los progresos espirituales de la Santa, y por idéntico camino quieren sus hijas conquistar la santidad, todas las obras de Santa Teresa son tratados de oración y guías seguros de vida perfecta, pues no otra oración quiere la Mística Doctora, sino la que trae consigo aumento de virtudes.

Y como en las distintas fases o grados de la vida espiritual el sujeto es el mismo: el cristiano; el fin idéntico; la unión con Dios y los medios de conseguirlo iguales: los actos humanos sobrenaturalizados por la gracia, fuerza es que cuantos educan sean padres, maestros o directores de espíritu, estudien los mismos problemas fundamentales. Santa Teresa los plantea con claridad maravillosa y los resuelve con la fineza y acierto de quien como ella se graduó - en expresión de un filósofo ilustre - en la Universidad de la experiencia, y los estudió a la luz de su ingenio y de la inspiración divina.

El término, la meta o, por mejor decir, el ideal o fin próximo de la perfección cristiana es unirse a Dios en esta vida por conocimiento y por amor. Distinguen los místicos, y con ellos la Santa, dos modos o maneras de unión: la ascética y la mística. Consiste la primera en la perfecta acomodación, previa la gracia ordinaria, de la voluntad humana a la divina. Consúmase la segunda en el matrimonio espiritual, y para ella se precisan gracias extraordinarias.

Dejemos a un lado la cuestión de si la doctrina de la Santa coincide o no con la moderna teoría de la unidad de la vida espiritual, cosa no tan clara como a primera vista pudiera parecer, y ateniéndonos a sus palabras afirmemos «que la verdadera unión se puede muy bien alcanzar, con el favor de Nuestro Señor, si nosotros nos esforzamos a procurarla con no tener voluntad sino atada con lo que fuere la voluntad de Dios... Esta es la unión que toda mi vida he deseado; esta es la que pido siempre a Nuestro Señor y la que está más clara y segura. (Moradas 5.a, Cap. III).

A esta unión llama Dios a todo cristiano, y este debe constituir el fin próximo de la educación porque él constituye la esencia de la vida perfecta que la Santa cuida bien de precisar, como si quisiera, no solo deshacer los prejuicios del vulgo de todos los tiempos, sino también los de los pedagogos que desechan este ideal, aduciendo que es inaccesible. En lo que está la suma perfección, claro está que no es en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni visiones, ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la de Dios que ninguna cosa entendamos que quiera que no la queramos con toda nuestra voluntad y tan alegremente TOMEMOS lo sabroso como lo amargo, entendiendo que lo quiere Su Magestad. (Fundaciones=c=V).

Lejos de aquel espíritu varonil el hacer del sentimiento ideal de perfección... “no está la perfección en los gustos, sino en quien ama más, el premio lo mismo y en quien mejor obrase en justicia y verdad" (Moradas 3, Cap. II).

Para los que cifran en solo orar toda la sustancia de la vida perfecta, va este aviso: «Torno a decir, que para esto es menester no poner vuestro fundamento solo en rezar y contemplar, porque si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ella, siempre os quedaréis enanas; y aún plega a Dios que solo sea no crecer porque ya sabéis que quien no crece, decrece» (Moradas 7.a, Cap. IV)

Aunque las citas anteriores dejan ver claramente lo que la Santa entiende por perfección, predomina en ellas la parte que pudiéramos llamar negativa; las siguientes ofrecen definiciones más precisas. «Toda la perfección de quien comienza oración (y no se olvide que esto importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse y disponerse, con cuantas diligencias pueda, hacer su voluntad conformar con la de Dios, y como diré después, estad muy ciertas que en esto consiste toda la mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este camino. No penséis que hay más algarabías ni cosas no sabidas ni entendidas, que en esto consiste todo nuestro bien» (Moradas 2.a, Cap. I)

«Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos mandamientos, seremos más perfectos. (Moradas 1.a, capítulo II).

¿Reúne este ideal las condiciones que a un ideal educativo se exigen? Veámoslo.

Un ideal humano de perfección ha de ser Universal, pues admitida la unidad de naturaleza no cabe diversidad en los fines necesarios, sean últimos o próximos. Dios llama a todos sin excepción a unirse a Él, y a este llamamiento responde la naturaleza humana con ansias de perfección que estimulan todas sus facultades. Ha de ser asequible a todos, porque si no lo fuera dejaría de ser universal. Ni un solo hombre carece de gracia ni de aptitud natural para conformarse al querer divino expresado en los mandamientos. La fe asegura lo primero, la experiencia lo segundo. No pudiendo determinarse concretamente el límite de la perfectibilidad humana, el ideal no ha de ser limitado porque pudiera ser un obstáculo. ¿Qué ideal sino el cristiano reúne esta condición? Cristo dijo «Sed perfectos como lo es vuestro padre celestial». En Dios no hay límites y aunque los tiene la perfección humana ¿quién será capaz de señalarlos? Pero a la vez que ilimitado, y aunque parezca contradictorio, el ideal tiene que ser determinado y concreto, lo vago, lo oscuro, lo impreciso, lo oscilante, no puede ser copiado. Cristo el Hombre-Dios, encarnación del más sublime ideal de vida perfecta junta en sí lo infinito de la perfección, con la imitabilidad más admirable.

Tan comprensivo debe ser el fin próximo que en él puedan caber todos los fines particulares de perfección general humana, y por último que su posesión produzca el máximum de felicidad que el hombre puede alcanzar en esta vida y que está en razón directa de la paz que produce el equilibrio y armonía de sus facultades, tanto más perfectas cuanto más próximas a Dios.

Aplíquense las propiedades anteriores a tantos ideales educativos como intentan sustituir al cristianismo, y de su cotejo resultará que todos han de cederle la primacía, los unos por groseros e indignos del hombre, los otros por limitados, por estrechos, por inferiores. Afirmemos pues con la Santa que en unirnos con Dios está todo nuestro bien, y sea este ideal el que rija la educación cristiana.

(1) Trabajo premiado en el concurso abierto por Acción Católica de la Mujer sobre este tema.

(Continuará)









P E D A G O G Í A  T E R E S I A N A

Por María Díaz Jiménez

(Continuación)

Nosce te ipsum

Uno de los fines más claros de los escritos de Santa Teresa es desterrar de sus hijas la ignorancia, porque las supone sin letras y sabe que en los libros por ellas manejados no han de encontrar lo que sus espíritus necesitan. Los letrados que escriben no paran en cosas menudas, que por tener otras ocupaciones importantes y ser varones fuertes no hacen caso de cosas que en sí no parecen nada, y a cosa tan flaca como somos las mujeres, todo nos puede dañar. (Camino de perfección-Prólogo). Además no les concede siempre un conocimiento perfecto del alma femenina, sutil para ocultarse, y no muy hábil para describir y precisar estados de espíritu, y por todo esto podrá ser -dice donosamente- aproveche (lo que escribe), para atinar en cosas menudas ¡Y tanto que aprovecha! ¿Qué mujer al leer sus escritos no aprendió a leer en sí misma, y descubrió en su alma repliegues y reconditeces insospechadas?

Sabe que en la vida espiritual, como en toda vida, la ignorancia es obstáculo que impide el progreso, barrera que defiende el paso a grados superiores de perfección, causa de amarguras y tedios insoportables, origen de escrúpulos que abaten el vuelo de las almas, quitándolas la santa libertad de espíritu, obscuridad que proyecta sombras medrosas en el camino de la virtud, y motivo de caídas v deserciones innumerables.

La primera ignorancia que quiere quitar de sus hijas es la que se refiere al sujeto de perfección. Entonces, como ahora y como siempre, el propio conocimiento es conocimiento raro, la mayor parte de los hombres viven y mueren extraños a sí mismos.

No cambiaron mucho las cosas del siglo XCVI acá, y aunque proclamado desde entonces, y por heraldo de la autoridad de nuestro Vives, el principio fecundo de que la educación ha de asentarse sobre el conocimiento de la naturaleza humana, poco se adelantó en este sentido. De herejía pedagógica tal vez tache alguno la anterior afirmación en pleno siglo XX, pero, examinada despacio, se ve que no carece de fundamento.

Es verdad que la psicología moderna estudia al niño, al adulto y al hombre, les somete a experimentos y a observaciones, cuya delicadeza nos libraremos muy bien de negar; les mide, pesa e interroga para aquilatar el cómo y el cuándo de sus facultades; reúne cuidadosamente los datos adquiridos, y, después de compararlos, forma estadísticas, deduce leyes, que en su mayor parte, están muy lejos de serlo, y de tener por tanto aplicaciones universales y fecundas en la educación.

Y es que la psicología experimental trae un pecado de origen; erró el método al emplear con exclusivismo exagerado la experimentación psicofisiológica, limitando así sus conocimientos, a las manifestaciones sensibles de la vida psíquica.

Nuevas corrientes intentan unir en feliz sincretismo los datos de la ciencia nueva con los de la filosofía tradicional, para aportar a la educación un concepto más completo del hombre, que el elaborado por procedimientos matemático y físico químicos.

Pero, ya lo indicamos en la introducción, si a este conocimiento de la vida natural del hombre no se une el de la vida sobrenatural, tan verdadera y real como la psicofísica, conocerá el educador católico al hombre, pero no al cristiano que es el objeto de su educación. El deber del padre, del maestro y del director de espíritu no se reduce a adquirir él los conocimientos del educando, se extiende a más, han de introducir al dirigido en el conocimiento de sí mismo. ¡Y aquí sí que el descuido llega a un grado inconcebible! Se atiende a todo en los planes de educación y enseñanza, se multiplican asignaturas, se mete en la cabeza de los niños y de los jóvenes conocimientos exóticos y de ninguna utilidad, y se les deja vivir ignorándose completamente. ¿Hay razón que justifique esta omisión? Confesamos que ninguna. Estamos ante un caso muy corriente en el vivir de la humanidad. Verdades clarísimas que los pensadores repiten hasta cansarse, no se abren camino en la práctica ni toman carta de naturaleza, sino después de muchos siglos y rudas batallas. La del conocimiento propio es de esta clase. Diríamos que el hombre, ante el vario y sorprendente espectáculo del mundo exterior, se olvida de sí mismo, y, embelesado en la contemplación de la naturaleza material, no para mientes en la belleza espiritual qué encierra la parte más eminente de su ser.

La mística Doctora protesta airada contra la falta de conocimiento propio, y al proclamar su necesidad no se detiene, como pudiera suponerse, en un conocimiento moral de los actos humanos, quiere un conocimiento íntegro del alma del cuerpo y de sus mutuas influencias, de lo psicológico y de lo fisiológico, de lo natural y de lo sobrenatural y sobre el asiento del diamantino castillo de las Moradas. Oigámosla:

No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos a nosotros mismos, no sepamos quién somos. ¿No seria gran ignorancia, hijas mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre, ni su madre, ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotros cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así, a bulto, porque lo hemos oído y porque lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas qué bienes puede haber en esta alma o el gran valor de ella pocas veces lo consideramos, y ansí se tiene en tan poco conservar su hermosura. Todo se nos va en la grosería del engaste o cerca deste castillo, que son estos cuerpos. (Moradas 1.a, cap. 1º.)

Y más adelante:

Parece que digo algún disbarate porque si este castillo es el ánima, claro está que no hay que entrar pues es el mesmo, como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que hay mucho de estar a estar, que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo, que es adonde están los que le guardan, y no se les da nada de entrar dentro, ni aún qué piezas tiene. (Moradas 1.a, cap. 1°)

Medítense los párrafos copiados, y, sin esfuerzo ni torcidas interpretaciones, se verá que la Santa no busca un conocimiento vulgar: no a bulto, sino claro; no un conocimiento habitual, sino reflexivo, que va mucho de estar a estar; no superficial ni incompleto, que hay que pasar de la ronda del castillo y no embelesarse con los primores del engaste, dejando de admirar la perla que allí puso el artífice Divino.

Para ciertos educadores parece escrito lo arriba copiado que en la ronda, y bien en la ronda, quedan cuantos se detienen en el engaste, y apenas si aciertan a otra cosa que a tomar medidas antropométricas, a presentar intuiciones sensibles, a ejercitar miembros, y, lo que es peor, a abrir paso en el alma del niño a las sucias sabandijas que cerca de él se arrastran. Fuera quedan, no sólo los sensualistas vulgares, sino también las asociacionistas, con toda su rica labor de análisis psicológicos; los racionalistas, con Kant a la cabeza, y sus inconsistentes teorías morales, y cuántos, por miopía intelectual o por malicia, cierran sus ojos a la luz de la fe, haciéndose incapaces, especulativa y prácticamente, de conocer las bellezas del alma y de aprovechar para la educación las energías sobrenaturales de la gracia.

Santa Teresa adquirió conocimiento completísimo de la naturaleza humana y de sus modos de obrar naturales y sobrenaturales, y de él deduce sus normas de formación, que si bien están en armonía con la alteza del fin, revelan un respeto profundo a la naturaleza y en ellas se apoyan muchas veces, nunca la destruyen, y siempre la purifican, la fortalecen y la elevan.

Largo sería este capítulo si para demostrar lo afirmado hubiéramos de copiar textos. La índole de nuestro estudio nos releva de este trabajo, pues la anterior afirmación se verá confirmada en él muchas veces. Valga por todas la siguiente cita en que nuestra escritora lamenta las consecuencias deplorables, que trae la falta de un conocimiento propio claro y científico:

¡Oh Señor! tomad en cuenta lo que pasamos en este camino por falta de saber, y es el mal que como no pensamos que hay que saber más de pensar en Vos, aún no sabemos preguntar a los que  saben, ni entendemos qué hay que preguntar, y pásanse terribles trabajos porque no nos entenderemos, y lo que no es malo, sino bueno, pensamos que es mucha culpa. De aquí, proceden las aflicciones de mucha gente que trata de oración, y el quejarse de trabajos interiores, a lo menos mucha parte de gente que no tiene letras, y vienen las melancolías y a perder la salud y aun a dejarlo todo porque no consideran que hay un mundo interior acá. Y ansí como no podemos tener el movimiento del cielo, sino que anda a priesa con toda velocidad, tampoco podemos tener nuestro pensamiento, y luego metemos todas las potencias del alma en él. (Moradas 4.a, cap. 1°).

Describe nuestra Madre, con pinceladas de Cielo, las bellezas del alma en gracia, y con el inspirado símbolo del castillo de diamante y muy claro cristal, va declarando la hermosura que a este mundo interior del espíritu comunica el Sol de la Justicia, que mora en la más recóndita morada del castillo, en la esencia del alma, y como el pecado empaña la limpieza del cristal, detiene los rayos de la gracia y deja en tinieblas los senos del espíritu. La puerta para entrar en el castillo, es, según la Santa, la oración y consideración; lo que un psicólogo llamaría reflexión, con la diferencia que va de una operación natural a esa misma operación sobrenaturalizada; pero como al iniciar el alma esta introspección, la gracia obra, por decirlo así, al modo humano, tenemos que la Santa, con fina mirada psicológica, nota y dice cuánto vale la reflexión para despertar actividades, pues las almas sin oración son como un cuerpo con perlesía o tullido, que, aunque tiene pies y manos, no los puede mandar. (Morada 1.a, cap. 1).

Las almas de las primeras moradas tienen cierta semejanza con el alma del niño. Son almas en gracia, desean la perfección, pero acostumbradas a derramarse en lo exterior, no acaban de entrar en el castillo. Sus potencias tienen poca fuerza para luchar, y son fácilmente vencidas si no recurren a Dios y dejan las ocasiones de pecar.

El niño está en gracia, ansia la perfección y, en sus pequeñas luchas cae con frecuencia. Hay que alejarle de todo peligro moral y de cuantas batallas exijan esfuerzos no proporcionados a sus energías. Sus facultades intelectuales se desarrollan no reflexiva, sino directamente, y se dirigen, por necesidad imperiosa al mundo exterior. La reflexión no es planta que brota espontáneamente en el niño, pero hay que irle habituando a fijarse en sí mismo, para que poco a poco, su vida se torne consciente y activa. La oración es puerta. Hay que hacerle pasar de la ronda del castillo, atrayéndole suavemente hacia la vida interior, iniciándole en el conocimiento de las bellezas naturales y sobrenaturales del espíritu, y como el pecado mancha feamente ambas hermosuras, hay que formar su conciencia moral para que discierna lo bueno y lo malo que hay en él.

En este conocimiento de flaquezas y pecados propios, hay dos peligros que deben evitarse en todo grado de educación y en cualquier estado de perfección: la cobardía que el conocimiento de nuestra miseria puede engendrar en la voluntad y cierta estrechez de entendimiento nacida de la misma ruindad del objeto en que se ejercita. El conocimiento de lo bueno, también podría menoscabar la humildad. Todo lo previene la Santa, y de manera tan admirable, que nos limitaremos a transcribir sus párrafos sin intentar pasarlos por el menguado tamiz de nuestra critica para no empequeñecerlos:

Mas que busquemos como aprovechar más en esto (en el propio conocimiento), y a mi parecer jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios: mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes. Hay dos ganancias en esto. La primera está claro que parece una cosablanca, muy más blanca cabe la negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es porque nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien, tratando a vueltas de si con Dios, y si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente... Metidos siempre en la miseria de nuestra tierra nunca el corriente saldrá del cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía, de mirar si me miran, si yendo por este camino me sucederá mal, si osaré comenzar aquella obra, si será soberbia, si es bien que una persona tan miserable trate de cosa tan alta como la oración, si me tienen por mejor, sino voy por el camino de todos; que no son buenos los extremos, aunque sea en virtud; que como soy tan pecadora, será caer de mal alto; quizá no iré adelante y haré daño a los buenos, porque una como yo no ha de menester particularidad.

¡Oh, válgame Dios, hijas mías, qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad y otras muchas cosas que pudiera decir y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio conocimiento, y si nunca salimos de nosotros mesmos no me espanto que esto y más se pueda temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad y en sus santos, y ennoblecerse ha el entendimiento como he dicho y no hará el propio conocimiento ratero y cobarde. (Moradas 1.a, cap. 2.°).

(Continuará)








P E D A G O G Í A  T E R E S I A N A

Por María Díaz Jiménez

(Continuación)

El Cuerpo

La armonía, esa ley fundamental de la vida, ha de robustecerla la educación al orientar hacia una finalidad común las diversas facultades humanas.

No es fácil el empeño. La distinta y contraria naturaleza de los elementos que integran al hombre determinan tendencias opuestas que luchan por adquirir cada una de ellas el dominio del ser que, herido por el pecado de origen, perdió, aun en lo natural, la fortaleza y energía que de suyo tenía para esta lucha. En la batalla que libran en nuestro interior la bestia y el ángel, el espíritu y la materia, debe triunfar el alma. La idea, luz y guía de la voluntad dominadora, señala el camino; la voluntad sujeta y encauza las pasiones, y la gracia inyecta una energía sobrenatural que vivifica, fortalece y sostiene en la lucha, a las distintas facultades.

Esta guerra interior dura lo que dura la vida. En ella alternan las derrotas y las victorias; hay días de calma y días de horrible tempestad; momentos de esperanza y horas en que el horizonte se cierra para no dejar paso al más tenue rayo de luz.

L a educación ha de preparar al hombre para esta lucha inevitable conociendo las causas de tales alternativas y dándole medios con que logre, si no estar en un ser, cosa que Santa Tere a tiene por imposible en esta vida, el triunfo del espíritu sobre la materia.

Este dominio de lo espiritual no quiere decir anulación ni destrucción del cuerpo; significa sujeción de lo inferior a lo superior; armónica y equilibrada convivencia del alma y de la materia; subordinación racional de unas facultades a otras, según su relativa importancia, convergencia, en fin, del hombre entero hacia el ideal supremo de su vida.

Dios, que unió substancialmente el alma al cuerpo, condicionó y subordinó el desarrollo de lo espiritual al desarrollo de la parte física, e impuso al hombre el deber de procurar y conservar la salud.

El cuidado del cuerpo tiene un fundamento moral, y la educación no puede eludirle sin que protesten a una el instinto de conservación y el sentido común, la psicología y la ética más elementales; pero no ha de sacarle de aquel lugar inferior que en el desarrollo general humano le corresponde, no sea que, alzándose con un dominio que no le es dado, ahogue al espíritu y le sujete a lo terreno impidiéndole ascender a las regiones de la vida espiritual y sobrenatural.

Cuanto dentro de sus justos límites se haga en pro de la salud, bien hecho está; más se ha de tener en cuenta que, tarde o temprano, el dolor y la enfermedad han de visitar al hombre, y que en lo posible debe sobreponerse a ellos, conservando el dominio del cuerpo, atenuando el sufrimiento con el valor, o soportándole con entereza resignada. Este triunfo busca la mortificación cristiana, que en el fondo no es sino medio perfectísimo de educación. Santa Teresa es buen ejemplo de lo que puede la voluntad, aun en lo fisiológico, y de la soberanía que el alma bien templada ejerce sobre el cuerpo, y como en la experiencia propia aprendió la posibilidad de este dominio, a él encamina a sus hijas, y quiere que, sin desatender la salud, se curtan luchando para vencer la debilidad de sus complexiones femeninas y adquirir fortaleza varonil. Copiemos: "Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos siempre por livianos males; si podéis sufrirlo no lo hagáis. Cuando es grave el mal, él solo se queja... unas flaquezas y malecillos de mujeres olvidaos de quejarlas, que algunas veces pone el demonio imaginación de estos dolores; quítanse y pónense; si no se quita la costumbre de decirlo y quejaros de todo, si no fuera a Dios, nunca acabaréis. Porque este cuerpo tiene una falta, que mientras más le regalan más necesidades descubre; es cosa extraña lo que quiere ser regalado, y como tiene aquí algún buen color, por poco que sea la necesidad engaña a la pobre alma para que no medre... Y creed, hijas, que en comenzando a vencer estos corpezuelos no nos cansan tanto... Si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada. Procurad de no temerla y dejaos todas en Dios, venga lo que viniere. ¿Qué va en que nos muramos? Y cree que esta determinación importa más de lo que podemos entender; porque de muchas veces que poco a poco lo vamos haciendo, con el favor del Señor, quedaremos señoras de él. Pues vencer un tal enemigo es gran negocio en la batalla de la vida. Hágalo el Señor como puede. Bien creo no entiende la ganancia sino quien goza de la victoria, que es grande, a lo que creo, que nadie sentiría pasar trabajo por quedar en este sosiego y señorío». (Camino de Perfección. Cap. XI).

Buena falta hace que en la educación arraiguen las ideas de la Santa Doctora, y que de la escuela pueda decirse que prepara no sólo para la vida, sino para la enfermedad y para la muerte.

Santa Teresa cuida muy bien de advertir, en el precioso capítulo de donde entresacamos los párrafos anteriores, que este sufrir callado y oculto no se refiere a males graves: «En todo esto que he dicho no trato de males recios, cuando hay calentura mucha, aunque pido haya moderación y sufrimiento siempre, sino unos malecillos que se pueden pasar en pie».

Nadie más cuidadosa que la Santa en velar por la salud de sus hijas. Las obras, las constituciones, y sobre todo, las cartas, confirman nuestro aserto. Apenas hay epístola, de las que escribe a sus monjas, en que no se interese por la salud de todas, pida noticias de las enfermas y hasta envíe recetas sumamente curiosas. Abra el lector al azar un tomo de cartas y hallará plenamente confirmada nuestra afirmación.

Detengámonos ahora en algo notabilísimo: en los consejos que da a las prioras para que sepan cómo se han de haber con las que tienen humor de melancolía.

Estas melancólicas de Santa Teresa son las enfermas que padecen alguna de las formas que en la psiconeurosis distingue la patología, y que por ser achaque del sistema nervioso trae trastornos psíquicos que reclaman un tratamiento, mezcla de fisiológico y de educativo.

Sería meter la hoz en mies ajena el estudiar desde el terreno médico las Doctrinas Teresianas. Quédese para los neurólogos y contentémonos con afirmar que las tres formas principales de la psiconeurosis: el histerismo, la neurastenia y la psicastenia, los distingue nuestra escritora perfectamente, claro que sin terminología técnica, pero con un detalle de observación que no hay más que pedir.

Buen cuidado tenía de no admitir en sus conventos melancólicas, pero con todo, se escurrían, y una vez dentro las prioras habían de llevarlas del mejor modo posible.

Tantos son los avisos que de diversos lugares da sobre este punto, que, para justificar su insistencia, dice con gracia: «Demasía parece dar tanto aviso para este mal, y no otro alguno... Es por dos cosas: la una que parece están buenas, porque ellas no quieren conocer tienen este mal. La otra es porque con otras enfermedades o sanan o se mueren; de ésta, por maravilla, sanan, ni de ella se mueren, sino que vienen a perder de todo el juicio, que es morir para matar a todas». (Fundaciones. Cap. VII).

L o s caracteres comunes a las psiconeuróticas los resume en pocas palabras: «... en lo que más dan es en salir con lo que quieren, y decir todo lo que les viene a la boca, y mirar faltas en otros para encubrir las suyas, y holgarse en lo que les da gusto; en fin, como quien no tiene en sí quien las resista... pasan harta muerte consigo mesmas de aflicciones y imaginaciones, y escrúpulos». (Fundaciones. Cap. VII).

Los remedios terapéuticos que da la Santa los suscribiría cualquier especialista moderno. Persuasión, amor, maña, y si esto no bastare, sujeción y fuerza. No ayunen ni coman pescado y hasta supriman la oración.

Da la Santa, en lo que cabe, con la causa del mal, que acierta a colocar en la imaginación, y luce su finura de observación psicológica al proclamar como supremo remedio el que la enferma se ocupe en cosas exteriores. Bien sabe la sin par Doctora que el gobierno directo de la imaginación no es posible muchas veces, ni aún en plena normalidad, y que el dirigir la atención a cosas exteriores es buen recurso para aquietarla: «Y han de advertir que el mayor remedio que tienen es ocuparlas (a las melancólicas) mucho en oficios para que no tengan lugar de estar imaginando, que aquí está todo su mal; y aunque no los hagan bien, súfranlas algunas faltas, por no las sufrir otras mayores estando perdidas. Porque entiendo que es el más suficiente remedio que se les puede dar y procurar que no tengan muchos ratos de oración, aún de lo ordinario, que por la mayor parte, tienen imaginación flaca, y haráles mucho daño, y sin esto se les antojarán cosas que ellas, ni quien les oyere, no lo acaben de entender". (Fundaciones. Cap. VII)

(Continuará)




La distinción entre locura y melancolía es exactísima; llena de verdad la descripción de las alternativas que sufren las enfermas melancólicas, y para que nada falte, no haya miedo que la Santa deje en el tintero lo que esta enfermedad se presta a engaños, y cómo tras ella se ocultan no pocas veces la dureza de juicio y la veleidad caprichosa:

Porque ahora se usa más que suele, y es que toda la propia voluntad, y libertad llaman ya melancolía”. (Fundaciones. Cap.  VII).

¿Verdad que esto último parece escrito actualmente? El cuidado especial de nuestra Madre en descubrir las causas de donde proceden los fenómenos variadísimos que en la oración se dan, la lleva a tal conocimiento de la influencia mutua del alma y del cuerpo, que si hubiéramos de estudiar las notas recogidas sería interminable este capítulo. Suplan a todas las siguientes:

Hablando la Santa con las almas que en la oración no pueden obrar con el  entendimiento,  les dice que no se aflijan si se fuercen: Porque muchas veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que es verdad porque lo he mirado y tratado después a personas espirituales) que viene de indisposición corporal, que somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta pobre alma de las miserias del cuerpo, y las mudanzas de los tiempos y las vueltas de los humores, muchas veces hacen que, sin culpa suya, no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca de todas maneras, y mientras más la quieren forzar en estos tiempos es peor y dura más el mal... Sirva entonces al cuerpo, por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean, o irse al campo, como aconsejare el confesor..., es gran negocio no traer el alma arrastrada, sino llevarla con suavidad para su mayor aprovechamiento. (Vida, capítulo X.)

 Es admirable cómo en Santa Teresa se encuentran detallados los males de espíritu, y más admirable aún hallar a la vuelta de la hoja el remedio eficaz que cura y vivifica.

 

El alma

Es curiosísimo seguir a la Santa Madre en sus introspecciones por este mundo interior, como ella tantas veces denomina al alma, y de interés sumo ver cómo en el campo de su conciencia se destacan, cada vez con más claridad y precisión, los conocimientos psicológicos.

Favorecida por Dios con toda suerte de gracias místicas, y temerosa de ser víctima de alguna ilusión del demonio, busca gentes de letras y espíritu con quien comunicar cuanto pasa en su alma, encontrando, al  principio,  tal dificultad para explicarse, que cuando consulta al Maestro Daza y a don Francisco Salcedo, la encontramos mirando libros para ver si sabía decir la oración que tenía, y subrayando en la Subida al Monte Carmelo, de Bernardino de Laredo, las partes en que describe la oración de unión, para que aquellos siervos de Dios leyesen allí lo que pasaba en el alma de la Santa, porque ella no sabia ni poco ni mucho decir lo que era su oración; que -añade- esta merced de entender qué es y saberlo decir ha poco me la dió Dios (Vida Cap. XXIII).

El temor al engaño, su rectitud de intención, el amor sincerísimo de proceder en todo con verdad, despiertan en ella reflexión profunda, que, unida a ilustraciones del Cielo, la permiten describir con asombrosa claridad, no sólo las distintas clases de oración y las variadas etapas de la vida perfecta, sino también las potencias del alma, sus actos y sus modos de obrar, llegando, como término de su prodigiosa inducción, a distinguir la esencia del alma de las potencias.

Esto no quiere decir que en la Santa se  encuentre un sistema completo de psicología, pero sí que sus observaciones, además de precisas y exactas, tienen aquel color de verdad que caracterizan solamente a las hechas sin los prejuicios que engendran teorías preconcebidas,  y con el solo interés de ver en las cosas lo que hay, y no lo que la imaginación forja, o el amor propio inventa.

Deseo de verdad más puro, más sincero y más vehemente que el de Santa Teresa, no es fácil encontrarle; ingenio más esclarecido por luces naturales y sobrenaturales, tampoco, ni, por tanto, inteligencia mejor dispuesta para observar la realidad, que no pocas veces encuentra sin buscar.

Prueba de ello, que al descubrir un nuevo matiz psicológico, un hecho, algo que la permite distinguir entre facultad y acto, o entre potencia y potencia, se detiene sorprendida, contempla gozosa el nuevo hallazgo, entona un himno de alabanza al Criador, y se apresura a contrastar la verdad de su observación en la piedra de toque de un letrado.

Y como en la mística Doctora la especulación tiene un fin eminentemente práctico, a la vuelta de la hoja, viene el consejo para encaminar ésta o aquella facultad , para deshacer la ilusión, para levantar al alma caída, o para contener los impulsos de un deseo indiscreto.

Reconoce la excelencia natural del alma, se deleita al contemplar en ella la imagen de Dios, llora los estragos del pecado, a pesar de ellos, la concede naturalmente grandeza y capacidad, y como no somos ángeles sino hombres y, aun influidos por la gracia, hemos de obrar de ordinario, humanamente, no hay norma teresiana que no revele hondo y discretísimo respeto de la naturaleza. Sabe que  las  potencias  son fuerzas y energías latentes que  hay  que activar, y así, con aquella intuición tan corriente en ella, y hablando de que en la oración no ha de procurarse con artificio humano suspender el pensamiento, dice: “No nos hemos de estar bobos, que lo queda harto el alma cuando ha procurado esto, y queda mucho más seca, y por ventura más inquieta la imaginación, con la fuerza que se ha hecho a no pensar nada... Que pues Dios nos dió las potencias para que con ellas trabajásemos, y se tiene todo su premio, no  hay para que las encantar, sino dejarlas hacer su oficio, hasta que Dios las ponga en otro mayor” (Moradas. Capítulo III). Y en otra parte añade: “Aquí aconsejo a las prioras que pongan toda la diligencia posible en quitar estos pasmos tan largos; que no es otra cosa, a mi parecer; sino dar lugar a que se tullan las potencias y sentidos para no hacer lo que su alma les manda, y así la quitan la ganancia, que andando cuidadosos la suelen acarrear” (Fundaciones. Cap. V).

La distinción entre imaginación y entendimiento la señala muy claramente Santa Teresa. Fue uno de los hallazgos psicológicos que la causaron mayor contento, porque padeció recio martirio en aquella oración larga y penosa que la duró muchos años, y en la que la loca de la casa fue su constante verdugo.

En la oración de quietud seguía batallando con aquella indisciplina  de la fantasía hasta  que,  vino a entender por experiencia que el pensamiento u imaginación, porque mejor se entienda, no es el entendimiento y preguntélo a un letrado, y díjome que era ansí, que no fué para mí poco contento (Moradas IV. Cap. 1)."

Se da a buscar la causa de las importunas idas y venidas de la imaginación y la señala certeramente al observar que, ocupados entendimiento y voluntad en Dios, sin hacer en la oración de quietud más que gozarle, abandonan el gobierno ele la fantasía que, sin freno que la sujete, vaga a su placer.

La memoria queda libre y junto con la imaginación debe ser, y ella como se vé sola es para alabar a Dios la guerra que da, y como procura desasosegarlo todo” (Vida. Cap. XVII).

Aconseja a sus hijas que no se turben, pues esta lucha por traer a mandamiento a la imaginación es cosa forzosa; y no os traiga intranquilas y afligidas sino que dejemos andar esta tarabilla de molino y molamos nuestra harina, no dejando de obrar la voluntad y entendimiento (Moradas IV. Cap. I).

No pocas veces este desasosiego nace de la indisposición corporal, y hay más y menos conforme a la salud y a los tiempos  en este estorbo de la imaginación. Innumerables son los pasajes en que habla de esta facultad; en unos, como los arriba citados, advierte a sus monjas que no luchen en vano; en otros las previene para que eviten los peligros que su viveza puede ocasionar. Tan profundo era el sentido que la Santa tenía de lo real, tan consumada su experiencia en las temibles inventivas de la imaginación, y tal la seguridad de que en ella, las más de las veces, hace el demonio sus saltos u engaños, especialmente a mujeres u gentes sin letras, que es incansable dando reglas para precaver ilusiones.

Teme unas imaginaciones en las que la imagen adquiere tal viveza, que a más de hacer palidecer la sensación real, dejan al entendimiento absorto y embebido.

En la oración estas almas corren el peligro de confundir lo imaginado con lo sobrenatural; en el orden científico dan por verdaderas sus hipótesis, y en la vida práctica se sitúan fuera de la realidad.

A las tales les conviene no detenerse con exclusivismo en la contemplación de un solo asunto, para  no  dar pábulo a fantasías dañosas, y, sin derramarse, andar con libertad  razonable,  afín de no dañar al alma ni al cuerpo. Entero merecía copiarse el artículo VI de las Fundaciones;  a él  remitimos al lector, ya que no cabe trasladar aquí más que unos párrafos: "Y cuando una viere que se le pone en la imaginación un misterio de la Pasión, u la gloria del Cielo, u cualquiera cosa semejante, y que está muchos días que, aunque quiere, no puede pensar en otra cosa, ni quitar de estar embebida en aquello, entienda que le conviene distraerse como pudiera, sino que vendrá por tiempo a entender el daño, y que esto nace de lo que tengo dicho: o flaqueza grande corporal u de la imaginación, que es muy peor. Porque así como un loco si da en una cosa no es señor de sí, ni puede divertirse ni pensar en otra, ni hay razones que para esto le muevan, porque no es señor de la razón, así podría suceder acá, aunque es locura sabrosa, o que si tiene humor de melancolía, puédele hacer muy gran daño” (Fundaciones. Cap. VI).

Para las psiconeuróticas, tan temidas por la Santa, da reglas minuciosas, ya que en la imaginación está su gran peligro.

Los capítulos XXVII y XXVIII de las Moradas VI, son  un prodigio de fina observación psicológica. No cabe distinguir mejor al estudiar las visiones y hablas intelectuales e imaginarias, entre lo natural y sobrenatural, entre la imagen y la idea, ni tirar con pulso más seguro las líneas divisorias de unos y otros campos hasta en los puntos en que parecen tocarse y aun confundirse.

A pesar de los tormentos que la imaginación causó a la Santa hasta hacerla exclamar: “A mí cansada me tiene y aborrecida la tengo y muchas veces suplico al Señor, si tanto me ha de estorbar, me la quite en estos tiempos” (Vida. Cap. XVII). Sabe aprovecharse de ella y traerla en  apoyo del entendimiento, que en el orden natural no piensa sin imágenes. Los capítulos XXII de la Vida  y el 6º de las VI Moradas prueban esta afirmación. No se conforma la Santa con las teorías de ciertos autores místicos, que aconsejan que el alma, antes de que  Dios le dé contemplación infusa, se ayude ella, prescindiendo de toda imagen corpórea. Firme en que ha de buscarse al Criador por las criaturas, y de que, aun en los más subidos grados de la oración, cuando Dios suspende todas las potencias, no es largo tiempo el que la imaginación está ociosa. “Más estas pérdidas del todo y sin  ninguna imaginación en nada, que, a mi entender, también se pierde del todo, digo que es breve tiempo” (Vida XVIII).  Sienta en los capítulos citados doctrina de que mientras el alma proceda en oración por el modo ordinario, se ayuda de la fantasía que; “Querernos hacer ángeles estando en la tierra, y tan en la tierra como yo estaba, es desatino; sino que ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario” (Vida. Cap. XXII).  Lamenta el  tiempo en que, por estar engañada en este punto, dejó de pensar en  la Sagrada Humanidad  de  Cristo, y recomienda dulcísimamente que no se deje de representar en la imaginación,  pues ella tiene el poder de atraer hacia sí el entendimiento, que sin su apoyo desvaría: “Y vi claramente que iba mal (no pensando en la Sagrada Humanidad) porque como no podía ser tenerle siempre (envido el entendimiento) andaba  el pensamiento de aquí para allí, y el alma, me parece, como un ave revolando, que no halla adonde parar, y perdiendo harto tiempo, y  no aprovechando en las virtudes ni medrando en la oración” (Moradas, VI y VII).

 







No menos claras son las ideas que la Santa adquirió sobre el entendimiento. Distingue muy bien lo propio de la razón y lo peculiar de la inteligencia; el trabajo discursivo de la primera que termina con el hallazgo de la verdad, y la mirada sencilla de la segunda que contempla el concepto adquirido:

Ya sabéis -dice- que discurrir con el entendimiento es uno; y representar la memoria al entendimiento verdades es otro. (Moradas VI. Cap. VI). Pone un ejemplo de cómo se procede en la oración discursiva, y buscando el motivo de por qué algunas almas a quien Dios da contemplación difusa suelen quedar menos inhábiles para pensar en la Humanidad del Salvador, dice, con el aplomo de un filósofo, que estas almas, no se entienden, y confunden el discurrir con el contemplar porque no saben que para esto último no han menester trabajo porque entiende el alma estos misterios por manera más perfecta: Y es que se los representa el entendimiento, y estámpanse en la memoria de manera que de sólo ver al Señor caído con aquel espantoso sudor en el Huerto, aquello le basta para, no sólo una hora, sino muchos días, mirando con una sencilla vista… (Moradas VI. Cap. VII). Creo debe ser la causa, que como en la meditación es todo buscar a Dios, como una vez se halla… no quiere cansarse con el entendimiento. (Moradas VI. Cap. VII). Al explicar las visiones intelectuales se esfuerza por dar a entender que no hay en ella nota ninguna de materialidad. ¡Qué bien la enseñó la experiencia que la idea es superior y vive en plano más elevado que la imagen! Tiene claro conocimiento de que la idea antes de llegar a la inteligencia ha de pasar por el laboratorio de la sensibilidad, pero que Dios, cuando se comunica al alma por modo sobrenatural en las visiones intelectuales no precisa las puertas del sentido ni el trabajo de la razón: que no obramos nosotros nada, ni hacemos nada… Es como cuando ya está puesto el manjar en el estómago sin comerle, ni saber nosotros cómo se puso allí… Como uno que sin deprender, ni haber trabajado nada… hallase toda la ciencia sabida ya en sí… (Vida XXVII).

El capítulo XXVII del Camino de Perfección en que da medios para recoger el pensamiento a las almas poco acostumbradas a meditar, es precioso. Vale un mundo, pedagógicamente, aquella suavidad y gradación con que atrae el entendimiento hacia la imagen que la fantasía formó de Cristo, y si no bastare aquel apelar a la intuición recomendando traiga consigo un dibujo del Salvador que sea a su gusto y no pararse en solamente contemplar, sino hablar, amar, y en fin llevar al alma con halagos y artificios para no la amedrentar. Léanlo detenidamente los educadores y digan si entre los medios que la Santa emplea para sostener la atención falta alguno de los que emplearían ellos con el mismo fin.

Y despierto el entendimiento, quiere fundarle en la verdad, y ansía ciencia y busca letrados que la ilustren, y afirma con hondo sentido educador: Que la tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así el entendimiento del hombre (1ª Aviso) y nota las diversas condiciones de las inteligencias y quiere que sus monjas sean avisadas, prohíbe recibir a las que no reúnan esta cualidad, y da reglas para lo que bien pudiéramos llamar un examen de ingenios: Un buen entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado, y cuando no aproveche para mucho espíritu, aprovechará para buen consejo y para hartas cosas, sin cansar a nadie. Cuando éste falta yo no sé para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto. Esta falta no se ve muy en breve, porque muchas hablan bien y entienden mal, y otras hablan corto y no muy cortado (correctamente quiere decir), y tienen entendimiento para mucho bien. Que hay unas simplicidades santas que saben poco para negocios y estilo de mundo, y mucho para tratar con Dios. Por eso es menester gran información para tomarlas, y larga probación para hacerlas profesas. (Camino de perfección, capítulo XIV).

El amor es el punto donde convergen la vida y los escritos de Santa Teresa de Jesús. Amor de Dios y del prójimo, fuerte, decidido, intrépido, constante y abnegado. En amor se consume y de amor muere, y con la centella de sus ejemplos y de sus palabras en amor enciende a cuantos la conocen, y como el amor es acto de la voluntad y en la perfección y en la educación el progreso está en razón directa del mejoramiento de aquella, conquistarla, afirmarla, rendirla al bien y libertarla del mal será el blanco de todo educador, y es al que certeramente dirige la Santa sus saetas. No hay recurso que no emplee, ni resorte que deje de tocar, ni estímulo que no avive, ni sentimiento que no mueva con tan invencible poder sugestivo; que viva y muerta, con sus palabras y sus letras fue, es y será soberana conquistadora de voluntades.

Otro lugar de este trabajo es el destinado a estudiar más detenidamente lo arriba enumerado, bástenos aquí lo que se refiere al conocimiento psicológico de la voluntad.

Que el camino para llegar a esta potencia no es otro que el del entendimiento, bien claro lo dice aquí: Y también me parece que, como la voluntad esté ya encendida, no quiere esta potencia generosa aprovecharse de esta otra (del entendimiento) si pudiese; y no hace mal, más será imposible... porque muchas veces ha menester ser apoyada del entendimiento para encender la voluntad (Moradas, VI. Cap. VII).

La diferencia entre el acto y la facultad, la sensibiliza preciosamente en la siguiente comparación: Pensaba yo ahora si es cosa en que hay alguna diferencia la voluntad y el amor. Y paréceme que sí; no sé si es bobería. Paréceme el amor una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en sólo Dios, muy de verdad debe de herir a Su Majestad, de suerte que, metida en el mismo Dios, que es amor, torna de allí con grandísimas ganancias, como diré. (Conceptos del amor de Dios).

El concepto de libertad, de aquella libertad sin flaquezas, ni imperfecciones que, porque llegó al sumun no elige el mal, está definida en aspiración ardentísima, con profundidad y exactitud imposible de ser superada. ¡Oh libre albedrio, tan esclavo de tu libertad, si no vives enclavado en el temor y amor de quien te crio! ¡Oh, cuándo será aquél dichoso día que te has de ver ahogado en aquel mar infinito de la suma Verdad, donde ya no serás libre para pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado con la vida de tu Dios! (Exclamación 17).

Y, por último, demos fin a este artículo con una de las observaciones más sutiles de Santa Teresa; la que se refiere a la distinción entre la esencia y las potencias del alma.

No pudiendo adquirir un conocimiento intuitivo del alma, sólo por inducción y subiendo del conocimiento de los actos al de las potencias, llegamos a descubrir la esencia de la misma y por eso la psicología empírica precede y abre el camino a la racional.

Es notable que, en cierto modo, Santa Teresa siga esta marcha natural del entendimiento, la razón es sencilla. Dios no invadió el alma de la Santa de golpe, sino paso a paso, y como los descubrimientos psicológicos de nuestra Madre siguen una marcha paralela a los procesos místicos que analiza, el último, la unión total con Dios, consumada en el matrimonio espiritual, es el que precisa esta idea, latente en ella, de que la esencia y las potencias se distinguen realmente entre sí; porque ve con clara visión intelectual cómo Dios se une a la esencia del alma y como habitualmente está a ella presente sin que sean parte a turbar la paz aquel ir y venir de las potencias, que activas, despiertas y unidas en admirable consorcio, trabajan y luchan, produciendo la vida más equilibrada y armónica que en la tierra cabe idear. No será ocioso advertir que la Santa unas veces dice que se distinguen la esencia de las potencias, y otras el alma del espíritu, pero la reposada lectura de los pasajes que vamos a copiar, demuestra que toma la palabra espíritu por potencias.

En la Vida aún no aparece clara esta distinción porque dice ...ni sé entender qué es mente, ni qué diferencia tenga del alma, o el espíritu tampoco, todo me parece una cosa. (Vida. Cap. XVIII).

En las Moradas va precisándose cada vez más y al hablar en las IV, de contentos y gustos espirituales, dice: Estaba yo ahora mirando, escribiendo esto, que en el verso que dije: “Dilatasti cor meum”, dice que se ensanchó el corazón, y no me parece que es cosa, como digo, que su nacimiento es del corazón, sino de otra parte aún más interior, como una cosa profunda; pienso que debe ser el centro del alma, como después he entendido y diré a la postre. (Moradas, IV. Capítulo III).

Al hablar de la oración de unión dice: Su Majestad nos ha de meter y entrar Él en el centro del alma, y para mostrar sus maravillas mejor, no quiere que tengamos en ésta más parte de la voluntad, que del todo se le ha rendido, ni que se le abra la puerta de las potencias y sentidos, que todos están dormidos; sino entrar en el centro del alma sin ninguna, como entró a sus discípulos, cuando dijo: Pax vobis, y salió del sepulcro sin levantar la piedra. (Moradas, V. Cap. I).

Digna de Santo Tomás es la siguiente comparación en la que dice que el alma y el espíritu (potencias) tienen semejanza con el Sol y sus rayos. Habla la Santa del vuelo de espíritu y pregunta, si lo que el alma ve mientras dura esta especie de rapto lo ve, o no, estando en el cuerpo y contesta: Si esto pasa estando en el cuerpo o no, yo no lo sabré decir; al menos ni juraría que está en el cuerpo, ni tampoco que está el cuerpo sin alma.

Muchas veces he pensado, si como el sol estándose en el cielo, que sus rayos tienen tanta fuerza, que no mudándose él de allí, de presto llegan acá, si el alma y el espíritu, que son una misma cosa, como lo es el sol y sus rayos, puede, quedándose ella en su puesto, con la fuerza del calor que le viene del verdadero Sol de Justicia, alguna parte superior salir sobre sí misma. (Moradas, VI. Cap. V).

También me parece que el alma es diferente cosa de las potencias, y que no es todo una cosa: hay tantas y tan delicadas en lo interior, que sería atrevimiento ponerme yo a declararlas. (Moradas, VII. Cap. 1).

 




La gracia

Al estudiar las manifestaciones de la vida humana partiendo de las inferiores y más elementales, se echa de ver que las que inmediatamente le siguen tienen en las primeras su punto de apoyo, porque de ellas reciben gran parte de los elementos necesarios para desarrollar su actividad, y que, las superiores, a su vez, al transformar lo que de las inferiores recibieron, no solo producen un orden de vida más perfecto, sino que perfeccionan con su influencia a las últimas, que vienen a encontrar en las primeras su complemento e inmediata finalidad.

La educación debe tener muy en cuenta este enlace natural de facultades y el régimen de subordinación en que, por ley imperiosa, deben vivir procurando que cada una se mantenga en los límites de su actividad propia, y aporte a las demás cuanto de ellas necesitan para perfeccionarse, resultando de este mutuo auxilio una vida equilibrada y racional.

Y en esto encontraría su fin último la educación, si Dios no hubiera colocado más alto el fin del hombre, pero plugo a su amor inmenso ponerle fuera del orden natural, y, porque, con esfuerzos naturales, a él no podía subir, comunicar al hombre un principio de vida superior, que, apoyándose en la vida natural, y actuando sobre ella, la perfeccionara, y sobre todo, la sobrenaturalizara, para que hasta el acto humano más insignificante pudiera cooperar y concurrir a la consecución de la vida eterna.

La gracia santificante es este principio sobrenatural, infundido al cristiano por el Santo Bautismo, y que en su ser y manifestaciones tiene sorprendentes analogías con el alma, principio inmediato de la vida natural. Acomódase, ordinariamente, en su desenvolvimiento y progreso a las etapas del desenvolvimiento natural, y sin perder su carácter divino influye en él, y él recibe influencias que sumadas dan origen a lo que pudiéramos llamar fisonomías cristianas.

Un ejemplo tomado de la vida sensible e intelectual aclara maravillosamente este auxilio de lo natural y sobrenatural.

La inteligencia y la voluntad, latentes en el alma desde el mismo instante que las potencias sensitivas, no pueden realizar sus actos hasta después que éstas realizaron los suyos, porque de los sentidos externos e internos han de recibir los materiales para su actuación, y así aun teniendo superioridad evidente siguen, no preceden en su desarrollo a las inferiores pero una vez que despiertan y funcionan, influyen en ellas, las rigen, perfeccionan, y en cierto modo ensanchan, valga la frase, su capacidad y así los sentidos externos de simples receptores de impresiones se tornan en observadores cuidadosos del mundo exterior; la memoria se completa en la reminiscencia, la imaginación en la fantasía creadora, el instinto recibe luz de la razón y la parte afectiva al conmoverse, por influencias superiores , da origen al sentimiento.

De igual modo, la gracia santificante, como ha de actuar sobre las manifestaciones de la vida natural, necesita su previo funcionamiento y desarrollo, y aunque infundida en el párvulo desde el bautismo, sus facultades, que son las virtudes, no se ejercitan hasta que la razón despierta, ya que así las teologales como las cardinales y los mismos dones del Espíritu Santo suponen los actos humanos y sobre ellos actúan elevándoles, sobrenaturalizándoles y perfeccionándoles, aún en el orden natural. La luz de la razón aumenta con la luz de la fe, la memoria se fortifica con la esperanza, la caridad da energías nuevas al apetito racional, las virtudes naturales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza, no adquieren su perfección hasta que se sobrenaturalizan, y, por último, los dones del Espíritu Santo influyendo en las virtudes sobrenaturales infunden facilidad y hasta deleite en la práctica del bien. Lo meramente humano, a su vez favorece, interrumpe o impide el desarrollo de la vida sobrenatural porque de nuestra libre cooperación depende, en parte, su desenvolvimiento.

Y para que las analogías sean más perfectas también estas virtudes o facultades del ser divino de la gracia necesitan, al modo de las humanas que un excitante, la gracia actual, venga a sacarlas de la potencia al acto, y de la misma manera que no adquiere el hombre por sí solo perfección sin el auxilio de otros hombres, que con más o menos intención educadora le auxilien y dirijan, tampoco en la ordinaria providencia de Dios entra el prescindir de espiritual maestro que, con celo ilustrado, cuide del desarrollo de esta vida divina. Y si bien es cierto que al confesor incumbe una parte importantísima de esta educación, no lo es menos que los educadores cristianos no pueden en conciencia abandonarla, no solo por ser ellos los que en la primera edad influyen más de cerca y más continuamente en el niño, sino porque habiendo de encaminarle desde luego a su último fin han de poner cuidado diligentísimo en sobrenaturalizar aquella vida, al mismo tiempo que la hacen más libre y más consciente y con mayor solicitud que la que ponen en apartar cuanto puede ser causa de la muerte del cuerpo han de velar porque no muera en el alma del niño la gracia, no solo porque esta muerte es causa de la eterna, sino porque en lo humano este nuestro natural caído y enfermo tiene en la gracia la más poderosa fuerza educativa.

Santa Teresa pinta con colores de cielo la belleza del alma en gracia, y con negras tintas la sensible oscuridad del alma en pecado. Copiemos dos de sus magníficas descripciones.

Estando hoy suplicando a Nuestro Señor hablase por mí, porque yo no atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo, sino un paraíso, adonde dice Él tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento a donde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad. Y, verdaderamente, apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla; así como no pueden llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crio a su imagen y semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer comprender la hermosura de este Castillo; porque puesto que hay la diferencia de él a Dios, que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir su Majestad, que es hecha a su imagen, para que apenas podamos entender la gran divinidad y hermosura del ánima” (Moradas 1ª. Cap. I).

Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver este Castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de vida, que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios, cuando cae en pecado mortal; no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan oscura y negra que no lo esté mucho más. No queráis más saber que con estarse el mismo Sol, que le daba tanto resplandor y hermosura, todavía en el centro de su alma, es como sí allí no estuviese para participar de Él, con ser tan capaz para gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol. Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las obras buenas que hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra virtud es virtud, y apartándonos de Él, no puede ser agradable a sus ojos; pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal, no es contentarte, sino hacer placer al Demonio, que como es las mismas tinieblas, así la pobre alma queda hecha una misma tiniebla... Porque así como de una fuente muy clara lo son todos los arroicos que salen della, como es un alma que está en gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida, adonde el alma está como un árbol plantado en ella, que la frescura y fruto no tuviera, si no le procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse, y que dé buen fruto; así el alma que por su culpa se aparta de esta fuente y se planta en otra de muy negrísima agua y de mal olor, todo lo que corre de ella es la misma desventura y suciedad”. (Moradas 1ª. Cap. II).

Estas consideraciones mueven el celo ardoroso de Nuestra Santa Madre, que vive, trabaja, sufre y escribe con el fin de que sus hijas no solo se santifiquen, sino que al hacer una oblación, lo más perfecta posible de su vida, la ofrezcan por salvar almas y en primer lugar porque los maestros espirituales que desde el púlpito, el libro, o el confesonario, con doctrina y ejemplos han de cooperar a esta obra magna, sean cual empresa tan divina requiere.

Aplicables en todas sus partes son las palabras de la Santa a los simples maestros que trabajan en los grados primeros de la perfección.

Dejemos estas aplicaciones para otro capítulo y demos fin a este recomendando la lectura del áureo libro de las Moradas, si quiere estudiar el maravilloso desenvolvimiento de la gracia en el alma, porque no hará daño al humilde maestro contemplar fascinado los esplendores de esta vida divina ni las alturas a que Dios puede subir a un alma, que antes le animará a echar firmes cimientos sobre los que Dios Nuestro Señor levante las obras sorprendentes de su gracia para las que de ordinario busca cooperadores.

No influyó poco en la obra de santificación de la Mística Doctora aquella monja discreta y santa que en el convento de Gracia fue su maestra. Mediten los educadores lo que importa en la primera edad cuidar de la santificación de los niños infundiéndoles amor a la virtud y odio al pecado y despierten y aviven su celo para impedir la muerte de la gracia, para devolverla a los que la perdieron, que si es grandísima limosna rogar por los que están en pecado mortal no lo es menor trabajar para libertar a las almas de estas ligaduras de muerte.











Optimismo

Sin un concepto claro y verdadero de la naturaleza humana, sin un previo conocimiento del ideal de perfección, no es posible dar paso seguro en la obra educadora. De aquí que todo error, ético, religioso o antropológico sea de transcendental importancia pedagógica, y que el educador consciente, antes de comenzar su obra pida respuesta a esta pregunta: ¿el hombre es educable?

Tan alto pregonan la educabilidad humana la experiencia propia y el sentido común; la historia, la filosofía y la religión, que todo cerebro sano tendría por locura negar verdad tan evidente.

Sin embargo, prescinden de la realidad y dan una respuesta negativa los fatalistas, negando la libertad humana. Admiten la educabilidad de las facultades cognoscitivas, porque las trae el hombre en germen, y como en todo germen, hay en ellas energías inmanentes que buscan por la actividad el desarrollo, y por éste el perfeccionamiento, pero, la voluntad, dicen, tiene una perfección innata, definitiva e inmodificable, y así aunque el entendimiento en su progreso adquiera ideas morales, en nada influirán en la voluntad, que en su elección, no es libre, obra por impulso fatal de su naturaleza. Este sistema, conduce lógicamente al más desolado pesimismo. Su consecuencia legítima en pedagogía es el abandono absoluto de toda educación moral y religiosa. Lo imposible, sólo un loco intentaría conseguirlo.

Afirman resueltamente que el hombre es educable cuantos le reconocen libertad, pero de estos, no todos le educan, porque equivocándose unos en lo que respecta a la naturaleza humana, y otros en lo relativo al fin, vienen de hecho, a emplear medios deseducadores, y con todo su optimismo y partiendo de dos principios tan diversos, coinciden con los pesimistas en los resultados negativos de su educación.

De Rousseau acá, anda más o menos triunfante en pedagogía el falso principio de la bondad natural del niño, que han hecho suyo no pocos partidarios del optimismo modernista, y aunque algunos alardean de católicos vienen, la mayor parte a ponerse más o menos conscientemente, en contradicción con el dogma del pecado original, y a pedir un respeto tan grande a lo que equivocadamente llaman libertad del niño, que dejándole vivir a su capricho, no hacen sino favorecer las inclinaciones malas, que no han menester cultivo para medrar, a expensas de las buenas que viven lánguidamente, o se extinguen por completo sin el cuidado de una buena educación.

Otros optimistas, alardeando de amor al progreso, tienen por contrario a él, que el educador se proponga de antemano un fin, un ideal de perfección, y colocándose en actitud expectante, esperan que el natural desarrollo de la vida individual, descubra a cada uno su fin, que debe seguir sin tener para nada en cuenta la moralidad.

La sana filosofía iluminada por la fe, es la única que derrama luz en el problema de la educabilidad, y deja, con sus indestructibles afirmaciones, plenamente contestada la pregunta que arriba ponemos en boca de todo educador.

Si, el hombre es educable, porque tiene inteligencia y voluntad, las únicas de sus facultades, que en rigor, pueden ser educadas. Y si es cierto que nuestros primeros padres salieron perfectos de las manos del Criador, no lo es menos que a sus descendientes nos legaron, no la naturaleza equilibrada por la gracia, que poseyeron en el estado de justicia original, sino esta misma naturaleza herida y maculada por el pecado de origen, en cuyo fondo viven y luchan tendencias buenas y malas, no dignas, por naturaleza del mismo respeto.

La doctrina católica no es menos luminosa y concreta en lo que toca a los fines. El educador cristiano, no marcha tras lo ignoto, tiene un ideal educativo, tan elevado como perfecto e imitable: Cristo, encarnación sublime del más sublime de los ideales.

El medio por el cual el hombre ha de aproximarse a este fin es la virtud que se adquiere conformando los actos humanos a las leyes divinas, mediante el propio esfuerzo y la gracia de Dios.

Las conclusiones pedagógicas de la anterior doctrina son bien claras.

Hay que fomentar lo bueno, arrancar lo malo, y enderezar lo torcido que encontramos en la naturaleza humana y, partiendo de la base de que todo es posible con la gracia de Dios y nuestra cooperación, estimular la voluntad del educando, para que, desconfiando prudentemente de sí, y confiando en Dios, entre resueltamente por la senda de la virtud. Pero como las caídas morales, graves o leves, son patrimonio de nuestra flaqueza, hay que precaverse contra ellas para evitar el pesimismo y la desesperación.

Santa Teresa es la personificación más acabada del optimismo cristiano. Conocedora profunda de la Naturaleza sabe experimentalmente de cuanto es capaz el alma, pero conoce muy bien sus torcidas inclinaciones, sus desfallecimientos y sus caídas, y así, aunque alienta, actúa y no desprecia lo natural, echa el áncora de su esperanza no en el fondo movible e inseguro del corazón humano, sino en el firme e inconmovible de la gracia de Dios.

De la firmeza de su fe, y de la seguridad de su esperanza, nace su aquella optimista intrepidez, no tanto de admirar en las obras de su vida activa, cuanto en las luchas que sostuvo consigo misma para lograr la santidad. Y como experimentó los dolores del cuerpo que acobardan el ánimo, las dudas que torturan el entendimiento, los desalientos que hacen flaquear la voluntad, las acometidas del demonio, las murmuraciones y contradicción de amigos y enemigos, de buenos y malos, los aparentes pero dolorosos abandonos de Dios y las caídas de la flaca Naturaleza, y entiende que a todo puede hacer frente el alma, que, fundada en humildad confía en Dios, quiere a sus hijas optimistas, porque del optimismo nace el ánimo, el esfuerzo y la alegría, estímulos tan poderosos como necesarios en el camino largo y difícil del propio perfeccionamiento: “Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto. Decir: no somos ángeles, no somos santas. Mirad que aunque no lo somos es gran bien pensarlo, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano; no hagáis que quede por El, sino queda por nosotros. Y pues no venimos aquí a otra cosa, manos a la obra, como dicen; no entendamos cosa en que se sirve más al Señor que no pretendamos salir con ella por su favor. Esta persuasión querría yo en esta casa, que hace siempre crecer la humildad; tener una santa osadía, que Dios ayuda a los fuertes y no es aceptador de personas”. (Camino de Perfección. Cap. XVI).

Pero el optimismo de la Santa no se limita a infundir pensamientos elevados, ni como los mentalistas modernos, a colocar en la fuerza del pensamiento, ni de la autosugestión, el medio único y eficaz para la práctica del bien, sino en la ejecución de las obras en el ejercicio de la virtud, aunque reconoce explícitamente cuanto ayuda para esto lo uno y lo otro. Son tan notables sus palabras que bien merecen ser conocidas: “Tener gran confianza, porque conviene mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que si nos esforzamos poco a poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor, que si ellos nunca se determinaran a desearlo, y poco a poco a ponerlo por obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su Majestad, y es amigo de ánimas animosas como vayan con humildad y ninguna confianza de sí; y no he visto a ninguna de éstas que quede baja en este camino, ni ninguna alma cobarde con amparo de humildad, que muchos años ande lo que estotras en muy pocos. Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas, aunque luego no tenga fuerza el alma, da un vuelo y llega a mucho, aunque como avecilla que tiene pelo malo, cansa y queda”. (Vida Cap. XIII). Y por si quedara duda ahí va otro párrafo que prueba el valor relativo que concedía a los pensamientos y deseos: “hacemos entender al demonio que tenemos una virtud, digamos de paciencia, porque nos determinamos y hacemos muy continos, a los de pasar mucho por Dios; y parecemos en hecho de verdad que los sufriríamos, y así estamos muy contentas... Yo os aviso no hagáis caso de estas virtudes, ni pensemos las conocemos sino de nombre, porque acaecerá que a una palabra que os digan a vuestro desgusto, vaya la paciencia por el suelo. Cuando muchas veces sufriedes, alabar a Dios que os comienza a enseñar esta virtud”. (Camino de perfección. Cap. XXXVIII).

El optimismo de Nuestra Madre no es temerario. Bien sabe que de golpe no se adquiere el hábito ni la fortaleza en la virtud, y que la discreción debe regular los esfuerzos, para no exponer al alma a caídas imprudentes, pero no se aviene con esos ejercicios virtuosos deficientes y raquíticos, que atrofian más que educan: “Estas primeras determinaciones -dice- son gran cosa, aunque en este primer estado es menester irse más deteniendo y atadas a la discreción y parecer del maestro; más han de mirar que sea tal que, no les enseñe a ser sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a solo cazar lagartijas. Siempre la humildad delante para entender que no han de venir estas fuerzas de las nuestras... Creo, si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera puesto en que estos deseos fueran por obra; mas hay por nuestros pecados tan pocos, tan contados, que no tengan discreción demasiada en este caso, que creo es harta causa para que los que comienzan no vayan más presto a gran perfección, porque el Señor nunca falta ni queda por Él; nosotros somos los faltos y miserables”. (Vida Cap. XIII).

Quiere que a las almas que, por especial favor de Dios, en poco tiempo adelantan en la virtud, no se las fatigue haciéndolas tornar atrás, para que anden a nuestro paso, y a las que vuelan como águilas, con las mercedes que las hace Dios, quererlas hacer andar como pollo trabado. Sino que pongamos los ojos en Su Majestad, y si los viéremos con humildad, darles rienda, que el Señor que les hace tantas mercedes, no les dejará despeñar. Fíanse ellos de Dios, que esto les aprovecha la verdad que conocen de la fe, y no los fiaremos nosotros, sino que queremos medirlos conforme a nuestros bajos ánimos. (Vida Cap. XXXIX).

Consecuencias naturales del optimismo cristiano, que conociendo la naturaleza humana y la misericordia divina, desconfía de una y se apoya en la otra, son la determinación, el valor, la generosidad, la humildad en las caídas y en las elevaciones, la santa libertad de espíritu, la constancia y la alegría serena y confortante. En una palabra, el optimismo educador del que la misma Doctora es admirable prototipo, y que en lenguaje cristiano se llama santa virtud de la esperanza.

 










Camino de perfección

Visto el conocimiento y el concepto que la Santa tiene de la naturaleza humana, estudiado el ideal de perfección, conocida su fe en la posibilidad de que el alma llegue a conseguirlo, es lógico estudiar ahora la manera que tiene de concebir lo que metafóricamente llamamos camino de perfección, que, en realidad no es otra cosa que el desarrollo sucesivo de cuantos gérmenes de vida puso Dios en el alma cristiana.

Desarrollo lento y gradual, porque de ordinario se acomoda al desarrollo natural humano, y como éste, tiene su infancia, su juventud y su virilidad, pero se diferencia de él porque las leyes que rigen la vida de la gracia, aunque análogas, no son idénticas a aquellas porque se rige en sus evoluciones la vida natural, y así dice muy bien nuestra Doctora que no crece el alma con el cuerpo aunque decimos que sí, y de verdad crece. Más un niño después que crece, y echa gran cuerpo, no torna a decrecer y a tener pequeño cuerpo; acá quiere el Señor que sí, a lo que yo he visto por mí. (Vida. XV)

La razón es clarísima. El desarrollo natural, en su mayor parte, es espontáneo, y aunque podemos, y de hecho así ocurre, favorecerle o perjudicarle con nuestra libre cooperación, siempre será cierto que el poder de la voluntad ha de encontrar, en ciertos aspectos, obstáculos insuperables, necesidades de naturaleza, en que se estrella su libertad.

También la vida de la gracia tiene sus manifestaciones espontáneas, pero llegados al uso de la razón, la cooperación voluntaria es indispensable, pues así como a la semilla no le bastan sus energías vitales, y necesita del calor para llegar al pleno desarrollo de la vida, así la gracia requiere el concurso eficaz de la voluntad que, ayudada de las otras potencias, concurre libremente al desenvolvimiento de la vida sobrenatural, y, cuando la cooperación falta porque el alma peca, el desarrollo se interrumpe, y la vida sobrenatural muere o languidece. De aquí que en esta obra de perfección cristiana, todos los esfuerzos educativos, directa o indirectamente, tienden a sostener la voluntad, porque de su libre cooperación está pendiente la vida de la gracia, y en el amor sobrenaturalizado se encierra la sustancia de la vida perfecta. Santa Teresa explica los procesos o etapas principales de este desenvolvimiento con dos símiles preciosos. En uno compara el alma con el huerto que puede regarse con cuatro suertes de agua. En el otro con un castillo todo de diamante o muy claro cristal con muchas moradas, cada una de las cuales simboliza un grado de perfección, tanto más elevado cuanto más próximo a la morada principal, donde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. En uno y otro símil el progreso en las virtudes va asociado a los progresos del alma en la oración, medio por donde viene el agua de la gracia, que ha de sustentar las flores; puerta que da paso a las moradas del castillo.

El desenvolvimiento de la vida natural se traduce en actos que al repetirse engendran hábitos, perfeccionan las facultades y contribuyen al crecimiento, al desarrollo, a la perfección toda del ser. Y como la gracia es a modo de una infusión de vida divina en la vida natural, tanto más y mejor se desarrollará ésta cuanto más predomine la otra y se compenetre con ella, y la sobrenaturalice, y aquel ejercicio será más educativo, que ponga en actividad mayor número de facultades, las perfeccione, y las haga concurrir, directa o indirectamente al progreso de la voluntad en el ejercicio del amor de Dios. Por eso, en la economía de la naturaleza y en la de la gracia, tanto las facultades como las virtudes convergen hacia la voluntad, y la conquista de esta potencia es el blanco de la educación, que no puede apuntarse ni el más pequeño éxito hasta que, en frase de un eximio escritor, rinda esta verdadera torre del homenaje.

Nuestra Madre, siguiendo la pedagogía divina de la Iglesia, pone sobre todo medio educativo el ejercicio de la oración y con habilidad psicológica insuperable atrae suavemente las facultades del alma hacia la voluntad, para iluminarla, determinarla, sostenerla y ejercitarla en el amor divino: que para aprovechar en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced. (Moradas IV. Cap. I)

No es nuestro propósito seguir a la Santa en todas aquellas maneras de regar el huerto, ni recorrer con ella las moradas de su mirifico castillo. Nuestra condición de pedagogos nos obliga a detenernos ante el alma que, puesta en pie ante el pozo de donde mana el agua viva de la gracia, ha de sacarla muy a su costa para sustentar las flores. No hemos de pasar tampoco de la tercera morada que, donde empieza la vida mística, otros maestros que deben guiar al alma dichosa que, empujada por el Espíritu Santo, tal vez llegue a empaparse en agua que cae del Cielo, y a entrar en la séptima morada del castillo.

A nosotros incumbe solamente demostrar que teniendo por educadores y por cristianos el deber de sobrenaturalizar la vida del niño y la del joven, no hay medio que más contribuya a conseguirlo que el eminentemente pedagógico de la oración, tal como Santa Teresa la propone a las almas que comienzan el camino de la vida perfecta y que en sus primeros grados tienen sorprendentes analogías con las almas infantiles y adolescentes.

Los caracteres propios de la infancia son, sin duda alguna, la debilidad en todos los órdenes, el predominio de la vida sensible, la irreflexión, y la falta de voluntad. La educación tiene pues, que fortificar y hacer más consciente y más libre esta vida, ordenando poco a poco su actividad, y entrando por las puertas del sentido en la región de lo espiritual.

En las almas de las primeras moradas también hay predominio y desorden de lo sensible, falta de reflexión, voluntad débil, y carencia de verdadera libertad. La semejanza de los problemas hace que los medios ascéticos de resolverlos, sean, por psicológicos y por acomodados a la naturaleza, tan insuperablemente educadores que al estudiarlos sorprende la grandeza de esta pedagogía divina, más eficaz y más científica que muchas de las que se fraguan en los laboratorios. Uno de los obstáculos que han de superar las almas que comienzan oración es de habituarse a dominar los sentidos externos y la imaginación, que, cuando vagan a su placer sin disciplina, entorpecen el ejercicio de las facultades superiores.

El niño también tiene en las facultades sensibles una verdadera fuente de distracciones. En la oración tenemos un medio para hacerle atender y llevarle gradualmente de lo sensible a lo espiritual, de lo concreto a lo abstracto, pues cuando reza vocalmente hemos de procurar que no se quede en la letra ni en la fórmula de la plegaria, sino que penetre el espíritu, pues la oración rutinaria, la del que habitualmente no sabe con quién habla ni lo que pide, y quien es quien pide, y a quien pide, no la llamo yo oración aunque mucho menee los labios. (Moradas I. Cap. 1)

Pero este despertar de la reflexión, no ha de ir a fuerza de brazos, sino con suavidad, y es bueno valerse de imágenes, siempre que se dé al niño, y esto importa mucho, la idea clara de su simbolismo para que comience este edificio de la piedad cristiana bien fundado en verdad. Ayuda mucho aquel ejercicio imaginativo, que tanto recomienda la Santa, de representar a Cristo, poner se cabe El, cuando rezamos, y hacernos cuenta de que su dulcísima mirada nos sigue siempre. Y de aquí a la meditación no va más que un paso, que si comenzamos por lectura reflexiva mezclada de afectuosos sentimientos, la figura de Cristo interesará al niño, estudiará su vida, la cotejará con la suya, entrará en deseos de acomodarla a la del divino modelo, y aquel corazón puro o purificado comenzará a sentir el amor y el temor, grandes reguladores de la vida cristiana, y poderosos acicates que mueven a la virtud y apartan del pecado.

Pero con todo, las caídas morales serán frecuentes porque no tienen la fuerza los vasallos del alma, que son los sentidos y potencias que Dios les dio de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas aunque anden con deseos de no ofender a Dios y hagan buenas obras. (Moradas I Cap. II). De estas flaquezas hay que aprovecharse para que el niño saque humildad, propio conocimiento, y deseos vehementes de acudir a Dios en busca de gracia y de energía. Los que se vieren en este estado -dice la Santa- han menester acudir a menudo como pudieren a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora y a sus santos para que ellos peleen por ella; que sus criados (las potencias) poca fuerza tienen para se defender. (Moradas I, Cap. II).

Pero líbrese el educador de infundir desaliento, porque si engendra el pesimismo matará el estímulo: que conviene mucho no apocar los deseos, no traer al alma arrastrada y andar con alegría y libertad sobre todo a los principios.

La debilidad de las virtudes, que en esta primera edad tienen más bien un carácter negativo, exige una prudente huida de aquellas ocasiones en que los esfuerzos para vencer sean superiores a las fuerzas del alma, que la educación no es, en ningún orden obra de temeridad, sino de consumada prudencia.

En resumen: la oración además de ser medio excelente y adecuadísimo para sobrenaturalizar la vida del niño, ayuda a resolver los problemas de este periodo de la educación acostumbrándole, sin violencias censurables, a regir y dominar lo sensible, a ejercitar el entendimiento, haciéndole más reflexivo, a determinar la voluntad para que venciéndose comience, con la huida del pecado y la conquista de la virtud, a ganar firmeza y libertad.

Las almas de las segundas moradas son retrato exactísimo de la juventud. Edad crítica, periodo de lucha, momento decisivo en que la educación o pierde los trabajos anteriores, o logra asegurar, moralmente hablando, su triunfo en el porvenir.

Aquí las potencias ya han ganado terreno. Están más despiertas, tienen más finura de perfección, viven vida más consciente, pero aún están débiles, y no tienen aquella disciplina cuyo efecto inmediato es la unión, la suma de energías aplicadas a esa labor del propio perfeccionamiento. Las luchas arrecian y el peligro de la derrota exige la vigilancia de los puntos flacos de esta fortaleza, del alma por donde pueden los enemigos abrir brecha. Dejemos la pluma a la ínclita castellana, que después de leerla no es preciso que nosotros hagamos el comentario de doctrina tan claramente aplicable a la educación de los jóvenes. Aquí -en las segundas moradas- está el entendimiento más vivo y las potencias más hábiles; andan los golpes y la artillería de manera que no lo puede el alma dejar de oír. Porque aquí es el representar los demonios estas culebras de las cosas del mundo y hacer los contentos de él casi eternos, la estima en que está tenido en él, los amigos y parientes... y otras mil maneras de impedimentos ¡Oh Jesús que es la baraúnda que aquí ponen los demonios, y las aflicciones de la pobre alma que no se sabe si pasar adelante u tornar a la primera pieza! Porque la razón por otra parte, le representa el engaño que es pensar que todo esto vale nada en comparación de lo que pretende. La fe la enseña cual es la que le cumple. La memoria le representa en lo que paran todas estas cosas... La voluntad se inclina a amar a donde tan innumerables cosas y muestras ha visto de amor, y querrá pagar alguna... Razones son estas para vencer los demonios. Más ¡Oh Señor y Dios mío, que la costumbre en las cosas de vanidad, y el ver que todo el mundo trata de esto, lo estraga todo! Porque está tan muerta la fe que queremos más lo que vemos, que lo que ella nos dice y a la verdad no vemos sino harta basura en los que se van tras estas cosas visibles. (Moradas II).

¡No cabe analogía más perfecta entre las luchas de estas almas y las que libra la juventud!

Grave es el momento, y laborioso para el educador porque como dice graciosamente nuestra Santa estas almas han menester muchas curas para sanar.

Las medicinas curativas y preservativas que da la Madre son las mejores, y tienen para estos tiempos, el máximum de eficacia educadora.

Hay que hacer que perseveren en la oración, continuando la obra de unir las potencias, atraerlas hacia la voluntad para que las auxilien, y pedir a Dios luz y fuerza sobre todo para que se aparte de las malas compañías y busque las buenas. Qué grandísima cosa es tratar con los que tratan de esto; allegarse no sólo a les que vieren en estos aposentos que él está; sino a los que entendiere que han entrado a los de más cerca; porque les será gran ayuda, y tanto les puede conversar que le metan consigo. (Moradas II).

En esta edad es cuando corre peligro la devoción, sobre todo en mujeres, de tomar un carácter sentimentalista, y hay que evitarlo dando al alma idea clara de vida perfecta, que no está en el mayor gusto, sino en la más perfecta acomodación de nuestra voluntad con la divina, sintetizada en dos preceptos: amor de Dios y amor del prójimo.

Edificar sobre arena dice Santa Teresa, que es fundar la virtud en los contentos.

¡Cómo esta devoción modernista, tan sensiblera, tan vacía de contenido espiritual, tan separada del ejercicio de la mortificación, va a producir caracteres viriles y constantes!

Haz tú Madre mía, que leyendo tus escritos e imitando tus ejemplos, la juventud de nuestros días, y sobre todo la mujer española, entre por tus caminos y entienda que por ellos solamente puede arribar a la cumbre del sano y santo feminismo.

Y llegamos a las moradas terceras donde el alma recoge el fruto de los trabajos anteriores y la educación deja su puesto a la autoeducación, porque a pesar del concierto de aquella vida que tan magistralmente describe nuestra Santa, no ha terminado el perfeccionamiento, y el alma no debe detenerse y puesta en manos de un guía espiritual experto aunque no sea de su humor prepárese por si Dios quiere adentrarla, aún más en los senos misteriosos del bello castillo teresiano.

Virtud y ciencia

Considerando la oración como medio, su fin próximo es hacer brotar en el huerto del alma las virtudes.

Por eso, nuestra Doctora con aquel su sentido eminentemente práctico mide los progresos en los caminos del espíritu, no tanto por la oración en sí misma considerada, como por los efectos que produce, y advierte mucho que no se tenga por perfecto quien en su interior se determina a seguir a Cristo, hasta que pruebe con hechos, y no una vez, sino muchas, la verdad de este propósito.

Bien sabe la Santa que la idea que no cristaliza en actos no es fecunda, que la fe sin obras es muerta, y la contemplación sin virtudes, quietismo enervante. Por eso no resuelve el problema de la educación el intelectualismo al poner toda la confianza en la sola adquisición de conocimientos; en buena lógica, la niega la doctrina protestante de la fe sin obras y la hiere de muerte todo misticismo quietista, enervando las facultades con la supresión del ejercicio, y encubriendo, con capa de piedad, no pocas veces, todo género de inmoralidades.

La integridad y la armonía son notas características de la mística teresiana que, fundada como hemos visto en un perfecto conocimiento del hombre, en una comprensión amplia y sintética de la vida, cuando da normas de perfección, de nada prescinde, todo lo ejercita, ensaya y aprovecha para la obra de la santificación, y así su doctrina es eminentemente sobrenatural y al mismo tiempo muy humana, porque aquella fijeza con que mira al cielo pone luz en sus ojos para ver claro los caminos de la vida, y siguiéndola no hay miedo de sentar el pie en tierra menos firme, de caer en ilusiones engañosas o de atrofiar, por no actuarlas ninguna energía del espíritu.

Quiere nuestra Madre hacer santas a sus hijas, y como la santidad no es otra cosa que el carácter elevado a su mayor perfección, cuida muy bien de darlas cuantos elementos son precisos para llegarlas a esas alturas. Y busca luz de verdad para el entendimiento, que fue siempre insigne torpeza fundar en la ignorancia el arte, de bien vivir y actúa la virtud probándola en la piedra de toque de la ocasión, porque desconfía de las almas que no tienen tentaciones: Es así -dice- que no me turba el alma cuando la veo con grandísimas tentaciones, que si hay amor y temor del Señor, ha de salir con mucha ganancia, yo lo sé. Y si la veo andar siempre quieta, y sin alguna guerra (que he topado algunas) aunque la vea no ofender al Señor, siempre me traen con miedo, nunca acabo de asegurarme y probarlas y tentarlas yo sí puedo, ya que no lo hace el demonio, para que vean lo que son. (Conceptos del amor de Dios. Cap. II).

Del amor de la Santa a la verdadera ciencia, del ardor con que la buscaba, y del aprecio en que tenía a los letrados, hay tantas pruebas en su vida y en sus obras, que cuesta trabajo elegir entre ellas. Vaya para muestra la siguiente, que aclara muy bien la finalidad práctica que perseguía nuestra Doctora con la adquisición del saber: No digo que no traten con letrados porque espíritu que no vaya comenzado en verdad, yo más le querría sin oración; y es gran cosa letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos, y nos dan luz y llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios. Quiero declararme más... Comienza una monja a tener oración: si un simple la gobierna y se le antoja, harala entender que es mejor que le obedezca a él que a su superior... Y si es mujer casada dirala que es mejor cuando ha de entender en su casa estarse en oración aunque descontente a su marido; así que no sabe ordenar el tiempo ni las cosas para que vengan conforme a la verdad. Por faltarle a él la luz, no la da a los otros aunque quiere. Y aunque para esto parece no son menester letras, mi opinión ha sido siempre, y será, que cualquier cristiano procure tratar con quien las tenga buenas, si puede y mientras más mejor, y los que van por camino de oración tienen de esto mayor necesidad, y mientras más espirituales más. (Vida. Cap. XIII).

No cabe señalar con más certera puntería el fin próximo de la ciencia que no debe ser otro que iluminar, con los esplendores de su luz, la voluntad del hombre, para que no marche a tientas en la ejecución de la incomparable obra artística de la vida cristiana.

 









Virtud y ciencia

La santa busca con avidez en libros y en letrados esa ciencia, en la experiencia y en la oración y, en premio de su interés purísimo, Dios, Maestro de maestros, se acerca a ella, la envuelve en los esplendores de su luz, y donde la ciencia de los letrados no llega o no es capaz de llevar la certidumbre al entendimiento de nuestra Madre, allí el maestro divino en un punto la enseña todo y cuando se quitaron muchos libros de romance que no se leyesen, yo, -dice- sentí muchísimo, porque algunos me daban recreación y yo no podía ya por dejarlos en latín, me dijo el Señor: No tengas pena que te daré un libro vivo... Su Majestad ha sido el libro verdadero a donde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro que deja impreso lo que se ha de leer, y hace de manera que no se pueda olvidar! Lee de corrido en la naturaleza creada y en el campo, el agua, las flores, la fuentecica, la abeja, el gusano de seda, la paloma, y la pintada y movible mariposa; sorprende relaciones y analogías sutilísimas que, a la vez que punto de apoyo para elevarse al Criador, la sirven para sensibilizar su doctrina hasta hacerla, en lo que cabe, sencilla y comprensible, y, por último Su Majestad la muestra en visión prodigiosa aquella verdad única y transcendental, que en vano pretende nuestro entendimiento hallar en esta vida, aunque a ella tiende con su deseo vehemente de unidad. Copiemos, para terminar este punto, la deli- cada comparación con que la Santa declara este poder divino: Digamos ser la Divinidad como un muy claro diamante, muy mayor que todo el mundo, o espejo, a manera de lo que dije del alma en estotra visión, y que todo lo que hacemos se ve en ese diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta grandeza. (Vida. Capítulo XI).

En el último capítulo de las moradas séptimas expone nuestra Doctora, de incomparable manera, la asociación fuerte entre el entender y el obrar que constituye el carácter, resultado final de cualquier perfección, al que no se llega sino a fuerza de ejercicios virtuosos, de intentos repetidos para concertar entendimiento y voluntad, alma y cuerpo, hombre viejo y hombre cristiano. Concierto que en la tierra no llega a perfección absoluta, ni está tan libre de perderse que pueda el alma en ningún momento descuidarle. No se contente el lector con la lectura de los párrafos que vamos a copiar, lea íntegramente el capítulo citado, y si alguna duda tiene de que la doctrina teresiana, no es aplicable a la educación, porque más tiene de especulativa que de práctica, quedará convencido de que allí la luz se transforma en energía, porque cuanto más el alma se une a Dios, más actividad recibe de la actividad divina, más se enciende en amor, e impulsada por él, más conoce y más trabaja, más se santifica y menos descansa: en una palabra, mejor copia en sí el Ideal supremo de su vida.

Bien será hermanas deciros qué es el fin para que el Señor hace tantas mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas lo habéis entendido... os lo quiero a tornar a decir aquí, porque no piense alguna que para sólo regalar estas almas, que sería gran yerro; porque no puede Su Majestad hacérnosle mayor (regalo) que es darnos vida que sea imitando a la que vivió su Hijo tan amado, y así tengo yo por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza, como aquí he dicho alguna vez, para poderle imitar en el mucho padecer... Para esto es la oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual de que nazcan siempre obras... porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas, haciendo atos con Nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo al revés... Quise decir que es poco (el determinarse) en comparación de lo mucho más que es que conformen las obras con los atos y palabras, y que la que no pudiere por junto, sea poco a poco... Torno a decir, que para esto es menester no poner vuestro fundamento sólo en rezar y contemplar; porque, si no procuráis virtudes y ejercicios de ellas, siempre os quedareis enanas... Pareceros ha que hablo con los que comienzan y que después pueden ya descansar; ya os he dicho que el sosiego que tienen estas almas en lo interior es para tenerlo muy menos en lo exterior. ¿Para qué pensáis que con aquellas inspiraciones que he dicho, o por mejor decir aspiraciones, y aquellos recaudos que envía el alma del centro interior a la gente de arriba del castillo, ya las moradas que están fuera de donde ella está? ¿Es para que se echen a dormir? No, no, no, que más guerra les hacen desde allí para que no estén ociosas potencias y sentidos y todo lo corporal... Esto quiero yo, mis hermanas, que procuremos alcanzar; y no para gozar sino para tener estas fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en oración. (Moradas VII. Capítulo IV).

Perdone el lector lo largo de la cita en gracia de la solidez de la doctrina, mucho más convincente que cuantos comentarios pudiéramos nosotros alegar.

Pero si Santa Teresa es admirable en este recomendar la actuación, para en definitiva, adquirir virtud, no lo es menos al dar reglas minuciosas y concretas respecto del ejercicio de todas las que forman la vida cristiana. Todo lo tiene en cuenta, y todo lo prevé, gradúa los esfuerzos del alma según ve sus fuerzas, estudia las complexiones, la salud y las aptitudes, y pone en sus normas tal caudal de experiencia y tanto detalle que facilita de manera sorprendente la adaptación de su doctrina a toda clase de personas, sea cualquiera su estado o sus adelantos en el camino de la vida perfecta. No hay virtud que no estudie, y sobre todo, no hay ninguna de la que no sea modelo. Tarea larga, pero provechosa, es entrar en el campo de la ascética teresiana, y sacar de él todo un tratado pedagógico de educación moral. Quédese para otra ocasión esta tarea ya que asunto apenas iniciado, como es el estudio pedagógico de la Santa Doctora, no es fácil darle cima en el plazo breve de un año y contentémonos, porque el tiempo urge, con señalar ese sincretismo perfecto en que la Santa junta la ciencia y la virtud.

 

 





El medio ambiente

La educación es, ante todo y sobre todo, un resultado y un efecto de actos vitales. Educar es enseñar a vivir con arreglo a un ideal, es despertar energías inmanentes para recorrer el camino que lleva al fin, es determinar la voluntad humana a laborar sin tregua en la obra del perfeccionamiento.

Todo esfuerzo ajeno que no logre sacar al educando de la pasividad y de la inacción, es inútil, es esfuerzo perdido.

La vida es desenvolvimiento de fuerzas inmanentes que actúan, es verdad, al contacto de excitantes exteriores, pero que no producen actos vitales, hasta que las facultades del ser vivo aprenden lo distinto de ellas, y consciente o inconscientemente lo transforman, por decirlo así, en sustancia propia.

Este roce, esta llamada suave o fuerte, continua o intermitente, oportuna o inoportuna, educadora o deseducadora, casual o intencionada, la realizan excitantes cuya variedad responde a la múltiple de las facultades humanas. De la suma de ellos resulta ese completo factor del medio ambiente bajo cuyo influjo se desenvuelve la vida.

En su formación entran elementos físicos y espirituales, no todos buenos ni mezclados en la proporción que piden las necesidades y contextura de cada educando.

Del ambiente del hogar recibe el niño una pre educación que suele dejar en el alma huella profunda y difícil de borrar, aún por formaciones mejores y más conscientes.

En la infancia y en los comienzos de la vida perfecta el medio ambiente es de excepcional importancia.

La debilidad es nota característica de ambos estados el niño y el imperfecto no tienen fuerza para soportar ciertas crudezas, es preciso suavizar el medio en que viven hasta conseguir la fortificación. Esto no siempre es posible como no es posible modificar en absoluto las condiciones del aire que respiramos, pero tanto más se podrá conseguir cuanto menor sea el sector que ha de sanearse.

Al saneamiento de la familia, piedra angular de la sociedad, apuntan con certero instinto los educadores sensatos. Contra ella dirigen sus tiros los pedagogos sin Dios y sin Patria.

El vivir del niño, es un resultado de las influencias domésticas, un reflejo de las virtudes y de los defectos familiares, de la educación consciente o inconsciente del hogar.

La familia ideal, es la constituida con arreglo a las normas cristianas, en ella crecerá y se vigorizará el niño, para, más tarde, resistir con probabilidades de éxito, las influencias perniciosas de un medio más duro.

El sustitutivo de la familia, la escuela, será tanto más eficaz cuanto más mire a aquella y más a ella se conforme. En la realidad a veces se completan, a veces se rectifican cuando no se suplen, y como todo lo humano, aun las más perfectas tienen sus imperfecciones, unas hijas del medio ambiente social que las rodea, y otras de los mismos individuos que las forman.

En los tres primeros capítulos de su vida dejó la Santa hecho el retrato de lo que el medio ambiente influye en el alma de la niña y de la joven, junto con lecciones que prueban evidentemente que padres, maestros, amigos y lecturas son, entre los múltiples factores de este medio, los que tienen mayor poder educador o deseducador.

Fueron los progenitores de la Santa, modelo de padres cristianos. De la piedad, caridad, oración y austeridad de don Alonso, hizo nuestra Doctora fiel retrato. Del de su madre bien se deduce que su belleza de alma corría pareja con la hermosura de su rostro, guardada siempre por la más recatada honestidad.

Leía su padre y hacia leer a sus hijos libros buenos de romance. Alternaba su madre con estas lecturas, y a escondidas de don Alonso, la de novelas caballerescas tan en boga entonces. Cuidaban los dos de infundir a sus hijos una piedad sólida.

Ejemplos tan acabados y educación tan esmerada, hicieron que a los cinco o seis años, la Santa, estuviera muy despierta para toda virtud.

Las vidas de los Santos le hicieron concebir aquella singular estima de los bienes eternos, y tal ansia de gozarlos, que corre impetuosa tras el martirio, y frustrado éste, busca soledad, convierte sus juegos en remedos de vida monástica, da limosnas, halla tiempo para rezar, y con su hermano Rodrigo comenta aquel ¡Para siempre, para siempre! de los castigos y penas eternas, quedándole con todo esto, son palabras suyas, desde la niñez imprimido en ella el camino de la verdad.

De su madre heredó aquella afición a la lectura de novelas que la desvió, aunque ligeramente (pese a sus humildes confesiones) del camino emprendido.

Trae consigo la literatura novelesca peligros no pequeños para la juventud. Hace perder el sentido de la realidad, exalta la imaginación, despierta pasiones prematuras, y deja el alma inhábil para el bien cuando no la amarra al pecado.

No eran por lo general los libros de caballerías, novelas manchadas con el feo pecado del naturalismo, cual la mayor parte de las que hoy se leen.

Los efectos de su lectura quedaron atenuados en la Santa por aquel temor de Dios, jamás extinguido, por la claridad de su entendimiento, no propenso a ilusiones y por aquella natural y virtuosa estima de la honestidad, y con todo la hicieron vacilar un momento y la pusieron en peligro de cambiar de ruta.

Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas por ser muy curiosa. No tenía mala intención, porque no quisiera yo que nadie ofendiera a Dios por mí. (Vida. Cap. IV)

La amistad de unos primos y la de una parienta ligerísima que, a disgusto de su padre frecuentaba la casa, fueron parte a entibiar los fervores de sus primeros años. Tenía a la sazón catorce o quince, edad crítica en que el éxito educativo es dudoso, porque es el momento en que las pasiones despiertan impetuosamente, y sin tener el dique de una virtud sólida, en ocasiones aparejadas a su natural echan por tierra cuanto bien la educación levantó en el alma. Nada más de temer que las amistades. Bien lo dice la Santa: porque ahora veo el peligro que es tratar en la edad en que se han de comenzar a criar virtudes, con personas que no conocen la vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él... Si yo hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta con las personas que tratan sus hijos; porque aquí está mucho mal, que se va nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor. Espántame muchas veces el daño que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello no lo pudiera creer; en especial en tiempo de mocedad debe ser mayor el mal que hace. Querría escarmentasen en mi los padres para mirar mucho en esto. (Vida. Cap. II).

Tiene el alma joven una blandura especial para recibir impresiones, sobre todo si van envueltas en simpatías o en amor, bien lo expresa la Santa cuando dice: Y es así que de tal manera mudó esta conversación (la de su prima) que de natural y alma virtuoso, no me dejó casi ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones ella y otra que tenía la misma manera de pasatiempos. (Vida. Cap. II).

Y para que en el cuadro no falte detalle, habla la Santa de criadas, en las que para todo mal hallaba en ellas buen aparejo. Que si alguna fuera en aconsejarme bien; por ventura me aprovechara, más el interés las cegaba, como a mí la afición. (Vida. Cap. II).

La solicitud de don Alonso atajó el mal apenas iniciado, llevando a su hija al convento de Nuestra Señora de Gracia, donde a los ocho días estaba muy más contenta que en casa de su padre.

La tranquilidad del claustro fue un sedante para su espíritu inquieto y cansado de aquellas vanidades, en las que apenas si estuvo tres meses. La suave influencia de doña María de Briceño, religiosa encargada de las niñas, que según costumbre de la época, se educaban en aquel monasterio, completó la obra: Pues comenzando -dice- a gustar de la buena y santa conversación de esta monja, holgábame de oírla cuan bien hablaba de Dios, porque era muy discreta y santa. Comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres que había hecho la mala y a tornar a poner en mi pensamiento deseos de las cosas eternas. (Vida. Cap. III).

Sin la vigilancia paterna, la oportunidad y adecuación del remedio, el alejamiento de la ocasión y la influencia directa de la ejemplar religiosa, el mal iniciado apenas, tal vez hubiera pasado a mayores, y la Santa, a pesar de sus buenas cualidades, no hubiera podido sobreponerse a los peligros ni llegar a la cima de la perfección.

Actualmente la frivolidad femenina y la falta de recato, bien pueden achacarse al afán desmedido de leer novelas, no caballerescas, sino pornográficas; a la censurable libertad en que los padres dejan a sus hijas, y a que en el hogar dejan puerta franca a tantas y tantas cosas que manchan las almas, sin que muchas veces tenga la joven la defensa de una maestra discreta y santa que enmiende los yerros de los padres.

 






 El Maestro

Si para adelantar en los caminos de la ciencia y adquirir el dominio técnico que pide todo arte, no bastan libros ni reglas escritas, sino que es preciso un guía experto, un maestro idóneo que aquella universalidad de los principios científicos y aún de las reglas prácticas la acomode y la adapte a la capacidad del alumno, para que asimilando poco a poco el manjar de la verdad, y adquiriendo paso a paso las habilidades técnicas, supere, cada vez con más esfuerzo propio y menos ayuda ajena, los obstáculos, no pequeños, de todo aprendizaje, mucho más necesario es el maestro cuando se trata de preparar al niño y de enseñarle la ciencia y el arte de la vida cristiana, y muchas más condiciones deben exigírsele que al que no tiene otra misión que comunicar tal cual conocimiento o habilidad. Porque enseñar a vivir en cristiano es preparar al hombre no solo para la conquista de una posición humana, sino para la conquista del Cielo, y así es preciso que el educador tenga ciencia y experiencia, discreción y celo, amor y autoridad, que todo es necesario para cultivar aquel germen de hombre o de mujer que hay en el niño, y cuyo desarrollo depende, en gran parte, del trabajo del educador.

No hay que esforzarse en ponderar lo que vale y puede la educación, ni lo que en ella significan padres, maestros, y directores espirituales. Ellos son los que en cierto modo tienen en sus manos el porvenir eterno y temporal de los niños, ya que en los primeros años tienen una plasticidad fácilmente modelable, y una blandura en la que cabe esgrafiar los rasgos fundamentales del carácter, que a despecho de mudanzas y trastornos probablemente conservarán hasta el morir.

Nadie más convencida que Santa Teresa de la importancia del educador, ni nadie más minuciosa para señalar sus cualidades. Cuanto dice de directoras espirituales y prioras, puede aplicarse perfectamente a los maestros, que ante todo han de ser encarnación de la doctrina que enseñan, pues el ejemplo tiene fuerza decisiva porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de enseñar. Y si en lo interior no están fortalecidos (los letrados) en entender lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies, y estar desasidos de las cosas que se acaban, y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir, han de dar señal. Pues ¿con quién lo han sino con el mundo? No hayan miedo se lo perdonen, ni que ninguna imperfección deje de entender; cosas buenas, muchas se les pasarán por alto, y aun por ventura, y no las tendrán por tales; mas mala o imperfecta no hayan miedo. (Camino de perfección. Cap. III).

Quiere la Santa que, además de virtud, el maestro espiritual tenga buen entendimiento, experiencia y letras, para que pueda guiar al alma y darle luz, y recaba libertad para que sus hijas traten con letrados: Son gran cosa letras para dar en todo luz... Ya sabéis que la primera piedra ha de ser buena conciencia y con todas vuestras fuerzas libraros de pecados veniales, y seguir lo más perfecto. Parecerá que esto cualquier confesor lo sabe y es engaño, a mí me acaeció tratar con uno cosas de conciencia... y me hizo harto daño en cosas que me decía no eran nada; y sé que no pretendía engañarme, sino que no supo más... Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección, es todo nuestro bien. (Camino de perfección. Capítulo V)

No todo se aprende en los libros, hay lecciones no escritas, páginas que los años y la vida van poniendo ante los ojos del hombre y cuando éste las estudia y las conserva en el archivo de la memoria, adquiere esa sabiduría práctica que se llama experiencia, y que tanto sirve para formar el ojo clínico del director de almas, sea quien sea. No es ciencia que solo a fuerza de años se consiga, porque así como nada o muy poco sabe el vulgo de explicar científicamente los fenómenos naturales, a pesar de contemplarlos en todo momento, así hay quien vive mucho sin recoger las lecciones provechosas de la vida, por falta de observación inteligente. Bien podemos decir que si la identidad absoluta de fisonomías no existe, tampoco hay dos espíritus que se manifiesten de idéntica manera y habiendo de aplicar doctrinas generales a casos particularísimos, solo el maestro experimentado podrá salir airoso de tal empresa. Nuestra Santa experimentó en sí misma los inconvenientes de la falta de experiencia de alguno de sus directores, y así advierte mucho cuanto a esto se refiere: Yo no digo esto sin propósito, porque parece me alargo en menudencias, y importa tanto para comenzar a aprovechar un alma y sacarla a volar, que aún no tiene plumas, como dicen que no lo creerá sino quien ha pasado por ello. (Vida. Capítulo XXIII). Ha menester aviso el que comienza para mirar en lo que aprovecha más. Para eso es necesario el maestro, si es muy experimentado, que sino mucho puede errar, y traer un alma sin entenderla ni dejarla así mismo entender... Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no tener experiencia quien las enseñaba... porque no entendiendo el espíritu afligen alma y cuerpo y estorban el aprovechamiento. (Vida. Cap. XIII)

La ciencia dará al maestro luz y orientación, la experiencia moderación, espera, tino, y sobre todo aquella ecuánime, serena y virtuosa tolerancia que en toda educación debe presidir. Hay que esperar pacientemente a que la naturaleza se desenvuelva, hay que saber interpretar el momento psicológico; no valen planes hechos a espaldas y aun en contra de la realidad, hay que aplicar medicinas adecuadas y observar los efectos que producen, hay que, a gusto, y cuando esto no es posible a disgusto, del educando, llevarle por el camino del bien y de la verdad, sin apresuramientos indiscretos, ni calmas censurables, hay, en fin, que observar y conocer al niño, con observación libre de prejuicios y ganarse su alma para que al suave soplo del amor confiado se abra, y bajo la influencia de la autoridad se eduque.

Autoridad y amor son indispensables. Amor sereno, intenso, libre de preferencias. Autoridad mansa, persuasiva, educadora, que se valga de la obediencia para educar la libertad, que encauce y no tiranice, que perdone a tiempo, y a tiempo se mantenga inflexible. La Santa supo muy bien compaginar todo esto, y dio reglas preciosas a los que habían de regir o visitar sus conventos.

No hay educación eficaz sino la que es efecto del amor virtuoso, de aquel amor que nuestra Doctora estudia y analiza insuperablemente, y que reúne las condiciones del que debe tener todo maestro, amor que pasa por los cuerpos y pone los ojos en las almas y mira si hay que amar; y si no lo hay, y ve algún principio o disposición para que, si cavan hallarán oro en esta mina, si la tienen amor, no les duele el trabajo; ninguna cosa se les pone delante que de buena gana no la hicieran por el bien de aquel alma... Es cosa extraña qué apasionado amor es éste, qué de lágrimas cuesta, qué de penitencias y oración... qué deseo ordinario en no traer contento si no le ve aprovechar. Pues si le parece que está mejorando y le ve que torna algo atrás, no parece ha de tener placer en su vida, ni come ni duerme sino con este cuidado, siempre temerosa si alma que tanto quiere se ha de perder... No le sufre el corazón tratar con ellos doblez, porque si les ven torcer el camino, luego se lo dicen o algunas faltas... Y como de esto no se enmendarán, ni tratan de lisonja con ellos ni de disimularles nada... No está la ternura reñida con este amor, y así la Santa dice: que aunque lleve algo de ternura, no dañará, como sea en general. Es bueno y necesario algunas veces mostrar ternura en la voluntad, y aun tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las hermanas, aunque sean pequeños, que algunas veces acaece dar una cosa muy liviana tan gran pena como a otra darla un gran trabajo, y a personas que tienen de natural, apretarle mucho pocas cosas. Si vos le tenéis al contrario, no os dejéis de compadecer, y por ventura quiere nuestro Señor reservaros de esas penas y las tenemos en otras cosas. Así que en estas cosas no juzguemos por nosotras si nos consideramos en el tiempo que por ventura sin trabajo nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino considerémonos en el tiempo que hemos estado flacas... Procurar también holgaros con las hermanas cuando tienen recreación, con necesidad de ella, y el rato que es de costumbre aunque no sea a nuestro gusto, que vendo con consideración, todo es amor perfecto. (Camino de perfección. Capítulos VI y VII). Y en las constituciones dice a la madre priora: procure ser amada para que sea obedecida, y la maestra de novicias sea de mucha prudencia y oración... Mire que la que tiene este oficio no se descuide en nada, porque es criar almas para que more el Señor. Trátelas con piedad y amor, no se maravillando de sus culpas, porque han de ir poco a poco, y mortificando a cada una según lo que viere puede sufrir su espíritu. Haga más caso de que no haya falta en las virtudes que en el rigor de la penitencia. (Constituciones)

En fin, amor de padre y de madre, de apóstol y de maestro, cuyo resultado ha de ser este: Acomodarse a la complexión de aquel con quien trata; con el alegre, alegre; y con el triste, triste; en fin hacerse todo a todos, para ganarlos a todos. (Aviso 9)

En la familia, en la escuela y en el Estado, el principio de autoridad está en crisis. Cuando se yerra en los principios, no es de admirar que las consecuencias sean falsas. Dejemos a un lado esos problemas hondos y desconsoladores, hijos de rebeldías y pasiones destructoras, y vengamos al reducido mundo de la escuela. Nada se pregona hoy más que el respeto a la voluntad libre del niño; a nada se tiene más miedo que a la obediencia sumisa, y de nada se huye con más cuidado que de imponer trabas a su desenvolvimiento; todo eso interpretado rectamente nada tiene de censurable, pero es el caso que se confunde lo espontáneo con lo libre y la obediencia educadora y la autoridad prudente se tienen por tiranía censurable.

El niño no es libre, porque la libertad supone elección, y la elección juicio, y el juicio inteligencia formada, y si su razón no es capaz de iluminar y de guiar la voluntad, o lo hace imperfectamente, ha de ser guiado por otra razón clara, y no para tiranizarle, sino para ajustarle a las normas morales, rompiendo poco a poco las ligaduras de la inclinación torcida, y los obstáculos de la ignorancia, que lo son a la vez de la verdadera libertad, a la que no se llega más que por la obediencia educadora. ¡Bien lo expresa la Santa en el párrafo siguiente!

Lo que pretendo dar a entender es la causa que la obediencia, a mi parecer, hace más presto o es el mayor medio para llegar a este dichoso estado; es que como en ninguna manera somos señores de nuestra voluntad (es decir libres) para pura y limpiamente emplearla toda en Dios, hasta que la sujetemos a la razón, es la obediencia el verdadero camino para sujetarla. Porque esto no se hace con buenas razones, que nuestro natural y amor propio tiene tantas, que nunca llegaríamos allá, y muchas veces lo que es mayor razón si no lo hemos gana, nos hace parecer disparate con la gana que tenemos de hacerlo. (Fundaciones. Cap. V)

Tampoco es posible tratar mejor en el punto difícil del ejercicio de la autoridad: Presupuesto primero que a el prelado le conviene grandísimamente hacer de tal manera con las súbditas, que aunque por una parte sea afable y las muestre amor, por otra de a entender que en las cosas substanciales ha de ser riguroso, y por ninguna manera blandear... que si una vez entienden hay en el prelado tanta blandura, que ha de pasar por sus fallas y mudarse por no desconsolar, será bien dificultoso el gobernarlas.

Es mucho menester que entiendan hay cabeza, y no piadosa, para cosa que sea menoscabo de la religión; y que el juez sea tan reto en la justicia, que las tenga persuadidas que no ha de torcer en lo que más fuere servicio de Dios y más perfección; aunque se hunda el mundo y hasta tanto les ha de ser afable y amoroso hasta que no entienda faltar en esto. Porque así como también es menester mostrarse piadoso, y que las ama como padre, y esto hace mucho al caso para su consuelo y para que no se extravíen de él, es menester estotro que tengo dicho. (Modo de visitar los conventos)

Y por último a todo añade la Santa el celo y la sinceridad de la que ella fue tan devota y a la que hizo honor en todo momento de su vida.

 






Didáctica Teresiana

Que Santa Teresa fue gran Maestra lo dicen dos cosas: sus hijas y sus libros. En ellos encontraba Fray Luis de León dos imágenes vivas de la madre, y de ellos hizo insuperable elogio. En ellos encontramos nosotros las pruebas y los frutos de su fecundo magisterio.

Dos cosas resaltan en la exposición de sus doctrinas: la claridad y el ardor con que las expone.

Claridad difícil dada la naturaleza de los asuntos que trata; psicológicos unos, sobrenaturales y extraordinarios los más, todos de los que el declararlos con palabras humanas es tan dificultoso y arduo que pocos filósofos y místicos son fácilmente inteligibles para la mayoría de las gentes.

No peca por esto la Santa. Su decir es de una transparencia y lucidez insuperable, llegando, como hemos visto, en la declaración de las más delicadas operaciones psicológicas y místicas a tan extraordinaria precisión que parece imposible que mujer, y no letrada, pudiera vulgarizar lo que, o toca los límites del conocer humano o los rebasa.

Nuestro entendimiento en su vivir actual no conoce directa ni inmediatamente lo suprasensible; pero existiendo semejanzas y contrastes entre lo material y lo espiritual, se apoya en lo primero para elevarse y adquirir de ello conocimientos, en su mayor parte negativos o analógicos. De aquí que, espontáneamente surjan en la literatura la metáfora, el símil, la alegoría, y que en la didáctica hayan tomado carta de naturaleza la comparación, el apólogo y la parábola para declarar lo desconocido, y aún más, lo que toca al orden espiritual.

La Santa maneja admirablemente la comparación. Con fina mirada penetra en lo material, sorprende semejanzas, descubre los hilos misteriosos que unen las cosas terrenas con las espirituales, y sensibiliza con acierto lo increíble, lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó.

Abunda tanto en sus escritos la comparación que llega a constituir un método.

Muchas de las comparaciones son originales, otras no; pero todas van con el sello inconfundible de aquel entendimiento preclaro que se educó en la escuela divina de las más subidas comunicaciones celestiales.

Son tan elevados los asuntos que trata, que, a veces, no la contentan las cosas de aquí abajo para explicar las del Cielo... “porque son muy bajas las cosas de la tierra para este fin... Riéndome estoy -dice- de estas comparaciones que no me contentan: mas no sé otras.... No sé comparación que poner que cuadre”, y así por este estilo se queja la Santa Madre en no pocos lugares de sus obras de no hallar símiles adecuados. Con todo reconoce que son precisos y los prodiga oportunamente diciendo con gracia: Habré de aprovecharme de alguna comparación aunque yo las quisiera excusar por ser mujer, y escribir simplemente lo que me mandan; mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar a los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la comparación, servirá de dar recreación a vuestra merced de ver tanta torpeza. (Vida. Cap. XI).

Ama la naturaleza; la admira y de ella toma la mayor parte de los símiles: mucho valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque sabiendo las propiedades de las cosas supiérame declarar que me voy regalando en ello, aun por ventura no lo sé entender. Que en todas las cosas que crio tan gran Dios, tan sabio, debe haber hartos secretos que no podemos aprovechar, y así lo hacen los que lo entienden y aunque creo que en cada cosita que Dios crio, hay más de lo que se entiende, aunque sea una hormiguita. (Moradas IV. Cap. II).

Entre las comparaciones que toma de la naturaleza, son preciosas las de las cuatro maneras de regar el huerto, con las que explica las cuatro gracias de la oración; todas aquellas en que se sirve del agua para declarar las propiedades de la gracia, las del fuego y las del sol, las de la paloma, el erizo, y la delicadísima del gusano de seda, que trae en la oración de unión. Copiarlas todas sería hacer interminable este artículo: vayan para muestra estas dos, que además de bonitas son breves. Con la primera explica lo que es arrobamiento, con la segunda la guerra que en la oración de unión da la imaginación, cuando la unión no es de todas las potencias:

«Consideremos ahora que esta agua postrera, que hemos dicho es tan copiosa, que si no es por no consentirlo la tierra podemos creer que se está con nosotros esta nube de la gran Majestad, acá en la tierra. Mas cuando este gran bien le agradecemos, acudiendo con obras, según nuestras fuerzas, coge el Señor el alma, digamos ahora a manera de que las nubes cogen los vapores de la tierra, y levántala toda ella, (helo oído así esto, de que cogen las nubes los vapores o el sol) y sube la nube al Cielo y llévala consigo, y comiénzala a mostrar cosas del reino que le tiene aparejado. No sé si esta comparación cuadra, más en hecho de verdad, ello pasa así. (Vida. Cap. XX).

...como el entendimiento no la ayuda (a la imaginación) poco ni mucho a lo que representa, no para en nada, sino de uno en otro que no parece sino de esas mariposicas de las noches, importunas y desasosegadas; así anda de un cabo a otro. En extremo me parece le viene bien esta comparación porque aunque no tiene fuerza para hacer ningún mal, importuna a los que la ven. (Vida. Cap. XVII).

Fue la vida de la Santa, ruda batalla, continua pelea; es la vida espiritual lucha y vencimiento, así es que no es de maravillar que las comparaciones bélicas la sirvan muchas veces para aclarar sus conceptos. Muy adecuada y lindísima es la del alférez que en la batalla lleva la bandera, que no se puede defender, y aunque le hagan pedazos no la puede dejar de las manos. Así los contemplativos han de llevar la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les dieren sin dar alguno. (Camino de perfección. Cap. XVII) y las que trae para explicar como los que llegan a las séptimas moradas es lo más ordinario que tengan paz, aunque las potencias guerreen. Comparaciones trae, que son reminiscencias de sus lecturas, otras hijas de su inventiva, otras de acciones o sucesos de su vida, y por último una comparación le sirve para estudiar divinamente en las moradas los grados de oración y perfección del alma semejante a un castillo todo de diamante o muy claro cristal, a donde hay muchos aposentos que la Santa muestra en el más hermoso de sus libros, haciendo que el embelesado lector la siga en aquella ascensión admirable y llegue a la séptima morada, cielo del alma, deseando si no pasar por esos estados de espíritu, porque los más de ellos los da el Señor a quien le place, al menos disponerse para beber del agua viva que en charcos o arroyos seguramente encontrará en el camino.

De las otras cualidades de los escritos de nuestra Madre habla tan bien Fray Luis de León, que a él le dejamos la palabra: “Que dejados aparte otros muchos y grandes provechos que hallan los que leen estos libros, dos son, a mi parecer los que con más eficacia hacen. Uno facilitar al ánimo de los lectores el camino de la virtud; y otro encenderlos en el amor de ella y de Dios. Porque en lo uno es cosa maravillosa ver como ponen a Dios delante los ojos del alma, y como le muestran tan fácil para ser hallado, y tan dulce y tan amigable para los que le hallan. y en el otro, no solamente con todas, más con cada una de sus palabras pegan al alma fuego del Cielo, que la abrasa y deshace y quitándole de los ojos y del sentido todas las dificultades que hay, no para que no las vea, sino para que no las estime ni las precie, déjanla no solamente desengañada de lo que la falsa imaginación le ofrecía, sino descargada de su peso y tibieza, y tan alentada, si se puede decir así, tan ansiosa del bien, que vuela luego a él con el deseo que hierve.”

Esto de los libros. Pero como la prueba más contundente de lo que vale un maestro son sus discípulos y no hay mejor piedra de toque para probar la bondad de una doctrina educadora que el éxito que se obtiene al llevarla a la práctica, ahí están las carmelitas, desde hace cuatro siglos, poco menos, dando testimonio de que la ínclita Doctora tanto supo de exponer en libros sus teorías como de encarnarlas en sus hijas haciéndolas imagen viva de la Madre muerta. Y damos fin a este trabajo para que en él no todo sea desabrido, con unas palabras de Fray Luis de León, tan aplicables en el siglo xx como en el que él vivió, a las ejemplares hijas de Santa Teresa.

“Qué desasidas de todo lo que no es Dios, y ofrecidas en solos los brazos de su esposo Divino, y abrazadas con Él, con ánimos de varones fuertes, en miembros de mujeres tiernos y flacos ponen en ejecución la más alta y más generosa filosofía que jamás los hombres imaginaron; y llegan con las obras a donde en razón de perfecta vida y de heroica virtud apenas llegaron con la imaginación los genios. Porque huellan la riqueza y tienen en odio la libertad y desprecian la honra, y aman la humildad y el trabajo y todo su estudio es con una santa competencia procurar adelantarse en la virtud de contino... Que ni el trabajo las cansa, ni el encerramiento las fatiga, ni las enfermedades las decae, ni la muerte las atemoriza o espanta, antes las alegra y anima. Y lo que entre todo esto hace maravilla grandísima es el sabor, o si lo hemos de decir así, la facilidad con que hacen lo que es extremadamente dificultoso de hacer. Porque la mortificación les es regocijo, y la resignación juego, y pasatiempo la aspereza de la penitencia; y como si se anduviesen solazando y holgando, van poniendo por obra lo que pone a la naturaleza espanto, y el ejercicio de virtudes heroicas le han convertido en entretenimiento gustoso, en que muestran bien por la obra, la verdad de la palabra de Cristo, que su yugo es suave y su carga ligera. Porque ninguna seglar se alegra tanto de sus aderezos como a vuestras reverencias les es sabroso el vivir como ángeles. Que tales son sin duda, no solo en la perfección de la vida, sino también en la semejanza y unidad que entre sí tienen en ella.

 









Algo fundamental en la Pedagogía

No puede negarse que gran parte de las doctrinas pedagógicas actuales carecen de grandeza, de precisión y de unidad, que no pocos entendimientos gastan sus energías en el estudio de lo pequeño pedagógico y lo elevan a la categoría de objeto primario de la ciencia educativa, sin otra razón que el capricho, ni otro fundamento más sólido, que el de medir la magnitud absoluta de las cosas con la medida de sus apreciaciones particulares. Esto explica en gran parte el bajo nivel de la Pedagogía y las aún más bajas corrientes de la moderna educación, pero no lo explica todo. Entre otros, hay un hecho que da más luz.

La Pedagogía olvidó más de lo justo su origen filosófico, hizo tabla rasa del pasado, reclamó una independencia de las ciencias metafísicas, que no permite la naturaleza de su objeto, se echó en brazos de las ciencias que estudian meramente la materia y las manifestaciones inferiores de la vida y quedó aprisionada en las redes de un positivismo absurdo que la sujeta a la tierra y la impide elevarse a las alturas a que está llamada. Esta elevación no la conseguirá mientras no vuelva a recibir la savia vivificante de la Metafísica bajo cuya dependencia debe vivir.

Hostiles algunos pedagogos a cuantas ciencias estudian objetos superiores a los de orden material, vuelven la espalda a la Metafísica, otros con indiscutible acierto dejan paso a los rayos brillantes de la Psicología y de la Ética, pero pocos, muy pocos, abren de par en par las puertas de la ciencia de la educación para que todo el sol de la Metafísica ilumine y convierta muchas de sus lobregueces en dorado mediodía.

La grandeza de la educación humana no puede apreciarse debidamente con solo estudiar al hombre aislado y cuando más en sus relaciones con los demás hombres. Es preciso estudiar el lugar ontológico que ocupa, notar las semejanzas y diferencias que de los demás seres le separan, y las relaciones que con ellos le unen, darse cuenta de su primacía en el orden de la creación visible, de la que es finalidad inmediata, y de inducción en inducción llegar a Dios, causa de las causas, finalidad suprema y Supremo Ordenador de cuanto existe, que quiso hacer del hombre áureo eslabón que enlazara el mundo de la materia con el mundo del espíritu y viviera unido a Él por conocimiento y amor.

A la luz de estas verdades el concepto del hombre se engrandece, la necesidad de prepararle para cumplir su misión se siente con más fuerza, los medios de formarle se eligen y seleccionan más cuidadosamente, la perfección de sus facultades se ordena, subordina y recibe unidad de una finalidad superior y el pedagogo consciente de su deber se dispone a modelar, no al animal superior que ha forjado el materialismo, sino al rey de la creación visible en cuya alma Dios encendió la luz de la inteligencia.

La filosofía materialista que no ve en las cosas más que materia inerte u organizada, que niega las causas finales y todo lo explica por acciones y reacciones químicas, cuando llega al hombre no es maravilla que le empequeñezca y le achique. Su psicología ha de correr parejas con sus doctrinas ontológicas y con su teodicea. Empezó por negar a Dios o forjar un ser Supremo absurdo, que vale menos que su negación, se acogió para explicar el origen y la naturaleza de los seres a una de tantas hipótesis materialistas que la razón desecha y la experiencia no comprueba, y explicó la vida por medio de la evolución, lógico es que al tropezar con el hombre sus teorías no se eleven más y le coloquen en un lugar inferior al que le corresponde y que la educación haga del cuerpo y de la sensibilidad el objeto preferente de sus cuidados, que el peso, la medida y la observación sensible sean sus principales medios de conocimiento, que llegue al cultivo de la inteligencia pero que llevando por delante la negación del mundo metafísico, estreche el radio de acción del conocimiento limitándolo al estudio de las ciencias realistas; deje a un lado objetos de mayor interés que además de dar la clave para explicar lo que las ciencias naturales no explican y para purgarlas de no pocos errores, son aptísimos para ejercitar las energías intelectuales y aumentar la capacidad de la inteligencia. Por último todo sistema pedagógico que carece de base metafísica está condenado a carecer de elevación moral y en el orden religioso a proclamarse ateo o a ocultar su ateísmo bajo la máscara hipócrita de la neutralidad.

La verdad de las anteriores afirmaciones salta a la vista con solo echar una mirada a las teorías morales que separadas primero del tronco de la verdadera religión, rompieron por la fuerza de la lógica toda relación metafísica. Bien podemos decir que su ética no tiene más finalidad que inventar teorías que justifiquen el mal moral y que cuando invaden el terreno de la pedagogía bien sea con los nombres de racionalismo, sentimentalismo, utilitarismo etc. que todos ellos tienen cabida dentro de la moral independiente, sea para marcar a la educación moral sendas torcidas y caminos tortuosos en donde la virtud muera sofocada por el fuego de la pasión insana que creció al calor de una moral independiente y atea.

Una filosofía que no reconoce la existencia de objetos superiores a los del orden sensible, o niega a Dios o le confunde con la materia, que es un modo indirecto de negarle, y una Pedagogía que bebe en estas fuentes o se proclama por la neutralidad religiosa en la educación o se contenta con una educación sentimentalista, vacía de todo contenido ideal, o da por buena todas las religiones resultando, en cualquiera de estos tres casos, que deja ineducada la aspiración más noble del alma humana, que va contra de la inclinación natural más fuerte y que necesariamente conduce al hombre a la infelicidad.

Es preciso pues injertar la ciencia Pedagógica en una filosofía seria y racional, que si lo es necesariamente tendrá que ser metafísica. Para los pedagogos católicos la elección de escuela no tiene duda, bien seguros pueden estar militando en las filas de la escolástica tomista, que como doctrina viva y fecunda al recibir en su seno las teorías modernas, las selecciona a la luz de una crítica elevadísima que tiene en la seriedad de su lógica y sobre todo en las luces de la fe católica que la ilumina, las mejores garantías de acierto.

MARÍA DÍAZ JIMÉNEZ





















Enseñanza de la Religión

 

Trabajo leído por s u autora, Srta. Díaz Jiménez,

en  la III Asamblea de Cooperadoras Técnicas.

 

Las imágenes de Cristo y de la Santísima Virgen ocupan lugar preferente, señalado por la ley. La enseñanza diaria del Catecismo y de la Historia Sagrada, la lectura cada tercer día del Antiguo y, sobre todo, del Nuevo Testamento, la obligación de adoptar para estas enseñanzas los libros que designe el prelado diocesano, el deber de someterse las escuelas en lo moral y religioso a la inspección del párroco, son cosas mandadas por la ley, así como las oraciones de entrada y salida y el rezo en los sábados del santo Rosario. Se permite y aconseja, aunque no se hace obligatoria, la asistencia del maestro y de los niños a la Santa Misa los días de fiesta, la confesión y la comunión cada tres meses y el cumplimiento pascual, reconociendo en todo los derechos preferentes del párroco y del confesor.

Tienen, pues, los maestros y maestras de primera enseñanza oficial ancho campo de acción, dentro de la ley, para dar a los niños formación religiosa complejísima. Deber suyo es cumplir con lo que a una les imponen la Iglesia y el Estado y velar porque no caiga en desuso todo esto. Bien sé que las inspectoras y maestras que me oís sois fieles cumplidoras y seréis también vulgarizadoras de todo entre muchos y muchas que, desconociendo estas disposiciones legales, no se atreven a desplegar su celo por miedo a la muerte civil. De desear sería que, para no caer en una inconsecuencia lamentable, trabajásemos por llevar a la legislación de las escuelas normales mucho de lo que tiene la legislación de primera enseñanza. En la Normal debe el maestro acostumbrarse y formarse en cuanto ha de hacer en la escuela, aparte de que, si legalmente se introdujeran prácticas y costumbres religiosas, se introduciría un elemento poderoso de educación y un medio eficacísimo para consolidar vocaciones y suscitarlas.

* * *

Prescindir de la enseñanza religiosa es colaborar consciente o inconscientemente al triunfo del mal; educar con ella y en ella es luchar contra el vicio y asegurar, en cuanto cabe, la virtud.

Dejar al hombre sin cultura religiosa es condenarle a ignorar su principio y su fin; es marchar en contra de su naturaleza, que vino de Dios y a Dios tiende. Es quitar de los ojos el ideal divino de perfección: Cristo Jesús; limitar la esfera de acción del entendimiento, aprisionándolo en los estrechos límites de la razón, no dejándole que, en alas de la fe, vuele a las regiones de lo sobrenatural, y hasta obscureciendo y dejando incompleta la ciencia humana, que de la divina recibe luz y soluciones. Es quitar a la moralidad su fundamento y su razón de ser. En una palabra: educar con Religión es educar según Dios, la naturaleza y la razón lo piden, haciendo al hombre hijo de la Iglesia y poniéndole en el camino de la salvación y de la dicha verdadera.

La Religión es la que enseña a fundar sobre bases firmes la familia; mantiene su unidad y garantiza el cumplimiento de su misión, haciendo de ella célula viva que dé a Dios y a la sociedad lo que la sociedad y Dios la piden. Prescindir de la Religión es acelerar la disolución y corrupción familiar.

La mejor garantía de la paz social es la cultura y educación religiosa del pueblo: educar al pueblo en católico es preparar las almas para entender, en su verdadero sentido, las palabras justicia, derecho, deber, libertad, fraternidad, igualdad; es dar a la fuerza de la razón el lugar que ocupa la razón de la fuerza, cuando late la rebeldía en los espíritus y el principio de autoridad se discute, se ataca y desobedece. Y es dar a los problemas sociales soluciones justas y equitativas.

Educar sin Religión es dejar sin dique las pasiones bajas, facilitar el triunfo del libertinaje, de la injusticia, y poner en manos de todos armas temibles para mantener a las sociedades en perpetua guerra.

Enseñar Religión es hacer patria.

Los Estados tienen un fin temporal que cumplir, pero condicionados siempre por el fin último del individuo, al que deben asegurar un medio exterior favorable a su total perfeccionamiento. La Religión enseña a los políticos a gobernar la patria de la tierra con los ojos puestos en la patria del cielo y a los súbditos a respetar la autoridad porque viene de Dios. Prescindir de la enseñanza de la Religión es deshacer la patria.

La Historia lo dice y la experiencia lo confirma, enseñando que los sin patria son los sin Dios.

Con la cultura y educación religiosa se consigue dar a la educación femenina su tonalidad propia. Sólo la Religión católica tiene el secreto y sólo ella puede presentar la excelsa figura de la Virgen Santísima, más perfecta que el más perfecto de los ángeles. Tiene en sí cuantos elementos de perfección ha de copiar la mujer y es modelo acabado de santidad y belleza. Imitándola se forma a la joven y la madre, la religiosa contemplativa, la activa y la mujer que ejerce el apostolado social. Nadie como Ella supo vivir como hija y como madre; nadie como Ella supo colaborar en la obra más grande después de la Creación: en la Redención; ninguna mujer tuvo a su cargo la tutela de la organización de la sociedad más grande y más perfecta que vieron y verán los siglos: la Iglesia Católica, y esto sin perder su feminidad espiritualísima.

A Ella hemos de mirar, seguras de que allí encontraremos todo cuanto necesitamos. Su acción tuvo una eficacia salvadora, y la tuvo porque la ejerció como Dios quería y actuó desde donde Dios quería.

La nuestra la tendrá si seguimos su ejemplo. Volver las espaldas a este modelo de mujer, casi divino, es renunciar a formar a la mujer según las normas de Dios, es descentrarla, desnaturalizarla y hacerla caer en una esclavitud cubierta con capa de libertad y de independencia, pero esclavitud al fin. Es forjarla en los moldes del criterio modernista, despojándola de su delicadeza propia, y robarla traidoramente las cualidades que siempre la hicieron buena y grande.

CONCLUSIONES

1.a  La Cooperadora Técnica tiene el deber de especializarse en la enseñanza del catecismo, siguiendo en todo las instrucciones de la Iglesia.

2. Se ofrecerá al prelado o al párroco, según los casos, para colaborar en las catequesis, y en su escuela procurará preparar a las alumnas para que puedan ser catequistas, en las que los párrocos encuentren auxiliares inteligentes y piadosas.

3.a  En las localidades donde se conserven las costumbres de llevar a los niños a la Santa Misa los días de fiesta, al cumplimiento pascual y a recibir los santos sacramentos de la Penitencia y Comunión, se intensificarán

En los lugares en que esto haya caído en desuso se procurará introducirlo de nuevo.

4.a  Maestras, inspectoras y profesoras normales tenemos el deber de conciencia de trabajar con verdadero celo por desterrar de nuestras normales y escuelas todo libro en que se expongan doctrinas heterodoxas y de poner en conocimiento del prelado los abusos que en esto se cometan, así como de velar para que, con pretexto de vana cultura, no lean nuestras discípulas nada que directa o indirectamente pueda poner en peligro su pureza y sus buenas costumbres.

5.a  Pedir al Gobierno de Su Majestad que dicte una disposición ordenando que en las escuelas normales se pongan en sitio de honor el santo Crucifijo y la imagen de la Santísima Virgen.

6.a  Pedir que, para tomar parte en las oposiciones del Magisterio, se exija a los opositores la partida de Bautismo.

 






























NOTAS DE EXCURSIÓN.   DE ÁVILA A SALAMANCA

Aprovechando los días de vacaciones que con motivo de las fiestas de Santa Teresa se dan en los centros oficiales de Ávila, organizamos una excursión a Salamanca y a Alba. A ésta, con el fin de conocer todo cuanto en ella se venera de nuestra Santa Madre; y a Salamanca, para ver las preciosas joyas de arte que encierra.

Fue el domingo 20 el día señalado para realizar dicha excursión. ¡Con qué entusiasmo pre- paramos todo para el viaje!

Ya la víspera todas nuestras conversaciones recaían sobre lo mismo: la impresión que nos produciría ver el corazón de nuestra Santa, su sepulcro, qué le pediríamos, qué monumentos íbamos a visitar en Salamanca, cuáles eran los más interesantes, etc., etc.

“La del alba sería...” casi, casi, la hora en que nos dispusimos a emprender el viaje. Cuando llegó el auto ya habíamos oído la santa Misa y recibido el Pan de los fuertes. Salimos a las siete, entonando cánticos alegres y fervorosos durante todo el trayecto.

Henos ya en Salamanca; ganas nos daban de repetir lo de Nuestra Santa Madre..., un poquito variado:

“Ya, por fin, hemos llegado

con salud a la posada.

Alegre fue la jornada;

sea Nuestro Señor loado” (1).

Mucho habíamos oído ponderar los monumentos salmantinos, y ahora podíamos comprobar cuán justos eran los elogios.

La plaza mayor fue el sitio donde comenzamos nuestra visita. Es de estilo barroco, aunque no muy recargado. Su planta afecta la forma de un cuadrilátero de lados desiguales. No tienen todos los lados el mismo número de arcadas; pero, a pesar de esto, existe en toda ella gran armonía.

En el centro del ala norte se encuentra el Ayuntamiento. Se alza sobre cinco arcos mayores que los del resto de la plaza; en las líneas generales de su arquitectura, en sus frontones re torcidos y en la talla de sus adornos se muestran los caracteres del arte churrigueresco. Nos llamó mucho la atención cuatro estatuas colocadas sobre una balaustrada como la que sirve de coronación a toda la plaza, que representan a la Agricultura, la Industria, la Ciencia y la Astronomía. El resto de las construcciones de esta plaza están formadas por tres pisos sobre los soportales; merece especial mención el pabellón real.

Como el tiempo apremiaba, pues disponíamos de muy poco y era mucho lo que queríamos ver, nos dirigimos inmediatamente a la Catedral nueva, magnífica joya de las últimas manifestaciones del arte gótico. Fueron muchas las bellezas que aquí admiramos; pero no dejaremos de mencionar la fachada del poniente; en ella parece agotaron los maestros su imaginación y supera a todo lo del interior.

Tres son las puertas que dan acceso al templo, llamadas: la de San Clemente; la de la derecha, del Obispo, y la central, del Nacimiento. Los pilares suben hasta la altura de las naves; se hallan coronados por grupos de agujas que rematan en una más aguda. Toda la fachada está llena de repisas con doseletes góticos; pero la mayor ornamentación está en la parte de fachada que corresponde a la nave central.

Consta de tres naves, sostenidas por tres grandes arcadas de medio punto. Todas ellas están rodeadas de galerías. El calado antepecho de la galería baja es muy curioso. La cúpula sobre las pechinas, que se levanta sobre los pilares de la nave del crucero, es una obra de la mayor belleza, aunque desentona del conjunto por pertenecer a otro arte. Fueron los planos obra de Churriguera.

La capilla mayor lleva siete estatuas de tamaño semicolosal. No tiene retablo; en el testero se destaca una escultura de la Asunción. De todas las capillas es la más importante la denominada del Sudario; en ella se encuentra la escultura de la Virgen de la Vega, Patrona de Salamanca. El busto es policromo; la silla en que está sentada la imagen tiene chapas de cobre sobredorado y algunos esmaltes.

Por esta Catedral pasamos a la vieja, cuyos muros sirvieron de apoyo para la construcción de la nueva, sufriendo en esta época tantas mutilaciones y suplantaciones, que la actual fachada principal nos da idea de la grandeza que encierra interiormente.

La planta es de cruz latina, de tres naves, y la de crucero, que es muy pronunciada, en la parte superior termina en tres ábsides, correspondientes a las tres naves.

Tres joyas principales destacan entre las muchas que tiene esta Catedral.

El retablo de la capilla mayor, que está formado por cinco líneas de a once tablas adornadas con filigranas góticas. El tema es la vida de Nuestro Señor, desde la Encarnación.

El tríptico de la capilla de Santa Catalina, debido a Gallegos, y, por fin, el Sepulcro de Anaya, que ocupa el centro de la capilla de su nombre. Algún crítico cree que corresponde su arte al gótico florido en su fase más elegante. Es de alabastro con magníficos relieves.

Como dato curioso citamos la capilla de Talavera, donde se celebra la santa Misa en algunas ocasiones con arreglo al rito mozárabe.

Muy próxima a estas catedrales está la Universidad; se explica el motivo de esta proximidad, porque la Catedral nueva se construyó para desahogo de la Universidad, en los gloriosos tiempos en que el número de escolares hacía insuficiente la capacidad de la capilla de dicha Universidad. Entramos por la fachada del naciente, que está situada frente a las catedrales y no ofrece ningún interés artístico, reservándose éste para la del poniente, que es la principal. Se levanta en el llamado hoy patio de las Escuelas Menores. Su estilo es plateresco, y la ejecución, plana fina y de poco relieve. Encima de la puerta se destaca un medallón con los bustos de los Reyes Católicos asidos a un solo cetro.

Del interior merece citarse el claustro alto en su parte antigua. Está formado por siete arcos de forma especial, repetida en otros patios de la ciudad. Está rodeado de artístico antepecho, decorado al interior con figuras y follajes que recuerdan los de la barandilla de la escalera, ésta de gran importancia, como lo prueba el orgullo con que los salmantinos publican en todas sus revistas artísticas detalles de ella. Vimos con gran interés la cátedra de Fr. Luis de León.

Conserva las ventanas pequeñas, que, más que dar luz, sumían en penumbra a los antiguos generales de la Universidad, así como también el asiento, respaldo y cimborrio de la cátedra, y los bancos y mesas toscos de los estudiantes.

En la capilla se conservan los restos de Fray Luis, y en artístico cuadro el título de Doctora Honoris Causa, por la Universidad de Salamanca, de Santa Teresa de Jesús.

San Esteban, convento de dominicos.

Es del mismo estilo que la catedral nueva, de planta gótica y decoración plateresca, que se da a conocer principalmente en la fachada. Desde el crucero se aprecia el magnífico fresco situado en el coro en el muro del fondo, que representa el triunfo del catolicismo. Tiene dos partes principales: la inferior, que simboliza la iglesia militante, y la superior, la iglesia triunfante. El claustro bajo es de gran valor artístico.

Nos dirigimos después al Convento de las Agustinas, para ver el tan conocido y celebrado cuadro de la Concepción, de Ribera. Está colocado en el centro del altar mayor; a los lados, dos marcos de menor tamaño que el central están ocupados por cuadros de mérito de autores desconocidos.

También se atribuyen a Ribera otros cuadros existentes en esta iglesia, como es el que representa a la Virgen entregando el rosario a Santo Domingo, el Nacimiento de Jesús, San Jenaro vestido de pontifical, etc.

Es curioso el púlpito, de mármoles de colores, que semeja un balcón, sostenido por un águila gigantesca.

Después fuimos al colegio del Arzobispo, o colegio de Nobles Irlandeses. Todo el mérito artístico de este edificio se encuentra en la portada, la capilla y el patio. La portada es una variante del arte plateresco. Se halla adornada de medallones con escudos y hornacinas con estatuas. La capilla tiene planta de cruz latina, bóveda gótica, que descansa sobre columnas adosadas a las paredes. Lo más interesante de la capilla es el retablo del altar mayor, decorado por hermosas pinturas en talla y varias estatuas de santos.

El patio puede estimarse como la obra, en su género, más delicada que se conserva de las que ejecutaron los artistas del renacimiento español. Es cuadrado, con ocho arcadas por cada lado, todas ellas de medio punto.

Palacio de Monterrey.- El estilo es del más puro renacimiento. Sólo se hizo en él una crujía de estilo ojival. Sobresale entre toda su belleza la afiligranada crestería que corona el edificio. Las ventanas y balcones tienen ornamentación plateresca. Sostienen varios escudos en las esquinas animales raros.

Dimos fin a nuestras correrías por Salamanca con la visita a la Casa de las Conchas. Tanto la fachada principal como la de saliente están adornadas con profusión de conchas de piedra. En la fachada principal empieza la decoración del arco adintelado de la puerta de entrada, y sobre él, en una primorosa arcada gótica, un escudo de armas de los Maldonado sostenido por leones. Son de notar en el exterior dos bellísimas rejas en la planta baja. El patio es de gran valor artístico; en él se funde el arte gótico muy marcado con los arcos de curvas y contra curvas que introdujeron los musulmanes.

El patio tiene doble galería; en la superior existe un antepecho, calado con diferentes dibujos, a cual más originales. Es de valor también la escalera que arranca del patio y el artesonado de la misma.

Hubiera sido nuestro deseo seguir admirando las bellezas de esta monumental ciudad; pero teníamos los minutos contados para la visita a Alba y no tuvimos más remedio que sacrificar este deseo y despedirnos de Salamanca, con la seguridad de que no olvidaremos jamás visita tan instructiva, artística y simpática.

La animación y entusiasmo que durante todo el día reinó en nosotras subió de punto al encaminarnos a Alba y ver aproximarse el momento, tan deseado desde hacía días, de ver de cerca las reliquias de nuestra Madre.

Inmediatamente de llegadas, nos encaminamos a las Carmelitas, relicario bendito que tanta grandeza encierra.

Lo primero que vimos fue el sepulcro, colocado en el testero del altar mayor; un arca de plata sostenida por ángeles encierra el cuerpo de Santa Teresa. En el presbiterio y al lado de la Epístola hay un torno que guarda el corazón y brazo de la Santa.

Muchas y muy distintas fueron las emociones que sentimos desde el momento que entramos en este relicario; pero imposible describir qué pasó por nosotras al encontrarnos delante de su corazón; sentimos deseos de imitarla, de que el nuestro, a semejanza del suyo, se inflamase en amor de Dios, para comunicarlo a las almas. Después vimos la celda donde murió, y, como ya eran muchas las emociones recibidas, éstas se tradujeron en lágrimas de amor, de reverencia y agradecimiento a Nuestro Señor, que tantas bendiciones había derramado sobre nosotras en este día. Era ya muy tarde y tuvimos que abandonar esta iglesia tan saturada del espíritu de la Santa... Mas ¿no es hacia Ávila a donde marchamos? Allí también el espíritu de aquella mujer fuerte se encuentra animando nuestra vida y alentándonos con grandes ideales...

(1) De Los estudiantes de Salamanca, por el P. Risco, S. J.,

 

UNA EXCURSIONISTA.

 

Pie de foto 1: Salamanca.-- Catedral vieja. Claustro.

Pie de foto 2: Salamanca.-- Catedral vieja. Detalle del sepulcro de Anaya.

Pie de foto 3: Salamanca.-- San Esteban. Claustro.

Pie de foto 4: Salamanca.-- Colegio de Nobles Irlandeses.

Pie de foto 5: Salamanca.-- Universidad. Detalle de la Escalera.

Pie de foto 6: Salamanca.-- Casa de las Conchas. Patio.

Pie de foto 7: Salamanca.-- Casa de las Conchas. Ventana e interior (siglo XVI).

 






Coronación de la Virgen del Camino

 

Corrían los primeros años del siglo XVI, cuando, en un lugar distante de León poco más de una legua, la Virgen Santísima, en visión inefable, habló a un pastor devoto y sencillo, diciéndole que fuera al obispo y le manifestara el deseo que Ella tenía de que allí se edificara un templo en su honor. Con humilde y respetuosa sencillez, Alvar Simón Fernández, que así se llamaba el pastor, dijo a la Virgen: Señora, ¿cómo creerán que sois Vos la que me envía? Dame esa honda que tienes en la mano, dijo la Señora. El pastor obedeció asombrado. La Virgen colocó una piedra en el arma, la arrojó con ligereza y dijo a Simón: Ves dónde cayó la piedra? Allí quiero que se levante el templo, y, como señal de la misión que te doy, cuando vuelvas a este lugar con el prelado, esta piedra tan pequeña será muy grande.

Creyó el obispo la sencilla y verídica relación del pastor; marchó al lugar de la revelación, y encontró la piedra y la imagen tal como el campesino las había descrito.

Muy pronto la Virgen tuvo allí un santuario, que desde entonces fue el centro principal de la devoción leonesa.

El pueblo dio a la imagen el nombre de Nuestra Señora del Camino, por estar situado el lugar de la aparición a orilla de la senda que seguían los peregrinos de Santiago.

Muy hondas eran las raíces que el amor mariano tenía en la región leonesa; pero es indudable que a partir de la fecha de 1505 se arraigaron más. Durante cuatro siglos largos, la Virgen se ha complacido en derramar gracias innumerables, de las que da testimonio, más que los exvotos y los documentos, el fervor, nunca entibiado, de las multitudes que, siglo tras siglo, se han postrado a sus pies. ¿Quién allí pidió que no fuera oído? ¿Quién lloró que no fuera consolado? ¿Quién la miró que no sintiera conmoción profunda ante la expresión dolorosa de su rostro bendito? ¿Quién no la entronizó en su alma, y la puso en sitio de honor en su casa, y colgó al cuello la medalla bendita, y la dijo adiós al emprender largo viaje y no volvió a sus plantas después de terminado? Del Camino se la llama, y bien podemos decir que, en el camino de la vida, Ella es la compañera inseparable de los leoneses, que pronunciando su nombre aprenden a hablar y con él en los labios mueren.

El Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Álvarez Miranda, leonés de nacimiento y actual prelado de la diócesis legionense, amante fino y fervoroso de la Virgen, interpretando el sentir de todos, lanzó la idea de la coronación canónica de Nuestra Señora del Camino; y aunque el amor de los hijos de esta tierra no sabe ser hablador, hacía mucho que deseaba proclamar pública, solemne y colectivamente la maternidad y la realeza de su Virgen bendita, y, respondiendo a la voz de su Prelado, fundió sus joyas y dio su óbolo para hacer la corona que había de ceñir las sienes de su Reina y colocar sobre sus hombros el hermoso manto que ostenta el escudo de León, en torno del cual hay una leyenda que dice: La región leonesa a su Madre.

En pastoral que bien podemos llamar histórica, señaló el Ilmo. Sr. Obispo para fecha de la coronación el 19 de octubre pasado, y él ha tenido la dicha de iniciar la idea y de llevarla a cabo con un acierto verdaderamente singular, dando de mano a cuanto no tuviera hondo sentido religioso y eligiendo para la ceremonia el campo que se extiende a espaldas del santuario, que fue el sitio elegido por la Virgen para su aparición.

Llegado el día, una multitud que, según cálculos muy probables, no bajaría de las 70.000 almas, invadió la extensa llanura. Sobre un trono de flores fue colocada la santa imagen. Al lado de la Epístola, el Emmo. Cardenal Primado, el Excmo. Sr. Arzobispo de Burgos, el ilustrísimo Sr. Obispo de León y los de Santander, Vitoria, Calahorra, Palencia, Coria y Burgo de Osma, ostentaban la suprema representación de la Iglesia. Al lado del Evangelio ocupó un trono Su Alteza Real el Infante D. Jaime de Borbón, en representación de su augusto padre.

Celebró la santa Misa el eminentísimo Sr. Cardenal Primado, y, después de fervorosa alocución, bendijo la corona, que tomó en su mano el alcalde de León, Sr. Sánchez Chicarro, haciéndola pasar a las del Infante, quien, a su vez, la entregó al Cardenal, que la colocó sobre las sienes de la Virgen. Un grito clamoroso e indescriptible, en el que iban fundidos vivas, llantos y oraciones, salió de aquella multitud, que, de rodillas, en nombre propio y en el de los leoneses que allí no pudieron estar, aclamaba por Reina y Madre a su Virgen bendita del Camino.

León había realizado su deseo más vivo, pagando un tributo de gratitud y de justicia a su excelsa Patrona. A las dos de la tarde, los pendones de los arciprestazgos desplegaban sus vistosas tiras de damasco y, erguidos por un verdadero prodigio de equilibrio, marchaban a la vanguardia de la procesión que se organizó para conducir a la Santísima Virgen desde el santuario a la capital. Seguíanles las cruces parroquiales y después la Santísima Virgen, llevada en hombros por los mozos de los ayuntamientos que a ello tienen derecho. Los seis kilómetros de carretera que separan el santuario de León eran una masa compacta de gente, que no cesó un momento de rezar y de aclamar a su Madre.

Según tradicional costumbre, a la entrada de la capital, junto al edificio de San Marcos, el Ayuntamiento leonés se hizo cargo de la Virgen, y sus concejales la llevaron hasta la iglesia de San Marcelo, donde esperaban los prelados, el Infante y las autoridades. Desde esta iglesia el Cabildo catedral conduce en hombros a la santa imagen hasta la Pulcra Leonina, y, al entrar en el maravilloso templo, el entusiasmo llega a lo indescriptible, y parece que la Virgen ha bajado del cielo y que besa a sus hijos con la mirada y los cubre con su manto y con ellos llora y ríe.

Durante los siete días que permanece en León la santa imagen, las manifestaciones de amor y piedad crecen de hora en hora, y llegan al colmo en las procesiones eucarísticas y en la solemne vigilia con que la Adoración Nocturna, unida a 64 secciones venidas de toda España, celebra a los pies de la Virgen sus bodas de plata.

Terminado el septenario, la Virgen fue llevada a su templo con la misma solemnidad que a su venida.

Consuelo y premio bien merecido fue todo esto para el virtuoso y venerable Prelado, que con celo incansable supo organizar esta manifestación religiosa y con modestia ejemplar renunció al homenaje que autoridades y pueblo quisieron ofrecerle.

León vivirá mucho tiempo del recuerdo de estas solemnidades y seguirá diciendo a su Virgen lo que con el autor del himno de la coronación le cantó tantas veces:

“Reina León te llama de sus tierras,

y su dulzura, si tu amor implora;

su vida, cuando dice que te quiere,

y su esperanza, cuando gime y llora.

Madre León te llama de sus hijos,

y viene a Ti sus hijos a ofrecerte,

y vuelve a Ti contigo a consolarse

cuando a tus brazos los llevó la muerte.”


M. Díaz JIMÉNEZ.

 

Pie de foto 1: Nuestra Señora del Camino-Momento de la coronación.

Pie de foto 2: León.- Bendición de la corona de Nuestra Señora.

Pie de foto 3: La Virgen del Camino.

Pie de foto 4: León: Coronación de la Virgen.- La procesión eucarística.

Pie de foto 5: Coronación de la Virgen del Camino.- Los prelados en la procesión.















También en París, en la ciudad de las pecaminosas frivolidades, hay lugares en donde se vive vida intensamente sobrenatural: templos que guardan venerandas reliquias, rincones santificados con acontecimientos de cielo, santuarios que dan testimonio de que en gran parte del pueblo francés está viva aún, a pesar de los rudos golpes que ha sufrido, la fe católica.

En busca de uno de esos remansos de piedad y de fe íbamos dos teresianas en los primeros días de agosto último.

Rápidamente salimos de la estación, para llegar a tiempo de oír la santa Misa y recibir la sagrada Comunión en la capilla del noviciado de las Hermanas de la Caridad. Ansiábamos con vehemencia besar el suelo bendito que la Virgen Milagrosa había santificado, y nuestro deseo era tanto más vehemente cuanto más a nuestra memoria traíamos lo que a la Santísima Virgen, en su advocación de la Medalla Milagrosa, debe la Institución Teresiana, y recordábamos una carta de la Directora general en que hace historia de la delicada protección de María, de los triunfos que a ella debemos, de las iniciativas, de las conversiones, y, a un mismo tiempo, nos sentíamos felices e indignas de ser las primeras teresianas que en este año glorioso del centenario de las apariciones de la Virgen llegábamos a sus plantas benditas a presentar una acción de gracias rendida y fervorosa y a pedirle humildemente que perpetuase su milagrosa protección y siguiera conduciendo por los arduos caminos del apostolado a los miembros de esta Institución, que entró en lucha con la esperanza de que Ella, la Virgen bendita, había de ser su guía y su fortaleza. Y entramos en la blanquísima capilla a tiempo de oír la Misa de la Comunidad.

Una Misa que dejó huella profunda y que difícilmente podrá olvidarse. Terminado que hubo el Santo Sacrificio, salieron las novicias y las profesas, y la capilla quedó casi sola. Entonces besamos la silla en que se sentó la Virgen, el suelo que tocaron los pies de la celeste aparición, y evocamos la figura sencilla y admirable de Sor Catalina Labouré, la afortunada Hermana de la Caridad a quien la Virgen eligió para comunicarle sus secretos. ¡Qué alma tan hermosa la de esta hija de San Vicente! Su corazón, vacío de todo lo terreno, humilde y puro, era relicario aptísimo para guardar místicas comunicaciones.

Enamorada en firme de la Virgen Inmaculada, se acuesta una noche con la idea de que la Virgen accederá a sus deseos y se dejará ver. El ángel de la guarda la despierta y la dice: Venid a la capilla; la Santísima Virgen os espera. La novicia sigue al angélico niño, penetra en el templo, llega al presbiterio, oye suave ruido, como de seda que cruje, y el ángel la dice: He aquí la Santísima Virgen, hela aquí. ¿Será verdad lo que tiene ante sus ojos? El ángel la asegura que sí. La novicia cae de rodillas ante la Virgen, que se ha sentado; apoya sus manos en el regazo de la Señora, fija sus ojos en el rostro de la Virgen y escucha lo que le va a decir. Le explica el significado de visiones anteriores. Le habla de Francia, de los trastornos sociales y políticos que la amenazan, profetizando la caída de Carlos X y los lejanos acontecimientos del 1870, que terminan con la caída de Napoleón III y la proclamación de la tercera república. Después de darle consejos para el gobierno de su espíritu y de advertencias encaminadas a la perfección de la Comunidad, le anuncia que está destinada por Dios para cumplir una misión.

La Virgen desaparece, se esfuma suavemente; el ángel dice a Sor Catalina: ¡Ya se fue! Y emprenden ambos el camino del dormitorio, no sin advertir la novicia que las luces se encienden a su paso y que aquellos momentos de dicha, que tan breves le parecieron, habían sido relativamente largos, ya que a las once y media había abandonado el lecho y al volver a él sonaban las dos en el reloj del noviciado.

¿Cuál sería la misión que la Virgen le iba a encomendar? El 27 de noviembre de 1830, a las cinco y media de la tarde, estando en oración con la Comunidad, advierte Sor Catalina leve ruido, como el roce de un vestido de seda; levanta los ojos y ve sobre el globo terrestre la blanquísima figura de la Virgen, que sostiene en sus manos el mundo, en actitud de ofrecerle a Dios, y que mira al cielo con mirada de inefable súplica. Después el globo que la Señora sostiene en sus manos desaparece; su mirada se vuelve a la novicia; sus manos despiden rayos de luz deslumbradora; en torno a la celestial Señora aparece áurea leyenda, que dice así: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos! Y una voz clara y distinta pronuncia estas palabras: Acuñad, acuñad una medalla según este modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, recibirán muchas gracias, sobre todo si la llevaren al cuello, y más particularmente los que tuvieren en ella mucha confianza. Después apareció en el aire el reverso de la medalla.

Desde aquel momento Sor Catalina comenzó a cumplir su misión, y lo hizo con humildad tan profunda y con discreción tan prudente, que muy pocos supieron en vida de la venerable que fuera aquella hija de San Vicente la Hermana de la Caridad elegida por Dios para llevar a cabo tan providencial misión. La propagación de la medalla fue rápida; las gracias obtenidas, innumerables; el aumento en la devoción a la Santísima Virgen, bien de notar, y el recurso a su intercesión, cada día más creciente.

Un siglo ha pasado, y, al conmemorar aquella fecha providencial, numerosos peregrinos han ido a París a dar testimonio de gratitud, de fe y de piedad en la misma capilla en que la Virgen se manifestó a la ejemplar novicia...

Durante nuestra estancia en París, todos los días tuvimos la dicha de visitar el templo y de besar con emoción y amor la silla en que se sentara la Virgen Santísima, los sitios en que las visiones tuvieron lugar, y de repetir muchas veces el ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nos, que recurrimos a Vos!, pareciendo que a nuestra oración se unían las de las teresianas: alumnas, antiguas alumnas, cooperadoras, y las de cuantos aprendieron en la Obra teresiana a invocar diariamente a la Santísima Virgen con el Rosario de la Milagrosa.
















































Un hecho histórico

 

El pueblecito montañés, asentado con firmeza sobre la altiva roca, vivía una vida serena, alegre y pura.

Al pie de la ingente mole de su pedestal se habían estrellado más de una vez las turbias olas de mal intencionadas propagandas, y los miasmas deletéreos que emanaban centros industriales, no lejanos, parecían purificarse al pasar las frondas de los bosques y tocar las limpias aguas de los ríos, para llegar a la cima cargados de oxígeno vivificante.

El corazón de aquella aldea feliz estaba en la parroquia.

Del Sagrario brotaba la fuente de su vida.

El párroco, además de pastor, era padre y maestro de sus feligreses.

Las familias conservaban recia contextura cristiana.

Los hijos recibían la influencia bienhechora de la Iglesia, el hogar y la escuela, y perpetuaban, de generación en generación, las virtudes de sus mayores.

Las costumbres eran sencillas.

Durante las veladas del invierno, largo y cruel en aquellas alturas, la vida de familia se intensificaba. No había cocina sin crucifijo, sin la imagen bendita de la Virgen y sin rosario pendiente del clavo que sujetaba el almanaque del Sagrado Corazón. La tertulia comenzaba con el rezo del Angelus y del Rosario y la lectura del año cristiano.

Las romerías, que giraban alrededor de las fiestas del patrono del pueblo y de la Virgen de agosto, eran ocasiones de lucir sus galas la gente joven y de convidar a los amigos de otros pueblos, que se divertían con bailes populares y luchas.

El espíritu de la Iglesia, tan artísticamente sensibilizado en la Liturgia, informaba la vida de aquellas gentes, que era mortificada en Adviento y Cuaresma, alegre en Pascua y prácticamente devota en mayo, cuando ofrecían a la Inmaculada, juntas con flores campesinas, flores del alma.

El trabajo era alegre; el sufrimiento, resignado; la vida, fácil, y la muerte, llena de consuelos.

Un día lloró el pueblo la muerte del maestro, del fiel coadjutor del párroco, que durante una treintena de años había trabajado incansablemente en la educación de aquellas gentes. Rodeó el pueblo entero el cadáver del hombre ejemplar, contestó a coro el último responso, y juntos, y presididos por el sacerdote, chicos y grandes rezaron durante nueve días el santo Rosario por el alma de aquel segundo padre, que Dios había llamado a la vida eterna.

Después de unos meses, llegó un joven recién salido de la Normal, que ocupó la vacante del llorado maestro.

De momento, el pueblo no sintió el cambio, porque el muchacho era simpático, inteligente, y enseñaba bien a los niños. Supo atraerse a los jóvenes, convivió con ellos, y poco a poco les aficionó a la lectura de periódicos y novelas de una ideología a todas luces reprobable. De las manos de los mozos pasaron aquellas cosas a las de las mozas, y, por fin, hasta la gente madura se aficionó a ellas.

El párroco dio a tiempo la voz de alerta, pero aquella obediencia de hijos buenos había sido minada por la mala Prensa, y no hicieron caso de las amonestaciones del sacerdote, que veía con pena alejarse del Sagrario a sus feligreses, y sabía que, en las casas, el Rosario lo rezaba sólo la abuela, que en un rincón de la cocina lloraba y pedía remedio para aquel mal, nunca sospechado.

¿Cuándo y cómo se regeneraría el pueblo?

……………………………………………………………………………………………………………

Pasaron varios años. Un día, ante el asombro de aquellas gentes, aparecieron en el pueblo dos señoritas distinguidas. ¿Cómo habían llegado allí? ¡Era un atrevimiento inconcebible! La estación quedaba a más de ochenta kilómetros del pueblo, la carretera poco menos, y el camino subía penosamente bordeando precipicios imponentes y aterradores.

Chicos y grandes rodearon a las damas, que por el momento sonrieron amablemente y preguntaron por un vecino del lugar.

El frío y la nieve no asustó a las señoritas, que, al toque del Angelus, marcharon a la iglesia, donde los que acudían al Rosario las vieron allí en actitud de profunda reverencia. Después, unas breves palabras con el párroco, y a continuación, y guiadas por una vecina, recorrieron las casas del pueblo, invitando a todos a una reunión que al día siguiente tendría lugar en el pórtico de la iglesia.

A la hora prefijada, el pueblo entero acudió a aquella asamblea singular.

Una de las señoritas explicó el objeto de su arribo a aquellas alturas. Sólo la gloria de Dios y el celo por la salvación de las almas las habían llevado al pueblo, después de graves peripecias, que modestamente ocultaron.

Un religioso vendría al día siguiente a darles una misión, y era preciso prepararse para sacar fruto de aquella gracia. A enseñarles cantos, a visitar a los enfermos, a servirles en cuanto ellas pudieran, a instruir a los niños: a eso venían.

Llegó el misionero, comenzaron los ejercicios, y, tras de una resistencia a la gracia, vino, por fin, el triunfo, el arrepentimiento y el reconocer públicamente que la causa de sus caídas morales había sido la mala Prensa.

La procesión del último día fue algo indescriptible. El pueblo entero, después de colocar la cruz de la misión en la plaza, entregó al misionero los libros y los periódicos inmorales para que, a presencia de todos, fueran quemados. Las llamas iluminaron la plaza, y a su luz brillaron lágrimas de arrepentimiento salvador.

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¿Quién había promovido aquello? Una niña del pueblo, testigo de la labor del maestro, oraba ante el Sagrario y pedía remedio al mal. La chiquilla era viva, inteligente y buena. Un día vio claro lo que debía hacer. Pidió a sus padres que la llevaran a la ciudad para ingresar en la Normal. Quería ser maestra, para ejercer el apostolado con inteligencia y eficacia.

Durante el tiempo de sus estudios fue ejemplar. Jamás se permitió el menor capricho. El dinero que sus padres le enviaban para sus gastos personales, pasaba, en su mayor parte, a una cartilla de la Caja de Ahorros. Cuando reunió lo que se había propuesto, puso los billetes a los pies de la Virgencita que había presidido sus estudios y sus sacrificios, pidió que la bendijera y dio los pasos necesarios para organizar la misión que acabo de referir, cuyos gastos y los de la propaganda de buenas lecturas costeó íntegramente con sus ahorros.

El hecho referido es histórico. Un maestro, por medio de la Prensa impía, pierde un pueblo.

Una niña, futura maestra, lo salva.

¿Tendrá esta simpática apóstol imitadoras? ¿Oirán la voz del Papa, que especialmente una vez al año, el día de San Pedro, llama al pueblo católico a este apostolado? Con el fin de que así sea, he contado esta historia bella y ejemplar.

MARI-DÍAZ










































El pensamiento pedagógico y la obra educativa del Beato Antonio María Claret

Los santos, por el mero hecho de serlo, son los mejores educadores de la humanidad.

Los pedagogos católicos debieran interesarse hondamente por el estudio científico de esas figuras cumbres que la Iglesia, después de exámenes minuciosos y pruebas delicadas, eleva a los altares...

La hagiografía moderna facilita este género de trabajos, porque al rigor histórico junta, de ordinario, el estudio psicológico de los tipos humanos más perfectos que cabe concebir.

No necesita el santo para educar haber profesado la misión de pedagogo. La ejemplaridad de su vida ejerce un magisterio lleno de eficacia que, despertando el ansia de imitación, forma, por medio de una misteriosa influencia espiritual, innumerables tipos, que llevan marcado el sello del modelo.

Si a la santidad une el apostolado activo, entonces el santo resulta un educador genial.

El Beato Antonio M.a Claret pertenece a este grupo. Es una de las grandes figuras españolas del siglo XIX que, combatida por las sectas, el liberalismo y la impiedad, se cuaja dentro de la Iglesia católica, como las perlas en el mar.

Llamado por Dios al sublime magisterio del sacerdocio, del que participó plenamente por su condición de Obispo, abarcó el problema educativo en toda la amplitud y grandeza de la concepción católica.

Las ideas que sobre este asunto dejó escritas y las que recogieron sus contemporáneos permiten reconstruir, como lo han hecho en notables estudios los PP. del Corazón de María, el magnífico pensamiento pedagógico del P. Claret.

La mirada penetrante del Beato, fija siempre en Dios, principio y fin del hombre, guía su prodigiosa actividad educadora, que anhela elevarlo y perfeccionarlo todo.

Su vida ejemplar, la valiente rectitud de su conducta, el amor a Dios y al prójimo, la magnanimidad de su abrasado corazón, abierto para todos, y preferentemente para los pecadores y necesitados, dan a sus predicaciones una fuerza sobrenatural irresistible. Actuación saturada de sobrenaturalismo debe ser la característica del maestro cristiano, que aspira a llevar almas a Dios, y así fue la de nuestro Beato.

Los medios empleados por él estaban en armonía con la grandeza de los fines. Catequesis pedagógicamente organizadas, misiones con planes de indudable éxito, bibliotecas parroquiales, instituciones benéficas, cajas de ahorro, granjas agrícolas y libros, opúsculos y hojas impresas en tal cantidad, que no hubo rincón donde la Librería religiosa no hiciera llegar sus excelentes publicaciones.

Son notables, entre sus opúsculos, los que dedica a los padres, y especialmente a las madres, sobre la educación de sus hijos. Hoy, que la descristianización de las familias es una dolorosa realidad, la lectura de estos admirables documentos produciría, seguramente una influencia beneficiosa, porque su doctrina no pasa, tiene la permanencia eterna de la verdad.

Los temas tratados se refieren a la educación, la enseñanza religiosa y la cultura profana. De nada se olvida, y desciende hasta escribir un plan de enseñanza femenina que, juzgado dentro de su época, es superior a los entonces seguidos.

Cultura, piedad, virtud, vida social, enseñanzas domésticas, nada falta, hasta el punto de que, completado en algunos aspectos para adaptarlo a las necesidades de la vida moderna, bien pudiera servir para encauzar la desdichada educación de la mujer del día.

Quiere para los niños expansión, sana libertad, ejercicios físicos, alegría. En la corrección de los defectos, firmeza, discreción, mansedumbre. En la elección de maestros, cuidado, delicadeza y esmero.

Son notables los consejos a los sacerdotes que han de preparar a los niños para ingresar en los seminarios, y llaman poderosamente la atención los referentes a la enseñanza de las lenguas clásicas. El método, el procedimiento, la forma, se determina con inteligente precisión, sin perder de vista el valor educativo de estas disciplinas. Copiemos sus palabras: Con este sistema que acabamos de indicar, no sólo formaréis un buen estudiante de elementos de lengua latina, sino que además desarrollaréis sus facultades intelectuales, le pondréis en un continuo y laudable ejercicio la atención, la reflexión, el buen discernimiento y el buen sentido. De esta manera formaréis insensiblemente en vuestro discípulo un espíritu firme, apoyado en la verdad y en la convicción y le precisaréis a un estilo limpio, penetrante y vigoroso: le armaréis de un instrumento el más a propósito para toda clase de estudios; en una palabra: con este sistema educaréis su inteligencia y le colocaréis en el estado más idóneo en que se puede hallar un hombre para hacer fructificar los talentos que la divina Providencia se digne confiarle (1).

Fue el inspirador de los planes de primera y segunda enseñanza que decretaron por los años de 1866 a 1868 los ministros de Fomento D. Manuel Orovio y D. Severo Catalina, y que, según consta por testigos de irrecusable veracidad, redactó el mismo Beato. Son tan graduados, de orientación tan firme y de sentido pedagógico tan discreto, que pueden servir de modelo (2).

El estudio de los planes de enseñanza extranjeros y de los pedagogos más notables de su época le suministraron datos para la reorganización pedagógica, no sólo de las instituciones de enseñanza primaria y secundaria, sino también para las Universidades y Seminarios.

La visión integral del problema educativo del Beato es perfecta. En su vasto plan se organizan y articulan Iglesia, Familia y Estado, para trabajar sin confusiones ni choques, en la educación del pueblo. La graduación de las enseñanzas, tan suave, que, sin saltos indiscretos, pasa de un grado a otro con pie firme y seguro. Mucho tiene que estudiar la pedagogía claretiana, y bien harían en buscar en ella orientaciones cuantos de educar se ocupan, y preferentemente los legisladores.

Y para terminar, dos palabras sobre algunas características del estilo oratorio y literario del Beato, tan eficaz para mover el corazón y llegar a la inteligencia del más rudo de sus lectores o de sus oyentes.

Conocedor profundo de la psicología individual y colectiva de aquella sociedad, lector asiduo de las Sagradas Escrituras, fino observador de la naturaleza, espíritu reflexivo y corazón abierto a todas las hermosuras del arte, de la naturaleza y de la gracia, saturó su estilo de claridad y de emoción.

La última fluía suavemente de aquel natural tierno y compasivo, impregnado de fervoroso amor de Dios y del prójimo. La primera arrancaba de la claridad intelectual del Beato, que sorprendía con extraordinaria prontitud las relaciones, analogías y semejanzas de que están llenos el mundo del espíritu y el mundo sensible, llevándole a emplear con verdadero éxito el símil, la metáfora, la parábola y la alegoría. Las comparaciones bíblicas las manejaba con soltura y profunda inteligencia, y las de su inventiva eran tan notables, que llamaron la atención de sus contemporáneos, más que por sus condiciones de propiedad y aun de belleza, por el efecto maravilloso que producía. He aquí un juicio del Boletín Oficial de las Conferencias de San Vicente de Paúl de aquella época:

Donde raya a más altura la elocuencia del P. Claret es en las comparaciones puramente bíblicas de que se vale para aumentar la fuerza persuasiva de su doctrina, y que son tantas, tan propias y escogidas, que bien puede asegurarse que no tiene rival ni competidor en esta que para nosotros es la más difícil facilidad.

Los proverbios más conocidos, los objetos más familiares, los agentes exteriores, las relaciones del hombre con la naturaleza y sus innumerables seres, y con el arte y sus vastísimas creaciones, suministran al Arzobispo Misionero un arsenal indefinido de comparaciones, de ingeniosísimos argumentos, de frases en extremo oportunas, de palabras que absorben la atención y el interés en términos que, lejos de fatigarse el auditorio, siente que no se prolonguen más sus peroraciones, no obstante la desusada proporción que les da... En la noche del domingo hizo una comparación que dejó al auditorio fuertemente impresionado, entre el joven cristiano que vive en intimo contacto con el mundo y con las ocasiones de pecar y un soldado de cera perfectamente armado y puesto al calor de una viva llama.

El Sr. Arzobispo iba haciendo notar cómo la impresión del fuego, calentando y ablandando la cera, iba haciendo caer, primero la espada, después el escudo, después la coraza, y después el casco, símbolos del valor, de la fortaleza, de la fe y otras virtudes, hasta que la figura entera se desmoronaba y venía al suelo, acabando por consumirse con las llamas.

Las aplicaciones que hacía de este símil al joven cristiano que se coloca junto a la hoguera donde arden las pasiones y la concupiscencia mundanas y su pintura de la primera vacilación de este joven, de la fuerza de la tentación, de su derrota por ella y de su caída en las llamas de la impureza, hizo un grandísimo efecto en los oyentes (3).

Atento al bien de las almas, buscaba no éxitos literarios, sino medios eficaces, para inculcar la verdad y mover a la virtud, repitiendo con San Agustín: Prefiero que me critiquen los gramáticos a que no me entiendan los rudos.

MARY-DÍAZ.

 

(1) La vocación de los niños. Cómo se han de educar e instruir, por el Excmo. Sr. D. Antonio María Claret.

(2) Véase Pedagogía del P. Claret, por el muy R. P. Juan Postíus y Sall. —Madrid, 1926.

(3) Recuerdos del Beato Antonio M.a Claret, por el R. P. Juan Echevarría. —Madrid, 1934.














El Reverendo Padre Ramón Ruiz Amado

(+ 13 diciembre 1934)

 

Bien podemos decir que los católicos españoles y principalmente los que estamos empeñados en la recia lucha educativa, no hemos exteriorizado aún, en debida forma, el sentimiento por la muerte del R. P. Ruiz Amado (q. e. p. d.) ni la gratitud que le debemos por su inmensa labor educativa.

Tal vez su vida y su obra, muy próximas a nosotros, necesitan mayor lejanía de tiempo para verlas con justeza y un mayor estudio para descubrir su importancia.

Reunía el F. Ruiz Amado especiales condiciones para cultivar estos estudios y sobresalió en ellos hasta personificar, en la pedagogía española contemporánea, el interno más audaz que pedagogo ninguno se propuso en su tiempo: unir en feliz sincretismo las modernas teorías pedagógicas, depuradas de errores, con las siempre antiguas y siempre nuevas de la educación católica.

Siguiendo la tradición docente de la ínclita Compañía de Jesús, sintió el apostolado educativo con fervor y a él vivió consagrado la mayor parte de su vida.

Cuando el insigne jesuita inició sus trabajos, España vivía un momento pedagógico pobrísimo y a más de pobre pedante, extranjerizado y anticatólico. Gloria nuestra será siempre, aunque hoy no la estimemos, que tres católicos, Manjón, Ruiz Amado y don Rufino Blanco, sean los representantes de la única pedagogía seria que tuvo España en el último tercio del siglo pasado y en lo que va del XX.

A la vocación unía Ruiz Amado cultura extrema y sólida. Teólogo, filósofo, historiador, humanista y con dominio de las principales lenguas modernas, entró por la enmarañada selva de la pedagogía contemporánea, bien pertrechado para no contagiarse de errores y dar de mano a tanta insubstancialidad pedagógica que, sin derecho, quiere pasar por ciencia. Un entendimiento así preparado, pudo fácilmente asimilarse el pensar de los autores más notables, exponer fielmente sus teorías y juzgarlas con criterio científico, sereno e imparcial. Labor ésta, bien distinta de la que tienen a su cargo esa turbamulta de traductores que, incapaces, en su mayoría, de llegar a la médula de los problemas, se limitan a hacer versiones o a publicar con el título de bibliografía, índices de obras tal vez no leídas y, lo que es peor, a deseducar a España difundiendo la pedagogía de los sin Dios, que, ordinariamente, se confunden con los sin ciencia y los sin patria.

Herbart era hace cuarenta años el centro en torno al cual giraba la pedagogía científica, que tuvo en Paulsen su mejor intérprete. Gracias al P. Ruiz Amado, España conoció las doctrinas de ambos en exposiciones magistrales. La educación intelectual y La educación moral son obras en las que tienen cabida las ideas de Herbart; pero limpias de errores y adaptadas a nuestra especial manera de concebir y plantear los problemas científicos, bien distinta de la germánica. Alguien echó en cara a nuestro escritor el dar a Herbart excesiva importancia. La acusación era injusta. No fue Ruiz Amado, sino los pedagogos de entonces los que seguían al filósofo alemán, que si tiene errores filosóficos y teológicos, que no podemos admitir, tiene aciertos indiscutibles, da un paso importante en la construcción científica de la Pedagogía y en el terreno filosófico le cabe la gloria de iniciar la reacción contra las exageraciones del panteísmo idealista, tan en boga entonces. El hecho es que, gracias al P. Ruiz Amado, conocemos aquí a Herbart con verdad y sin peligro. Más aún, su Pedagogía refundida por el ilustre jesuita, ganó sin desnaturalizarse.

La notable síntesis que de sus trabajos hizo E. Meumann en la Pedagogía experimental, fue traducida por el P. y acogida su publicación, en los países de lengua castellana, como acontecimiento notable, ya que la obra del profesor de Hamburgo puede considerarse como clave de los modernos estudios de este tipo.

La educación de la castidad, fue obra muy discutida. Al fin era una novedad y no pudo dejar de tener contradictores. En este libro se adelantó a estudiar un espinoso y delicado problema, que a pasos agigantados venía a ponerse sobre el tapete, y al que urgía dar una solución, conforme a la ética católica. Mucho habían cambiado las cosas cuando se publicó la segunda edición del libro tanto que pudo apoyar sus puntos de vista con el testimonio de no pocos prelados españoles y con todo el episcopado católico de Alemania.

Enfocó muy bien el feminismo en su obra La Educación de la mujer, y dio normas seguras para encauzar la cultura de las jóvenes.

A él, entre nosotros, cabe la gloria de haber dado la voz de alerta y denunciado las infiltraciones de la herejía modernista en las teorías sobre educación, y a él haber tratado con criterio seguro el problema de los dos bachilleratos.

Los manuales de Historia de España y de Historia de la civilización, es lástima que no se manejen más en los colegios católicos, porque servirían mucho para introducir en el conocimiento de nuestra historia y de nuestra cultura, a los jóvenes, que tan expuestos están a recibir en estos estudios orientaciones falsas.

En los trabajos de vulgarización fue incansable, y acertó a dar interés a su forma literaria. ¿Quién no recuerda, entre otros, "El secreto del éxito", "Antes que te cases", etc.? Entre las producciones de carácter piadoso, hay dos que deberían estar en la biblioteca de toda maestra: "La piedad ilustrada" y "La maestra cristiana". Esta última, sobre todo, es un feliz acierto.

Nada decimos aquí de sus trabajos de traducción e historias, y de lo que con ellos ha contribuido en España a ilustrar la historia universal y la eclesiástica.

La librería religiosa, fundada por el P. Claret, no pudo elegir un director que más igualara aquella prodigiosa actividad de su fundador.

En resumen, al dormirse en la tierra, para, piadosamente pensando, despertar en el cielo, perdimos con el ilustre jesuita, sobre todo los maestros españoles, un guía seguro en las cuestiones educativas, guía que militaba en la vanguardia de la ciencia, miraba lejos, advertía los peligros, señalaba las sendas seguras y traía al campo de la educación católica todo lo que debíamos y podíamos conocer y cultivar.

¿Olvidaremos los católicos españoles el ejemplo del virtuoso jesuita? No lo quiera Dios. Imitemos su celo, seamos apóstoles de la educación católica, que si lo somos, no tardaremos en gloriarnos, al ver la restauración espiritual de nuestra Amada España.

MARI DIAZ

























S A N  I S I D O R O  D E  S E V I L L A

 

Durante los mil trescientos años transcurridos desde la muerte del Doctor de las Españas, no hubo generación que dejara de admirar y loar la insigne figura del Santo, repitiendo, cada cual a su modo, lo que en el Concilio VIII de Toledo dijeron de él, a los pocos años de su glorioso tránsito, los obispos, clérigos y nobles, allí reunidos proclamándole Doctor egregio, novísimo honor de la Iglesia católica; en el tiempo posterior a los otros Doctores, pero no menor en la doctrina.

Hoy la crítica más severa multiplica los elogios, porque, dada la penuria cultural de los siglos VI y VII, sorprende que juntara San Isidoro tal variedad de conocimientos, y, más aún, que los redujera a sistema y los vulgarizara en síntesis, que dieran la pauta a escritores más modernos para hacer las sumas, las enciclopedias, los códigos y para desenvolver y ampliar los estudios escriturarios, ascéticos, matemáticos, lingüísticos e históricos.

Los escritores contemporáneos de San Isidoro, fascinados sin duda por la grandeza de los rasgos fundamentales del carácter del Santo, hicieron su apología, pero no se cuidaron de consignar detalles de su vida, que se revela después de la muerte de San Leandro, cuando ocupa la sede hispalense y actúa en ella con la seguridad y competencia propias del santo y del sabio.

Más de cinco siglos después de muerto San Isidoro, don Lucas de Tuy y el Cerratense recogen, en sendas vidas, anécdotas de la infancia y juventud del Santo. La crítica no puede responder de la veracidad de tales hechos, porque no tienen a su favor ningún documento que los abone. No existen datos ni aun para fijar la fecha ni el lugar donde nació. Lo único cierto es lo que incidentalmente cuenta San Leandro al enviar a Santa Florentina, religiosa a la sazón, el precioso librito de Institutione virginum, y lo que el mismo San Isidoro dice al hacer la biografía de su hermano. Todo ello puede reducirse a lo siguiente.

Eran oriundos de la Cartaginense, de donde marcharon a la Bética huyendo de las luchas que Atanagildo sostuvo con los griegos, después que, asegurado en el trono, se sintió fuerte y quiso deshacerse de sus antiguos aliados.

La familia de nuestro Santo la formaban los padres y cuatro hijos: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro. Los nombres denotan que eran de raza hispano-latina.

No se sabe si al abandonar la Cartaginense vivía Severiano su padre. Lo que está fuera de duda es que la madre se estableció en la Bética con sus hijos.

San Leandro y Santa Florentina profesaron el monacato; San Fulgencio siguió la carrera eclesiástica y ocupó la sede episcopal de Écija. El menor de los hermanos fue Isidoro, como se deduce de lo que San Leandro dice a Florentina en el libro citado:

¿Dónde hizo sus estudios San Isidoro? Es de suponer que en la escuela eclesiástica de Sevilla, aquella misma que andando el tiempo, él había de poner tan alta que mereciera considerarse como el mejor Seminario de Europa.

Extensa y profunda fue la cultura recibida, recia y sólida su formación moral, y admirable el conocimiento psicológico de aquel pueblo, que había de encauzar, regir y limpiar de la herrumbre del vicio y de la ignorancia.

Maestro eminente, bastarían para acreditarlo dos de sus discípulos, honor de España y gloria, respectivamente, de las iglesias de Zaragoza y Toledo: San Braulio y San Ildefonso.

En el Seminario cristalizó el ideal de formación eclesiástica del Santo, y en sus libros dejó las lecciones admirables que explicaba en este verdadero taller de vocaciones sacerdotales. San Braulio fue el discípulo que más apremió a San Isidoro para que escribiera. Gracias a él tenemos las Etimologías. ¡Cuánto debemos agradecerle su insistencia!

A ruegos de San Fulgencio escribió el tratado de Oficios eclesiásticos, y a los de Santa Florentina el De la fe católica contra los judíos, obra de carácter apologético y acabada en su género.

En los Sinónimos expone el Santo, en forma dialogada, doctrinas morales y ascéticas, en tal forma que hacen del libro un verdadero Kempis.

En las Alegorías y en El Cantar de los Cantares luce el Santo su ciencia bíblica; en las Diferencias, la filológica; el físico se revela en el tratado de la Naturaleza de las cosas, y el historiador en el Cronicón Mundi, en la Historia de vándalos y suevos y en los Varones ilustres. Las Etimologías son índice, compendio y suma del saber del Santo. No tiene esta obra, como pudiera hacer creer su título, un mero carácter gramatical, es mucho más, es el estudio de las ciencias y de las cosas que las palabras significan. Relicario monumental en el que, ordenada y primorosamente, engarzó San Isidoro las reliquias del saber clásico y de la ciencia cristiana. Legado riquísimo que supieron estimar sus contemporáneos, y de cuyos tesoros vivieron la sociedad mozárabe y los reinos cristianos de la reconquista.

Bien merece el título de pedagogo inmortal quien supo influir de tal modo en la sociedad de su época, impulsar las ciencias humanas y divinas tan vigorosamente y estimular a sus coetáneos, que imitando su ejemplo, fundaron escuelas de altos estudios en Zaragoza y Toledo, Córdoba y Vich. Movimiento isidoriano se denominó el por él iniciado, y fue tan universal que la Liturgia y el Arte, el Derecho y la Teología, la Filosofía y las ciencias realistas, los estudios matemáticos y los lingüísticos, los ascéticos y místicos, renacieron vigorosamente merced al genio y al inconcebible trabajo del gran Doctor.

Dos acontecimientos históricos de gran influencia eclesiástica y política deben consignarse aquí, aunque de pasada. El Concilio II de Sevilla y el IV de Toledo. Ambos fueron presididos por el Santo, y ambos tienen capital importancia.

Al primero concurrió San Fulgencio, y en él se estudiaron y resolvieron puntos difíciles de disciplina eclesiástica, unos de carácter general, otros más concretos como los que fijan la jurisdicción episcopal o las normas reguladoras de la vida monástica.

El IV Concilio de Toledo es considerado como el más importante de los Concilios españoles. Los 75 cánones en él aprobados son tales que pasaron a ser de observancia general. Políticamente, bien pudo decir un historiador que aquella magna Asamblea echó las bases de la verdadera, primitiva, histórica y providencial constitución de España, de esas constituciones que escribe Dios con su dedo en el corazón de los pueblos.

Tres años más tarde, el 4 de abril del 636, moría en Sevilla nuestro Santo. Redempto, presbítero y testigo presencial de la enfermedad y muerte de San Isidoro, en carta dirigida a San Braulio, cuenta cómo presintió el Santo la época de su muerte y cómo aquellas virtudes heroicas que siempre había practicado las ejercitó con más perfección en los últimos tiempos de su vida. La caridad y la humildad brillaron sobre todas, y de ello fueron testigos los favorecidos con sus limosnas y cuantos arrasados en lágrimas presenciaron en la basílica de San Vicente el acto público de vestir el cilicio, recibir la ceniza y pedir perdón al pueblo y al clero. Sevilla guardó las preciadas reliquias del Santo durante cuatro siglos, y al cabo de ellos Fernando I de León obtuvo del rey moro de Sevilla que le hiciera donación del santo cuerpo.

En realidad, las reliquias prometidas por el moro fueron las de Santa Justa; pero cuando la embajada leonesa llegó a Sevilla Dios dispuso otra cosa, y reveló a San Alvito, Obispo de León, su voluntad de que se trajera el cuerpo del Santo Arzobispo. Así se hizo, y después de un viaje tan largo como triunfal llegó la comitiva a las márgenes del Duero (no se sabe el punto fijo), y allí salieron a recibir las reliquias el rey Fernando I, su esposa doña Sancha, sus hijos y sus hijas, que en unión de Obispos, Abades; nobleza y pueblo llegaron a la capital haciendo corte al Santo.

Aun despojando a la crónica de don Lucas de Tuy de sus evidentes exageraciones, no cabe duda que el viaje fue magnífico y piadoso. La entrada en León, apoteósica, y la generosidad del rey digna del Santo y del monarca.

Colocose el santo cuerpo en la iglesia que recibió su nombre, y que hasta entonces tenía el de San Juan Bautista. El rey ordenó que se hiciera nueva dedicación de la iglesia y que se consagrara en honor de San Isidoro. El día 21 de diciembre del 1063 se verificó la ceremonia, según consta en monumento lapidario que aún se conserva. Este mismo día otorgó un célebre privilegio a favor del templo, al que hace espléndidas donaciones de joyas inapreciables, perdidas muchas y algunas conservadas en museos o en la misma iglesia. No menos generosas son las rentas y posesiones que, desde aquel día, formaron parte de los bienes de la iglesia.

La devoción del pueblo al Santo fue grande, y los milagros con que él la pagó no fueron menores.

Los sucesores de Fernando I continuaron engrandeciendo su iglesia con dones y privilegios verdaderamente excepcionales.

Perdidas hoy las riquezas y los privilegios, conserva este hermoso templo el más rico de todos: la exposición del Santísimo Sacramento, que día y noche se muestra a la veneración de los fieles, teniendo por pedestal las reliquias del Santo Doctor, guardadas en dos arquetas magníficas. La interior es joya de arte románico, y la exterior es obra del siglo XIX, hecha por el platero leonés don Manuel Rebollo, por encargo de un caballero reconocido al Santo.

Un cabildo de canónigos regulares son los custodios de cuanto encierra la secular Colegiata de San Isidoro, panteón también de los reyes leoneses, y foco de cultura en pasados siglos, como lo prueba su rica e interesante biblioteca, formada por códices e incunables llenos de interés v de valor.

Dios quiera que pueda León celebrar, como lo desea, el XIII centenario de la muerte de San Isidoro en unión de Cartagena, que le tiene por hijo, y de Sevilla, que, en noble pugna con la anterior ciudad, también le hace suyo, y, sobre todo, lo fue, y muy mucho, durante la mayor parte de su fecunda vida. Qué dicha si todos a una pudiéramos, dentro de este año, hacernos eco, al pie de su sepulcro, del magnífico elogio que San Braulio hizo del Maestro, y con el que cerramos este artículo. Dice así: Tú eres gloria purísima de España, sostén de la Iglesia, luz que nunca se ha de apagar. Tus libros nos han llevado a la casa paterna cuando andábamos errantes y extraviados por la ciudad del mundo. Ellos nos dijeron quiénes éramos y dónde nos hallamos. Tú nos has enseñado las grandezas de la Patria, la descripción de los tiempos, el derecho de los sacerdotes y las cosas santas, la disciplina pública y la domestica, las causas, los nombres, los géneros, los nombres de los pueblos, las regiones, los lugares y todas las cosas del cielo y de la tierra.

MARI DÍAZ



















































 El Criterio.- J. Balmes

Mari-Díaz

 

El pasado año de 1943 celebró España la fecha gloriosa del centenario de un libro inmortal: «El Criterio» de Balmes, obra única y, todavía, no superada entre las de su género.

Los estudios y elogios que, en certámenes, revistas y periódicos se prodigaron a la obra de D. Jaime Balmes, seguramente habrán hecho abrir el libro a los que no le conocían y leerlo de nuevo, con deleite y provecho, a los que de antiguo habían saboreado sus doctrinas.

Porque «El Criterio», como el Kempis, es el libro siempre nuevo que, a cada lectura, descubre facetas no sospechadas.

Las circunstancias en que Balmes escribió la obra son las menos adecuadas para trabajos que, por el equilibrio y unidad que revelan, requieren profunda reflexión.

Envidiable característica de los hombres que, en áspera y constante lucha interior y exterior, logran tan perfecto dominio de sí, que les permite volar a esferas no turbadas por pasiones y pequeñeces, contemplar la verdad serenamente, adueñarse de ella y ponerla ante los ojos de los que, por sí mismos, no pueden o no quieren alcanzarla.

Díganlo «El Quijote», «El Cántico espiritual», «Los Nombres de Cristo», «Los Trabajos de Jesús», y aquel «Rimado de Palacio», sin duda concebido por D. Pero López de Ayala entre los hierros de la prisión de Óbidos.

Corría el año 1843. La regencia de Espartero iba a terminar.

En varios lugares, el pueblo alzó la llamada bandera centralista, pidiendo que una Junta Central asumiera el mando de España que detentaba el Duque de la Victoria.

Barcelona, uniendo a esta petición intereses y agravios propios, comenzó el 13 de agosto de 1843 el levantamiento, que terminó en 19 de noviembre con la capitulación y derrota de los sublevados.

Estos sucesos sorprendieron a Balmes en Barcelona, y, por dos veces, tuvo que salir de la ciudad.

La primera ausencia duró desde el 5 al 14 de agosto y la segunda desde el 1º de octubre hasta el 21 de noviembre, en que, rendida la capital, volvió a ella.

El carácter de la sublevación era marcadamente progresista, y aconsejaba la prudencia que hombres de la significación política de Balmes se pusieran a salvo, tanto más cuanto que a los peligros de la ideología se unían los del asedio y bombardeo que obligaron a muchos a salir de Barcelona.

Balmes ni en la primera ni en la segunda salida se alejó mucho. Dos fincas próximas, de amigos íntimos, se disputan el honor de haber hospedado, en estos días al filósofo: el Prat de Dalt, de San Feliu de Codinas, y el Cerdá de Centellas.

Parece que de ordinario vivía en el Prat de Dalt y aquí, en el segundo periodo de esta breve ausencia, escribió «El Criterio».

Balmes estaba enfermo y espiritualmente angustiado por la marcha desastrosa de la política nacional. En aquellos días los graves acontecimientos de Barcelona y el bombardeo de la ciudad, que oía y veía desde el Prat de Dalt, aumentaron su pena.

En tal estado de ánimo se recluyó en un aposento pequeño y escondido del Prat. El rosario, la biblia, el breviario y algunos libros fueron, en estos días de dolor, sus inseparables compañeros. Salía de la estrechez de esta celda únicamente para decir la Santa Misa, comer y dormir, y en el tiempo restante, oraba, meditaba y escribía.

«El Criterio» fue uno de los trabajos de estos días. Dice su biógrafo, García de los Santos, que lo escribió a modo de discurso, sin división de capítulos y sin consultar libros. La consulta de éstos y la división las hizo cuando en 1845 se decidió a publicarlo.

Que la afirmación de García de los Santos es cierta lo dice bien a las claras la admirable unidad del libro y la sencillez y naturalidad con que está escrito.

Es libro no sólo pensado, sino vivido; por eso dice el P. Casanova que, en cierto sentido, «El Criterio» es la autobiografía del filósofo de Vich.

Pensar bien interesa a todos, al hombre de ciencia y el de negocios, al artista y al agricultor, a los que estudian y a los que no pasan de los conocimientos elementales. El objeto del entendimiento es la verdad, pero encontrarla no es cosa fácil.

Una ciencia, especulativa y práctica a la vez, la Lógica es la encargada de dirigir las operaciones de la inteligencia para alcanzar la verdad de un modo fácil, metódico y sin error. Tradicionalmente viene colocándose en el umbral de la Filosofía a modo de obligada introducción. Si no faltan razones para ello, tampoco deja de haber argumentos en contra, de orden especulativo unos e hijos de la experiencia otros.

Los primeros los apuntó Balmes en el prólogo a la Filosofía elemental: no dudo que algunas de dichas reglas –se refiere a las que da la lógica para pensar bien- y las razones en que se fundan, se entienden mejor después de haber hecho estudios serios sobre la ideología y la psicología; y que en el orden analítico, estas dos ciencias preceden al arte de pensar, pero en los libros de enseñanza no se busca lo más filosófico, sino lo más útil para enseñar; por eso él se acomoda al uso corriente y abre con la Lógica su Filosofía elemental.

Prácticamente la experiencia le enseñó a dar a la lógica, tal como entonces se escribía y enseñaba, un valor relativo en orden al conocimiento de la verdad y a dudar de la eficacia de la dialéctica.

En el capítulo XV de «El Criterio» sintetizó su pensar sobre este punto: Cuando los autores tratan de esta operación del entendimiento -el raciocinio- amontonan muchas reglas para dirigirla, apoyándolas en algunos axiomas. No disputaré -dice- sobre la verdad de éstos; pero dudo mucho que la utilidad de aquéllas sea tanta como se ha pretendido.

Formaremos cabal concepto de la utilidad de dichas reglas si consideramos que quien raciocina no las recuerda si no se ve precisado a formular un argumento a la manera escolástica.

Por otra parte la sencillez de los silogismos que trae como ejemplos la Lógica es tal, que en la vida práctica no se encuentra nada que a ellos se parezca.

No es, sin embargo, Balmes tan escéptico que niegue a la dialéctica toda utilidad. Reconoce que da precisión al entendimiento, que su abandono en los discursos hace que, en muchos, no se encuentre más que palabras, que serían bellas si serlo pudieran palabras vacías. Hay, pues, que conservar las reglas dialécticas, no en toda su sequedad, pero sí en todo su vigor.

Nervos et ossa las llama Melchor Cano con mucha oportunidad. No se destruyan pues esos nervios y huesos; basta cubrirlos con piel blanda y colorada para que no repugne ni ofendan.

Esto último fue lo que Balmes hizo en «El Criterio». Animó y dio vida al esqueleto dialéctico, iluminó con luz alegre el camino que lleva a la verdad, suavizó la aspereza de la Lógica; la hizo amable y la puso al alcance de muchos que jamás se acercarían a la dialéctica en demanda de orientaciones ni reglas para pensar bien.

Dos son las partes fundamentales en que puede dividirse «El Criterio»: la que dice relación al entendimiento especulativo y la que se refiere al entendimiento práctico.

La primera es de mayor extensión; la segunda más reducida, pero no menos completa.

En el anuncio o prospecto del libro declara Balmes su propósito con estas palabras: El título de esta obra expresa claramente su objeto. En ella se hace un ensayo para dirigir las facultades del espíritu humano por un sistema diferente de los seguidos hasta ahora. En un conjunto de principios, de reglas y, sobre todo, de ejemplos en escena, se ha procurado hermanar la variedad con la unidad, lo ameno con lo útil. «El Criterio» es la expresión fiel de este propósito.

Abren el libro unas consideraciones sobre la verdad, los modos de conocerla y la naturaleza y condiciones de la atención, para entrar seguidamente en los problemas del ser y del conocer.

La teoría balmesiana del conocimiento, salvo pequeñas discrepancias, es la aristotélico-escolástica. Teoría armónica fuertemente asida a la realidad y a la experiencia en la que los problemas del ser y del conocer son correlativos; de aquí que la Lógica no deba desentenderse del problema metafísico del ser. Si lo hiciera quedaría sin base porque en las leyes metafísicas tienen sus raíces las normas lógicas.

Consecuente nuestro filósofo con estos principios, fija su mirada en el ser y trata en su libro las cuestiones de posibilidad, existencia y naturaleza de las cosas, enlazando con ellas la dirección de las facultades humanas. No olvida ninguna y para todas se encuentran normas directivas y avisos oportunos para evitar errores e ilusiones.

Sentidos externos, imaginación, memoria, percepción, juicio y raciocinio tienen en «El Criterio» una magnífica pedagogía.

La autoridad, imprescindible para adquirir conocimientos, fuente de donde procede la mayor parte de nuestra riqueza mental, la estudia Balmes en sus aspectos dogmáticos e históricos, dándola el valor que tiene, pero dejando al entendimiento libre y señor para, en las cosas que no son de fe, buscar la verdad por cuenta propia, sin desprecio de las opiniones de los sabios, pero sin jurar fácilmente en la palabra del maestro. Siempre será de actualidad cuanto dice sobre el valor del testimonio y las atinadas observaciones acerca de la historia, los periódicos y la prudencia científica.

No cabe en la obligada concisión de este artículo desentrañar lo que dice de los métodos de enseñanza e invención; ni analizar los capítulos que dedica a la filosofía de la historia y a la religión, encerrando en admirable síntesis su profundo conocimiento de estas materias.

La última parte del libro trata del entendimiento práctico. En un solo capitulo se echan las bases de un plan detallado y completo de formación moral. Tal vez esto pudiera parecer ajeno a la Lógica; no lo es en el pensamiento de Balmes claramente expresado en estas palabras: una buena lógica –dice- debiera comprender al hombre entero, porque la verdad está en relación con todas las facultades del hombre, y debe serlo para cuantos sepan que, excitadas por el conocer, surgen en el espíritu tendencias afectivas y volitivas, complemento de nuestra vida.

Las tendencias y emociones influyen en el curso de las ideas y éstas actúan sobre aquéllas, provocándolas, moderándolas o exaltándolas.

La pasión, el sentimiento y la voluntad debe regirlas la razón. Ellas son ciegas y necesitan luz, el entendimiento es frío y ha menester calor. Lo que por exigencias de nuestra limitada capacidad intelectual separa el análisis psicológico vive en el hombre en perfecta armonía y necesaria trabazón. Las relaciones entre las actividades cognoscitivas y las tendencias, bien conocidas de todos, justifican dentro de la lógica el tratado del entendimiento práctico, si no lo pidieran las necesidades del vivir diario que exigen llevar a la práctica los planes del entendimiento.

La mera lectura de los epígrafes de esta segunda parte de «El Criterio» es suficiente para conocer su importancia.

La dificultad de proponerse un fin y la elección de medios para llevarle a buen término; la utilidad del sentimiento y de la pasión o su influencia perniciosa en el curso de nuestras acciones; la virtud y el vicio; el conocimiento propio, la firmeza y fuerza de la voluntad y la sabiduría de la religión cristiana en la dirección de la conducta, son entre otros, los puntos fundamentales del tratado del entendimiento práctico que encierra una hermosa y científica pedagogía de la voluntad.

Hoy, que pasado el fervor positivista vuelve la filosofía a ocupar su puesto de honor entre las ciencias, se ha inventado, para llenar el vacío de conocimientos filosóficos elementales en los universitarios, la novísima disciplina intitulada Introducción a la filosofía, disciplina que, por lo general, es más difícil que la ciencia misma, ¿por qué para salvar esta laguna no se estudia «El Criterio»?

Lean con atención este áureo libro nuestras estudiantes de la universidad, enseñanza media y magisterio y encontrarán en él una sencilla Introducción a la filosofía, una admirable Lógica pedagógica y una preciosa Pedagogía lógica.









OBRAS DE S. JUAN DE LA CRUZ

 

La Iglesia celebra en este mes la fiesta del Místico Doctor San Juan de la Cruz, Carmelita Descalzo e insigne escritor. Aunque sus obras han sido muy propagadas y difundidas por la Orden Carmelitana, queremos facilitar a nuestros lectores el conocimiento de las mismas y con ese fin publicamos las siguientes notas bibliográficas o relaciones.

 

SUBIDA AL MONTE CARMELO. En realidad la “Subida al monte Carmelo” y la "Noche oscura” son dos partes de una misma obra de San Juan de la Cruz.

Comienza la SUBIDA AL MONTE CARMELO con una explicación del argumento del libro que está contenido en las ocho estrofas -liras de cinco versos- que el Santo pone a continuación y que promete declarar. La primera dice así:

En una noche oscura,

con ansias en amores inflamada.

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

Ni en la ”Subida” ni en “La noche” cumple el Santo la promesa que hace de comentar todas las estrofas. Sólo comenta tres. ¿Glosó las otras cinco? Es punto que la crítica no ha dilucidado, y, que, tal vez, nunca pueda aclarar.

El pensamiento fundamental del libro es guiar a las almas por el camino que lleva a la unión con Dios. El alma no puede unirse a Dios hasta que no se purifique de las aficiones ‘contrarias a Él, pues dos contrarios no pueden caber en un sujeto. La purificación tiene que ser del sentido y del espíritu, activa y pasiva. “La subida” trata de la activa.

Divide el Santo esta obra en tres libros. El primero comprende la purificación activa del sentido. En él estudia magistralmente los apetitos y los daños que sus desórdenes causan al alma. En los libros segundo y tercero trata de la purificación activa del espíritu.

Uno de los fines que el Santo se propuso al escribir la "Subida” fue guiar a las almas que aspiran a la perfección y no tienen maestros que sepan llevarlas.

 

NOCHE OSCURA. En realidad es la segunda parte de la SUBIDA AL MONTE CARMELO.

Encabeza la obra con una advertencia y pone al frente del libro las mismas estrofas que en la ”Subida”, pero advirtiendo que el alma las dice estando ya en la perfección, después de haber pasado por los trabajos y aprietos del angosto camino descrito en la ’Subida”.

Por medio de la metáfora de la “noche”, declara el Santo la purificación pasiva del alma, a quien Dios prepara para unirla a Sí en delicada y sublime unión de amor.

La obra está dividida en dos libros. En el primero estudia la purificación pasiva del sentido y en el segundo la del espíritu.

Los capítulos del primer libro tratan de los siete vicios capitales y son un prodigio de observación psicológica que dejan al descubierto las raíces más finas y ocultas de estas imperfecciones, las cuales ha de destruir la acción divina, si el alma no pone obstáculos.

La purificación pasiva del espíritu es más sutil e implacable que la del sentido. Maravillosamente la estudia el Santo en el libro segundo. Es de noche pero el alma presiente que va a amanecer, el Santo comienza a explicar la canción tercera y cuando esperamos la sublime declaración de los varios y admirables efectos de la iluminación espiritual y unión con Dios, que anunció en el prólogo, interrumpe la glosa y deja incompleto el libro.

La "Subida” y la “Noche” son las obras más profundas, sistemáticas y magistrales de San Juan de la Cruz. El esfuerzo inicial que para leerlas hagan las almas deseosas de perfección, quedará bien pronto compensado por el fruto que obtengan.

Las canciones son liras de cinco versos y literariamente de lo mejor que escribió el Santo. La prosa cual corresponde a una obra didáctica. Es clara, precisa, casi matemática y siempre castiza.

¿Cuándo escribió el Santo? Tal vez las canciones las concibió y acaso escribió en la cárcel de Toledo. La glosa, en el convento eremítico del Calvario, cerca de Beas del Segura, del que fue Prior en 1578 y 79, la continuó en Baeza y la terminó en 1783, en Granada, en el convento de Los Mártires, durante su priorato.

No hay autógrafos de estos libros, pero sí copias contemporáneas del Santo, que no ofrecen dudas sobre el autor de la obra.

 

CÁNTICO ESPIRITUAL. El Cántico Espiritual, es un admirable y sobrenatural diálogo entre el alma y Dios, entre la Esposa y el Esposo divino, análogo al “Cantar de los Cantares”, de Salomón, del que parecen traducción algunas estrofas.

Tienen un prólogo dirigido a la Madre Ana de Jesús, Carmelita descalza, a cuyos ruegos el Santo declaro el sentido místico de las celestiales estrofas del poema. Son éstas cuarenta, y todas ellas tienen su declaración. El Santo, en el argumento que precede a la glosa, explica el poema.

Las doce primeras canciones tratan de la vía purgativa, del dolor del alma por la ausencia del Amado, de las vehementes ansias de verlo y de las amorosas diligencias para hallarlo.

Desde la canción XII hasta la XVII, declara el desposorio espiritual. El alma, en sosiego, goza de los místicos regalos del Esposo. No habla de penas pero su cielo aún tiene alguna nubecilla inquietante. Desde la canción XVIII hasta la XL, el tono del poema sube, parecen las estrofas melodías arrancadas a liras celestiales por manos angélicas. En ellas se describe el más perfecto grado de amor de Dios a que el alma puede llegar en esta vida: el matrimonio espiritual.

El diálogo es un idilio sublime. Expresión lirica de un alma que, como la del Santo, había entrevisto la Belleza esencial.

Escribió San Juan de la Cruz las XVII primeras estrofas en la prisión de Toledo y las restantes en Baeza y Granada.

La glosa la hizo de una vez durante su estancia en Granada, en 1584. No mucho después introdujo variaciones accidentales en la primera redacción.

 

No se conserva autógrafo. Sí copias autorizadas de la época del Santo. La más importante la conservan las Carmelitas descalzas de Sanlúcar de Barrameda. Tiene notas marginales e interlineales de mano del autor.

El P. Silverio de Santa Teresa dice del CÁNTICO ESPIRITUAL que es un regalo de Dios a los hombres.

Recibámosle con interno agradecimiento, posemos en él los ojos, entren en la inteligencia, en el corazón y en la voluntad sus enseñanzas, para saborear, o por lo menos adquirir, alguna noticia de lo que pasa entre Dios y las almas que llegan a estos estados.

Literariamente es una joya,

 

LLAMA DE AMOR. Bien podemos decir que es el canto de cisne de San Juan de la Cruz.

Termina el “Cántico espiritual” dejando al alma el deseo de que el Esposo la lleve al glorioso Matrimonio espiritual de la iglesia triunfante, y nos parece que en este camino del espíritu se ha llegado al término, pero no es así. Dentro de este estado hay aquí, en la tierra, ansias, amores, deleites, elevaciones y presentimientos más hondos, delicados y penetrantes que los descritos en el “Cántico”: son los declarados en la LLAMA DE AMOR VIVA.

El alma vive feliz en brazos de Dios, en paz deleitosa no turbada por ninguna clase de enemigos, y disfrutando, en lo más profundo del espíritu, de la comunicación inefable de la Santísima Trinidad. Siente el suave y fuerte cautiverio de amor, vislumbra el cielo y prorrumpe en los abrasados apóstrofes de las cuatro canciones de la "Llama”.

San Juan de la Cruz las glosa todas, dándonos un tratado completo de estas elevadas comunicaciones divinas.

Escribió la "Llama” en quince días, a ruegos de doña Ana de Peñalosa, dama segoviana que conoció el Santo en Granada, y en 1586 ya estaba escrita.

Parece probado que el Santo hizo dos redacciones. No hay autógrafo, pero sí copias de la época. Una de ellas, la conservada en la Biblioteca Nacional, lleva la firma del Santo.

Literariamente este tratado es valiosísimo. Los endecasílabos de las liras, en que las canciones están escritas, son, aparte de la sublimidad y belleza del pensamiento, verdaderamente deliciosos.

La prosa se eleva y participa de la belleza que irradian las ardientes estrofas de la "Llama", salidas del alma deificada del Santo, que en ardoroso apóstrofe pide que se "rompan” las telas que impiden el dulce encuentro con el Esposo celestial.

 

LAS CAUTELAS. La modalidad sintética del entendimiento de San Juan de la Cruz, claramente manifestada en la recia unidad que preside las concepciones de las obras arriba descritas, se acentúa en sus escritos cortos que encierran pensamientos profundos en breves sentencias.

De este estilo son LAS CAUTELAS. Van dirigidas a los religiosos que deseen llegar en breve a la perfección.

Son nueve: tres para vencer al demonio, tres al mundo y tres a la carne.

Sólo quien reunió en sí tan gran caudal de experiencia propia y ajena y tan profundo conocimiento de la visa religiosa, pudo escribir estos avisos llenos de espíritu y de prudente sagacidad.

Las escribió el Santo en 1568, cuando se retiró al convento del Calvario.

No se conservan autógrafos.

 

AVISOS. San Juan de la Cruz, según atestiguan las religiosas y religiosos que le conocieron, tenía costumbre de escribir a sus dirigidos sentencias breves, en las que engastaba hermosos pensamientos y consejos espirituales.

Gran parte de este tesoro se ha perdido, pero por fortuna se conserva un autógrafo del Santo en el que reúne muchos de ellos. Van precedidos de un prólogo que comienza así:

También ¡oh Dios y deleite mío! en estos dichos de luz y de amor de Ti se quiso mi alma emplear por amor de Ti.

No hay que decir que fueron escritos estos consejos en tiempos distintos.

En 1918 el poseedor del autógrafo, don Rafael Pérez de Vargas, conde de la Quintería, donó esta preciosa reliquia a la Parroquia de Santa María la Mayor, de Andújar.

 

CONSEJOS A UN RELIGIOSO PARA ALCANZAR LA PERFECCIÓN. Un religioso pidió al Santo normas para adelantar en la perfección, y San Juan de la Cruz, en un escrito breve, semejante a las "Cautelas”, condensa la doctrina referente a la resignación, mortificación, ejercicios de virtudes, soledad espiritual y corporal, escalones que debe subir el religioso para responder a lo que pide su santa vocación.

Se ignora cuándo los escribió el místico Doctor y quién fue el religioso favorecido por este regalo. No se conserva el autógrafo.

 

EPISTOLARIO. Es reducidísimo. Veintiséis cartas, de algunas sólo fragmentos, inserta el P. Silverio de Santa Teresa en la edición critica de las obras de San Juan de la Cruz.

¿Es que el Santo no escribió más? Es indudable que escribió muchas, pero circunstancias harto dolorosas obligaron a sus poseedores a destruirlas.

Las escritas por fray Juan durante la época de la persecución de los Padres Calzados es natural que se destruyeran. Otras lo fueron después del capítulo que los Descalzos celebraron en Madrid, en 1591. San Juan de la Cruz era un carácter y mantuvo, en ciertos puntos, posiciones bien diferentes v opuestas a las del P. General. Esto le valió una segunda persecución y las religiosas y religiosos que conservaban cartas del Santo tuvieron que destruirlas, porque también a ellos llegaron chispazos de los sufrimientos del Santo Reformador.

Si el Santo Doctor no hubiera quemado las que tenia de Santa Teresa, por las de la Reformadora hubiéramos conocido, en parte, las del Santo, pero ni de unas ni de otras ha quedado nada.

El celo de San Juan de la Cruz se ejercitó especialmente en la dirección espiritual de las almas. Las declaraciones de sus poesías fueron hechas a instancias de sus dirigidos o dirigidas. Las cartas que conocemos responden también a esta misión que llenó cumplidamente desde que, a los veintiséis años de edad, Santa Teresa le eligió para confesar a las monjas de la Encarnación, de Ávila.

De las veintiséis cartas que conocemos, diecisiete van dirigidas a Carmelitas descalzas, cinco a religiosos de su Orden y cuatro a distintas señoras.

El estilo no tiene ni la soltura ni la gracia del de la Santa, pero revela bien el endiosamiento del alma de San Juan y su corazón austero, mortificado, pero afectuoso, ya que el orden y perfección en el sentimiento y en el amor los afina y espiritualiza, pero no los extingue.

 

POESIAS. San Juan de la Cruz fue excelso poeta. Reunía cuanto para serlo es menester. Elevado entendimiento, natural sensible a la belleza, gusto estético, afinado en estudios y lecturas, corazón hecho para amores divinos, inspiración elevada y facilidad para aprisionar pensamientos profundos y sobrenaturales e idílicos amores en formas literarias exquisitamente delicadas, armoniosas y bellas.

Sus mejores poesías son las liricas que encabezan la Subida y Noche, el Cantico espiritual y la Llama de Amor viva. Siguen a éstas las coplas hechas sobre un éxtasis de alta contemplación, que comienzan así:

Entréme donde no supe,

Y quedéme no sabiendo

Toda sciencia trascendiendo.

Al igual que Santa Teresa glosó el

Vivo sin vivir en mí,

Y de tal manera espero que,

Muero porque no muero.

La del pastorcico, que dice:

Un pastorcico solo está penado...

Las coplas que comienzan:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,

… … … … … … … … … … … … … … …

Que bien se yo do tiene su manida,

Aunque es de noche.

Tiene además nueve romances glosando el Evangelio de San Juan "In principio erat Verbum” y otra glosa del salmo “Super flumina Babilonis”.

No se conservan autógrafos de las poesías, pero las copias contemporáneas y los testimonios de la época son tan seguros en atribuir al Santo las anteriormente citadas, que no cabe duda sobre su autenticidad.

M.a D. J.













Comentarios

  1. Artículos publicados en el Boletín de la Institución Teresiana (BIT) durante más de 25 años.

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