Artículos de MARÍA DÍAZ-JIMÉNEZ MOLLEDA en el Boletín de la I.T. (1920-1946)
ARTÍCULOS DE M.ª DÍAZ-JIMÉNEZ MOLLEDA (1884-1946) EN EL B.I.T.
1. Ideas pedagógicas de Balmes (FEB20-ABR20: N.º 63-65) Firmado: “María del Rosario Díaz-Jiménez y Molleda”
2. El Padre Fray José de Sigüenza (MAR23: N.º 100) Firmado: “María Díaz Giménez”
3. Estudiando a Santa Teresa (JUN23, NOV23, MAR24, OCT24: N.º 103, 108, 112, 119) Firmado: 1º y 4º “María Díaz Giménez”, 2º y 3º “Una Teresiana”
4. León (JUL23-SEP23: N.º 104-106) Firmado: “Una Teresiana”
5. Pedagogía Teresiana (OCT26-MAR27, MAY27-OCT27, AGO28: N.º 143-148, 150-155, 165) Firmado: “María Díaz Jiménez”
6. Pestalozzi (ABR27: N.º 149) Firmado: “M.ª. Díaz Jiménez Molleda”
7. Algo fundamental en la Pedagogía (NOV28: N.º 168) Firmado: “María Díaz Jiménez”
8. La educación de la voluntad (ENE29: N.º 170) Firmado: “María Díaz Jiménez”
9. En el primer centenario de León Tolstoi (ABR29: N.º 173) Firmado: “María Díaz-Giménez”
10. Covadonga (SEP29: N.º 178) Firmado: “M. Díaz Jiménez”
11. Enseñanza de la Religión (DIC29-ENE30: N.º 181-182) “Trabajo leído por su autora, Srta. Díaz Jiménez, en la III Asamblea de Cooperadoras Técnicas”
12. Via Crucis. XII Estación (ABR30: N.º 185) Rubricado
13. San Agustín (MAY30: N.º 186) Firmado: “María Díaz Jiménez”
14. Orientación femenina (JUL30: N.º 188) Rubricado
15. Página pedagógica (el dolor) (OCT30: N.º 191) Rubricado
16. Bruselas: I Congreso Internacional de 2ª Enseñanza Libre (OCT30: N.º 191) Sin firma
17. Notas de excursión: De Ávila a Salamanca (NOV30: N.º 192) Firmado: “Una excursionista”
18. Coronación de la Virgen del Camino (DIC30: N.º 193) Firmado: “M.ª Díaz Jiménez”
19. A los pies de la Milagrosa (1830-1930) (FEB31: N.º 195) Rubricado
20. Resurrexit (MAR31: N.º 196) Rubricado
21. Bruselas. Reales museos del cincuentenario (ABR31: N.º 197) Rubricado
22. Amberes. Exposición 1930 (JUN-JUL31: N.º 199) Firmado: “María Díaz”
23. Lieja. Exposición 1930 (AGO-SEP31: N.º 200) Rubricado
24. La pantalla en la escuela: Salamanca (NOV31: N.º 202) Firmado: “M. D. J.”
25. La Verónica (MAR32: N.º 206) Firmado: “Rosario Díaz”
26. In memoriam. Isabel del Castillo Arista (ABR32: N.º 207) Firmado “M.ª. D. J.”
27. La buena prensa (JUL32: N.º 210) Firmado: “Mari-Díaz”
28. La Exposición Nacional de Bellas Artes (JUL32: N.º 210) Firmado “D. Jiménez”
29. Un hecho histórico (AGO32: N.º 211) Firmado: “Mari-Díaz”
30. Fémina inquieta y andariega (OCT32: N.º 213) Firmado: “Mari-Díaz”
31. Hoja de calendario. 25 Noviembre. Santa Catalina de Alejandría (NOV32: N.º 214) Firmado: “Mari Díaz”
32. Ante un museo. San Marcos, de León. (ENE33: N.º 216) Firmado: “Mari Díaz”
33. Santo Rostro (ABR33: N.º 219) Firmado: “Mari Díaz”
34. D. Rufino Blanco y Sánchez (DIC33: N.º 227) Firmado: “Mari-Díaz”
35. Pintura sevillana (FEB34: N.º 229) Firmado: “Mari-Díaz”
36. Peregrinación Teresiana a Roma (ABR34: N.º 231) Firmado: “Mari-Díaz”
37. El pensamiento pedagógico y la obra educativa del Beato Antonio María Claret (JUL34: N.º 234) Firmado: “Mari-Díaz”
38. La Institución Teresiana en Covadonga (AGO-SEP34: N.º 235) Firmado: Mari Díaz
39. La alegría, medio eminentemente educador. Pedagogía de San Juan Bosco (OCT34: N.º 236) Firmado: “Mari-Díaz”
40. El Reverendo Padre Ramón Ruíz Amado (ENE35: N.º 239) Firmado: “Mari Díaz”
41. El Criterio (MAR35: N.º 241) Firmado: “Mari-Díaz”
42. Los imagineros del dolor de María (ABR35: N.º 242) Rubricado
43. La Religión demostrada al alcance de los niños (JUN35: N.º 244) Rubricado
44. Después de un centenario. Lope de Vega (SEP35: N.º 246) Rubricado
45. Pedagogía católica (MAR36: N.º 252) Firmado: “Mari-Díaz”
46. San Isidoro de Sevilla (ABR36: N.º 253) Firmado: “Mari Díaz”
47. El Padre Manjón (OCT38: N.º 258) Firmado: “María Díaz Jiménez”
48. El Pontificado. La historia de Pio XI en la Iglesia (MAR-ABR39: N.º 261) Firmado: “Mari Díaz”
49. El busto del Padre Poveda de Víctor de los Ríos (MAY40: N.º 269) Firmado: “Mari Díaz”
50. A S. M. D. Alfonso XIII (MAR41: N.º 278) Sin firma
51. La iniciación literaria en la escuela (ABR41: N.º 279) Firmado: “Mari Díaz”
52. España en nuestro boletín (MAY41: N.º 280) Firmado: “Mari Díaz”
53. Assumpta est: La fiesta asuncionista en León (SEP41: N.º 283) Firmado: “Mari-Díaz”
54. La Exposición Nacional de Bellas Artes 1941 (NOV41: N.º 285) Firmado: “Mari-Díaz”
55. IV centenario del nacimiento de S. Juan de la Cruz (JUN42: N.º 292) Firmado: “María Díaz-Jiménez”
56. Polvillo de oro (DIC42: N.º 297) Firmado: “M.ª Díaz Jiménez”
57. La figura completa del Padre Poveda de Víctor de los Ríos (MAR43: N.º 300) Sin firma
58. El criterio.- J. Balmes (FEB44: N.º 311) Firmado: “Mari-Díaz”
59. Assumpta est: Notas asuncionistas.- León (OCT46: N.º 342) Firmado: “M. D. J.”
60. Obras de S. Juan de la Cruz (NOV46: N.º 343) Firmado: “M.ª D. J.”
El Padre Fray José de Sigüenza
Felipe II, aquel gran conocedor
de hombres y justipreciador de méritos, decía, que no había visto El Escorial
el que salía del Monasterio sin conocer a su primer bibliotecario, el Padre José
de Sigüenza.
Glosando el dicho del Rey, y
trayéndole a nuestro propósito, bien podemos afirmar que no conocen cosa buena
los que, en sus excursiones por el tan extenso como inexplorado campo de la Historia
de la Pedagogía española, no tuvieron la suerte de tropezar con la Instrucción de maestros y escuela de novicios,
del ilustre fraile jerónimo.
Es el librito guía, no sólo del
religioso, a quien la obediencia hace maestro y forjador de almas que buscan
ideales de perfección altísima, sino de los que, fuera del claustro, han de
ejercer el ministerio de la educación en los grados inferiores de la misma; y
esto, porque siendo, en lo esencial, uno el problema educativo e iguales las
naturalezas de los que aspiran a perfeccionarse, fuerza es que los maestros tengan
puntos de vista idénticos y normas comunes de formación. De aquí le viene al
tratado del P. Sigüenza su marcado sabor pedagógico y el no pequeño interés que
tiene para el maestro la doctrina que encierra, tan firme e inconmovible como
lo son las bases éticas, psicológicas y teológicas en que se funda.
De los cuatro tratados en que se
divide el opúsculo, el primero es el que hace a nuestro objeto. Pondera en él
la importancia que tiene el cargo de maestro, y nota, agudísimamente, que, de
las dificultades que trae consigo, son arduas y difíciles las que nacen de la
misma naturaleza de la educación que pide dos suertes de operaciones: arrancar
vicios y plantar virtudes; pero con serlo éstas mucho, la que pone espanto es
la de que, siendo una misma la doctrina que ha de enseñarse y diferentes las condiciones
de los que aprenden, tiene el maestro que adaptarla según las distintas
cualidades y variedad de los ingenios, adaptación que requiere observación
individual delicadísima y habilidad didáctica consumada .
Dejemos la palabra al Maestro: Assí, pues, los que a su cargo tienen el
govierno y enseñanza de algunos súbditos y discípulos, es necesario que, según
la diversidad de los sugetos, apliquen la doctrina que enseñan, que es el mantenimiento
con que se sustenta y recibe aumento de virtudes el alma.
De tal manera, que, aunque las virtudes que enseñan, en la substancia
se ayan de enseñar unas mismas a todos, sea diverso el modo de enseñarlas, haviendose,
en este particular, el maestro, como el cocinero industrioso, que de un mismo
manjar haze para diversos gustos diferentes guisados. Porque, entre los que han
de recibir el pasto de la doctrina, qual ha menester ruegos, qual amenazas; a
éste le mueven promessas; al otro castigos; uno tiene necessidad de freno, y
otro de espuela... Porque ingenios ay que quieren ser convencidos con razones; otros
movidos con ruegos, y otros compelidos con reprehensiones... Y si no se le
aplica a cada cual el govierno y doctrina conforme su naturaleza lo pide, passa
peligro que les haga daño lo que se les enseña por su provecho. Y en acertar
este modo, o a lo menos en no errarle por culpa suya, va la vida del alma de
los que enseñan, pues es precisa obligación de su oficio, y el aprovechamiento,
o pérdida de los que son enseñados (1).
¿Cabe tratar con más clarividencia
el problema de la adaptación, ni pedir respeto mayor a la individualidad, ni
hacer llamada más fuerte a la conciencia del maestro para que la estudie, pues en acertar este modo, o a lo menos en no
errarle por negligencia, va, no sólo el aprovechamiento del discípulo, sino la vida del alma de los que enseñan? A
buen seguro que, de conocer mejor a nuestros escritores, no daríamos por
nuevas, teorías que, por el solo hecho de tener marca extranjera, pasan por
novedades.
Y ponderada la importancia de la
misión y señaladas las dificultades que en ella se encuentran, obligación es de
los superiores elegir maestros idóneos, y de los súbditos aceptar el cargo, cuando
reúnan condiciones para él, sin que el egoísmo, la pusilanimidad ni el amor propio
los retraiga de ejercer un apostolado para el que son menester cualidades no
vulgares, no sea que apartándose de él los dignos, sean los ineptos y viciosos
los que tengan que formar a la juventud. Bien puede llamarse de oro el capítulo
(2) en que el Padre Sigüenza trata este punto, que, meditado y contemplado a la
luz de las razones que el clásico historiador expone, es buen despertador de
vocaciones reflexivas y serias.
Y, vista la gran dificultad del oficio de los maestros y la estrecha
obligación que ay de aceptarle viene a señalar las condiciones que deben
reunir, comenzando por aplicar y comentar los títulos que Jesucristo lee dio en
el Evangelio y los que en varios pasajes de la Sagrada Escritura se encuentran.
Quieren que sean sal de la tierra para
saborear con su prudencia lo desabrido de las virtudes, que a los principiantes
les parecen desabridas y amargas; luz
que destierre la ignorancia; ciudad
asentada en la cumbre del monte, para servir de refugio; antorcha encendida en lumbre de caridad; padres en el afecto; pastores
en la vigilancia, y ángeles que, el
guardar y vigilar a los hombres, no les quite de mirar a Dios. Experimentados, para
conocer en sí las enfermedades de los discípulos, compadecerlas y poner remedio
en tiempo y ocasión oportunos. Sabios, para ilustrar, y buenos, porque no hay
sabiduría verdadera sin bondad. Para entender
esto, deben advertir los maestros, que la sciencia que han de tener ha de ser
efectiva, no tanto de lo que son las virtudes, cuanto de la plática y
exercicios que se requiere para alcançarlas. Y esta manera de sciencia no se
alcança sino exercitándolas; y por esso diximos que la bondad (la cual consiste
en este exercicio) es necessaria para esta manera de sciencia, especialmente,
que los maestros han de ser sal, dando sabor a lo que parece desabrido y amargo
en las virtudes; y esto se haze, dando a entender a los que no las han gustado,
la suavidad y dulçura que con el ejercicio se viene a hallar en ellas; y mal
podrá dar a entender a otros la suavidad deste gusto, el que, por experiencia,
nunca supo a qué sabe...; porque, en las cosas divinas, el conocimiento afectivo
ha de entrar por el gusto (3) .
Dechado y modelo de virtudes ha de
ser el maestro, pues que la fuerza irresistible del ejemplo es decisiva, ya que
al vivir la doctrina enseñada comprende el discípulo la posibilidad de llevarla
a la práctica, y pierde el miedo a los dos leoncillos
que en los comienzos de la virtud le atemorizan: lo arduo de la empresa y la
dificultad de la perseverancia. Razones sólidas y ejemplos sugestivos aduce el
Padre Sigüenza en los capítulos que dedica a este asunto; pero donde, por
decirlo así, llega a la cumbre de lo pedagógico es al tratar Del zelo que han de tener los maestros y de
la discreción con que le han de templar.
Y aquí, dejaría yo la pluma para
poner el libro en manos del lector, pues merece leerse íntegro el capítulo en que,
el sabio fraile, expone la teoría más luminosa, más psicológica, más caritativa
y más bella para la justa aplicación del castigo.
Tienen, pues, los maestros de novicios obligación de ser en el zelo que
tienen tan discretos, que no todo lo riñan, porque no se hagan aborrescibles; ni
todo lo disimulen, porque no relaxen el rigor de la disciplina monástica; sino que,
miradas con prudencia las ocasiones, la gravedad de la culpa, la calidad del
sugeto, las circunstancias del tiempo, del lugar y de las personas, reprehendan
o dissimulen la falta, según les pareciere convenir al provecho común o
particular (4).
Deben disimularse las faltas cuando del castigarlas se ha de seguir más
daño que provecho, o porque el delincuente esté apasionado, o cuando es de
condición vergonzoso, y está de tal manera enmendado,
que el dissimularle la falta ha de ser motivo de mayor aprovechamiento.
Otras, aunque se entiendan, se
han de tolerar hasta que haya oportunidad de corregirlas.
Porque assí como el abrir la llaga fuera de ocasión y tiempo es causa
de que se exulcere y crezca el daño, assí también las reprehensiones y castigos
(que son medicinas para curar las culpas), quando no se aguarda oportunidad
para ellas, suelen exasperar y convertirse en ponzoña...
Otras deben inquirirse las faltas sutilmente. Para llegar a entenderlas
y remediarlas...
Otras faltas ay que deben ser reprehendidas ligeramente, y éstas son
las que se cometen o Por ignorancia o por flaqueza..., porque a éstas están los
hombres tan sugetos, que apenas pueden librarse de ellas; y assí, o no es
hombre, o, a lo menos, no lo considera el que no se compadece de esta manera de
culpas (5). Y, por último, al llegar el momento de la reprensión, recomienda
que se haga en términos correctos y sin usar palabras afrentosas. Porque no sirven semejantes términos si no
de exasperar al delincuente y de hazer que aparte el entendimiento de la
gravedad de la culpa, poniéndole en el mal término y poca caridad del maestro o
prelado. Y como fin de la
reprehensión sea quedar el delincuente conocido y enmendado, queda por este camino
tan lexos de enmendarse y conocerse quán cerca de cometer nuevas culpas, aborreciendo
a quien tan mal término tuvo en reprehender las ya cometidas...
María Díaz Giménez.
(1) Instrucción del maestro, etc. Tratado I, cap. II. Véase Bibliografía pedagógica. R. Blanco. Tomo
III. pág. 718.
(2) Cap. III. Véase Bibliografía pedagógica. Tomo III. pág.
720.
(3) Bibliografía pedagógica. Tomo III, pág. 727.
(4) Bibliografía pedagógica. Tomo III, pág. 733.
(5) Bibliografía pedagógica. Tomo III, páginas 734 y 735.
Estudiando a Santa
Teresa
La claridad es tal vez una de las
propiedades que más avaloran los escritos de Santa Teresa de Jesús.
Claridad difícil, dada la
naturaleza de los asuntos que trata: psicológicos unos, sobrenaturales y
extraordinarios los más, todos de los que el declararlos con palabra humana es
tan dificultoso y arduo, que pocos filósofos y místicos son fácilmente inteligibles
para la mayoría de las gentes.
No peca por esto la Santa. Su
decir es de una transparencia y lucidez insuperables, llegando en la
declaración de las más delicadas operaciones psicológicas y místicas a tan
extraordinaria precisión, que parece imposible que, mujer y no letrada, pudiera
vulgarizar lo que, o toca los límites superiores del conocer humano, o los
rebasa.
Nuestro entendimiento, en su
vivir actual, no conoce, directa ni inmediatamente, lo suprasensible; pero,
existiendo semejanzas y contrastes entre lo material y lo espiritual, se apoya
en lo primero para elevarse a lo segundo, y adquirir de ello conocimientos
negativos o analógicos. De aquí que, espontáneamente, surjan en la literatura
la metáfora, el símil, la alegoría, y que en la didáctica hayan tomado carta de
naturaleza la comparación, el apólogo y la parábola para declarar lo
desconocido, y aún más lo que toca al orden espiritual.
La Santa maneja admirablemente la
comparación. Con fina mirada penetra en lo material, sorprende semejanzas,
descubre los hilos misteriosos que unen las cosas terrenas con las espirituales
y sensibiliza, con acierto increíble, lo que ni el ojo vio ni el oído oyó.
Abunda tanto en sus escritos la
comparación, que llega a constituir un método.
Muchas de ellas son originales;
otras, no; pero todas van con el sello inconfundible de aquel entendimiento preclaro
que se educó en la escuela divina de las más subidas comunicaciones
celestiales.
Son tan elevados los asuntos que
trata, que, a veces, no la contentan las cosas de aquí abajo para explicar las
del cielo:
"... porque son muy bajas
las cosas de la tierra para este fin" (1).
"Riéndome estoy -dice- de
estas comparaciones, que no me contentan; mas no sé otras" (2).
"No sé comparación que poner
que cuadre" (3);
y así, por este estilo, se queja
la Santa Madre en no pocos lugares de sus obras, de no hallar símiles
adecuados. Con todo, reconoce que son precisos y los prodiga oportunísimamente,
diciendo con gracia:
"Habré de aprovecharme de
alguna comparación, aunque yo las quisiera excusar por ser mujer, y escribir
simplemente lo que me mandan; mas este lenguaje de espíritu es tan malo de declarar,
a los que no saben letras, como yo, que habré de buscar algún modo, y podrá ser
las menos veces acierte a que venga bien la comparación: servirá de dar
recreación a vuestra merced de ver tanta torpeza" (4).
Ama la Naturaleza, la admira y de
ella toma la mayor parte de los símiles:
"Mucho valiera aquí poder
hablar con quien supiera filosofía, porque, sabiendo las propiedades de las
cosas, supiérame declarar; que me voy regalando en ello y no lo sé decir, y
aun, por ventura, no lo sé entender" (5).
"Que en todas (las cosas)
que crio tan gran Dios, tan sabio, debe haber hartos secretos de que nos
podemos aprovechar, y así lo hacen los que lo entienden, aunque creo que en
cada cosita que Dios crio hay más de lo que se entiende, aunque sea una
hormiguita" (6).
Entre las comparaciones que toma
de la Naturaleza son preciosas la de las cuatro maneras de regar el huerto, con
las que explica los grados de oración (7); la de las propiedades del agua, de
que se sirve para declarar las que tiene el agua viva de las consolaciones
celestiales (8) y la delicadísima del gusano de seda, que trae en la oración de
unión (9).
Fue la vida de la Santa ruda
batalla, continua pelea; es la vida espiritual lucha y vencimiento; así que las
comparaciones bélicas la sirven muchas para aclarar conceptos.
Muy adecuada y lindísima es la
del alférez que en la batalla lleva la bandera,
"que no se puede defender,
y, aunque le hagan pedazos, no la puede dejar de las manos. Así, los contemplativos
han de llevar levantada la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes les
dieren sin dar ninguno" (10);
y la que trae para explicar cómo
los que llegan a las séptimas moradas es lo más ordinario que tengan paz,
aunque las potencias guerreen (11).
Para declarar que en la visión
intelectual Dios muestra al alma sus riquezas, sin que después el alma sepa
decirlas, aunque le quedan bien escritas en su interior, recuerda el aposento
que la mostró la duquesa de Alba, lleno de objetos raros y preciosos; pero
tantos en número, que en detalle no le quedó memoria, "mas por junto acuérdase
que lo vio" (12).
Comparaciones emplea, hijas de su
inventiva, como la que trae para notar las diferencias que hay entre contentos
y gustos espirituales, y, por último, en Las
Moradas, una comparación la sirve para estudiar divinamente los grados de
oración y perfección del alma, que compara a “un castillo, todo de un diamante
o muy claro cristal, adonde hay muchos aposentos", que la Santa muestra en
el más hermoso de sus libros, haciendo que el embelesado lector la siga en
aquella ascensión admirable y llegue a la séptima morada, cielo del alma,
deseando, si no pasar por esos estados de espíritu, porque los más de ellos los
da el Señor a quien le place, al menos, disponerse para beber del agua viva que
seguramente ha de encontrar en el camino.
María Díaz Giménez.
(1) M. quintas, cap. I.
(2) M. séptimas, cap. II.
(3) M. sextas, cap. II.
(4) Vida, cap. II.
(5) C. de P., cap. XIX.
(6) M. cuartas, cap. II.
(7) Vida, cap. XI.
(8) C. de P., cap. XIX.
(9) M. quintas, cap. II.
(10) C. de P., cap. XVIII.
(11) M. séptimas, cap. II.
(12) M. cuartas, cap. II.
Son las cinco de la mañana cuando
el tren hace alto en la estación del Norte, situada al Poniente de la
población. Desechados los coches que a competencia nos ofrecen, comenzamos a
saborear, desde el momento de nuestra llegada, cuanto León tiene de
interesante.
Apenas cruzado el puente que une
las márgenes del Bernesga, la estatua de Guzmán el Bueno, con su actitud
expresivamente trágica, parece advertir al forastero que pisa tierra de héroes.
La calle de Ordeño II y el modernismo
ensanche pregonan el nuevo resurgir de la ciudad: la iglesia de San Marcelo, la
fe de los leoneses, que ya en el siglo III sellaron con el martirio la verdad
de sus creencias. Más allá, a la entrada de la calle de Fernando Merino, la
españolísima arquitectura del palacio de los Guzmanes, hoy Diputación
Provincial, evoca el recuerdo de la noble familia que, con las de los
Villapérez, Osorio, Villafáñez y Luna, actuaron en hechos gloriosos de la
Historia patria.
Entretenidas con tantos recuerdos,
llegamos al extremo oriental de la calle de Fernando Merino, donde, en
anchurosa plaza, alza su ligera fábrica la Catedral. Lo acertado de su emplazamiento
permite abarcar de un solo golpe de vista dos de sus cuatro fachadas: la principal,
que mira al Poniente, y la del Obispo, que corre al Mediodía.
Dos torres, que dejan exento
calado y primoroso hastial y un triple pórtico, forman la primera; un hastial,
idéntico al anterior, y tres puertas se destacan hacia el promedio de la
segunda.
El ábside semeja primoroso farol
que interrumpe la severa línea de murallas que aún defienden la ciudad por el
lado oriental.
Sin fijarnos en detalles queremos
penetrar en el interior del edificio y, decididas, nos dirigimos al pórtico
principal; pero ¿quién no hace alto para corresponder con una mirada a la
dulcísima que la Virgen de la Blanca nos dirige? ¿Cómo no alzar los ojos al
tímpano de la puerta central?
En más de medio relieve, y con
sorprendente realismo, se desarrolla en él la escena del Juicio final.
En la parte central se destaca la
figura del Salvador mostrando sus llagas a justos y pecadores; dos ángeles
sostienen los instrumentos de la pasión, y a los lados, la Santísima Virgen y
San Juan se inclinan en actitud suplicante. En la parte inferior, el Arcángel
San Miguel sostiene la simbólica balanza de la Justicia; a la derecha, los
justos se gozan de su triunfo y entonan cánticos, que un ángel acompaña tocando
curioso órgano medioeval; a la izquierda, los réprobos caen en el líquido
hirviente de enormes calderas o son tragados por monstruos espantables.
No menos bellas son las otras dos
puertas de esta fachada. La del Sur o de San Francisco ostenta en el tímpano
hermoso relieve con el tránsito de la Santísima Virgen y su coronación. El
primer asunto ocupa la parte inferior y representa el momento en que el
virginal cuerpo de Nuestra Señora va a ser depositado en el Sepulcro. Yace el
santo cadáver tendido sobre un paño y rodeado de los Apóstoles, que se disponen
a colocarlo en un sarcófago de piedra sostenido por dos ángeles. En la parte
superior, la Virgen, de rodillas a la derecha de su Santísimo Hijo, recibe la
corona de Reina; ángeles y vírgenes contemplan, gozosos, desde la triple línea
de la archivolta, la glorificación de la Madre de Dios.
La puerta del Norte o de San Juan
tiene representados asuntos de la vida del Salvador y de la Virgen. Curiosas en
extremo y ricas en detalles son las figuras que ornan la archivolta. Numerosas
estatuas ocupan los pilares del pórtico y los lados de las puertas. Un pilar
aislado, en el que se lee la inscripción Locus
apellationis, recuerda el lugar donde, conforme a lo instituido en el fuero
de 1020, se administraba justicia.
El pórtico de la fachada del
Obispo, aunque con ornamentación más sobria que el anterior, es muy bello. La
puerta central tiene, en su parteluz, la estatua de San Froilán, Obispo y Patrono
de la diócesis. En el tímpano, el Salvador, sentado y en actitud de bendecir,
se destaca en medio de los Evangelistas, que, sentados también y con sus
respectivos símbolos, parecen escribir. En el dintel, de dos en dos, se agrupan
los Apóstoles, y en la archivolta, ángeles, reyes y ancianos, con velas unos y
tocando otros instrumentos músicos. Las estatuas que a los lados de esta puerta
se elevan son tal vez las mejores que tiene la Catedral.
La puerta de la derecha tiene
representada la muerte del justo, y la de la izquierda ostenta, en el centro
del tímpano, simbólica figura de la muerte.
Nuestro guía no quiere que
penetremos en el templo sin antes contemplar, desde un ángulo del claustro, el
hastial de la fachada Norte y el pórtico, cubierto hoy por construcciones
posteriores.
Bella en verdad es la puerta
central, que da al vestíbulo que sirve de paso a las capillas de San Andrés y
Santa Teresa. En el tímpano, dentro de un óvalo amigdalado, está la imagen del
Salvador, y a los lados, los Evangelistas, con sus respectivos símbolos.
Guardan la puerta estatuas de San Pedro, San Pablo, San Mateo, el Arcángel San
Gabriel y la Virgen. En el parteluz se alza hermosa estatua de Nuestra Señora
con el Niño Jesús en brazos. Llámanla del Dado,
porque, según antigua tradición, un tahúr, jugador de dados, después de perder
en el juego y al pasar ante la imagen, en un momento de sacrílego arrebato,
arrojó los dados contra ella. Dio uno en la frente del Niño Jesús que,
momentánea y milagrosamente sensibiliza, brotó sangre...
Al fin entramos en la iglesia. El
asombro nos hace enmudecer. Con razón poetas y novelistas, técnicos y profanos,
agotaron epítetos para calificar este milagro arquitectónico. El arte gótico
del siglo XIII llegó en la Pulcra leonina
al summum de la espiritualidad. El
ignorado maestro que la trazara trocó los muros de piedra por no interrumpido
transparente de vidrio que cierra los vanos de las ventanas, a las que parece
asomarse el cielo.
Asuntos históricos, religiosos y
profanos; escudos de provincias, episcopales y de benefactores de la Iglesia, y
preciosos motivos de decoración vegetal, llenan las ventanas altas, medias y
bajas y los tres calados rosetones de los hastiales. Gloria fue para León que
un hijo suyo, el arquitecto D. Juan Bautista Lázaro, llevara a feliz término la
restauración de la Catedral y la de su vidriería, creando, con artistas leoneses,
una fábrica de vidrios que pronto adquirió justa y envidiable fama.
No sin esfuerzo dejamos de mirar el cielo de nuestra iglesia, y posamos
los ojos en su planta, que afecta la forma de cruz latina, con tres naves, un
crucero, presbiterio, capilla mayor y girola.
Esta última tiene nueve capillas,
con imágenes, sepulcros, pinturas o vidrieras dignas de admiración.
En la parte opuesta a las capillas
hay tres sepulcros llenos de interés artístico e histórico. Dos guardan las
reliquias de los santos Obispos Alvito y Pelayo, dignos regidores de la
diócesis leonesa; el tercero, las cenizas del Rey Ordoño II, fundador de la
primera Catedral levantada en el mismo sitio que ocupa la que hoy admiramos.
Este último sepulcro, erigido cinco siglos después de fallecido el Rey, es
ejemplar precioso del arte gótico del siglo XV. La estatua yacente del Monarca,
llena de grave dignidad; los relieves que encarnan hazañas de su reinado; las inscripciones
que las narran, las sentencias de la Sagrada Escritura y los personajes, reales
o simbólicos, allí esculpidos, dan materia abundante para serias y largas meditaciones
histórico-religiosas...
El presbiterio y la capilla
mayor, son magníficos, y soberbio el retablo gótico que se alza en el fondo de
esta última. Compónenle seis grandes tablas pintadas, y otras más pequeñas,
ornadas por fina y dorada tracería conopial, y encuadradas en precioso
guardapolvo o pulsera, que le sirve de marco.
De las seis tablas mayores, tres
representan episodios de la vida de San Froilán, desde su estancia en el yermo
hasta su consagración episcopal. En las otras se ve la Presentación de la Santísima Virgen en el templo, la Traslación de las
reliquias del Apóstol Santiago y San Juan, San Pedro, San Pablo, Santiago y
Santo Tomás.
En las seis tablas pequeñas, que
sirven de zócalo al retablo, se desarrollan asuntos de la vida del Salvador y
de la Virgen.
A los lados del retablo mayor hay
dos más pequeños, formado uno por varias tablas y teniendo otro una sola, con
admirable pintura, que representa el Descendimiento
de la Cruz, y que iguala y, en ciertos aspectos, supera a las mejores de
Van der Weyden. En suma: son estas pinturas ejemplares interesantes del arte
del siglo XV, y datos preciosos para el estudio de la pintura leonesa, que, si
no formó escuela, marcó influencias que bien se echan de ver en las tablas
enumeradas (1).
Sobre la mesa de altar y a los
lados del Sagrario, dos arcas de plata guardan una gran parte del cuerpo de San
Froilán y multitud de reliquias menudas (2).
Alarde de gusto y de asombrosa
fecundidad es la artística sillería del coro, en la que los entalladores del siglo
XV lucieron su arte inimitable y no pocas veces su atrevido y picaresco
ingenio.
Está dividida en dos coros: el
del Obispo, al lado de la Epístola, y el del Rey, al del Evangelio; llamado así
este último porque, desde la época de Fernando I, son muchos Monarcas canónigos
honorarios de la Catedral leonesa y, más de una vez, ocuparon la artística
silla que les corresponde y hasta participaron de las distribuciones a que,
como canónigos, tenían derecho.
Es la sillería de nogal negro. Su
estilo gótico tiene una elegancia sin par, y, tanto sus elementos
arquitectónicos como los detalles decorativos y los relieves de imaginería,
forman un conjunto admirable. Imposible, en un solo artículo, estudiar uno por
uno los asuntos que en los respaldos de las sillas de los coros bajo y alto, en
las puertas, en los tableros y en las misericordias
de los asientos, entallaron [Juan de] Malinas, [Diego] Copin, Solís y otros.
Patriarcas del Antiguo Testamento, Sibilas, Apóstoles, Santos, y, en lugares
menos visibles, escenas hijas de la inventiva de los artistas, llenas de un realismo
picante y satíricamente mordaz.
Emplazado el coro en el centro de
la nave mayor, desde 1746, en que, en mal hora, fue trasladado desde el
presbiterio, es obstáculo que impide contemplar el templo de un solo golpe de
vista. A la iniciativa y generosidad del señor Conde de Cerragería se debe el
que las macizas puertas del trascoro se sustituyeran por magníficas lunas y
soberbia verja de bronce dorado, obra del artista Sr. Granda, pudiendo, gracias
a esta feliz sustitución, contemplar desde los pies de la iglesia la capilla
mayor.
Adosadas a la iglesia, pero sin
romper, en el interior, la admirable unidad de la primitiva fábrica, hay varias
construcciones. La sacristía, de estilo plateresco, tiene dos estancias, de las
que la segunda conserva el recuerdo de soberbio relicario; la capilla de Santa
Teresa, con escultura digna de Gregorio Hernández; la de San Andrés y la
magnífica de Santiago. El claustro, con bóvedas y arcos exteriores del siglo
XVI, tiene sepulcros preciosos, pinturas murales, dignas de estudio, y capillas
tan interesantes como la de la Concepción, con el sepulcro del Conde de
Rebolledo, y la de San Nicolás, hoy San Juan de Regla, con preciosos capiteles
policromados.
La sala capitular custodia no
pocos cuadros de subido valor pictórico.
Y, para terminar, guarda la
iglesia de Santa María de Regla, que a esta advocación de la Virgen está dedicada
la Catedral, reliquias venerandas de santos Obispos, confesores y mártires; el
Archivo, documentos que atestiguan la grandeza de su glorioso pasado, y la
Biblioteca, códices e incunables, que hablan muy alto del celo con que Obispos
y capitulares velaron por la cultura.
Dada la antigüedad de la Sede
legionense, huelga advertir que el actual templo no fue el primero que sirvió
de Catedral. No es fácil determinar dónde estuviera situada antes del siglo X;
pero sí puede asegurarse que, desde principios de ésta, ocupó el lugar que hoy
ocupa.
De los restos de construcciones
romanas, que bárbaros y árabes dejaron en pie en nuestra ciudad, las termas
pudieron salvarse del ímpetu destructor de los invasores.
Los avances de la reconquista
asturiana reclamaban que la Corte saliera de Oviedo, para acercarse más a la línea
fronteriza de los dominios árabes y cristianos.
García I asienta en León al
Trono, y él y su hermano, Ordoño II, instalan su palacio en el edificio de los
antiguos baños romanos, hasta que el último, al volver victorioso de San
Esteban de Gormaz, lo cede al Obispo Fruminio II para que levante nueva
iglesia.
La basílica de Ordoño II sufre,
no andando muchos años, las consecuencias de las asoladoras incursiones de
Almanzor y Abdalmalik. Levántala de nuevo el piadoso Obispo D. Pelayo II,
adosando a la planta primitiva nuevas construcciones que pedían las necesidades
de la vida regular de los canónigos, y, por último, en el siglo XIII, cede la
iglesia románica su puesto a la actual y primorosa fábrica, tan a la ligera
descrita en este artículo.
Descansan las anteriores
afirmaciones en documentos del Archivo de la iglesia, cuya veracidad está
contrastada con los restos arqueológicos que, en la todavía reciente
restauración de la iglesia, se descubrieron y estudiaron.
(Continuará)
(1) Catedral de León. El Retablo.
Por Juan Eloy Díaz-Jiménez. Madrid, 1907.
(2) Reliquias de la iglesia de
León. Juan Eloy Díaz-Jiménez. León, 1901.
Figura 1: Vista panorámica de León.
Figura 1: Exterior de la Catedral.
Figura 2: Nuestra Señora de la Blanca (puerta principal).
Figura 3: Detalle de las vidrieras de la zona alta.
Figura 4: La sillería del Coro.
Tan grande como la admiración que
los leoneses tienen por su Catedral es el cariño que profesan a la Real
Colegiata de San Isidoro. Muestran aquélla con orgullo; enseñan ésta con
fervorosa veneración, y no es extraño. Guarda el templo, como en sagrado relicario,
cenizas de Reyes y Santos; recuerdos históricos, religiosos, artísticos, y en
su severo altar mayor el singular privilegio de tener expuesto día y noche el
Cuerpo Santísimo de Cristo. Es, pues, San Isidoro el centro de la piedad
leonesa y el monumento que ofrece al turista mayor interés.
En amplia y solitaria plaza alza
la iglesia su fachada principal, que mira al Sur. Dos puertas románicas, que en
sus líneas generales parecen la una repetición de la otra, dan acceso al
interior. La principal de ellas es de mayores dimensiones y ocupa el promedio
de la fachada del brazo mayor del templo. La otra se abre en el brazo Sur del
crucero. Forman la primera tres arcos en degradación; dos solamente la segunda.
El dintel de la principal tiene representado en relieve el sacrificio de Isaac;
el de la otra, el Descendimiento de la cruz, Resurrección y Ascensión del
Señor. Dos rígidas estatuas se alzan también a los lados de cada una. Los
remates de sus fachadas son diferentes. El de la menor, llamada puerta del Perdón,
es hastial románico dividido por una cornisa, en la que descansan tres
ventanas, sobre las cuales se alza una gran estatua de San Isidoro; la
principal remata en un antepecho renacentista, con enorme escudo de la Casa de
Austria en el centro y sobre él una estatua ecuestre de San Isidoro.
En la parte más oriental de la
fachada se alza la gótica capilla mayor, y entre ella y el brazo Sur del crucero,
uno de los tres ábsides románicos, que hasta los comienzos del siglo XVI
formaban la cabeza de la iglesia.
En el extremo opuesto a la
capilla mayor se destaca la fachada de la Biblioteca.
La torre está separada de la
iglesia y asentada sobre un cubo de la muralla medioeval, que en la parte
correspondiente al Monasterio de San Isidoro aún se conserva intacta.
El interior del templo es de una
severidad religiosa insuperable. Tiene forma de cruz latina, tres naves, un
crucero y tres ábsides, de los que se conservan los laterales, pues el del
centro fue sustituido por la actual capilla mayor, obra del maestro Juan de
Badajoz “el Viejo”.
Cubre el fondo de esta capilla
soberbio retablo gótico, colocado al hacer la reciente restauración de la
iglesia. La mesa del altar, de mármoles y jaspes, es primorosa obra moderna que
honra al arquitecto que la trazó y habla muy alto de la devota generosidad del
excelentísimo Sr. D. José Álvarez Miranda, Obispo de la diócesis.
Sobre la mesa, y custodiada en
artística hornacina que cierra magnífica luna biselada, está el arca de plata
que guarda los restos del gran Doctor de las Españas, San Isidoro de Sevilla.
El Rey Don Fernando I de Castilla
y León y su mujer, Doña Sancha, trajeron a León tan preciada reliquia. Solemne
embajada fue a Sevilla para recibir del rey moro Ben-Hamed [Al-Mutadid] el
cuerpo de Santa Justa. Dios dispuso que no fuera éste sino el de San Isidoro.
Así lo reveló el Santo al Obispo de León Alvito, uno de los de la embajada, que
murió allí mismo, y cuyo cuerpo, con el del Santo Doctor, trajeron a la Corte
de Don Fernando, recibiendo el del Obispo legionense sepultura en la Catedral,
donde se le venera como Santo.
Sobre los santos restos del
Arzobispo hispalense, y en sencillo baldaquino de plata, argentada custodia
tiene expuesto día y noche al Santo de los Santos. Postradas de hinojos oramos
breve rato. Una mirada a los cuadros que adornan los muros de la capilla mayor,
y seguimos al guía, que nos conduce a los pies de la iglesia, penetrando por
una puerta de doble arco lobulado en el notabilísimo Panteón de los Reyes.
Oímos la lectura de los Monarcas,
Condes Infantes, Infantas y Reinas allí enterrados, y a cada nombre parecía que
los regios cuerpos tomaban vida, alzaban las losas sepulcrales y en vistosa
procesión desfilaban ante nosotros, viviendo, más que relatando, sus hazañas,
sus proezas, sus piedades y sus miserias.
Allí, Alfonso IV el Monje, con
sus alternativas de vida monástica y de ambiciones reales, que le costaron
morir ciego en dura prisión; su hermano Ramiro II, conquistador de Madrid y
vencedor de Abderramán III en Simancas y Talavera, y Ordoño III, de breve, pero
victorioso reinado.
Allí, el que echó las bases del
Panteón Real, Alfonso V, a quien León le debe su reconstrucción y su Fuero de
1020; allí, el último Conde de Castilla, Don García, vilmente asesinado a las
puertas de la iglesia, cuando con ocasión de concertar su boda con la Infanta
Doña Sancha, después Reina, se encontraba en nuestra ciudad; allí, los Reyes
Don Fernando I y Doña Sancha, en cuyas sienes se juntaron las coronas de León y
Castilla: los que reedificaron, o mejor, hicieron de nuevo esta iglesia, que
dedicaron a San Isidoro, enriqueciéndola con sus liberalidades y honrándola con
su piedad, de la que dio el Rey buena muestra muriendo cubierto de saco y
ceniza en las gradas del altar mayor, que según piadosa tradición echaron agua
en señal de sentimiento. Tres de sus hijos, Doña Urraca la de Zamora, Doña
Elvira y Don García. reposan al lado de sus padres.
Zaida, una de las incontables y
discutidas mujeres de Alfonso VI, dicen que allí reposa, y no en Sahagún.
Doña Urraca, la madre de Alfonso
VII el Emperador, y su hija, la piadosísima Doña Sancha, que bien merece el
laudatorio epitafio que en elegantes letras se abre en la losa de su sepulcro,
uno de los pocos que respetaron los franceses. Consérvase momificado el cuerpo
de esta Infanta, que en celo por las glorias de esta iglesia superó a sus
antecesores. Ella trajo a la Colegiata canónigos regulares de San Agustín;
ella, con sus bienes, la donó preciosas y preciadas reliquias, recogidas en sus
devotas peregrinaciones a Roma y Tierra Santa; ella, con la pureza de su vida,
mereció favores singulares de San Isidoro y la dulce amistad de San Bernardo, a
quien conoció personalmente a la vuelta de su viaje a Roma y de quien recibió
monjes para la fundación del Monasterio de la Espina... pero hagamos alto en
esta enumeración para describir la arquitectura del interesante recinto que nos
ocupa.
Un arqueólogo y profundo
conocedor de las joyas leonesas dice lo siguiente (1):
"Está formado el Panteón por
dos estancias: la anterior, que es la que se halla en comunicación con la
iglesia, es de planta cuadrangular, y la posterior, comprendida entre ésta, el
claustro, y la muralla, rectangular. Unidas ambas forman un rectángulo,
separado al Sur por muro propio de la estancia conocida hoy con el nombre de
Cerería; al Oeste, limitada por la muralla; al Norte, por el claustro, y al
Saliente, por el grueso muro que la separa de la iglesia.”
"Fuertes pilares compuestos,
cortados en cruz, con columnas adosadas y coronadas de capiteles de rica
decoración, sirven de apoyo a las bóvedas. En el promedio del primer recinto
hay dos grandes columnas exentas de mármol blanco, fustes cilíndricos, basas de
perfil ático y capiteles que, si bien su contorno recuerda los corintio-románicos,
las pomas y piñas de su decoración los dan un carácter verdaderamente oriental.
Las dos columnas exentas, por las distancias de su emplazamiento, dividen al
Panteón en tres partes, a modo de naves, más amplia la del centro y más
estrechas las del Mediodía y Norte.”
"La cubierta del Panteón,
propiamente dicho, se apoya en tres arcos sencillos de medio punto que arrancan
desde los capiteles de las columnas exentas hasta las pilas de cerramiento, dividiéndose
la cubierta de este primer recinto en seis bóvedas independientes. Otras tres,
de idéntica construcción, cubren el segundo recinto, aptas para estudiar su
estructura y su formación por no hallarse decoradas con pinturas murales.”
"Las bóvedas son de arista;
pero no construídas geométricamente, sino de un modo intuitivo y con gran libertad
y diferentes formas, como lo demuestra la variedad de retículos a que aquéllas
se adaptan.”
"Los arcos de lo que
pudiéramos llamar naves menores están peraltadas, con el fin de que enrasen con
los de la nave mayor, elevándose el centro de la bóveda sobre el extradós de
sus arcos formeros, lo cual la da un carácter cupuliforme o domical, y cerrando
su clave una pequeña superficie plana.”
"La variedad de formas de
las bóvedas las disponían para que, andando el tiempo, el pintor desplegara
toda la riqueza de su imaginación, diseñando en los grandes fondos de las
bóvedas centrales, en los más reducidos de las naves menores, en los frentes y
en el intradós de los arcos y en los muros de cerramiento, los más variados asuntos
y las alegorías más curiosas.”
"Los asuntos de las
notabilísimas pinturas que decoran las bóvedas, los frentes e intradós de los
arcos formeros, están tratados con una gran libertad, rompiendo los antiguos
moldes de la pintura románica, como lo demuestra la mayor corrección del
dibujo, el movimiento de la figura, la variedad de actitudes y otras cualidades
que manifiestan que el pintor tiende a inspirarse en el natural.”
"Mucho podría ayudar para
determinar la época un estudio comparativo de dichas pinturas con las
miniaturas que exornan los códices de los siglos XII y XIII custodiados en la
Biblioteca de la Real Colegiata."
Salimos del Panteón, y después de
ver las curiosas capillas del Cristo y de Santo Martino, entramos en la llamada
de los Quiñones, fundada por esta familia para que sirviera de panteón a muchos
de sus ilustres miembros. Es construcción rara y en la que la reciente restauración
permite admirar la puerta Norte del crucero de la iglesia, casi idéntica a la
ya descrita del Perdón. Tiene restos de pinturas murales del siglo XIII, que
representan la iglesia militante y el destino futuro del hombre correspondiente
al estado de la conciencia al abandonar la vida.
Harto sentimos tener que dar por
terminada nuestra visita. La clausura y nuestra condición de mujer nos impiden
entrar en la notable Biblioteca, émula de la de la Catedral; contemplar los
hermosos códices de sus famosas Biblias, y en el tesoro de la iglesia, también
oculto a las miradas femeninas, joyas, reliquias y pinturas de inestimable
precio.
¡Qué hermoso es el templo más
querido de los leoneses! No es de admirar que los hijos de esta hidalga tierra
pongan en él tanto cariño.
¿Y cómo no, si en sus horas
amargas es allí donde buscan luces, consuelos y fortaleza y donde hallan
siempre el fecundo manantial de su vida?
(1)
Juan Eloy Díaz Jiménez: San Isidoro de León.-
Madrid, 1917.
Figura 1: León.- Fachada de San
Isidoro
Figura 2: Portada de San Isidoro
Figura 3: Detalle de la Puerta
del Perdón
Figura 4: Interior de la
Colegiata
Figura 5: Panteón de los Reyes
Figura 6: Momia de la Infanta D.
Sancha, hermana de Alfonso VII, que se conserva en San Isidoro de León.
Al contemplar desde la frondosa
Avenida de la Condesa de Sagasta el edificio de San Marcos, que refleja su hermosura
con el movible espejo del río que corre cabe él; al distinguir, entre los
detalles de su ornamentación, las conchas y la cruz del Santiguista, y, sobre
la puerta principal, el relieve del Apóstol Santiago cabalgando en brioso
corcel, al que sirven de pedestal cuerpos de moros, meditamos en el singular carácter de nuestra historia, cuya
asombrosa grandeza no se explica sino teniendo en cuenta que toda ella, desde
que puede llamarse española, recibe su fecunda vitalidad de la savia inagotable
que le presta la fe católica. ¿Qué extraño, pues, que el pueblo español
venerara, al mensajero divino que la trajo, con veneración fervorosa y
constante? No ha menester la crítica dar con el buscado testimonio
contemporáneo de la venida del Apóstol Santiago, para afirmar seguramente el
hecho, que, a voces, lo pregonan, durante siglos enteros, las peregrinaciones
nacionales y extranjeras que besaron su sepulcro; la poesía popular y la
religiosa: el arte, el pueblo y la grandeza; el clero y la milicia; los papas,
los reyes y la ínclita Orden Militar de Santiago, que nace al calor de la devoción
al Santo Apóstol, uniendo a su fin de protección al peregrino, el militar que
los tiempos pedían, y que tan bien cumplió luchando brava y generosamente en la
epopeya de la Reconquista.
En León y en San Marcos tuvo esta
Orden su casa principal, émula de la de Uclés. En ella fue enterrado su primer
Maestre; por casa solariega la tuvieron muchos de sus preclaros hijos, y D.
Francisco de Quevedo cumplió en ella la pena de prisión que, como consecuencia
de uno de sus atrevimientos, le fue impuesta.
Hasta la época de los Reyes
Católicos el edificio no tenía la suntuosidad y grandeza que tiene el que
estudiamos, y la ruina que amenazaba hizo que Don Fernando V tratara de
construir el actual, sin que se comenzara hasta el reinado de su nieto Carlos
I, terminándose en los comienzos del siglo XVIII.
La fachada principal más parece
obra de primoroso orfebre que fábrica de cantería. En su extremo oriental
ábrese amplio arco, que da acceso al pórtico de la iglesia. Dos torres, no
terminadas, ostentan en su primer cuerpo sendas hornacinas con relieves
maravillosos, que el tiempo y la incuria maltrataron sin piedad.
La puerta de la iglesia, la
bóveda del pórtico y los templetes del extradós, del arco, tienen los
caracteres del gótico florido, que al morir dejó en ellos muestra finísima de
sus esplendores.
Entre la iglesia y la cuadrilonga
torre que se alza cerca del río, corre la fachada del Monasterio, dividida en
dos por la puerta central, formada por arco de medio punto, sobre el que
resalta precioso relieve con la figura ecuestre del Apóstol. Monumental balcón,
con escudo en la parte superior, y elegante ático, con la estatua de la Fama
por remate; completan el centro de la fachada, obra del siglo XVI, el lienzo
que corre entre la puerta principal y la iglesia, y del XVIII el que se
extiende hasta el río. Este último, repetición del anterior, no rompe la unidad
del conjunto, si bien el ojo experto del artista, echa de menos la finura y
delicadeza de ejecución que campean en la obra del siglo XVI.
Toda la fachada se compone de dos
cuerpos: el inferior, con ventanas de medio punto y hornacinas que las separan,
y el superior, de balcones cuadrilongos, sobre los que resaltan medallones
variadísimos, colocados en el centro de primorosa guirnalda, y repisas
platerescas dispuestas para colocar estatuas, que nunca llegaron a ponerse.
La descripción del interior del
monumento dejemos que la haga un escritor leonés, que, en libro reciente,
estudió el edificio, y, aún más, la historia y formación del Museo Arqueológico
en él instalado. Dice así:
"La planta de la basílica
afecta la forma de cruz latina. El brazo principal está constituido por una
sola nave de cinco arcadas y la capilla mayor. Sus pilares, bocelados; sus
bóvedas, resaltadas con sencilla y elegante labor de crucería; sus ventanas, de
doble arco semicircular, festoneadas de figuras geométricas, y las grandes
verjas que separan la anchurosa nave del crucero, prestan a todo el conjunto la
belleza propia de las obras construidas a mediados del siglo XVI. Los arcos que
dan acceso a las capillas y las ventanas que se abren en su fondo, son casi de medio
punto, siendo ojivales los arcos de las capillas que están situadas debajo del
coro y en las inmediaciones del crucero.”
“Por la puerta del brazo del
crucero que corresponde al lado del Evangelio, se entra en la grandiosa
sacristía, obra de Juan de Badajoz, cuyo nombre ostenta, sobre la claraboya, el
muro de la entrada, apareciendo debajo del referido nombre, en artístico
relieve, al autorretrato de tan famoso escultor y arquitecto. Está formada por
una sola nave de tres bóvedas, cubiertas de dorada crucería, recibiendo luz por
seis ventanas de grandes dimensiones, tres en cada lado, las cuales llevan
pilastras con estrías en las jambas, dovelas artesonadas y una columna divisoria
en el centro. Forman como el adorno inferior de estas ventanas doce nichos, en
cuyo fondo resaltan otros tantos medallones con bustos de relieve, que,
primorosamente ejecutados, representan, entre otros personajes del Antiguo
Testamento, a Raab, Tamar, Ruth, Booz, Judas, Noemí, David, Salomón y Mical,
hija del rey Saúl. Bellísimo es el retablo colocado en el testero, llamando la
atención la figura de Dios Padre, rodeado de ángeles, y la aparición de
Santiago. Por toda la extensión del friso corren oportunas sentencias, sacadas
del Levítico. A los costales del
indicado retablo hay dos puertas que dan acceso a otra estancia muy semejante a
la anterior...”
"El claustro está formado,
en cada uno de sus cuatro lienzos, por dos órdenes de arcos de medio punto,
seis abajo y doce arriba, reforzados por estribos los primeros y adornados los
segundos por medallones en sus enjutas. Entre ambos cuerpos corre un doble
friso, que ostenta cabezas de serafines y veneras de Santiago. No pocas claves
esmaltan la crucería de los ánditos, siendo también dignas de mención, por su
elegancia y riqueza, las repisas de los arcos. En este claustro se admira el
retablo de piedra que representa el nacimiento de Jesucristo, y en la antigua
sala capitular, el artesonado, del mismo gusto, época y riqueza que los
renombrados del paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares" (1).
La sillería del coro corre pareja
con la suntuosidad del edificio, y es modelo de arte renacentista. Consta de
coro alto y coro bajo. Los respaldos de las sillas del primero, formados por
arcos de medio punto, que separan abalaustradas columnas, ostentan, en relieve
y de cuerpo entero, figuras de santos; los del segundo fórmanlos cuadrados
tarjetones con bustos primorosos. Divide el coro alto en dos la silla prioral,
y tiene todo él por remate elegante cornisa, coronada por candelabros
preciosos, que alternan con figuras de ángeles. La decoración es tan profusa que
no hay un solo elemento arquitectónico de la sillería que carezca de ella.
Lástima que, obligadas en este artículo a dar una impresión de conjunto, no
podamos ofrecer al lector mayor número de fotograbados que le permitieran
admirar, con todo detalle, esta obra lindísima de Guillermo Doncel.
La mayor parte del ex convento de
San Marcos la ocupa actualmente el Cuarto Depósito de Sementales. En la
iglesia, sacristía, coro y parte de los claustros alto y bajo se halla
instalado el Museo Arqueológico, que bien merece, por su importancia, la
admiración de que es y ha sido objeto por parte de los arqueólogos, y mucha más
de la que hasta hoy le concedieron los educadores.
Un Museo es intuitiva lección de
Historia que, con poquísimo trabajo por parte del maestro, da mejores
resultados en la enseñanza de esta disciplina que el antipedagógico sistema del
discurso empleado exclusivamente, y el aprendizaje memorístico de series de reyes,
hechos, fechas y lugares que, más que Historia, vienen a formar, con las
soluciones de continuidad que trae consigo el olvido, efemérides de calendario
barato.
Aunque no están ordenados
pedagógicamente, ni mucho menos, los objetos del riquísimo Mu- seo leonés, se
puede, con ellos y los monumentos de la capital, dar una base intuitiva a toda
la historia de la ciudad y a casi toda la de la provincia.
Riquísima es la colección de
ladrillos romanos que, con el sello de la Legión VII, fundadora de nuestra ciudad,
se guardan en San Marcos. Muy notables y numerosas las lápidas celto-latinas y
las romanas que, traídas de diversos puntos de la provincia, sirven de
documentos para estudiar, no sólo la romanización del país, sino también los
nombres de personas, de lugares y de divinidades indígenas que, latinizados,
dejó abiertos en la piedra, como testimonio de su devoción o prueba de cariñoso
recuerdo a sus muertos, aquel pueblo que tan heroicamente resistió a la
invasión romana y que supo, en nuestra región, sintetizar sus heroísmos en el
supremo de Lancia.
El arte y la epigrafía cristiana
tienen en nuestro Museo representación no escasa, así como la heráldica, que en
los cuarteles de sus escudos, ornato que fueron de aristocráticos palacios,
recuerdan los tiempos en que León fue Corte.
Con haber sido la región leonesa
de las que en España estuvieron más pobladas de Monasterios, son relativamente
escasos los restos de ellos que tiene el Museo. Esto pudiera hacer pensar que
aún quedaban en pie los edificios donde vivieron los monjes beneméritos que con
su ciencia, su virtud y su esfuerzo ayudaron a la formación de la nacionalidad
española que durante la Reconquista se forjó, lenta, pero definitivamente. Por
desgracia, no quedan en la actualidad casi ni las ruinas de la mayor parte de
estos Monasterios. Las leyes desamortizadoras del siglo pasado les dieron golpe
de muerte, cayendo sus cadáveres en manos tan vivas, que las Comisiones
formadas en 1837, para atenuar los males de aquella ola destructora, apenas pudieron
salvar algunos libros que conserva la Biblioteca Provincial, y los cuadros,
esculturas y restos arquitectónicos que guarda el Museo recuerdan los
Monasterios de San Claudio, Santo Domingo, San Francisco, Sahagún, Sandoval,
San Esteban de Nogales, Carracedo y tantos y tantos, de los que apenas si queda
más que el lugar donde estuvieron emplazados.
Completan el Museo ejemplares tan
notables como la cruz de plata sobredorada que el rey Don Ramiro III dedicó a
la iglesia de Santiago de Peñalba; un Cristo bizantino, de marfil; la
incomparable escultura de San Francisco de Asís, atribuida a [Luis Salvador] Carmona;
la estatua orante del Obispo D. Juan de Guzmán; dos bargueños; un curiosísimo
retablo gótico con San Marcelo, su mujer y sus hijos; ejemplares no escasos de
cerámica romana; fíbulas, dijes y estilos, y un monetario, no tan numeroso como
en Museo tan importante se espera encontrar.
Con la visita al ex convento de
San Marcos damos por esta vez fin a la excursión, que, Dios mediante, hemos de
repetir, para que en las páginas de nuestra Revista queden grabadas joyas de
arte que León guarda y que son dignas de estudiarse...
En el Internado comentamos,
llenas de entusiasmo, las riquezas de esta ciudad, y al oírnos nadie diría,
dada la admiración que en nuestra Casa se siente por la patria de Guzmán, que
están en mayoría las andaluzas; pero, lector, no te extrañe el hecho, y permite
que te dé una explicación histórica y que la sintetice, porque el artículo peca
de largo. León guarda y venera las reliquias de San Isidoro de Sevilla. Tarifa,
el torreón desde el que un leonés, Alonso Pérez de Guzmán, defendió aquel
puñado de tierra andaluza, dando por ella la sangre de su hijo... ¿Verdad que
no es raro que leonesas y andaluzas fraternicen? ¡Qué hermoso es verlas trabajar
juntas en la Obra Teresiana y en su casita de León, que, callada y humilde,
labora en pro de la fe y de la cultura de la mujer leonesa!
Una Teresiana.
(1) Eloy Díaz-Jiménez y Molleda:
Historia del Museo Arqueológico de San Marcos, de León.-Madrid, año 1920,
páginas 127 a 129.
Figura 1: LEON.- Fachada de San
Marcos.
Figura 2: LEÓN.- Portada de San
Marcos.
Figura 3: LEÓN.- San Marcos:
Claustro.
Figura 4: LEÓN.- Coro de San
Marcos.
Figura 5: LEÓN.- San Francisco,
Museo de San Marcos
Estudiando a Santa Teresa
Ya en otras ocasiones nos
detuvimos a ponderar lo deleitosa y al par educativa que resulta la lectura de
los escritos de la Santa, que satisfacen plenamente, porque unas veces nos
hablan con sinceridad de amigo íntimo; otras, con ternura abnegadísima de madre;
a ratos, con gracia, con donaire y con severa ironía; repetidamente, en tonos
majestuosos, inspirados, sublimes; ya nos detienen para hacernos notar las
piedras de tropiezo en el camino de la vida; ya nos prestan alas que parece
acortan la peregrinación..., y siempre nos cautivan el alma toda, dándonos a
gustar el gozo de ver expresados con sencillez y justeza recónditos sentires,
inefables para nosotros.
Muchos pasajes nos impresionan al
convencernos, hasta la evidencia, de nuestra miseria, de nuestra nada, de
nuestras debilidades, de las angustias y los ahogos que padece el alma,
"esta pobre encarceladita", entre los hierros de la malaventurada
naturaleza humana.
Todas nuestras arrogancias de
reyes de la creación quedan en ellos vencidas; nuestra pequeñez, nuestra
insignificancia se ponen de relieve tan manifiestamente, que no hay
justificación alguna posible para el menor asomo de envanecimiento.
Y, sin embargo, no era ni se
muestra en sus obras pesimista, pues quizá abunden en ellas más los pasajes en
que anima al alma con sus mismas buenas cualidades; la dice que muchos de los
obstáculos que a la perfección se oponen son fantasmas; la esfuerza haciéndola
conocer el poder de una voluntad que quiere
y mostrándola el ningún valor de lo que ha de dejar por el infinito precio de
lo que pretende conseguir.
Y es que si, al parar la
reflexión en nosotros mismos, sentimos que se cierne la oscuridad y todo es
incertidumbre, incomprensión y tinieblas, en cambio, al elevar la consideración
al Señor de los espirituales alcázares, todo es diafanidad, todo es consuelo y
paz y esplendor y luminosidad...; en una palabra, son escritos asombrosamente
fecundos. En ellos encuentran las almas quietud en sus escrúpulos, reposo en
sus tribulaciones, ilustración en su dudas, entusiasmo en sus
desfallecimientos, amor en sus sequedades, alivio suave, dulcísimo e inagotable
cuando se siente oprimida por la tribulación; en ellos la esperanza mata al
desaliento, a la pusilanimidad, a la cobardía, y a la tristeza opone la
actividad de un ánimo esforzado.
Son libros riquísimos, en fin,
útiles a todo mortal, puesto que ningún humano se escapa de necesitar una
fuerza que tenga eficacia para encauzar y dominar las aspiraciones, los deseos,
los apetitos, las exigencias, las rebeliones, a veces, de su naturaleza.
Dónde y cómo puede encontrarse
tal fuerza bien lo conocemos en el transcurso de los escritos de nuestra Santa,
y ellos mismos nos la ponen, como quien dice, en la mano; su eficacia
indiscutible, su aquilatado valor, su incomparable virtualidad queda bien
patente en las maravillas que obraba en la misma Madre Teresa y en sus hijas,
que, de tal manera domeñaron y trocaron la vestidura de humanidad que poseían,
que la Santa dice de ellas que más parecían ángeles que seres de este mundo.
Aquellas almas heroicas, ocultas
en las humildes religiosas del Carmelo, realizaban con la más fácil naturalidad
las máximas que la Madre les dictara en mil ocasiones; máximas llenas de buen
sentido, de acierto, de discreción y de sabiduría; y por esto tampoco se desdeñaban
de aceptarlas doctos varones, aventajados maestros, espíritus eclécticos,
hombres de gobierno, como lo fueron muchos de los religiosos y seglares que la
trataron; antes al contrario, subyugados por su avasalladora influencia, más
que con la palabra siguiendo esas máximas, le rindieron el homenaje entusiasta
y fervoroso que después, a través de cuatro siglos, le han rendido tantos
sabios, mostrando y confirmando la savia fecunda, la veracidad incontestable,
la eficaz influencia, la luminosidad que irradian las ideas de mujer tan
incomparable.
Obligadas estamos a no velar la
luz y verdad que esclarecerá nuestra inteligencia; a no dejar perder la
eficacia que moverá nuestra voluntad; a no dejar secar la savia vivificadora
que ha alimentado a tantas almas, que, si tal sucede, acaso porque esa savia,
esa eficacia y luz y verdad vayamos a buscarla o queramos beberla en otras
fuentes, se nos tendrá por necias, como al caminante que, habiendo ya andado el
camino, se dispone de nuevo a hacerlo para llegar a su destino.
Y si hombres ilustres por las
letras y las ciencias; si espíritus escogidos se dejaron conscientemente influenciar por tal mujer, ¿qué no deberemos hacer
nosotras, mujeres, alumnas y profesoras de la Institución Teresiana, que a muy regalada honra tenemos el
denominarnos "Hijas de Santa Teresa"? Si ella, por su talento natural
y experiencia larga y probadísima, adquirió profundo conocimiento de la
psicología femenina, no superado, que pudo llegar a formar una selecta pléyade
de mujeres, admiración de los contemporáneos, ¿faltará en sus escritos la
virtualidad suficiente para ayudarnos a encauzar la propia formación y las de
las que bajo nuestra custodia están? ¿Hemos echado de menos, en alguna ocasión,
la norma segura para nuestro interior gobierno o camino que mostrar a nuestras
alumnas? ¿Por ventura no encontramos a cada paso en ellos el alma femenina con
detalles y matices que nadie jamás percibió? Sinceramente habremos de confesar
que todos cuantos medios formativos se emplean en los Internados, en tanto han
dado el resultado apetecido en cuanto se emplearon con la discreción, acierto y
prudencia de que tan pletóricos están los puestos en práctica por la Maestra de
maestros que conocimos en estas mismas páginas (1).
Y los portentosos efectos que los
escritos de la mística Doctora causan en todos sus fervientes admiradores, sin
excepción, habrán de tener mayor arrastre en nosotras, que, como mujeres,
queremos imitarla; como discípulas, seguir fielmente sus enseñanzas, y como
hijas, amarla, con amor que se traduzca en obras; y para esto, y bajo los tres
puntos de vista, obliguémonos a estudiar su doctrina y a llevarla a la práctica
en la formación de nuestras alumnas, seguras de que será más fructífero nuestro
trabajo y fecunda nuestra actuación.
Si hasta aquí comentamos, sacando
deducciones generales para la educación, en adelante restringiremos nuestro
campo, circunscribiéndonos a la educación femenina, puesto que nadie como ella
puede suministrarnos, con el sello de la más confirmada garantía, las reglas,
normas y principios para la formación de la mujer, pues, si bien da en sus
escritos principios, normas y reglas convenientes a todos, y esto cuanto más
elevada doctrina expone, porque se dirige al alma, nosotras, que no pretendemos
hablar de Mística (¡líbrenos el Señor de semejante atrevimiento!), tomaremos la
parte que nos pertenece, y de la que nos prometemos deducir útiles y copiosas
enseñanzas, que el venero teresiano es inagotable, sacando a relucir, para
nuestro propio bien, los engaños, obstáculos, debilidades, imperfecciones,
faltas y vicios de la mujer, como sus buenas cualidades y virtudes, y hasta
quizá topemos con muy excelentes indicaciones relativas a la educación física,
que todo lo conoció a maravilla y tuvo muy en cuenta la Madre Teresa en la
formación de sus hijas, para quienes escribió sus tratados místicos, en los
que, junto a los afectos del más encendido y puro amor de su seráfico corazón,
que la unía con el Amado, hallamos también remedio a los defectos, y despertador,
y estímulo, y sostenimiento de las virtudes, peculiares de la mujer; consejos
prácticos, persuasivas razones, con el sello de la más absoluta garantía, que
no llegaremos a encontrar en ninguno de los autores que tratan de educación
femenina; y esto no es aseveración nuestra, sino que ha salido de la pluma y
labios de personas competentes en la materia; y, por lo que a nosotras se
refiere, consideramos a nuestra Santa, en Pedagogía femenina, como perfecto
modelo y segurísimo guía, con la adaptación consiguiente a los actuales
tiempos.
Una Teresiana.
(1) Número de enero del corriente
año.
ESTUDIANDO A SANTA TERESA
ES LA MUERTE EN LA VIDA
ESPIRITUAL cosa deseable, y no hay alma que de veras trabaje en la perfección
sobrenatural, que no llegue a mirar con simpatía creciente este momento
dichoso. Pero este deseo sufre en los distintos grados de la vida perfecta
notables variaciones, ya por cambio o perfección de los motivos en que se
apoya, ya por el aumento que sufre en su intensidad.
La lectura de las obras de Santa
Teresa nos descubre la evolución que el ansia de morir siguió en el Serafín de Ávila,
y nos lleva a la conclusión de que el hombre verdaderamente espiritual ama la
muerte, no por ser muerte, sino porque es vida.
El deseo de morir se desenvuelve
y crece a medida que el alma adelanta en el conocimiento y amor de Dios; vive
más intensamente la vida de la gracia; nota mejor lo que va de lo humano a lo
divino; pondera con mayor exactitud las bondades respectivas de uno y otro;
estima en más lo que más vale; teme perder a Dios, Bien infinito, y desea
hallarse en seguridad de no ofender al Señor. Harto gran miseria es -dice Santa Teresa- vivir en vida que siempre hemos de andar como los que tienen los
enemigos a la puerta, que ni pueden comer ni dormir sin armas, y siempre con
sobresalto si por alguna parte pueden desportillar esta fortaleza. ¡Oh Señor mío
y Bien mío! ¿Cómo queréis que se desee vida tan miserable, que no es posible
dejar de querer y pedir nos saquéis de ella, si no es con esperanza de perderla
por Vos, u gastaría muy de veras en vuestro servicio, y sobre todo entender que
es vuestra voluntad? (M. III. cap. I.)
Llegada el alma a la oración de
unión, transformada de feo gusano en linda mariposa, ya no se arrastra por la
tierra, vuela, se deshace en alabanzas a Dios al verse tan trocada, quiere morir por Él mil muertes, siente tan
hondo las ofensas que se hacen al Señor, que bien pudo escribir la Santa con
toda la autoridad que da la propia experiencia: Téngolo (este sentimiento) por
cosa tan recia, que creo, sino fuera más de hombre, un día de aquella pena
bastaba para acabar muchas vidas, cuanto más una. (M. V. cap. II). Y quiere
y pide la liberación de lo que la sujeta a la tierra. ¡Oh -exclama la Santa-, que
es un alma que se ve aquí, haber de tornar a tratar con todos, a mirar y ver
esta farsa de la vida tan mal concertada, a gastar el tiempo en cumplir con el
cuerpo, durmiendo y comiendo! Todo la cansa; no sabe cómo huir; vese encadenada
y presa; entonces siente más verdaderamente el cautiverio que traemos con los
cuerpos y la miseria de la vida. Conoce la razón que tenía San Pablo de
suplicar a Dios le librase de ella; da voces con él; pide a Dios libertad, como
otras veces he dicho. Mas aquí es con gran ímpetu muchas veces que parece se
quiere salir el alma del cuerpo a buscar libertad, ya que no la sacan.
(Vida, cap. XXI.)
A medida que el alma se interna
en las moradas del castillo, y se aproxima a la del centro en que mora el Rey
divino, comienza este Señor, por medio de noticias delicadas y espiritualísimas,
a descubrirle algo de su infinita belleza, y queda el alma tan deseosa de gozar del todo al que se las hace (las
mercedes), que vive con harto tormento,
aunque sabroso, unas ansias grandísimas de morirse, y ansí con lágrimas muy
ordinarias pide a Dios la saque de este destierro. (M. VI, cap. VI).
Pero adentrada en la morada
séptima, estas ansias se calman; crece tanto el deseo de la gloria de Dios, que
se sobrepone a ellas y acepta generosamente la vida si con ella puede servirle.
Lo que más me espanta de todo -dice
la Santa- es que ya habéis visto los
trabajos y aflicciones que han tenido (las almas de las moradas anteriores)
por morirse, por gozar de Nuestro Señor,
ahora es tan grande el deseo que tienen de servirle, y que por ello sea alabado,
y de aprovechar algún alma si pudiesen, que no sólo no desean morirse, mas
vivir muy muchos años, padeciendo
muchísimos trabajos por si pudiesen que fuese el Señor alabado por ellos aunque
fuese en muy poca cosa... Verdad es que algunas veces se olvida de esto, tornan
con ternura los deseos de gozar de Dios y desear salir de este destierro, en
especial viendo lo poco que le sirve; mas luego torna y mira en sí mesma con la
continuanza que le tiene consigo, y con aquello se contenta y ofrece a Su Magestad
el querer vivir como una ofrenda la más costosa para ella que le puede dar.
Temor ninguno tiene de la muerte más que tendría de un suave arrobamiento. El
caso es que el que daba aquellos deseos con tormento tan excesivo, da ahora
estotros. Sea por siempre bendito y alabado. (M. VII, cap. III).
Pero encerrada el alma en este
pequeño cielo, donde a través de sutilísima gasa, valga la frase, contempla por
subida visión intelectual a la Trinidad beatísima que mora en ella, no puede,
ante el conocimiento de esta inefable realidad, vivir en la tierra y sentir las
cosas de aquí abajo sino débilmente, pues aunque la vida natural y la de la
gracia se compenetran, auxilian y apoyan una en otra, la más excelente, cuando
predomina, tiende a absorber y fundir en ella a la inferior que se purifica y,
por decirlo así, se espiritualiza hasta en sus actos más elementales. Y cuando
este predominio es notable, y se conoce y siente en cuanto cabe aquí abajo la
altísima realidad de Dios, la impresión de las cosas exteriores palidece y se
debilita, porque a alma que vive tan alto no puede, excitante tan pequeño,
inmutarla con fuerza, ni la luz que irradia lo terreno eclipsar a la divina en
que se circunda, y así no pone el corazón en las cosas de la tierra; únicamente
asienta en ellas el pie, como en punto de apoyo, para arrancar el vuelo y subir
a Dios. Viven estas almas en el mundo como en un sueño, que explica muy bien
Santa Teresa: Hame -dice- dado Dios una manera de sueño en la vida,
que casi siempre me parece que estoy soñando lo que veo, ni contento ni pena
que sea mucha no la veo en mí. Si alguna me dan algunas cosas, pasa con tanta
brevedad, que yo me maravillo, y deja el sentimiento como una cosa que soñó.
(Vida, cap. XL).
Quien así vivía no es extraño que
expresara tan bellamente, en prosa y en verso, el deseo de morir. Son
frecuentísimos en los escritos de la Santa los párrafos en que se vuelve a Dios
y le manifiesta, con palabras de fuego, sus ansias de morir, y vale por todos
el siguiente, de una de las Exclamaciones: ¡Oh
deleite mío, Señor de todo lo creado y Dios mío! ¿Hasta cuándo esperaré ver
vuestra presencia? ¿Qué remedio dais a quien tan poco tiene en la tierra para
tener algún descanso fuera de Vos? ¡Oh vida larga! ¡Oh vida penosa! ¡Oh vida
que no se vive! ¡Oh qué sola soledad! ¡Qué sin remedio! Pues ¿cuándo, Señor,
cuándo? ¿Hasta cuándo? ¿Qué haré, Bien mío, qué haré? ¿Por ventura desearé no
desearos? ¡Oh mi Dios y mi Creador, que llagáis y no ponéis la medicina, herís
y no se ve la llaga, matáis dejando con más vida; en fin, Señor mío, hacéis lo
que queréis como poderoso!... ¡Oh muerte, muerte! ¡No sé quién te teme, pues
está en ti la vida! (Exclamación VI).
Dos de sus mejores composiciones
poéticas expresan el mismo deseo. Una es conocidísima; otra no lo es tanto. La
primera dice:
Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.
Seguida de bellísima glosa. La
otra comienza:
¡Cuán triste es, Dios mío,
la vida sin ti!
Ansiosa de verte
deseo morir.
Carrera muy larga
es la de este suelo;
morada penosa,
muy duro destierro.
¡Oh dueño adorado, sácame de aquí!
Ansiosa de verte
deseo morir.
Por fin llegó para la Santa Madre
la suspirada muerte, y la miró gozosa, y la recibió como se recibe lo que tan
ardientemente se desea, y el día 4 de octubre de 1582, fiesta del Serafín de
Asís, entró en suave arrobamiento, del que, al cabo de catorce horas, despertó
en el Cielo. Allí vive, y de la plenitud de su vida participan cuantos en la
tierra la imploran, la aman y la siguen.
MARÍA DÍAZ GIMÉNEZ
Pie de foto:
Con el golpe fui herida,
Y aunque la herida es mortal
Y es un dolor sin igual,
Es muerte que causa vida.
P E D A G O G Í A T E R E S I A N A
Por María Díaz Jiménez
(1)
Una en su esencia la educación
pero variadísima en sus aspectos, es difícil a teóricos y a prácticos,
abarcarla en toda su integridad, porque siendo dirección de la vida humana ha
de marchar sobre las huellas de la Psicología y no pudiendo esta intuir la
síntesis admirable del vivir, tiene que analizar sus múltiples actividades y
pierde de vista, no pocas veces, la ley de unidad que las rige.
Pero aunque el conocimiento
natural del hombre llegue a ser completo y armónico, queda en él otra vida
sobrenatural que la fe descubre y que incorporada a la natural la sublima y
eleva dándola una perfección, tan alta, que excede a todo poder humano.
La educación y la pedagogía
cristianas, pues, no pueden detenerse en el solo conocimiento natural, necesitan,
guiadas por la fe, penetrar en el mundo de la gracia, estudiar su naturaleza,
sus efectos, sus relaciones con la vida natural y los elementos nuevos que la
presta para adquirir la perfección y llegar al fin.
De la Teología dogmática y de la
moral reciben los problemas educativos luz clarísima, pero como no basta, en la
práctica de la vida, un conocimiento especulativo del fin ni de los medios
sobrenaturales que a él nos llevan, sino que precisamos reglas y normas prácticas
para la adquisición de la virtud, esencia de la vida cristiana, es lógico acudir
a la Ascética y a la Mística en demanda de luces y conclusiones que ilustren la
educación moral y religiosa, mal fundamentada muchas veces y por ello, no
pocas, mal estudiada y mal resuelta.
Entre algunos técnicos de la
Pedagogía tal vez parezca extraña la anterior idea, pero a poco que se medite,
no cabe dudar del provecho que a la educación reporta el estudio de los
escritores ascéticos y místicos, profundos conocedores de la naturaleza humana,
cuyos senos más recónditos escudriñaron, describiendo con admirable precisión
psicológica las facultades del alma en sus modos de obrar humanos o
sobrenaturales y dictando normas de educación, lo más eminentemente pedagógicas
que cabe concebir.
Y no se diga que los conocimientos
ascéticos sirven solamente para ilustrar aquellas etapas de la educación en que
el hombre más bien se autoeduca. Nada menos cierto. Infundida la gracia santificante
por el Bautismo y con ella las virtudes sobrenaturales, deben estas iniciar sus
actos apenas despierta la luz de la razón y, a una con las facultades del alma,
crecer y perfeccionarse influyendo en la vida natural para ennoblecerla y sobrenaturalizarla.
Pues dilatar la educación de las pasiones, sería comprometer seriamente el éxito
educativo. Para todo, los medios ascéticos, aplicados en aquella justa
proporción que pide la edad y aconseja un juicioso y prudente sentido pedagógico,
sirven a maravilla, pues a más de ser perfectamente adaptables y por ello
eminentemente educadores, llevan en sí la fuerza de la gracia que suaviza los
movimientos difíciles a la naturaleza, haciéndola capaz de una perfección que,
por sí sola, no puede adquirir.
La Mística ilustra también los
estudios pedagógicos; y no tan de lejos como pudiera pensarse. Sea o no la vida
mística desenvolvimiento de la ascética, es lo cierto que las almas que llegan
a las alturas de la contemplación infusa, son almas extraordinarias que han
escalado la cima de la perfección, y que, divinamente iluminadas, al mismo
tiempo que descubren horizontes nuevos, proyectan resplandores sobre el camino
que lleva a esas alturas, y, en sí mismas, con profunda y delicada
introspección, sorprenden actos, procesos y relaciones psicológicas
sutilísimas. La Mística, al estudiar la acción de Dios sobre estas almas, conoce
lo más delicado y perfecto de la santidad, marca los límites de lo que puede la
naturaleza sola o ayudada de la gracia, distingue lo humano de lo sobrenatural
y descubre el amor inmenso de un Dios que, ya en la tierra, comunica a las
almas gracias celestiales. Y así la hermosura de la virtud mueve el deseo de
alcanzarla, no menos le alienta y fortalece sorprender la génesis de esas santidades
heroicas, las luchas que en las almas santas libraron el bien y el mal, las
alternativas de valor y decaimiento porque pasaron y la victoria que obtuvo su
constancia. De todo ello surgen lecciones profundamente educadoras y conocimientos
psicológicos de inapreciable valor. Y si la Pedagogía no se desdeña de pedir
datos a la Psicología de anormales que estudia el torpe y deficiente vivir del
alma aprisionada en cuerpos raquíticos o enfermos, ¿cómo ha de desechar los que
suministra el estudio de ese vivir superior en que las facultades más
espirituales, libres casi de la pesadumbre de la materia, adquieren perfección nobilísima?
El tema de este concurso revela,
en quienes lo idearon, un pleno convencimiento de lo anteriormente dicho.
El asunto además es de
oportunidad innegable, pues, sin desconocer los adelantos pedagógicos, hay que
confesar que las corrientes modernistas invaden la educación, que el
sentimentalismo se infiltra en las generaciones actuales, y que la Psicología
experimental, más dada a la observación externa que a la introspección separa a
la Pedagogía de la vida superior del hombre creando un tipo de educación
negativa y naturalista.
Urge pues volver los ojos a los
escritores ascéticos y místicos, maestros de maestros en el supremo arte de
modelar almas, y abrir de par en par las puertas a la Pedagogía para que las
auras purísimas de lo sobrenatural la oreen y den vida.
Santa Teresa de Jesús, es entre
los místicos, la que, por la índole especial de su santidad y de sus obras,
está llamada a influir más eficazmente en la educación.
Cuando guiados por la Santa
Doctora, seguimos paso a paso el desenvolvimiento de su vida que, ayudada de la
gracia, triunfa poco a poco de los obstáculos que la oponen de un lado su
naturaleza enfermiza, de otro las asechanzas del mundo, las naturales inclinaciones
de la juventud y las contradicciones de todo género en que se purifica y contrasta
su espíritu, se adquiere la evidencia de que Dios Nuestro Señor quiso dejarnos
en la Virgen de Ávila una prueba clarísima del poder educador de la gracia, y
de lo que gana lo humano cuando se junta a lo divino.
No encontró fácilmente la santa
maestros idóneos que la guiaran por las sendas de la virtud. Los medio letrados que la tocaron en suerte
más de una vez, la hicieron daño, y aunque por fin dio con buenos Directores,
no olvidó lo mal que la habían sentado los inexpertos o ignorantes, y, rindiéndose
a la obediencia unas veces, a la súplica de sus hijas otras y convencida de que
en los caminos del espíritu se pasa mucho y más
mujeres por falta de saber, escribió sus obras inmortales, sublime compendio
de la Mística más pedagógica y de la
más elevada Pedagogía mística.
Y en verdad que la anterior
afirmación es ciertísima, porque quien con tanto cuidado deslindó los campos de
lo natural, de lo patológico y de lo sobrenatural, y experimentalmente conoció
lo que son, pueden y valen las fuerzas del alma, no hay miedo que arrincone lo
humano, que al fin es obra de Dios, y así lo activa maravillosamente y uniéndolo
a la gracia levanta, con todo, el edificio de la santidad.
Y con agregar que en el
conocimiento del alma femenina no conoce rival nuestra Doctora, damos por
terminado este preámbulo para entrar de lleno en el estudio del tema.
* * *
El Ideal
Huelga decir que los escritos de
Santa Teresa no son tratados de educación, si por tales hemos de entender los
que se ajustan a las normas corrientes de la literatura pedagógica.
Puso la pluma en el papel por
obediencia y con uno de estos dos fines: el de abrir a los directores el
castillo interior de su espíritu, o el de iluminar y alentar a sus hijas para
que resueltas, alegres y valientes, recorrieran la senda que lleva al cielo, y,
como a la práctica de la oración van unidos los progresos espirituales de la
Santa, y por idéntico camino quieren sus hijas conquistar la santidad, todas
las obras de Santa Teresa son tratados de oración y guías seguros de vida
perfecta, pues no otra oración quiere la Mística Doctora, sino la que trae
consigo aumento de virtudes.
Y como en las distintas fases o
grados de la vida espiritual el sujeto es el mismo: el cristiano; el fin idéntico;
la unión con Dios y los medios de conseguirlo iguales: los actos humanos
sobrenaturalizados por la gracia, fuerza es que cuantos educan sean padres,
maestros o directores de espíritu, estudien los mismos problemas fundamentales.
Santa Teresa los plantea con claridad maravillosa y los resuelve con la fineza
y acierto de quien como ella se graduó
- en expresión de un filósofo ilustre - en
la Universidad de la experiencia, y los estudió a la luz de su ingenio y de
la inspiración divina.
El término, la meta o, por mejor
decir, el ideal o fin próximo de la perfección cristiana es unirse a Dios en
esta vida por conocimiento y por amor. Distinguen los místicos, y con ellos la
Santa, dos modos o maneras de unión: la ascética y la mística. Consiste la
primera en la perfecta acomodación, previa la gracia ordinaria, de la voluntad
humana a la divina. Consúmase la segunda en el matrimonio espiritual, y para
ella se precisan gracias extraordinarias.
Dejemos a un lado la cuestión de
si la doctrina de la Santa coincide o no con la moderna teoría de la unidad de
la vida espiritual, cosa no tan clara como a primera vista pudiera parecer, y
ateniéndonos a sus palabras afirmemos «que
la verdadera unión se puede muy bien alcanzar, con el favor de Nuestro Señor,
si nosotros nos esforzamos a procurarla con no tener voluntad sino atada con lo
que fuere la voluntad de Dios... Esta es la unión que toda mi vida he deseado;
esta es la que pido siempre a Nuestro Señor y la que está más clara y segura.
(Moradas 5.a, Cap. III).
A esta unión llama Dios a todo
cristiano, y este debe constituir el fin próximo de la educación porque él constituye
la esencia de la vida perfecta que la Santa cuida bien de precisar, como si quisiera,
no solo deshacer los prejuicios del vulgo de todos los tiempos, sino también
los de los pedagogos que desechan este ideal, aduciendo que es inaccesible. En lo que está la suma perfección, claro
está que no es en regalos interiores, ni en grandes arrobamientos, ni visiones,
ni en espíritu de profecía, sino en estar nuestra voluntad tan conforme con la
de Dios que ninguna cosa entendamos que quiera que no la queramos con toda nuestra
voluntad y tan alegremente TOMEMOS lo sabroso como lo amargo, entendiendo que
lo quiere Su Magestad. (Fundaciones=c=V).
Lejos de aquel espíritu varonil
el hacer del sentimiento ideal de perfección... “no está la perfección en los gustos, sino en quien ama más, el premio
lo mismo y en quien mejor obrase en justicia y verdad" (Moradas 3,
Cap. II).
Para los que cifran en solo orar
toda la sustancia de la vida perfecta, va este aviso: «Torno a decir, que para esto es menester no poner vuestro fundamento
solo en rezar y contemplar, porque si no procuráis virtudes y hay ejercicio de ella,
siempre os quedaréis enanas; y aún plega a Dios que solo sea no crecer porque
ya sabéis que quien no crece, decrece» (Moradas 7.a, Cap. IV)
Aunque las citas anteriores dejan
ver claramente lo que la Santa entiende por perfección, predomina en ellas la
parte que pudiéramos llamar negativa; las siguientes ofrecen definiciones más
precisas. «Toda la perfección de quien
comienza oración (y no se olvide que esto importa mucho) ha de ser trabajar y determinarse
y disponerse, con cuantas diligencias pueda, hacer su voluntad conformar con la
de Dios, y como diré después, estad muy ciertas que en esto consiste toda la
mayor perfección que se puede alcanzar en el camino espiritual. Quien más
perfectamente tuviere esto, más recibirá del Señor y más adelante está en este
camino. No penséis que hay más algarabías ni cosas no sabidas ni entendidas,
que en esto consiste todo nuestro bien» (Moradas 2.a, Cap. I)
«Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y
del prójimo, y mientras con más perfección guardáremos estos mandamientos, seremos
más perfectos. (Moradas 1.a, capítulo II).
¿Reúne este ideal las condiciones
que a un ideal educativo se exigen? Veámoslo.
Un ideal humano de perfección ha
de ser Universal, pues admitida la unidad
de naturaleza no cabe diversidad en los fines necesarios, sean últimos o
próximos. Dios llama a todos sin excepción a unirse a Él, y a este llamamiento
responde la naturaleza humana con ansias de perfección que estimulan todas sus
facultades. Ha de ser asequible a todos, porque si no lo fuera dejaría de ser
universal. Ni un solo hombre carece de gracia ni de aptitud natural para conformarse
al querer divino expresado en los mandamientos. La fe asegura lo primero, la
experiencia lo segundo. No pudiendo determinarse concretamente el límite de la perfectibilidad humana, el ideal no
ha de ser limitado porque pudiera ser
un obstáculo. ¿Qué ideal sino el cristiano reúne esta condición? Cristo dijo
«Sed perfectos como lo es vuestro padre celestial». En Dios no hay límites y
aunque los tiene la perfección humana ¿quién será capaz de señalarlos? Pero a
la vez que ilimitado, y aunque parezca contradictorio, el ideal tiene que ser
determinado y concreto, lo vago, lo oscuro, lo impreciso, lo oscilante, no puede
ser copiado. Cristo el Hombre-Dios, encarnación del más sublime ideal de vida
perfecta junta en sí lo infinito de la perfección, con la imitabilidad más
admirable.
Tan comprensivo debe ser el fin próximo que en él puedan caber todos
los fines particulares de perfección general humana, y por último que su posesión
produzca el máximum de felicidad que el hombre puede alcanzar en esta vida y
que está en razón directa de la paz que produce el equilibrio y armonía de sus
facultades, tanto más perfectas cuanto más próximas a Dios.
Aplíquense las propiedades
anteriores a tantos ideales educativos como intentan sustituir al cristianismo,
y de su cotejo resultará que todos han de cederle la primacía, los unos por
groseros e indignos del hombre, los otros por limitados, por estrechos, por inferiores.
Afirmemos pues con la Santa que en unirnos con Dios está todo nuestro bien, y
sea este ideal el que rija la educación cristiana.
(1) Trabajo premiado en el concurso
abierto por Acción Católica de la Mujer sobre este tema.
(Continuará)
P E D A G O G Í A T E R E S I A N A
Por María Díaz Jiménez
(Continuación)
Nosce te ipsum
Uno de los fines más claros de
los escritos de Santa Teresa es desterrar de sus hijas la ignorancia, porque
las supone sin letras y sabe que en los libros por ellas manejados no han de
encontrar lo que sus espíritus necesitan. Los letrados que escriben no paran en
cosas menudas, que por tener otras
ocupaciones importantes y ser varones fuertes no hacen caso de cosas que en sí
no parecen nada, y a cosa tan flaca como somos las mujeres, todo nos puede
dañar. (Camino de perfección-Prólogo). Además no les concede siempre un
conocimiento perfecto del alma femenina, sutil para ocultarse, y no muy hábil
para describir y precisar estados de espíritu, y por todo esto podrá ser -dice donosamente- aproveche (lo que escribe), para atinar en cosas menudas ¡Y tanto
que aprovecha! ¿Qué mujer al leer sus escritos no aprendió a leer en sí misma,
y descubrió en su alma repliegues y reconditeces insospechadas?
Sabe que en la vida espiritual,
como en toda vida, la ignorancia es obstáculo que impide el progreso, barrera
que defiende el paso a grados superiores de perfección, causa de amarguras y
tedios insoportables, origen de escrúpulos que abaten el vuelo de las almas,
quitándolas la santa libertad de espíritu, obscuridad que proyecta sombras
medrosas en el camino de la virtud, y motivo de caídas v deserciones
innumerables.
La primera ignorancia que quiere
quitar de sus hijas es la que se refiere al sujeto de perfección. Entonces,
como ahora y como siempre, el propio conocimiento es conocimiento raro, la
mayor parte de los hombres viven y mueren extraños a sí mismos.
No cambiaron mucho las cosas del
siglo XCVI acá, y aunque proclamado desde entonces, y por heraldo de la autoridad
de nuestro Vives, el principio fecundo de que la educación ha de asentarse
sobre el conocimiento de la naturaleza humana, poco se adelantó en este
sentido. De herejía pedagógica tal vez tache alguno la anterior afirmación en
pleno siglo XX, pero, examinada despacio, se ve que no carece de fundamento.
Es verdad que la psicología
moderna estudia al niño, al adulto y al hombre, les somete a experimentos y a
observaciones, cuya delicadeza nos libraremos muy bien de negar; les mide, pesa
e interroga para aquilatar el cómo y el cuándo de sus facultades; reúne
cuidadosamente los datos adquiridos, y, después de compararlos, forma
estadísticas, deduce leyes, que en su mayor parte, están muy lejos de serlo, y
de tener por tanto aplicaciones universales y fecundas en la educación.
Y es que la psicología
experimental trae un pecado de origen; erró el método al emplear con
exclusivismo exagerado la experimentación psicofisiológica, limitando así sus
conocimientos, a las manifestaciones sensibles de la vida psíquica.
Nuevas corrientes intentan unir
en feliz sincretismo los datos de la ciencia nueva con los de la filosofía
tradicional, para aportar a la educación un concepto más completo del hombre,
que el elaborado por procedimientos matemático y físico químicos.
Pero, ya lo indicamos en la
introducción, si a este conocimiento de la vida natural del hombre no se une el
de la vida sobrenatural, tan verdadera y real como la psicofísica, conocerá el
educador católico al hombre, pero no al cristiano que es el objeto de su
educación. El deber del padre, del maestro y del director de espíritu no se
reduce a adquirir él los conocimientos del educando, se extiende a más, han de
introducir al dirigido en el conocimiento de sí mismo. ¡Y aquí sí que el descuido
llega a un grado inconcebible! Se atiende a todo en los planes de educación y
enseñanza, se multiplican asignaturas, se mete en la cabeza de los niños y de
los jóvenes conocimientos exóticos y de ninguna utilidad, y se les deja vivir
ignorándose completamente. ¿Hay razón que justifique esta omisión? Confesamos
que ninguna. Estamos ante un caso muy corriente en el vivir de la humanidad.
Verdades clarísimas que los pensadores repiten hasta cansarse, no se abren
camino en la práctica ni toman carta de naturaleza, sino después de muchos
siglos y rudas batallas. La del conocimiento propio es de esta clase. Diríamos
que el hombre, ante el vario y sorprendente espectáculo del mundo exterior, se
olvida de sí mismo, y, embelesado en la contemplación de la naturaleza material,
no para mientes en la belleza espiritual qué encierra la parte más eminente de
su ser.
La mística Doctora protesta
airada contra la falta de conocimiento propio, y al proclamar su necesidad no
se detiene, como pudiera suponerse, en un conocimiento moral de los actos
humanos, quiere un conocimiento íntegro del alma del cuerpo y de sus mutuas
influencias, de lo psicológico y de lo fisiológico, de lo natural y de lo
sobrenatural y sobre el asiento del diamantino castillo de las Moradas.
Oigámosla:
No es pequeña lástima y confusión que, por nuestra culpa, no entendamos
a nosotros mismos, no sepamos quién somos. ¿No seria gran ignorancia, hijas
mías, que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su
padre, ni su madre, ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin
comparación es mayor la que hay en nosotros cuando no procuramos saber qué cosa
somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos, y así, a bulto, porque lo hemos
oído y porque lo dice la fe, sabemos que tenemos almas. Mas qué bienes puede
haber en esta alma o el gran valor de ella pocas veces lo consideramos, y ansí
se tiene en tan poco conservar su hermosura. Todo se nos va en la grosería del
engaste o cerca deste castillo, que son estos cuerpos. (Moradas 1.a,
cap. 1º.)
Y más adelante:
Parece que digo algún disbarate porque si este castillo es el ánima,
claro está que no hay que entrar pues es el mesmo, como parecería desatino decir
a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que
hay mucho de estar a estar, que hay muchas almas que se están en la ronda del
castillo, que es adonde están los que le guardan, y no se les da nada de entrar
dentro, ni aún qué piezas tiene. (Moradas 1.a, cap. 1°)
Medítense los párrafos copiados,
y, sin esfuerzo ni torcidas interpretaciones, se verá que la Santa no busca un
conocimiento vulgar: no a bulto, sino
claro; no un conocimiento habitual,
sino reflexivo, que va mucho de estar a
estar; no superficial ni incompleto, que hay que pasar de la ronda del castillo y no embelesarse con
los primores del engaste, dejando de admirar
la perla que allí puso el artífice Divino.
Para ciertos educadores parece
escrito lo arriba copiado que en la ronda, y bien en la ronda, quedan cuantos
se detienen en el engaste, y apenas
si aciertan a otra cosa que a tomar medidas antropométricas, a presentar
intuiciones sensibles, a ejercitar miembros, y, lo que es peor, a abrir paso en
el alma del niño a las sucias sabandijas que cerca de él se arrastran. Fuera
quedan, no sólo los sensualistas vulgares, sino también las asociacionistas,
con toda su rica labor de análisis psicológicos; los racionalistas, con Kant a
la cabeza, y sus inconsistentes teorías morales, y cuántos, por miopía
intelectual o por malicia, cierran sus ojos a la luz de la fe, haciéndose
incapaces, especulativa y prácticamente, de conocer las bellezas del alma y de
aprovechar para la educación las energías sobrenaturales de la gracia.
Santa Teresa adquirió
conocimiento completísimo de la naturaleza humana y de sus modos de obrar
naturales y sobrenaturales, y de él deduce sus normas de formación, que si bien
están en armonía con la alteza del fin, revelan un respeto profundo a la
naturaleza y en ellas se apoyan muchas veces, nunca la destruyen, y siempre la
purifican, la fortalecen y la elevan.
Largo sería este capítulo si para
demostrar lo afirmado hubiéramos de copiar textos. La índole de nuestro estudio
nos releva de este trabajo, pues la anterior afirmación se verá confirmada en
él muchas veces. Valga por todas la siguiente cita en que nuestra escritora
lamenta las consecuencias deplorables, que trae la falta de un conocimiento
propio claro y científico:
¡Oh Señor! tomad en cuenta lo que pasamos en este camino por falta de
saber, y es el mal que como no pensamos que hay que saber más de pensar en Vos,
aún no sabemos preguntar a los que saben,
ni entendemos qué hay que preguntar, y pásanse terribles trabajos porque no nos
entenderemos, y lo que no es malo, sino bueno, pensamos que es mucha culpa. De aquí,
proceden las aflicciones de mucha gente que trata de oración, y el quejarse de
trabajos interiores, a lo menos mucha parte de gente que no tiene letras, y
vienen las melancolías y a perder la salud y aun a dejarlo todo porque no
consideran que hay un mundo interior acá. Y ansí como no podemos tener el movimiento
del cielo, sino que anda a priesa con toda velocidad, tampoco podemos tener
nuestro pensamiento, y luego metemos todas las potencias del alma en él.
(Moradas 4.a, cap. 1°).
Describe nuestra Madre, con
pinceladas de Cielo, las bellezas del alma en gracia, y con el inspirado símbolo
del castillo de diamante y muy claro
cristal, va declarando la hermosura que a este mundo interior del espíritu
comunica el Sol de la Justicia, que mora en la más recóndita morada del
castillo, en la esencia del alma, y como el pecado empaña la limpieza del
cristal, detiene los rayos de la gracia y deja en tinieblas los senos del espíritu.
La puerta para entrar en el castillo, es, según la Santa, la oración y consideración; lo que un
psicólogo llamaría reflexión, con la diferencia que va de una operación natural
a esa misma operación sobrenaturalizada; pero como al iniciar el alma esta
introspección, la gracia obra, por decirlo así, al modo humano, tenemos que la
Santa, con fina mirada psicológica, nota y dice cuánto vale la reflexión para despertar
actividades, pues las almas sin oración son
como un cuerpo con perlesía o tullido, que, aunque tiene pies y manos, no los
puede mandar. (Morada 1.a, cap. 1).
Las almas de las primeras moradas
tienen cierta semejanza con el alma del niño. Son almas en gracia, desean la perfección,
pero acostumbradas a derramarse en lo exterior,
no acaban de entrar en el castillo.
Sus potencias tienen poca fuerza para luchar, y son fácilmente vencidas si no
recurren a Dios y dejan las ocasiones de pecar.
El niño está en gracia, ansia la
perfección y, en sus pequeñas luchas cae con frecuencia. Hay que alejarle de
todo peligro moral y de cuantas batallas exijan esfuerzos no proporcionados a
sus energías. Sus facultades intelectuales se desarrollan no reflexiva, sino directamente,
y se dirigen, por necesidad imperiosa al mundo exterior. La reflexión no es
planta que brota espontáneamente en el niño, pero hay que irle habituando a fijarse
en sí mismo, para que poco a poco, su vida se torne consciente y activa. La oración es puerta. Hay que hacerle
pasar de la ronda del castillo, atrayéndole suavemente hacia la vida interior,
iniciándole en el conocimiento de las bellezas naturales y sobrenaturales del
espíritu, y como el pecado mancha feamente ambas hermosuras, hay que formar su conciencia
moral para que discierna lo bueno y lo malo que hay en él.
En este conocimiento de flaquezas
y pecados propios, hay dos peligros que deben evitarse en todo grado de educación
y en cualquier estado de perfección: la cobardía que el conocimiento de nuestra
miseria puede engendrar en la voluntad y cierta estrechez de entendimiento
nacida de la misma ruindad del objeto en que se ejercita. El conocimiento de lo
bueno, también podría menoscabar la humildad. Todo lo previene la Santa, y de
manera tan admirable, que nos limitaremos a transcribir sus párrafos sin
intentar pasarlos por el menguado tamiz de nuestra critica para no empequeñecerlos:
Mas que busquemos como aprovechar más en esto (en el propio
conocimiento), y a mi parecer jamás nos acabamos
de conocer, si no procuramos conocer a Dios: mirando su grandeza, acudamos a nuestra
bajeza; y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su
humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes. Hay dos ganancias en
esto. La primera está claro que parece una cosablanca, muy más blanca cabe la
negra, y al contrario la negra cabe la blanca; la segunda es porque nuestro
entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien,
tratando a vueltas de si con Dios, y si nunca salimos de nuestro cieno de
miserias, es mucho inconveniente... Metidos siempre en la miseria de nuestra tierra
nunca el corriente saldrá del cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía, de
mirar si me miran, si yendo por este camino me sucederá mal, si osaré comenzar
aquella obra, si será soberbia, si es bien que una persona tan miserable trate
de cosa tan alta como la oración, si me tienen por mejor, sino voy por el
camino de todos; que no son buenos los extremos, aunque sea en virtud; que como
soy tan pecadora, será caer de mal alto; quizá no iré adelante y haré daño a
los buenos, porque una como yo no ha de menester particularidad.
¡Oh, válgame Dios, hijas mías, qué de almas debe el demonio de haber
hecho perder mucho por aquí! Que todo esto les parece humildad y otras muchas
cosas que pudiera decir y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio
conocimiento, y si nunca salimos de nosotros mesmos no me espanto que esto y
más se pueda temer. Por eso digo, hijas, que pongamos los ojos en Cristo, nuestro
bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad y en sus santos, y
ennoblecerse ha el entendimiento como he dicho y no hará el propio conocimiento
ratero y cobarde. (Moradas 1.a, cap. 2.°).
(Continuará)
P E D A G O G Í A T E R E S I A N A
Por María Díaz Jiménez
(Continuación)
El Cuerpo
La armonía, esa ley fundamental
de la vida, ha de robustecerla la educación al orientar hacia una finalidad común
las diversas facultades humanas.
No es fácil el empeño. La
distinta y contraria naturaleza de los elementos que integran al hombre
determinan tendencias opuestas que luchan por adquirir cada una de ellas el
dominio del ser que, herido por el pecado de origen, perdió, aun en lo natural,
la fortaleza y energía que de suyo tenía para esta lucha. En la batalla que
libran en nuestro interior la bestia y el ángel, el espíritu y la materia, debe
triunfar el alma. La idea, luz y guía de la voluntad dominadora, señala el camino;
la voluntad sujeta y encauza las pasiones, y la gracia inyecta una energía
sobrenatural que vivifica, fortalece y sostiene en la lucha, a las distintas facultades.
Esta guerra interior dura lo que
dura la vida. En ella alternan las derrotas y las victorias; hay días de calma
y días de horrible tempestad; momentos de esperanza y horas en que el horizonte
se cierra para no dejar paso al más tenue rayo de luz.
L a educación ha de preparar al
hombre para esta lucha inevitable conociendo las causas de tales alternativas y
dándole medios con que logre, si no estar en
un ser, cosa que Santa Tere a tiene por imposible en esta vida, el triunfo
del espíritu sobre la materia.
Este dominio de lo espiritual no
quiere decir anulación ni destrucción del cuerpo; significa sujeción de lo
inferior a lo superior; armónica y equilibrada convivencia del alma y de la
materia; subordinación racional de unas facultades a otras, según su relativa
importancia, convergencia, en fin, del hombre entero hacia el ideal supremo de su
vida.
Dios, que unió substancialmente
el alma al cuerpo, condicionó y subordinó el desarrollo de lo espiritual al
desarrollo de la parte física, e impuso al hombre el deber de procurar y
conservar la salud.
El cuidado del cuerpo tiene un
fundamento moral, y la educación no puede eludirle sin que protesten a una el
instinto de conservación y el sentido común, la psicología y la ética más
elementales; pero no ha de sacarle de aquel lugar inferior que en el desarrollo
general humano le corresponde, no sea que, alzándose con un dominio que no le
es dado, ahogue al espíritu y le sujete a lo terreno impidiéndole ascender a
las regiones de la vida espiritual y sobrenatural.
Cuanto dentro de sus justos
límites se haga en pro de la salud, bien hecho está; más se ha de tener en
cuenta que, tarde o temprano, el dolor y la enfermedad han de visitar al
hombre, y que en lo posible debe sobreponerse a ellos, conservando el dominio
del cuerpo, atenuando el sufrimiento con el valor, o soportándole con entereza resignada.
Este triunfo busca la mortificación cristiana, que en el fondo no es sino medio
perfectísimo de educación. Santa Teresa es buen ejemplo de lo que puede la
voluntad, aun en lo fisiológico, y de la soberanía que el alma bien templada
ejerce sobre el cuerpo, y como en la experiencia propia aprendió la posibilidad
de este dominio, a él encamina a sus hijas, y quiere que, sin desatender la
salud, se curtan luchando para vencer la debilidad de sus complexiones
femeninas y adquirir fortaleza varonil. Copiemos: "Cosa imperfecta me parece, hermanas mías, este quejarnos siempre por
livianos males; si podéis sufrirlo no lo hagáis. Cuando es grave el mal, él
solo se queja... unas flaquezas y malecillos de mujeres olvidaos de quejarlas,
que algunas veces pone el demonio imaginación de estos dolores; quítanse y
pónense; si no se quita la costumbre de decirlo y quejaros de todo, si no fuera
a Dios, nunca acabaréis. Porque este cuerpo tiene una falta, que mientras más
le regalan más necesidades descubre; es cosa extraña lo que quiere ser
regalado, y como tiene aquí algún buen color, por poco que sea la necesidad
engaña a la pobre alma para que no medre... Y creed, hijas, que en comenzando a
vencer estos corpezuelos no nos cansan tanto... Si no nos determinamos a tragar
de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada. Procurad de no
temerla y dejaos todas en Dios, venga lo que viniere. ¿Qué va en que nos
muramos? Y cree que esta determinación importa más de lo que podemos entender;
porque de muchas veces que poco a poco lo vamos haciendo, con el favor del
Señor, quedaremos señoras de él. Pues vencer un tal enemigo es gran negocio en
la batalla de la vida. Hágalo el Señor como puede. Bien creo no entiende la
ganancia sino quien goza de la victoria, que es grande, a lo que creo, que
nadie sentiría pasar trabajo por quedar en este sosiego y señorío». (Camino de
Perfección. Cap. XI).
Buena falta hace que en la
educación arraiguen las ideas de la Santa Doctora, y que de la escuela pueda
decirse que prepara no sólo para la vida, sino para la enfermedad y para la
muerte.
Santa Teresa cuida muy bien de
advertir, en el precioso capítulo de donde entresacamos los párrafos
anteriores, que este sufrir callado y oculto no se refiere a males graves: «En todo esto que he dicho no trato de males recios,
cuando hay calentura mucha, aunque pido haya moderación y sufrimiento siempre,
sino unos malecillos que se pueden pasar en pie».
Nadie más cuidadosa que la Santa
en velar por la salud de sus hijas. Las obras, las constituciones, y sobre
todo, las cartas, confirman nuestro aserto. Apenas hay epístola, de las que
escribe a sus monjas, en que no se interese por la salud de todas, pida
noticias de las enfermas y hasta envíe recetas sumamente curiosas. Abra el
lector al azar un tomo de cartas y hallará plenamente confirmada nuestra
afirmación.
Detengámonos ahora en algo
notabilísimo: en los consejos que da a las prioras para que sepan cómo se han de haber con las que tienen
humor de melancolía.
Estas melancólicas de Santa Teresa son las enfermas que padecen alguna de
las formas que en la psiconeurosis distingue la patología, y que por ser
achaque del sistema nervioso trae trastornos psíquicos que reclaman un
tratamiento, mezcla de fisiológico y de educativo.
Sería meter la hoz en mies ajena
el estudiar desde el terreno médico las Doctrinas Teresianas. Quédese para los
neurólogos y contentémonos con afirmar que las tres formas principales de la
psiconeurosis: el histerismo, la neurastenia y la psicastenia, los distingue
nuestra escritora perfectamente, claro que sin terminología técnica, pero con
un detalle de observación que no hay más que pedir.
Buen cuidado tenía de no admitir
en sus conventos melancólicas, pero con todo, se escurrían, y una vez dentro
las prioras habían de llevarlas del mejor modo posible.
Tantos son los avisos que de
diversos lugares da sobre este punto, que, para justificar su insistencia, dice
con gracia: «Demasía parece dar tanto aviso
para este mal, y no otro alguno... Es por dos cosas: la una que parece están
buenas, porque ellas no quieren conocer tienen este mal. La otra es porque con
otras enfermedades o sanan o se mueren; de ésta, por maravilla, sanan, ni de
ella se mueren, sino que vienen a perder de todo el juicio, que es morir para
matar a todas». (Fundaciones. Cap. VII).
L o s caracteres comunes a las
psiconeuróticas los resume en pocas palabras: «... en lo que más dan es en salir con lo que quieren, y decir todo lo que
les viene a la boca, y mirar faltas en otros para encubrir las suyas, y
holgarse en lo que les da gusto; en fin, como quien no tiene en sí quien las
resista... pasan harta muerte consigo mesmas de aflicciones y imaginaciones, y
escrúpulos». (Fundaciones. Cap. VII).
Los remedios terapéuticos que da
la Santa los suscribiría cualquier especialista moderno. Persuasión, amor, maña,
y si esto no bastare, sujeción y fuerza. No ayunen ni coman pescado y hasta
supriman la oración.
Da la Santa, en lo que cabe, con
la causa del mal, que acierta a colocar en la imaginación, y luce su finura de
observación psicológica al proclamar como supremo remedio el que la enferma se
ocupe en cosas exteriores. Bien sabe la sin par Doctora que el gobierno directo
de la imaginación no es posible muchas veces, ni aún en plena normalidad, y que
el dirigir la atención a cosas exteriores es buen recurso para aquietarla: «Y han de advertir que el mayor remedio que
tienen es ocuparlas (a las melancólicas)
mucho en oficios para que no tengan lugar de estar imaginando, que aquí está
todo su mal; y aunque no los hagan bien, súfranlas algunas faltas, por no las
sufrir otras mayores estando perdidas. Porque entiendo que es el más suficiente
remedio que se les puede dar y procurar que no tengan muchos ratos de oración,
aún de lo ordinario, que por la mayor parte, tienen imaginación flaca, y
haráles mucho daño, y sin esto se les antojarán cosas que ellas, ni quien les
oyere, no lo acaben de entender". (Fundaciones. Cap. VII)
(Continuará)
La distinción entre locura y
melancolía es exactísima; llena de verdad la descripción de las alternativas
que sufren las enfermas melancólicas, y para que nada falte, no haya miedo que
la Santa deje en el tintero lo que esta enfermedad se presta a engaños, y cómo
tras ella se ocultan no pocas veces la dureza de juicio y la veleidad
caprichosa:
“Porque ahora se usa más que suele, y es que toda la propia voluntad, y
libertad llaman ya melancolía”. (Fundaciones. Cap. VII).
¿Verdad que esto último parece
escrito actualmente? El cuidado especial de nuestra Madre en descubrir las causas
de donde proceden los fenómenos variadísimos que en la oración se dan, la lleva
a tal conocimiento de la influencia mutua del alma y del cuerpo, que si
hubiéramos de estudiar las notas recogidas sería interminable este capítulo.
Suplan a todas las siguientes:
Hablando la Santa con las almas
que en la oración no pueden obrar con el
entendimiento, les dice que no se
aflijan si se fuercen: Porque muchas
veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que es verdad porque lo he
mirado y tratado después a personas espirituales) que viene de indisposición
corporal, que somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta
pobre alma de las miserias del cuerpo, y las mudanzas de los tiempos y las
vueltas de los humores, muchas veces hacen que, sin culpa suya, no pueda hacer
lo que quiere, sino que padezca de todas maneras, y mientras más la quieren
forzar en estos tiempos es peor y dura más el mal... Sirva entonces al cuerpo,
por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y tome algunos
pasatiempos santos de conversaciones que lo sean, o irse al campo, como
aconsejare el confesor..., es gran negocio no traer el alma arrastrada, sino
llevarla con suavidad para su mayor aprovechamiento. (Vida, capítulo X.)
Es admirable cómo en Santa Teresa se encuentran detallados los males de espíritu, y más admirable aún hallar a la vuelta de la hoja el remedio eficaz que cura y vivifica.
El alma
Es curiosísimo seguir a la Santa
Madre en sus introspecciones por este mundo interior, como ella tantas veces
denomina al alma, y de interés sumo ver cómo en el campo de su conciencia se
destacan, cada vez con más claridad y precisión, los conocimientos
psicológicos.
Favorecida por Dios con toda
suerte de gracias místicas, y temerosa de ser víctima de alguna ilusión del
demonio, busca gentes de letras y espíritu con quien comunicar cuanto pasa en
su alma, encontrando, al principio, tal dificultad para explicarse, que cuando
consulta al Maestro Daza y a don Francisco Salcedo, la encontramos mirando libros para ver si sabía decir la
oración que tenía, y subrayando en la Subida
al Monte Carmelo, de Bernardino de Laredo, las partes en que describe la
oración de unión, para que aquellos siervos de Dios leyesen allí lo que pasaba
en el alma de la Santa, porque ella no
sabia ni poco ni mucho decir lo que era su oración; que -añade- esta merced de entender qué es y saberlo
decir ha poco me la dió Dios (Vida Cap. XXIII).
El temor al engaño, su rectitud de
intención, el amor sincerísimo de proceder en todo con verdad, despiertan en
ella reflexión profunda, que, unida a ilustraciones del Cielo, la permiten
describir con asombrosa claridad, no sólo las distintas clases de oración y las
variadas etapas de la vida perfecta, sino también las potencias del alma, sus
actos y sus modos de obrar, llegando, como término de su prodigiosa inducción,
a distinguir la esencia del alma de las potencias.
Esto no quiere decir que en la
Santa se encuentre un sistema completo
de psicología, pero sí que sus observaciones, además de precisas y exactas,
tienen aquel color de verdad que caracterizan solamente a las hechas sin los
prejuicios que engendran teorías preconcebidas,
y con el solo interés de ver en las cosas lo que hay, y no lo que la imaginación
forja, o el amor propio inventa.
Deseo de verdad más puro, más sincero
y más vehemente que el de Santa Teresa, no es fácil encontrarle; ingenio más
esclarecido por luces naturales y sobrenaturales, tampoco, ni, por tanto,
inteligencia mejor dispuesta para observar la realidad, que no pocas veces
encuentra sin buscar.
Prueba de ello, que al descubrir
un nuevo matiz psicológico, un hecho, algo que la permite distinguir entre facultad
y acto, o entre potencia y potencia, se detiene sorprendida, contempla gozosa
el nuevo hallazgo, entona un himno de alabanza al Criador, y se apresura a
contrastar la verdad de su observación en la piedra de toque de un letrado.
Y como en la mística Doctora la especulación
tiene un fin eminentemente práctico, a la vuelta de la hoja, viene el consejo
para encaminar ésta o aquella facultad , para deshacer la ilusión, para levantar
al alma caída, o para contener los impulsos de un deseo indiscreto.
Reconoce la excelencia natural
del alma, se deleita al contemplar en ella la imagen de Dios, llora los
estragos del pecado, a pesar de ellos, la concede naturalmente grandeza y capacidad,
y como no somos ángeles sino hombres y,
aun influidos por la gracia, hemos de obrar de ordinario, humanamente, no hay
norma teresiana que no revele hondo y discretísimo respeto de la naturaleza.
Sabe que las potencias
son fuerzas y energías latentes que
hay que activar, y así, con
aquella intuición tan corriente en ella, y hablando de que en la oración no ha
de procurarse con artificio humano suspender el pensamiento, dice: “No nos hemos de estar bobos, que lo queda
harto el alma cuando ha procurado esto, y queda mucho más seca, y por ventura
más inquieta la imaginación, con la fuerza que se ha hecho a no pensar nada...
Que pues Dios nos dió las potencias para que con ellas trabajásemos, y se tiene
todo su premio, no hay para que las encantar,
sino dejarlas hacer su oficio, hasta que Dios las ponga en otro mayor”
(Moradas. Capítulo III). Y en otra parte añade: “Aquí aconsejo a las prioras que pongan toda la diligencia posible en
quitar estos pasmos tan largos; que no es otra cosa, a mi parecer; sino dar
lugar a que se tullan las potencias y sentidos para no hacer lo que su alma les
manda, y así la quitan la ganancia, que andando cuidadosos la suelen acarrear”
(Fundaciones. Cap. V).
La distinción entre imaginación y
entendimiento la señala muy claramente Santa Teresa. Fue uno de los hallazgos
psicológicos que la causaron mayor contento, porque padeció recio martirio en
aquella oración larga y penosa que la duró muchos años, y en la que la loca de la casa fue su constante verdugo.
En la oración de quietud seguía
batallando con aquella indisciplina de
la fantasía hasta que, vino a
entender por experiencia que el pensamiento u imaginación, porque mejor se
entienda, no es el entendimiento y preguntélo a un letrado, y díjome que era
ansí, que no fué para mí poco contento (Moradas IV. Cap. 1)."
Se da a buscar la causa de las
importunas idas y venidas de la imaginación y la señala certeramente al
observar que, ocupados entendimiento y voluntad en Dios, sin hacer en la
oración de quietud más que gozarle, abandonan el gobierno ele la fantasía que,
sin freno que la sujete, vaga a su placer.
“La memoria queda libre y junto con la imaginación debe ser, y ella como
se vé sola es para alabar a Dios la guerra que da, y como procura desasosegarlo
todo” (Vida. Cap. XVII).
Aconseja a sus hijas que no se
turben, pues esta lucha por traer a mandamiento
a la imaginación es cosa forzosa; y no os traiga intranquilas y afligidas sino
que dejemos andar esta tarabilla de molino y molamos nuestra harina, no dejando
de obrar la voluntad y entendimiento (Moradas IV. Cap. I).
No pocas veces este desasosiego
nace de la indisposición corporal, y hay más y menos conforme a la salud y a
los tiempos en este estorbo de la
imaginación. Innumerables son los pasajes en que habla de esta facultad; en
unos, como los arriba citados, advierte a sus monjas que no luchen en vano; en
otros las previene para que eviten los peligros que su viveza puede ocasionar.
Tan profundo era el sentido que la Santa tenía de lo real, tan consumada su experiencia
en las temibles inventivas de la imaginación, y tal la seguridad de que en ella,
las más de las veces, hace el demonio sus
saltos u engaños, especialmente a mujeres
u gentes sin letras, que es incansable dando reglas para precaver
ilusiones.
Teme unas imaginaciones en las
que la imagen adquiere tal viveza, que a más de hacer palidecer la sensación real,
dejan al entendimiento absorto y embebido.
En la oración estas almas corren
el peligro de confundir lo imaginado con lo sobrenatural; en el orden
científico dan por verdaderas sus hipótesis, y en la vida práctica se sitúan
fuera de la realidad.
A las tales les conviene no
detenerse con exclusivismo en la contemplación de un solo asunto, para no dar
pábulo a fantasías dañosas, y, sin derramarse, andar con libertad razonable,
afín de no dañar al alma ni al cuerpo. Entero merecía copiarse el
artículo VI de las Fundaciones; a
él remitimos al lector, ya que no cabe
trasladar aquí más que unos párrafos: "Y
cuando una viere que se le pone en la imaginación un misterio de la Pasión, u
la gloria del Cielo, u cualquiera cosa semejante, y que está muchos días que,
aunque quiere, no puede pensar en otra cosa, ni quitar de estar embebida en
aquello, entienda que le conviene distraerse como pudiera, sino que vendrá por
tiempo a entender el daño, y que esto nace de lo que tengo dicho: o flaqueza grande
corporal u de la imaginación, que es muy peor. Porque así como un loco si da en
una cosa no es señor de sí, ni puede divertirse ni pensar en otra, ni hay
razones que para esto le muevan, porque no es señor de la razón, así podría
suceder acá, aunque es locura sabrosa, o que si tiene humor de melancolía, puédele
hacer muy gran daño” (Fundaciones. Cap. VI).
Para las psiconeuróticas, tan
temidas por la Santa, da reglas minuciosas, ya que en la imaginación está su
gran peligro.
Los capítulos XXVII y XXVIII de
las Moradas VI, son un prodigio de fina
observación psicológica. No cabe distinguir mejor al estudiar las visiones y hablas
intelectuales e imaginarias, entre lo natural y sobrenatural, entre la imagen y
la idea, ni tirar con pulso más seguro las líneas divisorias de unos y otros
campos hasta en los puntos en que parecen tocarse y aun confundirse.
A pesar de los tormentos que la
imaginación causó a la Santa hasta hacerla exclamar: “A mí cansada me tiene y
aborrecida la tengo y muchas veces suplico al Señor, si tanto me ha de estorbar,
me la quite en estos tiempos” (Vida. Cap. XVII). Sabe aprovecharse de ella y
traerla en apoyo del entendimiento, que
en el orden natural no piensa sin imágenes. Los capítulos XXII de la Vida y el 6º de las VI Moradas prueban esta afirmación.
No se conforma la Santa con las teorías de ciertos autores místicos, que
aconsejan que el alma, antes de que Dios
le dé contemplación infusa, se ayude ella, prescindiendo de toda imagen
corpórea. Firme en que ha de buscarse al Criador por las criaturas, y de que,
aun en los más subidos grados de la oración, cuando Dios suspende todas las
potencias, no es largo tiempo el que la imaginación está ociosa. “Más estas pérdidas del todo y sin ninguna imaginación en nada, que, a mi
entender, también se pierde del todo, digo que es breve tiempo” (Vida XVIII). Sienta en los capítulos citados doctrina de
que mientras el alma proceda en oración por el modo ordinario, se ayuda de la
fantasía que; “Querernos hacer ángeles
estando en la tierra, y tan en la tierra como yo estaba, es desatino; sino que
ha menester tener arrimo el pensamiento para lo ordinario” (Vida. Cap. XXII). Lamenta el
tiempo en que, por estar engañada en este punto, dejó de pensar en la Sagrada Humanidad de
Cristo, y recomienda dulcísimamente que no se deje de representar en la
imaginación, pues ella tiene el poder de
atraer hacia sí el entendimiento, que sin su apoyo desvaría: “Y vi claramente que iba mal (no pensando
en la Sagrada Humanidad) porque como no
podía ser tenerle siempre (envido el entendimiento) andaba el pensamiento de aquí
para allí, y el alma, me parece, como un ave revolando, que no halla adonde parar,
y perdiendo harto tiempo, y no
aprovechando en las virtudes ni medrando en la oración” (Moradas, VI y
VII).
No menos claras son las ideas que
la Santa adquirió sobre el entendimiento. Distingue muy bien lo propio de la
razón y lo peculiar de la inteligencia; el trabajo discursivo de la primera que
termina con el hallazgo de la verdad, y la mirada sencilla de la segunda que contempla
el concepto adquirido:
Ya sabéis -dice- que
discurrir con el entendimiento es uno; y representar la memoria al
entendimiento verdades es otro. (Moradas VI. Cap. VI). Pone un ejemplo de
cómo se procede en la oración discursiva, y buscando el motivo de por qué
algunas almas a quien Dios da contemplación difusa suelen quedar menos
inhábiles para pensar en la Humanidad del Salvador, dice, con el aplomo de un
filósofo, que estas almas, no se entienden, y confunden el discurrir con el contemplar
porque no saben que para esto último no han menester trabajo porque entiende el alma estos misterios por
manera más perfecta: Y es que se los representa el entendimiento, y estámpanse
en la memoria de manera que de sólo ver al Señor caído con aquel espantoso sudor
en el Huerto, aquello le basta para, no sólo una hora, sino muchos días,
mirando con una sencilla vista… (Moradas VI. Cap. VII). Creo debe ser la causa, que como en la
meditación es todo buscar a Dios, como una vez se halla… no quiere cansarse con
el entendimiento. (Moradas VI. Cap. VII). Al explicar las visiones
intelectuales se esfuerza por dar a entender que no hay en ella nota ninguna de
materialidad. ¡Qué bien la enseñó la experiencia que la idea es superior y vive
en plano más elevado que la imagen! Tiene claro conocimiento de que la idea
antes de llegar a la inteligencia ha de pasar por el laboratorio de la
sensibilidad, pero que Dios, cuando se comunica al alma por modo sobrenatural
en las visiones intelectuales no precisa las puertas del sentido ni el trabajo
de la razón: que no obramos nosotros nada,
ni hacemos nada… Es como cuando ya está puesto el manjar en el estómago sin
comerle, ni saber nosotros cómo se puso allí… Como uno que sin deprender, ni
haber trabajado nada… hallase toda la ciencia sabida ya en sí… (Vida XXVII).
El capítulo XXVII del Camino de
Perfección en que da medios para recoger el pensamiento a las almas poco
acostumbradas a meditar, es precioso. Vale un mundo, pedagógicamente, aquella
suavidad y gradación con que atrae el entendimiento hacia la imagen que la
fantasía formó de Cristo, y si no bastare aquel apelar a la intuición
recomendando traiga consigo un dibujo del Salvador que sea a su gusto y no
pararse en solamente contemplar, sino hablar, amar, y en fin llevar al alma con halagos y artificios para no la
amedrentar. Léanlo detenidamente los educadores y digan si entre los medios
que la Santa emplea para sostener la atención falta alguno de los que
emplearían ellos con el mismo fin.
Y despierto el entendimiento, quiere
fundarle en la verdad, y ansía ciencia y busca letrados que la ilustren, y
afirma con hondo sentido educador: Que la
tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así el
entendimiento del hombre (1ª Aviso) y nota las diversas condiciones de las
inteligencias y quiere que sus monjas sean avisadas, prohíbe recibir a las que
no reúnan esta cualidad, y da reglas para lo que bien pudiéramos llamar un
examen de ingenios: Un buen
entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese a él con fortaleza,
porque ve es lo más acertado, y cuando no aproveche para mucho espíritu, aprovechará
para buen consejo y para hartas cosas, sin cansar a nadie. Cuando éste falta yo
no sé para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto. Esta falta
no se ve muy en breve, porque muchas hablan bien y entienden mal, y otras
hablan corto y no muy cortado (correctamente quiere decir), y tienen entendimiento para mucho bien. Que hay unas simplicidades
santas que saben poco para negocios y estilo de mundo, y mucho para tratar con
Dios. Por eso es menester gran información para tomarlas, y larga probación
para hacerlas profesas. (Camino de perfección, capítulo XIV).
El amor es el punto donde
convergen la vida y los escritos de Santa Teresa de Jesús. Amor de Dios y del
prójimo, fuerte, decidido, intrépido, constante y abnegado. En amor se consume
y de amor muere, y con la centella de sus ejemplos y de sus palabras en amor
enciende a cuantos la conocen, y como el amor es acto de la voluntad y en la
perfección y en la educación el progreso está en razón directa del mejoramiento
de aquella, conquistarla, afirmarla, rendirla al bien y libertarla del mal será
el blanco de todo educador, y es al que certeramente dirige la Santa sus saetas.
No hay recurso que no emplee, ni resorte que deje de tocar, ni estímulo que no
avive, ni sentimiento que no mueva con tan invencible poder sugestivo; que viva
y muerta, con sus palabras y sus letras fue, es y será soberana conquistadora
de voluntades.
Otro lugar de este trabajo es el
destinado a estudiar más detenidamente lo arriba enumerado, bástenos aquí lo
que se refiere al conocimiento psicológico de la voluntad.
Que el camino para llegar a esta
potencia no es otro que el del entendimiento, bien claro lo dice aquí: Y también me parece que, como la voluntad
esté ya encendida, no quiere esta potencia generosa aprovecharse de esta otra
(del entendimiento) si pudiese; y no hace
mal, más será imposible... porque muchas veces ha menester ser apoyada del
entendimiento para encender la voluntad (Moradas, VI. Cap. VII).
La diferencia entre el acto y la
facultad, la sensibiliza preciosamente en la siguiente comparación: Pensaba yo ahora si es cosa en que hay
alguna diferencia la voluntad y el amor. Y paréceme que sí; no sé si es bobería.
Paréceme el amor una saeta que envía la voluntad, que si va con toda la fuerza
que ella tiene, libre de todas las cosas de la tierra, empleada en sólo Dios,
muy de verdad debe de herir a Su Majestad, de suerte que, metida en el mismo
Dios, que es amor, torna de allí con grandísimas ganancias, como diré.
(Conceptos del amor de Dios).
El concepto de libertad, de
aquella libertad sin flaquezas, ni imperfecciones que, porque llegó al sumun no
elige el mal, está definida en aspiración ardentísima, con profundidad y
exactitud imposible de ser superada. ¡Oh
libre albedrio, tan esclavo de tu libertad, si no vives enclavado en el temor y
amor de quien te crio! ¡Oh, cuándo será aquél dichoso día que te has de ver
ahogado en aquel mar infinito de la suma Verdad, donde ya no serás libre para
pecar, ni lo querrás ser, porque estarás seguro de toda miseria, naturalizado
con la vida de tu Dios! (Exclamación 17).
Y, por último, demos fin a este
artículo con una de las observaciones más sutiles de Santa Teresa; la que se
refiere a la distinción entre la esencia y las potencias del alma.
No pudiendo adquirir un
conocimiento intuitivo del alma, sólo por inducción y subiendo del conocimiento
de los actos al de las potencias, llegamos a descubrir la esencia de la misma y
por eso la psicología empírica precede y abre el camino a la racional.
Es notable que, en cierto modo,
Santa Teresa siga esta marcha natural del entendimiento, la razón es sencilla.
Dios no invadió el alma de la Santa de golpe, sino paso a paso, y como los descubrimientos
psicológicos de nuestra Madre siguen una marcha paralela a los procesos místicos
que analiza, el último, la unión total con Dios, consumada en el matrimonio
espiritual, es el que precisa esta idea, latente en ella, de que la esencia y
las potencias se distinguen realmente entre sí; porque ve con clara visión
intelectual cómo Dios se une a la esencia del alma y como habitualmente está a
ella presente sin que sean parte a turbar la paz aquel ir y venir de las
potencias, que activas, despiertas y unidas en admirable consorcio, trabajan y
luchan, produciendo la vida más equilibrada y armónica que en la tierra cabe
idear. No será ocioso advertir que la Santa unas veces dice que se distinguen
la esencia de las potencias, y otras el alma del espíritu, pero la reposada lectura
de los pasajes que vamos a copiar, demuestra que toma la palabra espíritu por
potencias.
En la Vida aún no aparece clara
esta distinción porque dice ...ni sé
entender qué es mente, ni qué diferencia tenga del alma, o el espíritu tampoco,
todo me parece una cosa. (Vida. Cap. XVIII).
En las Moradas va precisándose
cada vez más y al hablar en las IV, de contentos y gustos espirituales, dice: Estaba yo ahora mirando, escribiendo esto,
que en el verso que dije: “Dilatasti cor meum”, dice que se ensanchó el
corazón, y no me parece que es cosa, como digo, que su nacimiento es del
corazón, sino de otra parte aún más interior, como una cosa profunda; pienso
que debe ser el centro del alma, como después he entendido y diré a la postre.
(Moradas, IV. Capítulo III).
Al hablar de la oración de unión
dice: Su Majestad nos ha de meter y
entrar Él en el centro del alma, y para mostrar sus maravillas mejor, no quiere
que tengamos en ésta más parte de la voluntad, que del todo se le ha rendido,
ni que se le abra la puerta de las potencias y sentidos, que todos están
dormidos; sino entrar en el centro del alma sin ninguna, como entró a sus discípulos,
cuando dijo: Pax vobis, y salió del sepulcro sin levantar la piedra.
(Moradas, V. Cap. I).
Digna de Santo Tomás es la
siguiente comparación en la que dice que el alma y el espíritu (potencias) tienen
semejanza con el Sol y sus rayos. Habla la Santa del vuelo de espíritu y
pregunta, si lo que el alma ve mientras dura esta especie de rapto lo ve, o no,
estando en el cuerpo y contesta: Si esto
pasa estando en el cuerpo o no, yo no lo sabré decir; al menos ni juraría que
está en el cuerpo, ni tampoco que está el cuerpo sin alma.
Muchas veces he pensado, si como el sol estándose en el cielo, que sus
rayos tienen tanta fuerza, que no mudándose él de allí, de presto llegan acá,
si el alma y el espíritu, que son una misma cosa, como lo es el sol y sus
rayos, puede, quedándose ella en su puesto, con la fuerza del calor que le
viene del verdadero Sol de Justicia, alguna parte superior salir sobre sí misma.
(Moradas, VI. Cap. V).
También me parece que el alma es diferente cosa de las potencias, y que
no es todo una cosa: hay tantas y tan delicadas en lo interior, que sería
atrevimiento ponerme yo a declararlas. (Moradas, VII. Cap. 1).
La gracia
Al estudiar las manifestaciones
de la vida humana partiendo de las inferiores y más elementales, se echa de ver
que las que inmediatamente le siguen tienen en las primeras su punto de apoyo,
porque de ellas reciben gran parte de los elementos necesarios para desarrollar
su actividad, y que, las superiores, a su vez, al transformar lo que de las
inferiores recibieron, no solo producen un orden de vida más perfecto, sino que
perfeccionan con su influencia a las últimas, que vienen a encontrar en las
primeras su complemento e inmediata finalidad.
La educación debe tener muy en
cuenta este enlace natural de facultades y el régimen de subordinación en que,
por ley imperiosa, deben vivir procurando que cada una se mantenga en los
límites de su actividad propia, y aporte a las demás cuanto de ellas necesitan
para perfeccionarse, resultando de este mutuo auxilio una vida equilibrada y
racional.
Y en esto encontraría su fin
último la educación, si Dios no hubiera colocado más alto el fin del hombre,
pero plugo a su amor inmenso ponerle fuera del orden natural, y, porque, con
esfuerzos naturales, a él no podía subir, comunicar al hombre un principio de
vida superior, que, apoyándose en la vida natural, y actuando sobre ella, la
perfeccionara, y sobre todo, la sobrenaturalizara, para que hasta el acto
humano más insignificante pudiera cooperar y concurrir a la consecución de la
vida eterna.
La gracia santificante es este
principio sobrenatural, infundido al cristiano por el Santo Bautismo, y que en
su ser y manifestaciones tiene sorprendentes analogías con el alma, principio
inmediato de la vida natural. Acomódase, ordinariamente, en su desenvolvimiento
y progreso a las etapas del desenvolvimiento natural, y sin perder su carácter
divino influye en él, y él recibe influencias que sumadas dan origen a lo que
pudiéramos llamar fisonomías cristianas.
Un ejemplo tomado de la vida
sensible e intelectual aclara maravillosamente este auxilio de lo natural y
sobrenatural.
La inteligencia y la voluntad,
latentes en el alma desde el mismo instante que las potencias sensitivas, no
pueden realizar sus actos hasta después que éstas realizaron los suyos, porque
de los sentidos externos e internos han de recibir los materiales para su actuación,
y así aun teniendo superioridad evidente siguen, no preceden en su desarrollo a
las inferiores pero una vez que despiertan y funcionan, influyen en ellas, las
rigen, perfeccionan, y en cierto modo ensanchan, valga la frase, su capacidad y
así los sentidos externos de simples receptores de impresiones se tornan en
observadores cuidadosos del mundo exterior; la memoria se completa en la
reminiscencia, la imaginación en la fantasía creadora, el instinto recibe luz
de la razón y la parte afectiva al conmoverse, por influencias superiores , da
origen al sentimiento.
De igual modo, la gracia
santificante, como ha de actuar sobre las manifestaciones de la vida natural,
necesita su previo funcionamiento y desarrollo, y aunque infundida en el
párvulo desde el bautismo, sus facultades, que son las virtudes, no se
ejercitan hasta que la razón despierta, ya que así las teologales como las
cardinales y los mismos dones del Espíritu Santo suponen los actos humanos y
sobre ellos actúan elevándoles, sobrenaturalizándoles y perfeccionándoles, aún
en el orden natural. La luz de la razón aumenta con la luz de la fe, la memoria
se fortifica con la esperanza, la caridad da energías nuevas al apetito
racional, las virtudes naturales de prudencia, justicia, fortaleza y templanza,
no adquieren su perfección hasta que se sobrenaturalizan, y, por último, los
dones del Espíritu Santo influyendo en las virtudes sobrenaturales infunden
facilidad y hasta deleite en la práctica del bien. Lo meramente humano, a su
vez favorece, interrumpe o impide el desarrollo de la vida sobrenatural porque
de nuestra libre cooperación depende, en parte, su desenvolvimiento.
Y para que las analogías sean más
perfectas también estas virtudes o facultades del ser divino de la gracia
necesitan, al modo de las humanas que un excitante, la gracia actual, venga a
sacarlas de la potencia al acto, y de la misma manera que no adquiere el hombre
por sí solo perfección sin el auxilio de otros hombres, que con más o menos
intención educadora le auxilien y dirijan, tampoco en la ordinaria providencia
de Dios entra el prescindir de espiritual maestro que, con celo ilustrado,
cuide del desarrollo de esta vida divina. Y si bien es cierto que al confesor
incumbe una parte importantísima de esta educación, no lo es menos que los
educadores cristianos no pueden en conciencia abandonarla, no solo por ser
ellos los que en la primera edad influyen más de cerca y más continuamente en
el niño, sino porque habiendo de encaminarle desde luego a su último fin han de
poner cuidado diligentísimo en sobrenaturalizar aquella vida, al mismo tiempo
que la hacen más libre y más consciente y con mayor solicitud que la que ponen
en apartar cuanto puede ser causa de la muerte del cuerpo han de velar porque
no muera en el alma del niño la gracia, no solo porque esta muerte es causa de
la eterna, sino porque en lo humano este nuestro natural caído y enfermo tiene
en la gracia la más poderosa fuerza educativa.
Santa Teresa pinta con colores de
cielo la belleza del alma en gracia, y con negras tintas la sensible oscuridad
del alma en pecado. Copiemos dos de sus magníficas descripciones.
“Estando hoy suplicando a Nuestro Señor hablase por mí, porque yo no
atinaba a cosa que decir ni cómo comenzar a cumplir esta obediencia, se me
ofreció lo que ahora diré, para comenzar con algún fundamento: que es
considerar nuestra alma como un castillo todo de diamante o muy claro cristal,
adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. Que si
bien lo consideramos, hermanas, no es otra cosa el alma del justo, sino un
paraíso, adonde dice Él tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el
aposento a donde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos
los bienes se deleita? No hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un
alma y la gran capacidad. Y, verdaderamente, apenas deben llegar nuestros
entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla; así como no pueden
llegar a considerar a Dios, pues El mismo dice que nos crio a su imagen y
semejanza. Pues si esto es, como lo es, no hay para qué nos cansar en querer
comprender la hermosura de este Castillo; porque puesto que hay la diferencia
de él a Dios, que del Criador a la criatura, pues es criatura, basta decir su
Majestad, que es hecha a su imagen, para que apenas podamos entender la gran
divinidad y hermosura del ánima” (Moradas 1ª. Cap. I).
“Antes que pase adelante, os quiero decir que consideréis qué será ver
este Castillo tan resplandeciente y hermoso, esta perla oriental, este árbol de
vida, que está plantado en las mismas aguas vivas de la vida, que es Dios,
cuando cae en pecado mortal; no hay tinieblas más tenebrosas, ni cosa tan
oscura y negra que no lo esté mucho más. No queráis más saber que con estarse
el mismo Sol, que le daba tanto resplandor y hermosura, todavía en el centro de
su alma, es como sí allí no estuviese para participar de Él, con ser tan capaz
para gozar de Su Majestad como el cristal para resplandecer en él el sol.
Ninguna cosa le aprovecha, y de aquí viene que todas las obras buenas que
hiciere, estando así en pecado mortal, son de ningún fruto para alcanzar
gloria; porque no procediendo de aquel principio, que es Dios, de donde nuestra
virtud es virtud, y apartándonos de Él, no puede ser agradable a sus ojos;
pues, en fin, el intento de quien hace un pecado mortal, no es contentarte,
sino hacer placer al Demonio, que como es las mismas tinieblas, así la pobre
alma queda hecha una misma tiniebla... Porque así como de una fuente muy clara
lo son todos los arroicos que salen della, como es un alma que está en
gracia, que de aquí le viene ser sus obras tan agradables a los ojos de Dios y
de los hombres, porque proceden de esta fuente de vida, adonde el alma está
como un árbol plantado en ella, que la frescura y fruto no tuviera, si no le
procediere de allí, que esto le sustenta y hace no secarse, y que dé buen
fruto; así el alma que por su culpa se aparta de esta fuente y se planta en
otra de muy negrísima agua y de mal olor, todo lo que corre de ella es la misma
desventura y suciedad”. (Moradas 1ª. Cap. II).
Estas consideraciones mueven el
celo ardoroso de Nuestra Santa Madre, que vive, trabaja, sufre y escribe con el
fin de que sus hijas no solo se santifiquen, sino que al hacer una oblación, lo
más perfecta posible de su vida, la ofrezcan por salvar almas y en primer lugar
porque los maestros espirituales que desde el púlpito, el libro, o el
confesonario, con doctrina y ejemplos han de cooperar a esta obra magna, sean
cual empresa tan divina requiere.
Aplicables en todas sus partes
son las palabras de la Santa a los simples maestros que trabajan en los grados
primeros de la perfección.
Dejemos estas aplicaciones para
otro capítulo y demos fin a este recomendando la lectura del áureo libro de las
Moradas, si quiere estudiar el maravilloso desenvolvimiento de la gracia en el
alma, porque no hará daño al humilde maestro contemplar fascinado los
esplendores de esta vida divina ni las alturas a que Dios puede subir a un
alma, que antes le animará a echar firmes cimientos sobre los que Dios Nuestro
Señor levante las obras sorprendentes de su gracia para las que de ordinario
busca cooperadores.
No influyó poco en la obra de santificación de la Mística Doctora aquella monja discreta y santa que en el convento de Gracia fue su maestra. Mediten los educadores lo que importa en la primera edad cuidar de la santificación de los niños infundiéndoles amor a la virtud y odio al pecado y despierten y aviven su celo para impedir la muerte de la gracia, para devolverla a los que la perdieron, que si es grandísima limosna rogar por los que están en pecado mortal no lo es menor trabajar para libertar a las almas de estas ligaduras de muerte.
Optimismo
Sin un concepto claro y verdadero
de la naturaleza humana, sin un previo conocimiento del ideal de perfección, no
es posible dar paso seguro en la obra educadora. De aquí que todo error, ético,
religioso o antropológico sea de transcendental importancia pedagógica, y que
el educador consciente, antes de comenzar su obra pida respuesta a esta
pregunta: ¿el hombre es educable?
Tan alto pregonan la educabilidad
humana la experiencia propia y el sentido común; la historia, la filosofía y la
religión, que todo cerebro sano tendría por locura negar verdad tan evidente.
Sin embargo, prescinden de la
realidad y dan una respuesta negativa los fatalistas, negando la libertad
humana. Admiten la educabilidad de las facultades cognoscitivas, porque las trae
el hombre en germen, y como en todo germen, hay en ellas energías inmanentes
que buscan por la actividad el desarrollo, y por éste el perfeccionamiento,
pero, la voluntad, dicen, tiene una perfección innata, definitiva e
inmodificable, y así aunque el entendimiento en su progreso adquiera ideas
morales, en nada influirán en la voluntad, que en su elección, no es libre,
obra por impulso fatal de su naturaleza. Este sistema, conduce lógicamente al
más desolado pesimismo. Su consecuencia legítima en pedagogía es el abandono
absoluto de toda educación moral y religiosa. Lo imposible, sólo un loco
intentaría conseguirlo.
Afirman resueltamente que el
hombre es educable cuantos le reconocen libertad, pero de estos, no todos le
educan, porque equivocándose unos en lo que respecta a la naturaleza humana, y
otros en lo relativo al fin, vienen de hecho, a emplear medios deseducadores, y
con todo su optimismo y partiendo de dos principios tan diversos, coinciden con
los pesimistas en los resultados negativos de su educación.
De Rousseau acá, anda más o menos
triunfante en pedagogía el falso principio de la bondad natural del niño, que
han hecho suyo no pocos partidarios del optimismo modernista, y aunque algunos
alardean de católicos vienen, la mayor parte a ponerse más o menos
conscientemente, en contradicción con el dogma del pecado original, y a pedir
un respeto tan grande a lo que equivocadamente llaman libertad del niño, que
dejándole vivir a su capricho, no hacen sino favorecer las inclinaciones malas,
que no han menester cultivo para medrar, a expensas de las buenas que viven
lánguidamente, o se extinguen por completo sin el cuidado de una buena
educación.
Otros optimistas, alardeando de
amor al progreso, tienen por contrario a él, que el educador se proponga de
antemano un fin, un ideal de perfección, y colocándose en actitud expectante,
esperan que el natural desarrollo de la vida individual, descubra a cada uno su
fin, que debe seguir sin tener para nada en cuenta la moralidad.
La sana filosofía iluminada por
la fe, es la única que derrama luz en el problema de la educabilidad, y deja,
con sus indestructibles afirmaciones, plenamente contestada la pregunta que
arriba ponemos en boca de todo educador.
Si, el hombre es educable, porque
tiene inteligencia y voluntad, las únicas de sus facultades, que en rigor,
pueden ser educadas. Y si es cierto que nuestros primeros padres salieron
perfectos de las manos del Criador, no lo es menos que a sus descendientes nos
legaron, no la naturaleza equilibrada por la gracia, que poseyeron en el estado
de justicia original, sino esta misma naturaleza herida y maculada por el
pecado de origen, en cuyo fondo viven y luchan tendencias buenas y malas, no
dignas, por naturaleza del mismo respeto.
La doctrina católica no es menos
luminosa y concreta en lo que toca a los fines. El educador cristiano, no
marcha tras lo ignoto, tiene un ideal educativo, tan elevado como perfecto e
imitable: Cristo, encarnación sublime del más sublime de los ideales.
El medio por el cual el hombre ha
de aproximarse a este fin es la virtud que se adquiere conformando los actos
humanos a las leyes divinas, mediante el propio esfuerzo y la gracia de Dios.
Las conclusiones pedagógicas de
la anterior doctrina son bien claras.
Hay que fomentar lo bueno,
arrancar lo malo, y enderezar lo torcido que encontramos en la naturaleza
humana y, partiendo de la base de que todo es posible con la gracia de Dios y
nuestra cooperación, estimular la voluntad del educando, para que, desconfiando
prudentemente de sí, y confiando en Dios, entre resueltamente por la senda de
la virtud. Pero como las caídas morales, graves o leves, son patrimonio de
nuestra flaqueza, hay que precaverse contra ellas para evitar el pesimismo y la
desesperación.
Santa Teresa es la
personificación más acabada del optimismo cristiano. Conocedora profunda de la
Naturaleza sabe experimentalmente de cuanto es capaz el alma, pero conoce muy
bien sus torcidas inclinaciones, sus desfallecimientos y sus caídas, y así,
aunque alienta, actúa y no desprecia lo natural, echa el áncora de su esperanza
no en el fondo movible e inseguro del corazón humano, sino en el firme e
inconmovible de la gracia de Dios.
De la firmeza de su fe, y de la
seguridad de su esperanza, nace su aquella optimista intrepidez, no tanto de
admirar en las obras de su vida activa, cuanto en las luchas que sostuvo
consigo misma para lograr la santidad. Y como experimentó los dolores del
cuerpo que acobardan el ánimo, las dudas que torturan el entendimiento, los
desalientos que hacen flaquear la voluntad, las acometidas del demonio, las
murmuraciones y contradicción de amigos y enemigos, de buenos y malos, los
aparentes pero dolorosos abandonos de Dios y las caídas de la flaca Naturaleza,
y entiende que a todo puede hacer frente el alma, que, fundada en humildad
confía en Dios, quiere a sus hijas optimistas, porque del optimismo nace el
ánimo, el esfuerzo y la alegría, estímulos tan poderosos como necesarios en el
camino largo y difícil del propio perfeccionamiento: “Dios nos libre, hermanas, cuando algo hiciéremos no perfecto. Decir: no
somos ángeles, no somos santas. Mirad que aunque no lo somos es gran bien
pensarlo, si nos esforzamos, lo podríamos ser, dándonos Dios la mano; no hagáis
que quede por El, sino queda por nosotros. Y pues no venimos aquí a otra cosa,
manos a la obra, como dicen; no entendamos cosa en que se sirve más al Señor
que no pretendamos salir con ella por su favor. Esta persuasión querría yo en
esta casa, que hace siempre crecer la humildad; tener una santa osadía, que
Dios ayuda a los fuertes y no es aceptador de personas”. (Camino de
Perfección. Cap. XVI).
Pero el optimismo de la Santa no
se limita a infundir pensamientos elevados, ni como los mentalistas modernos, a
colocar en la fuerza del pensamiento, ni de la autosugestión, el medio único y
eficaz para la práctica del bien, sino en la ejecución de las obras en el
ejercicio de la virtud, aunque reconoce explícitamente cuanto ayuda para esto
lo uno y lo otro. Son tan notables sus palabras que bien merecen ser conocidas:
“Tener gran confianza, porque conviene
mucho no apocar los deseos, sino creer de Dios que si nos esforzamos poco a
poco, aunque no sea luego, podremos llegar a lo que muchos santos con su favor,
que si ellos nunca se determinaran a desearlo, y poco a poco a ponerlo por
obra, no subieran a tan alto estado. Quiere Su Majestad, y es amigo de ánimas
animosas como vayan con humildad y ninguna confianza de sí; y no he visto a
ninguna de éstas que quede baja en este camino, ni ninguna alma cobarde con
amparo de humildad, que muchos años ande lo que estotras en muy pocos.
Espántame lo mucho que hace en este camino animarse a grandes cosas, aunque
luego no tenga fuerza el alma, da un vuelo y llega a mucho, aunque como
avecilla que tiene pelo malo, cansa y queda”. (Vida Cap. XIII). Y por si
quedara duda ahí va otro párrafo que prueba el valor relativo que concedía a
los pensamientos y deseos: “hacemos entender
al demonio que tenemos una virtud, digamos de paciencia, porque nos
determinamos y hacemos muy continos, a los de pasar mucho por Dios; y parecemos
en hecho de verdad que los sufriríamos, y así estamos muy contentas... Yo os
aviso no hagáis caso de estas virtudes, ni pensemos las conocemos sino de
nombre, porque acaecerá que a una palabra que os digan a vuestro desgusto, vaya
la paciencia por el suelo. Cuando muchas veces sufriedes, alabar a Dios que os
comienza a enseñar esta virtud”. (Camino de perfección. Cap. XXXVIII).
El optimismo de Nuestra Madre no
es temerario. Bien sabe que de golpe no se adquiere el hábito ni la fortaleza
en la virtud, y que la discreción debe regular los esfuerzos, para no exponer
al alma a caídas imprudentes, pero no se aviene con esos ejercicios virtuosos
deficientes y raquíticos, que atrofian más que educan: “Estas primeras determinaciones -dice- son gran cosa, aunque en este
primer estado es menester irse más deteniendo y atadas a la discreción y
parecer del maestro; más han de mirar que sea tal que, no les enseñe a ser
sapos, ni que se contente con que se muestre el alma a solo cazar lagartijas.
Siempre la humildad delante para entender que no han de venir estas fuerzas de
las nuestras... Creo, si hubiera quien me sacara a volar, más me hubiera puesto
en que estos deseos fueran por obra; mas hay por nuestros pecados tan pocos,
tan contados, que no tengan discreción demasiada en este caso, que creo es
harta causa para que los que comienzan no vayan más presto a gran perfección,
porque el Señor nunca falta ni queda por Él; nosotros somos los faltos y
miserables”. (Vida Cap. XIII).
Quiere que a las almas que, por
especial favor de Dios, en poco tiempo adelantan en la virtud, no se las
fatigue haciéndolas tornar atrás, para
que anden a nuestro paso, y a las que vuelan como águilas, con las mercedes que
las hace Dios, quererlas hacer andar como pollo trabado. Sino que pongamos los
ojos en Su Majestad, y si los viéremos con humildad, darles rienda, que el
Señor que les hace tantas mercedes, no les dejará despeñar. Fíanse ellos de
Dios, que esto les aprovecha la verdad que conocen de la fe, y no los fiaremos
nosotros, sino que queremos medirlos conforme a nuestros bajos ánimos.
(Vida Cap. XXXIX).
Consecuencias naturales del
optimismo cristiano, que conociendo la naturaleza humana y la misericordia divina,
desconfía de una y se apoya en la otra, son la determinación, el valor, la
generosidad, la humildad en las caídas y en las elevaciones, la santa libertad
de espíritu, la constancia y la alegría serena y confortante. En una palabra,
el optimismo educador del que la misma Doctora es admirable prototipo, y que en
lenguaje cristiano se llama santa virtud
de la esperanza.
Camino de perfección
Visto el conocimiento y el
concepto que la Santa tiene de la naturaleza humana, estudiado el ideal de
perfección, conocida su fe en la posibilidad de que el alma llegue a
conseguirlo, es lógico estudiar ahora la manera que tiene de concebir lo que
metafóricamente llamamos camino de perfección, que, en realidad no es otra cosa
que el desarrollo sucesivo de cuantos gérmenes de vida puso Dios en el alma
cristiana.
Desarrollo lento y gradual,
porque de ordinario se acomoda al desarrollo natural humano, y como éste, tiene
su infancia, su juventud y su virilidad, pero se diferencia de él porque las
leyes que rigen la vida de la gracia, aunque análogas, no son idénticas a
aquellas porque se rige en sus evoluciones la vida natural, y así dice muy bien
nuestra Doctora que no crece el alma con
el cuerpo aunque decimos que sí, y de verdad crece. Más un niño después que crece,
y echa gran cuerpo, no torna a decrecer y a tener pequeño cuerpo; acá quiere el
Señor que sí, a lo que yo he visto por mí. (Vida. XV)
La razón es clarísima. El
desarrollo natural, en su mayor parte, es espontáneo, y aunque podemos, y de
hecho así ocurre, favorecerle o perjudicarle con nuestra libre cooperación,
siempre será cierto que el poder de la voluntad ha de encontrar, en ciertos
aspectos, obstáculos insuperables, necesidades de naturaleza, en que se
estrella su libertad.
También la vida de la gracia
tiene sus manifestaciones espontáneas, pero llegados al uso de la razón, la
cooperación voluntaria es indispensable, pues así como a la semilla no le
bastan sus energías vitales, y necesita del calor para llegar al pleno
desarrollo de la vida, así la gracia requiere el concurso eficaz de la voluntad
que, ayudada de las otras potencias, concurre libremente al desenvolvimiento de
la vida sobrenatural, y, cuando la cooperación falta porque el alma peca, el
desarrollo se interrumpe, y la vida sobrenatural muere o languidece. De aquí
que en esta obra de perfección cristiana, todos los esfuerzos educativos,
directa o indirectamente, tienden a sostener la voluntad, porque de su libre
cooperación está pendiente la vida de la gracia, y en el amor sobrenaturalizado
se encierra la sustancia de la vida perfecta. Santa Teresa explica los procesos
o etapas principales de este desenvolvimiento con dos símiles preciosos. En uno
compara el alma con el huerto que puede regarse con cuatro suertes de agua. En
el otro con un castillo todo de diamante
o muy claro cristal con muchas moradas, cada una de las cuales simboliza un
grado de perfección, tanto más elevado cuanto más próximo a la morada
principal, donde pasan las cosas de mucho
secreto entre Dios y el alma. En uno y otro símil el progreso en las
virtudes va asociado a los progresos del alma en la oración, medio por donde
viene el agua de la gracia, que ha de sustentar las flores; puerta que da paso
a las moradas del castillo.
El desenvolvimiento de la vida
natural se traduce en actos que al repetirse engendran hábitos, perfeccionan
las facultades y contribuyen al crecimiento, al desarrollo, a la perfección
toda del ser. Y como la gracia es a modo de una infusión de vida divina en la
vida natural, tanto más y mejor se desarrollará ésta cuanto más predomine la
otra y se compenetre con ella, y la sobrenaturalice, y aquel ejercicio será más
educativo, que ponga en actividad mayor número de facultades, las perfeccione,
y las haga concurrir, directa o indirectamente al progreso de la voluntad en el
ejercicio del amor de Dios. Por eso, en la economía de la naturaleza y en la de
la gracia, tanto las facultades como las virtudes convergen hacia la voluntad,
y la conquista de esta potencia es el blanco de la educación, que no puede apuntarse
ni el más pequeño éxito hasta que, en frase de un eximio escritor, rinda esta
verdadera torre del homenaje.
Nuestra Madre, siguiendo la pedagogía
divina de la Iglesia, pone sobre todo medio educativo el ejercicio de la
oración y con habilidad psicológica insuperable atrae suavemente las facultades
del alma hacia la voluntad, para iluminarla, determinarla, sostenerla y
ejercitarla en el amor divino: que para
aprovechar en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa
en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso
haced. (Moradas IV. Cap. I)
No es nuestro propósito seguir a
la Santa en todas aquellas maneras de regar el huerto, ni recorrer con ella las
moradas de su mirifico castillo. Nuestra condición de pedagogos nos obliga a
detenernos ante el alma que, puesta en pie ante el pozo de donde mana el agua
viva de la gracia, ha de sacarla muy a su costa para sustentar las flores. No
hemos de pasar tampoco de la tercera morada que, donde empieza la vida mística,
otros maestros que deben guiar al alma dichosa que, empujada por el Espíritu
Santo, tal vez llegue a empaparse en agua que cae del Cielo, y a entrar en la
séptima morada del castillo.
A nosotros incumbe solamente
demostrar que teniendo por educadores y por cristianos el deber de
sobrenaturalizar la vida del niño y la del joven, no hay medio que más
contribuya a conseguirlo que el eminentemente pedagógico de la oración, tal
como Santa Teresa la propone a las almas que comienzan el camino de la vida
perfecta y que en sus primeros grados tienen sorprendentes analogías con las
almas infantiles y adolescentes.
Los caracteres propios de la
infancia son, sin duda alguna, la debilidad en todos los órdenes, el predominio
de la vida sensible, la irreflexión, y la falta de voluntad. La educación tiene
pues, que fortificar y hacer más consciente y más libre esta vida, ordenando
poco a poco su actividad, y entrando por las puertas del sentido en la región
de lo espiritual.
En las almas de las primeras
moradas también hay predominio y desorden de lo sensible, falta de reflexión,
voluntad débil, y carencia de verdadera libertad. La semejanza de los problemas
hace que los medios ascéticos de resolverlos, sean, por psicológicos y por
acomodados a la naturaleza, tan insuperablemente educadores que al estudiarlos
sorprende la grandeza de esta pedagogía divina, más eficaz y más científica que
muchas de las que se fraguan en los laboratorios. Uno de los obstáculos que han
de superar las almas que comienzan oración es de habituarse a dominar los
sentidos externos y la imaginación, que, cuando vagan a su placer sin
disciplina, entorpecen el ejercicio de las facultades superiores.
El niño también tiene en las
facultades sensibles una verdadera fuente de distracciones. En la oración tenemos
un medio para hacerle atender y llevarle gradualmente de lo sensible a lo
espiritual, de lo concreto a lo abstracto, pues cuando reza vocalmente hemos de
procurar que no se quede en la letra ni en la fórmula de la plegaria, sino que
penetre el espíritu, pues la oración rutinaria, la del que habitualmente no
sabe con quién habla ni lo que pide, y
quien es quien pide, y a quien pide, no la llamo yo oración aunque mucho menee
los labios. (Moradas I. Cap. 1)
Pero este despertar de la
reflexión, no ha de ir a fuerza de brazos, sino con suavidad, y es bueno
valerse de imágenes, siempre que se dé al niño, y esto importa mucho, la idea
clara de su simbolismo para que comience este edificio de la piedad cristiana
bien fundado en verdad. Ayuda mucho aquel ejercicio imaginativo, que tanto
recomienda la Santa, de representar a Cristo, poner se cabe El, cuando rezamos,
y hacernos cuenta de que su dulcísima mirada nos sigue siempre. Y de aquí a la
meditación no va más que un paso, que si comenzamos por lectura reflexiva mezclada
de afectuosos sentimientos, la figura de Cristo interesará al niño, estudiará
su vida, la cotejará con la suya, entrará en deseos de acomodarla a la del
divino modelo, y aquel corazón puro o purificado comenzará a sentir el amor y
el temor, grandes reguladores de la vida cristiana, y poderosos acicates que
mueven a la virtud y apartan del pecado.
Pero con todo, las caídas morales
serán frecuentes porque no tienen la
fuerza los vasallos del alma, que son los sentidos y potencias que Dios les dio
de su natural, y fácilmente estas almas son vencidas aunque anden con deseos de
no ofender a Dios y hagan buenas obras. (Moradas I Cap. II). De estas flaquezas
hay que aprovecharse para que el niño saque humildad, propio conocimiento, y
deseos vehementes de acudir a Dios en busca de gracia y de energía. Los que se vieren en este estado -dice
la Santa- han menester acudir a menudo
como pudieren a Su Majestad, tomar a su bendita Madre por intercesora y a sus
santos para que ellos peleen por ella; que sus criados (las potencias) poca fuerza tienen para se defender.
(Moradas I, Cap. II).
Pero líbrese el educador de
infundir desaliento, porque si engendra el pesimismo matará el estímulo: que conviene mucho no apocar los deseos, no
traer al alma arrastrada y andar con alegría y libertad sobre todo a los
principios.
La debilidad de las virtudes, que
en esta primera edad tienen más bien un carácter negativo, exige una prudente
huida de aquellas ocasiones en que los esfuerzos para vencer sean superiores a
las fuerzas del alma, que la educación no es, en ningún orden obra de
temeridad, sino de consumada prudencia.
En resumen: la oración además de
ser medio excelente y adecuadísimo para sobrenaturalizar la vida del niño,
ayuda a resolver los problemas de este periodo de la educación acostumbrándole,
sin violencias censurables, a regir y dominar lo sensible, a ejercitar el
entendimiento, haciéndole más reflexivo, a determinar la voluntad para que
venciéndose comience, con la huida del pecado y la conquista de la virtud, a
ganar firmeza y libertad.
Las almas de las segundas moradas
son retrato exactísimo de la juventud. Edad crítica, periodo de lucha, momento
decisivo en que la educación o pierde los trabajos anteriores, o logra
asegurar, moralmente hablando, su triunfo en el porvenir.
Aquí las potencias ya han ganado
terreno. Están más despiertas, tienen más finura de perfección, viven vida más
consciente, pero aún están débiles, y no tienen aquella disciplina cuyo efecto
inmediato es la unión, la suma de energías aplicadas a esa labor del propio
perfeccionamiento. Las luchas arrecian y el peligro de la derrota exige la
vigilancia de los puntos flacos de esta fortaleza, del alma por donde pueden
los enemigos abrir brecha. Dejemos la pluma a la ínclita castellana, que
después de leerla no es preciso que nosotros hagamos el comentario de doctrina
tan claramente aplicable a la educación de los jóvenes. Aquí -en las segundas moradas- está
el entendimiento más vivo y las potencias más hábiles; andan los golpes y la artillería
de manera que no lo puede el alma dejar de oír. Porque aquí es el representar
los demonios estas culebras de las cosas del mundo y hacer los contentos de él
casi eternos, la estima en que está tenido en él, los amigos y parientes... y otras
mil maneras de impedimentos ¡Oh Jesús que es la baraúnda que aquí ponen los
demonios, y las aflicciones de la pobre alma que no se sabe si pasar adelante u
tornar a la primera pieza! Porque la razón por otra parte, le representa el
engaño que es pensar que todo esto vale nada en comparación de lo que pretende.
La fe la enseña cual es la que le cumple. La memoria le representa en lo que
paran todas estas cosas... La voluntad se inclina a amar a donde tan
innumerables cosas y muestras ha visto de amor, y querrá pagar alguna...
Razones son estas para vencer los demonios. Más ¡Oh Señor y Dios mío, que la
costumbre en las cosas de vanidad, y el ver que todo el mundo trata de esto, lo
estraga todo! Porque está tan muerta la fe que queremos más lo que vemos, que
lo que ella nos dice y a la verdad no
vemos sino harta basura en los que se van tras estas cosas visibles.
(Moradas II).
¡No cabe analogía más perfecta
entre las luchas de estas almas y las que libra la juventud!
Grave es el momento, y laborioso
para el educador porque como dice graciosamente nuestra Santa estas almas han menester muchas curas para
sanar.
Las medicinas curativas y
preservativas que da la Madre son las mejores, y tienen para estos tiempos, el
máximum de eficacia educadora.
Hay que hacer que perseveren en
la oración, continuando la obra de unir las potencias, atraerlas hacia la
voluntad para que las auxilien, y pedir a Dios luz y fuerza sobre todo para que se aparte de las malas compañías y busque
las buenas. Qué grandísima cosa es tratar con los que tratan de esto; allegarse
no sólo a les que vieren en estos aposentos que él está; sino a los que
entendiere que han entrado a los de más cerca; porque les será gran ayuda, y
tanto les puede conversar que le metan consigo. (Moradas II).
En esta edad es cuando corre
peligro la devoción, sobre todo en mujeres, de tomar un carácter sentimentalista,
y hay que evitarlo dando al alma idea clara de vida perfecta, que no está en el
mayor gusto, sino en la más perfecta acomodación de nuestra voluntad con la
divina, sintetizada en dos preceptos: amor de Dios y amor del prójimo.
Edificar sobre arena dice Santa Teresa, que es fundar la virtud en los contentos.
¡Cómo esta devoción modernista,
tan sensiblera, tan vacía de contenido espiritual, tan separada del ejercicio
de la mortificación, va a producir caracteres viriles y constantes!
Haz tú Madre mía, que leyendo tus
escritos e imitando tus ejemplos, la juventud de nuestros días, y sobre todo la
mujer española, entre por tus caminos y entienda que por ellos solamente puede
arribar a la cumbre del sano y santo feminismo.
Y llegamos a las moradas terceras
donde el alma recoge el fruto de los trabajos anteriores y la educación deja su
puesto a la autoeducación, porque a pesar del concierto de aquella vida que tan
magistralmente describe nuestra Santa, no ha terminado el perfeccionamiento, y
el alma no debe detenerse y puesta en manos de un guía espiritual experto
aunque no sea de su humor prepárese
por si Dios quiere adentrarla, aún más en los senos misteriosos del bello
castillo teresiano.
Virtud y ciencia
Considerando la oración como
medio, su fin próximo es hacer brotar en el huerto del alma las virtudes.
Por eso, nuestra Doctora con
aquel su sentido eminentemente práctico mide los progresos en los caminos del
espíritu, no tanto por la oración en sí misma considerada, como por los efectos
que produce, y advierte mucho que no se tenga por perfecto quien en su interior
se determina a seguir a Cristo, hasta que pruebe con hechos, y no una vez, sino
muchas, la verdad de este propósito.
Bien sabe la Santa que la idea
que no cristaliza en actos no es fecunda, que la fe sin obras es muerta, y la
contemplación sin virtudes, quietismo enervante. Por eso no resuelve el
problema de la educación el intelectualismo al poner toda la confianza en la
sola adquisición de conocimientos; en buena lógica, la niega la doctrina
protestante de la fe sin obras y la hiere de muerte todo misticismo quietista,
enervando las facultades con la supresión del ejercicio, y encubriendo, con
capa de piedad, no pocas veces, todo género de inmoralidades.
La integridad y la armonía son
notas características de la mística teresiana que, fundada como hemos visto en
un perfecto conocimiento del hombre, en una comprensión amplia y sintética de
la vida, cuando da normas de perfección, de nada prescinde, todo lo ejercita,
ensaya y aprovecha para la obra de la santificación, y así su doctrina es
eminentemente sobrenatural y al mismo tiempo muy humana, porque aquella fijeza
con que mira al cielo pone luz en sus ojos para ver claro los caminos de la
vida, y siguiéndola no hay miedo de sentar el pie en tierra menos firme, de
caer en ilusiones engañosas o de atrofiar, por no actuarlas ninguna energía del
espíritu.
Quiere nuestra Madre hacer santas
a sus hijas, y como la santidad no es otra cosa que el carácter elevado a su
mayor perfección, cuida muy bien de darlas cuantos elementos son precisos para
llegarlas a esas alturas. Y busca luz de verdad para el entendimiento, que fue
siempre insigne torpeza fundar en la ignorancia el arte, de bien vivir y actúa
la virtud probándola en la piedra de toque de la ocasión, porque desconfía de
las almas que no tienen tentaciones: Es
así -dice- que no me turba el alma cuando
la veo con grandísimas tentaciones, que si hay amor y temor del Señor, ha de
salir con mucha ganancia, yo lo sé. Y si la veo andar siempre quieta, y sin
alguna guerra (que he topado algunas) aunque la vea no ofender al Señor,
siempre me traen con miedo, nunca acabo de asegurarme y probarlas y tentarlas
yo sí puedo, ya que no lo hace el demonio, para que vean lo que son.
(Conceptos del amor de Dios. Cap. II).
Del amor de la Santa a la
verdadera ciencia, del ardor con que la buscaba, y del aprecio en que tenía a
los letrados, hay tantas pruebas en su vida y en sus obras, que cuesta trabajo
elegir entre ellas. Vaya para muestra la siguiente, que aclara muy bien la
finalidad práctica que perseguía nuestra Doctora con la adquisición del saber: No digo que no traten con letrados porque espíritu
que no vaya comenzado en verdad, yo más le querría sin oración; y es gran cosa
letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos, y nos dan luz y
llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de
devociones a bobas nos libre Dios. Quiero declararme más... Comienza una monja
a tener oración: si un simple la gobierna y se le antoja, harala entender que
es mejor que le obedezca a él que a su superior... Y si es mujer casada dirala
que es mejor cuando ha de entender en su casa estarse en oración aunque
descontente a su marido; así que no sabe ordenar el tiempo ni las cosas para
que vengan conforme a la verdad. Por faltarle a él la luz, no la da a los otros
aunque quiere. Y aunque para esto parece no son menester letras, mi opinión ha
sido siempre, y será, que cualquier cristiano procure tratar con quien las
tenga buenas, si puede y mientras más mejor, y los que van por camino de
oración tienen de esto mayor necesidad, y mientras más espirituales más.
(Vida. Cap. XIII).
No cabe señalar con más certera
puntería el fin próximo de la ciencia que no debe ser otro que iluminar, con
los esplendores de su luz, la voluntad del hombre, para que no marche a tientas
en la ejecución de la incomparable obra artística de la vida cristiana.
Virtud y ciencia
La santa busca con avidez en
libros y en letrados esa ciencia, en la experiencia y en la oración y, en
premio de su interés purísimo, Dios, Maestro de maestros, se acerca a ella, la
envuelve en los esplendores de su luz, y donde la ciencia de los letrados no
llega o no es capaz de llevar la certidumbre al entendimiento de nuestra Madre,
allí el maestro divino en un punto la
enseña todo y cuando se quitaron muchos libros de romance que no se leyesen, yo,
-dice- sentí muchísimo, porque
algunos me daban recreación y yo no podía ya por dejarlos en latín, me dijo el
Señor: No tengas pena que te daré un libro vivo... Su Majestad ha sido el libro
verdadero a donde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro que deja
impreso lo que se ha de leer, y hace de manera que no se pueda olvidar! Lee
de corrido en la naturaleza creada y en el campo, el agua, las flores, la
fuentecica, la abeja, el gusano de seda, la paloma, y la pintada y movible
mariposa; sorprende relaciones y analogías sutilísimas que, a la vez que punto
de apoyo para elevarse al Criador, la sirven para sensibilizar su doctrina
hasta hacerla, en lo que cabe, sencilla y comprensible, y, por último Su
Majestad la muestra en visión prodigiosa aquella verdad única y transcendental,
que en vano pretende nuestro entendimiento hallar en esta vida, aunque a ella
tiende con su deseo vehemente de unidad. Copiemos, para terminar este punto, la
deli- cada comparación con que la Santa declara este poder divino: Digamos ser la Divinidad como un muy claro
diamante, muy mayor que todo el mundo, o espejo, a manera de lo que dije del alma
en estotra visión, y que todo lo que hacemos se ve en ese diamante, siendo de
manera que él encierra todo en sí, porque no hay nada que salga fuera de esta
grandeza. (Vida. Capítulo XI).
En el último capítulo de las
moradas séptimas expone nuestra Doctora, de incomparable manera, la asociación
fuerte entre el entender y el obrar que constituye el carácter, resultado final
de cualquier perfección, al que no se llega sino a fuerza de ejercicios
virtuosos, de intentos repetidos para concertar entendimiento y voluntad, alma
y cuerpo, hombre viejo y hombre cristiano. Concierto que en la tierra no llega
a perfección absoluta, ni está tan libre de perderse que pueda el alma en
ningún momento descuidarle. No se contente el lector con la lectura de los
párrafos que vamos a copiar, lea íntegramente el capítulo citado, y si alguna
duda tiene de que la doctrina teresiana, no es aplicable a la educación, porque
más tiene de especulativa que de práctica, quedará convencido de que allí la
luz se transforma en energía, porque cuanto más el alma se une a Dios, más
actividad recibe de la actividad divina, más se enciende en amor, e impulsada
por él, más conoce y más trabaja, más se santifica y menos descansa: en una
palabra, mejor copia en sí el Ideal supremo de su vida.
Bien será hermanas deciros qué es el fin para que el Señor hace tantas
mercedes en este mundo. Aunque en los efectos de ellas lo habéis entendido...
os lo quiero a tornar a decir aquí, porque no piense alguna que para sólo
regalar estas almas, que sería gran yerro; porque no puede Su Majestad
hacérnosle mayor (regalo) que es
darnos vida que sea imitando a la que vivió su Hijo tan amado, y así tengo yo
por cierto que son estas mercedes para fortalecer nuestra flaqueza, como aquí
he dicho alguna vez, para poderle imitar en el mucho padecer... Para esto es la
oración, hijas mías; de esto sirve este matrimonio espiritual de que nazcan
siempre obras... porque poco me aprovecha estarme muy recogida a solas,
haciendo atos con Nuestro Señor, proponiendo y prometiendo de hacer maravillas
por su servicio, si en saliendo de allí, que se ofrece la ocasión, lo hago todo
al revés... Quise decir que es poco (el determinarse) en comparación de lo mucho más que es que conformen las obras con los
atos y palabras, y que la que no pudiere por junto, sea poco a poco... Torno a
decir, que para esto es menester no poner vuestro fundamento sólo en rezar y
contemplar; porque, si no procuráis virtudes y ejercicios de ellas, siempre os
quedareis enanas... Pareceros ha que hablo con los que comienzan y que después
pueden ya descansar; ya os he dicho que el sosiego que tienen estas almas en lo
interior es para tenerlo muy menos en lo exterior. ¿Para qué pensáis que con
aquellas inspiraciones que he dicho, o por mejor decir aspiraciones, y aquellos
recaudos que envía el alma del centro interior a la gente de arriba del
castillo, ya las moradas que están fuera de donde ella está? ¿Es para que se
echen a dormir? No, no, no, que más guerra les hacen desde allí para que no
estén ociosas potencias y sentidos y todo lo corporal... Esto quiero yo, mis
hermanas, que procuremos alcanzar; y no para gozar sino para tener estas
fuerzas para servir, deseemos y nos ocupemos en oración. (Moradas VII.
Capítulo IV).
Perdone el lector lo largo de la
cita en gracia de la solidez de la doctrina, mucho más convincente que cuantos
comentarios pudiéramos nosotros alegar.
Pero si Santa Teresa es admirable
en este recomendar la actuación, para en definitiva, adquirir virtud, no lo es
menos al dar reglas minuciosas y concretas respecto del ejercicio de todas las
que forman la vida cristiana. Todo lo tiene en cuenta, y todo lo prevé, gradúa
los esfuerzos del alma según ve sus fuerzas, estudia las complexiones, la salud
y las aptitudes, y pone en sus normas tal caudal de experiencia y tanto detalle
que facilita de manera sorprendente la adaptación de su doctrina a toda clase
de personas, sea cualquiera su estado o sus adelantos en el camino de la vida
perfecta. No hay virtud que no estudie, y sobre todo, no hay ninguna de la que
no sea modelo. Tarea larga, pero provechosa, es entrar en el campo de la
ascética teresiana, y sacar de él todo un tratado pedagógico de educación
moral. Quédese para otra ocasión esta tarea ya que asunto apenas iniciado, como
es el estudio pedagógico de la Santa Doctora, no es fácil darle cima en el
plazo breve de un año y contentémonos, porque el tiempo urge, con señalar ese
sincretismo perfecto en que la Santa junta la ciencia y la virtud.
El medio ambiente
La educación es, ante todo y
sobre todo, un resultado y un efecto de actos vitales. Educar es enseñar a
vivir con arreglo a un ideal, es despertar energías inmanentes para recorrer el
camino que lleva al fin, es determinar la voluntad humana a laborar sin tregua
en la obra del perfeccionamiento.
Todo esfuerzo ajeno que no logre
sacar al educando de la pasividad y de la inacción, es inútil, es esfuerzo
perdido.
La vida es desenvolvimiento de
fuerzas inmanentes que actúan, es verdad, al contacto de excitantes exteriores,
pero que no producen actos vitales, hasta que las facultades del ser vivo
aprenden lo distinto de ellas, y consciente o inconscientemente lo transforman,
por decirlo así, en sustancia propia.
Este roce, esta llamada suave o
fuerte, continua o intermitente, oportuna o inoportuna, educadora o deseducadora,
casual o intencionada, la realizan excitantes cuya variedad responde a la
múltiple de las facultades humanas. De la suma de ellos resulta ese completo
factor del medio ambiente bajo cuyo influjo se desenvuelve la vida.
En su formación entran elementos físicos
y espirituales, no todos buenos ni mezclados en la proporción que piden las
necesidades y contextura de cada educando.
Del ambiente del hogar recibe el
niño una pre educación que suele dejar en el alma huella profunda y difícil de
borrar, aún por formaciones mejores y más conscientes.
En la infancia y en los comienzos
de la vida perfecta el medio ambiente es de excepcional importancia.
La debilidad es nota
característica de ambos estados el niño y el imperfecto no tienen fuerza para
soportar ciertas crudezas, es preciso suavizar el medio en que viven hasta
conseguir la fortificación. Esto no siempre es posible como no es posible
modificar en absoluto las condiciones del aire que respiramos, pero tanto más
se podrá conseguir cuanto menor sea el sector que ha de sanearse.
Al saneamiento de la familia,
piedra angular de la sociedad, apuntan con certero instinto los educadores
sensatos. Contra ella dirigen sus tiros los pedagogos sin Dios y sin Patria.
El vivir del niño, es un
resultado de las influencias domésticas, un reflejo de las virtudes y de los
defectos familiares, de la educación consciente o inconsciente del hogar.
La familia ideal, es la constituida
con arreglo a las normas cristianas, en ella crecerá y se vigorizará el niño,
para, más tarde, resistir con probabilidades de éxito, las influencias
perniciosas de un medio más duro.
El sustitutivo de la familia, la
escuela, será tanto más eficaz cuanto más mire a aquella y más a ella se conforme.
En la realidad a veces se completan, a veces se rectifican cuando no se suplen,
y como todo lo humano, aun las más perfectas tienen sus imperfecciones, unas
hijas del medio ambiente social que las rodea, y otras de los mismos individuos
que las forman.
En los tres primeros capítulos de
su vida dejó la Santa hecho el retrato de lo que el medio ambiente influye en
el alma de la niña y de la joven, junto con lecciones que prueban evidentemente
que padres, maestros, amigos y lecturas son, entre los múltiples factores de
este medio, los que tienen mayor poder educador o deseducador.
Fueron los progenitores de la
Santa, modelo de padres cristianos. De la piedad, caridad, oración y austeridad
de don Alonso, hizo nuestra Doctora fiel retrato. Del de su madre bien se
deduce que su belleza de alma corría pareja con la hermosura de su rostro,
guardada siempre por la más recatada honestidad.
Leía su padre y hacia leer a sus
hijos libros buenos de romance. Alternaba su madre con estas lecturas, y a
escondidas de don Alonso, la de novelas caballerescas tan en boga entonces.
Cuidaban los dos de infundir a sus hijos una piedad sólida.
Ejemplos tan acabados y educación
tan esmerada, hicieron que a los cinco o seis años, la Santa, estuviera muy
despierta para toda virtud.
Las vidas de los Santos le
hicieron concebir aquella singular estima de los bienes eternos, y tal ansia de
gozarlos, que corre impetuosa tras el martirio, y frustrado éste, busca
soledad, convierte sus juegos en remedos de vida monástica, da limosnas, halla tiempo
para rezar, y con su hermano Rodrigo comenta aquel ¡Para siempre, para siempre! de los castigos y penas eternas,
quedándole con todo esto, son palabras suyas, desde la niñez imprimido en ella el camino de la verdad.
De su madre heredó aquella afición
a la lectura de novelas que la desvió, aunque ligeramente (pese a sus humildes
confesiones) del camino emprendido.
Trae consigo la literatura
novelesca peligros no pequeños para la juventud. Hace perder el sentido de la
realidad, exalta la imaginación, despierta pasiones prematuras, y deja el alma
inhábil para el bien cuando no la amarra al pecado.
No eran por lo general los libros
de caballerías, novelas manchadas con el feo pecado del naturalismo, cual la
mayor parte de las que hoy se leen.
Los efectos de su lectura
quedaron atenuados en la Santa por aquel temor de Dios, jamás extinguido, por
la claridad de su entendimiento, no propenso a ilusiones y por aquella natural
y virtuosa estima de la honestidad, y con todo la hicieron vacilar un momento y
la pusieron en peligro de cambiar de ruta.
Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, con mucho
cuidado de manos y cabello y olores y todas las vanidades que en esto podía tener,
que eran hartas por ser muy curiosa. No tenía mala intención, porque no
quisiera yo que nadie ofendiera a Dios por mí. (Vida. Cap. IV)
La amistad de unos primos y la de
una parienta ligerísima que, a disgusto de su padre frecuentaba la casa, fueron
parte a entibiar los fervores de sus primeros años. Tenía a la sazón catorce o
quince, edad crítica en que el éxito educativo es dudoso, porque es el momento
en que las pasiones despiertan impetuosamente, y sin tener el dique de una
virtud sólida, en ocasiones aparejadas a
su natural echan por tierra cuanto bien la educación levantó en el alma.
Nada más de temer que las amistades. Bien lo dice la Santa: porque ahora veo el peligro que es tratar en
la edad en que se han de comenzar a criar virtudes, con personas que no conocen
la vanidad del mundo, sino que antes despiertan para meterse en él... Si yo
hubiera de aconsejar, dijera a los padres que en esta edad tuviesen gran cuenta
con las personas que tratan sus hijos; porque aquí está mucho mal, que se va
nuestro natural antes a lo peor que a lo mejor. Espántame muchas veces el daño
que hace una mala compañía, y si no hubiera pasado por ello no lo pudiera
creer; en especial en tiempo de mocedad debe ser mayor el mal que hace. Querría
escarmentasen en mi los padres para mirar mucho en esto. (Vida. Cap. II).
Tiene el alma joven una blandura
especial para recibir impresiones, sobre todo si van envueltas en simpatías o
en amor, bien lo expresa la Santa cuando dice: Y es así que de tal manera mudó esta conversación (la de su prima) que de natural y alma virtuoso, no me dejó
casi ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones ella y otra que tenía la misma
manera de pasatiempos. (Vida. Cap. II).
Y para que en el cuadro no falte
detalle, habla la Santa de criadas, en
las que para todo mal hallaba en ellas buen aparejo. Que si alguna fuera en
aconsejarme bien; por ventura me aprovechara, más el interés las cegaba, como a
mí la afición. (Vida. Cap. II).
La solicitud de don Alonso atajó
el mal apenas iniciado, llevando a su hija al convento de Nuestra Señora de
Gracia, donde a los ocho días estaba muy
más contenta que en casa de su padre.
La tranquilidad del claustro fue
un sedante para su espíritu inquieto y cansado de aquellas vanidades, en las
que apenas si estuvo tres meses. La suave influencia de doña María de Briceño,
religiosa encargada de las niñas, que según costumbre de la época, se educaban
en aquel monasterio, completó la obra: Pues
comenzando -dice- a gustar de la
buena y santa conversación de esta monja, holgábame de oírla cuan bien hablaba
de Dios, porque era muy discreta y santa. Comenzó esta buena compañía a
desterrar las costumbres que había hecho la mala y a tornar a poner en mi
pensamiento deseos de las cosas eternas. (Vida. Cap. III).
Sin la vigilancia paterna, la
oportunidad y adecuación del remedio, el alejamiento de la ocasión y la
influencia directa de la ejemplar religiosa, el mal iniciado apenas, tal vez
hubiera pasado a mayores, y la Santa, a pesar de sus buenas cualidades, no
hubiera podido sobreponerse a los peligros ni llegar a la cima de la perfección.
Actualmente la frivolidad
femenina y la falta de recato, bien pueden achacarse al afán desmedido de leer
novelas, no caballerescas, sino pornográficas; a la censurable libertad en que
los padres dejan a sus hijas, y a que en el hogar dejan puerta franca a tantas
y tantas cosas que manchan las almas, sin que muchas veces tenga la joven la
defensa de una maestra discreta y santa
que enmiende los yerros de los padres.
Si para adelantar en los caminos
de la ciencia y adquirir el dominio técnico que pide todo arte, no bastan
libros ni reglas escritas, sino que es preciso un guía experto, un maestro
idóneo que aquella universalidad de los principios científicos y aún de las
reglas prácticas la acomode y la adapte a la capacidad del alumno, para que
asimilando poco a poco el manjar de la verdad, y adquiriendo paso a paso las
habilidades técnicas, supere, cada vez con más esfuerzo propio y menos ayuda
ajena, los obstáculos, no pequeños, de todo aprendizaje, mucho más necesario es
el maestro cuando se trata de preparar al niño y de enseñarle la ciencia y el
arte de la vida cristiana, y muchas más condiciones deben exigírsele que al que
no tiene otra misión que comunicar tal cual conocimiento o habilidad. Porque
enseñar a vivir en cristiano es preparar al hombre no solo para la conquista de
una posición humana, sino para la conquista del Cielo, y así es preciso que el
educador tenga ciencia y experiencia, discreción y celo, amor y autoridad, que
todo es necesario para cultivar aquel germen de hombre o de mujer que hay en el
niño, y cuyo desarrollo depende, en gran parte, del trabajo del educador.
No hay que esforzarse en ponderar
lo que vale y puede la educación, ni lo que en ella significan padres,
maestros, y directores espirituales. Ellos son los que en cierto modo tienen en
sus manos el porvenir eterno y temporal de los niños, ya que en los primeros
años tienen una plasticidad fácilmente modelable, y una blandura en la que cabe
esgrafiar los rasgos fundamentales del carácter, que a despecho de mudanzas y
trastornos probablemente conservarán hasta el morir.
Nadie más convencida que Santa Teresa
de la importancia del educador, ni nadie más minuciosa para señalar sus
cualidades. Cuanto dice de directoras espirituales y prioras, puede aplicarse
perfectamente a los maestros, que ante todo han de ser encarnación de la doctrina
que enseñan, pues el ejemplo tiene fuerza decisiva porque no es ahora tiempo de ver imperfecciones en los que han de
enseñar. Y si en lo interior no están fortalecidos (los letrados) en entender
lo mucho que va en tenerlo todo debajo de los pies, y estar desasidos de las
cosas que se acaban, y asidos a las eternas, por mucho que lo quieran encubrir,
han de dar señal. Pues ¿con quién lo han sino con el mundo? No hayan miedo se
lo perdonen, ni que ninguna imperfección deje de entender; cosas buenas, muchas
se les pasarán por alto, y aun por ventura, y no las tendrán por tales; mas
mala o imperfecta no hayan miedo. (Camino de perfección. Cap. III).
Quiere la Santa que, además de
virtud, el maestro espiritual tenga buen entendimiento, experiencia y letras,
para que pueda guiar al alma y darle luz, y recaba libertad para que sus hijas
traten con letrados: Son gran cosa letras
para dar en todo luz... Ya sabéis que la primera piedra ha de ser buena
conciencia y con todas vuestras fuerzas libraros de pecados veniales, y seguir
lo más perfecto. Parecerá que esto cualquier confesor lo sabe y es engaño, a mí
me acaeció tratar con uno cosas de conciencia... y me hizo harto daño en cosas
que me decía no eran nada; y sé que no pretendía engañarme, sino que no supo
más... Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección, es todo
nuestro bien. (Camino de perfección. Capítulo V)
No todo se aprende en los libros,
hay lecciones no escritas, páginas que los años y la vida van poniendo ante los
ojos del hombre y cuando éste las estudia y las conserva en el archivo de la
memoria, adquiere esa sabiduría práctica que se llama experiencia, y que tanto
sirve para formar el ojo clínico del director de almas, sea quien sea. No es
ciencia que solo a fuerza de años se consiga, porque así como nada o muy poco
sabe el vulgo de explicar científicamente los fenómenos naturales, a pesar de
contemplarlos en todo momento, así hay quien vive mucho sin recoger las
lecciones provechosas de la vida, por falta de observación inteligente. Bien
podemos decir que si la identidad absoluta de fisonomías no existe, tampoco hay
dos espíritus que se manifiesten de idéntica manera y habiendo de aplicar doctrinas
generales a casos particularísimos, solo el maestro experimentado podrá salir
airoso de tal empresa. Nuestra Santa experimentó en sí misma los inconvenientes
de la falta de experiencia de alguno de sus directores, y así advierte mucho
cuanto a esto se refiere: Yo no digo esto
sin propósito, porque parece me alargo en menudencias, y importa tanto para
comenzar a aprovechar un alma y sacarla a volar, que aún no tiene plumas, como
dicen que no lo creerá sino quien ha pasado por ello. (Vida. Capítulo
XXIII). Ha menester aviso el que comienza
para mirar en lo que aprovecha más. Para eso es necesario el maestro, si es muy
experimentado, que sino mucho puede errar, y traer un alma sin entenderla ni
dejarla así mismo entender... Yo he topado almas acorraladas y afligidas por no
tener experiencia quien las enseñaba... porque no entendiendo el espíritu
afligen alma y cuerpo y estorban el aprovechamiento. (Vida. Cap. XIII)
La ciencia dará al maestro luz y
orientación, la experiencia moderación, espera, tino, y sobre todo aquella
ecuánime, serena y virtuosa tolerancia que en toda educación debe presidir. Hay
que esperar pacientemente a que la naturaleza se desenvuelva, hay que saber
interpretar el momento psicológico; no valen planes hechos a espaldas y aun en
contra de la realidad, hay que aplicar medicinas adecuadas y observar los
efectos que producen, hay que, a gusto, y cuando esto no es posible a disgusto,
del educando, llevarle por el camino del bien y de la verdad, sin apresuramientos
indiscretos, ni calmas censurables, hay, en fin, que observar y conocer al
niño, con observación libre de prejuicios y ganarse su alma para que al suave
soplo del amor confiado se abra, y bajo la influencia de la autoridad se
eduque.
Autoridad y amor son
indispensables. Amor sereno, intenso, libre de preferencias. Autoridad mansa,
persuasiva, educadora, que se valga de la obediencia para educar la libertad,
que encauce y no tiranice, que perdone a tiempo, y a tiempo se mantenga
inflexible. La Santa supo muy bien compaginar todo esto, y dio reglas preciosas
a los que habían de regir o visitar sus conventos.
No hay educación eficaz sino la que
es efecto del amor virtuoso, de aquel amor que nuestra Doctora estudia y
analiza insuperablemente, y que reúne las condiciones del que debe tener todo
maestro, amor que pasa por los cuerpos y
pone los ojos en las almas y mira si hay que amar; y si no lo hay, y ve algún
principio o disposición para que, si cavan hallarán oro en esta mina, si la
tienen amor, no les duele el trabajo; ninguna cosa se les pone delante que de buena
gana no la hicieran por el bien de aquel alma... Es cosa extraña qué apasionado
amor es éste, qué de lágrimas cuesta, qué de penitencias y oración... qué deseo
ordinario en no traer contento si no le ve aprovechar. Pues si le parece que
está mejorando y le ve que torna algo atrás, no parece ha de tener placer en su
vida, ni come ni duerme sino con este cuidado, siempre temerosa si alma que tanto
quiere se ha de perder... No le sufre el corazón tratar con ellos doblez,
porque si les ven torcer el camino, luego se lo dicen o algunas faltas... Y
como de esto no se enmendarán, ni tratan de lisonja con ellos ni de disimularles
nada... No está la ternura reñida con este amor, y así la Santa dice: que aunque lleve algo de ternura, no dañará,
como sea en general. Es bueno y necesario algunas veces mostrar ternura en la
voluntad, y aun tenerla, y sentir algunos trabajos y enfermedades de las
hermanas, aunque sean pequeños, que algunas veces acaece dar una cosa muy
liviana tan gran pena como a otra darla un gran trabajo, y a personas que
tienen de natural, apretarle mucho pocas cosas. Si vos le tenéis al contrario,
no os dejéis de compadecer, y por ventura quiere nuestro Señor reservaros de
esas penas y las tenemos en otras cosas. Así que en estas cosas no juzguemos
por nosotras si nos consideramos en el tiempo que por ventura sin trabajo
nuestro, el Señor nos ha hecho más fuertes, sino considerémonos en el tiempo
que hemos estado flacas... Procurar también holgaros con las hermanas cuando tienen
recreación, con necesidad de ella, y el rato que es de costumbre aunque no sea
a nuestro gusto, que vendo con consideración, todo es amor perfecto.
(Camino de perfección. Capítulos VI y VII). Y en las constituciones dice a la
madre priora: procure ser amada para que
sea obedecida, y la maestra de novicias sea de mucha prudencia y oración...
Mire que la que tiene este oficio no se descuide en nada, porque es criar almas
para que more el Señor. Trátelas con piedad y amor, no se maravillando de sus culpas,
porque han de ir poco a poco, y mortificando a cada una según lo que viere
puede sufrir su espíritu. Haga más caso de que no haya falta en las virtudes
que en el rigor de la penitencia. (Constituciones)
En fin, amor de padre y de madre,
de apóstol y de maestro, cuyo resultado ha de ser este: Acomodarse a la complexión de aquel con quien trata; con el alegre,
alegre; y con el triste, triste; en fin hacerse todo a todos, para ganarlos a
todos. (Aviso 9)
En la familia, en la escuela y en
el Estado, el principio de autoridad está en crisis. Cuando se yerra en los
principios, no es de admirar que las consecuencias sean falsas. Dejemos a un
lado esos problemas hondos y desconsoladores, hijos de rebeldías y pasiones
destructoras, y vengamos al reducido mundo de la escuela. Nada se pregona hoy
más que el respeto a la voluntad libre del niño; a nada se tiene más miedo que
a la obediencia sumisa, y de nada se huye con más cuidado que de imponer trabas
a su desenvolvimiento; todo eso interpretado rectamente nada tiene de
censurable, pero es el caso que se confunde lo espontáneo con lo libre y la
obediencia educadora y la autoridad prudente se tienen por tiranía censurable.
El niño no es libre, porque la
libertad supone elección, y la elección juicio, y el juicio inteligencia formada,
y si su razón no es capaz de iluminar y de guiar la voluntad, o lo hace
imperfectamente, ha de ser guiado por otra razón clara, y no para tiranizarle,
sino para ajustarle a las normas morales, rompiendo poco a poco las ligaduras
de la inclinación torcida, y los obstáculos de la ignorancia, que lo son a la
vez de la verdadera libertad, a la que no se llega más que por la obediencia
educadora. ¡Bien lo expresa la Santa en el párrafo siguiente!
Lo que pretendo dar a entender es la causa que la obediencia, a mi
parecer, hace más presto o es el mayor medio para llegar a este dichoso estado;
es que como en ninguna manera somos señores de nuestra voluntad (es decir
libres) para pura y limpiamente emplearla toda en Dios, hasta que la sujetemos
a la razón, es la obediencia el verdadero camino para sujetarla. Porque esto no
se hace con buenas razones, que nuestro natural y amor propio tiene tantas, que
nunca llegaríamos allá, y muchas veces lo que es mayor razón si no lo hemos gana,
nos hace parecer disparate con la gana que tenemos de hacerlo.
(Fundaciones. Cap. V)
Tampoco es posible tratar mejor
en el punto difícil del ejercicio de la autoridad: Presupuesto primero que a el prelado le conviene grandísimamente hacer
de tal manera con las súbditas, que aunque por una parte sea afable y las
muestre amor, por otra de a entender que en las cosas substanciales ha de ser
riguroso, y por ninguna manera blandear... que si una vez entienden hay en el
prelado tanta blandura, que ha de pasar por sus fallas y mudarse por no
desconsolar, será bien dificultoso el gobernarlas.
Es mucho menester que entiendan hay cabeza, y no piadosa, para cosa que
sea menoscabo de la religión; y que el juez sea tan reto en la justicia, que
las tenga persuadidas que no ha de torcer en lo que más fuere servicio de Dios
y más perfección; aunque se hunda el mundo y hasta tanto les ha de ser afable y
amoroso hasta que no entienda faltar en esto. Porque así como también es
menester mostrarse piadoso, y que las ama como padre, y esto hace mucho al caso
para su consuelo y para que no se extravíen de él, es menester estotro que
tengo dicho. (Modo de visitar los conventos)
Y por último a todo añade la
Santa el celo y la sinceridad de la que ella fue tan devota y a la que hizo
honor en todo momento de su vida.
Didáctica Teresiana
Que Santa Teresa fue gran Maestra
lo dicen dos cosas: sus hijas y sus libros. En ellos encontraba Fray Luis de
León dos imágenes vivas de la madre, y de ellos hizo insuperable elogio. En
ellos encontramos nosotros las pruebas y los frutos de su fecundo magisterio.
Dos cosas resaltan en la
exposición de sus doctrinas: la claridad y el ardor con que las expone.
Claridad difícil dada la
naturaleza de los asuntos que trata; psicológicos unos, sobrenaturales y
extraordinarios los más, todos de los que el declararlos con palabras humanas
es tan dificultoso y arduo que pocos filósofos y místicos son fácilmente
inteligibles para la mayoría de las gentes.
No peca por esto la Santa. Su
decir es de una transparencia y lucidez insuperable, llegando, como hemos visto,
en la declaración de las más delicadas operaciones psicológicas y místicas a
tan extraordinaria precisión que parece imposible que mujer, y no letrada, pudiera
vulgarizar lo que, o toca los límites del conocer humano o los rebasa.
Nuestro entendimiento en su vivir
actual no conoce directa ni inmediatamente lo suprasensible; pero existiendo
semejanzas y contrastes entre lo material y lo espiritual, se apoya en lo
primero para elevarse y adquirir de ello conocimientos, en su mayor parte negativos
o analógicos. De aquí que, espontáneamente surjan en la literatura la metáfora,
el símil, la alegoría, y que en la didáctica hayan tomado carta de naturaleza
la comparación, el apólogo y la parábola para declarar lo desconocido, y aún
más, lo que toca al orden espiritual.
La Santa maneja admirablemente la
comparación. Con fina mirada penetra en lo material, sorprende semejanzas,
descubre los hilos misteriosos que unen las cosas terrenas con las
espirituales, y sensibiliza con acierto lo increíble, lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó.
Abunda tanto en sus escritos la
comparación que llega a constituir un método.
Muchas de las comparaciones son
originales, otras no; pero todas van con el sello inconfundible de aquel
entendimiento preclaro que se educó en la escuela divina de las más subidas
comunicaciones celestiales.
Son tan elevados los asuntos que
trata, que, a veces, no la contentan las cosas de aquí abajo para explicar las
del Cielo... “porque son muy bajas las
cosas de la tierra para este fin... Riéndome estoy -dice- de estas comparaciones que no me contentan:
mas no sé otras.... No sé comparación que poner que cuadre”, y así por este
estilo se queja la Santa Madre en no pocos lugares de sus obras de no hallar
símiles adecuados. Con todo reconoce que son precisos y los prodiga oportunamente
diciendo con gracia: Habré de
aprovecharme de alguna comparación aunque yo las quisiera excusar por ser
mujer, y escribir simplemente lo que me mandan; mas este lenguaje de espíritu
es tan malo de declarar a los que no saben letras, como yo, que habré de buscar
algún modo y podrá ser las menos veces acierte a que venga bien la comparación,
servirá de dar recreación a vuestra merced de ver tanta torpeza. (Vida.
Cap. XI).
Ama la naturaleza; la admira y de
ella toma la mayor parte de los símiles: mucho
valiera aquí poder hablar con quien supiera filosofía, porque sabiendo las
propiedades de las cosas supiérame declarar que me voy regalando en ello, aun
por ventura no lo sé entender. Que en todas las cosas que crio tan gran Dios, tan
sabio, debe haber hartos secretos que no podemos aprovechar, y así lo hacen los
que lo entienden y aunque creo que en cada cosita que Dios crio, hay más de lo
que se entiende, aunque sea una hormiguita. (Moradas IV. Cap. II).
Entre las comparaciones que toma
de la naturaleza, son preciosas las de las cuatro maneras de regar el huerto,
con las que explica las cuatro gracias de la oración; todas aquellas en que se
sirve del agua para declarar las propiedades de la gracia, las del fuego y las
del sol, las de la paloma, el erizo, y la delicadísima del gusano de seda, que
trae en la oración de unión. Copiarlas todas sería hacer interminable este
artículo: vayan para muestra estas dos, que además de bonitas son breves. Con
la primera explica lo que es arrobamiento, con la segunda la guerra que en la oración
de unión da la imaginación, cuando la unión no es de todas las potencias:
«Consideremos ahora que esta agua postrera, que hemos dicho es tan
copiosa, que si no es por no consentirlo la tierra podemos creer que se está
con nosotros esta nube de la gran Majestad, acá en la tierra. Mas cuando este
gran bien le agradecemos, acudiendo con obras, según nuestras fuerzas, coge el
Señor el alma, digamos ahora a manera de que las nubes cogen los vapores de la
tierra, y levántala toda ella, (helo oído así esto, de que cogen las nubes los
vapores o el sol) y sube la nube al Cielo y llévala consigo, y comiénzala a
mostrar cosas del reino que le tiene aparejado. No sé si esta comparación
cuadra, más en hecho de verdad, ello pasa así. (Vida. Cap. XX).
...como el entendimiento no la ayuda (a la imaginación) poco ni mucho a lo
que representa, no para en nada, sino de uno en otro que no parece sino de esas
mariposicas de las noches, importunas y desasosegadas; así anda de un cabo a
otro. En extremo me parece le viene bien esta comparación porque aunque no
tiene fuerza para hacer ningún mal, importuna a los que la ven. (Vida. Cap.
XVII).
Fue la vida de la Santa, ruda
batalla, continua pelea; es la vida espiritual lucha y vencimiento, así es que
no es de maravillar que las comparaciones bélicas la sirvan muchas veces para
aclarar sus conceptos. Muy adecuada y lindísima es la del alférez que en la
batalla lleva la bandera, que no se puede
defender, y aunque le hagan pedazos no la puede dejar de las manos. Así los
contemplativos han de llevar la bandera de la humildad y sufrir cuantos golpes
les dieren sin dar alguno. (Camino de perfección. Cap. XVII) y las que trae
para explicar como los que llegan a las séptimas moradas es lo más ordinario
que tengan paz, aunque las potencias guerreen. Comparaciones trae, que son reminiscencias
de sus lecturas, otras hijas de su inventiva, otras de acciones o sucesos de su
vida, y por último una comparación le sirve para estudiar divinamente en las
moradas los grados de oración y perfección del alma semejante a un castillo todo de diamante o muy claro
cristal, a donde hay muchos aposentos que la Santa muestra en el más
hermoso de sus libros, haciendo que el embelesado lector la siga en aquella ascensión
admirable y llegue a la séptima morada, cielo del alma, deseando si no pasar
por esos estados de espíritu, porque los más de ellos los da el Señor a quien
le place, al menos disponerse para beber del agua viva que en charcos o arroyos seguramente encontrará
en el camino.
De las otras cualidades de los
escritos de nuestra Madre habla tan bien Fray Luis de León, que a él le dejamos
la palabra: “Que dejados aparte otros
muchos y grandes provechos que hallan los que leen estos libros, dos son, a mi
parecer los que con más eficacia hacen. Uno facilitar al ánimo de los lectores
el camino de la virtud; y otro encenderlos en el amor de ella y de Dios. Porque
en lo uno es cosa maravillosa ver como ponen a Dios delante los ojos del alma,
y como le muestran tan fácil para ser hallado, y tan dulce y tan amigable para
los que le hallan. y en el otro, no solamente con todas, más con cada una de
sus palabras pegan al alma fuego del Cielo, que la abrasa y deshace y
quitándole de los ojos y del sentido todas las dificultades que hay, no para
que no las vea, sino para que no las estime ni las precie, déjanla no solamente
desengañada de lo que la falsa imaginación le ofrecía, sino descargada de su peso
y tibieza, y tan alentada, si se puede decir así, tan ansiosa del bien, que
vuela luego a él con el deseo que hierve.”
Esto de los libros. Pero como la
prueba más contundente de lo que vale un maestro son sus discípulos y no hay
mejor piedra de toque para probar la bondad de una doctrina educadora que el
éxito que se obtiene al llevarla a la práctica, ahí están las carmelitas, desde
hace cuatro siglos, poco menos, dando testimonio de que la ínclita Doctora
tanto supo de exponer en libros sus teorías como de encarnarlas en sus hijas
haciéndolas imagen viva de la Madre muerta. Y damos fin a este trabajo para que
en él no todo sea desabrido, con unas palabras de Fray Luis de León, tan
aplicables en el siglo xx como en el que él vivió, a las ejemplares hijas de
Santa Teresa.
“Qué desasidas de todo lo que no es Dios, y ofrecidas en solos los
brazos de su esposo Divino, y abrazadas con Él, con ánimos de varones fuertes,
en miembros de mujeres tiernos y flacos ponen en ejecución la más alta y más
generosa filosofía que jamás los hombres imaginaron; y llegan con las obras a
donde en razón de perfecta vida y de heroica virtud apenas llegaron con la
imaginación los genios. Porque huellan la riqueza y tienen en odio la libertad
y desprecian la honra, y aman la humildad y el trabajo y todo su estudio es con
una santa competencia procurar adelantarse en la virtud de contino... Que ni el
trabajo las cansa, ni el encerramiento las fatiga, ni las enfermedades las
decae, ni la muerte las atemoriza o espanta, antes las alegra y anima. Y lo que
entre todo esto hace maravilla grandísima es el sabor, o si lo hemos de decir así,
la facilidad con que hacen lo que es extremadamente dificultoso de hacer.
Porque la mortificación les es regocijo, y la resignación juego, y pasatiempo
la aspereza de la penitencia; y como si se anduviesen solazando y holgando, van
poniendo por obra lo que pone a la naturaleza espanto, y el ejercicio de
virtudes heroicas le han convertido en entretenimiento gustoso, en que muestran
bien por la obra, la verdad de la palabra de Cristo, que su yugo es suave y su
carga ligera. Porque ninguna seglar se alegra tanto de sus aderezos como a
vuestras reverencias les es sabroso el vivir como ángeles. Que tales son sin
duda, no solo en la perfección de la vida, sino también en la semejanza y
unidad que entre sí tienen en ella.
Algo fundamental en la
Pedagogía
No puede negarse que gran parte de las doctrinas pedagógicas actuales carecen de grandeza, de precisión y de unidad, que no pocos entendimientos gastan sus energías en el estudio de lo pequeño pedagógico y lo elevan a la categoría de objeto primario de la ciencia educativa, sin otra razón que el capricho, ni otro fundamento más sólido, que el de medir la magnitud absoluta de las cosas con la medida de sus apreciaciones particulares. Esto explica en gran parte el bajo nivel de la Pedagogía y las aún más bajas corrientes de la moderna educación, pero no lo explica todo. Entre otros, hay un hecho que da más luz.
La Pedagogía olvidó más de lo
justo su origen filosófico, hizo tabla rasa del pasado, reclamó una independencia
de las ciencias metafísicas, que no permite la naturaleza de su objeto, se echó
en brazos de las ciencias que estudian meramente la materia y las manifestaciones
inferiores de la vida y quedó aprisionada en las redes de un positivismo
absurdo que la sujeta a la tierra y la impide elevarse a las alturas a que está
llamada. Esta elevación no la conseguirá mientras no vuelva a recibir la savia
vivificante de la Metafísica bajo cuya dependencia debe vivir.
Hostiles algunos pedagogos a
cuantas ciencias estudian objetos superiores a los de orden material, vuelven
la espalda a la Metafísica, otros con indiscutible acierto dejan paso a los
rayos brillantes de la Psicología y de la Ética, pero pocos, muy pocos, abren
de par en par las puertas de la ciencia de la educación para que todo el sol de
la Metafísica ilumine y convierta muchas de sus lobregueces en dorado mediodía.
La grandeza de la educación
humana no puede apreciarse debidamente con solo estudiar al hombre aislado y
cuando más en sus relaciones con los demás hombres. Es preciso estudiar el
lugar ontológico que ocupa, notar las semejanzas y diferencias que de los demás
seres le separan, y las relaciones que con ellos le unen, darse cuenta de su primacía
en el orden de la creación visible, de la que es finalidad inmediata, y de
inducción en inducción llegar a Dios, causa de las causas, finalidad suprema y
Supremo Ordenador de cuanto existe, que quiso hacer del hombre áureo eslabón
que enlazara el mundo de la materia con el mundo del espíritu y viviera unido a
Él por conocimiento y amor.
A la luz de estas verdades el
concepto del hombre se engrandece, la necesidad de prepararle para cumplir su misión
se siente con más fuerza, los medios de formarle se eligen y seleccionan más
cuidadosamente, la perfección de sus facultades se ordena, subordina y recibe unidad
de una finalidad superior y el pedagogo consciente de su deber se dispone a
modelar, no al animal superior que ha forjado el materialismo, sino al rey de la
creación visible en cuya alma Dios encendió la luz de la inteligencia.
La filosofía materialista que no
ve en las cosas más que materia inerte u organizada, que niega las causas finales
y todo lo explica por acciones y reacciones químicas, cuando llega al hombre no
es maravilla que le empequeñezca y le achique. Su psicología ha de correr parejas
con sus doctrinas ontológicas y con su teodicea. Empezó por negar a Dios o
forjar un ser Supremo absurdo, que vale menos que su negación, se acogió para
explicar el origen y la naturaleza de los seres a una de tantas hipótesis
materialistas que la razón desecha y la experiencia no comprueba, y explicó la
vida por medio de la evolución, lógico es que al tropezar con el hombre sus teorías
no se eleven más y le coloquen en un lugar inferior al que le corresponde y que
la educación haga del cuerpo y de la sensibilidad el objeto preferente de sus
cuidados, que el peso, la medida y la observación sensible sean sus principales
medios de conocimiento, que llegue al cultivo de la inteligencia pero que
llevando por delante la negación del mundo metafísico, estreche el radio de
acción del conocimiento limitándolo al estudio de las ciencias realistas; deje
a un lado objetos de mayor interés que además de dar la clave para explicar lo
que las ciencias naturales no explican y para purgarlas de no pocos errores,
son aptísimos para ejercitar las energías intelectuales y aumentar la capacidad
de la inteligencia. Por último todo sistema pedagógico que carece de base
metafísica está condenado a carecer de elevación moral y en el orden religioso
a proclamarse ateo o a ocultar su ateísmo bajo la máscara hipócrita de la
neutralidad.
La verdad de las anteriores
afirmaciones salta a la vista con solo echar una mirada a las teorías morales que
separadas primero del tronco de la verdadera religión, rompieron por la fuerza
de la lógica toda relación metafísica. Bien podemos decir que su ética no tiene
más finalidad que inventar teorías que justifiquen el mal moral y que cuando
invaden el terreno de la pedagogía bien sea con los nombres de racionalismo,
sentimentalismo, utilitarismo etc. que todos ellos tienen cabida dentro de la
moral independiente, sea para marcar a la educación moral sendas torcidas y
caminos tortuosos en donde la virtud muera sofocada por el fuego de la pasión
insana que creció al calor de una moral independiente y atea.
Una filosofía que no reconoce la
existencia de objetos superiores a los del orden sensible, o niega a Dios o le
confunde con la materia, que es un modo indirecto de negarle, y una Pedagogía
que bebe en estas fuentes o se proclama por la neutralidad religiosa en la
educación o se contenta con una educación sentimentalista, vacía de todo
contenido ideal, o da por buena todas las religiones resultando, en cualquiera
de estos tres casos, que deja ineducada la aspiración más noble del alma
humana, que va contra de la inclinación natural más fuerte y que necesariamente
conduce al hombre a la infelicidad.
Es preciso pues injertar la
ciencia Pedagógica en una filosofía seria y racional, que si lo es
necesariamente tendrá que ser metafísica. Para los pedagogos católicos la
elección de escuela no tiene duda, bien seguros pueden estar militando en las
filas de la escolástica tomista, que como doctrina viva y fecunda al recibir en
su seno las teorías modernas, las selecciona a la luz de una crítica
elevadísima que tiene en la seriedad de su lógica y sobre todo en las luces de
la fe católica que la ilumina, las mejores garantías de acierto.
MARÍA DÍAZ JIMÉNEZ
Enseñanza de la Religión
Trabajo leído por s u autora, Srta. Díaz Jiménez,
en la III Asamblea de Cooperadoras Técnicas.
Las imágenes de Cristo y de la
Santísima Virgen ocupan lugar preferente, señalado por la ley. La enseñanza
diaria del Catecismo y de la Historia Sagrada, la lectura cada tercer día del
Antiguo y, sobre todo, del Nuevo Testamento, la obligación de adoptar para
estas enseñanzas los libros que designe el prelado diocesano, el deber de
someterse las escuelas en lo moral y religioso a la inspección del párroco, son
cosas mandadas por la ley, así como las oraciones de entrada y salida y el rezo
en los sábados del santo Rosario. Se permite y aconseja, aunque no se hace
obligatoria, la asistencia del maestro y de los niños a la Santa Misa los días
de fiesta, la confesión y la comunión cada tres meses y el cumplimiento pascual,
reconociendo en todo los derechos preferentes del párroco y del confesor.
Tienen, pues, los maestros y
maestras de primera enseñanza oficial ancho campo de acción, dentro de la ley,
para dar a los niños formación religiosa complejísima. Deber suyo es cumplir
con lo que a una les imponen la Iglesia y el Estado y velar porque no caiga en
desuso todo esto. Bien sé que las inspectoras y maestras que me oís sois fieles
cumplidoras y seréis también vulgarizadoras de todo entre muchos y muchas que,
desconociendo estas disposiciones legales, no se atreven a desplegar su celo por
miedo a la muerte civil. De desear sería que, para no caer en una inconsecuencia
lamentable, trabajásemos por llevar a la legislación de las escuelas normales
mucho de lo que tiene la legislación de primera enseñanza. En la Normal debe el
maestro acostumbrarse y formarse en cuanto ha de hacer en la escuela, aparte de
que, si legalmente se introdujeran prácticas y costumbres religiosas, se
introduciría un elemento poderoso de educación y un medio eficacísimo para
consolidar vocaciones y suscitarlas.
* * *
Prescindir de la enseñanza
religiosa es colaborar consciente o inconscientemente al triunfo del mal;
educar con ella y en ella es luchar contra el vicio y asegurar, en cuanto cabe,
la virtud.
Dejar al hombre sin cultura
religiosa es condenarle a ignorar su principio y su fin; es marchar en contra
de su naturaleza, que vino de Dios y a Dios tiende. Es quitar de los ojos el
ideal divino de perfección: Cristo Jesús; limitar la esfera de acción del entendimiento,
aprisionándolo en los estrechos límites de la razón, no dejándole que, en alas
de la fe, vuele a las regiones de lo sobrenatural, y hasta obscureciendo y
dejando incompleta la ciencia humana, que de la divina recibe luz y soluciones.
Es quitar a la moralidad su fundamento y su razón de ser. En una palabra: educar
con Religión es educar según Dios, la naturaleza y la razón lo piden, haciendo
al hombre hijo de la Iglesia y poniéndole en el camino de la salvación y de la
dicha verdadera.
La Religión es la que enseña a
fundar sobre bases firmes la familia; mantiene su unidad y garantiza el
cumplimiento de su misión, haciendo de ella célula viva que dé a Dios y a la
sociedad lo que la sociedad y Dios la piden. Prescindir de la Religión es acelerar
la disolución y corrupción familiar.
La mejor garantía de la paz
social es la cultura y educación religiosa del pueblo: educar al pueblo en
católico es preparar las almas para entender, en su verdadero sentido, las
palabras justicia, derecho, deber, libertad, fraternidad, igualdad; es dar a la
fuerza de la razón el lugar que ocupa la razón de la fuerza, cuando late la
rebeldía en los espíritus y el principio de autoridad se discute, se ataca y
desobedece. Y es dar a los problemas sociales soluciones justas y equitativas.
Educar sin Religión es dejar sin
dique las pasiones bajas, facilitar el triunfo del libertinaje, de la injusticia,
y poner en manos de todos armas temibles para mantener a las sociedades en
perpetua guerra.
Enseñar Religión es hacer patria.
Los Estados tienen un fin
temporal que cumplir, pero condicionados siempre por el fin último del
individuo, al que deben asegurar un medio exterior favorable a su total
perfeccionamiento. La Religión enseña a los políticos a gobernar la patria de
la tierra con los ojos puestos en la patria del cielo y a los súbditos a
respetar la autoridad porque viene de Dios. Prescindir de la enseñanza de la Religión
es deshacer la patria.
La Historia lo dice y la
experiencia lo confirma, enseñando que los sin patria son los sin Dios.
Con la cultura y educación
religiosa se consigue dar a la educación femenina su tonalidad propia. Sólo la
Religión católica tiene el secreto y sólo ella puede presentar la excelsa
figura de la Virgen Santísima, más perfecta que el más perfecto de los ángeles.
Tiene en sí cuantos elementos de perfección ha de copiar la mujer y es modelo
acabado de santidad y belleza. Imitándola se forma a la joven y la madre, la
religiosa contemplativa, la activa y la mujer que ejerce el apostolado social.
Nadie como Ella supo vivir como hija y como madre; nadie como Ella supo colaborar
en la obra más grande después de la Creación: en la Redención; ninguna mujer
tuvo a su cargo la tutela de la organización de la sociedad más grande y más
perfecta que vieron y verán los siglos: la Iglesia Católica, y esto sin perder
su feminidad espiritualísima.
A Ella hemos de mirar, seguras de
que allí encontraremos todo cuanto necesitamos. Su acción tuvo una eficacia
salvadora, y la tuvo porque la ejerció como Dios quería y actuó desde donde Dios
quería.
La nuestra la tendrá si seguimos
su ejemplo. Volver las espaldas a este modelo de mujer, casi divino, es
renunciar a formar a la mujer según las normas de Dios, es descentrarla,
desnaturalizarla y hacerla caer en una esclavitud cubierta con capa de libertad
y de independencia, pero esclavitud al fin. Es forjarla en los moldes del
criterio modernista, despojándola de su delicadeza propia, y robarla
traidoramente las cualidades que siempre la hicieron buena y grande.
CONCLUSIONES
1.a La Cooperadora Técnica tiene el deber de especializarse
en la enseñanza del catecismo, siguiendo en todo las instrucciones de la
Iglesia.
2.a Se ofrecerá al prelado o al párroco, según los
casos, para colaborar en las catequesis, y en su escuela procurará preparar a
las alumnas para que puedan ser catequistas, en las que los párrocos encuentren
auxiliares inteligentes y piadosas.
3.a En las localidades donde se conserven las costumbres
de llevar a los niños a la Santa Misa los días de fiesta, al cumplimiento
pascual y a recibir los santos sacramentos de la Penitencia y Comunión, se
intensificarán
En los lugares en que esto haya caído
en desuso se procurará introducirlo de nuevo.
4.a Maestras, inspectoras y profesoras normales
tenemos el deber de conciencia de trabajar con verdadero celo por desterrar de
nuestras normales y escuelas todo libro en que se expongan doctrinas
heterodoxas y de poner en conocimiento del prelado los abusos que en esto se
cometan, así como de velar para que, con pretexto de vana cultura, no lean
nuestras discípulas nada que directa o indirectamente pueda poner en peligro su
pureza y sus buenas costumbres.
5.a Pedir al Gobierno de Su Majestad que dicte una
disposición ordenando que en las escuelas normales se pongan en sitio de honor
el santo Crucifijo y la imagen de la Santísima Virgen.
6.a Pedir que, para tomar parte en las oposiciones
del Magisterio, se exija a los opositores la partida de Bautismo.
Aprovechando los días de
vacaciones que con motivo de las fiestas de Santa Teresa se dan en los centros
oficiales de Ávila, organizamos una excursión a Salamanca y a Alba. A ésta, con
el fin de conocer todo cuanto en ella se venera de nuestra Santa Madre; y a
Salamanca, para ver las preciosas joyas de arte que encierra.
Fue el domingo 20 el día señalado
para realizar dicha excursión. ¡Con qué entusiasmo pre- paramos todo para el
viaje!
Ya la víspera todas nuestras
conversaciones recaían sobre lo mismo: la impresión que nos produciría ver el
corazón de nuestra Santa, su sepulcro, qué le pediríamos, qué monumentos íbamos
a visitar en Salamanca, cuáles eran los más interesantes, etc., etc.
“La del alba sería...” casi,
casi, la hora en que nos dispusimos a emprender el viaje. Cuando llegó el auto
ya habíamos oído la santa Misa y recibido el Pan de los fuertes. Salimos a las
siete, entonando cánticos alegres y fervorosos durante todo el trayecto.
Henos ya en Salamanca; ganas nos
daban de repetir lo de Nuestra Santa Madre..., un poquito variado:
“Ya, por fin,
hemos llegado
con salud a la
posada.
Alegre fue la jornada;
sea Nuestro Señor loado” (1).
Mucho habíamos oído ponderar los
monumentos salmantinos, y ahora podíamos comprobar cuán justos eran los
elogios.
La plaza mayor fue el sitio donde
comenzamos nuestra visita. Es de estilo barroco, aunque no muy recargado. Su
planta afecta la forma de un cuadrilátero de lados desiguales. No tienen todos
los lados el mismo número de arcadas; pero, a pesar de esto, existe en toda
ella gran armonía.
En el centro del ala norte se
encuentra el Ayuntamiento. Se alza sobre cinco arcos mayores que los del resto
de la plaza; en las líneas generales de su arquitectura, en sus frontones re
torcidos y en la talla de sus adornos se muestran los caracteres del arte
churrigueresco. Nos llamó mucho la atención cuatro estatuas colocadas sobre una
balaustrada como la que sirve de coronación a toda la plaza, que representan a
la Agricultura, la Industria, la Ciencia y la Astronomía. El resto de las
construcciones de esta plaza están formadas por tres pisos sobre los soportales;
merece especial mención el pabellón real.
Como el tiempo apremiaba, pues
disponíamos de muy poco y era mucho lo que queríamos ver, nos dirigimos inmediatamente
a la Catedral nueva, magnífica joya de las últimas manifestaciones del arte
gótico. Fueron muchas las bellezas que aquí admiramos; pero no dejaremos de mencionar
la fachada del poniente; en ella parece agotaron los maestros su imaginación y
supera a todo lo del interior.
Tres son las puertas que dan
acceso al templo, llamadas: la de San Clemente; la de la derecha, del Obispo, y
la central, del Nacimiento. Los pilares suben hasta la altura de las naves; se
hallan coronados por grupos de agujas que rematan en una más aguda. Toda la
fachada está llena de repisas con doseletes góticos; pero la mayor ornamentación
está en la parte de fachada que corresponde a la nave central.
Consta de tres naves, sostenidas
por tres grandes arcadas de medio punto. Todas ellas están rodeadas de
galerías. El calado antepecho de la galería baja es muy curioso. La cúpula
sobre las pechinas, que se levanta sobre los pilares de la nave del crucero, es
una obra de la mayor belleza, aunque desentona del conjunto por pertenecer a
otro arte. Fueron los planos obra de Churriguera.
La capilla mayor lleva siete
estatuas de tamaño semicolosal. No tiene retablo; en el testero se destaca una
escultura de la Asunción. De todas las capillas es la más importante la denominada
del Sudario; en ella se encuentra la
escultura de la Virgen de la Vega, Patrona de Salamanca. El busto es policromo;
la silla en que está sentada la imagen tiene chapas de cobre sobredorado y
algunos esmaltes.
Por esta Catedral pasamos a la
vieja, cuyos muros sirvieron de apoyo para la construcción de la nueva, sufriendo
en esta época tantas mutilaciones y suplantaciones, que la actual fachada principal
nos da idea de la grandeza que encierra interiormente.
La planta es de cruz latina, de
tres naves, y la de crucero, que es muy pronunciada, en la parte superior
termina en tres ábsides, correspondientes a las tres naves.
Tres joyas principales destacan
entre las muchas que tiene esta Catedral.
El retablo de la capilla mayor, que está formado por cinco líneas
de a once tablas adornadas con filigranas góticas. El tema es la vida de
Nuestro Señor, desde la Encarnación.
El tríptico de la capilla de Santa Catalina, debido a Gallegos, y,
por fin, el Sepulcro de Anaya, que
ocupa el centro de la capilla de su nombre. Algún crítico cree que corresponde
su arte al gótico florido en su fase más elegante. Es de alabastro con
magníficos relieves.
Como dato curioso citamos la
capilla de Talavera, donde se celebra la santa Misa en algunas ocasiones con
arreglo al rito mozárabe.
Muy próxima a estas catedrales
está la Universidad; se explica el motivo de esta proximidad, porque la Catedral
nueva se construyó para desahogo de la Universidad, en los gloriosos tiempos en
que el número de escolares hacía insuficiente la capacidad de la capilla de
dicha Universidad. Entramos por la fachada del naciente, que está situada
frente a las catedrales y no ofrece ningún interés artístico, reservándose éste
para la del poniente, que es la principal. Se levanta en el llamado hoy patio
de las Escuelas Menores. Su estilo es plateresco, y la ejecución, plana fina y
de poco relieve. Encima de la puerta se destaca un medallón con los bustos de
los Reyes Católicos asidos a un solo cetro.
Del interior merece citarse el
claustro alto en su parte antigua. Está formado por siete arcos de forma
especial, repetida en otros patios de la ciudad. Está rodeado de artístico
antepecho, decorado al interior con figuras y follajes que recuerdan los de la
barandilla de la escalera, ésta de gran importancia, como lo prueba el orgullo
con que los salmantinos publican en todas sus revistas artísticas detalles de
ella. Vimos con gran interés la cátedra de Fr. Luis de León.
Conserva las ventanas pequeñas,
que, más que dar luz, sumían en penumbra a los antiguos generales de la
Universidad, así como también el asiento, respaldo y cimborrio de la cátedra, y
los bancos y mesas toscos de los estudiantes.
En la capilla se conservan los
restos de Fray Luis, y en artístico cuadro el título de Doctora Honoris Causa, por la Universidad de Salamanca, de Santa
Teresa de Jesús.
San Esteban, convento de dominicos.
Es del mismo estilo que la
catedral nueva, de planta gótica y decoración plateresca, que se da a conocer
principalmente en la fachada. Desde el crucero se aprecia el magnífico fresco
situado en el coro en el muro del fondo, que representa el triunfo del
catolicismo. Tiene dos partes principales: la inferior, que simboliza la
iglesia militante, y la superior, la iglesia triunfante. El claustro bajo es de
gran valor artístico.
Nos dirigimos después al Convento
de las Agustinas, para ver el tan conocido y celebrado cuadro de la Concepción, de Ribera. Está colocado en
el centro del altar mayor; a los lados, dos marcos de menor tamaño que el
central están ocupados por cuadros de mérito de autores desconocidos.
También se atribuyen a Ribera
otros cuadros existentes en esta iglesia, como es el que representa a la Virgen
entregando el rosario a Santo Domingo, el Nacimiento de Jesús, San Jenaro
vestido de pontifical, etc.
Es curioso el púlpito, de
mármoles de colores, que semeja un balcón, sostenido por un águila gigantesca.
Después fuimos al colegio del
Arzobispo, o colegio de Nobles Irlandeses. Todo el mérito artístico de este
edificio se encuentra en la portada, la capilla y el patio. La portada es una
variante del arte plateresco. Se halla adornada de medallones con escudos y
hornacinas con estatuas. La capilla tiene planta de cruz latina, bóveda gótica,
que descansa sobre columnas adosadas a las paredes. Lo más interesante de la
capilla es el retablo del altar mayor, decorado por hermosas pinturas en talla
y varias estatuas de santos.
El patio puede estimarse como la
obra, en su género, más delicada que se conserva de las que ejecutaron los
artistas del renacimiento español. Es cuadrado, con ocho arcadas por cada lado,
todas ellas de medio punto.
Palacio de Monterrey.- El estilo es del más puro renacimiento. Sólo
se hizo en él una crujía de estilo ojival. Sobresale entre toda su belleza la
afiligranada crestería que corona el edificio. Las ventanas y balcones tienen
ornamentación plateresca. Sostienen varios escudos en las esquinas animales
raros.
Dimos fin a nuestras correrías
por Salamanca con la visita a la Casa de las Conchas. Tanto la fachada principal
como la de saliente están adornadas con profusión de conchas de piedra. En la
fachada principal empieza la decoración del arco adintelado de la puerta de
entrada, y sobre él, en una primorosa arcada gótica, un escudo de armas de los Maldonado
sostenido por leones. Son de notar en el exterior dos bellísimas rejas en la
planta baja. El patio es de gran valor artístico; en él se funde el arte gótico
muy marcado con los arcos de curvas y contra curvas que introdujeron los
musulmanes.
El patio tiene doble galería; en
la superior existe un antepecho, calado con diferentes dibujos, a cual más
originales. Es de valor también la escalera que arranca del patio y el
artesonado de la misma.
Hubiera sido nuestro deseo seguir
admirando las bellezas de esta monumental ciudad; pero teníamos los minutos
contados para la visita a Alba y no tuvimos más remedio que sacrificar este deseo
y despedirnos de Salamanca, con la seguridad de que no olvidaremos jamás visita
tan instructiva, artística y simpática.
La animación y entusiasmo que
durante todo el día reinó en nosotras subió de punto al encaminarnos a Alba y
ver aproximarse el momento, tan deseado desde hacía días, de ver de cerca las
reliquias de nuestra Madre.
Inmediatamente de llegadas, nos
encaminamos a las Carmelitas, relicario bendito que tanta grandeza encierra.
Lo primero que vimos fue el sepulcro,
colocado en el testero del altar mayor; un arca de plata sostenida por ángeles
encierra el cuerpo de Santa Teresa. En el presbiterio y al lado de la Epístola
hay un torno que guarda el corazón y brazo de la Santa.
Muchas y muy distintas fueron las emociones que sentimos desde el momento que entramos en este relicario; pero imposible describir qué pasó por nosotras al encontrarnos delante de su corazón; sentimos deseos de imitarla, de que el nuestro, a semejanza del suyo, se inflamase en amor de Dios, para comunicarlo a las almas. Después vimos la celda donde murió, y, como ya eran muchas las emociones recibidas, éstas se tradujeron en lágrimas de amor, de reverencia y agradecimiento a Nuestro Señor, que tantas bendiciones había derramado sobre nosotras en este día. Era ya muy tarde y tuvimos que abandonar esta iglesia tan saturada del espíritu de la Santa... Mas ¿no es hacia Ávila a donde marchamos? Allí también el espíritu de aquella mujer fuerte se encuentra animando nuestra vida y alentándonos con grandes ideales...
(1) De Los estudiantes de Salamanca, por el P. Risco, S. J.,
UNA EXCURSIONISTA.
Pie de foto 1: Salamanca.--
Catedral vieja. Claustro.
Pie de foto 2: Salamanca.--
Catedral vieja. Detalle del sepulcro de Anaya.
Pie de foto 3: Salamanca.-- San
Esteban. Claustro.
Pie de foto 4: Salamanca.--
Colegio de Nobles Irlandeses.
Pie de foto 5: Salamanca.--
Universidad. Detalle de la Escalera.
Pie de foto 6: Salamanca.-- Casa
de las Conchas. Patio.
Pie de foto 7: Salamanca.-- Casa
de las Conchas. Ventana e interior (siglo XVI).
Coronación de la Virgen del Camino
Corrían los primeros años del siglo XVI, cuando, en un lugar distante de León poco más de una legua, la Virgen Santísima, en visión inefable, habló a un pastor devoto y sencillo, diciéndole que fuera al obispo y le manifestara el deseo que Ella tenía de que allí se edificara un templo en su honor. Con humilde y respetuosa sencillez, Alvar Simón Fernández, que así se llamaba el pastor, dijo a la Virgen: Señora, ¿cómo creerán que sois Vos la que me envía? Dame esa honda que tienes en la mano, dijo la Señora. El pastor obedeció asombrado. La Virgen colocó una piedra en el arma, la arrojó con ligereza y dijo a Simón: Ves dónde cayó la piedra? Allí quiero que se levante el templo, y, como señal de la misión que te doy, cuando vuelvas a este lugar con el prelado, esta piedra tan pequeña será muy grande.
Creyó el obispo la sencilla y verídica relación del pastor; marchó al lugar de la revelación, y encontró la piedra y la imagen tal como el campesino las había descrito.
Muy pronto la Virgen tuvo allí un santuario, que desde entonces fue el centro principal de la devoción leonesa.
El pueblo dio a la imagen el nombre de Nuestra Señora del Camino, por estar situado el lugar de la aparición a orilla de la senda que seguían los peregrinos de Santiago.
Muy hondas eran las raíces que el amor mariano tenía en la región leonesa; pero es indudable que a partir de la fecha de 1505 se arraigaron más. Durante cuatro siglos largos, la Virgen se ha complacido en derramar gracias innumerables, de las que da testimonio, más que los exvotos y los documentos, el fervor, nunca entibiado, de las multitudes que, siglo tras siglo, se han postrado a sus pies. ¿Quién allí pidió que no fuera oído? ¿Quién lloró que no fuera consolado? ¿Quién la miró que no sintiera conmoción profunda ante la expresión dolorosa de su rostro bendito? ¿Quién no la entronizó en su alma, y la puso en sitio de honor en su casa, y colgó al cuello la medalla bendita, y la dijo adiós al emprender largo viaje y no volvió a sus plantas después de terminado? Del Camino se la llama, y bien podemos decir que, en el camino de la vida, Ella es la compañera inseparable de los leoneses, que pronunciando su nombre aprenden a hablar y con él en los labios mueren.
El Excmo. e Ilmo. Sr. Dr. D. José Álvarez Miranda, leonés de nacimiento y actual prelado de la diócesis legionense, amante fino y fervoroso de la Virgen, interpretando el sentir de todos, lanzó la idea de la coronación canónica de Nuestra Señora del Camino; y aunque el amor de los hijos de esta tierra no sabe ser hablador, hacía mucho que deseaba proclamar pública, solemne y colectivamente la maternidad y la realeza de su Virgen bendita, y, respondiendo a la voz de su Prelado, fundió sus joyas y dio su óbolo para hacer la corona que había de ceñir las sienes de su Reina y colocar sobre sus hombros el hermoso manto que ostenta el escudo de León, en torno del cual hay una leyenda que dice: La región leonesa a su Madre.
En pastoral que bien podemos llamar histórica, señaló el Ilmo. Sr. Obispo para fecha de la coronación el 19 de octubre pasado, y él ha tenido la dicha de iniciar la idea y de llevarla a cabo con un acierto verdaderamente singular, dando de mano a cuanto no tuviera hondo sentido religioso y eligiendo para la ceremonia el campo que se extiende a espaldas del santuario, que fue el sitio elegido por la Virgen para su aparición.
Llegado el día, una multitud que, según cálculos muy probables, no bajaría de las 70.000 almas, invadió la extensa llanura. Sobre un trono de flores fue colocada la santa imagen. Al lado de la Epístola, el Emmo. Cardenal Primado, el Excmo. Sr. Arzobispo de Burgos, el ilustrísimo Sr. Obispo de León y los de Santander, Vitoria, Calahorra, Palencia, Coria y Burgo de Osma, ostentaban la suprema representación de la Iglesia. Al lado del Evangelio ocupó un trono Su Alteza Real el Infante D. Jaime de Borbón, en representación de su augusto padre.
Celebró la santa Misa el eminentísimo Sr. Cardenal Primado, y, después de fervorosa alocución, bendijo la corona, que tomó en su mano el alcalde de León, Sr. Sánchez Chicarro, haciéndola pasar a las del Infante, quien, a su vez, la entregó al Cardenal, que la colocó sobre las sienes de la Virgen. Un grito clamoroso e indescriptible, en el que iban fundidos vivas, llantos y oraciones, salió de aquella multitud, que, de rodillas, en nombre propio y en el de los leoneses que allí no pudieron estar, aclamaba por Reina y Madre a su Virgen bendita del Camino.
León había realizado su deseo más vivo, pagando un tributo de gratitud y de justicia a su excelsa Patrona. A las dos de la tarde, los pendones de los arciprestazgos desplegaban sus vistosas tiras de damasco y, erguidos por un verdadero prodigio de equilibrio, marchaban a la vanguardia de la procesión que se organizó para conducir a la Santísima Virgen desde el santuario a la capital. Seguíanles las cruces parroquiales y después la Santísima Virgen, llevada en hombros por los mozos de los ayuntamientos que a ello tienen derecho. Los seis kilómetros de carretera que separan el santuario de León eran una masa compacta de gente, que no cesó un momento de rezar y de aclamar a su Madre.
Según tradicional costumbre, a la entrada de la capital, junto al edificio de San Marcos, el Ayuntamiento leonés se hizo cargo de la Virgen, y sus concejales la llevaron hasta la iglesia de San Marcelo, donde esperaban los prelados, el Infante y las autoridades. Desde esta iglesia el Cabildo catedral conduce en hombros a la santa imagen hasta la Pulcra Leonina, y, al entrar en el maravilloso templo, el entusiasmo llega a lo indescriptible, y parece que la Virgen ha bajado del cielo y que besa a sus hijos con la mirada y los cubre con su manto y con ellos llora y ríe.
Durante los siete días que permanece en León la santa imagen, las manifestaciones de amor y piedad crecen de hora en hora, y llegan al colmo en las procesiones eucarísticas y en la solemne vigilia con que la Adoración Nocturna, unida a 64 secciones venidas de toda España, celebra a los pies de la Virgen sus bodas de plata.
Terminado el septenario, la Virgen fue llevada a su templo con la misma solemnidad que a su venida.
Consuelo y premio bien merecido fue todo esto para el virtuoso y venerable Prelado, que con celo incansable supo organizar esta manifestación religiosa y con modestia ejemplar renunció al homenaje que autoridades y pueblo quisieron ofrecerle.
León vivirá mucho tiempo del recuerdo de estas solemnidades y seguirá diciendo a su Virgen lo que con el autor del himno de la coronación le cantó tantas veces:
“Reina León te llama de sus tierras,
y su dulzura, si tu amor implora;
su vida, cuando dice que te quiere,
y su esperanza, cuando gime y llora.
Madre León te llama de sus hijos,
y viene a Ti sus hijos a ofrecerte,
y vuelve a Ti contigo a consolarse
cuando a tus brazos los llevó la muerte.”
M. Díaz JIMÉNEZ.
Pie de foto 1: Nuestra Señora del Camino-Momento de la coronación.
Pie de foto 2: León.- Bendición de la corona de Nuestra Señora.
Pie de foto 3: La Virgen del Camino.
Pie de foto 4: León: Coronación de la Virgen.- La procesión eucarística.
Pie de foto 5: Coronación de la Virgen del Camino.- Los prelados en la procesión.
En busca de uno de esos remansos
de piedad y de fe íbamos dos teresianas en los primeros días de agosto último.
Rápidamente salimos de la estación,
para llegar a tiempo de oír la santa Misa y recibir la sagrada Comunión en la
capilla del noviciado de las Hermanas de la Caridad. Ansiábamos con vehemencia
besar el suelo bendito que la Virgen Milagrosa había santificado, y nuestro deseo
era tanto más vehemente cuanto más a nuestra memoria traíamos lo que a la
Santísima Virgen, en su advocación de la Medalla Milagrosa, debe la Institución
Teresiana, y recordábamos una carta de la Directora general en que hace
historia de la delicada protección de María, de los triunfos que a ella
debemos, de las iniciativas, de las conversiones, y, a un mismo tiempo, nos
sentíamos felices e indignas de ser las primeras teresianas que en este año
glorioso del centenario de las apariciones de la Virgen llegábamos a sus plantas
benditas a presentar una acción de gracias rendida y fervorosa y a pedirle
humildemente que perpetuase su milagrosa protección y siguiera conduciendo por
los arduos caminos del apostolado a los miembros de esta Institución, que entró
en lucha con la esperanza de que Ella, la Virgen bendita, había de ser su guía
y su fortaleza. Y entramos en la blanquísima capilla a tiempo de oír la Misa de
la Comunidad.
Una Misa que dejó huella profunda
y que difícilmente podrá olvidarse. Terminado que hubo el Santo Sacrificio,
salieron las novicias y las profesas, y la capilla quedó casi sola. Entonces
besamos la silla en que se sentó la Virgen, el suelo que tocaron los pies de la
celeste aparición, y evocamos la figura sencilla y admirable de Sor Catalina
Labouré, la afortunada Hermana de la Caridad a quien la Virgen eligió para
comunicarle sus secretos. ¡Qué alma tan hermosa la de esta hija de San Vicente!
Su corazón, vacío de todo lo terreno, humilde y puro, era relicario aptísimo
para guardar místicas comunicaciones.
Enamorada en firme de la Virgen
Inmaculada, se acuesta una noche con la idea de que la Virgen accederá a sus
deseos y se dejará ver. El ángel de la guarda la despierta y la dice: Venid a la capilla; la Santísima Virgen os
espera. La novicia sigue al angélico niño, penetra en el templo, llega al presbiterio,
oye suave ruido, como de seda que cruje, y el ángel la dice: He aquí la Santísima Virgen, hela aquí.
¿Será verdad lo que tiene ante sus ojos? El ángel la asegura que sí. La novicia
cae de rodillas ante la Virgen, que se ha sentado; apoya sus manos en el regazo
de la Señora, fija sus ojos en el rostro de la Virgen y escucha lo que le va a
decir. Le explica el significado de visiones anteriores. Le habla de Francia,
de los trastornos sociales y políticos que la amenazan, profetizando la caída
de Carlos X y los lejanos acontecimientos del 1870, que terminan con la caída
de Napoleón III y la proclamación de la tercera república. Después de darle
consejos para el gobierno de su espíritu y de advertencias encaminadas a la
perfección de la Comunidad, le anuncia que está destinada por Dios para cumplir
una misión.
La Virgen desaparece, se esfuma
suavemente; el ángel dice a Sor Catalina: ¡Ya
se fue! Y emprenden ambos el camino del dormitorio, no sin advertir la novicia
que las luces se encienden a su paso y que aquellos momentos de dicha, que tan
breves le parecieron, habían sido relativamente largos, ya que a las once y
media había abandonado el lecho y al volver a él sonaban las dos en el reloj
del noviciado.
¿Cuál sería la misión que la Virgen le iba a
encomendar? El 27 de noviembre de 1830, a las cinco y media de la tarde,
estando en oración con la Comunidad, advierte Sor Catalina leve ruido, como el
roce de un vestido de seda; levanta los ojos y ve sobre el globo terrestre la
blanquísima figura de la Virgen, que sostiene en sus manos el mundo, en actitud
de ofrecerle a Dios, y que mira al cielo con mirada de inefable súplica.
Después el globo que la Señora sostiene en sus manos desaparece; su mirada se
vuelve a la novicia; sus manos despiden rayos de luz deslumbradora; en torno a
la celestial Señora aparece áurea leyenda, que dice así: ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a
Vos! Y una voz clara y distinta pronuncia estas palabras: Acuñad, acuñad una medalla según este
modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, recibirán
muchas gracias, sobre todo si la llevaren al cuello, y más particularmente los que
tuvieren en ella mucha confianza. Después apareció en el aire el reverso de
la medalla.
Desde aquel momento Sor Catalina
comenzó a cumplir su misión, y lo hizo con humildad tan profunda y con
discreción tan prudente, que muy pocos supieron en vida de la venerable que
fuera aquella hija de San Vicente la Hermana de la Caridad elegida por Dios
para llevar a cabo tan providencial misión. La propagación de la medalla fue
rápida; las gracias obtenidas, innumerables; el aumento en la devoción a la
Santísima Virgen, bien de notar, y el recurso a su intercesión, cada día más
creciente.
Un siglo ha pasado, y, al
conmemorar aquella fecha providencial, numerosos peregrinos han ido a París a
dar testimonio de gratitud, de fe y de piedad en la misma capilla en que la
Virgen se manifestó a la ejemplar novicia...
Durante nuestra estancia en
París, todos los días tuvimos la dicha de visitar el templo y de besar con
emoción y amor la silla en que se sentara la Virgen Santísima, los sitios en
que las visiones tuvieron lugar, y de repetir muchas veces el ¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por
nos, que recurrimos a Vos!, pareciendo que a nuestra oración se unían las
de las teresianas: alumnas, antiguas alumnas, cooperadoras, y las de cuantos
aprendieron en la Obra teresiana a invocar diariamente a la Santísima Virgen
con el Rosario de la Milagrosa.
Un hecho histórico
El pueblecito montañés, asentado con
firmeza sobre la altiva roca, vivía una vida serena, alegre y pura.
Al pie de la ingente mole de su
pedestal se habían estrellado más de una vez las turbias olas de mal intencionadas
propagandas, y los miasmas deletéreos que emanaban centros industriales, no lejanos,
parecían purificarse al pasar las frondas de los bosques y tocar las limpias
aguas de los ríos, para llegar a la cima cargados de oxígeno vivificante.
El corazón de aquella aldea feliz
estaba en la parroquia.
Del Sagrario brotaba la fuente de
su vida.
El párroco, además de pastor, era
padre y maestro de sus feligreses.
Las familias conservaban recia
contextura cristiana.
Los hijos recibían la influencia
bienhechora de la Iglesia, el hogar y la escuela, y perpetuaban, de generación
en generación, las virtudes de sus mayores.
Las costumbres eran sencillas.
Durante las veladas del invierno,
largo y cruel en aquellas alturas, la vida de familia se intensificaba. No
había cocina sin crucifijo, sin la imagen bendita de la Virgen y sin rosario
pendiente del clavo que sujetaba el almanaque del Sagrado Corazón. La tertulia
comenzaba con el rezo del Angelus y
del Rosario y la lectura del año cristiano.
Las romerías, que giraban
alrededor de las fiestas del patrono del pueblo y de la Virgen de agosto, eran
ocasiones de lucir sus galas la gente joven y de convidar a los amigos de otros
pueblos, que se divertían con bailes populares y luchas.
El espíritu de la Iglesia, tan
artísticamente sensibilizado en la Liturgia, informaba la vida de aquellas
gentes, que era mortificada en Adviento y Cuaresma, alegre en Pascua y
prácticamente devota en mayo, cuando ofrecían a la Inmaculada, juntas con flores
campesinas, flores del alma.
El trabajo era alegre; el
sufrimiento, resignado; la vida, fácil, y la muerte, llena de consuelos.
Un día lloró el pueblo la muerte
del maestro, del fiel coadjutor del párroco, que durante una treintena de años
había trabajado incansablemente en la educación de aquellas gentes. Rodeó el pueblo
entero el cadáver del hombre ejemplar, contestó a coro el último responso, y
juntos, y presididos por el sacerdote, chicos y grandes rezaron durante nueve
días el santo Rosario por el alma de aquel segundo padre, que Dios había llamado
a la vida eterna.
Después de unos meses, llegó un
joven recién salido de la Normal, que ocupó la vacante del llorado maestro.
De momento, el pueblo no sintió
el cambio, porque el muchacho era simpático, inteligente, y enseñaba bien a los
niños. Supo atraerse a los jóvenes, convivió con ellos, y poco a poco les aficionó
a la lectura de periódicos y novelas de una ideología a todas luces reprobable.
De las manos de los mozos pasaron aquellas cosas a las de las mozas, y, por fin,
hasta la gente madura se aficionó a ellas.
El párroco dio a tiempo la voz de
alerta, pero aquella obediencia de hijos buenos había sido minada por la mala
Prensa, y no hicieron caso de las amonestaciones del sacerdote, que veía con pena
alejarse del Sagrario a sus feligreses, y sabía que, en las casas, el Rosario
lo rezaba sólo la abuela, que en un rincón de la cocina lloraba y pedía remedio
para aquel mal, nunca sospechado.
¿Cuándo y cómo se regeneraría el
pueblo?
……………………………………………………………………………………………………………
Pasaron varios años. Un día, ante
el asombro de aquellas gentes, aparecieron en el pueblo dos señoritas
distinguidas. ¿Cómo habían llegado allí? ¡Era un atrevimiento inconcebible! La
estación quedaba a más de ochenta kilómetros del pueblo, la carretera poco menos,
y el camino subía penosamente bordeando precipicios imponentes y aterradores.
Chicos y grandes rodearon a las
damas, que por el momento sonrieron amablemente y preguntaron por un vecino del
lugar.
El frío y la nieve no asustó a
las señoritas, que, al toque del Angelus,
marcharon a la iglesia, donde los que acudían al Rosario las vieron allí en
actitud de profunda reverencia. Después, unas breves palabras con el párroco, y
a continuación, y guiadas por una vecina, recorrieron las casas del pueblo,
invitando a todos a una reunión que al día siguiente tendría lugar en el
pórtico de la iglesia.
A la hora prefijada, el pueblo
entero acudió a aquella asamblea singular.
Una de las señoritas explicó el
objeto de su arribo a aquellas alturas. Sólo la gloria de Dios y el celo por la
salvación de las almas las habían llevado al pueblo, después de graves
peripecias, que modestamente ocultaron.
Un religioso vendría al día siguiente
a darles una misión, y era preciso prepararse para sacar fruto de aquella gracia.
A enseñarles cantos, a visitar a los enfermos, a servirles en cuanto ellas pudieran,
a instruir a los niños: a eso venían.
Llegó el misionero, comenzaron
los ejercicios, y, tras de una resistencia a la gracia, vino, por fin, el
triunfo, el arrepentimiento y el reconocer públicamente que la causa de sus
caídas morales había sido la mala Prensa.
La procesión del último día fue
algo indescriptible. El pueblo entero, después de colocar la cruz de la misión en
la plaza, entregó al misionero los libros y los periódicos inmorales para que, a
presencia de todos, fueran quemados. Las llamas iluminaron la plaza, y a su luz
brillaron lágrimas de arrepentimiento salvador.
……………………………………………………………………………………………………………
¿Quién había promovido aquello?
Una niña del pueblo, testigo de la labor del maestro, oraba ante el Sagrario y
pedía remedio al mal. La chiquilla era viva, inteligente y buena. Un día vio claro
lo que debía hacer. Pidió a sus padres que la llevaran a la ciudad para
ingresar en la Normal. Quería ser maestra, para ejercer el apostolado con
inteligencia y eficacia.
Durante el tiempo de sus estudios
fue ejemplar. Jamás se permitió el menor capricho. El dinero que sus padres le
enviaban para sus gastos personales, pasaba, en su mayor parte, a una cartilla
de la Caja de Ahorros. Cuando reunió lo que se había propuesto, puso los
billetes a los pies de la Virgencita que había presidido sus estudios y sus
sacrificios, pidió que la bendijera y dio los pasos necesarios para organizar
la misión que acabo de referir, cuyos gastos y los de la propaganda de buenas
lecturas costeó íntegramente con sus ahorros.
El hecho referido es histórico.
Un maestro, por medio de la Prensa impía, pierde un pueblo.
Una niña, futura maestra, lo
salva.
¿Tendrá esta simpática apóstol
imitadoras? ¿Oirán la voz del Papa, que especialmente una vez al año, el día de
San Pedro, llama al pueblo católico a este apostolado? Con el fin de que así sea,
he contado esta historia bella y ejemplar.
MARI-DÍAZ

El pensamiento
pedagógico y la obra educativa del Beato Antonio María Claret
Los santos, por el mero hecho de
serlo, son los mejores educadores de la humanidad.
Los pedagogos católicos debieran
interesarse hondamente por el estudio científico de esas figuras cumbres que la
Iglesia, después de exámenes minuciosos y pruebas delicadas, eleva a los altares...
La hagiografía moderna facilita
este género de trabajos, porque al rigor histórico junta, de ordinario, el
estudio psicológico de los tipos humanos
más perfectos que cabe concebir.
No necesita el santo para educar
haber profesado la misión de pedagogo. La ejemplaridad de su vida ejerce un
magisterio lleno de eficacia que, despertando el ansia de imitación, forma, por
medio de una misteriosa influencia espiritual, innumerables tipos, que llevan marcado el sello del
modelo.
Si a la santidad une el
apostolado activo, entonces el santo resulta un educador genial.
El Beato Antonio M.a
Claret pertenece a este grupo. Es una de las grandes figuras españolas del
siglo XIX que, combatida por las sectas, el liberalismo y la impiedad, se cuaja
dentro de la Iglesia católica, como las perlas en el mar.
Llamado por Dios al sublime
magisterio del sacerdocio, del que participó plenamente por su condición de Obispo,
abarcó el problema educativo en toda la amplitud y grandeza de la concepción
católica.
Las ideas que sobre este asunto
dejó escritas y las que recogieron sus contemporáneos permiten reconstruir,
como lo han hecho en notables estudios los PP. del Corazón de María, el magnífico
pensamiento pedagógico del P. Claret.
La mirada penetrante del Beato,
fija siempre en Dios, principio y fin del hombre, guía su prodigiosa actividad educadora,
que anhela elevarlo y perfeccionarlo todo.
Su vida ejemplar, la valiente
rectitud de su conducta, el amor a Dios y al prójimo, la magnanimidad de su
abrasado corazón, abierto para todos, y preferentemente para los pecadores y necesitados,
dan a sus predicaciones una fuerza sobrenatural irresistible. Actuación
saturada de sobrenaturalismo debe ser la característica del maestro cristiano,
que aspira a llevar almas a Dios, y así fue la de nuestro Beato.
Los medios empleados por él
estaban en armonía con la grandeza de los fines. Catequesis pedagógicamente organizadas,
misiones con planes de indudable éxito, bibliotecas parroquiales, instituciones
benéficas, cajas de ahorro, granjas agrícolas y libros, opúsculos y hojas
impresas en tal cantidad, que no hubo rincón donde la Librería religiosa no
hiciera llegar sus excelentes publicaciones.
Son notables, entre sus
opúsculos, los que dedica a los padres, y especialmente a las madres, sobre la
educación de sus hijos. Hoy, que la descristianización de las familias es una
dolorosa realidad, la lectura de estos admirables documentos produciría, seguramente
una influencia beneficiosa, porque su doctrina no pasa, tiene la permanencia
eterna de la verdad.
Los temas tratados se refieren a
la educación, la enseñanza religiosa y la cultura profana. De nada se olvida, y
desciende hasta escribir un plan de enseñanza femenina que, juzgado dentro de
su época, es superior a los entonces seguidos.
Cultura, piedad, virtud, vida
social, enseñanzas domésticas, nada falta, hasta el punto de que, completado en
algunos aspectos para adaptarlo a las necesidades de la vida moderna, bien
pudiera servir para encauzar la desdichada educación de la mujer del día.
Quiere para los niños expansión,
sana libertad, ejercicios físicos, alegría. En la corrección de los defectos,
firmeza, discreción, mansedumbre. En la elección de maestros, cuidado,
delicadeza y esmero.
Son notables los consejos a los
sacerdotes que han de preparar a los niños para ingresar en los seminarios, y
llaman poderosamente la atención los referentes a la enseñanza de las lenguas
clásicas. El método, el procedimiento, la forma, se determina con inteligente
precisión, sin perder de vista el valor educativo de estas disciplinas. Copiemos
sus palabras: Con este sistema que acabamos
de indicar, no sólo formaréis un buen estudiante de elementos de lengua latina,
sino que además desarrollaréis sus facultades intelectuales, le pondréis en un
continuo y laudable ejercicio la atención, la reflexión, el buen discernimiento
y el buen sentido. De esta manera formaréis insensiblemente en vuestro discípulo
un espíritu firme, apoyado en la verdad y en la convicción y le precisaréis a
un estilo limpio, penetrante y vigoroso: le armaréis de un instrumento el más a
propósito para toda clase de estudios; en una palabra: con este sistema educaréis
su inteligencia y le colocaréis en el estado más idóneo en que se puede hallar
un hombre para hacer fructificar los talentos que la divina Providencia se
digne confiarle (1).
Fue el inspirador de los planes
de primera y segunda enseñanza que decretaron por los años de 1866 a 1868 los
ministros de Fomento D. Manuel Orovio y D. Severo Catalina, y que, según consta
por testigos de irrecusable veracidad, redactó el mismo Beato. Son tan
graduados, de orientación tan firme y de sentido pedagógico tan discreto, que
pueden servir de modelo (2).
El estudio de los planes de
enseñanza extranjeros y de los pedagogos más notables de su época le
suministraron datos para la reorganización pedagógica, no sólo de las
instituciones de enseñanza primaria y secundaria, sino también para las
Universidades y Seminarios.
La visión integral del problema
educativo del Beato es perfecta. En su vasto plan se organizan y articulan
Iglesia, Familia y Estado, para trabajar sin confusiones ni choques, en la
educación del pueblo. La graduación de las enseñanzas, tan suave, que, sin saltos
indiscretos, pasa de un grado a otro con pie firme y seguro. Mucho tiene que
estudiar la pedagogía claretiana, y bien harían en buscar en ella orientaciones
cuantos de educar se ocupan, y preferentemente los legisladores.
Y para terminar, dos palabras
sobre algunas características del estilo oratorio y literario del Beato, tan
eficaz para mover el corazón y llegar a la inteligencia del más rudo de sus
lectores o de sus oyentes.
Conocedor profundo de la
psicología individual y colectiva de aquella sociedad, lector asiduo de las
Sagradas Escrituras, fino observador de la naturaleza, espíritu reflexivo y
corazón abierto a todas las hermosuras del arte, de la naturaleza y de la gracia,
saturó su estilo de claridad y de emoción.
La última fluía suavemente de
aquel natural tierno y compasivo, impregnado de fervoroso amor de Dios y del
prójimo. La primera arrancaba de la claridad intelectual del Beato, que sorprendía
con extraordinaria prontitud las relaciones, analogías y semejanzas de que
están llenos el mundo del espíritu y el mundo sensible, llevándole a emplear con
verdadero éxito el símil, la metáfora, la parábola y la alegoría. Las comparaciones
bíblicas las manejaba con soltura y profunda inteligencia, y las de su
inventiva eran tan notables, que llamaron la atención de sus contemporáneos,
más que por sus condiciones de propiedad y aun de belleza, por el efecto
maravilloso que producía. He aquí un juicio del Boletín Oficial de las
Conferencias de San Vicente de Paúl de aquella época:
Donde raya a más altura la elocuencia del P. Claret es en las
comparaciones puramente bíblicas de que se vale para aumentar la fuerza persuasiva
de su doctrina, y que son tantas, tan propias y escogidas, que bien puede
asegurarse que no tiene rival ni competidor en esta que para nosotros es la más
difícil facilidad.
Los proverbios más conocidos, los objetos más familiares, los agentes
exteriores, las relaciones del hombre con la naturaleza y sus innumerables
seres, y con el arte y sus vastísimas creaciones, suministran al Arzobispo
Misionero un arsenal indefinido de comparaciones, de ingeniosísimos argumentos,
de frases en extremo oportunas, de palabras que absorben la atención y el
interés en términos que, lejos de fatigarse el auditorio, siente que no se
prolonguen más sus peroraciones, no obstante la desusada proporción que les da...
En la noche del domingo hizo una comparación que dejó al auditorio fuertemente
impresionado, entre el joven cristiano que vive en intimo contacto con el mundo
y con las ocasiones de pecar y un soldado de cera perfectamente armado y puesto
al calor de una viva llama.
El Sr. Arzobispo iba haciendo notar cómo la impresión del fuego, calentando
y ablandando la cera, iba haciendo caer, primero la espada, después el escudo,
después la coraza, y después el casco, símbolos del valor, de la fortaleza, de
la fe y otras virtudes, hasta que la figura entera se desmoronaba y venía al
suelo, acabando por consumirse con las llamas.
Las aplicaciones que hacía de este símil al joven cristiano que se
coloca junto a la hoguera donde arden las pasiones y la concupiscencia mundanas
y su pintura de la primera vacilación de este joven, de la fuerza de la
tentación, de su derrota por ella y de su caída en las llamas de la impureza,
hizo un grandísimo efecto en los oyentes (3).
Atento al bien de las almas,
buscaba no éxitos literarios, sino medios eficaces, para inculcar la verdad y
mover a la virtud, repitiendo con San Agustín: Prefiero que me critiquen los gramáticos a que no me entiendan los
rudos.
MARY-DÍAZ.
(1) La vocación de los niños. Cómo se han de educar e instruir, por el
Excmo. Sr. D. Antonio María Claret.
(2) Véase Pedagogía del P. Claret, por el muy R. P. Juan Postíus y Sall. —Madrid,
1926.
(3) Recuerdos del Beato Antonio M.a Claret, por el R. P.
Juan Echevarría. —Madrid, 1934.
El Reverendo Padre
Ramón Ruiz Amado
(+ 13 diciembre 1934)
Bien podemos decir que los
católicos españoles y principalmente los que estamos empeñados en la recia
lucha educativa, no hemos exteriorizado aún, en debida forma, el sentimiento
por la muerte del R. P. Ruiz Amado (q. e. p. d.) ni la gratitud que le debemos por
su inmensa labor educativa.
Tal vez su vida y su obra, muy
próximas a nosotros, necesitan mayor lejanía de tiempo para verlas con justeza
y un mayor estudio para descubrir su importancia.
Reunía el F. Ruiz Amado
especiales condiciones para cultivar estos estudios y sobresalió en ellos hasta
personificar, en la pedagogía española contemporánea, el interno más audaz que
pedagogo ninguno se propuso en su tiempo: unir en feliz sincretismo las
modernas teorías pedagógicas, depuradas de errores, con las siempre antiguas y siempre
nuevas de la educación católica.
Siguiendo la tradición docente de
la ínclita Compañía de Jesús, sintió el apostolado educativo con fervor y a él
vivió consagrado la mayor parte de su vida.
Cuando el insigne jesuita inició
sus trabajos, España vivía un momento pedagógico pobrísimo y a más de pobre pedante,
extranjerizado y anticatólico. Gloria nuestra será siempre, aunque hoy no la
estimemos, que tres católicos, Manjón, Ruiz Amado y don Rufino Blanco, sean los
representantes de la única pedagogía seria que tuvo España en el último tercio
del siglo pasado y en lo que va del XX.
A la vocación unía Ruiz Amado
cultura extrema y sólida. Teólogo, filósofo, historiador, humanista y con dominio
de las principales lenguas modernas, entró por la enmarañada selva de la pedagogía
contemporánea, bien pertrechado para no contagiarse de errores y dar de mano a
tanta insubstancialidad pedagógica que, sin derecho, quiere pasar por ciencia.
Un entendimiento así preparado, pudo fácilmente asimilarse el pensar de los
autores más notables, exponer fielmente sus teorías y juzgarlas con criterio
científico, sereno e imparcial. Labor ésta, bien distinta de la que tienen a su
cargo esa turbamulta de traductores que, incapaces, en su mayoría, de llegar a
la médula de los problemas, se limitan a hacer versiones o a publicar con el
título de bibliografía, índices de obras tal vez no leídas y, lo que es peor, a
deseducar a España difundiendo la pedagogía de los sin Dios, que,
ordinariamente, se confunden con los sin ciencia y los sin patria.
Herbart era hace cuarenta años el
centro en torno al cual giraba la pedagogía científica, que tuvo en Paulsen su
mejor intérprete. Gracias al P. Ruiz Amado, España conoció las doctrinas de
ambos en exposiciones magistrales. La educación intelectual y La educación
moral son obras en las que tienen cabida las ideas de Herbart; pero limpias de
errores y adaptadas a nuestra especial manera de concebir y plantear los
problemas científicos, bien distinta de la germánica. Alguien echó en cara a
nuestro escritor el dar a Herbart excesiva importancia. La acusación era
injusta. No fue Ruiz Amado, sino los pedagogos de entonces los que seguían al
filósofo alemán, que si tiene errores filosóficos y teológicos, que no podemos
admitir, tiene aciertos indiscutibles, da un paso importante en la construcción
científica de la Pedagogía y en el terreno filosófico le cabe la gloria de
iniciar la reacción contra las exageraciones del panteísmo idealista, tan en
boga entonces. El hecho es que, gracias al P. Ruiz Amado, conocemos aquí a
Herbart con verdad y sin peligro. Más aún, su Pedagogía refundida por el
ilustre jesuita, ganó sin desnaturalizarse.
La notable síntesis que de sus
trabajos hizo E. Meumann en la Pedagogía experimental, fue traducida por el P.
y acogida su publicación, en los países de lengua castellana, como acontecimiento
notable, ya que la obra del profesor de Hamburgo puede considerarse como clave
de los modernos estudios de este tipo.
La educación de la castidad, fue obra muy discutida. Al fin era una
novedad y no pudo dejar de tener contradictores. En este libro se adelantó a
estudiar un espinoso y delicado problema, que a pasos agigantados venía a ponerse
sobre el tapete, y al que urgía dar una solución, conforme a la ética católica.
Mucho habían cambiado las cosas cuando se publicó la segunda edición del libro
tanto que pudo apoyar sus puntos de vista con el testimonio de no pocos
prelados españoles y con todo el episcopado católico de Alemania.
Enfocó muy bien el feminismo en
su obra La Educación de la mujer, y dio
normas seguras para encauzar la cultura de las jóvenes.
A él, entre nosotros, cabe la
gloria de haber dado la voz de alerta y denunciado las infiltraciones de la
herejía modernista en las teorías sobre educación, y a él haber tratado con criterio
seguro el problema de los dos bachilleratos.
Los manuales de Historia de
España y de Historia de la civilización, es lástima que no se manejen más en los
colegios católicos, porque servirían mucho para introducir en el conocimiento
de nuestra historia y de nuestra cultura, a los jóvenes, que tan expuestos
están a recibir en estos estudios orientaciones falsas.
En los trabajos de vulgarización fue
incansable, y acertó a dar interés a su forma literaria. ¿Quién no recuerda,
entre otros, "El secreto del éxito", "Antes que te cases",
etc.? Entre las producciones de carácter piadoso, hay dos que deberían estar en
la biblioteca de toda maestra: "La piedad ilustrada" y "La
maestra cristiana". Esta última, sobre todo, es un feliz acierto.
Nada decimos aquí de sus trabajos
de traducción e historias, y de lo que con ellos ha contribuido en España a
ilustrar la historia universal y la eclesiástica.
La librería religiosa, fundada por el P. Claret, no pudo elegir un
director que más igualara aquella prodigiosa actividad de su fundador.
En resumen, al dormirse en la
tierra, para, piadosamente pensando, despertar en el cielo, perdimos con el
ilustre jesuita, sobre todo los maestros españoles, un guía seguro en las
cuestiones educativas, guía que militaba en la vanguardia de la ciencia, miraba
lejos, advertía los peligros, señalaba las sendas seguras y traía al campo de
la educación católica todo lo que debíamos y podíamos conocer y cultivar.
¿Olvidaremos los católicos
españoles el ejemplo del virtuoso jesuita? No lo quiera Dios. Imitemos su celo,
seamos apóstoles de la educación católica, que si lo somos, no tardaremos en
gloriarnos, al ver la restauración espiritual de nuestra Amada España.
MARI DIAZ
S A N I S I D O R O D E S E
V I L L A
Durante los mil trescientos años
transcurridos desde la muerte del Doctor de las Españas, no hubo generación que
dejara de admirar y loar la insigne figura del Santo, repitiendo, cada cual a
su modo, lo que en el Concilio VIII de Toledo dijeron de él, a los pocos años
de su glorioso tránsito, los obispos, clérigos y nobles, allí reunidos proclamándole
Doctor egregio, novísimo honor de la Iglesia
católica; en el tiempo posterior a los otros Doctores, pero no menor en la
doctrina.
Hoy la crítica más severa
multiplica los elogios, porque, dada la penuria cultural de los siglos VI y VII,
sorprende que juntara San Isidoro tal variedad de conocimientos, y, más aún,
que los redujera a sistema y los vulgarizara en síntesis, que dieran la pauta a
escritores más modernos para hacer las sumas, las enciclopedias, los códigos y
para desenvolver y ampliar los estudios escriturarios, ascéticos, matemáticos,
lingüísticos e históricos.
Los escritores contemporáneos de
San Isidoro, fascinados sin duda por la grandeza de los rasgos fundamentales
del carácter del Santo, hicieron su apología, pero no se cuidaron de consignar
detalles de su vida, que se revela después de la muerte de San Leandro, cuando
ocupa la sede hispalense y actúa en ella con la seguridad y competencia propias
del santo y del sabio.
Más de cinco siglos después de
muerto San Isidoro, don Lucas de Tuy y el Cerratense recogen, en sendas vidas,
anécdotas de la infancia y juventud del Santo. La crítica no puede responder de
la veracidad de tales hechos, porque no tienen a su favor ningún documento que
los abone. No existen datos ni aun para fijar la fecha ni el lugar donde nació.
Lo único cierto es lo que incidentalmente cuenta San Leandro al enviar a Santa
Florentina, religiosa a la sazón, el precioso librito de Institutione virginum, y lo que el mismo San Isidoro dice al hacer
la biografía de su hermano. Todo ello puede reducirse a lo siguiente.
Eran oriundos de la Cartaginense,
de donde marcharon a la Bética huyendo de las luchas que Atanagildo sostuvo con
los griegos, después que, asegurado en el trono, se sintió fuerte y quiso deshacerse
de sus antiguos aliados.
La familia de nuestro Santo la
formaban los padres y cuatro hijos: Leandro, Fulgencio, Florentina e Isidoro.
Los nombres denotan que eran de raza hispano-latina.
No se sabe si al abandonar la
Cartaginense vivía Severiano su padre. Lo que está fuera de duda es que la madre
se estableció en la Bética con sus hijos.
San Leandro y Santa Florentina
profesaron el monacato; San Fulgencio siguió la carrera eclesiástica y ocupó la
sede episcopal de Écija. El menor de los hermanos fue Isidoro, como se deduce de
lo que San Leandro dice a Florentina en el libro citado:
¿Dónde hizo sus estudios San
Isidoro? Es de suponer que en la escuela eclesiástica de Sevilla, aquella misma
que andando el tiempo, él había de poner tan alta que mereciera considerarse como
el mejor Seminario de Europa.
Extensa y profunda fue la cultura
recibida, recia y sólida su formación moral, y admirable el conocimiento psicológico
de aquel pueblo, que había de encauzar, regir y limpiar de la herrumbre del
vicio y de la ignorancia.
Maestro eminente, bastarían para
acreditarlo dos de sus discípulos, honor de España y gloria, respectivamente,
de las iglesias de Zaragoza y Toledo: San Braulio y San Ildefonso.
En el Seminario cristalizó el
ideal de formación eclesiástica del Santo, y en sus libros dejó las lecciones
admirables que explicaba en este verdadero taller de vocaciones sacerdotales.
San Braulio fue el discípulo que más apremió a San Isidoro para que escribiera.
Gracias a él tenemos las Etimologías. ¡Cuánto debemos agradecerle su
insistencia!
A ruegos de San Fulgencio
escribió el tratado de Oficios
eclesiásticos, y a los de Santa Florentina el De la fe católica contra los judíos, obra de carácter apologético y
acabada en su género.
En los Sinónimos expone el Santo, en forma dialogada, doctrinas morales y
ascéticas, en tal forma que hacen del libro un verdadero Kempis.
En las Alegorías y en El Cantar de
los Cantares luce el Santo su ciencia bíblica; en las Diferencias, la filológica; el físico se revela en el tratado de la
Naturaleza de las cosas, y el historiador
en el Cronicón Mundi, en la Historia de vándalos y suevos y en los Varones ilustres. Las Etimologías son índice, compendio y suma
del saber del Santo. No tiene esta obra, como pudiera hacer creer su título, un
mero carácter gramatical, es mucho más, es el estudio de las ciencias y de las
cosas que las palabras significan. Relicario monumental en el que, ordenada y
primorosamente, engarzó San Isidoro las reliquias del saber clásico y de la ciencia
cristiana. Legado riquísimo que supieron estimar sus contemporáneos, y de cuyos
tesoros vivieron la sociedad mozárabe y los reinos cristianos de la
reconquista.
Bien merece el título de pedagogo
inmortal quien supo influir de tal modo en la sociedad de su época, impulsar las
ciencias humanas y divinas tan vigorosamente y estimular a sus coetáneos, que
imitando su ejemplo, fundaron escuelas de altos estudios en Zaragoza y Toledo,
Córdoba y Vich. Movimiento isidoriano se denominó el por él iniciado, y fue tan
universal que la Liturgia y el Arte, el Derecho y la Teología, la Filosofía y
las ciencias realistas, los estudios matemáticos y los lingüísticos, los
ascéticos y místicos, renacieron vigorosamente merced al genio y al inconcebible
trabajo del gran Doctor.
Dos acontecimientos históricos de
gran influencia eclesiástica y política deben consignarse aquí, aunque de
pasada. El Concilio II de Sevilla y el IV de Toledo. Ambos fueron presididos
por el Santo, y ambos tienen capital importancia.
Al primero concurrió San
Fulgencio, y en él se estudiaron y resolvieron puntos difíciles de disciplina
eclesiástica, unos de carácter general, otros más concretos como los que fijan
la jurisdicción episcopal o las normas reguladoras de la vida monástica.
El IV Concilio de Toledo es
considerado como el más importante de los Concilios españoles. Los 75 cánones
en él aprobados son tales que pasaron a ser de observancia general. Políticamente,
bien pudo decir un historiador que aquella magna Asamblea echó las bases de la verdadera,
primitiva, histórica y providencial constitución de España, de esas
constituciones que escribe Dios con su
dedo en el corazón de los pueblos.
Tres años más tarde, el 4 de
abril del 636, moría en Sevilla nuestro Santo. Redempto, presbítero y testigo
presencial de la enfermedad y muerte de San Isidoro, en carta dirigida a San Braulio,
cuenta cómo presintió el Santo la época de su muerte y cómo aquellas virtudes
heroicas que siempre había practicado las ejercitó con más perfección en los
últimos tiempos de su vida. La caridad y la humildad brillaron sobre todas, y
de ello fueron testigos los favorecidos con sus limosnas y cuantos arrasados en
lágrimas presenciaron en la basílica de San Vicente el acto público de vestir
el cilicio, recibir la ceniza y pedir perdón al pueblo y al clero. Sevilla
guardó las preciadas reliquias del Santo durante cuatro siglos, y al cabo de
ellos Fernando I de León obtuvo del rey moro de Sevilla que le hiciera donación
del santo cuerpo.
En realidad, las reliquias
prometidas por el moro fueron las de Santa Justa; pero cuando la embajada
leonesa llegó a Sevilla Dios dispuso otra cosa, y reveló a San Alvito, Obispo
de León, su voluntad de que se trajera el cuerpo del Santo Arzobispo. Así se hizo,
y después de un viaje tan largo como triunfal llegó la comitiva a las márgenes
del Duero (no se sabe el punto fijo), y allí salieron a recibir las reliquias
el rey Fernando I, su esposa doña Sancha, sus hijos y sus hijas, que en unión
de Obispos, Abades; nobleza y pueblo llegaron a la capital haciendo corte al
Santo.
Aun despojando a la crónica de
don Lucas de Tuy de sus evidentes exageraciones, no cabe duda que el viaje fue
magnífico y piadoso. La entrada en León, apoteósica, y la generosidad del rey digna
del Santo y del monarca.
Colocose el santo cuerpo en la
iglesia que recibió su nombre, y que hasta entonces tenía el de San Juan
Bautista. El rey ordenó que se hiciera nueva dedicación de la iglesia y que se
consagrara en honor de San Isidoro. El día 21 de diciembre del 1063 se verificó
la ceremonia, según consta en monumento lapidario que aún se conserva. Este
mismo día otorgó un célebre privilegio a favor del templo, al que hace
espléndidas donaciones de joyas inapreciables, perdidas muchas y algunas
conservadas en museos o en la misma iglesia. No menos generosas son las rentas
y posesiones que, desde aquel día, formaron parte de los bienes de la iglesia.
La devoción del pueblo al Santo fue
grande, y los milagros con que él la pagó no fueron menores.
Los sucesores de Fernando I
continuaron engrandeciendo su iglesia con dones y privilegios verdaderamente
excepcionales.
Perdidas hoy las riquezas y los
privilegios, conserva este hermoso templo el más rico de todos: la exposición
del Santísimo Sacramento, que día y noche se muestra a la veneración de los
fieles, teniendo por pedestal las reliquias del Santo Doctor, guardadas en dos
arquetas magníficas. La interior es joya de arte románico, y la exterior es obra
del siglo XIX, hecha por el platero leonés don Manuel Rebollo, por encargo de
un caballero reconocido al Santo.
Un cabildo de canónigos regulares
son los custodios de cuanto encierra la secular Colegiata de San Isidoro, panteón
también de los reyes leoneses, y foco de cultura en pasados siglos, como lo prueba
su rica e interesante biblioteca, formada por códices e incunables llenos de
interés v de valor.
Dios quiera que pueda León
celebrar, como lo desea, el XIII centenario de la muerte de San Isidoro en
unión de Cartagena, que le tiene por hijo, y de Sevilla, que, en noble pugna
con la anterior ciudad, también le hace suyo, y, sobre todo, lo fue, y muy
mucho, durante la mayor parte de su fecunda vida. Qué dicha si todos a una
pudiéramos, dentro de este año, hacernos eco, al pie de su sepulcro, del magnífico
elogio que San Braulio hizo del Maestro, y con el que cerramos este artículo.
Dice así: Tú eres gloria purísima de
España, sostén de la Iglesia, luz que nunca se ha de apagar. Tus libros nos han
llevado a la casa paterna cuando andábamos errantes y extraviados por la ciudad
del mundo. Ellos nos dijeron quiénes éramos y dónde nos hallamos. Tú nos has
enseñado las grandezas de la Patria, la descripción de los tiempos, el derecho de
los sacerdotes y las cosas santas, la disciplina pública y la domestica, las
causas, los nombres, los géneros, los nombres de los pueblos, las regiones, los
lugares y todas las cosas del cielo y de la tierra.
MARI DÍAZ
Mari-Díaz
El pasado año de 1943 celebró
España la fecha gloriosa del centenario de un libro inmortal: «El Criterio» de
Balmes, obra única y, todavía, no superada entre las de su género.
Los estudios y elogios que, en
certámenes, revistas y periódicos se prodigaron a la obra de D. Jaime Balmes,
seguramente habrán hecho abrir el libro a los que no le conocían y leerlo de
nuevo, con deleite y provecho, a los que de antiguo habían saboreado sus
doctrinas.
Porque «El Criterio», como el
Kempis, es el libro siempre nuevo que, a cada lectura, descubre facetas no
sospechadas.
Las circunstancias en que Balmes
escribió la obra son las menos adecuadas para trabajos que, por el equilibrio y
unidad que revelan, requieren profunda reflexión.
Envidiable característica de los
hombres que, en áspera y constante lucha interior y exterior, logran tan
perfecto dominio de sí, que les permite volar a esferas no turbadas por
pasiones y pequeñeces, contemplar la verdad serenamente, adueñarse de ella y
ponerla ante los ojos de los que, por sí mismos, no pueden o no quieren
alcanzarla.
Díganlo «El Quijote», «El Cántico
espiritual», «Los Nombres de Cristo», «Los Trabajos de Jesús», y aquel «Rimado
de Palacio», sin duda concebido por D. Pero López de Ayala entre los hierros de
la prisión de Óbidos.
Corría el año 1843. La regencia
de Espartero iba a terminar.
En varios lugares, el pueblo alzó
la llamada bandera centralista, pidiendo que una Junta Central asumiera el
mando de España que detentaba el Duque de la Victoria.
Barcelona, uniendo a esta petición
intereses y agravios propios, comenzó el 13 de agosto de 1843 el levantamiento,
que terminó en 19 de noviembre con la capitulación y derrota de los sublevados.
Estos sucesos sorprendieron a
Balmes en Barcelona, y, por dos veces, tuvo que salir de la ciudad.
La primera ausencia duró desde el
5 al 14 de agosto y la segunda desde el 1º de octubre hasta el 21 de noviembre,
en que, rendida la capital, volvió a ella.
El carácter de la sublevación era
marcadamente progresista, y aconsejaba la prudencia que hombres de la significación
política de Balmes se pusieran a salvo, tanto más cuanto que a los peligros de
la ideología se unían los del asedio y bombardeo que obligaron a muchos a salir
de Barcelona.
Balmes ni en la primera ni en la
segunda salida se alejó mucho. Dos fincas próximas, de amigos íntimos, se
disputan el honor de haber hospedado, en estos días al filósofo: el Prat de
Dalt, de San Feliu de Codinas, y el Cerdá de Centellas.
Parece que de ordinario vivía en
el Prat de Dalt y aquí, en el segundo periodo de esta breve ausencia, escribió
«El Criterio».
Balmes estaba enfermo y
espiritualmente angustiado por la marcha desastrosa de la política nacional. En
aquellos días los graves acontecimientos de Barcelona y el bombardeo de la
ciudad, que oía y veía desde el Prat de Dalt, aumentaron su pena.
En tal estado de ánimo se recluyó
en un aposento pequeño y escondido del Prat. El rosario, la biblia, el
breviario y algunos libros fueron, en estos días de dolor, sus inseparables
compañeros. Salía de la estrechez de esta celda únicamente para decir la Santa
Misa, comer y dormir, y en el tiempo restante, oraba, meditaba y escribía.
«El Criterio» fue uno de los
trabajos de estos días. Dice su biógrafo, García de los Santos, que lo escribió
a modo de discurso, sin división de capítulos y sin consultar libros. La
consulta de éstos y la división las hizo cuando en 1845 se decidió a
publicarlo.
Que la afirmación de García de
los Santos es cierta lo dice bien a las claras la admirable unidad del libro y
la sencillez y naturalidad con que está escrito.
Es libro no sólo pensado, sino
vivido; por eso dice el P. Casanova que, en cierto sentido, «El Criterio» es la
autobiografía del filósofo de Vich.
Pensar bien interesa a todos, al
hombre de ciencia y el de negocios, al artista y al agricultor, a los que
estudian y a los que no pasan de los conocimientos elementales. El objeto del
entendimiento es la verdad, pero encontrarla no es cosa fácil.
Una ciencia, especulativa y
práctica a la vez, la Lógica es la encargada de dirigir las operaciones de la
inteligencia para alcanzar la verdad de un modo fácil, metódico y sin error.
Tradicionalmente viene colocándose en el umbral de la Filosofía a modo de
obligada introducción. Si no faltan razones para ello, tampoco deja de haber
argumentos en contra, de orden especulativo unos e hijos de la experiencia otros.
Los primeros los apuntó Balmes en
el prólogo a la Filosofía elemental: no
dudo que algunas de dichas reglas –se refiere a las que da la lógica para
pensar bien- y las razones en que se
fundan, se entienden mejor después de haber hecho estudios serios sobre la
ideología y la psicología; y que en el orden analítico, estas dos ciencias
preceden al arte de pensar, pero en los libros de enseñanza no se busca lo más filosófico,
sino lo más útil para enseñar; por eso él se acomoda al uso corriente y
abre con la Lógica su Filosofía elemental.
Prácticamente la experiencia le
enseñó a dar a la lógica, tal como entonces se escribía y enseñaba, un valor
relativo en orden al conocimiento de la verdad y a dudar de la eficacia de la
dialéctica.
En el capítulo XV de «El
Criterio» sintetizó su pensar sobre este punto: Cuando los autores tratan de esta operación del entendimiento -el
raciocinio- amontonan muchas reglas para
dirigirla, apoyándolas en algunos axiomas. No disputaré -dice- sobre la verdad de éstos; pero dudo mucho
que la utilidad de aquéllas sea tanta como se ha pretendido.
Formaremos cabal concepto de la utilidad de dichas reglas si
consideramos que quien raciocina no las recuerda si no se ve precisado a
formular un argumento a la manera escolástica.
Por otra parte la sencillez de
los silogismos que trae como ejemplos la Lógica es tal, que en la vida práctica
no se encuentra nada que a ellos se parezca.
No es, sin embargo, Balmes tan escéptico
que niegue a la dialéctica toda utilidad. Reconoce que da precisión al entendimiento,
que su abandono en los discursos hace que, en muchos, no se encuentre más que
palabras, que serían bellas si serlo
pudieran palabras vacías. Hay, pues, que conservar las reglas dialécticas,
no en toda su sequedad, pero sí en todo su vigor.
Nervos et ossa las llama Melchor Cano con mucha oportunidad. No se
destruyan pues esos nervios y huesos; basta cubrirlos con piel blanda y
colorada para que no repugne ni ofendan.
Esto último fue lo que Balmes
hizo en «El Criterio». Animó y dio vida al esqueleto dialéctico, iluminó con
luz alegre el camino que lleva a la verdad, suavizó la aspereza de la Lógica;
la hizo amable y la puso al alcance de muchos que jamás se acercarían a la
dialéctica en demanda de orientaciones ni reglas para pensar bien.
Dos son las partes fundamentales
en que puede dividirse «El Criterio»: la que dice relación al entendimiento
especulativo y la que se refiere al entendimiento práctico.
La primera es de mayor extensión;
la segunda más reducida, pero no menos completa.
En el anuncio o prospecto del
libro declara Balmes su propósito con estas palabras: El título de esta obra expresa claramente su objeto. En ella se hace un
ensayo para dirigir las facultades del espíritu humano por un sistema diferente
de los seguidos hasta ahora. En un conjunto de principios, de reglas y, sobre
todo, de ejemplos en escena, se ha procurado hermanar la variedad con la
unidad, lo ameno con lo útil. «El Criterio» es la expresión fiel de este
propósito.
Abren el libro unas consideraciones
sobre la verdad, los modos de conocerla y la naturaleza y condiciones de la
atención, para entrar seguidamente en los problemas del ser y del conocer.
La teoría balmesiana del conocimiento,
salvo pequeñas discrepancias, es la aristotélico-escolástica. Teoría armónica
fuertemente asida a la realidad y a la experiencia en la que los problemas del
ser y del conocer son correlativos; de aquí que la Lógica no deba desentenderse
del problema metafísico del ser. Si lo hiciera quedaría sin base porque en las
leyes metafísicas tienen sus raíces las normas lógicas.
Consecuente nuestro filósofo con
estos principios, fija su mirada en el ser y trata en su libro las cuestiones
de posibilidad, existencia y naturaleza de las cosas, enlazando con ellas la
dirección de las facultades humanas. No olvida ninguna y para todas se
encuentran normas directivas y avisos oportunos para evitar errores e
ilusiones.
Sentidos externos, imaginación,
memoria, percepción, juicio y raciocinio tienen en «El Criterio» una magnífica
pedagogía.
La autoridad, imprescindible para
adquirir conocimientos, fuente de donde procede la mayor parte de nuestra
riqueza mental, la estudia Balmes en sus aspectos dogmáticos e históricos,
dándola el valor que tiene, pero dejando al entendimiento libre y señor para,
en las cosas que no son de fe, buscar la verdad por cuenta propia, sin
desprecio de las opiniones de los sabios, pero sin jurar fácilmente en la palabra
del maestro. Siempre será de actualidad cuanto dice sobre el valor del
testimonio y las atinadas observaciones acerca de la historia, los periódicos y
la prudencia científica.
No cabe en la obligada concisión
de este artículo desentrañar lo que dice de los métodos de enseñanza e invención;
ni analizar los capítulos que dedica a la filosofía de la historia y a la
religión, encerrando en admirable síntesis su profundo conocimiento de estas
materias.
La última parte del libro trata
del entendimiento práctico. En un solo capitulo se echan las bases de un plan
detallado y completo de formación moral. Tal vez esto pudiera parecer ajeno a
la Lógica; no lo es en el pensamiento de Balmes claramente expresado en estas
palabras: una buena lógica –dice- debiera comprender al hombre entero, porque
la verdad está en relación con todas las facultades del hombre, y debe
serlo para cuantos sepan que, excitadas por el conocer, surgen en el espíritu
tendencias afectivas y volitivas, complemento de nuestra vida.
Las tendencias y emociones
influyen en el curso de las ideas y éstas actúan sobre aquéllas, provocándolas,
moderándolas o exaltándolas.
La pasión, el sentimiento y la
voluntad debe regirlas la razón. Ellas son ciegas y necesitan luz, el
entendimiento es frío y ha menester calor. Lo que por exigencias de nuestra
limitada capacidad intelectual separa el análisis psicológico vive en el hombre
en perfecta armonía y necesaria trabazón. Las relaciones entre las actividades
cognoscitivas y las tendencias, bien conocidas de todos, justifican dentro de
la lógica el tratado del entendimiento práctico, si no lo pidieran las
necesidades del vivir diario que exigen llevar a la práctica los planes del
entendimiento.
La mera lectura de los epígrafes
de esta segunda parte de «El Criterio» es suficiente para conocer su
importancia.
La dificultad de proponerse un
fin y la elección de medios para llevarle a buen término; la utilidad del
sentimiento y de la pasión o su influencia perniciosa en el curso de nuestras
acciones; la virtud y el vicio; el conocimiento propio, la firmeza y fuerza de
la voluntad y la sabiduría de la religión cristiana en la dirección de la
conducta, son entre otros, los puntos fundamentales del tratado del
entendimiento práctico que encierra una hermosa y científica pedagogía de la voluntad.
Hoy, que pasado el fervor
positivista vuelve la filosofía a ocupar su puesto de honor entre las ciencias,
se ha inventado, para llenar el vacío de conocimientos filosóficos elementales
en los universitarios, la novísima disciplina intitulada Introducción a la filosofía, disciplina que, por lo general, es más
difícil que la ciencia misma, ¿por qué para salvar esta laguna no se estudia
«El Criterio»?
Lean con atención este áureo
libro nuestras estudiantes de la universidad, enseñanza media y magisterio y
encontrarán en él una sencilla Introducción
a la filosofía, una admirable Lógica
pedagógica y una preciosa Pedagogía
lógica.
OBRAS DE S. JUAN DE LA
CRUZ
La Iglesia celebra en este mes la
fiesta del Místico Doctor San Juan de la Cruz, Carmelita Descalzo e insigne escritor.
Aunque sus obras han sido muy propagadas y difundidas por la Orden Carmelitana,
queremos facilitar a nuestros lectores el conocimiento de las mismas y con ese
fin publicamos las siguientes notas bibliográficas o relaciones.
SUBIDA AL MONTE CARMELO. En
realidad la “Subida al monte Carmelo” y la "Noche oscura” son dos partes
de una misma obra de San Juan de la Cruz.
Comienza la SUBIDA AL MONTE
CARMELO con una explicación del argumento del libro que está contenido en las
ocho estrofas -liras de cinco versos- que el Santo pone a continuación y que promete
declarar. La primera dice así:
En una noche oscura,
con ansias en amores inflamada.
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada,
estando ya mi casa sosegada.
Ni en la ”Subida” ni en “La noche”
cumple el Santo la promesa que hace de comentar todas las estrofas. Sólo comenta
tres. ¿Glosó las otras cinco? Es punto que la crítica no ha dilucidado, y, que,
tal vez, nunca pueda aclarar.
El pensamiento fundamental del
libro es guiar a las almas por el camino que lleva a la unión con Dios. El alma
no puede unirse a Dios hasta que no se purifique de las aficiones ‘contrarias a
Él, pues dos contrarios no pueden caber en un sujeto. La purificación tiene que
ser del sentido y del espíritu, activa y pasiva. “La subida” trata de la
activa.
Divide el Santo esta obra en tres
libros. El primero comprende la purificación activa del sentido. En él estudia magistralmente
los apetitos y los daños que sus desórdenes causan al alma. En los libros
segundo y tercero trata de la purificación activa del espíritu.
Uno de los fines que el Santo se
propuso al escribir la "Subida” fue guiar a las almas que aspiran a la perfección
y no tienen maestros que sepan llevarlas.
NOCHE OSCURA. En realidad es la
segunda parte de la SUBIDA AL MONTE CARMELO.
Encabeza la obra con una
advertencia y pone al frente del libro las mismas estrofas que en la ”Subida”,
pero advirtiendo que el alma las dice estando ya en la perfección, después de
haber pasado por los trabajos y aprietos del angosto camino descrito en la
’Subida”.
Por medio de la metáfora de la
“noche”, declara el Santo la purificación pasiva del alma, a quien Dios prepara
para unirla a Sí en delicada y sublime unión de amor.
La obra está dividida en dos
libros. En el primero estudia la purificación pasiva del sentido y en el
segundo la del espíritu.
Los capítulos del primer libro tratan
de los siete vicios capitales y son un prodigio de observación psicológica que dejan
al descubierto las raíces más finas y ocultas de estas imperfecciones, las
cuales ha de destruir la acción divina, si el alma no pone obstáculos.
La purificación pasiva del espíritu
es más sutil e implacable que la del sentido. Maravillosamente la estudia el
Santo en el libro segundo. Es de noche pero el alma presiente que va a amanecer,
el Santo comienza a explicar la canción tercera y cuando esperamos la sublime declaración
de los varios y admirables efectos de la iluminación espiritual y unión con Dios,
que anunció en el prólogo, interrumpe la glosa y deja incompleto el libro.
La "Subida” y la “Noche” son
las obras más profundas, sistemáticas y magistrales de San Juan de la Cruz. El
esfuerzo inicial que para leerlas hagan las almas deseosas de perfección,
quedará bien pronto compensado por el fruto que obtengan.
Las canciones son liras de cinco
versos y literariamente de lo mejor que escribió el Santo. La prosa cual
corresponde a una obra didáctica. Es clara, precisa, casi matemática y siempre
castiza.
¿Cuándo escribió el Santo? Tal
vez las canciones las concibió y acaso escribió en la cárcel de Toledo. La
glosa, en el convento eremítico del Calvario, cerca de Beas del Segura, del que
fue Prior en 1578 y 79, la continuó en Baeza y la terminó en 1783, en Granada,
en el convento de Los Mártires, durante su priorato.
No hay autógrafos de estos
libros, pero sí copias contemporáneas del Santo, que no ofrecen dudas sobre el
autor de la obra.
CÁNTICO ESPIRITUAL. El Cántico
Espiritual, es un admirable y sobrenatural diálogo entre el alma y Dios, entre
la Esposa y el Esposo divino, análogo al “Cantar de los Cantares”, de Salomón,
del que parecen traducción algunas estrofas.
Tienen un prólogo dirigido a la
Madre Ana de Jesús, Carmelita descalza, a cuyos ruegos el Santo declaro el sentido
místico de las celestiales estrofas del poema. Son éstas cuarenta, y todas
ellas tienen su declaración. El Santo, en el argumento que precede a la glosa,
explica el poema.
Las doce primeras canciones
tratan de la vía purgativa, del dolor del alma por la ausencia del Amado, de las
vehementes ansias de verlo y de las amorosas diligencias para hallarlo.
Desde la canción XII hasta la
XVII, declara el desposorio espiritual. El alma, en sosiego, goza de los místicos
regalos del Esposo. No habla de penas pero su cielo aún tiene alguna nubecilla
inquietante. Desde la canción XVIII hasta la XL, el tono del poema sube,
parecen las estrofas melodías arrancadas a liras celestiales por manos angélicas.
En ellas se describe el más perfecto grado de amor de Dios a que el alma puede
llegar en esta vida: el matrimonio espiritual.
El diálogo es un idilio sublime. Expresión
lirica de un alma que, como la del Santo, había entrevisto la Belleza esencial.
Escribió San Juan de la Cruz las
XVII primeras estrofas en la prisión de Toledo y las restantes en Baeza y Granada.
La glosa la hizo de una vez
durante su estancia en Granada, en 1584. No mucho después introdujo variaciones
accidentales en la primera redacción.
No se conserva autógrafo. Sí
copias autorizadas de la época del Santo. La más importante la conservan las
Carmelitas descalzas de Sanlúcar de Barrameda. Tiene notas marginales e interlineales
de mano del autor.
El P. Silverio de Santa Teresa
dice del CÁNTICO ESPIRITUAL que es un regalo de Dios a los hombres.
Recibámosle con interno
agradecimiento, posemos en él los ojos, entren en la inteligencia, en el corazón
y en la voluntad sus enseñanzas, para saborear, o por lo menos adquirir, alguna
noticia de lo que pasa entre Dios y las almas que llegan a estos estados.
Literariamente es una joya,
LLAMA DE AMOR. Bien podemos decir
que es el canto de cisne de San Juan de la Cruz.
Termina el “Cántico espiritual”
dejando al alma el deseo de que el Esposo la lleve al glorioso Matrimonio espiritual
de la iglesia triunfante, y nos parece que en este camino del espíritu se ha
llegado al término, pero no es así. Dentro de este estado hay aquí, en la tierra,
ansias, amores, deleites, elevaciones y presentimientos más hondos, delicados y
penetrantes que los descritos en el “Cántico”: son los declarados en la LLAMA
DE AMOR VIVA.
El alma vive feliz en brazos de
Dios, en paz deleitosa no turbada por ninguna clase de enemigos, y disfrutando,
en lo más profundo del espíritu, de la comunicación inefable de la Santísima
Trinidad. Siente el suave y fuerte cautiverio de amor, vislumbra el cielo y
prorrumpe en los abrasados apóstrofes de las cuatro canciones de la "Llama”.
San Juan de la Cruz las glosa
todas, dándonos un tratado completo de estas elevadas comunicaciones divinas.
Escribió la "Llama” en
quince días, a ruegos de doña Ana de Peñalosa, dama segoviana que conoció el
Santo en Granada, y en 1586 ya estaba escrita.
Parece probado que el Santo hizo dos
redacciones. No hay autógrafo, pero sí copias de la época. Una de ellas, la conservada
en la Biblioteca Nacional, lleva la firma del Santo.
Literariamente este tratado es valiosísimo.
Los endecasílabos de las liras, en que las canciones están escritas, son,
aparte de la sublimidad y belleza del pensamiento, verdaderamente deliciosos.
La prosa se eleva y participa de
la belleza que irradian las ardientes estrofas de la "Llama", salidas
del alma deificada del Santo, que en ardoroso apóstrofe pide que se
"rompan” las telas que impiden el dulce encuentro con el Esposo celestial.
LAS CAUTELAS. La modalidad
sintética del entendimiento de San Juan de la Cruz, claramente manifestada en
la recia unidad que preside las concepciones de las obras arriba descritas, se acentúa
en sus escritos cortos que encierran pensamientos profundos en breves sentencias.
De este estilo son LAS CAUTELAS.
Van dirigidas a los religiosos que deseen llegar en breve a la perfección.
Son nueve: tres para vencer al
demonio, tres al mundo y tres a la carne.
Sólo quien reunió en sí tan gran
caudal de experiencia propia y ajena y tan profundo conocimiento de la visa
religiosa, pudo escribir estos avisos llenos de espíritu y de prudente
sagacidad.
Las escribió el Santo en 1568,
cuando se retiró al convento del Calvario.
No se conservan autógrafos.
AVISOS. San Juan de la Cruz, según
atestiguan las religiosas y religiosos que le conocieron, tenía costumbre de
escribir a sus dirigidos sentencias breves, en las que engastaba hermosos
pensamientos y consejos espirituales.
Gran parte de este tesoro se ha
perdido, pero por fortuna se conserva un autógrafo del Santo en el que reúne muchos
de ellos. Van precedidos de un prólogo que comienza así:
También ¡oh Dios y deleite mío! en estos dichos de luz y de amor de Ti
se quiso mi alma emplear por amor de Ti.
No hay que decir que fueron
escritos estos consejos en tiempos distintos.
En 1918 el poseedor del autógrafo,
don Rafael Pérez de Vargas, conde de la Quintería, donó esta preciosa reliquia
a la Parroquia de Santa María la Mayor, de Andújar.
CONSEJOS A UN RELIGIOSO PARA
ALCANZAR LA PERFECCIÓN. Un religioso pidió al Santo normas para adelantar en la
perfección, y San Juan de la Cruz, en un escrito breve, semejante a las
"Cautelas”, condensa la doctrina referente a la resignación, mortificación, ejercicios de virtudes, soledad espiritual
y corporal, escalones que debe subir el religioso para responder a lo que
pide su santa vocación.
Se ignora cuándo los escribió el místico
Doctor y quién fue el religioso favorecido por este regalo. No se conserva el autógrafo.
EPISTOLARIO. Es reducidísimo.
Veintiséis cartas, de algunas sólo fragmentos, inserta el P. Silverio de Santa Teresa
en la edición critica de las obras de San Juan de la Cruz.
¿Es que el Santo no escribió más?
Es indudable que escribió muchas, pero circunstancias harto dolorosas obligaron
a sus poseedores a destruirlas.
Las escritas por fray Juan
durante la época de la persecución de los Padres Calzados es natural que se
destruyeran. Otras lo fueron después del capítulo que los Descalzos celebraron
en Madrid, en 1591. San Juan de la Cruz era un carácter y mantuvo, en ciertos
puntos, posiciones bien diferentes v opuestas a las del P. General. Esto le valió
una segunda persecución y las religiosas y religiosos que conservaban cartas del
Santo tuvieron que destruirlas, porque también a ellos llegaron chispazos de
los sufrimientos del Santo Reformador.
Si el Santo Doctor no hubiera
quemado las que tenia de Santa Teresa, por las de la Reformadora hubiéramos conocido,
en parte, las del Santo, pero ni de unas ni de otras ha quedado nada.
El celo de San Juan de la Cruz se
ejercitó especialmente en la dirección espiritual de las almas. Las declaraciones
de sus poesías fueron hechas a instancias de sus dirigidos o dirigidas. Las
cartas que conocemos responden también a esta misión que llenó cumplidamente
desde que, a los veintiséis años de edad, Santa Teresa le eligió para confesar
a las monjas de la Encarnación, de Ávila.
De las veintiséis cartas que
conocemos, diecisiete van dirigidas a Carmelitas descalzas, cinco a religiosos
de su Orden y cuatro a distintas señoras.
El estilo no tiene ni la soltura
ni la gracia del de la Santa, pero revela bien el endiosamiento del alma de San
Juan y su corazón austero, mortificado, pero afectuoso, ya que el orden y
perfección en el sentimiento y en el amor los afina y espiritualiza, pero no
los extingue.
POESIAS. San Juan de la Cruz fue
excelso poeta. Reunía cuanto para serlo es menester. Elevado entendimiento,
natural sensible a la belleza, gusto estético, afinado en estudios y lecturas, corazón
hecho para amores divinos, inspiración elevada y facilidad para aprisionar pensamientos
profundos y sobrenaturales e idílicos amores en formas literarias exquisitamente
delicadas, armoniosas y bellas.
Sus mejores poesías son las
liricas que encabezan la Subida y Noche, el Cantico espiritual y la Llama
de Amor viva. Siguen a éstas las coplas hechas sobre un éxtasis de alta contemplación,
que comienzan así:
Entréme donde no supe,
Y quedéme no sabiendo
Toda sciencia trascendiendo.
Al igual que Santa Teresa glosó
el
Vivo sin vivir en mí,
Y de tal manera espero que,
Muero porque no muero.
La del pastorcico, que dice:
Un pastorcico solo está penado...
Las coplas que comienzan:
Que bien sé yo la fonte que mana y corre,
… … … … … … … … … … … … … … …
Que bien se yo do tiene su manida,
Aunque es de noche.
Tiene además nueve romances
glosando el Evangelio de San Juan "In principio erat Verbum” y otra glosa del
salmo “Super flumina Babilonis”.
No se conservan autógrafos de las
poesías, pero las copias contemporáneas y los testimonios de la época son tan seguros
en atribuir al Santo las anteriormente citadas, que no cabe duda sobre su
autenticidad.
M.a D. J.










Artículos publicados en el Boletín de la Institución Teresiana (BIT) durante más de 25 años.
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