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UN PLATILLO VOLANTE SOBRE MADRID
Se vio el pasado día 1, a las 22:25
horas de la noche
"Con los ojos clavados en el
cielo, esperé un buen rato. Mi ánimo quedó embargado por la emoción", esto
nos ha dicho la escritora Mercedes Díaz-Jiménez.
[encuadrado]
Con relación a los platillos
volantes, Madrid tenía cierta inferioridad respecto a las demás ciudades
españolas, pues ninguno de estos artefactos había cruzado hasta ahora el cielo
madrileño.
La falta de noticias acerca del
paso de los platillos volantes que se deja sentir en Madrid significa que los
platillos no tienen predilección por la capital de España. Pues estoy en la
creencia de que si un madrileño hubiera visto a la misteriosa aeronave habría
corrido a las Redacciones de los periódicos para que ellos propalasen la
noticia a los cuatro vientos. Y lo habría hecho principalmente porque el ente
supercivilizado que es el madrileño necesita acreditar su universalidad
personal con la experiencia propia del hecho que mayor curiosidad está
suscitando hoy día. Además, desde el punto de vista turístico, Madrid carece de
un espectáculo que con frecuencia se prodiga en otras partes.
Pero ya puede quedarse el
madrileño sosegado, porque Madrid acaba de ser visitado por un platillo volante
el martes, día 1 de julio de 1952, a las 22:25 horas. “Yo misma fui testigo de
ello -nos ha dicho la escritora Mercedes Díaz-Jiménez-, y si no corrí a la
agencia periodística fue por temor a ser tratada por el público como
visionaria, ya que a las mujeres se las considera fácilmente sugestionables, y
da la casualidad de que yo soy una mujer. Ahora voy a relatar mi experiencia.
Y, en consecuencia, quien dude de lo que yo vi, dejará de incluirme en lo
patológico para considerarme sugestionable sólo dentro del campo literario, que
siempre es más agradable”. El hecho ocurrió de la siguiente forma:
El día 1 de julio fue un día
caluroso. Aun al anochecido, apenas podía respirarse. Por tanto, marché en
busca de un lugar fresco donde pudiera refrigerarme. El sitio que elegí fue el
final de la Castellana, el jardincillo que se extiende ante la Escuela de
Ingenieros Industriales. Al llegar me detuve en el café que en aquella colina
sirve de refugio a las parejas de enamorados. Se trata de un magnifico lugar
cuya elevación, árboles, césped y el pequeño lago donde las ranas croan
incesantemente proporcionan una agradable impresión de frescura. Dejé el café
transcurrida una hora, y descendí por uno de los senderos. Pero me detuve en
mitad de la colina sin decidirme a abandonar aquel oasis para entrar en el
paseo de la Castellana. Entonces, contraviniendo las ordenanzas municipales, me
senté sobre el césped de cara a Chamartín de la Rosa. Y me puse a contemplar el
cielo no con un sentido romántico, sino con apreciación cósmica. A mi izquierda
y por detrás, la luna iba a ser cubierta por un nubarrón que me traía
esperanzas de lluvia en aquella noche tan calurosa. Eran las diez y veinticinco
minutos y hacia un cuarto de hora que yo estaba escudriñando la bóveda celeste cuando
de pronto veo que por el cielo viene algo brillante. "Una estrella
fugaz", me dije a mi misma.
Pero bien pronto me dl cuenta de
que aquello no era una estrella fugaz, porque todas las que yo había visto
corrieron a perderse enseguida, juntamente con su cola, en la oscuridad celeste.
Aquello parecía una estrella por su forma circular luminosa, pero no se perdía,
sino que circulaba. Bajaba, es la palabra exacta. Además no tenía cola. Era un
foco potente, aunque pequeño, con luz rojiza como la del fuego. Estaba,
indudablemente, descendiendo hacia la tierra. Describió una línea oblicua que fue
desde la vertical de Chamartín hasta la vertical del final de la Castellana.
Cuando aquel foco de luz rojiza hubo llegado a este último punto, cambió de
dirección, sin duda para no estrellarse contra el suelo de Madrid, y entonces lo
vi en una posición distinta, lo vi de perfil. En este momento su apariencia ya
no era la de foco sino la de un aparato que marchaba. Ahora en esta nueva
posición quedaba iluminado solamente por su parte de abajo y tenía además unos
bigotes de luz por delante. Estas dos guías luminosas y el reflejo de abajo, de
color no ya rojizo, sino azulado, perfilaban en parte la forma circular de
aquello que avanzaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que se trataba de un
platillo volante. Es decir, de algo completamente distinto a todo lo que en mi
vida había visto en el cielo. No pude distinguir la forma que tenía el
platillo, pues las zonas que carecían de luz quedaban confundidas con la
oscuridad. Avanzaba el platillo a poca altura, pues, marchando hacia Cuatro
Caminos, pronto quedó oculto por el edificio de los Nuevos Ministerios. En
cuanto a su velocidad, no creo que fuera mayor de la que llevan los aviones de
reacción. En total, el platillo bajó de la bóveda celeste y cambió de dirección
sobre el final de la Castellana, formando un ángulo de ciento diez grados, más
o menos, en la trayectoria que describió ante mí.
Con los ojos clavados en el
cielo, esperé un buen rato. Pero nada más vino a turbar el espacio sideral que
yo abarcaba con la vista. Y he de confesar que mi ánimo quedó embargado por la
emoción. Es cierto que no soy la primera persona que ve un platillo volante, ya
que centenares de individuos los han visto antes que yo. Sin embargo, nadie
puede quitarme la sensación de haber estado frente por frente de algo tan
misterioso y tan rápido. Y ya se sabe el atractivo tan grande que tiene lo
desconocido y que tiene lo fugaz. Además, la falta de prioridad mía tiene la
ventaja de que haya podido contemplar el paso del vehículo con mayor
discernimiento. Aunque el juicio que ha merecido a mis semejantes poco ha
influido en mi percepción, la cual es completamente personal. Pues creo tener
un juicio suficientemente claro para valorar lo que veo, debido a mi dedicación
a los estudios filosóficos, a la investigación histórica y a numerosas
prácticas en el laboratorio psicológico. Y digo esto para que no se hable de
sugestión colectiva. Por desconocer la cinemática no puedo dar una opinión
científica. Pero digo, en contraste con los demás testigos, que el móvil
luminoso que yo vi lo mismo podía tener la forma de platillo que la esférica:
cuando bajaba, su forma era la circular, después, al variar de dirección, por
llevar su luz sirviéndole sólo de plataforma, además de los bigotes delanteros,
quedaba el resto de la masa en la oscuridad sin poder distinguirse la forma que
tenía.
Se dio la circunstancia de que en
aquellos momentos yo estuviera sola. Y a juzgar por las apariencias, desde mi
observatorio ninguna otra persona vio el paso del platillo volante.
No puedo, pues, desgraciadamente,
invocar a nadie como testigo. Pero desde otro punto de Madrid, que yo sepa, fue
visto a la misma hora desde la calle Álvarez de Castro por don Eduardo Aguirre,
auxiliar de Archivos, con destino en la Biblioteca Nacional. Al día siguiente
Radio Nacional dio la noticia de que en Las Palmas fue visto por varios
empleados del Cabildo insular un platillo volante que pronto se elevó hacia la
inmensidad. Seguramente fue el mismo que vimos en la capital de España.
El hecho de ver un platillo en
movimiento supone en quien lo contempla el ansia de saber la verdad, pues mi
apetencia de ahora es mucho mayor. Y es de suponer que cuando la mayoría de los
habitantes de la tierra vean con sus propios ojos a los platillos, la Humanidad
pedirá a gritos que le aclaren el misterio. Hasta ahora la ciencia nada ha
dicho en concreto. Ni siquiera conocemos la opinión a este respecto de una
mentalidad de primera categoría, como, por ejemplo, la de Einstein. En nuestros
días parece ser que toda la atención de las naciones está reclamada por la
desintegración del átomo, aun a riesgo de ser sorprendidas por algo más
extraordinario todavía. También España tiene su correspondiente organismo
dedicado al estudio de la energía nuclear. ¿Por qué, pues, no intenta nuestra
Patria desentrañar el misterio de los platillos volantes? No nos faltan las
mentalidades agudas y los buenos observatorios meteorológicos. Gracias al
pueblo de navegantes que fue España en los siglos XVI y XVII pudieron adelantar
extraordinariamente las ciencias astronómicas y, por ende, las matemáticas.
Hasta el mismo Newton se sirvió de los pasos dados por los españoles. Ahora que
estamos anulando el complejo de inferioridad científica que el siglo XIX cargó
sobre los españoles, estamos en buenas condiciones para las empresas
universales, y sería una buena jugada mundial el que nuestros sabios
desentrañasen el misterio que envuelve a los platillos volantes.
UN REPORTAJE DE ÚLTIMA HORA
El agregado cultural del Pakistán
en Madrid fue discípulo de Pepe Marchena en cante jondo
Ama a una sola mujer, a pesar de
la autorización del Corán: "Tendrás tantas mujeres cuantas puedas
amar"
ES UN "SUFÍ", QUE ES
UNA CALIDAD DE HOMBRE PODEROSO
CONVERSAR con el agregado
cultural de la Embajada del Pakistán en Madrid es algo muy interesante. Porque
Aziz Balouch habla de costumbres pertenecientes a un país que, por hallarse tan
lejos de nuestra Patria, muy pocos españoles podremos ir a conocer.
Aziz Balouch no sólo tiene el
encanto de ser un tipo de pakistaní puro, tanto en su figura como en su
mentalidad, sino que posee además el atractivo de ser portador de la
quintaesencia de la cultura pakistaní. Su calidad de agregado cultural así lo
proclama. Y yo acredito que, después de conversar con él extensamente, no me
invadió la decepción. Sucedió todo lo contrario, pues me sentí atraída por el
Pakistán, la nueva y más joven nación con que hoy cuenta el Islam.
Los relatos de Aziz Balouch están
provistos de un intenso espiritualismo. Y casi siempre bordean lo misterioso,
según corresponde a la concepción que de la vida se tiene en las civilizaciones
orientales. Todas las preguntas que yo le hice tuvieron su respuesta, aun a
pesar de que fueron encaminadas principalmente a captar al hombre, a Aziz
Balouch, y a su circunstancia. Nuestra conversación fue la siguiente:
LOS SUFÍES, MÍSTICOS DE LA MÚSICA
Y DE LA POESÍA
-Nací en Beluchistán -dice
Balouch- y tengo la profesión de músico. También me dedico al periodismo, pues
dirijo la revista titulada "The Sufi", que se edita en Londres.
Además soy presidente de "The Sindh Society", y autor de un libro
sobre el sufismo,
-¿Quiénes son los "sufíes"?,
le pregunto intrigada.
-La Asociación Sufí es un
conjunto de intelectuales y de místicos de la música y de la poesía, que
pertenecen a diversos países del Islam, como Persia, Irán, Pakistán, etc. Sufí
quiere decir ser libre, personalmente. La Asociación está Integrada por miles
de sufíes, y dicha cualidad nada tiene que ver con la religión y con la política.
Tampoco se trata de una casta, pues en el Islam no existen las castas. Uno de
los más importantes sufí de la antigüedad fue el escritor arábigo-español Ibn
Arabi, de Murcia. Y nuestro embajador en Madrid es descendiente de un gran sufí
del siglo XVII.
Desde muy pequeño entré a formar
parte de los sufíes. Ello fue debido a que mi madre dio de beber cierto día a
un hombre santo (véase la película "Kim de la India"), donde aparece
uno de estos ascetas), quien, agradecido, le anunció que el cielo le concedería
aquello que pidiese: "No he tenido hijos y deseo tener uno", exclamó
mi madre. Y el hombre santo respondió: "Tendrás un hijo que será
sufí." Por esta razón yo sabía desde pequeño cuál iba a ser mi destino. A
los seis años comencé a escuchar los poemas de los sufíes, y un compañero mío
de estudios, mayor que yo, fue mi maestro espiritual. Los sufíes tienen un gran
poder sobre las demás personas. Ahora estoy preparando un libro en el que
describo cómo es nuestra fuerza. Poder que no sólo nos viene con el nacimiento,
sino con lo que desarrollamos notablemente con nuestra voluntad.
-Entonces, usted, por ser el
presidente de los "sufíes", tendrá un poder extraordinario. Inquirí
llena de asombro.
-No me gusta vanagloriarme de mis
hechos. Por eso me callo. Pero en casi todas las naciones hay gentes que me
conocen. ¡Y ellos son quienes hablan bastante de mí!
Yo estaba escuchando atentamente
a Balouch. Tenía mi vista pendiente de la suya. Y como sus ojos son negrísimos
y de un fulgor penetrante, recordé el hipnotismo. Ese procedimiento de
anulación ajena que se emplea en la India con frecuencia. Pero no creo que sea
éste el poder especial de los "sufíes". Es, sin duda, la fuerza
emanada del genio artístico y filosófico lo que impresiona a los pakistanís.
Hasta el punto de que las gentes sencillas reconozcan poderes extraordinarios
en las personas que Dios ha dotado con especial inteligencia.
Aziz Balouch prosiguió:
-Desde mi infancia fui educado
como corresponde a un "sufí". Estuve estudiando en Persia como
colegial, y dentro de la mística artística de los "sufíes" me incliné
por la música. Ya en mi país, entré como discípulo en casa de un excelente
maestro, que era ciego, donde aprendí la música clásica indo-pakistaní. Después
me dediqué al canto, como tenor, marchando a Londres para estudiar la ópera en
uno de los mejores centros de enseñanza europeos.
LA MÚSICA ESPAÑOLA HIZO DE MI UN
HISPANISTA
-Estando en Beluchistán oí la
música española en unos discos gramofónicos y quedé sorprendido por la
semejanza que existe entre el "cante jondo" y la música folklórica
nuestra. Desde entonces deseé venir a España. Deseo que vi satisfecho en 1933,
pues me establecí en Gibraltar como gerente de una Sociedad comercial. Al cabo
de tres años dejé mi trabajo, con objeto de pasar a Madrid y estudiar la música
y la vida españolas. España me entusiasmó hasta el punto de que esta admiración
me convirtió en un ferviente hispanista. Aquí, en Madrid, fui discípulo de Pepe
Marchena respecto del "cante jondo". Y qué alegría he recibido cuando
volví a Madrid, hace dos meses, y encontré a mis amigos de entonces, el maestro
Molleda y Pepe Marchena.
-¿Cómo llegó usted al puesto de
agregado cultural?
-Precisamente por mi condición de
hispanista. Cuando regresé a la India pronuncié numerosas conferencias sobre
España. También lo hice en Londres. Y en la B. B. C., en la emisión para el
Oriente, actué varias veces con canciones españolas. Yo soy conocido en el
Oriente Medio por el informador de las cosas de España. Ahora aspiro, en justa
correspondencia, a lo contrario. Es decir, a que algunos españoles sean los
informadores del Pakistán en este país del Occidente.
HAY MUY POCOS HARENES EN EL
PAKISTÁN
-¿Quiere hablarme, Aziz Balouch,
de su harén? Pues, debido a su condición de musulmán, es lógico que lo tenga.
-EI Corán dice lo siguiente:
"Tendrás tantas mujeres cuantas puedas amar". Sin embargo, yo no soy
capaz de amar más que una sola. Por tanto, nunca tendré un harén. ¡Sería muy
complicado reunir a varias mujeres en casa! Por otra parte, los harenes van
siendo muy escasos en Pakistán. Quedan solamente al alcance de los hombres de
gran posición económica. Estoy adivinando la pregunta que usted me quiere
hacer. No. Nuestro ministro en Madrid tiene una sola mujer, que muy pronto
vendrá a reunirse con él.
-¿Cómo explica que las mujeres
del Pakistán, tan acostumbrado al encierro en casa, propio de los musulmanes,
formen la Guardia Nacional, con uniformes, uso de armas, desfiles y hasta su
banda de música?
-La Guardia Nacional de mujeres
es auxiliar del Ejército, a semejanza de Inglaterra y de Estados Unidos. Aparte
del manejo de las armas, tienen a su cargo servicios sanitarios y de
puericultura. El paso de la casa a la calle fue dado por nuestras mujeres en el
trastorno consiguiente a la formación del Pakistán. Sus servicios fueron
necesarios para atender a los ocho millones de refugiados que vinieron a la patria.
LA ASOCIACIÓN CULTURAL
HISPANO-PAKISTANÍ
-¿Qué es la Asociación Cultural
Hispano-pakistaní?
-Es una obra fundada por mí en
Madrid, y patrocinada por el señor ministro del Pakistán. Se constituyó el día
10 del presente mes, con asistencia del señor Ruíz-Giménez, ministro de
Educación Nacional. Sus fines son los siguientes: Estrechar los lazos de
amistad entre los dos países. Intensificar el Intercambio cultural. Proyectar
películas, organizar conferencias, charlas Y coloquios, extender a toda España
las actividades de la Asociación. Dar conciertos de música pakistaní y española
en su forma vocal e instrumental. Organizar festivales de danzas de ambos
países. Patrocinar Exposiciones de pintura y escultura. Y crear cursos para la
enseñanza del urdu, idioma oficial del Pakistán.
Aziz Balouch habló en un español casi
perfecto. En el que sólo había de diferente la pronunciación, completamente
islámica, de la letra jota. Hay que tener en cuenta que, a pesar de ser un
hombre joven, es un políglota. Pero con la manera amplísima de hablar cinco
idiomas orientales y cuatro occidentales. La palabra citada con más reiteración
en su charla fue la de filosofía. Después, como yo no hiciera más preguntas,
Aziz no habló más. Este Ilustre pakistaní, nacido en la región hindú que tiene
fama por la fortaleza y valentía de sus hombres, quedó silencioso. Con el
espíritu enfrascado en su ferviente hispanismo.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
Pie de foto: El agregado cultural
de la Embajada del Pakistán, señor don Aziz Balouch.
LA ESCUELA DE BAILE FLAMENCO DE "EL ESTAMPÍO" ES ÚNICA EN
MADRID
El viejo maestro (74 años) años habla
de los demás y de sí mismo
Entre sus discípulos figura el
hijo del diplomático filipino señor Nieto, que aspira a ser bailarín
PARA llegar a ser bailarina es necesario
poseer una técnica artística muy depurada. Técnica que no poseen las bailaoras
ni tampoco las cultivadoras del baile popular. Porque el baile español de
concierto, como cualquier manifestación artística de primera categoría, no se
nutre solamente de la intuición, sino que necesita un estudio concienzudo.
Nuestro baile exige las
siguientes condiciones: Una educación afinadísima del oído. Un sentido muy
depurado del ritmo. El aprendizaje de cientos de pasos de baile y de otros
tantos zapateados complicadísimos. Las diferentes posiciones de los brazos. La
colocación del busto. El movimiento de las manos y de los dedos. Y la percusión
de las castañuelas. Ni un sólo músculo del cuerpo permanece pasivo cuando la
bailarina o el bailarín interpretan la danza española.
Para dominar tales ejercicios se
necesitan muchos años de aprendizaje. Y no basta con saberlos ejecutar, pues
hay que mecanizarlos hasta lo inverosímil para que sea a la melodía a lo que
únicamente se atienda. Pero hay más todavía. Hay que añadir a todo ello el
sentimiento coreográfico, que no es un estado de ánimo teatral, de mímica
solamente. El fuego temperamental, anímico y biológico, característico de la
raza española no se puede expresar con palabras. Y es la danza precisamente
quien se encarga de pregonar esa difícil intimidad, cuyo "tempo" sale
fuera del alcance de la literatura, de la poesía y aun de la música.
Por otra parte, la danza española
es la más difícil del mundo, pues, a diferencia de las demás, lleva un
instrumento en las manos. Sin embargo, cuando admiramos el arte de un bailarín
olvidamos de hacernos la siguiente pregunta: "¿Quién ha sido su
maestro?" Pues si cada efecto proviene de una causa, es evidente que ese
batir de tacones, ese diálogo de los palillos y esa plástica humana ha tenido
un impulsor, un maestro de baile.
En Sevilla es célebre el maestro
"Realito"; en Barcelona, Trini Borrull, y en Madrid, además de la
cátedra de baile español del Conservatorio, hay una docena de maestros que enseñan
a la mayor parte de los bailarines que de España salen. Pero en cuanto al baile
flamenco, rama de la danza que se caracteriza por la ausencia de castañuelas,
pues bastan los pitos, donde todo radica en los arabescos que trenzan los pies
sobre el rasgueo de las guitarras, de ese baile macho, según dicen los
flamencos, sólo existe en Madrid un maestro, que es "el Estampío".
EN CASA DEL MAESTRO "EL
ESTAMPÍO"
Y a casa de "el
Estampío" me dirijo yo. Porque quiero conocerle para presentárselo a mis
lectores y tributar así un merecido homenaje a su pedagogía flamenca. Vive en
el número 15 de la calle del Olivar. En el barrio más castizamente madrileño,
ya que esta calle es paralela a la de Lavapiés.
Desde el portal se oye el redoble
que producen los pies de un alumno en el entarimado del piso primero. La puerta
de la academia se abre a mi llamada, y me dirijo a la sala de estudio sin que
nadie me pregunte nada, como es habitual en estos lugares. Allí está sentado el
maestro "el Estampío", en un ángulo de la desnuda habitación, donde
sólo hay un espejo grande, una mesita y dos sillas. En el centro de la clase un
joven zapatea incesantemente. "El Estampío" es un hombre viejo, magro
y taciturno. Se halla absorto sobre los pies de su discípulo, con el fin de
gritarle a la menor falta que cometa. Ni siquiera se fija en mi presencia.
Después, cuando termina una serie
de los zapateados propuestos, "el Estampío" se pone en pie y se
encara conmigo. Pero al hablar de la intención que tengo de interviuvarle, me
contesta con un no rotundo. "No quiero aparecer en los periódicos! ¡No necesito
propaganda! ¡Ya no me importa nada!", ha dicho el viejo maestro, y
volviéndome la espalda inclina la cabeza sobre el pecho. Está esperando a que
yo me marche.
Evidentemente hay tristeza en su
actitud. Tal vez por la soledad en que se hallan los maestros de baile, de cuya
labor ni siquiera tiene noticias el Gobierno español, aun cuando el Gobierno
condecora a las grandes bailarinas que llevan el nombre de España por todo el
mundo. O tal vez porque tema la emoción al encontrarse de nuevo con el público.
Y como me doy cuenta de su tristeza, me quedo allí sin enfadarme por su
destemplada negativa.
A pesar de sus setenta y cuatro
años, "el Estampío" tiene la auténtica planta de un bailarín. Su traje
blanco resulta elegante y el cuerpo de los pantalones le sube hasta el corazón,
como a los flamencos. Sus tobillos son cañas de fácil juego. Y en su mano
izquierda hay un solitario, cuyo brillo recuerda a los fulgores que desprendió
este mismo brillante en los escenarios nacionales y extranjeros al ser herido
por las luces de las candilejas.
Acostumbrados como están los
bailarines a su mundo, a la gente de baile, "el Estampío" ve en mí a
una intrusa molesta. Por eso me acerco a él y, con voz suave, le digo
confidencialmente:
-Yo estudié baile español durante
seis años. Fui discípula, en Barcelona, del maestro Bautista, que, sin duda,
usted recordará.
-Si -contesta "el
Estampío" aclarando su ceño-. Si, Antonio Bautista era madrileño... Supe
que murió hace unos cinco años.
"EL ESTAMPÍO" HABLA DE
LOS DEMAS Y DE SÍ MISMO
Entonces, el viejo maestro se
sienta confiadamente en su silla y yo junto a él. Ha sido convencido por mi
conocimiento del arte que llena su vida. Ya no se niega a hablar, y me mira por
primera vez a los ojos. El alumno continúa zapateando en medio de la clase.
-Quedan muy pocos flamencos -digo
yo para empezar-. Creo que Vicente Escudero es el mejor.
-Vicente Escudero da conferencias
como si fuera un catedrático. O es muy listo o está loco. ¡No hace más que
provocar a los demás! ¿Eso es delito o qué es? Le conocí en París, cuando iba
yo con Padilla, con el autor de "El relicario". Un día estábamos en
un café de Montmartre y él decía: "Fulano no sabe nada; Mengano, tampoco;
Perengano, menos aún." Yo le decía a todo que sí, como si estuviera en
presencia de Luis Candelas. Pero cuando aseguró que en España no se sabía
bailar flamenco, miré a Escudero con ojos tan amenazadores, que él, asustado,
se abalanzó sobre mí dándome un abrazo y diciéndome que no le hiciera caso
porque estaba chiflado.
-Y Antonio, el compañero de Rosario,
a quién tuvo por maestro?
-Antonio fue discípulo del marido
de "la Quica" durante poco tiempo. Se marchó a América y él mismo se
hizo bailarín con lo poco que aprendió. En cuanto al arte flamenco suyo no es
puro, pues está modernizado. Rosario y Antonio es una pareja muy compenetrada.
Llevan quince años juntos. Cosa rara, ya que las parejas pronto se desavienen.
Habla "el Estampío" a
la manera andaluza. Con una expresión regional que pudiéramos llamar clásica,
pues difiere placenteramente de la parla usada por los nuevos bailarines. Su
charla, de frase cortada, es ingeniosa, porque "el Estampío", roto el
hielo, se ha puesto a devanar el hilo de sus recuerdos.
-Soy de Jerez de la Frontera. No
pensaba ser bailarín. Iba para torero y llegué a torear novillos. Pero, amigo,
tenía miedo al bicho y por eso tuve que dejarlos. De chiquillo bailaba cuando
me daban algunas perrillas. Así es que, cuando dejé los toros, empecé a ir por los
pueblos con mi baile. Yo no sabía nada de ello. Sólo hacía lo que me salía de
dentro, pero en los pueblos yo era el rey. Algunos viajantes de comercio, que
son gentes más enteradas que los paletos, por haber corrido mundo, me animaron
a seguir el camino emprendido. Luego, en Badajoz, estuve bastante tiempo, y,
como yo era muy feo, me llamaban "el Feo de Extremadura". ¡Ahora
también soy muy feo! Por Badajoz cayó un guitarrista que me metió en el cuerpo
las ganas de venir a Madrid. Y vine.
-¿Le costó mucho trabajo
triunfar?
-No. Aquí, en Madrid, estudié de
firme. Me avisaron para un café que había entonces en la calle de Jardines, en
1910. Recuerdo que el local era muy largo y muy estrecho. Al final de aquella
largura estaba colocado el tabladillo, donde había unas bailaoras. Como
entonces llevaban vestidos de lentejuelas, aquel brillo me parecía el de la
misma gloria. Pero la gloria la veía muy lejana. Me probaron y lo hice mal,
pues temblaba de puro azarado. Me contrataron, y más adelante pasé al Romea con
un cuadro flamenco. Por entonces comencé a frecuentar un café que había aquí
cerca, en la calle de la Magdalena, donde hice las primeras amistades. Estos
contornos han sido el escenario de mi vida, como que me podían nombrar alcalde
de barrio por lo viejo que soy.
-¿Por qué le llaman "el Estampío"?
-Es que uno de mis primeros
bailes, que yo solo me compuse, remedaba a un picador. A un picador muy malo. Y
yo mismo gritaba insultos diciéndome: "Eh! ¡Estampío! ¡Chuzahumo! -Malajeta!"
Como la gente se quedó con lo de "Estampío", pues con
"Estampío" me quedé. Con este nombre firmé mi primer contrato y todos
los demás.
-Habrá formado usted escuela de
su baile.
-Quiá. No tengo hijos. No me
casé. Se me pasó la vida de flor en flor. La vida marcha rápida; de mis contemporáneos
ninguno vive. No di con mujeres buenas y no tuve tiempo de buscar en otros
ambientes a una mujer para casarme.
EL HIJO DEL EMBAJADOR DE
FILIPINAS ES DISCIPULO DE "EL ESTAMPÍO"
-¿Cuántos alumnos tiene?
-Ahora, cinco chicas y tres muchachos.
No todos valen. Además, quieren pasar por la Universidad del baile saludándola
desde la puerta. Pero éste que ahora zapatea vale. Fíjese con qué limpieza
ejecuta los puntos del zapateado, aunque sólo hace tres meses que viene. Se
llama Rubén Antonio Nieto y es hijo del embajador de Filipinas en Madrid.
Con un poco de sorpresa contemplo
al discípulo de "el Estampío". Se trata de un joven de veinticinco
años, tan moreno y con tanto estilo, que cualquiera diría a primera vista que
es un calé de Granada. Me intriga lo de su afición al baile y le interrumpo su
punta y tacón, tacón y punta, para preguntarle:
-¿Pero qué es lo que usted busca
en el baile español?
-El baile español gusta en todo
el mundo -responde Rubén con acento tagalo-. He tenido que esperar tres meses a
que el maestro me diera una hora, y no logro convencerle para que me dedique
dos al día. Aprendo baile español para dedicarme por entero a este arte. Cuando
a los ocho años lo conocí, supe dónde estaba mi vocación. He terminado el
bachillerato y he estudiado arquitectura y decoración para complacer a mi
padre, pero ninguna clase de estudios ha conseguido atraerme. Puede comprender
la alegría que sentí cuando mi padre fue nombrado ministro de Filipinas en
España.
-¿Qué opinan sus padres de tales
proyectos?
-Que es mejor ser un buen
bailarín que un mal diplomático. Me presentaré en un escenario de Norteamérica
cuando esté en condiciones de hacerlo. También necesito ir a otra academia para
aprender las demás ramas del baile español. El maestro me ha puesto en contacto
con Pellicer y pronto comenzaré a estudiar con él.
-¿Y respecto al temperamento
español, lo fingirá usted?
-No, por cierto. También lo
tengo, pues si mi padre es filipino, en cambio mi madre es española.
"El Estampío" me ha
dejado conversar libremente con Rubén. En su boca hoy una sonrisa de
satisfacción, pues le complace que yo me entere bien de que tiene un alumno de
categoría.
Con gusto me hubiera quedado más
tiempo con "el Estampío". Pero las nueve de la noche es una hora
prudente para dejar a un maestro de baile, ya que la fatiga de los pies reclama
el lecho prontamente. Aunque esta noche "el Estampío" no podrá
conciliar el sueño fácilmente. Pues he abierto la puerta de par en par a sus
recuerdos, que entrarán en tropel por la calle del Olivar y subirán al número
15. Llevarán a "el Estampío" el principio de siglo en ardoroso
"ballet" de sombras, en los garabatos misteriosos del
"tempo" flamenco, en el pentagrama luminoso de "El amor
brujo" y en los tanguillos de Cádiz. Pero no sé si "el Estampío"
me agradecerá o me reprochará el que yo haya abierto la puerta de par en par.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
Pie de foto: Rubén Antonio Nieto,
hijo del ministro consejero de la Embajada de Filipinas en Madrid, dando su
clase de baile con "El Estampio". (Foto Verdugo.)
CARTA ABIERTA A "EL ESTAMPÍO"
(DE VICENTE ESCUDERO)
A ver si, en vez de molestar,
razonamos
MAESTRO “El Estampío”:
No puedo pasar por alto los
inelegantes conceptos que me diriges en tus declaraciones a PUEBLO, aparecidas
en el número del pasado miércoles, día 6 del corriente. Jamás yo me habría
podido figurar que desde hace veinte años estabas deseando encontrar la ocasión
para expulsar el malhumor que se te había acumulado desde que nos encontramos
en París, cuando ibas con la compañía del maestro Padilla, al ver que yo iba
dando recitales por el mundo, mientras que tú estabas en un conjunto de
revistas bailando bailes de «chufla», tipo mojiganga, y pasando sin pena ni
gloria entre los desfiles de aquellas chicas que entonces llamaban “girls” y
ahora vicetiples.
Con las declaraciones que acabas ahora
de hacer, sin ton ni son, sale a relucir que no me perdonas la diferencia de categoría
artística que ya entonces existía entre nosotros. No se concibe otra cosa, ya
que, por otra parte, tú sabes muy bien cuánto yo te he elogiado como maestro
siempre que me han preguntado dónde se podía ir para aprender a bailar flamenco
y cuántas lecciones te mandé también, así como los consejos que te di sobre los
honorarios a cobrar por tu trabajo, que sabes que al principio eran irrisorios.
Y que, reconociendo tus méritos indiscutibles, en mis conferencias yo habló
justamente de lo que tú representas en el baile flamenco, como hablo también
bien de Pilar López, de Mariemma, de Carmen Amaya, así como de lo que
representa su valiosa aportación al tesoro artístico de la danza española.
Aunque alguna vez haga reservas, hablo bien de muchos bailarines y bailarinas.
De Antonio, combato lo que en él no es puro, añadiendo que lleva chapas en los
zapatos -como los bailarines americanos-, que él no se ha atrevido a suprimir,
sabiendo la ventaja que hay entre llevarlas y no llevarlas.
Sin embargo, yo digo a los cuatro
vientos que Antonio es un gran bailarín. Lo que tú no te atreves a decir en las
declaraciones que motivan esta aclaración.
¿Por qué decir que provoco a los
demás?
Yo siempre, al hablar de arte,
antes, ahora y siempre, protesto contra todo lo que no tenga que ver con lo
nuestro. Y en la época aquella a que te refieres, casi todos los bailarines,
por no decir todos -y, sobre todo, los que andaban fuera de España-,
influenciados por las corrientes de entonces, mezclaban al baile flamenco pasos
de baile ruso y otros volatines. Y esto es lo que te habré dicho. Que Fulano
hacía esto o lo otro. Y que Mengano también lo hacía. Como también te pregunté
que por qué bailabas aquella mojiganga en vez de bailar por “alegrías” o
«zapateados», y me contestaste «que tenías miedo al tocador», «que temías que
no te respondiese». Yo, francamente, pensé que lo que temías era la mole de
escenario que tenía el teatro de los «Champs Elysées», que yo conocía muy bien
por haber actuado tanto allí; puedo decir que de allí partió mi renombre.
En cuanto a las conferencias, «si
estoy loco» es de hacer investigaciones, de hacer estudios para salir de la
rutina y para estar documentado y depurar el baile español, y particularmente
el flamenco, conservando su pureza y su solera, sin caer en fáciles concesiones.
No puedo quedarme como tantos, en estado cerril. Me documento y hablo para
descubrir cosas y secretos que luego son plagiados por todo el mundo... Pero ¿y
mi satisfacción? ¿Y el orgullo de constatar lo que tanto han aprendido en mis
charlas?
Amigo «El Estampío»: Yo no soy
muy listo. Simplemente lo que hago es estudiar mucho para que luego sepan
moverse los pies, los brazos y toda la figura sin perder la masculinidad que
caracteriza al viril baile español.
Y si es así, si tú sabes que yo
no soy un bailarín de hojaldre, ¿cómo dices que me asusté ante tus ojos
amenazadores y te di un abrazo? Ni que fueras Frankenstein para lo primero o
Greta Garbo para lo segundo. ¡Cómo se habrán refocilado los que, conociéndome,
hayan leído tal manifestación tuya!.
Vicente ESCUDERO
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EL PARQUE MÁS NUEVO DE MADRID SE LLAMA EVA PERÓN
Los niños elevan una respetuosa
aspiración: más libertad para moverse en estos sitios
CUANDO se llega al final de la
calle de Lista no hay más remedio que posar la mirada sobre el bloque de casas
del Ayuntamiento. Porque el atractivo de estas casas es grande, debido a la
situación privilegiada que disfrutan, el aspecto confortable que pregonan y a
la envidia que suscitan en los infortunados buscadores de pisos. Por si las
ventajas fueran pocas todavía, a las casas del Ayuntamiento se les ha hecho el
regalo de un parque, el de "Eva Perón", que está colocado frente a
ellas, a diez metros de distancia solamente.
Este parque familiar tiene su
puerta central en la calle de Francisco Silvela, y también otras dos laterales.
En la plaza de Manuel Becerra, a la derecha, y en la calle de Florestán
Aguilar, en la izquierda. El recinto cercado del parque se alza en plataforma,
y si la porción más baja del frontis es un jardín versallesco, la porción baja
de la parte opuesta está dedicada a los jugadores de pelota. Sólo tiene un año
de existencia y es pronto, por tanto, para hacerle una biografía. No obstante,
de igual forma que los niños pequeños tienen su "Libro del bebé", el
parque familiar puede tener anotadas los primeros pasos de su vida ciudadana.
LA FUENTE CENTRAL
La fuente central acapara la
atención de los niños, pues tiene siempre numerosos admiradores a su alrededor.
Los cuatro peces de colores que viven dentro del pilón jamás tienen reposo
durante el día, pues las aguas son agitadas en violento vendaval por las manos
infantiles. Allí están los chiquillos chapoteando a todas horas con entusiasmo,
bien para un remojón que refresque el cogote o para impulsar un barquito de
vela. Luego se entabla una pelea entre niños y niñas, utilizando el agua como
proyectil. Más tarde los pañuelos de las niñas son lavados en fingida colada, y
los pañuelos de los chicos, con cuatro nudos en sus cuatro puntas, navegan
hinchados como globos.
Pero no paran aquí los encantos
de la fuente central. Hay más todavía: la fuente puede proporcionar numerosas
sorpresas, según nos asegura una niña:
-¡Dentro hay cosas!
-Claro, peces y lodo -contestamos
a la pequeña.
-No. Hay cosas. Dentro hay cosas
de las que se pierden. Hay una peseta. Hay una cazuelita. Y una niña sacó un
pendiente. ¡De oro! ¡Era de oro! Yo alcanzo con la mano hasta el fondo. ¡Mire
cómo alcanzo!
-¡Cuidado, que te vas a caer!
-No me caigo, no. Si el fondo
está en seguida. Una vez se cayó un niño de los pequeños y empezó a llorar como
si se fuera a morir. Si nadie se puede ahogar aquí.
Y suele suceder que cuando los
chicos están más divertidos, se presenta de improviso el ogro. El ogro viste
uniforme gris con vueltas coloradas, sombrero de fieltro, correaje en
bandolera, bastón de hierro y cuerno metálico. El ogro dice:
-¿Quién ha encharcado el suelo?
¿Quién ha echado esas cáscaras en el agua?
Los niños se han paralizado por
el temor, y todos estiran el cuello silenciosos para mirar la cara del ogro,
que ha cogido al culpable por un brazo:
-¿Dónde está tu mamá?
-Uj, uj -es todo lo que puede
responder el atribulado infractor del reglamento.
-¡Ajá! ¿Conque vienes soto? Pues
así aprenderán las madres a no dejar a sus hijos abandonados. ¡Ahora te pongo
la multa!
Todas las boquitas del corro
infantil se han abierto con el susto. La tan nombrada amenaza, la máxima
punición, ha llegado. ¡La multa! ¡Ahí está la multa!
-¿Que no tienes cinco pesetas?
Pues yo iré a buscarlas a tu casa. ¿Cómo te llamas? ¿Dónde vives?
LOS OGROS DEL PARQUE
Pero vamos en busca del ogro
segundo, a ver qué nos dice por su parte. Los ogros del parque son cuatro
guardas, dos en el turno de la mañana y otros dos en el de la tarde. Habla el
aragonés Manuel Atance:
-La culpa de que los niños nos
miren de esa forma la tienen las mamás. ¡Hasta a la hora de comer amenazan a
sus hijos con el guarda! Yo sí que las daría a ellas unos buenos azotes.
-No obstante, les gusta a ustedes
darse bastante importancia -le decimos al guarda Atance, colocándole los puntos
sobre las íes.
-Es que no hay más remedio para
mantener la autoridad.
-Pero dos guardas son muchos para
un jardín tan pequeño.
-Ni mucho menos. Cuando un guarda
tiene que ausentarse para llevar a alguien a la Casa de Socorro o a la
Comisaría, siempre queda uno de nosotros en vigilancia. Los domingos somos tres
guardas.
-¿A la Comisaría ha dicho?
-Sí. Solamente se ha dado un
caso. Llevamos a la Comisaría a una pareja de novios que se comportaba
indebidamente, y allí les levantaron el correspondiente atestado. En cuanto a
la Casa de Socorro, nada más puede ocurrir que algún perro muerda a un niño.
SE NECESITA ACTUALIZAR A LOS
PARQUES FAMILIARES
A nosotros nos parece que este
parque es el que tiene los guardas más exigentes de todo Madrid. Quizá sea porque
los guardas están orgullosos de él, por ser tan nuevo. O tal vez porque
necesiten combatir su aburrimiento gravitando sobre los paseantes. Puede
tenerse la seguridad de que ninguna persona se mueve dentro del recinto sin que
los guardas sepan lo que está haciendo en cada momento. Ningún chiquillo se
atreverá a tocar una hierbecilla ni a pisar una esquina del césped, ni a
recostarse sobre un árbol, ni a recuperar la pelota que se ha caído sobre un
seto.
No es que protestemos contra la
conservación de los jardines ni contra la buena autoridad. Es que la vida
ciudadana conspira contra los niños. No hay sitio para ellos ni en los pisos
tan pequeños ni en las escuelas tan limitadas, y no digamos lo que peligran en
las calles. Todo conspira contra ellos, como si hubiéramos decidido
suprimirlos. ¿Dónde, pues, lograrán los niños encontrar un lugar suyo? Desde
luego, no lo encuentran en el parque "Eva Perón", a pesar de sus
regadores, de sus jardineros y de sus barrenderos. Allí falta un espacio
acotado lleno de arena, como tiene el paseo de La Isla, de Burgos. Falta un
cuadrilátero con césped para que lo pisoteen a su gusto; falta un pilón de agua
que ellos puedan controlar.
Por otra parte, son tan escasas
las sombras que la gente ha de buscarlas sentándose en las escaleras y en el
suelo, si es que quiere evitar la muerte por insolación. Los numerosos bancos
que existen sirven solamente de adorno en el verano. Ya no se aspira solamente
a que los espacios verdes de la ciudad proporcionen reposo a la vista, a que los
jardines sirvan de espléndido decorado a las expansiones del espíritu y a
proporcionar romanticismo a las parejas de enamorados. Los parques son el único
reducto donde hoy día los niños pueden moverse con cierta holgura. Procuremos,
pues, que se muevan con mayor libertad.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
Pie de foto: Se dijo muchas veces
que los encargados del urbanismo madrileño no aman al árbol. Sin quitar ni
poner rey, lo que sí puede afirmarse es que Madrid dispone de numerosos
jardincillos y parques, bellísimos y atrayentes. El Retiro, el parque Eva de
Perón y los Jardines de Sabatini, cuyos aspectos recogemos en estas fotos, son
una buena prueba de nuestro aserto. (Fotos A.).
UNA ESCRITORA REPLICA A VICENTE ESCUDERO
Cuando habla Escudero de baile
puro y de baile impuro, hace una discriminación inventada por él
No puede decirse "pureza
clásica" del baile flamenco porque es una manifestación tardía.
(El zapateado se introdujo en el
siglo XIX)
Otra cosa sería querer
despistarnos
A los críticos de arte suele achacárseles
un desconocimiento de la materia que valoran, por lo que estamos acostumbrados
a presenciar las réplicas que pintores, dramaturgos y músicos sostienen con los
juzgadores de su obra. Pero el hecho de que la disconformidad de los artistas
surja únicamente cuando la crítica es negativa, me hace pensar en que la razón
no está de parte de los artistas, por tratarse de una apreciación excesivamente
personalista.
La vida del hombre es demasiado
corta para pretender que el escritor dedicado a la crítica sea además un
magnífico pintor o un excelente músico. Dos vidas se necesitarían para adquirir
dos técnicas artísticas de primera categoría. Y, aun llegando a poseerlas, no habría
tiempo, en las veinticuatro horas del día, para dar al arte lo suyo y para
entregarse al mismo tiempo a una labor de crítico. No obstante, si los
criticados insisten en su punto de vista, ¿por qué no dan ejemplo ellos mismos
y, abandonando sus pinceles, su teatro o su baile, se convierten en críticos de
profesión?
Pero no hay necesidad de llegar
al extremo de arrancar a un artista de su pedestal diario, porque los críticos
que en la actualidad existen se bastan a sí propios para emitir un juicio sereno.
Precisamente por no ser parte interesada y por no hallarse encuadrados en un
clan exclusivo, pueden contemplar el problema desde una cima universalista. El
crítico de arte es siempre un especialista en la materia que trata, ya que no
existe ningún escritor tan inconsciente que se ponga a escribir sobre un tema
que desconoce. Es necesario tener en cuenta, además, que hay varios escritores
que pintan, que escriben teatro, que hacen música y que saben danzar. Pero
también, aparte de esto, podríamos hacer la pregunta siguiente: ¿Por qué un
artista admite como buena la opinión del público y, por el contrario, rechaza
la del escritor? Pues ya se sabe que el público es, en su mayoría, inculto, y
que las masas se dejan arrastrar por las corrientes más falsas.
En lo referente al baile español,
resulta que, por haber alcanzado este arte su máxima categoría en los tiempos
actuales, su crítica correspondiente es muy joven. Y no cuenta en su acervo
tradicional con la enjundia cultural que sobre las demás ramas del arte
gravitan. La danza española ha entrado en el terreno de la crítica artística
recientemente, aun a pesar de que las bailarinas gaditanas ya eran famosas en
la Roma imperial.
Por eso, esta clase de crítica es
la que con más facilidad se siente atacada. Si los bailarines arremeten
continuamente contra ella, es porque la creen tan débil como puede serlo un
adolescente. No se dan cuenta de que por carecer de abolengo y por marchar
libre de todo lastre, es más original, más ágil y, por lo tanto, tiene más libertad
de movimientos. Y para asfixiar a esta crítica tan jovencita lanzan los
bailarines, una y otra vez, anatemas como el siguiente: "No estoy de
acuerdo, ni mucho menos, con la manera de escribir sobre este arte. Para hablar
de esto hay que estar enterado de la técnica y de las normas que esta clase de
baile requiere ya de tradición... Observo que a la crítica que leo en los
autores le falta estas cualidades, sin las cuales no se debe emitir un juicio
en público.".
Las palabras precedentes
pertenecen a nuestro primer bailarín de flamenco, que es Vicente Escudero.
Aparecieron en PUEBLO el día 15 de febrero de 1949, en unas declaraciones que
hizo al periodista Córdoba. Posteriormente, hace pocos días, insiste en emitir
este juicio personalizando más concretamente. Es decir, Vicente Escudero alarma
que yo no puedo escribir sobre baile español porque desconozco la materia...
Pero yo contesto a nuestro primer flamenco diciéndole que he verificado mis
estudios de baile español, en la misma forma y durante el mismo tiempo que los
bailarines que son aplaudidos en los escenarios españoles y en los extranjeros.
Y no me he limitado a un solo maestro, sino que he asistido a tres escuelas
distintas, con objeto de conocer los estilos diferentes que presenta
actualmente la danza española. Si me he quedado en la categoría de
"amateur" ha sido por la mayor atracción que sobre mi ejercieron los
estudios universitarios.
Más aún le diré a Vicente
Escudero. El único texto sobre baile español que existe hoy en el mundo
(téngase en cuenta que digo texto de enseñanza y no libro), el titulado
"La danza española", que está escrito por Trini Borrull, fue ideado y
proyectado por mí, como puede atestiguar el señor Meseguer, que es su editor. Y
si no llegué a desarrollarlo en su totalidad fue debido a que tuve que dejar
Barcelona cuando mis tareas madrileñas me reclamaron en la capital de España.
Como el señor Meseguer tenía prisa en lanzar a la imprenta tan utilísima idea, fue
el motivo por el cual se lo encargó a Trini Borrull.
Por tanto, creo tener condiciones
suficientes para haberme "atrevido" a escribir en PUEBLO el artículo
titulado "La Escuela de Baile Flamenco de El Estampío es única en
Madrid". Artículo que es el cuerpo del delito que Escudero ha cogido por
las solapas para zarandearlo, y que es el único promotor de la cuestión
existente hoy día entre El Estampío y Vicente Escudero y entre Vicente Escudero
y yo.
Pero vamos ahora con la cuestión
del purismo en el baile español, que es otro de los mitos que invocan los
bailarines para introducirse en un tabú misterioso que los proteja del resto de
los mortales y que los haga intangibles. Ninguna manifestación del arte puede
quedar estancada, sino que ha de seguir caminando a través de las épocas con un
ritmo más o menos acelerado. La danza española no puede ser una excepción, y
por eso camina también con sus pasos propios. El baile español de composición,
el que no es popular, apenas puede invocar un clasicismo propio, porque no nos
ha quedado la muestra fehaciente de sus mejores épocas. Su técnica no se ha
transmitido por medio de un pentagrama semejante al de la música, que, con sólo
lectura, nos permitiera repentizar un baile determinado. La técnica se ha
transmitido de unos a otros bailarines por medio de la enseñanza oral, y ya
puede suponerse la serie de variaciones que habrá sufrido con el correr de los
tiempos. El baile francés del siglo XVIII, por el contrario, puede repentizarse
hoy día, porque los bailarines dibujaron esa especie de pentagrama a que me he
referido. Lo hicieron en sus coreografías. Además, así nos lo asegura la
terminología de la palabra coreografía, cuya acepción la empleamos muy mal en
el presente. Pues la composición del baile que se efectúa hoy no se escribe en
el papel, sino que los bailarines la conservan en la memoria. Huelga, por tanto,
la segunda parte de la palabra, la de grafía. Fue grande la influencia que
ejerció en la danza francesa el baile español, hasta el punto de que muchos de
nuestros pasos actuales, como el "coupé", el "jeté", el
"sissoné", etc., los tomamos de ella y los repetimos con su nombre
francés. Si nosotros leemos ahora una coreografía de danza francesa escrita por
el maestro español Minguet o por Ferriol, podemos repetir exactamente la
"Contradanza", "El minueto del nardo", "La hija de Cupido",
"La airosa malagueña" y "La airosa catalana". Pero no nos
habremos desenvuelto dentro de la auténtica danza española, puesto que la
tenemos que ir a buscar más atrás, en pleno Siglo de Oro, y de ella no nos han
quedado coreografías indicadoras de sus giros.
Podemos, sin embargo, llegar a un
conocimiento muy aproximado de la danza española pura dedicándonos a una
investigación histórica, muy minuciosa. Pero no creo que Vicente Escudero haya
tenido tiempo de realizarla. Por eso, cuando habla Escudero de baile puro y de
baile impuro hace una discriminación inventada por él, que es muy meritoria,
pero que poco tiene que ver con la filiación histórica del baile. Con mucha
menos razón puede hablarse de pureza clásica del baile flamenco, porque es una
manifestación tardía, sobre todo el zapateado, que se introdujo en el siglo
XIX. Que no solamente el flamenco procede de los gitanos del Indostán, ya que
estos gitanos se extendieron por toda Europa y dieron lugar a bailes bien
distintos de los españoles.
Más exacto sería decir que
Escudero, en lugar de ser clásico, ha dado un gran impulso al baile español por
las nuevas aportaciones con que le dota. Es un creador de muchas bellas
interpretaciones, de atractivas actitudes y es un sibarita del tempo psíquico flamenco,
por lo que su mérito es asombroso.
Cuando Antonio, por ejemplo,
baila su "Panaderos del siglo XVIII", escribe una magistral página de
historia. Pero cuando baila el flamenco de "El amor brujo", abandona
lo que nosotros creemos que es la pureza del baile para lanzarse a nuevas y
valiosas adquisiciones, como corresponde a un artista que es hombre de su
tiempo. Si es ahora cuando la danza española alcanza su punto álgido de
belleza, es desde aquí de donde arrancará su pureza para lo venidero. Pero otra
cosa es querer despistarnos pretendiendo traer desde siglos atrás una actitud
bailística que está variada meritoriamente por Vicente Escudero, por Antonio y
por Carmen de Amaya.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
UNA ESCRITORA REPLICA A VICENTE ESCUDERO
DESAFÍA A UN "DUELO" DE
BAILE AL ESTILO CLÁSICO DEL SIGLO XVII
La vuelta de pecho ha de ser
aquélla y no la de ahora
Formarán el Jurado tres maestros
de baile
No desconozco el terreno tan
peligroso en el que me he metido por hablar de baile español. Pues los
bailarines son muy susceptibles, según corresponde a su hipersensibilidad, que
siempre se halla puesta en trance por causa del continuado danzar. Ellos por no
tolerar nada, ni siquiera toleran a los escritores, sin comprender que en
materia tan libre como es la opinión artística, uno puede echar su cuarto a
espadas.
Imagino, pues, que Vicente Escudero,
después de leer mi artículo de ayer, afilará los puñales de sus ojos negros
para apuñalarme con ellos. Y también Imagino que, por ser el más culto de los
bailarines, puesto que ha escrito un libro, afilará su pluma, que la tiene bien
expedita, y arremeterá contra mí en una carta abierta. Pero, para no tener yo
una mayor ventaja sobre él, en lo que al arte de escribir se refiere, quiero
que afile también sus pies contra mí, con objeto de acudir al reto bailístico
que voy a lanzarle.
El excesivo amor propio de los
bailarines sí que es tradicional. Tanto, que en 1642 se escribía lo siguiente:
"Pica tanto el danzar a los que tratan dél, que ninguno quisiera que nadie
le murmurare, y sobre estas murmuraciones de que unos saben más y parecen mejor
que otros, se pierden muchas amistades y se han echado muchos retos que suelen
venir a parar en cuchilladas. Y porque los retos suelen parar en disgustos,
deben los bailarines tener junto a sí sus armas, sin que jamás les falten del
lado."
Los retos de que habla Juan de
Pastrana tenían lugar en el siglo XVII, principalmente cuando un discípulo oía
hablar mal de su maestro de baile. Pues en muy alta estima se tenía entonces al
hombre que se dedicaba a la enseñanza. El individuo ofendido se presentaba en
la escuela o en el lugar de donde emanó la ofensa y, sin quitarse el sombrero,
la capa y la espada decía, más o menos, lo siguiente: "Desafío a danzar y
a bailar cuatro mudanzas de Pavana, seis paseos de Gallarda, dos mudanzas de
Folía, dos de Rey, dos de Villano, de Chacona, de Canario y de Rastro, a más
hacer y a mejor parecer, debajo de buen tañido. Y señalo el día y nombre por
padrinos a fulano y a fulano." Este mismo reto se echaba luego en todas
las escuelas de la ciudad. Y llegado el plazo y la hora, danzaba primero el que
retó, y danzaban luego el uno en pos del otro hasta acabar el reto.
Pues bien, yo soy discípula del
maestro "el Estampío", y como Vicente Escudero ha hablado mal de mi
maestro de baile en la carta abierta que dirigió al director de PUEBLO el día
11 del presente mes, me siento ofendida y le lanzo un reto. Tan tradicional soy
yo, y tan purista en el arte flamenco es mi ofensor, que le reto a danzar la
escuela de danza de nuestro glorioso Siglo de Oro. El programa de la escuela
del célebre maestro Almela, discípulo de Quintana el Viejo. Es decir, la
Pavana, la Gallarda, Folía, El Rey Don Alonso el Bueno, Villano, Chacona,
Canario, El Torneo, "El Pie de Gibao" y la "Tárraga". Pero
ha de ser con pasos de danza que no estén tergiversados por el transcurrir de
los años. Se han de verificar con la prístina pureza que tenían en la época en
que jamás se ponía el sol en los dominios españoles, porque además de América
dominábamos en los países flamencos. La vuelta de pecho ha de ser aquélla y no la
tan fácil de ahora. Y lo mismo digo de los rompidos, del floreo, de las
cabriolas atravesadas, de los cuatropeados, de los encaxes y etc., etc. Como
corresponde a aquel momento de la danza española, bailaremos sin palillos, con
ventaja manifiesta para Escudero, porque el flamenco sólo lleva pitos, y porque
sin duda él no posee unos palillos Stradivarius como los que tengo yo. Y aquí
sí que puede mostrar Escudero su forma de bailar en arquitectura gótica, como
asegura en su libro titulado "MI baile", puesto que en el 600 florecía
el gótico por doquier.
Señalo como padrinos míos en este
reto al maestro Pellicer, de Madrid, y al maestro Realito, de Sevilla. Y en
cuanto al Jurado calificador, no me sirve el público. Porque el público no está
preparado para opinar sobre la técnica artística. Quiero, pues, para Jurado a
tres maestros de baile, a un compositor de música española, a un catedrático de
arte y a un escultor.
El bailarín Vicente Escudero tiene
la palabra.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
POR UNA SOLA VEZ.-- A UNA ESCRITORA DESPISTADA
NO HAY QUE CONFUNDIR EL BAILE
FLAMENCO CON EL ESTILO CLÁSICO DEL SIGLO XVII
"El Estampío" me ha
dicho: "A ver si por esta "guasa" que ha "pasao" vamos
a perder la amistad"
Por VICENTE ESCUDERO
Nada de tanta osadía como la
irresponsabilidad. Aquí cualquier chica, en cuanto da dos pataditas en un
escenario, ya se cree una artista. Aquí, en cuanto a una persona un periódico
le admite, de tiempo en tiempo, una colaboración, se llama a sí mismo escritora
o escritor. ¡Ah!, y cuando también una vez y por azar llega la ocasión de
hablar, por ejemplo, de baile, entonces se arroga el diploma de crítico del
baile.
Viene este preámbulo como
consecuencia de los artículos que en estas columnas de PUEBLO han aparecido
estos días pasados bajo la firma de Mercedes Díaz Jiménez.
Hice caso omiso al primer, que
seguramente desconcertaría a los lectores de este diario, ya que el mismo era
réplica a la carta abierta que desde estas mismas columnas dirigí a "el
Estampío" con fecha 11 de agosto, contestando a unas indiscretas
manifestaciones que Mercedes Díaz-Jiménez jamás debió haber recogido. Pero
refiriéndose a unos párrafos que no llegaron a publicarse y por tanto que no
conoció el público, porque, llevado de mi benevolencia, fueron tachados del
original, que yo mismo entregué en mano, al considerar los mismos inoportunos,
aunque después, por lo visto, y yo no sé por qué fueron comunicados a la
escritora en cuestión.
En estos párrafos cercenados yo
decía, poco más o menos: Los periódicos y publicaciones deberían cuidar mucho
de no admitir trabajos y colaboraciones de personas advenedizas que emiten
juicios o críticas para sembrar confusionismo. No es esto exactamente lo que
había escrito: pero, en espíritu sí es.
Mercedes Díaz-Jiménez empieza
zahiriendo a todos los artistas al citar que somos muy susceptibles y de que no
concedemos autoridad a la crítica, llegando a tener la pretensión de que los
que se dedican a tan alto cometido deberían conocer mejor que nosotros la
ejecución de nuestro arte para poder enjuiciarlos. ¡Pare el carro, amiga!
Ningún artista solvente tiene tal pretensión, aunque muchas veces el crítico no
esté de acuerdo con lo que hace.
Ahora bien, el artista, para que
admita la beligerancia del crítico, lo menos que puede exigir es que éste
también tenga cierta solvencia, que esté en posesión de una amplísima cultura,
conozca a fondo el arte que enjuicia, tenga una gran experiencia y asiente sus
conocimientos del arte que desmenuza, plasma o destruye en una base algo más
sólida que una amistad con el editor de un libro de danza española, con el roce
superficial de una bailarina, con unas lecciones de academia, en fin, buceando
en las bibliotecas y aprendiendo de memoria unas citas de un viejo libro que
habla del baile en el siglo XVII. Esta base es débil. Por esto confunde mis
teorías sobre el baile flamenco puro con ese siglo que dice la firmante.
Los dos artículos aparecidos son
los más cómicos y más simpáticos que he leído en mi vida, y digo simpáticos
porque, después de todo, están escritos por una mujer: si no hubiera sido por
esta razón y por la insistencia no hubiera contestado. ¿Pero cómo, y aunque no
sea más que por una vez, voy a ponerme al margen de la galantería? ¡Tendría que
ver que yo tuviese que contestar o bailar con todas las bailarinas y escritores
que me retasen, cada uno a su manera!
Esta dama me sale con los bailes
del siglo XVII, que no conozco; mañana puede salirme otra persona con los
bailes del tiempo de los fenicios, que tampoco conozco, y un poco más tarde
otra con los bailes de la época paleolítica cuando los hombres hacían bailar a
las piedras, según dicen los escritos. A mí que me hablen del baile flamenco
desde el tiempo de "Miracielos" y "el Raspaó" hasta ahora.
Que me hablen de la siguiriya gitana (he dicho siguiriya) que yo creé, ya que
antes nadie se había decidido a interpretar su cante y su guitarra bailando.
Por esta creación estuve pasando por loco durante algunos años, hasta que al
fin empezó a adoptarla todo el mundo, claro que como Dios les da a entender. A
bailar estos bailes flamencos que son los que más personalidad tienen de todos
los bailes españoles (de aquí su gran éxito por el mundo, si quiere la señora
Jiménez) yo invité, no reté, al gran bailarín Antonio. Con este artista de categoría
es con el único que mano a mano yo puedo enfrentarme, si también se tiene en
cuenta la mía. Por eso he encontrado cómica la pretensión y las cosas que dice
y propone esta escritora.
Yo estoy defendiendo el baile
flamenco de hombre y nada más. Lancé un "Decálogo", cuyo primer punto
dice: Bailar en hombre. El segundo dice: Sobriedad. El tercero: Que no hay que
soltar los dedos en los movimientos de manos, lo que está bien y natural en la
mujer. El cuarto punto dice que no hay que mover las caderas (contonearse).
Tampoco hay que usar de la acrobacia ni la velocidad, porque el baile flamenco
es de la tierra y "asentao".
Ahora esta escritora, ¡es graciosísima!,
quiere que yo ejecute vueltas de pecho, cabriolas y otras cosas raras y
femeninas que ha leído, repito, en tratados de danza y quizá también en la hoja
de algún calendario. ¿Sabe Mercedes Díaz-Jiménez que ha sido escrito en todas
las lenguas que yo soy el bailarín masculino por excelencia? Sentado bien esto,
y cambiando de ritmo, diré que no me gusta discutir con mujeres. Las doy
siempre la razón. Aunque esta vez me extienda un poquito, es para aconsejarla
que si quiere hacerse remarcar, busque otro camino, porque el mío está cerrado,
y no lo abriré por mucha literatura y erudición habilidosa que despliegue
creando confusión en el público que no esté preparado. A este público, que no
es precisamente tan inculto como se dice o se cree, lo que hay que hacer es
enseñarle a ver y a comprender (como hago yo), que digo bien claramente,
explico y preconizo cómo debe bailar el hombre para conservar la pureza, que
para mí es tanto como decir la masculinidad. ¿Me comprende? Y ello sin
literatura ni retórica.
Mercedes Díaz-Jiménez, dada su
erudición y, por lo visto, ya catedrática en materia de baile, debería dedicarse
a enseñar esos bailes del siglo XVII que dice saber. Sería de la única forma
que podría llegar a hacerse conocer y ello sin necesidad de indisponer a nadie.
En su último artículo dice que yo
he hablado mal del "Estampío" y que es su discípula. Entonces, ¿cómo
al otro día de mi contestación al reportaje publicado en PUEBLO me telefoneó el
mismo "Estampío" diciéndome que quería verme, y al encontrarnos me
dijo estas palabras textuales: "Hombre! ¿Qué ha pasado? ¡Hay que ver! Yo
no conozco para nada a esta señora periodista... Yo no quería hablar con ella;
pero, chico, me enredó: luego dicen las cosas a su manera y vuelven a uno loco.
¡A ver si ahora vamos a perder tú y yo la amistad por esta "guasa"
que ha "pasao"!".
Contestación mía: "Además,
de verdad, que le vuelven a uno loco. ¡Si vieras las veces que me ha pasado a
mí! Por eso ahora exijo siempre que me enseñen el artículo antes de entregarle
al periódico. Si no, prefiero que no lo publiquen." Y Juan Sánchez,
"el Estampío" y yo, Vicente Escudero, estuvimos juntos hasta las
cuatro de la mañana, en armonía absoluta, pues nuestra vieja amistad es tan
sólida que no la puede ablandar ninguna manzana de la discordia.
Y ahora, si le place, baile sola
ese laberinto de bailes que me propone, los cuales, por la salud mía, no creo
que los sepa bailar ni quien inventó los tormentos danzantes.
RÉPLICA DE UNA ESCRITORA
"Vicente Escudero no acude a
mi reto. Se niega a bailar porque no conoce más flamenco que el de ahora"
Hace cinco meses Vicente Escudero
invitó a Antonio a bailar junto a él para ver quién de ellos lo hacía mejor.
Pero como Antonio no aceptara la invitación, Escudero anda presumiendo por ahí
de que el maravilloso bailarín no ha tenido valor para enfrentarse con él.
En forma semejante yo he retado a
Escudero a que muestre la pureza clásica de que tanto alardea, bailando la
danza española del siglo XVII junto a mí. Pero Escudero no acude al reto. Por
tanto, y siguiendo su propio ejemplo, desde hoy puedo presumir de que Escudero
no ha venido a enfrentarse conmigo.
Esta es la conclusión a que ha
llegado la cuestión de tipo castizo que teníamos entablada entre un bailarín y
una escritora. Todas las demás consideraciones generales y los juicios que
sobre mi persona hace Escudero en su carta abierta del día 3 no son más que
pura hojarasca, ganas de andarse por las ramas y una salida por la tangente.
Pues, en definitiva, lo único que cuenta es el total: ¡que Vicente Escudero no
baila!
Y la negativa representa una circunstancia
bastante peligrosa para su reputación del día de mañana, cuando los escritores
quieran hacer la biografía de Escudero, a la que él, sin duda, aspira. Porque
las palabras se las lleva el viento, y la letra impresa, por el contrario,
permanece escrita. Dos magníficas hemerotecas tiene Madrid, y en ellas se ha
guardado el periódico que lleva escrita la negativa de Escudero. Que por la
boca muere el pez, dice el refrán, y el deseo tan imperioso que a Escudero le
ataca de hablar a través de la Prensa se convierte en un arma de dos filos, que
en este caso le ha hecho un rasguño. Si hoy día le ha salido a Escudero una
escritora retándole con el baile del siglo XVII, es porque este bailarín tuvo
la poca gentileza de atacarla. Y es muy posible que se cumpla su profecía de
que mañana le pueden salir con el baile de los fenicios para restregárselo por
la cara si no recoge las velas que tiene extendidas y se hace más prudente.
Porque viene ejerciendo una prolongada impertinencia contra bailarines y
escritores, y algún día tenía que encontrarse con una pared de contención.
Hasta qué punto llega la impertinencia de Escudero lo demuestra la prestigiosa
revista "Mundo Hispánico", en su número del mes de marzo, que, al
final de un artículo firmado por Escudero, inserta la siguiente nota de la
Redacción: "Mundo Hispánico" no puede suscribir ninguna de las
opiniones vertidas por sus colaboradores. Se limita, eso sí, a ofrecer sus
páginas para cualquier réplica a que las personas aludidas se encuentren
obligadas. Y se da el caso asombroso de que Escudero no llegue a reconocer la
gentileza que con él tenemos los escritores, que le retamos a bailar y no a
escribir una novela.
Respecto a las demás afirmaciones
de Escudero, contesto to siguiente: El decir que las vueltas de pecho y las
cabriolas de la danza de escuela española son movimientos femeninos, indica que
nuestro primer flamenco sólo conoce las tergiversaciones actuales. La Historia,
que es una ciencia muy respetable, puede mostrar a Escudero una extensa lista
de hombres que daban vueltas de pecho y cabriolas en el Siglo de Oro. Y en
aquella época los españoles eran famosos por su hombría, demostrada en la
conquista de un Imperio enorme. Voy a comenzar, solamente un poquito, la lista
de los referidos españoles: Juan Baptista el Flamenco, Francisco Magre, Alonso
de Balbuena, Luis de Faria, Cerdán, Micael Angel de Cádiz, Luis Caravallo, Melchor
de Guevara, Paladinas, Martin Magno, Pedro de Saavedra, etcétera. Y entre los
señores que tenían título de don se hallaron, por vía de ejemplo, los
siguientes: don Juan de Zurbarán, en Sevilla, hijo del gran pintor Zurbarán;
don Diego de Córdova, caballero de la Orden de Santiago; don Andrés de Begoña,
oficial de Estado; don Damián de Monterroso; don Juan y don Gaspar Calano,
jurados de Sevilla; Pedro y Agustín Bergel, alguaciles de Corte; Cepeda,
escribano del Crimen, etc.
Decir que los renombrados pasos
de la escuela de danza española los he leído en hojas de calendario, y que el
laberinto de bailes que le he propuesto no los supo bailar ni quien los inventó,
indica que nuestro primer flamenco no tiene escuela. Por tanto, no le va bien
el nombre de bailarín, sino que debe usar el de bailaor. Que también en el
siglo XVII andaban los gitanos por España, según la muestra fehaciente que de
ello nos ha dejado Cervantes en su novela realista titulada "La
gitanilla". Y si no llega a convencerse Escudero de esta verdad, que se lo
pregunte al profesor Walter Starkie, que es especialista en gitanos, y que a
buen seguro está en Madrid.
¿Que él defiende el baile
flamenco de hombre? ¿Que él es el bailarín masculino por excelencia? Es cosa
sabida por mí desde el momento que Escudero pertenece al género masculino,
circunstancia que nadie le ha discutido. Si todos los bailarines actuales, y
aquellos de la generación precedente, no hubieran sido hombres, ¿en qué
profesión, pues, había entrado Escudero? En ese caso, le sería muy fácil
medrar, pues le ocurriría lo que al tuerto, que en tierra de ciegos es rey.
Este bailaor de que estoy hablando
sólo baila de vez en cuando en los escenarios. Pues no siempre está sobre las
tablas. Ahora mismo no actúa: espera a que llegue de París ese cacareado
contrato que no acaba de llegar. No obstante no se puede decir que no sea
bailarín. En forma semejante, tampoco se puede afirmar que yo no soy una
escritora por el hecho de que no siempre esté escribiendo para el público. Y,
por otra parte, ¿está Escudero en posesión de la condecoración española con que
el Gobierno premia a los bailarines? No, ni mucho menos. Escudero no ha
recibido ninguna condecoración. Sin embargo, yo estoy en posesión de un premio periodístico,
ganado en una competición nacional a la que acudieron otros muchos periodistas.
Celebro grandemente que "El
Estampío" y Escudero se hallen en perfecta armonía. Hacía mucho tiempo que
no permanecían juntos hasta las cuatro de la mañana, y su reencuentro de ahora
me lo tienen que agradecer a mí. Pero queden bien sentadas dos cosas, para más
exactitud: primero, que Escudero no ha mostrado afecto por su gran amigo cuando
le ha puesto de vuelta y media en una carta abierta; segundo, que antes de
recibir la llamada telefónica de "El Estampío", Escudero le escribió
una carta citatoria.
Repliéguese, pues Escudero a sus
primitivas posiciones. Es decir, a las de bailarín flamenco, en cuya expresión
es magnífico. Pero no pretenda entrar en el campo literario, ya que Dios no le
llama por este camino. Respecto a la crítica de arte, mientras sea hombre público,
no tendrá más remedio que dejarse criticar por sus compañeros y por los
escritores. Que esa galería que emplea para hacerse intangible va bien para el
campo limitado de su profesión, pero no sirve para salir al ancho mundo de la
cultura. Y que no pretenda ser el único depositario de una tradición total,
pues ella es tan rica que Escudero sólo ha visto el panorama del baile español
desde un agujerito. Él es un bailarín especializado, que está poniendo su
granito de arena en la grande amplitud de la danza española, como lo están
haciendo los demás.
Al fin, anuncia Escudero que ya
no se meterá más con mi persona. Por el contrario, yo le prometo que mi sincera
pluma volverá a recoger toda información que sobre él o sobre el moro Muza
llegue a mis oídos. Pues no estoy acostumbrada a los trucos del escenario.
Además, cuando él actúe en la ciudad en que yo me encuentre, y a fe que recorro
mucha tierra, me tendrá en la primera fila de butacas del teatro donde baile.
Con objeto de publicar luego en la Prensa la correspondiente crítica sobre su
baile. Para bien o para mal. Pues a los críticos de la danza española no se les
puede poner una mordaza, señor bailarín.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
A Vicente Escudero le ha salido la ESCRITORA RESPONDONA
MERCEDES DÍAZ-JIMÉNEZ Y SU
SINGULAR RETO AL FAMOSO ARTISTA, «QUE NO CONOCE MÁS BAILE FLAMENCO QUE EL DE
AHORA>
HACE pocos días, el periódico
madrileño "Pueblo" sirvió de tribuna para una sugestiva polémica
entre el famoso bailarín Vicente Escudero y la escritora Mercedes Díaz-Jiménez.
El primero, según parece, se muestra reacio a reconocer en casi todos los críticos
un cierto conocimiento de lo que critican. En una palabra: los considera legos
en la materia sobre la que han de trabajar permanentemente. Y hete aquí que
envolvió en sus despectivas afirmaciones hacia los escritores críticos a la
mencionada señorita, que da la casualidad que es una autoridad en lo referente
a la historia y teoría de la danza española.
Generalmente, las polémicas suelen
durar mucho, y su principio y fin están en las propias palabras. Pero en esta
de Escudero – Díaz-Jiménez se ha pasado de las frases -en el buen sentido de la
palabra- a los hechos. O sea, que la escritora ha retado a bailar al bailarín.
Pero Vicente Escudero no ha aceptado el original duelo ofrecido por la gentil
escritora.
La señorita Díaz-Jiménez, en la
réplica a Escudero, ha desplegado sus hondos conocimientos sobre el baile
español, lanzando, uno tras otro, poderosos argumentos defensivos de sus
afirmaciones. Con rotunda claridad, la escritora define y demuestra los errores
en que está inmerso el famoso bailarín, ya que éste cree que practica el baile
puro en absoluta exclusividad.
Mercedes Díaz-Jiménez es
licenciada en Filosofía y Letras, inspectora de Enseñanza Primaria y
colaboradora asidua en algunas emisoras españolas y bastantes diarios y
revistas. Prepara actualmente la tesis doctoral bajo la ponencia del ex rector
de la Universidad Central don Pío Zabala. En Roma ha permanecido dos años
estudiando Arte e Historia.
Es natural que considerásemos
excelente sustancia para un reportaje la charla con la primera representante de
la profesión literaria que ha retado a un bailarín. Con tal ánimo solicitamos de
Mercedes Díaz-Jiménez la interesante entrevista mantenida, por cierto, sobre un
itinerario tan distinto y distante como el que va desde la Biblioteca Nacional
-donde prepara su tesis- al madrileñísimo Rastro, lugar en donde se está
ambientando para una serie de artículos.
-¿Conoce "de cerca" el
baile?
-Mi afición al baile data desde
que lo conocí: cuando, a los diez años, vi bailar a Antonia Mercé. Pronto
aprendí a bailar las sevillanas, que me enseñó una profesora. He estudiado ocho
años baile con el maestro Antonio Bautista en Barcelona. En Valencia aprendí
los bailes regionales valencianos. Cuando voy a Sevilla me doy siempre una
vuelta por la academia de "Realito". También en Barcelona he pasado
por la clase de "El Cartagenero". Mi verdadero maestro fue Antonio
Bautista. A los demás he ido para tener una visión más amplia.
-¿Se ha exhibido en público?
-Sólo dos veces he bailado en
público: una, en Roma, en una fiesta privada, cuando fui estudiante de su
Universidad, y otra, en la fiesta de fin de curso de la Universidad de Jaca,
celebrada en el Casino, el año 1942.
-¿Conserva, pues, sus facultades
para un reto de la categoría del que acaba de lanzar?
-En cuanto a las danzas españolas
del siglo XVII, desde luego.
-No es corriente que nuestras
mujeres se aficionen al baile y danza española...
-Resulta incomprensible. Aunque
sólo sea desde el punto de mira más egoísta de la mujer, debiera practicar el
baile, pues es la mejor y más completa gimnasia que puede verificar todos los días.
Por lo menos, todas las españolas debieran saber tocar los palillos.
-¿Ha profundizado mucho en la teoría
del baile?
-Si bien me interesó, al
principio, como práctica, pronto me incliné a él intelectualmente, dedicándome
a la investigación histórica de esta disciplina, y de modo concreto a la
referente a los siglos XVI y XVII. Yo he estudiado especialmente este último siglo
por su mayor florecimiento en las artes. Y lo he estudiado prácticamente para
seguir la trayectoria de su evolución. Estoy preparando un libro sobre baile español,
que además incluirá un "test" de capacidad específica para las
personas que quieran dedicarse al baile. Trabajé sobre estas cuestiones
psíquicas y biológicas del baile con el doctor barcelonés Azoy, otorrinolaringólogo,
y, por tanto, especialista en la cuestión referente al equilibrio.
-¿Quién ha originado la polémica,
Escudero o usted?
-Yo no pensaba ni remotamente que
mi trabajo sobre "El Estampío" en un periódico levantase en Escudero
cierta suspicacia. A Vicente le gusta mucho salir en los periódicos, y por eso
escribió una carta abierta a mi diario poniéndome de vuelta de perejil, si bien
por galantería fue invitado a quitar algunos de los improperios contra mí.
-El principal punto de ataque era
que él se mantiene en el molde clásico de la danza..., ¿no?
-¡Y ahí está lo malo! La danza,
como la literatura, la pintura y la música, debe variarse y buscar nuevos y más
depurados estilos. Y eso no lo puede hacer cualquiera, pues se precisa una
profunda preparación. El bailarín Antonio -para mi es el más completo- crea un
estilo nuevo en "Amor brujo", y ¿quién puede decir que técnicamente
no es perfecto? Vicente Escudero es solo un bailarín especializado en flamenco,
pero no un bailarín que se dedica a toda la amplitud del baile. Además, no
conoce más baile flamenco que el de ahora.
-¿Cree usted, por último, que estas
discusiones han beneficiado al arte de la danza española?
-No me cabe ninguna duda. De las
discusiones sale el progreso de las ciencias y las artes. Por esta discusión
nuestra resultará, de una parte, alentadora para los críticos, y de otra,
servirá para que los bailarines adviertan que la danza española tiene más profundidad
de la que ellos creen. Es una invitación al estudio del baile.
Tiene, efectivamente, razón esta
inteligente escritora. Hoy, la danza española vive su momento culminante. Hay
muchas cuestiones, sugestivas y dignas de estudios, a ventilar entre los
técnicos del baile español. Ya hemos visto la polvareda que ha levantado una simple
definición teórica. Ahora que a cada paso se celebran Congresos de todas las profesiones,
¿por qué no convocar el Primer Congreso de la Danza Española? Un Congreso en el
que, además de la limpia y erudita teoría, de la luz y los taquígrafos, tuviera
un tablado donde las ponencias se tradujeran, párrafo a párrafo, en zapateados,
cabriolas y desplantes con el fondo insistente de los palillos.
JUAN FRANCISCO PUCH
Pie de foto 1: Mercedes
Díaz-Jiménez gusta de vivir los lugares castizos como este del Rastro, en donde
se ambienta para escribir unos artículos. Su amor por lo genuinamente español
le ha llevado a documentarse sobre el baile hispano en todas sus
manifestaciones y épocas. Su erudición y conocimiento teórico y práctico de la
danza española le ha permitido desafiar a bailar a Vicente Escudero
Pie de foto 2: Hemos preguntado a
la escritora Mercedes Díaz-Jiménez quién era, a su juicio, el bailarín con más
personalidad. Su contestación ha sido «Antonio». La pareja de Rosario y
Antonio, de la más pura escuela, ha creado nuevas fórmulas en la danza española
(Fotos Amieiro)
En la primera réplica de la señorita Díaz-Jiménez a Escudero citó la indudable personalidad que se desprende de la interpretación por Rosario y Antonio de «Panaderos del siglo XVIII». «Sólo un bailarín -dice la escritora- que domina todo el arte de la danza puede realizar una creación tan perfecta. Vicente Escudero es sólo –prosigue- un bailarín especializado en flamenco»
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
LOS CHARLATANES
El esfuerzo que realizan de
garganta y de inteligencia subastando, es tan grande que no resisten más de dos
horas seguidas de trabajo
SIEMPRE he sido muy aficionada a
quedarme escuchando a los charlatanes. Pero esta afición mía la guardaba yo en
el mayor secreto, por parecerme deshonrosa en una persona culta. Sin embargo,
un día perdí el temor de parecer una bobalicona cuando sorprendí al doctor
Santos en el mismo corro en el que yo estaba escuchando a un charlatán. El
filipino doctor Santos y yo éramos condicionales asistentes en el año 1945 a
cuantas conferencias literarias y científicas se pronunciaban en la ciudad de
Barcelona.
Aquí, en Madrid, posteriormente,
me confesó un señor de personalidad relevante qué él también escuchaba a los
charlatanes. Por tanto, a la vista de estos ejemplos, me ha desaparecido el
complejo de inferioridad que sentía y por eso puedo escribir tranquilamente de
este asunto.
Entre los muchos charlatanes que
tengo oídos, he podido comprobar que los de mayor éxito económico lo integran
los que venden medicamentos. Por apoyarse, sin duda, en la tragedia que aqueja
a toda persona, pues la Humanidad no logra verse libre del dolor físico. He
visto a una mujer con dos enormes culebras que se le enroscaban en el cuello
sin llegar a estrangularla. Y he presenciado el espectáculo de un charlatán
que, al terminar su parla, fue aplaudido calurosamente por el público. Y quedan
todavía por algunas villas castellanas sacamuelas que hablan desde la capota de
un coche de caballos, adornado con un mantón de Manila, y que agitan una
campana, para llamar la atención de todos.
En Madrid, los, charlatanes se
hallan replegados en el Rastro. Mejor dicho: allí han sido confinados por las
Ordenanzas, Municipales, y solamente les está permitido actuar en los domingos.
Ni que decir tiene que yo soy una de sus clientes habituales, pues me creo en
la obligación de comprarles algo en justa correspondencia del buen rato que me
proporcionan.
Ayer mismo escuché a un charlatán
que estaba colocado en la calle del Campillo. Tenía a su alrededor un amplio
corro de escuchas, compuesto por las personas siguientes: productores con
trajes domingueros, militares de tropa, chiquillos, dos o tres mujeres, algunos
viejos pertenecientes a las clases pasivas y una servidora de ustedes. El
charlatán ensanchó el círculo de personas, y tomando de su maletita un paquete
de hojas de afeitar, comenzó su trabajo a grito pelado:
"Las máquinas de coser que
se fabrican en España son mejores que la Singer! ¡Las hojas de afeitar
españolas son las mejores del mundo! ¿Por qué? Por causa de las aguas del Tajo
que templan a maravilla los aceros. ¡Quien se afeite con esta hoja le quedará
la cara como el c... de un niño! ¡Vamos a probar si el acero es bueno!
¡Enciendo una cerilla, pongo la hoja a su llama, y miren cómo ha quedado
completamente azul! ¡Y el acero es estupendo, lo dicen los libros, cuando se
vuelve de este color! Pero a caballo regalado no se le mira el diente. ¡Una peseta
vale el paquete! Uno para usted. Otro aquí, Otro allí. Gracias. Así. Tengan
paciencia que ahora les doy el cambio exacto, pues yo he sido contable de una
casa, aunque me echaron por robar.
Voy a darles una estilográfica
regalada. Hace pocos días pasó por Madrid Mr. Berry, el fabricante de las
plumas, y me hizo una considerable rebaja. ¡Sólo valen la mísera cantidad de
cinco pesetas! Quiero ver si ustedes tienen dinero en el bolsillo, pues, de lo
contrario, me marcho. ¡Sí lo tienen, sí! ¡Pero parece el ascensor de la Gran Vía,
arriba y abajo, del bolsillo a la mano y de la mano al bolsillo! ¡Una pluma
para el caballero! ¡Otra para este general! ¡Para la señorita! ¡Gracias! ¿Dejan
ustedes la vuelta del dinero para los pobres? ¿Para los pobres taberneros?
A quien me compre un bolígrafo le
regalaré un duro para merendar. ¿Quién lo quiere? Nadie. ¡Sangro tomate! ¿Será
posible? El bolígrafo tiene estética, porque ir bien vestido enaltece a la
persona. ¡Un bolígrafo y un duro para merendar! Uno para usted. Otro para el
señor. Tome. Gracias. ¿Más? Y a continuación va el duro que les prometí. ¿Saben
ustedes quién fabrica ahora los duros? ¡Los duros los fabrica la Unión Chocolatera!
Tome un duro de chocolate para merendar. Otro y otro. Para merendar.”.
Y gritando en términos parecidos
siguió el charlatán con su trabajo durante dos horas. El sol, que se había
elevado hasta el máximo de su cenit, dejaba caer sus rayos sobre la cabeza del
charlatán y sobre medio circulo de oyentes. Cuando la máquina parlante que era
este hombre recogió sus mercancías, el sudor le caía a chorros desde su frente.
La gente se dispersó hacia otros lugares de distracción y yo me acerqué.
-¿Cómo ha ido la venta? -le dije
Regular nada más. Hoy no estaba
el público caliente. El sitio que me han asignado es malísimo. A los
charlatanes nos mandan al basurero. El sitio envidiable es junto a la estatua
de Cascorro. Cabríamos tres, uno de cada lado; pero el Ayuntamiento nos está
anulando. Y no será porque no paguemos como cada cual. Quince pesetas por el
permiso, a más de cinco duros que cada domingo nos mete el guardia de multas
sin que contravengamos ningún reglamento.
-¿Es usted de Madrid?
-Sí, de aquí. Y me llamo Tomás
Horche, para servirla. Llevo veinte años en mi oficio, que me viene de familia.
-¿Subastadores ha dicho?
-Es que somos de más categoría.
Charlatanes son los que venden pomadas y ungüentos para el cabello. Truquistas
o ratoneros, los que explican un procedimiento: soldar un cacharro, hacer un
juego de manos. Los ratoneros pueden permanecer hablando toda la mañana, porque
se desgastan poco. Pero nosotros, los subastadores, necesitamos echar mucho
nervio, y tan grande es el esfuerzo de garganta y de inteligencia que hacemos,
que no resistimos más de dos horas. Casi siempre trabajamos subidos sobre una
mesa, porque así dominamos nosotros al público en lugar de dominarnos él a
nosotros. Pero, ¡traiga usted al Rastro una mesa, y el Ayuntamiento le sacará
un ojo de la cara! ¡Maldita sea!. Deberíamos estar sindicados para tener un
apoyo moral.
-Y fuera de Madrid, ¿es gratuito
el hablar?
-Hay sitios que abusan. En Alcalá
cobran once duros, y en Oviedo, veinte. ¡No comprenden que nosotros animamos la
feria! Hasta el punto de que, si no hay charlatanes, no hay feria. A Cáceres no
volvimos. ¿Y qué pasó? Que han tenido que venir a llamarnos, a rogarnos que volvamos
a su feria.
-¿Cuál es la feria mejor?
-La que más ganado tiene, porque
circula el dinero. Albacete es estupenda, pero acuden demasiados charlatanes.
Tenemos que trabajar por turnos de seis. Buena es la de Salamanca y buena la de
Palencia. Donde mejor se vende es en el Norte; son más desprendidos. El público
de Andalucía es pobre; pero allí me gusta trabajar por que se ríen con nuestros
chistes y son comprensivos. Pero al público que yo prefiero es al de Madrid.
-Supongo que en los pueblos se
dejarán convencer más fácilmente.
-¡Ni mucho menos! No quiero a los
paletos por lo burros que son. Lo toman todo al pie de la letra, pues si he
prometido que les voy a dar algo, quieren que les dé todo. Y eso que les tiro
de regalo cadenas plateadas y pesetas. En un pueblo tuve que entregar el género
y el dinero, porque ya habían sacado las navajas. Al poco rato de comprar una
pluma vienen a devolverla. Hay pueblos a los que no voy ni aunque me den oro
molido. En Colmenar ocurrió que por la tarde me fui a los toros; pero el que
cogía las entradas era un paleto a quien había vendido una pluma por la mañana.
¡Pues que no me dejaba entrar a pesar de haber pagado mi entrada! Decía que yo
le había engañado, y tuvo que venir la Guardia Civil para amparar mi derecho.
-¿Alguna vez le han puesto en
conflicto en medio de la charla?
-Sí, también. Pero el que replica
se queda siempre chafado. En Toledo se empeñaba un tío que yo no debía decir en
público la palabra retrete, que tenía que decir "wáter", que es más fino.
Entonces le dije: "El diccionario dará la razón a quien la tenga."
Pronto apareció un diccionario que fueron a buscar a una casa, y la razón
estuvo de mi parte. Todo el mundo lo pudo ver. En Toledo, los extranjeros nos
hacen fotografía tras fotografía, como si fuéramos unos bichos raros.
-¿Qué clase de mercancía es la
que mejor vende usted?
-Cuando antes venían las bisuterías
de Alemania y de Checoslovaquia, daba gusto trabajar. El objeto se prestaba a
las bellas palabras. Hasta llegaba uno a creerse las exageraciones que decía, y
quedaba satisfecho porque había entregado una cosa buena. Ahora no podemos
salir de plumas y hojas de afeitar. Lo que se vende muy bien son los objetos
para gastar bromas; pero no podemos abusar de ellos, pues perderían toda su
gracia. Yo he sido quincallero, a treinta la pieza, y eso es lo que ahora se
está poniendo bien.
-¿Y por qué no vuelve usted a ser
quincallero?
-Eso sería bajar de categoría,
pues he llegado a la cumbre: a ser charlatán subastador, a fuerza de escalafón.
Al principio hablaba un poco para ofrecer, luego más y luego más, hasta llegar
a lo de ahora. ¿Cómo quiere usted que me vuelva para abajo?
-¿Hay muchos charlatanes?
-En Madrid, unos ochenta. Todos
los de España nos conocemos y somos como hermanos. Si viene uno de fuera, le
ayudamos, y en las ferias come hasta el que no gane nada. A veces tenemos que
recurrir a repartir la ganancia entre todos. Hay dos madrileños, en cambio, que
tienen automóvil. Pero, ¡pobrecillos! En cuanto los guardias ven un coche, le
muelen a impuestos. Trabajan a crédito pero nosotros sabemos que la maletita
que llevamos es nuestra.
Si no pongo fin a la charla de Tomás Horche, habría estado hablando hasta el fin del mundo.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
¡DON NICANOR TOCANDO EL TAMBOR!
LOS NIÑOS CORREN HACIA ÉL COMO SI
TUVIERA UN IMÁN
PARA aquellos que se divierten
toda la semana, el domingo les resulta insípido. En cambio, los trabajadores
nos lanzamos a la conquista del domingo con alegría, pues sabemos que tiene
atracciones interesantes, cuya única dificultad consiste en buscarlas.
Y así, algunos padres de familia
encuentran su espectáculo favorito acudiendo al Rastro por las mañanas. Se
cogen al chiquillo mayor y lo llevan bien sujeto de la mano a través de calles
y de tranvías. Así le ocurrió ayer a Rafaelito, un niño mofletudo de seis años,
que se vio conducido hacia el Rastro por primera vez en su vida. Al llegar a
este lugar, los dos caminantes se metieron en la riada humana que desciende por
la cuesta de Cascorro, y el padre comenzó a curiosear en los puestos.
Rafaelito, que se había soltado de la mano, marchaba detrás de su progenitor
guiado únicamente por los pantalones paternos, que le libraban de perderse
entre la gente. Pero un claro que en aquel momento se estableció por casualidad
entre la multitud, mostró a Rafaelito a un vendedor que tremolaba una gran moña
de paja, donde tenía clavados muchos muñequitos. Y, naturalmente, Rafaelito
echó a correr hacia aquel hombre y quedose parado frente a él.
Entonces, el vendedor hizo una
exhibición ante su pequeño cliente. Metió él su boca en el pito que salía del
monigote que tenía en la mano, y una musiquilla graciosa salió de él. Y por si
esto era poco, el muñeco redobló con sus manitas en el tambor que llevaba
sujeto a la panza. Rafaelito estaba extasiado. El vendedor gritó: "¡Es don
Nicanor tocando el tambor!" Rafaelito volvió la vista suplicante hacia su
padre, y, como no estaba allí, prorrumpió en amargos sollozos.
... ¡No llores, majo! -dijo el
hombre de los Nicanores-. Quédate junto a mí, que tu padre vendrá a buscarte.
Efectivamente, pronto apareció el
padre, haciendo aspavientos y dispuesto a dar una paliza al niño. Pero el
vendedor intervino:
-No tiene la culpa el chiquillo.
Los niños corren hacia mí, como si mis Nicanores tuvieran piedra imán.
Dudó unos momentos el sofocado
padre, pero viendo el deseo de Rafaelito reflejado en sus ojos, le dijo:
-¡Te has ganado el muñeco! Toma
dos pesetas y elige el que más te guste.
Yo, que había presenciado la
simpática escena, también me acerqué a la piedra imán. En ella había un letrero
con la siguiente leyenda: "Niños y niñas, llorad con ganas, que el hombre
de los muñecos se va mañana."
-¿Dónde compra usted los
muñequitos? -pregunté, llena de curiosidad, al vendedor.
-En mi fábrica -contestó,
orgulloso. Porque los hago yo mismo.
Mas viendo que no quedaba
convencida, me dijo que fuera a su casa aquella misma tarde. Y ésta fue la
razón por la cual comenzó mi amistad con el hombre de los Nicanores y con su
familia. Pues pasar una hora en su casa, sentada ante la mesa en que se están
fabricando los Nicanores es un rato agradable, que se lo brindo a las personas
pesimistas.
La de Venancio Albarrán es la
casa de un artesano inteligente. Venancio, aunque habla conmigo, no deja de
manipular entre los montones de cabecitas, manos y tambores que tiene ante sí.
Además, comparten la mesa con nosotros Fernanda, la mujer de Venancio; María,
una muchacha que ha sido adoptada por el matrimonio, y Dolores, la sobrina.
Todos, menos yo, están haciendo muñecos. El cabeza de familia me cuenta su vida
a grandes rasgos:
Yo nací en Pascualcobo (Ávila), y
me dedicaba a guardar cabras. Pero como a aquello no le veía salida, pues me
vine a Madrid a los dieciocho años. Me coloqué de pinche en el Casino Militar,
y me gustaba, pero se acabó la contrata del cocinero y tuvimos que marcharnos.
ΕΙ meterme a esta profesión de ahora se debe a que mi hermano se casó con una
vendedora de feria. Mi hermano me llevó con él de dependiente. Vendíamos pitos
y globos de goma a perra gorda. A la primera feria que salí fue a la de
Sevilla, y allí conocí a mi mujer, que iba a divertirse con unos niños. Cuando
me casé me puse a trabajar por mi cuenta.
-¿Cómo aprendió a hacer los
monigotes?
-Un amigo me enseñó, pues Don
Nicanor es un juguete muy antiguo, y no puede patentarse porque es del dominio
público.
-Están muy bien hechos.
-Es que me gusta alambicar mucho.
Menos mal que compro el cartón al trapero, que las grapas me las regala un
amigo hojalatero, y así casi todo lo demás. Si lo fuera a comprar, saldría muy
caro. Este molde de aluminio es para las cabezas, que están hechas de resina y
escayola. El pito, luego la pintura...; en fin, que el muñeco tiene un valor
real superior a las dos pesetas que pido por él.
-Tengo entendido que los clientes
se quejan, porque en sus bocas el chiflato no suena bien.
-Hay que tener un poquillo de
arte. El Nicanor que nosotros tocamos como muestra sólo tiene la diferencia de
que le hemos afinado la lengüeta del silbato. Yo tengo mucho oído, y puedo
repetir en seguida todas las melodías. Me ocurrió un caso con el maestro Guerrero:
estaba yo vendiendo en las Cuatro Calles por Reyes cuando pasó Guerrero
acompañado de unos discípulos. Los alumnos comenzaron a burlarse de mí, y
entonces el maestro, comprándome un Nicanor, se lo dio a uno de los guasones,
diciéndole: "Toca ahora mismo para ver si tú lo haces mejor." Y,
claro, no pudo hacerlo, porque el instrumento musical es muy rudo.
-¿Vende muchos?
-Si más tuviera, más vendería.
Pero no damos abasto para hacer más. Como que me tengo que quedar sin ir a
muchas ferias por falta de existencias. Solemos hacer a la semana unos cien, y
cuando salgo a la calle llevo ochenta muñecos.
-Habrá corrido mucho mundo.
-Usted verá, yendo, como voy, a
casi todas las ferias. Conozco toda España, menos Cataluña. Como que los chicos
me conocen, y al volverme a ver prorrumpen en grandes voces imitando mi pregón.
Con esto de viajar se aprende mucho, y también pasan cosas. He visto quemar la
Plaza de Toros de Almagro, en 1935. Por lo visto, los toreros, Ortega, Laserna
y Maravilla, venían enfadados con el empresario porque no les había pagado en
Manzanares. Como no cobraron antes de la corrida, los toreros se marcharon y la
gente quemó la Plaza. A los toros les abrieron las puertas, y la muchedumbre
huyó aterrorizada. Pero yo me quedé quieto, porque conozco el ganado: los
toros, como yo suponía, tiraron para el campo, y yo hice una venta estupenda,
porque todos los vendedores de la feria habían recogido sus puestos por causa
del miedo.
Venancio Albarrán habla muy bien.
Pero esta propiedad del lenguaje no sólo se debe a que es de Ávila, una de las
provincias españolas donde mejor se habla el castellano, sino también a que
tiene la casa llena de libros.
-Es el único vicio que tengo -dice
al ver que miro sus estanterías. Cada domingo suelo traer un libro del Rastro,
y mi mujer me regaña, pues asegura que gasto mucho dinero.
-¿Tendrá usted muchas simpatías
entre los niños?
-Muchísimas. Pero también me
compran las personas mayores cuando están de guasa. En Toledo, por Semana
Santa, había unos franceses que se pusieron a tocar mis Nicanores y a bailar,
porque su fiesta nacional cae por entonces. Y en Segovia compraron mis muñecos
los abogados extranjeros del Congreso Penal. Se creían que cada Nicanor valía
dos duros, pero yo les convencí de que sólo eran dos pesetas.
-¿Y qué proyectos tiene para el
porvenir?
-Quizá yo esté apasionado porque
amo a mis muñecos. Pero estoy en la creencia de que puede presentarse en
cualquier sitio. Por eso lo voy a llevar a la Segunda Exposición Nacional de Juguetería.
Y, por verlo allí, puede ser que me hagan proposiciones interesantes los comerciantes.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL GITANO BOCACÁNTARO
Plumas estilográficas casi
regaladas y sortijas "como" de oro, para incautos
POR vivir en Madrid cientos de gitanos,
en el Rastro no podía faltar una representación de ellos. Ayer, en la pendiente
de Cascorro, y salido de improviso del barullo de la gente, un gitano me cerró
el paso, elevando sus negros ojos en mí. Y alargando su mano renegrida con una
pluma estilográfica, me dijo con entonación misteriosa: "Con punto de oro,
se la doy barata”.
Examiné la pluma atentamente y le
pedí precio. El gitano lo fijó en doscientas pesetas; yo le ofrecí veinticinco.
El gitano se indignó y empezó a gritar en caló sabe Dios qué clase de insultos.
Entonces le aseguré que podía interesarme otra cosa más que la pluma. El sacó
del bolsillo una sortija de oro de la del moro, y para que no continuara
enseñándome más chatarra, le aclaré mis intenciones:
-Lo que quiero es saber las particularidades
de tu negocio y las particularidades de tu vida.
-¿Usté quiere haserme una
crítica? Pues si no "diquela", yo no abro el pico.
-¿Cuánto quieres por abrir el
pico?
-Una cosa que esté bien...
Mientras tanto la gente nos había
rodeado, formando corro. Pues estaba satisfecha de presenciar la transacción
tan curiosa que acaba de plantear el gitano, con su filosofía utilitaria característica
de la raza calé. Por hallarse fuera del programa del Rastro, el regateo era más
interesante. Y como aquello tenía trazas de pasar a espectáculo público, pedí
al gitano las señas de su casa para ir aquella misma tarde a cerrar el trato.
Las señas eran bien precisas: puente de Segovia.
Pero cuando llegué al puente de
Segovia allí no había nadie. Subí a la carretera y pregunté por el gitano
Hernández al primer transeúnte que llegó. La contestación fue que los gitanos vivían
allí cerca, en el número 18 de la carrera de San Isidro. Hacia aquella
dirección me encaminé, y, efectivamente, pude ver a muchos
"churumbeles" que caminaban hacia su guarida en recua continuada,
igual que las hormigas marchan hacia el hormiguero. Y, cosa extraña, los
gitanillos no entraban en una cueva, sino en una casa magnifica de grandes
proporciones, con verja, escalinatas y enorme patio. Mas pronto dejé de
asombrarme, pues comprendí que el hotel, donde se hospedaban los gitanos lo
pagaba el Estado. En su frontis estaba escrito el letrero siguiente:
"Grupo Escolar Tirso de Molina.".
También yo entré en el edificio,
y me encontré con la colmena de gentes más perfectamente organizada que he
visto. Sus tres plantas estaban divididas en trescientas viviendas. Y cada
vivienda se hallaba separada por tabiques ligeros, semejantes a las camarillas
de un convento o de un cuartel.
Sin embargo, la mayor parte de
los habitantes de tan aprovechado edificio eran familias obreras, constituyendo
los gitanos una minoría. La minoría daba buenas muestras de su particularísima
manera de vivir, pues así como los obreros se hallaban recogidos en sus
hogares, los gitanos estaban todos en el patio, a la intemperie.
Me dirigí primeramente a un
paisano, con oficio de albañil. Y me dijo que aquella colmena humana vivía allí
desde una noche aciaga en que el Manzanares se salió de madre e inundó sus
casitas, hechas con tablas y latas en la ribera del río. Entonces toda la
colonia del puente de Segovia rompió las cadenas que aseguraban las puertas del
grupo escolar e irrumpieron en él, y allí vivían desde hacía cinco años, sin
que nadie les hubiera dicho que se marcharan. En cuanto a los gitanos, dijo que
eran buenas gentes, pues ya dice el refrán que el gitano donde habita no hace
daño. Hasta divertida les resultaba su vecindad. Cuando yo vi la buena armonía
que reinaba entre obreros y gitanos, recordé a Carlos II, a Felipe V y a Carlos
III. Si estos Reyes pudieran levantar la cabeza, se volverían complacidos a su
sepulcro, pues en sus leyes obligaban a los gitanos a vivir mezclados con los
demás vecinos, sin que pudieran llegar a conseguirlo, para que se les quitara
su costumbre de vagar por el reino y para que dejasen de ser considerados como
una raza maldita.
Lo difícil para mí fue encontrar
al gitano que por la mañana vendía en el Rastro. Allí vivía, pero todos
aseguraban que no le conocían, pues ya se sabe por experiencia que cuando una
persona desconocida busca a un gitano es para reclamarle una prenda robada. Por
eso aseguré a los gitanos que no buscaba a Hernández para cosa mala: pero
resultó que había tres con el apellido de Hernández. Logramos identificar al
susodicho, que no se llamaba por nombre de pila, suponiendo que hubiera tenido
pila, ni José ni Pedro, sino Moquerre. Pero no usaba este nombre. Le llaman
Bocacántaro, con calificación que heredó de su padre, quien tenía una bocaza
semejante a la de un cántaro.
Bocacántaro dejó el grupo de los
bailarines y vino hacia mí. A todo esto los gitanos me habían rodeado, y tan
pegados a mí estaban que comencé a sentir picores por todo el cuerpo. A los
chiquillos les conté uno por uno, y había noventa y ocho. Y como ya estábamos
todos, comencé mi interviú en rueda de gitanos. Porque todos contaban la clase
de negocio que hacían, la vida que llevaban y el número de queridas que habían
tenido. ¡La de cosas privadas que me dijeron! Aunque lo de privado no es
exacto, pues todos sabían las andanzas de cada cual, y el explicador de turno
era ilustrado constantemente con detalles apuntados por los demás.
Al fin pudo Bocacántaro tomar la
palabra. Este gitano tiene veintiséis años, y su rostro es achinado. Moquerre
Hernández juró y perjuró lo siguiente:
-¡No y no! Las plumas que vendo
en el Rastro no las robo. Se las compro a un payo, que no diré aonde vive
porque e contrabandista.
-Lo creo -aseguré con gran seriedad-,
pues estoy viendo que no tenéis pelos en la lengua para decir la verdad,
cualquiera que ella sea.
-Zeñorita, voy a contá a usté un
fracaso que ma ocurrío. Nasí en un pueblo que llaman Casillas, en Ávila, y como
e mu chico, tenía ganas de venir a Madrí: entonse le cogí ocho duriyos a mi
mare, cuando yo tenía quinse años, y me fui pa la estasión. Vi a un payo y me
pegué junto a él pa saber lo que hisiera que estaría blen. El payo pidió en la
taquilla un billete pa Madrí, y yo iguá. El payo saltó al tren, yo también. El
payo se sentó, y yo junto a e. Llegamos a Madrí. Se puso a andar por la caye, y
yo detrá. Entonse abrieron la ventana de una casa y una mujé me dijo que
subiera ayí. Subí, pero había dos hombres, que me pusieron una pistola en el
cueyo. Me yevaron a la caye; andando, andando, yegamo al Sementerio el Oeste.
Saltamos las tapias y ellos me ataron. Levantaron la lápida de un panteón y,
liándome con una cuerda por la sintura, me metieron en el hoyo. Desde arriba dijeron
que ayí estaba enterrada una marquesa, que abriera la caja y que le quitara las
joyas que tenía puestas. Se las quité y se las di a los ladrones, atándolas a
un cordé que echaron. Pero a mí no me subieron, sino que taparon el hoyo con la
losa. Me queé muerto e mieo y me arrebuñé en el rincón ma lejano de la muerta.
Pasó mucho rato; luego noté que la losa se abría y que otros ladrones trataban
de robar a la muerta. Echaron a un hombre atao, y yo me agarré a su taye. El
comensó a gritar, diciendo: "Celonio, sube pa riba que la muerta ma cogío!"
Le subieron, y a mí también. Echaron a correr, y yo también; pero el que iba
delante a mí gritaba: "¡Celonio, que la muerta viene por mí!"
-Seguramente, Bocacántaro -le
dije-, tú has leído en el diario PUEBLO cierta historia de una muerta...
Pero una voz masculina, indignada,
que salió del corro gitanil, aseguró con orgullo:
-¡Aquí el único que sabe leé es
menda, porque he andao a escuela! Pero no leo na.
-¿Y después, Bocacántaro?
-Pues me casao hase siete años,
con la Tomasona. Pero mi mujé e machorra y la he dicho: "Si no me traes
dos gemelos, te tiro lejos.". ¡Pa qué se quiere una mujé si no sabe tené
hijos! Como la vida está mala y las plumas que vendo no me dan pa vivir, pues
voy lejos, a los corrales, salto la tapia y me traigo un par de conejos.
-¿Nunca le han detenido?
-Sí, tres veses. Pero e una
quinsena na ma. Lo peor e que ayí se come mu mal. A mí me gustan los poyos.
Grandesitos, como esos dos que está pelando la Tomasona, que me he traído de
Alcalá. Y ahora, zeñorita, la voy a desí un secreto. Vamos a apartarnos de
toos. ¡Eh, compadre, anda lejos, yevaos a los churumbeles, que voy a desirle un
secreto!
Nos apartamos a duras penas de la
aglomeración, y Bocacántaro me dijo:
-El caso e que nesesito de aquí,
pelas. Usté me ayudará, y en después que le contao toa mi vía, veinte duriyos
creo yo que e bien poca cosa.
Llegó el momento de despedirme y
las gitanas jóvenes me dijeron que habían trabajado en la película "Lola
la piconera", que cada una había cobrado cincuenta duros y que si sabía de
alguna otra película que fuera a llamarlas. La nube de gitanos me acompañó
después hasta la puerta del grupo escolar, y los noventa y ocho chiquillos
fueron tras de mí hasta que subí al tranvía.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
ZAFAR, EL PAQUISTANÍ
EL más vistoso de todos los
vendedores que hay en el Rastro es Zafar, el pakistaní. Zafar vende perfumes, y
es quien mayor negocio verifica, porque su figura exótica le sirve de poderoso
reclamo.
Zafar es intensamente moreno, y
tiene los ojos más negros que pueden verse en rostro humano. Viste el traje de
su país: turbante blanquísimo con cresta imitadora del ave más arrogante,
levita gris y anchos pantalones morunos, que son blancos en verano y azules en
invierno. Tiene situado su puesto en la parte más baja del Rastro, en la Ronda,
y forma parte de una larga fila de vendedores anónimos. Pero tan juntos están
unos de otros, que el pakistaní bien merecía un espacio vital más amplio y un
pedestal que lo elevara convenientemente, como si fuera un mascarón de proa.
Además, Zafar es el más raro de
todos los vendedores del Rastro, por la doble vida que tiene. De él oí hablar
en el Ministerio de Asuntos Exteriores cuando aún no había venido el embajador
del Pakistán. En Asuntos Exteriores me dijeron: "Ese vendedor de perfumes
es el representante oficioso de su país, ya que es el único súbdito del
Pakistán que hay en España."
Muchas ganas tenía yo de conocer
personalmente a Zafar, pero hasta ahora no tuve tiempo de hacerlo. Ayer fuí a
buscarle al Rastro y le compré un perfume oriental, y a continuación le expuse
el deseo que tenia de conocer las particularidades de su vida. En seguida me
invitó a tomar el té en su casa aquella misma tarde, y me entregó una tarjeta
con su nombre y dirección. La tarjeta decía así: "Karam Ilahi Zafar, emir
del Movimiento Ahmadía del Islam. Rabwah (Pakistán). Madrid. Lista núm.
58.".
A las seis de la tarde me
encontraba yo, puntualmente, llamando a la puerta de su piso, donde campea un
letrero indicador del extraño Movimiento Ahmadía. La puerta me fue franqueada
por una sirvienta ya mayor, y a poco me encontré sentada sobre el amplio diván
de una salita de recibir. En la pared había un mapa del Pakistán, es decir, de
las dos porciones de terreno que han sido separadas de la India, enorme y
misteriosa, por los musulmanes que vivían repartidos por el subcontinente hindú,
y que hoy constituyen la nueva nación del Pakistán.
Entró Zafar en la habitación, y
yo me apresuré a tenderle la mano amigablemente. Pero la rechazó, y, haciendo
una inclinación de cabeza, me dijo:
-Perdone que no le estreche la
mano. Pero soy un asceta, un santón de la religión musulmana, y me está
prohibido el dar la mano a las mujeres. Tengo mucho placer en hablar con una
persona culta. ¿Qué prefiere: té o café?
-Prefiero té –contesté-, pensando
en que sería magnífico, por ser el Pakistán exportador de tan aromática hierba.
Mi anfitrión no llevaba ahora
turbante. Calzaba babuchas, y había sustituido la levita gris de la mañana por
una negra, que le daba una seriedad de santón.
-Dígame, Zafar, ¿gana mucho
dinero con los perfumes?
-Voy tirando, nada más. Pero
estoy muy satisfecho de venderlos, aun a pesar de mi carrera, pues las
circunstancias así lo exigen. Estudié bachillerato en mi país y cinco años de Teología
musulmana en Yanca Muhas Harin. Pero nuestra comunidad sufrió daños
irreparables cuando llegó la partición con la India. Nos quedamos sin nada, y
somos tan pobres, que no podemos dedicarnos completamente a la meditación, como
sería nuestro deseo.
-¿Qué significado tiene el
Movimiento Ahmadía?
-Es un resurgimiento del Islam,
no una nueva religión. Este Movimiento fue fundado en 1889 por Hazrat Mirza
Bashiruddin, quien predijo en 1905 la venida del comunismo y la guerra de
Corea. Somos anticomunistas y nos oponemos a esta fuerza destructora. En los
pueblos no podrá haber paz hasta que vuelvan a la vida sencilla que reclaman
nuestros principios islámicos. La luz siempre la ha enviado Alá por la parte de
Oriente, y ahora también nos envía a nosotros como luz para el mundo. El jefe
actual nos ha enviado a seis de nosotros a Occidente para exponer nuestras
ideas. A mí me ordenó venir a España, y mis compañeros marcharon a Londres,
Paris, Roma, Milán y Nueva York. Es cierto que Occidente ha alcanzado una gran
perfección en los adelantos materiales, pero le falta nuestro espiritualismo.
El desquiciamiento del mundo no llegara a su ajuste normal hasta que las
mujeres no se cubran la cara, como hacen las musulmanas.
-No me haga reír, Zafar. ¡Qué
pinta seria la mía si yo vistiese como una mora!
-¡Que las mujeres cubran su
rostro tiene mucha importancia! Porque los hombres evitarían la tentación.
-Pero, Zafar..., si el problema
amoroso ha quedado relegado a segundo o último término, pues una problemática
de mayor envergadura atormenta hoy a la Humanidad. ¿Puede usted casarse, aun
siendo santón?
-Sí; naturalmente. Aunque sólo
con una mujer. Únicamente pueden llegar a tener cuatro mujeres los hombres
perfectos, y yo soy imperfecto.
-No lograra tener muchos
prosélitos. En los cinco años que lleva en España, ¿ha conseguido algo
positivo?
-He conseguido, al menos, que me
traten con mucha consideración y afecto. Acabo de publicar el libro "El
camino hacia la paz", que es la traducción de una conferencia dada por mi
jefe en Lahore contra el comunismo. Se lo he remitido a las autoridades
españolas, y mire el montón de cartas elogiosas que he recibido. Los españoles
son los parientes de los musulmanes, y por eso sienten atracción hacia
nosotros. Los islámicos no queremos la guerra y condenamos la violencia.
-Otra vez estoy en desacuerdo con
usted: Mahoma prometió el cielo a los árabes que murieran en el fragor de la
batalla, Aseguraba a sus huestes que inmediatamente de recibir el tajo mortal
saldrían a recibirles allá arriba las huríes.
-¡Pero las huríes no son mujeres,
como creen los occidentales! No son ni hombres ni mujeres: son espíritus.
La conversación de Zafar y el té
que estábamos tomando eran ambos igualmente sabrosos. Yo estaba admirada de que
mi anfitrión, un muchacho vigoroso de treinta años, viviera sólo para su luz
interior salida del Oriente. Es decir, que llevaba una vida trabajosa con la
finalidad de extender por Occidente sus ideas-fuerza.
Como había llegado el momento de
despedirme, Zafar me presentó el libro de visitas para que incluyese en él mi
nombre y dirección. Así lo hice, y además el pakistaní me dejó examinar las
páginas del libro, donde pude ver que muchísimos españoles han pasado por la
casa de Zafar. De pronto mis labios dejaron escapar un ¡ah! de asombro, al
quedar mi vista detenida en una extraña firma, que decía así: Amaded-Din Er-Rashid
I, Califa de los Omeyas.
-¿Quién es este tipo que se
titula nada menos que Califa de los Omeyas?
-Es un musulmán pretendiente al
trono de Córdoba, porque desciende de los Omeyas, de los Abderramanes
españoles.
-¡Verdaderamente asombroso! ¿Pero
no se da cuenta ese pretendiente que el último Califa de los Omeyas dejó de
reinar en el año 1031? ¿Cómo puede justificar su línea genealógica a través de
novecientos años? Sé que algunos moros guardan como un preciado tesoro,
transmitido de generación en generación, la llave de la casa que en España dejó
uno de sus antepasados cuando tuvo que marchar. Pero lo que no podría imaginar,
ni aun como argumento de novela, es que un marroquí guardara la pretensión de
colocarse en el trono de Córdoba hoy día.
-Así es. Me lo ha dicho muchas
veces. Le conocí porque me escribió una carta llena de indignación, diciéndome
que no utilizara en lo sucesivo el título de Emir, que quiere decir jefe
supremo, pues en España el único Emir que hay es él.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
El Rastro y el ogro de la calle
Ruiz de Alarcón
Como no conocía personalmente a
Pío Baroja, estaba yo en la creencia general. La de que el gran novelista es un
hombre hosco y taciturno. Esta es la imagen que sus fotografías nos dan de él,
y esa es la imagen que la lectura de sus libros causan.
Seguramente él fue así en otro
tiempo, puesto que tanto lo aseguran. Pero como ahora ocurre todo lo contrario,
en el momento en que estreché la mano de don Pío se me quitó un peso de encima,
puesto que iba a conversar con un hombre agradable. Para ceñirnos a la realdad
necesitaríamos tener otras imágenes de Baroja con simpatía, puesto que la
tiene. El ceño apretado del gran novelista puede ser muy decorativo, ya que,
aparte de su idiosincrasia, indica a la perfección nuestra característica de
españoles, que es la gravedad de carácter. Sin embargo, tal aspecto es en la
actualidad inexacto. Baroja tiene una carcajada frecuente, y por esa razón me
quejo de que los retratistas sigan captándole con gesto huraño.
El motivo por el cual visité a
don Pío fue para que me hablara del Rastro. Pues sin duda podría decirme muchas
cosas de este lugar, debido a que la mayor parte de los personajes que aparecen
en sus obras los habrá sacado de algún sitio raro. Qué duda cabe que mi gusto
hubiera sido el de "cazar" a don Pío en el mismo Rastro. La cosa
hubiera sido fácil años atrás, pero ahora es imposible porque el novelista ya
no sale de casa para nada. Así es que, renunciando a toda ubicación pintoresca,
hube de conformarme con trasladar el Rastro, conceptualmente, al despacho de
Baroja.
-¿Qué le parece nuestro Rastro?
-pregunto al insigne escritor.
-Pues que en todas las ciudades
hay mercados de viejo. En París hay tres o cuatro mercados de las pulgas, como allí
les llaman. Uno se halla situado en un barranco. Ahora no me acuerdo como se
llama, pero lo voy a mirar en el plano de Paris.
Baroja se ha levantado de su
sillón, quita la manta de sus rodillas y se traslada a la mesa del despacho.
Toma una guía de la capital de Francia y la examina fácilmente, como cosa bien
conocida. Luego me dice:
-Se llama el mercado Caulaincourt,
y está metido en un barranco de un kilómetro de largo. A quince metros de
profundidad con relación al nivel de las calles.
-¿Y nuestro mercado de viejo?
-insisto.
-Sé poco del Rastro. Hace muchos
años que no voy allí, desde antes de la guerra. Ni siquiera lo he visto ahora;
creo que está muy cambiado. Tengo allí a un amigo. Es un librero de viejo que
se ha establecido hace poco al final de la Ribera de Curtidores, a la
izquierda, donde dicen que hay un edificio nuevo con varios pisos para tiendas.
Este muchacho se llama Cayo de Miguel. Es un hombre simpático y tiene un aire
juvenil, pues ya tendrá sus cincuenta y pico de años, aunque no lo parece. Cayo
era dependiente de una librería de viejo que hay en la calle de San Bernardo.
Ahora le va bien con su propia tienda y publica un catálogo muy interesante que
me envía cada trimestre.
-¿A Cayo de Miguel le ha tomado
usted para personaje de alguna de sus obras?
-Le he citado varias veces en mis
memorias, pero no lo he tomado como tipo.
-Y de los tipos tan singulares
que hay en sus obras, ¿ha sacado a muchos de la Ribera de Curtidores? En
"La busca", por ejemplo, usted cita al Rastro catorce veces. Y dice
que "el Bizco" compró allí su puñal y en el Rastro vendía las pieles
de los gatos que devoraba. Las prendas que robaban los golfos las vendían en
una ropavejería situada en dicho lugar. "El Pastiri" estafaba a los paletos
con una rueda de fortuna. Y "el Conejo" engañaba en el Rastro a sus
colegas.
-Sí, pero a esos tipos no los
conocí precisamente en el Rastro. Están tomados de un lugar que había más
abajo, junto al río. No me acuerdo cómo lo llamaban, era un nombre
despectivo... Esto me trae a la memoria un día que estábamos en el Rastro
Galdós y yo. Entonces le propuse que fuéramos más abajo, junto al Manzanares,
para estudiar a aquella gente de quien los dos solíamos escribir. Pero Galdós se
negó, dijo que no le interesaba ir a verlas. Y ese es el fallo que para mí
tiene Galdós, que no conocía lo que describía. Madrid sí lo conocía muy bien,
pero lo demás no. A la villa alavesa de Laguardia la describe en el episodio
nacional titulado "De Oñate a La Granja". Pues bien, cuando yo estuve
en Laguardia quise saber si efectivamente Galdós había estado allí. Se lo
pregunté al juez y al médico, y ellos no lo sabían. Pero se lo fueron a
preguntar al secretario del Ayuntamiento, y en el Ayuntamiento dijeron que no,
que en aquel pueblo nunca había estado Galdós.
-En el libro de Gómez de la Serna
titulado "El Rastro" hay un capítulo dedicado a usted. El autor lo
captó en sus andanzas por el Rastro allá por el principio de siglo. Voy a leerle
algunos párrafos para recordárselos y pedirle su parecer.
"Cargado de espaldas, como
si un centenar de libros le pesasen en ellas, como un hombre de mar que no sabe
andar por tierra, con una profunda elegancia de insubordinado, baja la cuesta
refrenándose...
Don Pío interrumpe mi lectura
para decir con viveza:
-¡Lo que dice Gómez de la Serna no tiene realidad! Es cosa fantástica lo que escribe. Lo mismo le da decir una cosa que otra. ¡Qué más da! Los escritores estamos expuestos a que digan de nosotros todo lo que quieran. Estos últimos días han dicho de mí no sé cuántas barbaridades. Me da lo mismo, como si dicen de mí que he cometido tres asesinatos. ¡Uy, qué miedo! añade Baroja humorísticamente. ¡Soy el ogro de la calle Ruiz de Alarcón!
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL ESCULTOR SEBASTIÁN MIRANDA
COMPRA EN EL RASTRO
CUENTA Madrid, entre muchas cosas
buenas que tiene, con un grupo de personas amantes de las antigüedades. Pero no
estoy refiriéndome a los coleccionistas maniáticos de un objeto determinado,
sino a las personas que embellecen su hogar con muebles y adornos que
pertenecieron a nuestros antepasados.
Forma este sector de gentes una
nación espiritual, cuyo ámbito está lleno de placeres estéticos y cuyos límites
no pueden traspasar quienes no se hallen iniciados en las artes suntuarias. Con
la lista de las señoras y de los señores aficionados a las antigüedades que hay
en el acontecer madrileño podríamos formar una guía social semejante al
"Gotha". Pues este mundillo se halla integrado por aristócratas de la
cultura y por aristócratas de la sensibilidad artística.
Si los chamarileros del Rastro
pueden sostener su negocio con el cliente, anónimo, en cambio no viven
plenamente sin el intercambio afectuoso que sostienen con el aficionado de las
antigüedades. Unos y otros Individuos complementan su pasión mutuamente. Por
este motivo siempre podemos encontrar en el Rastro a personalidades notables
que van allí a entrevistarse con los anticuarios, aun cuando no hayan de comprar
nada. Anticuarios y aficionados forman un verdadero "club" delante de
las tiendas. Y este "club" es más interesante, desde luego, que las
reuniones celebradas a la misma hora, la del aperitivo dominical, por los
madrileños elegantes que frecuentan los cafés de la calle de Serrano.
Ayer, precisamente, se hallaba en
las Galerías Piquer don Sebastián Miranda, el original escultor asturiano que
ha sabido captar la especial idiosincrasia de figuras españolas geniales como
Pío Baroja y Belmonte. Y cuya celebridad alcanzó su mayor apogeo con el
"Retablo del Mar". Ni que decir tiene que yo enfoqué mi objetivo periodístico
sobre tan interesante rastrista y, atravesando inmediatamente las fronteras
sutiles del país de los anticuarios, pregunté al famoso escultor lo siguiente:
-¿Qué opina sobre el decreto de
la Sagrada Congregación de Ritos acerca de las imágenes?
-Que las irreverentes y las
colorinescas de baja calidad deben ser arrojadas de las iglesias. En cuanto al surrealismo,
no puedo decir que sea mejor ni peor sencillamente porque no lo entiendo:
Escapa a mi comprensión, pues yo no veo aquello que está más allá de la
realidad. Tal vez en el futuro la gente logre verlo.
-¿Ha comprado ahora mismo algún
objeto en el Rastro? Se lo digo por la fama que tiene usted de buen cliente.
-Hoy no he comprado nada. Pero si
quiere venir a mi casa podré enseñarle mis últimas compras para que su
curiosidad quede satisfecha.
Y como yo dijera que sí, Miranda
subió a su automóvil y me llevó en pocos minutos a la puerta de su casa, que
está situada en la colonia del Metropolitano. Allí descendemos del vehículo y
traspasamos la verja del jardín. Junto a la bonita y bien cuidada villa del
escultor observé que destacaban violentamente las ruinas de un edificio.
Miranda dijo a este propósito:
-Todos estos contornos han sido
frente de combate en la guerra de liberación marxista. Cuando hubo terminado y volví
a Madrid encontré a mi casa en la misma forma en que están esas ruinas. He
tenido que hacerla de nuevo y la estoy amueblando con mis compras del Rastro.
De esta forma, además de tener muebles antiguos, me resultan más baratos que
los nuevos. Precisamente por causa de la destrucción tan grande que sufrió la
propiedad privada, el Rastro, a la terminación de la guerra, alcanzó su mejor
época. Hasta el punto de imponer los precios en el mercado nacional de objetos
de arte.
Un mastín enorme que estaba
sentado a la puerta de la casa se levantó para recibir a su amo, y a mí me dejó
pasar de mala gana. Dentro, ya desde el vestíbulo comencé a ver objetos
antiguos: el característico arcón español, un "Ecce Homo" de Juan de
Mena, una Dolorosa de escuela castellana, y sobre los arcos de las puertas
campeaban alegremente cabecitas de ángeles barrocos. En el salón, Miranda me
enseñó un monumental armario del siglo XVII, un cuadro de Solana titulado
"La casa del arrabal" y un espejo con ostentoso marco de panes de
oro. Me mostró muchas cosas más, muy apropiadas para quedarse admirada, con la
boca abierta, pues por pertenecer a un artista han sido colocadas en la forma
más favorecedora que existe.
-Todo lo que hay aquí -precisa
Miranda- procede de los anticuarios, menos las alfombras y los tresillos.
Quiero adornar mi casa como yo la tenía antes, como si mi mujer viviera en
ella. Mi mujer se me murió en París y no puedo consolarme de su pérdida. Fue
una mujer bellísima. Este es su retrato.
Me coloqué frente al retrato
señalado por el escultor y, efectivamente, pude contemplar a una dama
auténticamente bella. De absoluta perfección de facciones, de ojos intensos y
con elegancia innata... Por unos momentos también yo noté la presencia de su
espíritu allí mismo, junto a nosotros. Luego me agradó mucho el devoto recuerdo
de Miranda hacia su esposa, pues resulta alentador en estos tiempos en que
somos tan desaprensivos. Dejé mis pensamientos para decir a Miranda:
-¡Pero hábleme de usted mismo,
del artista!
-No soy yo quien tiene que hablar
de mí, sino los demás. Lo que puedo enseñarle es mi trabajo de ahora. Vamos al estudio.
Miranda se puso su traje de estar
en casa, consistente en una capa gris que le resguardaba del frío. Me precedió
para señalar el camino y salimos al jardín, donde subimos y bajamos varias escalinatas.
En los muros del jardín, y entre la hiedra, había incrustados algunos escudos
de piedra; en una hornacina, un santo varón, manco y barbudo, estaba impasible,
y sobre un pedestal, dos leoncitos mansos daban al aire sus lomos de mármol. El
escultor dijo que todas aquellas piedras labradas procedían del Rastro. Ya en
el estudio, Miranda descubrió las figuras que estaba modelando en el barro, y
pude ver a un grupo de gitanos entregados a las prácticas de su vida diaria: un
borriquillo dejándose esquilar, un muchacho iniciando los pasos del baile, un
mamoncillo chupando la teta nutricia y una vieja peinando a una muchacha.
-Es el Retablo de los Gitanos".
Consta de treinta y cinco figuras, y lo llamo retablo porque desarrolla un tema
en distintos pasajes. Voy a cubrirlos otra vez con los lienzos húmedos para que
no se sequen.
-Y volviendo otra vez a lo del
Rastro, dígame, don Sebastián, si encuentra gangas con mucha frecuencia.
-¡Ah, las gangas! Una ganga es la
delicia de los aficionados, y cuando damos con ella la saboreamos y la
cacareamos. Pues bien, sólo encontré la ganga una vez. Se trataba de una hermosa
mantelería, y yo, para desvalorizarla, alegué que llevaba unas iniciales que no
me servían de nada. El anticuario bajó el precio, pero yo, insistí diciendo que
aquellas letras me resultaban hasta antipáticas. Me dejó la mantelería en un
precio inverosímil, y yo la pagué con un cheque. Cuando el anticuario vio mi
firma, es decir, el nombre de un avezado en las lides del tira y afloja, se dio
cuenta de que mis deseos habían sido pura táctica comercial.
Salimos del estudio y el escultor volvió a precederme por el jardín para señalar el camino. Su capa gris se abría al andar y daba a su figura una categoría superior, de mando militar. Luego, el viento del Norte hinchó sus paños y el escultor quedó envuelto por unos momentos en una nube grisácea que le quitó corporeidad y lo sumió en la zona etérea. En aquella zona en la cual su bella mujer se hallaba inmersa.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL ARQUITECTO QUE CONSTRUYÓ LAS
"GALERÍAS PIQUER"
EN el pensamiento de las gentes,
por lo general, el Rastro no representa más que un lugar de cochambre. Y es
natural que así sea, cuando su principal función consiste en recibir objetos de
desecho que la ciudad lanza a la fosa común de lo inservible.
Lo deleznable y lo feo que posee
la parte hosca de la Ribera de Curtidores y sus aledaños lo puso de relieve
Gómez de la Serna en el libro que publicó en 1911 titulado "El
Rastro". Desde esa fecha hasta ahora han transcurrido muchos años y el
Rastro ha evolucionado bastante. Sin embargo, tal definición, por ser la más
sistemática que en nuestra literatura existe, es la que todavía viene actuando
sobre la opinión pública. Así piensan. Influenciados directa o indirectamente
por Gómez de la Serna, aquellas personas que no son habituales de el Rastro,
que lo pisaron una sola vez en su vida o que lo conocen de oídas. Y no digamos
en cuanto a la opinión de los miles de españoles que viven fuera de Madrid, los
cuales suelen hablar por boca de ganso de las cosas que hay en la capital de la
nación
Quien tenga un criterio
peyorativo se quedará asombrado al enterarse de que en la Ribera de Curtidores
hay un magnífico edificio cuya parcela ocupa 51.300 pies y cuyo coste alcanzó
los 6.000.000 de pesetas. Se trata de un edificio que alberga numerosos comercios,
hecho de acuerdo con la fisonomía del lugar típico en que se halla enclavado.
Aun aquellos que pensamos que el
Rastro es algo más que la cochambre y el tipismo nos quedamos entusiasmados al
contemplar las "Galerías Piquer". Pues en ellas vemos hechas realidad
las conclusiones tomadas por el Congreso de Arquitectura, que piden el mayor
cuidado posible en el urbanismo de España y el mantenimiento de nuestro estilo
propio frente a las influencias extranjeras.
La atención que puse en las
Galerías, que en un principio iban a llamarse de la "Isla de Cuba",
me hizo buscar a la persona que las proyectó y que las llevó a efecto. Al
arquitecto don José de Azpiroz, quien me fue explicando toda clase de detalles
ante su obra terminada y ya en marcha. En aquel momento me parecía imposible
que Azpiroz, aquel hombre que ante mí recorría el edificio con el fin de
enseñármelo, fuera el impulsor de él. Aun a pesar de su desbordante
personalidad, de su rapidez de captación y de su energía. Tan reducida de
tamaño es la persona humana, si la comparamos con un edificio, que, por buscar
yo en aquel momento la esencia intima de las cosas, me resultaba sorprendente
constatar el poder dominador que un hombre posee. Sin embargo, Azpiroz es,
efectivamente, quien, en unión del aparejador, el maestro de obras y un
ejército de obreros, levantó las "Galerías Piquer".
-¿Cuánto tiempo se empleó en la
construcción? -pregunté a José de Azpiroz.
-Dos años, aproximadamente -respondió
el arquitecto.
¿Por quién fue hecho el encargo?
-Por los señores Portillo y
Solana. Imagínese lo que me agradó un encargo tan poco frecuente. ¡Aun
tratándose de una empresa privada, el edificio iba a tener grandiosidad! En
seguida me di cuenta de que el éxito radicaba en el atractivo, para interesar a
la gente. Y había de tener gran visibilidad del interior, desde fuera, para que
invitase a entrar en él. Ningún antecedente arquitectónico encontré para mis
estudios preliminares. He logrado esta nueva creación inspirándome en los
edificios españoles del siglo XVII y en el corral clásico de vecindad.
-¿Y el solar?
-No existía solar. Aquí habla un
enorme almacén de trapos viejos. La parcela resultó barata, pero que el trapero
se marchase costó 70.000 duros. El emplazamiento es inmejorable, por estar en
el centro de la Ribera de Curtidores, formando esquina con la calle de Rodas.
Ambas vías son de gran pendiente, porque entre el punto más bajo y el más alto
de las líneas de fachadas existe una diferencia de once metros. Y esta
circunstancia me permitió desarrollar el programa del edificio en dos plantas.
Las dos con acceso a nivel por cada una de las calles.
-¿Y todo marchó sobre ruedas?
-No fue así. Pues resulto que el
Ayuntamiento tenía esta parcela destinada para zona verde y no quería conceder
el permiso de construcción que solicitábamos. Pero le convencimos. Alegando que
en el momento en que inaugurase una zona verde en el Rastro quedaría invadido
por los vendedores, como está ocurriendo en la Ronda y en el Campillo, donde
hay jardines y arbolado. Al fin, el permiso fue concedido, bajo la condición de
dejar un espacio libre. Para que así fuera, hube de variar la simetría de mi
proyecto. Prescindí del cuerpo de edificio que había colocado en la parte
izquierda y dejé libre esta fachada que da a la calle de Rodas, donde puse una
verja. También hube de correr hasta el centro la torre, que había colocado en
una esquina. Por otra parte, descubrí la existencia de un pozo antiguo donde
hoy está cimentada la torre. De veintidós metros de fondo, que pasaba
inadvertido y cuyo relleno nos hizo perder tiempo.
-¿Qué finalidad tiene la torre?
-La de proporcionar belleza y
visibilidad desde lejos. La torre que yo imaginé era más alta y más estrecha,
de campanil al estilo de las de Venecia. Pero hube de rebajar mis vuelos artísticos,
pues sólo me concedieron para su altura los veinticinco metros de ordenanza
municipal. El interior está destinado a viviendas, una por cada planta. Quise
que fueran estudios para pintores, pero sólo se habilitó uno, en el último piso,
que lo alquiló una pintora brasileña.
-Las opiniones sobre las Galerías
son muy encontradas. Se dice que ese edificio tan nuevo quita tipismo a el
Rastro.
-Lo que se ha hecho es dar tono a
la Ribera de Curtidores y, juntamente con el edificio municipal cercano, se
comienza a producir en aquella zona un clima urbanístico monumental propio de Madrid.
Además, se beneficia el Rastro, por adecentar su comercio. A la mugre la hemos
empujado hacia abajo, más fuera de la circulación. Y su función es
eminentemente municipal, pues ordena la barriada. Hasta el cuerpo de edificio
del fondo de las Galerías sirve para algo: para tapar las medianerías tan
horribles que estaban al descubierto.
Entre los opinadores hay quienes
aseguran que las Galerías no se habrán identificado con el Rastro hasta que
tengan aspecto vetusto. ¿Cree usted posible que su obra durará tanto? ¿Como
para adquirir la pátina ennoblecedora de las cosas viejas?
¡Claro que sí! Los muros de
contención son de tierra de hormigón en masa de 250 kilogramos. Los muros
superiores, de fábrica de ladrillo cerámico. La estructura, de hormigón armado
con soportes, carreras y forjados, calculado todo el conjunto a base de 500
kilogramos de sobrecarga por metro cuadrado. Y etc., etc. En resumen que las
construcciones que hoy hacemos en debida forma alcanzarán una larga existencia.
Su vida la cortará la evolución de nuestras costumbres y no la ruina de sus
paredes. En el futuro será derribado el edificio por no acomodarse ya al final
para que fue creado.
-¿Por qué no se le dio el nombre
de "Galerías de la Isla de Cuba"?
-El titulo primitivo tenía algo
de evocador. No sólo por el héroe de Cascorro y el nombre de las Américas que
figuran en aquel barrio, sino también por el simbolismo histórico de pasadas
grandezas. Al entrar a formar parte, a última hora, de la propiedad del
edificio la artista de la canción Conchita Piquer, se adoptó su nombre por
tener atractivo propagandístico.
Como había llegado la hora del mediodía, las Galerías estaban en pleno apogeo. Multitud de personas entraban en ellas y se introducían en los comercios. Simplemente para ver, como si aquello fuera una feria de muestras. El hombre-guardacoches apenas tenía tiempo de atender a los automóviles que allí se aparcaban. Hasta las lenguas más extrañas se oían pronunciar junto a nosotros. José de Azpiroz, callaba complacido. Luego se marchó del Rastro. Fue a echar una miradita al nueve edificio que está levantando en la Ciudad Universitaria, destinado a Investigaciones Agronómicas.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
UN PAR DE castañuelas
COMO el Rastro está lleno de
tipismo, en él no faltan las castañuelas, el instrumento representativo de la alegría
española. Castañuelas hay en las tiendas de antigüedades, y castañuelas hay en
cualquier puesto. Hasta un intento de atracción de compradores existe en una
prendería situada en la plaza del General Vara del Rey: Pues allí hay una
muchacha que repiquetea los palillos de cuando en cuando. Y digo que es solamente
un intento de atracción de clientes, ya que ese torpe repiqueteo resulta una
matraca, cuando en realidad podría ser un concierto de propaganda. Con música y
hasta con bailaoras exhibiéndose.
Hace pocos años, en el Rastro aún
se podían adquirir castañuelas estupendas. Palillos usados que tenían la virtud
de sonar mejor, ya que este instrumento de percusión gana con el uso. Eran
palillos de verdad, a causa de su madera de granadillo, de guayacán o de ébano,
que fueron hechas cuando las maderas preciosas de las Antillas llegaban
libremente a España, en nuestra época colonial. Pero en el presente momento no
podemos adquirir postizas de buena calidad.
De lance ya no las hay en el
Rastro, pues han sido arrebatadas por la moda actual que lleva a numerosas
jovencitas hacia el estudio del baile español. A veces se encuentra una sola
castañuela de las buenas, que debemos apresurarnos a comprar. Porque ella puede
servirnos para hacer juego cuando, dentro de cinco años, encontremos a otra
hermana suya.
Abundancia de palillos nuevos la
hay enorme en el mercado nacional. Pero damos la voz de alarma a este respecto,
pues es intolerable que en el país de las castañuelas se venda solamente un
sucedáneo de ellas. Todos esos palillos que vemos colgados en racimos o
guardados en estuches atrayentes en los comercios de Madrid no son más que unos
pedazos de leña que están pidiendo a gritos el fuego. Para evitar este notorio
abuso, debería tomar cartas en el asunto el ministro de Información y Turismo,
pues no se trata de una cuestión baladí, aunque lo parezca a primera vista.
Cuando el turista extranjero llega
al Rastro, compra indefectiblemente unas castañuelas. Por tal razón, los
palillos están saliendo a millares de nuestra Patria. Y pasan a constituir un
recuerdo permanente de España, que va a conservarse durante muchos años en las
casas de otros países. Nos interesa, pues, que ese recuerdo sea lo que debe
ser. Es decir, la mercancía que se ofrece debe estar de acuerdo con su propia
naturaleza, que es la vocinglera y la charlatana en las castañuelas. En otras
palabras: este instrumento debe ser apto para ser percutido; no debe estar
condenado a la mudez. Sin embargo, el objeto representativo de la alegría
española, el relicario que guarda una esencia íntima nuestra, no es más que un
pedazo de leña despreciable. Pedazo de leña que va disfrazado con barnices y
adornado con cintas y madroños, con olvido del refrán que asegura que, aunque
la mona se vista de seda mona se queda. Unos palillos malos no pueden ser
percutidos ni aun por las manos más hábiles y más experimentadas. Por eso hay
que desenmascarar a los impostores, por el prestigio de nuestro valioso
folklore. Que hoy día es, nada menos, que nuestro embajador plenipotenciario.
Los dueños de las tiendas del
Rastro suelen guardar en vitrinas los objetos más valiosos que poseen, a
semejanza de lo que hacemos en nuestros hogares. De esta forma la pieza
expuesta resulta más tentadora para el cliente. Pues bien: algunos tenderos del
Rastro tienen la desfachatez de colocar castañuelas de pino dentro de las
vitrinas, junto a joyas, miniaturas y esmaltes. Para unos palillos bien hechos
es, desde luego, la vitrina un lugar apropiado. Porque además de ser un
instrumento de acompañamiento músico, simboliza a dos corazones que palpitan
bajo la caricia de unos dedos artísticamente inquietadores. Pero cuando los
palillos colocados en las vitrinas son unos farsantes, como está ocurriendo a
diario, el hecho resulta tragicómico. Trágico, por indicar, con su chispita de
filosofía, a qué punto de degradación han arrojado los codiciosos a este
gracioso objeto ibérico. Que además de servirnos para nuestro solaz y para
nuestro arte, ahora más que nunca, ha salido a recorrer el mundo entero.
Cómico, por la ignorancia que ostenta el vendedor que colocó en la vitrina seleccionadora
a semejante porquería. Y también por la burla que el mercader malicioso
pretende hacer del cliente, al mostrarle como buena una moneda que es
completamente falsa.
Cuando el turista extranjero toma
en sus manos a esos palillos por primera vez no sale de su asombro. Pues no
llega a comprender cómo es posible arrancar a aquellas torpes concavidades de
madera los sonidos agradables que le son característicos. Unas castañuelas
buenas, con sólo tropezarlas tocan algunos golpecitos indicadores de lo que son
capaces de hacer. Pero las que hoy están alcance del turista se quedan mudas,
pegadas una valva contra la otra a causa del barniz. Y hacen pensar
erróneamente al comprador extranjero que los españoles poseemos una habilidad
inusitada, puesto que somos capaces de tocarlas airosamente.
El vendedor alega en favor de
esta mala calidad que el turista quiere las castañuelas
sólo para adorno, y que tanto se le da que
sean buenas como malas. Semejante justificación no es válida, pues ¿acaso no sería
una idiotez fabricar plumas estilográficas simuladas, con destino a las
personas que no saben escribir? Quien compra unas castañuelas compra también el
derecho a poder percutirlas cuando le llegue el momento. Por tanto, la única
razón, que existe para falsearlas es la codicia de los comerciantes, que no
quieren perder miles de compradores ahora que las castañuelas se venden como rosquillas.
Y ante la dificultad que existe para adquirir maderas apropiadas, emplean las
peores, y en aquellos restos que ya no sirven para nada. Hasta resulta sonrojante
que una fábrica valenciana este inundando el mercado de miles de palillos
hechos en serie, de madera de almendro, desorejados y contrahechos. ¿Es que
somos tan pobres que no podemos emplear las maderas que actualmente importamos
de Cuba y del Brasil? Tal vez la solución conveniente esté en que el Gobierno
aumente el volumen de importaciones de madera de primera calidad. De esas
importaciones que destina a la construcción de barcos. Y conceda un cupo de
dicha materia prima a los artesanos que moldean castañuelas, ya que no necesitan
mucha cantidad.
Aun después que el ministro de
Información y Turismo haya saneado el mercado castañuelero, todavía nos queda
algo más que hacer. Como al turista que compra unos palillos le asiste el
derecho a conocer el manejo de ellos, no hay más remedio que enseñarle a
tocarlos. Tocar los palillos bailando es cosa difícil; pero tocarlos sin bailar
es bastante sencillo. Solamente se necesita aprender el impulso primero, el
punto de arranque. Lo demás depende del tesón que ponga el aprendiz, sin que
nadie pueda ayudarle en su empeño. Qué buena cosa sería para nuestra propaganda
folklórica que el instrumento nacional de percusión comenzara a extender su
alegría por el ancho mundo al ser percutido por las manos extrañas que lo
compran. Nosotros, como compensación a esa difusión que están llevando a cabo
las personas que nos visitan proporcionaríamos al extranjero una sensación
agradable y única, distinta a todas las sensaciones que gustó en los demás
países. Pues es ésta una originalidad española que tiene también su puesto en
la categoría de los valores.
Que el extranjero está deseando tocar los palillos pude comprobarlo prácticamente días pasados. Me había yo comprometido a acompañar por Madrid a un señor inglés, durante los ocho días de su estancia en la capital de España. Y debía enseñarle a la vez el castellano que fuera capaz de aprender en tan corto lapso de tiempo. Naturalmente que llegamos al Rastro y allí compramos unas castañuelas. Pero cuando el inglés se enteró de que yo sabía tocarlas, me rogó que mandásemos la lengua española al diablo, puesto que podría aprenderla en Inglaterra y que le enseñara la clave necesaria para la utilización de las postizas.
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EL "EMPEÑO" EN EL MONTE
DE PIEDAD HA SIDO SUPRIMIDO
ALICANTE. (Crónica especial para
PUEBLO, por Mercedes Díaz-Jiménez.) -A las pocas horas de mi llegada a la
ciudad de Alicante recibí una comunicación muy sugestiva, La Caja de Ahorros
del Sudeste de España me invitaba al acto de bendición y colocación de la
primera piedra en el grupo de viviendas protegidas que comienza a construir. Y
también me invitaba a la inauguración de la Caja de Ahorros Infantil, que
ofrece a los niños alicantinos, con el fin de inculcarles la previsión
económica para el futuro.
Estas dos ceremonias parecen, a
simple vista, muy corrientes y vulgares en la vida de una ciudad. Sin embargo,
tuvieron gran interés, por sobrepasar el estrecho ámbito local. Y convirtieron
mi primera mañana alicantina en una fiesta deleitadora. Porque la Caja de
Ahorros colocó ante mis ojos un primer plano de la ciudad en marcha, en alza y
en esfuerzo tenso hacia lo porvenir.
Poco antes de las once, las
campanas de la Colegiata de San Nicolás voltearon con insistencia, para llamar
a los invitados de la Caja de Ahorros del Sudeste a la Misa dominical solemne
que iba a celebrarse en el día de su Patrona, de la Sagrada Familia.
"Por favor -pregunté-, ¿quién
es el director de la Caja de Ahorros?" Por primera vez contemplé al hombre
que me interesaba, a don Antonio Ramos Carratalá, pues el director de mi
periódico me había ordenado conocerle e interrogarle. El señor Ramos parecía
tener cincuenta y cinco años. Posee la frente ancha característica de las
personas inteligentes y su fisonomía de ojos negrísimos acusa la tipología
levantina. Sin duda corren todavía por sus venas algunos hilillos de sangre árabe.
Terminada la misa solemne, nos
trasladamos todos -presidencia, invitados y pueblo- a las afueras de la ciudad,
al Pla del Bon Repos, en cuyo lugar se halla situada la parcela de terreno donde
la Caja de Ahorros construirá quinientas noventa y nueve viviendas de tipo
económico. Hablar de viviendas en estos tiempos es lo mismo que hablar de agua
al sediento que se halla en el desierto de Sahara. Y las gentes de Alicante
están necesitadas de vivienda, en igual forma que lo están todas las gentes del
mundo.
El señor Ramos Carratalá leyó el
contenido del acta con voz emocionada. Después fue firmada por las autoridades allí
presentes y, en unión de un ejemplar del diario "Información" y de unas
cuantas monedas de curso legal, fue metida en el nicho cobijador como mensaje
destinado a nuestros descendientes.
Nos volvimos al interior de la
ciudad. A la Rambla de Méndez Núñez, que es la calle principal de Alicante, si
la tomamos en el sentido de "city". Entramos en el establecimiento
señalado con el número 17. Es decir, nos introdujimos en el sugestivo mundo de
lo pequeño, pues la Caja de Ahorros Infantil tiene la apariencia de un diminuto
Banco, cuyas ventanillas son bajitas para que los niños lleguen a ellas sin
necesidad de empinarse sobre las puntas de los pies. He de advertir que esta
Caja de Ahorros infantil es única en el mundo, pues posee una Junta informativa
compuesta por niños y se aloja en un local exclusivo para niños. No existe otra
igual en España, así es que su importancia y su novedad son muy grandes. Una
vez bendecido el local por el prelado, el presidente del Consejo de
Administración de la Caja del Sudeste, don Román Bono Marín, hizo la
presentación del local con frases entusiastas. Señaló de manera incuestionable
la circunstancia de ser Ramos Carratalá el verdadero promotor de esta nueva
institución.
Hay que tener en cuenta que el
señor Bono Marín, por su alto cargo, es la persona que ha de sancionar en
último término todas las actividades de la entidad que preside. Por tanto, su
presencia, su palabra y su figura impresionan un tanto. Según dicen por aquí,
se trata de un presidente muy inteligente, que cuenta en su haber el haber sido
alcalde de Alicante. Observé yo con insistencia a este hombre por tener un gran
atractivo pare mí, pues la única profesión que verdaderamente me gustaría
desempeñar en la vida es la de presidenta de un Consejo de Administración.
Este fue el momento en que, por
fin, pude acercarme al señor Ramos Carratalá con objeto de Interrogarle:
-Tengo entendido -le dije- que en
la Caja de Ahorros que usted dirige ya no existe Monte de Piedad.
-Efectivamente, ya no existe. Si
le di cerrojazo fue porque no podía contemplar el triste espectáculo que
suponía la llegada de una y otra persona con el colchón o con la máquina de
coser a cuestas, para dejarla en prenda en nuestros almacenes. Este medio de
prestar dinero repugnaba a mi conciencia de católico. Los Montes de Piedad,
cuando fueron fundados en España en el siglo XVII, verificaron una admirable
labor. Pero en los tiempos actuales ya no puede sostenerse la norma tradicional
del empeño. Ni siquiera el frío embargo judicial se apropia de las prendas del
lecho ni de las herramientas de trabajo. Sin embargo, nosotros veníamos
haciéndolo con gran crueldad.
-¿Se da cuenta usted de que la
suya es una innovación admirable, que revoluciona el sistema de préstamos de
los Montes de Piedad?
-Al poco tiempo de hacerme cargo
de la Dirección de la Caja de Alicante sometí mis proyectos al Consejo de
Administración. Le hice la advertencia leal de que en el camino que íbamos a
tomar podríamos perder veinte mil duros mensuales. Pero entendía yo que esta
pérdida la podríamos soportar muy bien puesto que la Caja no reparte
dividendos, sino que dedica sus beneficios a obras sociales. Además, en lo
sucesivo ahorraríamos dinero, puesto que la conservación de las prendas de
vestir supone un gran desembolso. Fue hace tres años cuando llamamos a las
pobres gentes para que vinieran a recoger sus ropas y enseres. Bien entendido
que el préstamo que les teníamos concedido quedaba igualmente en sus manos, con
la sola garantía personal avalada por la firma de dos amigos suyos pertenecientes
al mismo grupo social. ¡Nuestras clases modestas tienen tanto honor como las
clases elevadas! ¿Me creerá usted si le digo que no perdimos un céntimo? Cuando
en medio del asombro general la gente se llevó sus prendas, nos quedaron vacíos
cuatro almacenes. Y aquellas naves que antes contenían la miseria de nuestra
ciudad, el clásico bulto de ropa, están hoy convertidas en bibliotecas, en aula
de cultura, en sala de exposiciones y en aula de capacitación para nuestros
empleados. La ropa sucia del menesteroso se ha convertido en algo que produce a
nuestro pueblo un capital mucho más valioso.
-¿De qué clase son esos pequeños
préstamos?
-Comienzan en 60 pesetas y
terminan en 960. Estas cantidades, por ser múltiplo de 12, permiten
devoluciones mensuales de un duro, de dos o de tres, según sea el importe de la
cuantía solicitada. Nuestro interés es del 4,20 por 100, que es inferior al percibido
por otros organismos similares. No tenemos ni un solo caso de morosos. Los
deudores acuden puntualmente a nuestra casa para devolvernos el dinero. ¡Estoy
convencido de que es necesario poner confianza en la gente, para que ella
responda con sus verdaderos sentimientos! Es verdad que aquí, en Alicante, nos
conocemos todos y podemos prejuzgar la trayectoria que van a seguir los
préstamos. Tal vez en la gran ciudad mi experiencia no rinda el resultado
apetecido.
-¿Cómo no, señor Carratalá?
Madrid es grande, pero allí los distintos distritos municipales se aíslan cada
vez más. Cada barriada madrileña es como si fuera una capital de provincia más.
¿Por qué, pues, los Montes de Piedad de las grandes capitales no han de tener
fe en las gentes modestas?
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
LA ESTACIÓN de AFICIONADOS 5EG,
de ALICANTE, LANZA su MENSAJE
Un sabio español pretende
arrancar a una niña francesa de las garras de la muerte
ALICANTE.- (Especial para PUEBLO.)
HACE pocos días, la emisora
particular del aficionado a la radiodifusión Ramón García Sensio lanzó al éter
el siguiente mensaje:
-C. Q. 40 metros... ¡C. Q. 40
metros!... ¡La estación 5EG de Alicante (España) llama urgentemente al colega
francés que se halle más próximo a Villiers-sur-Beach! ¡Le comunica que el
doctor Mas Magro se pone a disposición de Catalina Jelen para tratar su grave
enfermedad! ¡Atiende con ello a la angustiosa llamada que el padre de la niña
ha hecho a los médicos que puedan ayudarle!... ¡C. Q. 40 metros! ¡¡C. Q. 40
metros en llamada urgente!!
Durante todo el día 15 de enero fue
retransmitido insistentemente el anterior mensaje. Y allí mismo, frente a la
pequeña emisora particular, estaba el doctor Mas Magro, hijo, en espera de que
una voz francesa acusara la respuesta correspondiente. Numerosas personas
esperábamos en la habitación contigua, y, frente a la casa donde se hallaba
instalada la emisora, en el número 3 de la calle de Botella de Hornos,
comenzaron a formarse grupos de alicantinos que, conscientes de la
trascendencia del momento deseaban tener noticias directas sobre la humanitaria
tentativa que estaba llevando a cabo el íntimo colaborador del primer
especialista mundial en leucemia.
El tiempo transcurrió lentamente,
y las ondas hertzianas permanecieron mudas. Aun a pesar de que Mas Magro, hijo,
tomó el micrófono y, con su propia voz, repitió muchas veces el mensaje
optimista que enviaba a Francia. El S. O. S., que el Código Internacional de
Señales tiene establecido para los casos de emergencia y que hace callar a todo
radiodifusor con objeto de ceder el paso al mensaje urgente, no pudo ser
utilizado por carecer de validez legal entre los aficionados españoles. Tantas
fueron las interferencias ajenas en el campo difusor que la voz española, no
pudo abrirse paso. Callaron los espacios obstinadamente, y el importantísimo
mensaje no tuvo acuse de recibo.
¿Cómo era posible que el éter no
se mostrara propicio con el sabio español que pretendía arrancar a una niña de
las garras de la muerte? Ante lo inexplicable del caso, Ramón García Sensio se
dirigió inmediatamente al Consulado francés, solicitando detalles exactos sobre
la situación topográfica de Villiers-sur-Beach. Seguidamente el Consulado se
puso en comunicación telefónica con la Embajada de Francia en Madrid y la
Embajada contestó que ignoraba la existencia de tal localidad. Que el único
pueblo que tiene un nombre parecido es Villiers-le-Beade, en el departamento
Seine-et-0ise.
En consecuencia, no es de
extrañar que los allí presentes nos quedásemos un tanto desconcertados y que
nos pusiéramos a hacer las cábalas consiguientes. ¿Se trataba de un error de
copia difundido por las agencias periodísticas? ¿Era real el caso de la niña
atacada de leucemia? ¿O se trataba de una serpiente de mar de las que suelen
asomar la cabeza en el silencioso mes de enero? La patética llamada francesa
surgió cuando la noticia del médico español que había logrado inactivar la
leucemia recorrió el mundo. ¿Este seguimiento en pos sería una mera
coincidencia?
La opinión de Mas Magro, hijo, en
aquellos momentos fue la siguiente:
-El diario
"Informaciones" asegura que Julien Jelen se ha dirigido a la Embajada
española en Francia para solicitar la ayuda de Mas Magro. Pero, ¿Cómo es posible
que no hayamos recibido una comunicación del embajador, del conde de Casas
Rojas, si es amigo de mi padre desde la niñez? Por ser Casas Rojas alicantino
se habría apresurado a pedir ayuda al médico paisano suyo.
Al día siguiente la Prensa
publicó la fotografía de Catalina Jelen, y los mal pensados nos arrepentimos de
nuestro exceso de suspicacia. Como la Agencia Efe aseguró que la pequeña
Catalina se hallaba en París hospitalizada, el doctor Mas Magro escribió al
conde de Casas Rojas ofreciéndose desinteresadamente. Sin embargo, y a pesar de
que han transcurrido varios días, la respuesta del embajador no ha llegado,
todavía.
Por otra parte, y como todo
Alicante se halla interesado en tan noble empeño, el redactor de Radio Falange
Víctor Viñes escribió una carta a Julien Jelen, diciéndole que busque en París
una emisora de radiodifusión y que comunique con la 5 E. G. de Alicante, de
tres a seis de la tarde, en cualquier día, para ponerle en contacto directo con
el sabio español.
Como en el transcurso de una
jornada los acontecimientos habían variado, otra vez volví a interrogar a Mas
Magro, hijo:
-¿Qué clase de ayuda prestará el
doctor Mas Magro?
-Mi padre está dispuesto a
prestar ayuda en cualquier forma. Bien dictando desde aquí el tratamiento a
seguir, recibiendo a la niña si la quieren traer a España o marchando él a
París.
-¿Morirá la niña si el doctor Mas
Magro no interviene?
-Tal vez no sea precisa la
intervención de mi padre, pues parece ser que la niña está en manos del doctor
Alfred Piney, el famoso hematólogo de Londres. Además, si Jelen ha recibido más
de mil respuestas a su llamada, quiere decir que existen muchos médicos,
dedicados al estudio de la leucemia. Aunque, naturalmente, de esta cifra hay
que descontar un tanto por ciento, perteneciente a los desaprensivos, que
siempre tratan de aprovechar tales casos para fines personales.
-¿Y los remedios que han sido
propuestos?
--Ni mi padre ni yo estamos de
acuerdo con la efectividad de las drogas que han sido recomendadas. En el
momento actual no existe una droga que sea capaz de atacar a un virus, aunque
sea el tan corriente de la gripe. El agente productor de la leucemia es un
virus, y ese ser, invisible todavía, no ha encontrado su antivirus.
Con las noticias que acabo de
transcribir, he relatado todo lo que hay de verdad respecto al doctor Mas Magro
en relación con el caso Catalina Jelen. Por tanto, como mis afirmaciones están
tomadas de la misma fuente de origen, las noticias contradictorias que se han
difundido acerca de este asunto carecen de fundamento.
Ultima hora
El doctor Mas Magro recibe una
carta del padre de Catalina Jelen.
Sobre esta noticia informará
mañana Mercedes Díaz-Jiménez a nuestros lectores.
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
EL PADRE DE LA ENFERMA ESCRIBE A
DON FRANCISCO
ALICANTE. (Servicio especial de
PUEBLO.)
Sin duda alguna, la ciudad
española que en el presente momento tiene un mayor atractivo es Alicante.
Porque aquí vive Mas Magro, el sabio español que acaba de ofrecer sus servicios
a Julien Jelen para curar a su hijita que se encuentra atacada del terrible mal
de la leucemia.
Por el hecho de haber llegado yo
a esta ciudad ahora, en un momento que se está haciendo histórico, doy gracias
a Dios. La intervención de Mas Magro en el asunto Jelen alcanzará una
resonancia mundial. Y, debido a tal circunstancia, confieso que no estoy
viviendo en Alicante, pues no veo su mar, ni sus palmeras, ni percibo su clima
suave. Sólo veo a Mas Magro. Es decir, su espíritu lo estoy percibiendo en
cualquier punto de la ciudad donde quiera que yo me encuentre.
Al fin llegó el momento deseado.
El momento en el cual iba yo a conocer personalmente a don Francisco Mas Magro.
Eran las ocho de la tarde, cuando me encaminé a la plaza de Calvo Sotelo, lugar
donde habita nuestro sabio y donde aun en la calle existe un clima medicinal,
pues varias farmacias, abren allí sus puertas prometedoras de salud. Como se
trata de uno de les mejores edificios de la plaza, pronto di con la casa que
buscaba. A ambos lados del portal, dos placas pequeñas anuncian el nombre de
los dos clínicos Mas Magro, del padre y del hijo. Subí a la primera planta y,
enseguida que entré en el piso, me salló al encuentro el sonido de una música
briosa. Alguien estaba interpretando en aquel preciso momento la "Sonata
en re menor" de Beethoven.
-¿Quién toca el piano? -pregunté
a la doncella que me abrió la puerta-. Y como me contestara que el dueño de la
casa, seguí por el pasillo en busca de la melodía, sin atender a ninguna
consideración. Cuando me asomé en la puerta de una escondida estancia, pude ver
al sabio de fama mundial.
Las manos grandes y fuertes de
Mas Magro, aquellas mismas manos que con sus manipulaciones en el plasma
sanguíneo habían beneficiado a la Humanidad, recorrían el teclado con
entusiasmo. Llevaba gafas puestas y, como se pusiera en pie por apercibirse de
mi llegada, me fue dado apreciar toda su figura. Mas Magro es un hombre de
corta estatura, pero de complexión fortísima. Parece tener muchos menos años
que esos setenta y cuatro que registran las biografías al uso. Su cara es
serena y sin arrugas. Y el ojo izquierdo que, al mirar de frente, se desvía un
poco, da particular animación a su rostro. Cuando camina, naturalmente que sus
miembros acusan la pesadez propia del hombre que ha sobrepasado los sesenta
años.
Me condujo a la sala de recibo y,
con sus primeras palabras, me reveló que poseía la maravillosa obsesión del
sabio. Quien únicamente ve a su alrededor aquello que le preocupa:
MAS MAGRO. -¿Es usted misma la
enferma? ¿Tiene usted leucemia?
YO. -¡No estoy enferma! Vengo
enviada por PUEBLO...
MAS MAGRO. -¿En qué pueblo está
el enfermo? ¿Le van a traer aquí?
Pronto me di cuenta de que Mas
Magro no oía bien. Con voz aguda le dije que era periodista y que le
interrogaba en tal sentido.
-¿Hay alguna nueva noticia,
doctor? ¿Por fin el mensaje que su hijo transmitió a Francia por radiodifusión
sirvió para algo?
-Sí, claro que sí! Vea usted la
carta que acabo de recibir.
Tomé en mis manos la carta que me
ofrecía y la copié rápidamente. Antes de que a él se le ocurriera prohibírmelo.
La carta dice así:
"Docteur.
Ma fillette de 6 ans est atteinte de leucémie. Je
connais votre compétence, j'espére que vous voudrez bien m'apporter votre
collaboration.
Je sais parfaitemente qu'il
s'écoule un temps plus ou moins long entre la découverte d'une thérapeutique et
son annonce officielle, temps nécessaire pour expérimenter de façon formelle la
médication prévue.
Je lance un appel à travers le
monde entier avec l'espoir que le cas de ma fillette pourra être incorporé dans
cette période transitoire et la certitude de gagner ainsi un temps précieux.
Avec l'espoir que vous pourrez
m'apporter votre collaboration, je vous en remercie. -JELEN.
326, rue St. Jacques. Paris (5éme)."
Esta carta viene acompañada con
una copia del resultado de los análisis clínicos, que han sido efectuados en la
sangre de la niña.
-¿Qué piensa usted hacer, doctor?
-No tengo ningunas ganas de
moverme. Si dijera lo contrario mentiría. Pero comprendo que ml deber está en
París. Saldré para Francia con mi hijo enseguida que el arreglo de los pasaportes
me lo permita.
-¿La niña tiene en realidad
leucemia?
-Evidentemente, puesto que está
diagnosticada por colegas muy entendidos. Pero observo en el análisis que
existe algo contradictorio. Tal vez, del estudio de esta pequeña rareza que veo
aquí, podrá deducirse algo interesante. He leído en los periódicos que Catalina
vivía en un pueblecito, Es una circunstancia que confirma la conclusión que
vengo sosteniendo. Jamás padecen leucemia las personas dedicadas a la
industria. La padecen los individuos procedentes de campo. Eva Perón y el
general Varela, que murieron igualmente de leucemia, procedían de zonas
campesinas.
-¿Por qué ha recibido usted la
carta de Jelen con tanto retraso?
-Piney, el célebre hematólogo de
Londres, acudió a Paris en los primeros momentos y tuvieron puesta la fe en él.
Pero el avisarme ahora tardíamente hace sospechar que Piney ha fracasado en su
intento de salvar a la pequeña.
Otra vez examiné la carta del
atribulado padre francés. Desde luego, la misiva debía proceder de una clínica
y no de la casa particular de Jelen. Porque la carta viene titulada con la
palabra "Leucemie", seguramente con objeto de permitir una fácil
activación. En la nota marginal se dice lo siguiente: "Archives 21-84, 6
rue Rambuteau. Paris (3éme). ¿Acaso la clínica en que se halla instalada
Catalina se encuentra situada en la calle Rambuteau?
Pie de foto: Los doctores Mas
Magro, padre e hijo
MAÑANA:
El tratamiento propuesto por Mas
Magro es aplicado a Catalina Jelen, que empeora rápidamente.
El doctor Mas Magro se dispone a salvar la vida de Catalina Jelen
Pie de foto: El doctor español don Francisco
Mas Magro estudia el caso de la niña francesa Catalina Jelen, atacada de
leucemia. Enviada especialmente por PUEBLO, nuestra colaboradora Mercedes Díaz-Jiménez
asiste en el laboratorio del científico español a una observación microscópica
de extensión de sangre teñida con las peroxidasas. En la página segunda de este
número insertamos un nuevo trabajo acerca de las Investigaciones que el doctor
Mas Magro realiza en favor de la vida amenazada tan cruelmente de Catalina
Jelen.
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
SU TRATAMIENTO COMIENZA A
APLICARSE
"Cuando se recurre a quien
verdaderamente puede hacer algo, la cosa ya no tiene remedio", comenta el
sabio español
ALICANTE (Especial para PUEBLO.)
CUALQUIER intelectual del mundo
que se encontrase en Alicante con tiempo libre correría a casa del doctor Mas
Magro para presenciar las importantísimas investigaciones que allí se están
llevando a cabo.
Como además de ser intelectual
tengo yo en el bolsillo mi título de auxiliar en Medicina, pedí al eminente
doctor que me dejara practicar junto a él. Mas Magro accedió gustoso y por eso,
con mi trabajo clínico, estoy persiguiendo dos objetivos: el de satisfacer mi
inquietud intelectual y el de conocer profundamente al sabio para escribir con
verdadero conocimiento de causa. Pues molestar a un investigador de tanta
categoría con preguntas frecuentes sería robarle un tiempo precioso. Que es
tanto más valioso para la Humanidad, si se tiene en cuenta que Mas Magro es de
avanzada edad. Mi presencia constante en el consultorio me permite oír hablar a
Mas Magro en el momento en que lo hace espontáneamente.
Lo que hoy reclama toda la atención
de la clínica es el resultado de los análisis hechos a Catalina Jelen. La hoja
de papel que han enviado de Francia se halla extendida sobre una mesa,
mostrando a todas horas sus signos trágicos. De vez en cuando, Mas Magro se
acerca a ella para tratar de captar algún nuevo detalle. En igual forma actúa
Mas Magro hijo. Y la esposa del sabio. Y Pepita López Companу, la enfermera. Es
decir, sobre el análisis francés se inclina el pequeño grupo científico que
integra el centro de experimentación de la leucemia que está logrando la fama
en el mundo entero. El análisis es el siguiente:
RENSEIGNEMENTS DU 3-1-53
Leucemie aigue á leucoblastes
(probablemente lymboblastes) avec tumeur médiasténale.
120.000 leucocytes (pour la trés
grande majorité blastes). Moelle envahie par les blastes.
Nette amélioration clinique,
radiologique et hématologique apres quelques jours d'un traitemente associant
A. C. T. H. et aminopteryne.
EXAMEN DE SANG
Numeration globulaire.-Globules
rouges, 3.900.000 par mm3.; globules blancs, 66.400 par mm3.
Formule
leucocytaire.-Prolymphcytes, 48 por 100; Imphocytes, 30 por 100; moyens
mononucléaires, 5 por 100; monocytes, 2 por 100; polynucléaires neutrophiles,
13 por 100; idem éosinophiles, 2 por 100; idem basophiles, 0.
-Es muy grave, doctor? -pregunto al sabio.
-Sí; se trata de una leucemia muy
aguda. Sucede lo de siempre. Que cuando se recurre a quien verdaderamente puede
aliviar, la cosa ya no tiene remedio.
-¿Hay más noticias?
-Sí, Catalina Jelen está
empeorando. Me lo acaban de decir por teléfono.
-Luego ¿es cierto que Piney ha
fracasado?
-Los hechos así lo demuestran.
Ahora es otro clínico el que se ha hecho cargo de la niña. Y ha empezado a
tratarla con mi propio procedimiento. No sé cuál es el nombre de este médico.
Sin embargo, por el hecho de conocer mi terapéutica y de asegurar que me
conoce, debe ser el doctor Gueniot o el doctor R. Rogel, los dos franceses que
la Sorbona de París envió a trabajar conmigo hace poco, el mes pasado.
-La llegada a España de estos dos
médicos fue la causa que indujo a los españoles a fijarse en usted.
-Lo que no logro explicarme es
que los periódicos hayan echado las campanas al vuelo. ¡Si ya vengo trabajando
sobre la leucemia desde 1917! Si soy internacionalmente conocido por mi
dedicación a estos problemas.
-Porque seguramente usted se ha
dedicado a difundir sus ideas por el extranjero solamente, desdeñando a España.
-Eso no es cierto. Escúcheme
usted, Mercedes. Yo la llamo por su nombre de pila, como si siempre hubiera
estado usted con nosotros. Por dos veces he presentado al premio
"Francisco Franco", del Consejo Superior de Investigaciones
Científicas, mi trabajo básico sobre la verdadera etiología de la leucemia.
Pues bien, no obtuve el galardón solicitado. Y eso que en el segundo concurso
el premio fue declarado desierto.
-¡Parece increíble!
-Cuando yo envío a las revistas
españolas mis trabajos de investigación tardan seis meses en publicarlos. En
cambio, en Paris me los publican inmediatamente. Además, Paris me reclama
constantemente colaboraciones. Y en Madrid, por el contrario, una revista
profesional me pidió que no escribiera tanto. Que no estaba bien que yo
colaborase en todos los números. Que la revista no se hacía sólo para mí.
Como el teléfono comenzara a
sonar insistentemente, fue suspendida en la clínica Mas Magro toda actividad.
¿Acaso sería el médico francés quien llamaba? Pues ha manifestado el deseo de
celebrar una consulta por teléfono con el sabio español.
Pie de foto 1: El doctor Mas
Magro es también un virtuoso del piano.
Pie de foto 2: La señorita Pepita
López, que trabaja con los doctores Mas Magro
MAÑANA:
Los colaboradores del doctor Mas
Magro
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
Un grupo familiar labora bajo las
órdenes del investigador
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
ESTE centro de investigación
alicantino de primera categoría, en el que estoy inmersa, consta únicamente de
cuatro personas. Se trata, en realidad, de un grupo familiar que labora bajo
las órdenes de Mas Magro con el gran entusiasmo que el eminente doctor ha
sabido insuflarle. Este grupo está constituido por el sabio, el hijo, la esposa
y una señorita auxiliar. Pues la segunda enfermera se encuentra enferma desde
hace tiempo.
El doctor Mas Magro habla así de
sus colaboradores:
-Sin la ayuda de mi esposa, poca
cosa hubiera hecho yo. Ella me ha servido de constante aliento en mis
decaimientos. Y el decaimiento es muy frecuente en una apartada ciudad que se
halla lejos de un foco científico intenso, como lo es una Universidad. Además,
ella me ha prestado su colaboración en mis experimentos. Soy un entusiasta de
la mujer en general. Es pasivo el papel de la mujer en la experimentación
clínica, todo lo pasivo que se quiera. Pero yo, sin mi mujer, no habría podido
obtener las conclusiones que me ha hecho famoso. Ella viene vigilando mis
cobayas año tras año. No sólo cuida de su comida, sino que las resguarda del
frio y de la lluvia cuando es necesario. Está pendiente de la salud de cientos
de cobayas, pues es importante el observar su aspecto, su decaimiento y el momento
de la muerte. Mi esposa -además es prima carnal mía- tiene una parte importante
en la búsqueda que emprendí hacia la verdad. Por eso, mi libro titulado
"La leucemia" a ella va dedicado, con las siguientes palabras:
"A mi esposa, Encarnación Magro Mas. Inteligente colaboración y sacrificio
generoso en todas mis investigaciones.".
-¿Y su hijo, el doctor Mas Magro
II, se compenetra con usted o difiere en los distintos puntos de vista?
-Mi hijo, mi único hijo, tiene un
temperamento muy semejante al mío. Yo le formé desde pequeño. Fui su maestro
durante todo el Bachillerato, y sólo me separé de él cuando tuvo que ir a
Madrid para estudiar su carrera de Medicina. Juntos vamos a ver a los enfermos
y juntos viajamos. Si mi hijo me abandonara, yo me quedaría completamente
inutilizado. Tanto nos hemos compenetrado, que ya no podemos distinguir a quién
pertenece una porción de trabajo y a quién pertenece otra. Y eso que yo trato
de respetar su propio campo. Si alcanzo cinco años más de vida podré llegar a
curar la leucemia completamente. Pero si el término vital que Dios me tiene
destinado ha de ser corto, estoy tranquilo, pues mi hijo es mi fiel
continuador. El obtiene importantes resultados, que dará cuenta de ellos cuando
estén suficientemente comprobados. En cuanto a la estandarización del trabajo,
mi hijo es el encargado de inocular la leucemia a las cobayas. Operación
difícil, que reclama mucha precisión. Que es difícil, lo demuestra el hecho de
que muy pocos investigadores puedan presentar cobayas leucémicas.
-¿Y su enfermera, la señorita
Pepita López Company?
-Nadie podría teñirme las
extensiones de sangre tan a mi gusto como lo hace Pepita. No creo que puedan
obtenerse mejores preparaciones.
-Está usted satisfechísimo de sus
colaboradores.
-Cada uno de ellos representa un
papel importante en la obra de conjunto. La falta de uno sería igual que el
tornillo, arrancado a una máquina: que paralizaría todo el complicado
mecanismo.
-¿Eso indica que no quiere usted
admitir a otros colaboradores?
-¿Que no quiero admitir a más
colaboradores? ¡Ay, Mercedes, usted acaba de poner el dedo en la llaga! Mi gran
pena es la de no haber podido formar escuela. Y si no tuviera yo la suerte de
dejar un hijo, todo mi esfuerzo se perdería.
-¿Y por qué no forma escuela?
- Si viviera yo en una ciudad
universitaria, los alumnos de la Facultad acudirían fácilmente a trabajar
conmigo. Pero así, por ser Alicante una localidad apartada, llegan hasta mí muy
pocos médicos en busca de formación. El tener que prescindir de todo trabajo
particular y la necesidad de sufragarse por su cuenta los gastos de
desplazamiento y estancia, son dos grandes obstáculos. He dado varios cursillos
monográficos aquí y en Valencia. Lo que no puedo explicarme es la razón por la
cual no tengo una sala mía en el Hospital. La necesito urgentemente, pues me es
preciso ver muchos enfermos de leucemia. La leucemia se da con especial
predilección entre los pobres, y los pobres sólo pueden ir al Hospital.
-Tengo entendido que usted
pertenece al Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
-Sí, la Sección de Hematología de
Alicante depende de ese centro. Soy jefe de ella, y mi hijo, profesor adjunto.
Estamos orgullosos de ello, y además percibimos un sueldo. Pero, ¿sabe usted
cuánto dinero me envía el Consejo para los gastos de experimentación? Pues mil
pesetas al año. Y da la casualidad que mis conejitos comen en hierba mucho más
de mil pesetas.
-Y en cuanto al material, ¿está
satisfecho?
-Vamos a fijar las cosas
claramente. El material que yo poseo es suficiente para emprender una
investigación eficaz. Creo que lo he demostrado cumplidamente. Todavía, en el
extranjero, tienen la idea de que el científico español trabaja con cuatro trastos
mal nivelados. Por eso tienen poca fe en nosotros, y aunque se asombran,
reconocen nuestros resultados cuando son positivos. Algo semejante se está
ahora diciendo de mí en los periódicos españoles. Y protesto, porque además de
no ser exacto, lograremos mantener la leyenda negra en el extranjero. Que sigan
pensando que los científicos españoles son pobres, mal vestidos, tienen mal
genio y trabajan sólo con las manos. Con el mismo material que ahora poseo,
todo él alemán, excelente, aunque no tenga apariencia brillante, puedo
continuar mi camino. Pero si deseo tener un material de novedad, es con vistas
a la enseñanza, para dotar a esa escuela de investigadores de la leucemia que
tanto ambiciono.
-Simplemente, con que diga usted
una palabra tendrá todo lo que desea.
-¡Ay, hija mía! Se conoce que
somos muchos a pedir, y por eso nunca llegan los encargos que tenemos hechos al
Consejo de Investigaciones. Hace dos años estuve a punto de lograr mis
aspiraciones en este sentido, porque el señor Ibáñez Martin tuvo especial
interés en concedérmelo, pero creo que mi petición fue rechazada por el pleno
del Consejo.
-¿Ha pedido un microscopio
electrónico?
-No. Porque no me serviría de
gran cosa.
El doctor Mas Magro se queda
pensativo, mirando al frente, ensimismado, con expresión que es muy suya. De
aislamiento total. Tal vez su espíritu está dudando en estos momentos. Pero su
mandíbula prominente, su boca que avanza audaz hacia adelante con expresión de
lucha, hablan bien a las claras de que sus vacilaciones no son duraderas.
Pie de foto: Estos son los dos
médicos franceses que han sido enviados a la clínica Mas Magro por la Sorbona,
de París. Es de suponer que sea uno de ellos el doctor que hoy está aplicando a
Catalina Jelen la terapéutica propuesta por el investigador español.
EL LUNES:
Un enfermo de leucemia acude a la
clínica.
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
HOY HA LLEGADO A LA CLÍNICA UN
ENFERMO DE LEUCEMIA
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
Entre los enfermos que esta
mañana llegaron al consultorio Mas Magro, había un leucémico. No voy a decir
que ello representó una alegría para nosotros, porque el padecimiento ajeno es
muy triste. Pero, para un centro de experimentación de tan terrible enfermedad,
esa circunstancia muy apetecida, por suponer un tema de estudio. A cada una de
las cinco personas que somos en la clínica interesó desde su particular punto
de vista.
Se trataba de un niño de diez
años, que su padre traía casi a rastras, por lo cansado que se encontraba.
Viajaron durante muchas horas para llegar hasta Mas Magro en busca de salud.
Venia de Barcelona. Tan pálido estaba el niño, que parecía hecho de cera. Y
cuando alguna vez su carita adquiría un tinte más intenso, se asemejaba a un
enfermo de hígado, por el color amarillento de su piel. El enfermito se hallaba
siempre cansado. Y por el menor motivo, brotaba una hemorragia de su cuerpo,
bien a causa de un diente o bien por causa del más pequeño trauma.
El doctor Mas Magro le hizo él
mismo la historia clínica. Privadamente. A continuación trajo al muchacho al
laboratorio y allí le tomamos la orina y le pinchamos en un dedo para sacarle
unas gotitas de sangre. Después, el abatido protagonista marchó a su casa. A
esperar el resultado del análisis que le íbamos a efectuar.
-¿Es un caso claro de leucemia?
-pregunté a Mas Magro.
Nunca debe uno guiarse por las
apariencias, pues hay anemias que presentan el mismo cuadro clínico que las
leucemias. Y, por el contrario, existen personas con apariencia excelente que
padecen leucemias gravísimas. Es en la sangre donde pongo toda mi atención, y
de ella solamente hago partir el diagnóstico. ¡Vamos! ¡Con rapidez! ¡Colóquense
ustedes los guantes! La sangre del leucémico es muy contagiosa. Basta con que
tengan ustedes un rasguño en la piel para que el virus penetre rápido por esa vía.
Que es, hasta ahora, el único medio de contagio que admito.
Pepita, la enfermera, comenzó a
trabajar. Extendió la sangre del enfermo sobre siete cristalitos. Cinco
muestras me las entregó a mí para que efectuase un recuento leucocitario por
los procedimientos clásicos. La sexta y la séptima extensión, la destinada a
demostrar la existencia de la leucemia, la tiñó con una fórmula especial, con
objeto de aplicar el "test" de las peroxidasas. Prueba que informa
acerca de la existencia o carencia de células mononucleadas con citoplasma
basófilo y granulaciones de peroxidasa.
Es un procedimiento japonés, que
el doctor Mas Magro ha perfeccionado, dándole una mayor precisión en la
percepción de la imagen de los hematíes.
Cuando la preparación estuvo
pronta, Mas Magro tomó con impaciencia una muestra y la colocó en el
microscopio.
-¡Buen teñido! -exclamó. Y después
de acomodar varias veces el tornillo de precisión, dijo rotundamente:
-¡Está presente la leucemia!
Llena de curiosidad, me coloqué ante la lente de aumento. En el campo de visión
aparecían multitud de manchas redondeadas, de diferentes tamaños, y de color
rojizo. Eran las células de la sangre. Pero entre ellas había cinco glóbulos
rojos que presentaban a su alrededor unas granulaciones azules, como si fueran
numerosas picadas de mosquitos. Esta anomalía, precisamente, la había causado
el virus de la leucemia en su afán destructor.
Evidentemente, el virus de la
leucemia habitaba dentro del organismo del niño catalán. Al comprobarlo sentí
una gran indignación. La indignación de la impotencia humana. Pues un ser que
pertenecía al mundo infinitamente pequeño, estaba derrotando a los hombres. Y
lo más trágico del caso es que quizá el virus lo hiciera por la imperiosa necesidad
de vivir. Sin embargo, repugna mayormente un enemigo solapado, que actúa en la
sombra, que no se da a conocer. ¿Cómo será la cara de este segador de hombres a
quien no podemos ver? ¿Por qué este monstruo se cebará en las vidas más
valiosas y en las más juveniles?
A continuación, Mas Magro me
ordenó subir a la terraza y traer dos cobayas de las sanas. De aquellas que la
noche anterior le habían traído de la huerta alicantina. Convenientemente
preparadas se las presentamos a Mas Magro II, quien hizo tres líneas de
escarificación en la piel de cada conejito, sin hacerles sangre. Los
desgraciados animalillos habían pasado a albergar en su organismo la
correspondiente leucemia. Mas Magro explicó:
Este momento, el de transmitir la
leucemia humana a las cobayas, cosa que hice yo por primera vez en el mundo, es
el jalón más importante de mis investigaciones. Los científicos venían
sosteniendo que era imposible transmitir la leucemia humana a los animales. Yo
he demostrado lo contrario, y por eso avanzo con paso seguro hacia la
problemática leucémica. Pero, además, en este momento, la operación me sirve
para algo más. La leucemia que padece el enfermo llegado hoy a mi casa se la
transmito a las cobayas con la finalidad de saber cuántos días van a vivir. La
muerte de las cobayas me va a proporcionar una orientación importante.
Sobre la mesa del laboratorio,
las sufridas cobayas estaban prestando una gran colaboración al sabio, aunque
eran incapaces de comprenderlo. Sus ojillos, parecidos al cristal, miraban,
asustados, y sus cuartos traseros todavía temblaban a causa de la reciente
excoriación. Pepita y yo las transportamos a su alojamiento. No a la terraza,
sino que fueron metidas en jaulas instaladas en el garaje de la casa, junto a
otras compañeras ya inoculadas con el estigma fatal.
Enseguida que Mas Magro comprobó
que había enemigo poderoso, se dispuso en plan de ataque con todos los medios a
su alcance: El enfermo pasó a hospitalizarse en un sanatorio particular. Fue
avisado el médico transfusionista, para que preparase a numerosos dadores de
sangre, a bastantes, ya que al muchacho catalán habría que dotarle
constantemente de plasma sanguíneo nuevo y fresco. Unas doce o quince
transfusiones en total. La acción antivirus del plasma sanguíneo actuaría como
la infantería del ejército de leucocitos atacantes. La penicilina, doscientas
mil unidades diarias, coadyuvarían a la operación estratégica de urgencia,
calmando los dolores y trayendo el sueño y el optimismo al enfermo. Esta era la
vanguardia del ejército atacante. Después entrarían en juego otros elementos
¿He de decir que el teléfono de
la clínica suena constantemente? Por cada hora que transcurre aumentan los
enfermos en grandes proporciones. De Nueva York ha salido un enfermo para
Madrid y se dirige hacia Alicante. De Ponferrada, de Ceuta, de Valencia, de
Murcia, nos están enviando llamadas angustiosas. Seguramente el doctor Mas
Magro no podrá echarme de su clínica. Se verá obligado a retenerme.
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
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Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
LA NIÑA FRANCESA MEJORA GRACIAS A
SU TRATAMIENTO
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
YA no marcha Mas Magro a Paris,
pues para curar a Catalina Jelen no necesita alterar su tranquilidad
alicantina. Tal es el poder de las mentes privilegiadas. Y sucede que la
ciencia de este sabio español comienza a organizarse en escuela, como él desea,
aunque se trate de una escuela dispersa e invisible. La nueva técnica contra la
leucemia ha trascendido convenientemente, y por tal motivo el doctor español
puede curar a la niña francesa sin necesidad de moverse de su despacho.
Ahora Catalina ha cambiado de
médico y, sin duda, se encuentra en mejores manos. Después del fracaso del
hematólogo inglés Pinney, es Bertrand, de la Sorbona, de Paris, quien se ha
hecho cargo de la niña. Bertrand ha comenzado a tratarla con la terapéutica Mas
Magro, Y, naturalmente, la enferma, después de las primeras aplicaciones,
mejora notablemente. En el presente momento los glóbulos rojos de su sangre,
que se hallaban enormemente proliferados, están en franco descenso, con camino
hacia lo normal.
Mas Magro no puede ocultar su
contento. Durante todo el día ha tenido reflejada en su rostro la sonrisa. Está
orgulloso. No sólo por sí propio, sino por ser una técnica española que se abre
paso entre un concurso de mil opiniones científicas. A Mas Magro le interrogué
convenientemente:
-Bertrand ha dicho que es amigo
de usted.
-Más halagador para mí todavía es
que el aplicador de mi técnica no sea ni Rogel ni Guinot, como creí en un
principio, sino un médico que nunca estuvo en Alicante. Efectivamente, Bertrand
y yo nos conocemos desde hace tiempo. En el año 1932 me escribió la primera
carta, y en ella me llamaba "querido maestro". Bertrand pertenece a
la Sociedad Francesa de Hematología, y nos relacionamos frecuentemente porque
yo también formo parte de ella, pues soy miembro fundador. Él tiene a su cargo
la revista de la Institución, titulada "Le Sang". El primer encargo
que me hizo fue el de recoger toda la bibliografía española y sudamericana, que
surgiera sobre cuestiones hematológicas. Bertrand y yo teníamos que
encontrarnos hace dos años en Barcelona. Los dos íbamos a disertar en la
Academia de Ciencias de la ciudad condal. Pero yo no pude acudir a la cita,
porque una indecente gripe me retuvo en el lecho sin que pudiera salir de
Alicante.
-¿Dónde aprendió Bertrand el
tratamiento leucémico Mas Magro?
-Bertrand lo conoce por mis
comunicaciones. En cuanto obtuve conclusiones convincentes, puse el hecho en
conocimiento de España y en conocimiento del mundo. En 1950 envié una
comunicación oficial al Instituto de Medicina Experimental del Consejo Superior
de Investigaciones Científicas en Madrid. Otra comunicación a la Sociedad
Francesa de Hematología. Y otra a la Academia Internacional de Hematología.
Posteriormente, 1952, mi libro titulado "La leucemia, etiología,
hematología clínica, diagnóstico y terapéutica", sintetiza mi labor. No he
guardado ninguna clase de secretos. Porque la ciencia no ha de ser retenida
avaramente por un individuo solo, sino que debe ser patrimonio de la Humanidad.
-¿Y qué repercusión tuvieron, sus
comunicaciones?
-España mostró un gran desinterés.
En cuanto a los médicos en general, es natural que lo recibiesen con
escepticismo. Piense usted que lo tradicional en la leucemia era el no tener
solución. Decir leucemia era lo mismo que decir muerte. ¡Es que todavía nos
falta demoler muchos mitos que hay en la Medicina! Así es que, cuando yo
apliqué un tratamiento efectivo, mis colegas se sonreían incrédulos. Además, se
cuidaban de convencer al paciente para que no concibiese ninguna clase de
ilusiones. No me cansaré de repetir que yo no curo la leucemia, sino que la
inactivo solamente. Si en lugar de ser yo un médico de Alicante se tratara de
un norteamericano o de un español con nombre de relumbrón, todo, hubiera sido
aceptado incondicionalmente. A todo esto hay que añadir el pesimismo que
reinaba en el mundo clínico por la muerte de dos figuras relevantes como fueron
Eva Perón y el general Varela.
-¿Pudo usted haber arrancado a
esas dos personalidades de las garras de la muerte?
-Yo fui llamado para atender a
Eva Perón. Sin embargo, vuelvo a decirle que le llaman a uno cuando la cosa ya
no tiene remedio. Vino un señor de la Argentina a buscarme; pero cuando nos
disponíamos a marchar sobrevino el fallecimiento de Eva Perón. Si yo hubiera
llegado a tiempo, Eva quizá tampoco viviese hoy. Y lo digo porque, estando
atendida por un especialista de cáncer, por un cirujano, por un ginecólogo y
por alguno más, hubiera sido muy difícil que ellos aceptaran mi opinión. Pues
su criterio unilateral de especialistas les habría cerrado los ojos.
-¡Pero, doctor! ¿Esa obcecación
que usted achaca a los demás especialistas no la padecerá usted también? ¿No
estará usted obsesionado con una idea hasta el punto de creerla inmejorable?
-¡No, porque he inactivado varios
casos de leucemia! Esto no es una ilusión, sino un hecho probado. Después,
porque mi campo no es tan restringido como el de otros especialistas. Me dedico
al estudio de todo aquello que hay en la sangre. Que es mucho y muy variado.
Además, no estoy solo, pues por esta brecha que yo he abierto me siguen
científicos de diversas naciones. La noticia dada por "Ya", el día
21, me hace reír. Dice este diario que el doctor Pentimalli, director del
Instituto de Investigaciones Regina-Helena sobre el Cáncer, de Roma, comunicó
al padre de Catalina Jelen la noticia de que ha conseguido inocular la leucemia
en un conejillo, obteniendo los mismos síntomas que en una persona. Si
Pentimalli se quiere arrogar la prioridad en este paso importantísimo, que lo
demuestre. ¿Acaso ha presentado él comunicaciones oficiales al mundo científico
como las enviadas por mí en agosto de 1950?
-Tal vez se trate de un pobre
ingenuo...
-España descubrió el Nuevo Mundo,
y, sin embargo, el continente americano lleva un nombre extranjero, el de
Américo Vespucio. Este individuo, italiano, nada descubrió, pero fue quien
divulgó el mapa de las tierras recién descubiertas. Por eso aquellas tierras,
en lugar de llamarse Isabelia, por ejemplo, se llaman hoy América. Durante
mucho tiempo se ha venido creyendo en el extranjero que yo era argentino.
-¿Cuántos casos de leucemia ha
tratado?
-Unos doscientos. Es preciso deshacer
un error grandísimo: el de que la leucemia es un cáncer de la sangre. Hace
pocos días un periódico barcelonés, refiriéndose a mí, hablaba de leucemia o
"cáncer de la sangre". Así se ha venido creyendo hasta ahora, porque
en los leucocitos se produce una incesante proliferación de las células de la
sangre. Por creerlo así nos encontrábamos en un callejón sin salida. ¡Pero la
leucemia no es un cáncer! Esta discriminación es otro de los jalones básicos de
mis investigaciones. La separación de una y otra enfermedad nos permite avanzar
hacia rutas desconocidas.
-He podido observar, don
Francisco, que no está usted satisfecho de todo aquello que la Prensa dice en
estos días de usted. No me refiero a PUEBLO, sino a los demás periódicos.
-En general, me parece bien.
Pero, claro, hay cosas que no me gustan.
-¿Y por qué no cierra usted mis
reportajes con un artículo suyo, donde puntualice aquello que crea necesario
aclarar?
Pie de foto: Nuestra
colaboradora, la señorita Mercedes Díaz-Jiménez, autora de estos reportajes,
trabajando en el laboratorio del doctor.
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EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
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Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
EL MUNDO DE LOS RECUERDOS ★
CONFIDENCIAS
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
- En los días de calma, Mas Magro suele hallarse metido en su despacho durante
muchas horas. Para mí, el tener que llamarle cuando su presencia se hace
necesaria en el laboratorio, me resulta completamente doloroso. Porque supone
arrancar al sabio de sus complicadas e importantes meditaciones.
Al abrir la puerta del despacho
de Mas Magro, se encuentra uno con la habitación sumida en la oscuridad. Pues
únicamente el microscopio está iluminado con un foco de luz potente. El
microscopio se halla colocado sobre un "bureau", tras del cual
desaparece juntamente con la figura del médico. La frágil valla de madera que
rebasa por delante a dicha mesa, recoge al doctor en un espacio vital limitado.
Y la madera, hasta simboliza el fuerte muro que en aquellos momentos separa al
científico del mundo que le circunda.
Mas Magro tiene a su derecha la
pluma. Y, al otro lado, la caja de pinturas está siempre abierta y dispuesta.
Pues las acuarelas le son muy necesarias para copiar en el papel las
coloraciones que ve en el campo óptico que está estudiando. También, en el
espacio que el "bureau" delimita, existe el retrato de una mujer: El
de doña Teresa Magro, la madre de nuestro científico que, con estampa
novecentista, representa el lazo de unión de este hombre con el pasado.
Cubren las paredes de la
habitación enormes estanterías que, por su contenido, denotan en el dueño una
formación científica de arraigo alemán. Casi todos los libros están escritos en
lengua alemana, que Mas Magro lee con la misma facilidad que el español. En la
estantería central preside la estancia una imagen de la Virgen, en copia del
Giotto, con marco de cuero repujado, hecho por las dos hermanas monjas que Mas
Magro tiene en las Esclavas del Sagrado Corazón. Y aquí y allá, delante de los
libros, hay una profusión de retratos, cuyos personajes entraron ya en el mundo
de los muertos.
No cabe duda de que Mas Magro se
halla unido a ese mundo alejado de las sombras, de los individuos que nos
precedieron, en forma semejante a como cada cual nos hallamos unidos a nuestros
muertos. Pero con una diferencia: que el sabio doctor no olvida a las personas
que le fueron queridas, y que rinde homenaje constante a quienes influyeron en
él de alguna forma. Es decir, confiesa a voces su árbol genealógico espiritual
y material.
Pregunto a Mas Magro por cada una
de las fotografías que hay en su despacho, y me contesta lo siguiente:
-Yo he querido mucho a mi madre,
que influyó notablemente en mí. Ella murió en 1917, a los sesenta años, de una
afección hepática. De una enfermedad que hoy no es nada, por los medios
curativos que tenemos a nuestro alcance, y que, sin embargo, entonces era
mortal.
-¿Y el doctor don Francisco Mas
Candela?
-MI padre fue médico en
Crevillente, el pueblo de la provincia de Alicante donde yo nací. Y a él le
debo el que yo sea médico también. Se me murió en mis brazos de una embolia,
cuando yo le transportaba en un sillón a la cama. Nunca he podido olvidar el
momento en que la cabeza de mi padre querido se dobló sobre su pecho, abatida
por la muerte. Quizá sea aquel dolor agudo que sufrí en 1879 el que me impulsara
a luchar constantemente, con objeto de querer vencer a la muerte.
-¿Y Miguel Servet?
-¡Es nuestro primer hematólogo!
-¿Y Cajal?
-¡Hombre! ¡¡Cajal es mi maestro!!
Yo estudié en la Universidad de Madrid, y siempre que tenía tiempo libre, me metía
en el laboratorio de Cajal. Fue entonces cuando comencé a convertirme en una
mosca de laboratorio.
-¿Quién es esta señora?
-Una mujer inteligentísima. La
doctora Rhoda Erdmann, de la Universidad de Berlín. Dirigía la revista
"Archiv Für Experimentelle Zellforschung", en la que yo colaboraba.
Nos escribíamos sin conocernos y, durante mucho tiempo, la estuve dando el
tratamiento de Herr (señor), pues no podía suponer que fuese una mujer. Por fin
la conocí personalmente en Budapest, en 1927. Ella presidió el Primer Congreso
de Citología Experimental, que fue llamado el Congreso del abrazo, por ser la
primera reunión de médicos de distintas nacionalidades que se celebró después
de la primera guerra mundial. Ella fue el alma de aquella reunión, en la que yo
pronuncié una conferencia. Cuando murió, en 1935 a los sesenta y cuatro años,
Alemania le tributó grandes honores.
-¿Alexander Maximow?
-Un hematólogo ruso que huyó de
su país cuando la caída de los zares. Marchó a Norteamérica y fue profesor de
la Universidad de Chicago. Yo le quería mucho.
--¿Y este señor que gasta perilla
y lleva el sombrero puesto?
-Don Faustino Barberán, que
dirigía la "Revista Valenciana de Ciencias Médicas". Era una
publicación de poca importancia. En ella comencé yo a publicar, y fue Barberán
quien mandó al extranjero mis primeras colaboraciones.
-Dígame, doctor ¿Tiene usted
mucho cariño a ese aparato? A su microscopio, que en este momento luce su línea
magníficamente, a causa del enfoque de la luz.
-Voy a contarle el primer éxito
que tuve con el microscopio. Fue en 1900, estudiando yo el último año de
Medicina. Me había reintegrado a casa de mis padres en vacaciones de Navidad, a
Crevillente. Al llegar a mi pueblo leí en "El Liberal" la noticia de que
en Murcia se había declarado la triquinosis y numerosas personas estaban
afectadas. Era muy entrada la noche, pero dejé preparado mi "Leitz" y
todos los útiles necesarios para verificar preparaciones microscópicas. Pensaba
marchar a Murcia, pues el viaje tenía además otro atractivo para mí. Que Cajal
y mi maestro Ferrán habían anunciado su salida para Murcia.
"A la mañana siguiente
solicité la venia de mi padre durante el desayuno, que tomábamos a las seis de
la mañana, pues él comenzaba a trabajar a las siete. Marché a Murcia, llegando
a las diez de la mañana. En la ciudad nadie sabía nada de nada, y anduve varias
horas desorientado, hasta que pregunté a un guardia por el Laboratorio
Municipal. Eran las tres de la tarde cuando llegué al Laboratorio, y estaba
rendido. Allí, diez o doce médicos se agrupaban en torno a una preparación
compuesta por fragmentos del músculo de una enferma que sucumbió el día
anterior. Los médicos, en vano, hacían maniobras de enfoque, pues nada lograban
encontrar. Pasaron tres cuartos de hora con iguales resultados. Entonces yo me
atreví a pedir que me dejasen mirar por la lente, aunque sólo fuese medio
minuto. En dos segundos enfoqué el microscopio, y las larvas de triquina aparecieron
enseguida. Estaban encapsuladas en las fibras musculares”.
"A continuación me
encargaron de la dirección del Laboratorio Micrográfico Municipal. Hubo sesión
extraordinaria en el Ayuntamiento y fui nombrado huésped de honor de la ciudad
y dotado con una buena asignación. Terminada la triquinosis en Murcia, me
reintegré a mi casa. Menos mal que Cajal y Ferrán desistieron de su viaje a
Murcia. Ramón y Cajal me dijo después que se alegraba, por haberme dejado el
paso franco hacia mi éxito. Y yo pienso que aquel caso analítico, aunque no se
trataba de un grano de arena en la técnica microscópica, era muy poca cosa para
el genio tan grande de Cajal”.
He de advertir a mis lectores,
que Mas Magro no suele hablar largamente. Me ha costado permanecer a su lado
muchas horas antes de poder arrancarle algunas confidencias. Es un hombre lleno de sencillez y no le gusta farolear.
Además sucede que en medio del relato, Mas Magro me abandona. Deja de hablar y
se zambulle en el microcosmos corpuscular sanguíneo que, cual película
cinematográfica, pasa constantemente por su mente. Luego, después de unos
momentos, vuelve otra vez a la conversación. Mas Magro continúa hablando,
oigámosle:
-No soy ya un hombre blando.
Aunque si interpreto música es porque siento el arte, y el arte no se puede
sentir sin tener sensibilidad. Pero soy insensible para los contratiempos. Y
vengo a decir esto porque me he quejado mucho estos días pasados, y usted lo ha
recogido, en su periódico. Sería un ingrato si yo silenciara las distinciones
que España me ha otorgado. La Academia de Medicina de Barcelona me concedió un
premio. Y otro la Real Academia de Medicina de Madrid. Tómelo, léalo usted
misma.
La hoja de papel que estoy
leyendo dice así:
"Instituto de España. Real
Academia Nacional de Medicina.
Ilustrísimo señor: Esta Real
Academia Nacional de Medicina, en sesión celebrada el día 9 de los corrientes,
acordó conceder, a V. I. el Premio Couder, correspondiente al Curso académico
1950-51.
Para este Premio no se admiten
solicitudes, siendo la Corporación quien propondrá anualmente la persona que
estime merecedora del galardón, dentro de las condiciones marcadas por la
fundación, cuyas características generales son las siguientes:
Esta Corporación concede un
premio anual de 4.000 pesetas en metálico, que se adjudicará a la persona a
quien la Academia crea merecedora de él por su talento, trabajo y virtudes
verdaderamente demostradas dentro del ejercicio de la Medicina.
Lo que en virtud del mencionado
acuerdo me es grato participarlo a V. I. para su conocimiento y satisfacción.
Dios Guarde a V. I. muchos, años.
Madrid, 11 de diciembre de 1950.
El académico secretario perpetuo,
Valentín Matilla."
Después de mi lectura, Mas Magro
sonríe satisfecho y añade:
Las cuatro mil pesetas del premio
ya me las he gastado. ¡Pero no lo diga usted, pues pensarán que soy un
derrochador! Los premios en metálico que recibo los empleo en regalos para mi
mujer.
Pie de foto 1: De izquierda a
derecha: doña Teresa Magro, la madre de nuestro científico; el doctor Francisco
Mas Candela, padre de Mas Magro; Miguel Servet, Ramón y Cajal, la doctora Rhoda
Erdmann, Alexander Maximow y don Faustino Barberá.
Pie de foto 2: Autógrafo de Mas
Magro, escrito para PUEBLO el 24 de enero de 1953, a la una de la mañana. Dice:
"En la investigación científica, el hecho definitivo se manifiesta en el
tiempo, sin límites, recorrido por una voluntad tenaz. -MAS MAGRO."
GRANDES REPORTAJES EXCLUSIVOS
EL DOCTOR MAS MAGRO SE DISPONE A
SALVAR LA VIDA DE CATALINA JELEN
Un reportaje de Mercedes
DÍAZ-JIMÉNEZ
EL INVESTIGADOR NO QUIERE SALIR
DE ALICANTE
Durante la República le
ofrecieron la Sección de Hematología del Instituto del Cáncer, pero antes le
preguntaron si había tenido algo que ver con la Dictadura
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
La mañana de ayer fue muy
laboriosa para el eminente doctor. No sólo el enfermito catalán reclamó una
atención especial en el sanatorio donde
se halla hospitalizado, sino que Mas Magro hubo de pasar mucho tiempo, fuera de
la clínica. Por otro motivo diferente y alegre. Sin embargo, el tener que salir
fuera de casa supone un trabajo más agotador.
Como la Diputación Provincial de
Alicante al fin le concede al sabio en el Hospital la sala que tenía pedida al
Ministerio de la Gobernación hace varios años, Mas Magro ha tenido que
conversar y puntualizar extensamente. El Servicio de Leucemia que hoy se crea
en Alicante es el primero de su género que existe en el mundo. Por tanto,
España marcha a la cabeza de las naciones en cuanto a la leucemia se refiere.
Si hasta ahora no existe en los hospitales ningún servicio leucémico es porque
se venía creyendo universalmente, con gran error, que la leucemia era un
cáncer.
El personal auxiliar, Pepita y
yo, también tuvimos mucho trabajo por la mañana, porque estos días está
llegando una enorme cantidad de material de análisis. La explicación de esta
acumulación de muestras sanguíneas proviene del aumento progresivo que va
adquiriendo la fama de nuestro doctor. Es muy natural que todo enfermo prefiera
poner su vida en manos de una eminencia.
También efectuamos los análisis
de los enfermos pertenecientes al Seguro Obligatorio de Enfermedad, quienes
pueden estar muy satisfechos de tener a su alcance los servicios clínicos de un
sabio. Por otra parte, cualquier muestra de sangre que llegue hasta nosotros es
analizada en todos sentidos. Así es que la persona que se haya confiado al laboratorio
Mas Magro puede vivir tranquila, libre de toda aprensión. Hasta ahora solamente
se han encontrado dos casos de leucemia precoz donde menos se sospechaban.
Ayer, cuando por la tarde
volvimos a la clínica, como todo el mundo se hallaba cansado el doctor Mas
Magro nos ordenó que dejásemos el laboratorio y que subiésemos a tomar una taza
de té con él. Recogimos prontamente y Mas Magro, ya despojado de su bata
blanca, llamó a voces en la siguiente forma: "¡Periquito!
¡Periquito!" Y un pájaro amarillo se presentó en el despacho. Vino andando
por el pasillo con saltitos graciosos. Entonces don Francisco bajó la mano
convenientemente y Periquito se encaramó en ella.
Me faltaba hablar a mis lectores
de este personajillo tan simpático que habita en la clínica. Se trata de un
pájaro de los llamados "periquitos", que no posee jaula porque está
amaestrado. Lo mismo se posa en los fregaderos que en la mesa, que junto a los
tubos de ensayo, que sobre el mechero de Bunsen cuando está apagado. Y lo más
curioso del caso es que Periquito suele ir detrás de su amo, siguiéndole por el
pasillo con precipitados saltitos. Son ya varias las veces que he lanzado un
"¡ay!" de susto creyendo que Mas Magro había puesto su pie encima del
pájaro.
¿Por qué Mas Magro puede amaestrar
de tal manera a los pájaros? No se trata seguramente de una catarsis, que así llaman
los psicólogos, con palabra griega, al momento en que voluntariamente nos libramos
de nuestra tarea continuada, al recreo necesario que proporcionamos de vez en
cuando a nuestra inteligencia, dedicándonos a una actividad banal. Debe de
tratarse de algo más profundo. Quizá a Mas Magro le guste estudiar la
idiosincrasia de los animales pequeños con objeto de ir acercándose a la escala
zoológica más ínfima. Al microcosmos donde habitan los seres invisibles que
nacen, viven, se reproducen y mueren a costa nuestra. Y también puede verse en
esa paciencia enorme que supone el amaestramiento a la constancia del
investigador en cuestiones biológicas.
Mas Magro subió las escaleras de
su casa llevando al "periquito" en la mano. Nosotras fuimos detrás, y
a poco en el piso del doctor el grupo clínico estaba dispuesto a merendar.
También doña Encarnación y la esposa de Mas Magro II con sus dos hijitos,
Quinita y Francisco de Asís. Este niño, a pesar de sus siete años, parece darse
cuenta de que el destino le impone la misión de continuar la obra de su abuelo
y de su padre.
Si el violín de Ingres de Mas
Magro es la música, el violín de Mas Magro hijo es la afición a todo aparato
eléctrico, que él sabe montar, desmontar y variar. Cuando terminamos de tomar
el té el joven doctor sacó el magnetofón que posee con objeto regrabar nuestra
charla. En seguida pedí que me hiciera oír la voz de Mas Magro reflejada en la
cinta magnetofónica. Fui complacida, y la voz del sabio surgió de la película,
donde se halla conservada para el futuro. Hablaba de leucemia, ¿cómo no? De
peroxidasas, de blastocistos, de metaplasias, etc. Su timbre de voz sonaba más
pastoso que al natural. Y los ecos producidos en la audición parecían
pertenecer a los espacios de una enorme sala internacional que estuviera llena
de científicos venidos de todas las partes del mundo. Era igual que si la
Historia en persona estuviera disertando. El acento levantino de Mas Magro es
muy pronunciado, pues de tal forma abre el sonido de la e que parece estar
articulando una a. En la intimidad de la familia suele hablar en dialecto
valenciano. Pero en la clínica, aunque los enfermos le hablen en dialecto, él
contesta en castellano.
Mas Magro se encuentra placenteramente
dentro de su hogar. Sus tres amores son: la clínica, la esposa y la nietecita.
El círculo familiar suyo se desenvuelve en un espacio vital bastante amplio.
Como la casa donde habita es de su propiedad, dispone del piso bajo para el
consultorio, del piso primero para su hogar y del cuarto piso para el hogar de
su hijo. Además utiliza el garaje y la amplia terraza. Las escaleras de la casa
son de mármol. Y en su comienzo campea un relieve escultórico del Sagrado
Corazón de Jesús que se halla entronizado en esta mansión. Si estoy enumerando
estos detalles es para rechazar ciertas afirmaciones aparecidas en algún
periódico. Las de que Mas Magro vivía en la más estricta modestia. Cualquier
español que en estos tiempos de crisis de vivienda posea una casa de cinco pisos,
con fachada a dos calles, puede considerarse un afortunado. Lo que ocurre es
que Mas Magro está dotado de una cualidad muy española: con la virtud de la
sobriedad. Y pertenece a esa generación de médicos que no hace descansar su
éxito en el montaje de una clínica fastuosa.
Le pregunto a Mas Magro lo
siguiente:
-Usted, que ha arrancado su
secreto a la leucemia, no puede permanecer en un rincón de España. Usted ha
echado sobre sus hombros una responsabilidad muy grande y necesita dar la cara
al mundo desde la capital de la nación.
-No deseo moverme de aquí
-contesta-. Hace tiempo que podía estar en Madrid. Era cuando la República.
Entonces me llamó Pittaluga. Me llamó para entregarme la dirección de la
Sección de Hematología del Instituto Nacional del Cáncer. En cuanto llegué a su
presencia me dijo: "Óigame, Mas: ¿usted no habrá tenido que ver con la
Dictadura, verdad?" Ni siquiera le respondí. Volví la espalda a Pittaluga
y regresé a Alicante.
Sin embargo, diré, con palabras
de Alfonso X el Sabio, que Madrid "Face e desface a los homes".
A nuestro doctor le gusta el ocio
como a cualquier ser humano. Por eso cuando tuvo que levantar la velada exclamó:
"¡Con lo bien que se está aquí!".
Pie de foto: El doctor Mas Magro
y su esposa. (Foto Sánchez.)
Los Juegos Florales de Alicante tienen singular carácter social
Un premio en metálico al pescador
o al marino que mayormente se haya distinguido en su trabajo diario
ALICANTE. (Especial para PUEBLO.)
HOY mismo, a las once de la
noche, van a celebrarse en Alicante los Juegos Florales que hace un mes fueron
convocados en todo el ámbito nacional.
Pero es necesario advertir que
los Juegos Florales de Alicante no sirven solamente para deleitar el espíritu
de los selectos. El certamen alicantino tiene una significación mayor, por
entrar en el campo de lo social. Entre los seis premios convocados, fijémonos
atentamente en la poesía que se titula "Exaltación del trabajador del
mar".
Dicho tema del concurso trata de
enfocar la atención de los poetas, y la atención del público, sobre los hombres
que diariamente se Juegan la vida en el mar. Además de esta exaltación del
productor, los Juegos Florales otorgan un premio en metálico al pescador o al
marino que mayormente se haya distinguido en su trabajo diario.
¿Quién es, pues, el alcalde de
Alicante, que lleva también al obrero al lugar donde se celebra la fiesta de
los espíritus selectos? Se trata de un alcalde escritor, de don Francisco
Alberola Such.
HABLA EL ALCALDE DE ALICANTE
-El premio al mérito en el
trabajo lo instituí en los últimos Juegos Florales que hace dos años
celebramos. Efectivamente, soy el primer alcalde que ha instituido un premio de
esta naturaleza dentro de las justas literarias, y no tengo noticia de que otra
ciudad siga mi ejemplo. Con ello he dado a esta fiesta tradicional un carácter
social de que antes carecía.
Lo que mayormente destaca en los
Juegos Florales de hoy, es la calidad de su mantenedor, don José María Pemán, y
la de la reina del certamen, señorita María del Carmen Planell, hija del
ministro de Industria.
MARÍA DEL CARMEN PLANELL, REINA
DE LOS JUEGOS FLORALES, DICE:
-Esta es la primera vez que soy
reina de unos Juegos Florales, y nunca pensé que pudiera llegar a serlo, porque
es algo muy bonito. La noticia fue para mí una agradabilísima sorpresa. Tanto
me gustan las poesías, que disfrutaré mucho presidiendo un certamen poético.
Puede ser que esté emocionada en
la fiesta o puede ser que no lo esté. Francamente, no puedo prever de antemano
la reacción que sentiré, porque ya he dicho que es algo nuevo para mí. Todo ese
aparato ceremonioso, la poesía, mis diecisiete damas de honor y las
autoridades, es suficiente para emocionar a una muchacha. Yo procuraré que
nadie note mi reacción.
En cuanto al vestido, es una cosa
importante también para el público y para los poetas, que preferirán que la
reina esté muy favorecida. Yo misma lo elegí de organdí blanco y de líneas muy
sencillas, que es lo más apropiado para simbolizar a una musa de esas que
inspiran a los poetas.
HABLA DON JOSÉ MARÍA PEMÁN, EL
MANTENEDOR DE LOS JUEGOS FLORALES
-Hace lo menos tres años que he
sido invitado para mantener los Juegos Florales alicantinos. Me alegro, al fin,
de poderlos realizar este año. Siempre tuve ilusión en ello, porque sé del fino
sentido poético de todo el Levante español.
Mi discurso, como mantenedor de
la fiesta, no durará más de treinta y cinco o cuarenta minutos, ya que esa es
la duración ideal que debe tener un discurso de esta clase. En él desarrollaré
el tema tradicional de la Fe, la Patria y el Amor. Creo que en Alicante será
interesante mirar estos tres valores fundamentales, un poco desde el punto de
vista mediterráneo. Es decir, con el equilibrio y moderación que esa periferia
impone a estos conceptos fundamentales y que muy a menudo en España suelen
enfocarse exclusivamente desde el punto de vista central de la meseta.
En general, todas las ciudades
del Levante son las que conservan mejor y en su mayor pureza el sentido de
estas fiestas de la Poesía. Y tengo entendido que en Alicante se celebran con
una solemnidad extraordinaria.
POESÍA Y PREMIO PARA LOS
TRABAJADORES DEL MAR
Son muy numerosos los poetas que
han acudido al certamen. Sin embargo, el tema que menos cantores tiene es el de
la exaltación de los pescadores. Pero esta circunstancia no significa un
desdén. Por el hecho de estar en el comienzo de una nueva trayectoria: del
camino que los Juegos Florales emprenden hacia los problemas sociales. Por eso
el tema todavía titubea, pues si es cierto que llevamos muchos siglos, de
versos, también lo es que los poetas no se fijan en los obreros hasta el siglo
pasado.
El complemento de estos elogios
poéticos, el premio al pescador que se ha distinguido notablemente en su
trabajo acaba de concederse a Tomás Reos Santacreu, inscrito en la Cofradía de
Pescadores de Alicante y tripulante del barco pesquero "Ginés
Llorca". Y, como yo misma he formado parte del Jurado calificador, fui enseguida
a comunicar la noticia al marinero. Pero no pude hacerlo rápidamente, pues el
pesquero solamente permanece en Alicante dos horas.
En compañía del patrón mayor y
del secretario de la Cofradía de Pescadores, del armador y del reportero
gráfico, fui a medianoche al puerto, a esperar el barco donde trabaja el
ganador del concurso. A nuestra pequeña comitiva se unieron tres carabineros,
los guardias civiles de la ronda, el guarda puerto y algunas otras personas,
por creer que íbamos a recibir a una alta Jerarquía. El "Ginés
Llorca" se hizo esperar bastante. Por fin, en la negrura de la noche, se
oyó el tacateo de su motorcito de dos pistones y dos luces comenzaron a
aproximarse. Enseguida saltamos sobre la cubierta resbaladiza y sorprendimos a
Tomás Reos cuando recogía el cable de amarre.
Al decirle que él era el ganador
del concurso de los Juegos Florales, se quedó bastante atontado. Pues aparte de
otras consideraciones, recibir mil quinientas pesetas de un golpe es algo
desconocido para el marinero. A mis preguntas fue respondiendo trabajosamente,
porque además acostumbra a hablar en valenciano.
-¿Desde cuándo es usted pescador?
-le pregunté.
-A los dose años me coloqué con
el armador señor Llorca, y no he vuelto a salir de entre sus barcos. Va ya para
cuarenta y seis años. Siempre estaré con él en esto de la pesca. Hoy ha sido
bastante mala. Salimos por la gamba, a veintisinco millas, y traemos poca cosa.
-¿Qué piensa hacer con las mil
quinientas pesetas?
-Pues entregárselas enteras a la
mujer. Para que compre ropa para los chicos. Que tengo seis. El más pequeño de
doce años y la mayor de veintidós. Y las jóvenes quieren algún vestido. No le
he dicho a la mujer que había solisitao el premio, para que no se hisiera
ilusiones si no me lo daban. Cuando lo recoja en la fiesta del teatro, voy a
casa, que vivo en Villajoyosa, y le entrego a ella un sobre lleno de dinero. No
se lo figura, no.
A continuación, Tomás Reos,
galantemente, me regaló una pescadilla de las pescadas por él mismo. Y salimos
de aquel barquito, perteneciente a la flota pesquera de Alicante, que es, nada
menos, que un ex combatiente. A pesar de que no se le nota esta admirable
condición por ninguna parte.
LOS POETAS Y LOS PROSISTAS
PREMIADOS
Los premios que esta noche se
otorgan en los Juegos Florales de Alicante son los siguientes: Flor Natural,
con cinco mil pesetas, a Adriano del Valle, por su composición titulada
"Fábula del Peñón de Ifach".
Rosa de Oro, con mil quinientas
pesetas, para Juan Sansano Benisa. A la poesía "Virgen del Remedio".
Poema a Alicante, con mil
quinientas pesetas para Leopoldo de Luis, por su composición "Ángel de
Marzo".
Exaltación del trabajador del
mar, mil quinientas pesetas, asignado a Antonio Coloma Pico, por "Mar
adentro".
Geografía, Historia, Arte y
folklore del partido judicial de Orihuela, con tres mil pesetas, todavía sin
adjudicar en el momento que escribimos estas líneas.
"Chapí, Azorín y Gabriel
Miró", dotado con dos mil pesetas por la Caja de Ahorros del Sureste de
España, para el prosista Miguel Signes Molines. Y otros dos, de mil pesetas,
para Isidro Vidal Martínez y José Alfonso.
Accésit de la Flor Natural, a
Luis López Anglada.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
Pie de foto 1: María del Carmen
Planell, reina de los Juegos Florales de Alicante. (Foto Estudio Amer.)
Pie de foto 2: Nuestra enviada especial en Alicante, Mercedes Díaz-Jiménez, comunica a Tomás Reos Santacreu la noticia del premio ganado. Es media noche, el barco acaba de llegar al puerto, y el marinero, que todavía no ha bajado a tierra, obsequia a la periodista con una pescadilla. (Foto Jo San.)
INTERCAMBIO MUNDIAL DE MÚSICA
Conciertos de obras españolas
incorporados a la cadena del Consejo Internacional
Manifestaciones de Oscar Esplá,
delegado en España de este organismo
Oscar Esplá, nuestro famoso
compositor, ha vuelto a España después de varios años de ausencia, pasados en
su mayor parte en Bruselas, donde dirigió el Laboratorio Musical Científico. Y
en su finca "Ruaya", situada a pocos kilómetros de Alicante, es donde
conversamos con él sobre sus proyectos inmediatos. Oscar Esplá es un hombre
juvenil, a pesar de sus sesenta y tres años. Con decir que para dedicarse a la
música dejó su carrera de ingeniero y su carrera de Filosofía y Letras, está
dicho todo respecto a su gran vocación. Por unas y otras causas, la conversación
con este artista está llena de atractivos. Oscar Esplá nos dice:
-Pienso trasladarme en breve a
Madrid, donde voy a organizar los conciertos de obras españolas con objeto de
que nuestra producción sea incorporada a la cadena de intercambio mundial que
el Consejo Internacional de la Música, creado por la Unesco, ha puesto ya en
marcha.
-¿No estrenará usted en España
sus óperas?
-Tal vez sea esto posible cuando
el Teatro Real abra sus puertas de nuevo y ofrezca al público un espectáculo
que toda una generación desconoce. La ópera, contra lo que creen sus
detractores, no ha caducado. Todos los compositores actuales escriben obras
líricas, aunque, en general, lo hagan sin éxito, pues no es fácil la técnica
del teatro lírico. Lo caduco es, en efecto, la presentación del espectáculo.
Pero cuando la "mise en scène" se estiliza adecuándose a la
sensibilidad moderna, la ópera sigue siendo la manifestación artístico musical
de influencia más directa en la masa, y, por consiguiente, un vehículo eficaz
de cultura.
-¿Hemos oído en España fragmentos
de sus óperas?
-Aquí no se han dado más que mis
obras sinfónicas. Es posible que me decida a estrenar los interludios de
"La Balteira", que forman una suite de concierto que podría dar la
Orquesta Nacional. "La Balteira", título que significa "La
Bailarina", fue destinada a los teatros de arte que en Norteamérica animaba
la escritora Irene Lewisohn, de quien es el libreto. La acción se desarrolla en
la Edad Media, en la corte del Rey Denis, durante una cruzada. El núcleo de
esta acción es el milagro de la danza, por el cual consigue La Balteira
conquistar al rey y obtener el perdón para el cruzado al que ama, La música, si
bien se basa en cadencias españolas antiguas, es completamente original. La
obra tiene la rémora de exigir una cantante que sea a la vez bailarina, Y si
estas dos facultades pudieron encontrarse una vez en una sola persona, es
verdaderamente difícil de hallar. En lo sucesivo habría que modificar el asunto
para separar los papeles de cantante y de bailarina, facilitando así la
representación.
-¿Y "Plumas al viento"?
-Se trata de una ópera en un
acto, con libreto del belga Joseph Weterings, en la que se presentan,
estilizados, algunos tipos clásicos de la ópera bufa: el pretendiente tímido;
el joven aventurero que arrebata la amada al tímido; el viejo ricachón que
quiere llevarse a la joven, y la madre de ésta, que acaba casándose con el
viejo. El estilo de la composición es el mío personal, sin buscar imitaciones
en el pasado del género.
-¿Y "La Forêt perdue"?
-Es la más importante de mis
obras teatrales y en la que he puesto mayor ilusión. El libro está sugerido por
mí mismo al poeta belga Paul Willems, que ha hecho los versos siguiendo mi
propio escenario. Se trata de la Bella Durmiente del Bosque que despierta
ahora, en nuestros días. Y he buscado en ello el contraste entre lo fantástico
y lo real.
-¿Qué obra sinfónica suya es la
que más pronto vamos a oír?
-Tal vez "Sonata del
Sur", para piano y orquesta. La Comisaría General de la Música tiene
interés en presentarla en España, y desearía, como yo, que el estreno aquí
corriera a cargo del pianista español Eduardo del Pueyo, que vive en Bélgica y
que es el mejor intérprete de mi obra. Es él quien la estrenó en París y luego
en casi todos los países en los que ya se ha dado. Además, Del Pueyo es hoy uno
de los primeros pianistas del mundo, y su presentación en España sería un
acontecimiento artístico. Pero hasta ahora no ha habido medio de llegar a un
acuerdo, y la obra sigue sin conocerse en mi país.
-¿Y su "ballet"
titulado "El Contrabandista"?
-Fue estrenado en París hace
tiempo por Antonia Mercé, "La Argentina" era una artista genial. Hizo
triunfar mi obra, a pesar de lo mal que la orquesta la interpretaba. Tan mal,
que escribí una carta a la Prensa, advirtiendo que lo que se tocaba no era lo
que yo había escrito. Quise hacer llegar esta carta a los críticos por medio de
mi editor, Max Eschig; pero éste me hizo desistir de mi propósito, diciéndome
con su sorna habitual: "Deje, maestro, que la obra se toque así. Es
posible que si se tocara como usted la ha escrito, no tuviera tanto
éxito."
-Y ese ballet, ¿no va a
representarse en Madrid ahora que la danza española ha alcanzado un nivel tan
alto? Hay una estupenda pareja de bailarines que ha formado compañía. ¿No le
gustaría que bailasen "El Contrabandista" Antonio y Marienma?
-¿Por qué no? Estaría encantado.
Pero he de añadirle una danza final a la obra. Por eso se interrumpió su
edición.
-Usted, maestro Esplá, figura en
la historia de la literatura como el amigo más íntimo de Gabriel Miró. Uno de
los prólogos en la edición de sus obras completas está escrito por usted.
¿Entre Gabriel Miró y usted existieron contactos musicales?
-Sí, existieron, y hubo el proyecto,
entre nosotros, de hacer una obra lírica sobre Santa Teresa. Además, Miró
escenificó su maravilloso cuento "Corpus" para que yo le pusiera
música. Y empecé la composición, que por circunstancias diversas no terminé.
-¿Qué le parecen los músicos
españoles de ahora?
-El movimiento musical español es
interesante y cuenta con personalidades notables que mantienen el prestigio de
nuestra música. Así, por ejemplo, Fernando Remacha, que vive en Tudela y cuyo
talento extraordinario empieza a ser conocido en España. Ernesto Halffter, en
Lisboa, Joaquín Rodrigo, Guridi, Palau, etc. Otro grupo de músicos interesantes
se manifiesta en Cataluña, con Toldrá, Montsalvatge, Ferrer, etcétera.
Finalmente, he oído una obra del joven Cristóbal Halffter, que me hace ver en
él una legítima esperanza de nuestra música. Hay otros todavía que haría larga
esta lista.
-Y en el exterior, ¿qué nuevas
tendencias musicales hay?
-Las novedades son poco
agradables. El dodecafonismo atonalista y serial, puro cálculo y sensación, al
margen de la función musical auténtica, no por dodecafonista, sino por atonal e
intelectualista. En cuanto a la otra "novedad" de la música en
cuartos de tono, de Alois Hába, es una legítima puerilidad. Este hombre
pretende evitar el "tema" en la música. En una demostración que hizo
en París pude hacerle ver, al menos por el momento, que su vago fluir musical,
"sin tema", como él sostiene, se convierte en la conciencia del auditor
en un galimatías de temas fugitivos que la imaginación va combinando con los
sonidos que oye, precisamente porque el compositor no le impone ninguno.
Después de oír hablar a Oscar
Esplá de sus obras y de las obras de los demás, nos quedamos anhelantes.
Esperando conocer la totalidad de su obra. Porque la música de Esplá, aparte de
su gran fuerza emotiva, está compuesta con un dominio de la técnica musical tan
preciso y tan elaborado, que pocas veces puede ser alcanzado por los
compositores.
Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
Pie de foto: OSCAR ESPLÁ
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
LA TIENDA de antigüedades
Lo más atractivo del Rastro son
las tiendas de antigüedades, porque mundos conocidos y mundos desconocidos se
encuentran allí representados. Todo lo que hay en el interior de ellas es
valioso o por lo menos antiguo. Y lo antiguo tiene el gran atractivo de haber
pertenecido a nuestros antepasados. Hablar de las tiendas de antigüedades es recordar
a Dickens y a Balzac, con sus relatos llenos de interés novelesco y con su
caleidoscopio aromado con el perfume de la época romántica.
Del espectáculo de las tiendas de
antigüedades del Rastro se puede disfrutar gratuitamente, pues carecen de
puertas, y la entrada es libre, sin que tengamos la obligación de comprar
alguna cosa. Y por añadidura, la amabilidad de los anticuarios contrasta
notablemente con el mal humor que tienen los comerciantes del interior de la
ciudad. Los anticuarios nos invitan a entrar en su camarín y disfrutan cuando
pueden hablar de sus especialidades con un cliente atento. Por eso la
sublimación de la profesión de comerciante la podemos encontrar en estas
tiendas, pues a los anticuarios no les domina el lucro sobre toda otra
transacción. Por manejar historia y cultura, su imaginación no está avasallada
por la transacción comercial. Observad lo que ellos hacen cuando no tienen
clientes: leen libros a pergaminos, traducen inscripciones de monedas y
estudian textos de arte. Preguntad a un anticuario del Rastro por el Museo del
Prado y veréis cómo desarrolla ante vosotros una magnífica lección de pintura.
Y cuando venden una pieza de primera categoría, se desprenden de ella a
regañadientes y se quedan sufriendo durante varios días.
¡Cuántas tiendas de antigüedades
veo a mi alrededor! Y cuántas vocecitas misteriosas salen de su interior que me
están llamando imperiosamente. Estoy indecisa y no sé hacia cuál dirigirme.
Pero no hay necesidad de entrar para estar distraída, pues acabo de posar mi
vista sobre un anticuario que se halla en la puerta de su comercio y que, provisto
de jabón, cepillo y de un barreño de agua, está bañando y frotando a dos
pastorcitos de porcelana.
-Los acabo de traer -me dice- y
los estoy adecentando para que sean más atractivos.
Tal vez sea el Rastro uno de los
lugares de Madrid donde más se limpia, pues casi todas las mercancías son
sometidas previamente a la acción purificadora del agua. Con el líquido
elemento son tratados desde el voluminoso armario hasta la tenue laminilla de
un grabado. Aunque la limpieza no se efectúa en virtud de la higiene, sino por
exigencias del negocio, los microbios mueren en grandes cantidades al llegar al
Rastro. Pues ya se sabe que la prosperidad del comercio influye
beneficiosamente en la civilización de las naciones.
El hombre de los pastorcitos
continúa frota que frota las porcelanas, y yo le pregunto por la razón del
letrero que campea, en su escaparate y que dice así: "No se efectuará
ninguna compra sin examinar la documentación del vendedor."
-Es que no queremos líos con la
Policía. Por eso tenemos que evitar la compra de un objeto que haya sido
robado. Llevamos un libro donde anotamos todos los detalles del vendedor y del
objeto, y la Policía viene a examinarlo periódicamente. A veces la Policía nos
envía unas hojas donde se describen minuciosamente todas las características de
ciertas joyas que acaban de ser robadas. Puede darse la casualidad que vengan a
ofrecérnoslas a nosotros. En estos casos actuamos como detectives, y a mí me
parece que llego a ser un protagonista de novela policíaca, a las que soy
bastante aficionado. Entonces casi todos los individuos que pisan el umbral de
mi tienda me parecen delincuentes, pero siempre me equivoco. Nosotros no
queremos objetos robados. No sólo porque sufrimos una pérdida comercial cuando
nos quitan el objeto en cuestión, sino por las derivaciones desagradables que
trae consigo.
A primera vista, todas las
tiendas de antigüedades parecen lo mismo. Pero escudriñando un poco se perciben
las distintas especialidades a que cada una de ellas se dedica. Al fin penetro
en el interior de un comercio que proclama su dedicación principal a los
grabados y a los mapas. El dueño me deja en libertad vigilada para estar al
tanto de mis preferencias, y yo me dedico a recorrer el mundo universal que se
halla extendido por las paredes, por las mesas y contenido en enormes carpetas.
También acaba de entrar una extranjero, que viene acompañado de un muchacho
pecoso, y los dos se ponen a revolver entre los mapas, buscando no sé qué pieza
determinada, mientras hablan en lengua holandesa. Allí hay mapas, planos,
pergaminos o cartularios de todas las épocas. Son imágenes que están muy de
moda en la decoración de los interiores modernos, pues se colocan bajo los
cristales de mesas y mesitas. Además tiene la tienda infinidad de cuadros y
otros muchos diversos objetos de arte.
Estoy deseando que el dueño me
hable. Lógicamente, el poseedor de aquellos tesoros tiene que ser una persona
muy culta, puesto que supo reunir tan bella colección. Y sabrá además muchos
relatos interesantes, porque cada objeto expuesto es un párrafo de la pequeña
historia de la crónica diaria de un pueblo, de un hombre o de una mujer. El
anticuario, don Juan Caballero, pronto me dirige la palabra y entabla
conversación conmigo:
-Han subido ustedes de categoría
-le digo-, por haberse instalado en esta galería comercial, tan nueva y tan
moderna. Se dice que el edificio pertenece a Conchita Piquer.
-Conchita Piquer es uno de los
tres accionistas que tienen la propiedad de estas galerías. Aquí estamos
reunidos los anticuarios que pudiéramos llamarnos clásicos, porque venimos
ejerciendo la profesión de siempre y aun algunos por varias generaciones. En la
galería que hay al otro lado de la calle están instalándose los nuevos.
Corredores de antigüedades que se acaban de establecer o bien comerciantes
venidos del centro de Madrid.
-Sin duda, tendrá usted muchos
clientes extranjeros. Acabo de ver a dos autobuses franceses que en la plaza de
Cascorro están esperando a sus tripulantes.
-Sí; así es. Vienen muchos
extranjeros a mi tienda. Pero compran cosas de poco valor por falta de moneda
española y porque llevarse consigo un bargueño, por ejemplo, resultaría muy
complicado. Lo que vienen a buscar es un trofeo que acredite su paso por
España. Suelen comprar cerámicas, hojas de pergaminos de los antifonarios,
grabados, monedas y castañuelas.
-En este verano habrá hecho usted
una venta estupenda.
-No sé por qué razón los turistas
de este año han traído tan poco dinero. En cambio, el año pasado hicimos más
ventas en los dos meses de verano que en toda la temporada de invierno.
--Y dígame, ¿quiénes son sus
proveedores?
-Los corredores de antigüedades
principalmente. Así como en la mañana del domingo todas las personas que entran
en nuestras tiendas son clientes, los días de diario, por el contrario, somos
visitados asiduamente por los vendedores. Sin embargo, ellos no son
especialistas en arte y creen que cualquier objeto tiene valor por el simple
hecho de ser antiguo. Mi tienda me absorbe demasiado, pero cuando puedo hacer
una escapada, me dedico a recorrer pueblos y provincias.
-¡Sí, ya no quedará ningún objeto
artístico por los rincones de España! ¡Si los anticuarios han arrancado hasta
las puertas, las rejas y los escudos de las casas antiguas! ¡Todavía se
encuentra mucho! Hace poco llegué a una casa escondida en una serranía y me encontré con la maravillosa sorpresa de que
en su comedor había veinte floreros de Arellano. La gente suele vender las cosas
con motivo de las herencias. Los hijos conservan los objetos que pertenecieron
a sus padres. En cuanto a los sobrinos, ya es otra cosa, pues prefieren el
dinero. Recientemente se ha vendido en pública subasta un goya en cuatrocientas
mil pesetas.
-¿Es Goya el pintor que más se
paga?
-No; ni mucho menos. En la
cotización internacional de pintura española, el primero es el Greco. ¡El Greco
es maravilloso! Así como los personajes pintados en los lienzos de la escuela
italiana, y no digamos de la holandesa, están asentados sobre un lugar
determinado, las figuras del Greco, por el contrario, entran en el dominio de
lo universal. Los personajes de "El entierro del conde de Orgaz" lo
mismo pueden hallarse en la calle que en una habitación o sobre una nube, pues
no tienen soporte real. Lo mismo ocurre con “El bautismo". Velázquez está
grandemente influenciado por el Greco, pues no habría podido pintar su célebre
Cristo desasido de la cruz, con sólo el soporte de los pies, si no hubiera
visto el Cristo del Greco. En virtud de este antecedente pudo Velázquez llegar
a pintar el aire y la atmósfera.
Y el anticuario don Juan Caballero se olvidó de sus clientes y se quedó junto a mí, hablando largamente sobre pintura española. Después, cuando marché de su tienda, fui pensando en la buena adquisición que la pedagogía podría hacer si hiciese pasar por las cátedras de arte a los anticuarios del Rastro. Pues los estudiantes escucharían una disertación monográfica muy estimable, y la lección se fijaría en su memoria mayormente por recordarla unida a un hombre que es protagonista, agente activo, de las vicisitudes artísticas.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
UN LADRÓN PERSEGUIDO
El curioso espectáculo que
presenta el Rastro durante las mañanas de cada domingo atrae sobre la plaza de
Cascorro a un numeroso público madrileño. Y también absorbe durante unas horas
a todo provinciano que se encuentre en la capital de España, porque la fama de
este mercado es conocida en toda la Península Ibérica, y aun fuera de ella.
Hasta los extranjeros acuden allí
con sus ojos muy abiertos, ya que las agencias turísticas incluyen ahora, en
sus rutas de visita a Madrid, la correspondiente vuelta por el Rastro. Su
presencia se hace bien notoria, pues autobuses ingleses, franceses y
portugueses quedan encallados en la populosa cuesta de Cascorro, como barcos
arrojados a la marea humana. Ayer, precisamente, había allí un extraño coche casa
que llevaba incrustado en el techo una barca de lona, pintada en color plata.
Más allá, un taxímetro de los nuestros aguantaba en su techo a un turista sueco
que enfocaba su máquina de retratar y gastaba sus películas sobre tan curiosa
perspectiva.
Y sucede así porque dicho lugar
es varias cosas a la vez. Es un exponente de las vicisitudes por que atraviesa
la más parlante de las economías menores españolas: la economía de la
intimidad, la casera. Es un alarde tradicional, con numerosas páginas de
historia escrita por los valiosos objetos de arte que las tiendas de
antigüedades exhiben. Y es un abigarramiento humano, integrado por clientes,
vendedores y curiosos, componedores de un cuadro costumbrista que llega a
sintetizar, parcialmente, el alma del pueblo madrileño. Del pueblo, pueblo
exactamente.
Pues bien: este mercado está lleno
de sorpresas, y además del clima típicamente madrileño, también podemos
encontrar al individuo musulmán. Hay lo menos ocho marroquíes vendedores de
perfumes, que llaman la atención con el "tarbush" de su cabeza y que
ayudan a sus compañeros de puesto. Ellos sirven de intérpretes entre el cliente
de lengua inglesa y el vendedor que, de puro castizo, habla con la campanilla.
Pero no solamente se hallan en el Rastro los marroquíes que son mercaderes,
pues también los hay entre los curiosos. Quizá suceda así porque los habitantes
de la parte más meridional de la tierra que se encuentra en Madrid acuden al
Rastro seguramente a causa del gran atractivo que para ellos tienen toda clase
de zocos. Y tan es así, que el domingo presencié lo siguiente:
Me hallaba yo en la cuesta de
Cascorro en la hora más concurrida de la mañana, aguantando, como todo el
mundo, los ardientes rayos solares que caen sin piedad a la hora del mediodía.
Estaba replegada sobre una de las aceras para defenderme del rio humano que por
la calzada avanzaba, cuando un gran griterío me hizo volver la cabeza hacia la
derecha. Entonces vi que un hombre corría, atropellando cuanto encontraba a su
paso. Se abría camino por entre la multitud a empujones y a saltos, y caía
sobre uno y otro puesto, dejando las mercancías destrozadas. Este hombre era
perseguido por varios individuos, pero no lograban darle caza, pues el pequeño
surco que se abre entre la gente dura allí solamente unos segundos. Se trataba
de un ladrón que estaba logrando huir de sus perseguidores, y ya se creía
completamente a salvo, cuando un desconocido, sujetándole por un brazo con
hábil llave pugilística, le detuvo en el acto y le dejó inmovilizado.
Tan cerca me encontraba yo de
aquellos hombres, que pude presenciar todo movimiento y oír toda palabra. El
ladrón tendría unos cuarenta años, y su aspecto era pulcro y bien vestido.
Claramente se veía que no era un raterillo accidental, sino un hombre
organizado, un técnico del robo. Su pecho jadeaba por el esfuerzo realizado, y
una expresión enorme de rabia salía por sus ojos, que se habían enrojecido. Con
los pelos revueltos, con la camisa desabrochada, con los puños apretados, con
el ademán dispuesto para arrancarse de un tirón que le librara del brazo
opresor, parecía una fiera a quien la multitud acosaba complacida.
El desconocido que le había
detenido, percatándose de las intenciones de huida del ladrón, le dijo con
marcado acento marroquí:
-Te advierto de que pertenezco a
la Escolta Mora del Generalísimo, aunque voy de paisano. Así es que más te vale
estar quieto.
Como a tales horas la gente que
hay en el Rastro no puede detenerse para formar corro, porque la marea humana
obliga a todo circunstante a subir y a bajar la cuesta periódicamente, el
musulmán, comprendiendo que podía evitar el escándalo, dijo al ladrón con voz
baja, pero con mucha energía:
-¡No grites! ¡Estate quieto y
disimula, como si tú y yo estuviéramos en buena armonía!
Y el ladrón quedóse quieto,
callado y sujeto al brazo de su opresor.
Entonces, yo, bajándome de la
acera, me introduje entre la gente y marché hacia otros lugares, pues no quise
saber más. Porque me hacía sufrir el ver a un hombre acosado como una fiera.
Que no solamente es triste contemplar a un cuerpo accidentado, con la carne
herida, desgarrada y sangrante, sino que es más desagradable sorprender a un
hombre en el momento en que su ánimo está abrumado por el delito, por la
detención y por la rabia. Sin embargo, la caza tan limpia que el musulmán hizo
del ladrón cuando sus varios perseguidores no habían logrado detenerle, me hizo
exclamar lo siguiente:
-¡Pero qué magnifica guardia
tiene el Jefe del Estado!
Pues hasta entonces, yo sólo había podido comprobar su gran vistosidad suntuaria.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
LOS ANGELITOS BARROCOS
Para darse exacta cuenta de los
detalles interesantes que una película del cinematógrafo encierra es preciso
que veamos varias veces su proyección, pues en la segunda vuelta se nos revelan
detalles que no pudimos apreciar antes por haber captado únicamente su
argumentación general. De igual forma, no podemos conformarnos con visitar las
catedrales españolas una sola vez. En la segunda y en la tercera visitas que
hagamos nos saldrán al encuentro figuras y motivos que no habíamos visto, por
dominarnos la armonía total de la obra arquitectónica.
En la catedral nueva de Salamanca
había yo entrado varias veces. Pero en la visita que la hice el mes pasado me
salieron al encuentro todos los angelitos barrocos que en ella habitan. ¡Qué
infinidad de ellos hay en la citada catedral! En el coro nada más habrá unos
seiscientos. Rematan la crestería de los sillones, se escapan jugando a meterse
bajo los asientos, vuelan a colocarse sobre el monumental órgano, posan sus
cabecitas en el trascoro churrigueresco, alguno de ellos esconde su tristeza
junto a un sepulcro, y los más ambiciosos se instalan en el altar mayor, junto
a la Virgen Santísima. ¿Cómo era posible que antes no hubiera visto a tan graciosa
multitud angélica? Por causa sin duda de misterios psíquicos o de refracciones
ópticas. Por quedar asombrada, quise aprehenderlos al menos con mi cámara
fotográfica. Más, ¡oh desilusión! Solamente podría retratarlos con el reflejo
del "flash" y con ayuda de un andamio altísimo. Y como no me era
factible en los pocos días de vacaciones que me restaban conseguir el permiso
del cabildo catedralicio y el andamio apropiado, hube de quedarme defraudada
sin llevarme nada entre las manos.
Pero mi sorpresa fue grande
cuando al volver a Madrid y llegar al Rastro veo una tienda de antigüedades con
su interior cuajado de angelitos barrocos, que estaban clavados en las paredes como
si fueran mariposas. Naturalmente que me introduje en la tienda llena de
avidez, y sin mirarlos detenidamente alcé mi brazo y dije:
-Quiero este y este...
De pronto, el temor de que mis
caudales no dieran mucho de sí detuvo mi brazo y no seguí apuntando más.
Mientras el anticuario subía a una escalera y descolgaba a las inocentes
criaturas, comencé a pensar con horror en el precio de cada uno. Mirados de
cerca, los angelitos tienen caras muy diferentes. No todos están en actitud
beatífica, sino que han pasado a la acción; unos se llevan su mano a los ojos,
otros desenrollan un pergamino, y los más de ellos se dedican a tocar
instrumentos musicales. El anticuario me dijo:
-Esta pareja de niños vale mil
doscientas pesetas. Son del siglo XVI y han venido de la provincia de Badajoz.
-Yo le daré novecientas pesetas,
pues no tengo más dinero.
-No puede ser. Es que son muy
simpáticos! Fíjese que están marcados en mil quinientas. En fin, por ser para
usted, y si no tiene más dinero..., se los dejaré.
-¿De qué madera están hechos?
-A ver... Por este dedito que
tiene roto puede apreciar la madera. Son de nogal. No; son de pino. De pino,
sí.
Los adquirí inmediatamente con la
intención de que revoloteasen por mi dormitorio, sobre la cabecera de mi lecho.
Pero como aquellos "niños", según la calificación que los anticuarios
les dan, no iban a haber salido del hospicio, pregunté al chamarilero por su
procedencia.
-Vienen de los conventos, pues ya
sabe usted los apuros que están pasando las monjitas de clausura, debido a que
los pequeños capitales de sus dotes no rentan casi nada. ¡Los tiempos han
variado mucho! Desde luego, para venderlos han de contar con al permiso del
señor obispo, quien se apresura a darlo, pues es una manera de salvar su
apremiante situación económica. Recordará usted la campaña que se hizo en
Madrid el año pasado en favor de los conventos de clausura. En ella se pedían
sugerencias del público para mejorar la condición de las monjas.
-¿Es que vienen ellas a
vendérselos a ustedes?
-No. No es así. Somos nosotros
quienes nos hemos abalanzado sobre los conventos pidiéndoles antigüedades. Algunas
monjas han llegado a desprenderse de los angelitos con lágrimas en los ojos. En
muchos conventos nos dicen: "¡Pero si no tenemos nada, lo que se dice
nada!" Sin embargo, comienzan a sacarnos un objeto y otro y otro
verdaderamente valiosos, aun cuando ellas lo ignoraban. Es que España ha sido
muy rica. Recientemente un convento de Toledo vendió un Greco, pero el cuadro
no llegó a salir de su sitio. El anticuario dio una señal de doscientas mil
pesetas y se comprometió a pagar lo restante, hasta el millón, en el plazo de
un año. Pero no pudo reunir esta cantidad, porque en sus anticipadas
especulaciones nadie le dio lo que pedía. Así es que, en buena moral comercial,
pasaba el cuadro a pertenecer a las monjas. Pero ellas, como bonísimas personas
que son, devolvieron al comprador parte del dinero de la señal. Dárselo todo
les hubiera sido imposible, pues habían hecho obras en el edificio.
Antes de marcharme dirijo mi
vista a los diferentes objetos de la tienda y veo que hay una buena cantidad de
imágenes: el Niño Jesús con un dedo de menos, un San Leandro manco y San Juanín
con una túnica bordada que solamente cubre su desnudez hasta al ombligo. Hacen
bien las monjas en desprenderse de tales santitos policromados, pues son
imágenes de poco valor artístico, que si han producido emoción devota entre el
público ingenuo de tiempos pasados, es mucho mejor sacarlos de las capillas y
arrojar los a la vorágine del mundo para decorar vestíbulos y salones
hogareños.
En cuanto a los "niños"
barrocos hay tantos, que le pregunto al anticuario un poco escamada:
-¿No será que están falsificados?
-No, señorita. No merecería la
pena llevarse tan arduo trabajo.
Cogí mis angelitos y, colocándolos con el mayor cuidado entre los brazos, me marché con la tierna carga a la estación del Metro. Y ya se sabe que, a la vuelta del Rastro, todo viandante que lleva las manos embarazadas por algo es observado descaradamente por la gente, que está deseosa de saber cuál es el tesoro que uno ha encontrado. Ciertamente yo había encontrado un tesoro en los angelitos, pues era precisamente el mayor capricho que en aquellos días tenía.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
"El Nervioso", o sea
Francisco Martín Messía, único castañuelero que hay en Madrid
EN España, el país de las
castañuelas, es muy natural que existan artesanos dedicados a la confección de
ellas. Pero lo que resulta paradójico es que no conozcamos los nombres de estos
laboriosos individuos, ni sepamos dónde viven ni en qué forma verifican su
trabajo.
Esta omisión viene siendo
característica de todas las épocas. Pues sólo sabemos que se hacían castañuelas
en Madrid, en la calle de Toledo, a fines del siglo XVIII. Y un siglo después
nos dice Barbieri que el único palillero que había entonces en la Corte se
llamaba Joaquín López, y vivía en la calle de Mesón de Paredes. Fuera de estas
dos citas, la literatura y el periodismo enmudecen por completo.
Los hombres dedicados a este arte
menor tan simpático han sido muy pocos. Pero ellos, precisamente por su poca
frecuencia, nos resultan más interesantes. En la actualidad sólo contamos en
España con media docena de profesionales de las castañuelas, ya que no cuentan
en el folklore hispánico las dos fábricas de palillos existentes en la
Península. Ni tampoco los carpinteros anónimos, que suelen hacer un par de
castañuelas con el trozo de madera inservible que les sobró.
El único individuo que en Madrid
está dedicado a los palillos se halla tan encerrado en su ambiente que pasa
completamente inadvertido. Su existencia la notamos indirectamente por las
castañuelas nuevecitas que vemos en el Rastro. Pero en las tiendas donde se
venden los pequeños instrumentos de percusión es inútil preguntar por el
castañuelero. Allí no saben dónde vive "El Nervioso", porque él mismo
las visita periódicamente sin dar tiempo a que le llamen.
Por tal motivo, si quise
encontrar a "El Nervioso", no tuve más remedio que montar la guardia
en el Rastro durante la mañana del domingo. Avizorando las tiendas de
antigüedades, esperé el momento en que el castañuelero se acercase a los escaparates
para observar si había suficiente provisión de postizas. Aunque los proveedores
de tiendas no trabajan en los domingos, sin embargo, quien por algún motivo se
halle vinculado al Rastro, no puede pasarse los días festivos sin acudir a él.
Más que una costumbre es ya un vicio, pues el Rastro atrae y embriaga a multitud
de personas. "El Nervioso" tardó bastante en llegar, pero enseguida
le conocí por la serie de movimientos irrefrenables que con su cabeza efectúa.
Al punto le abordé y le pedí que me dejara ir a su taller, de castañuelas para
ver cómo se hace el instrumento nacional de percusión.
Así es que aquella misma tarde
del domingo me encontraba yo en el Puente de Vallecas buscando el número 7 de
la calle de Callejo. Por fin dí con la calle buscada, que se encuentra junto a
la vía del tren, y si aquello no es el confín de Madrid, lo parece, al menos.
Seguidamente entré en la casa de "El Nervioso".
El taller de castañuelas es bien
sencillo. No tiene más que un banco de carpintero, dos o tres herramientas, un
montoncito de maderas y un baúl para guardar el género ya concluido. En
realidad, no hace falta más, pues la calidad de los palillos depende por entero
de las manos del artesano, del "punto" que se da al instrumento.
"El Nervioso", o sea Francisco Martin Messía, tiene buenas manos.
-¿No es así, señor Francisco?
-pregunto al maestro castañuelero.
-Eso creo yo, pues en mi vida
hice otra cosa. Tengo cincuenta y seis años y desde chico es lo que vi. Mi
padre era castañuelero, y mi abuelo, también. Yo estoy orgulloso de que mis
palillos ganaran una medalla en la Exposición de Barcelona. De los cinco hijos
que tengo, sólo uno ha salido con el oficio. Mi descendiente-discípulo vive en
Sevilla y gana sus buenos cuartos.
-¿Pero si en Sevilla habrá
cientos de castañueleros?...
-No los hay. Allí sólo está mi hijo
Manuel. Y Esperanza, la hija del castañuelero "Ojos Negros", que Dios
tenga en su gloria. Esa chica sólo trabaja un molde de palillos, y nosotros, en
cambio, hacemos cuatro plantillas diferentes.
-La gente cree que todas las
castañuelas son iguales.
-¡Quiá! Ni mucho menos. Mis
modelos son éstos, mírelos. Este se llama de "pescuezo de botella", y
es el que más gusta en Andalucía. Esta otra, de "oreja de paloma",
que es la madrileña: corta de oreja y ancha de tripa. Ahora vea usté la más
aplastada, la "hechura alemana", que se llama así porque el catalán
que las introdujo aquí trajo el modelo de Alemania. ¡Ya ve usté qué cosa! Y
esta otra, la más grande de todas, es la preferida por la parte del Norte. Los
sonidos varían poco, pues lo importante es el "punto" y no la forma.
-¿Y cómo fue eso de que su hijo
se estableciera en Sevilla?
-Es que yo voy todos los años
allá. Emigro como las golondrinas, porque Sevilla me gusta mucho. De recién
casados iba mi mujer conmigo; luego me llevaba a algún hijo. Y una niña allí se
me murió. Me hospedo en Triana, y cuando llego voy a visitar a mis compadres, a
los amigos y a los maestros de baile. La gente comienza entonces a decir:
"Ha venío Martín de Madrí." Y me caen los encargos, porque yo, en
Sevilla, estoy reconocío. Mi hijo Manuel estuvo colocado aquí de regador del
Ayuntamiento; pero vio que las castañuelas proporcionaban mayores ingresos y
daban más libertad de acción. La última vez que lo llevé a Sevilla se enamoró
de una muchacha, se casó con ella y no quiso volver. Él tiene más ilusiones que
yo, pues es joven y viaja para buscar madera.
-¿Me parece que está usted muy
deprimido?
-¡Claro! ¡Si no puede ser otra
cosa! La falta de madera me trae sin sosiego. Ni granadillo, ni guayacán, ni
ébano. Con decirle que ayer me pidieron treinta duros por un kilo de ébano.
Cuando tengo madera, me quedo en casa trabajando, y hasta velo, aunque haga
mucho calor. Y digo lo del calor porque sabrá usté que el granadillo es muy
delicao, y hay que cerrar puertas, ventanas y rendijas: la menor corriente de aire
lo raja. Si velo, me hago seis pares de palillos al día. Pero ahora, ¡maldita
sea! ¿Qué he de hacer?, pues vagar todo el día por el Rastro y entrar en la
taberna de la calle de la Ruda pa animarme un poco con el mosto. Como no tengo
compañeros de oficio, ni Sindicato, ni na, pues ando como un perro, con el rabo
entre piernas.
---Sin embargo, las tiendas
madrileñas están llenas de palillos. Nunca he visto tantos como ahora.
-¡Pero son igual que tejas! De
fábrica, hechas con las peores maderas y parecen monstruos. Los turistas no
entienden y los dueños de las tiendas tampoco. Sólo hay cuatro comercios que
conocen el género. En cuanto a los clientes, los más exigentes son los
sevillanos, aunque allá se pagan menos los palillos. Donde mayor precio alcanzan
es en Barcelona. En Barcelona también he trabajao, pues fuimos allí evacuados
cuando la guerra. En esta ciudad tengo a un hermano, profesional de las castañuelas,
que es mu célebre, A mí me gustaría vender los palillos directamente al
público. Pero soy mu corto, y además dirían los del Rastro: "Mira a
Martín, que se ha metío a vendedor."
-¡Cuántos imponderables tiene
este oficio! Pero, Martín, yo he venido a su casa para verlo trabajar.
El señor Francisco tomó entonces
un pedazo de madera y modeló una castañuela delante de mí, tardando una hora en
hacerla. Primeramente puso el patrón de cinc sobre la tabla y dibujó el
contorno. Luego lo recortó con la sierra, y efectuó la concavidad interior con
la gubia. Metió la pieza en el torno para que estuviese bien sujeta y la moldeó
pacientemente con dos limas de diferente grosor. Hizo en el interior de la
oreja el juego de bisagra, necesario para que encajara suavemente con la valva
contraria. Con un taladrador verificó dos agujeritos para los cordones. Por último,
con papel de lija dejó las superficies tan lisas como la palma de la mano. La
otra media castañuela la hizo después. Y a medida que avanzó en su trabajo fue
repiqueteando los palillos con objeto de probarlos y rectificar la afinación
poco a poco.
Por fin, el señor Francisco levantó
la castañuela hembra, cerrada, a la altura de mis ojos para que yo me fijara en
el célebre "punto". Y vi cómo las dos valvas de madera se rozaban
sólo en un lugar imperceptible situado en la mitad del borde inferior, por dentro.
Después sometió a mi observación el juego de bisagra. Es decir, yo estuve
durante unos segundos sorprendiendo el secreto de los palillos, metida en el
quid donde reside la valía del pequeño instrumento. Como que casi llegué a palpar
el principio de causalidad promotor del orgullo profesional de Martín. Y como
punto final, "El Nervioso" sonó la castañuela con repiqueteos de triunfo,
como si en aquel momento hubiera en su taller una orquesta interpretando la
"Suite", de Albéniz.
Se me olvidaba decir que Martin,
mientras estuvo haciendo su trabajo, no dejó de bajar la cabeza con fuerza a
cada momento, pues en ese movimiento consiste su tic nervioso. Tan curioso me
resultaba el contemplar a ese acompañamiento de diapasón, que llegué a pensar
si el tal tic sería un caso de mimetismo, de identificación entrañable con el
oficio: la cabeza de Martín se mueve igual que unas castañuelas, en el momento
en que ellas dan un castañetazo seco. Pues aparte del mimetismo, sólo encuentro
otras dos explicaciones verosímiles para este curioso fenómeno: que sea el
duendecillo alegrador de las castañuelas quien hace cosquillas en el cogote de
Martín, o que este hombre posea el maravilloso humorismo de hacer burla a los
palillos remedando su manera de ser.
Cuando vayáis al Rastro, lectores
míos, fijaos en todas las personas que pasan junto a vosotros. Entre ellas se
hallará Martín, con su caja llena de palillos bajo el brazo y con una alegre
castañuela por cabeza. No le dejéis pasar de largo sin observarle atentamente. Él
es un tipo interesante: uno de esos seis castañueleros que únicamente hay en
España.
LA CAJA DE AHORROS INFANTIL, DE ALICANTE, PRIMER ESTABLECIMIENTO
BANCARIO QUE TIENEN LOS NIÑOS ESPAÑOLES
Numerosas instituciones tenemos
en nuestro país dedicadas a la infancia. Toda una trayectoria, que va desde la
obra asistencial puericultora hasta la protección al escolar superdotado.
Pasando por las escuelas, las catequesis, las bibliotecas y los parques. No
obstante esta variedad, el individuo que llega a Alicante se queda gratamente
sorprendido ante el letrero que campea en un lujoso establecimiento, que dice
así: "Caja de Ahorros Infantil."
La existencia de esta Caja de
Ahorros Infantil nos dice que aquí, en Alicante, nos hallamos frente a una
modalidad institucional nueva. Pues se trata de un local destinado
exclusivamente a los niños. Y la novedad es trascendente porque, además del
beneficio que reporta a nuestra riqueza, plantea varios temas de estudio a los
que es necesario prestar atención.
No es que sean nuevas las Cajas
de Ahorro Infantiles. Lo nuevo es el lujo de entregar un local a los pequeños
clientes. Ciertamente que el Estado español viene propugnando el ahorro
infantil, hasta el punto de que es obligatorio, desde 1911, la implantación de
las Mutualidades Escolares. Sin embargo, no obstante el celo de la legislación
estatal, varias veces reiterado, el ahorro infantil es muy lento: las
Mutualidades Escolares no prosperan a pesar de que los maestros y los
funcionarios que intervienen en ellas se desviven por impulsarlas.
Pero lo que no puede hacerse de
ninguna manera es dejar escapar una aportación que beneficia al niño y a la
nación. Por tanto, el agradecimiento a quien consiga canalizar una riqueza que
se está perdiendo tontamente debe ser notorio. Si la filial de la Caja de
Ahorros del Sureste de España logra atraer a un considerable número de pequeños
clientes, es porque, debido a su limitación regional, tiene una mayor
flexibilidad. Y también a que la gran potencia económica que detenta le proporciona
la libertad de movimientos propia de quien es rico. Téngase en cuenta que, aun
siendo una institución muy reciente, está custodiando un ahorro infantil de 12
millones de pesetas.
EN EL INTERIOR DEL
ESTABLECIMIENTO INFANTIL
Ni que decir tiene que a todas
las horas del día se estaciona el público ante los escaparates de la Caja de
Ahorros Infantil. Grandes y pequeños miran atentamente al interior de las
vitrinas. Los chicos, a la profusión de juguetes que se exhiben para premio de
los más constantes. Las personas mayores, para admirarse de que la institución
alicantina consiga lo verdaderamente difícil: que sus hijos prescindan de
golosinas y de chucherías con objeto de formar un pequeño caudal que, sobre
toda otra consideración, tiene la virtud de educar la voluntad del pequeño
impositor.
Ya desde el umbral de la casa se
consigue la atracción del niño con simpatía. Porque allí hay una composición
alusiva, hecha al estilo de las fallas valencianas, con una gran hucha rodeada
de chicos buenos y malos, guapos y feos, y de hormigas y cigarras, sellos y
monedas. Al transponer la puerta del establecimiento, un Niño Jesús, en
hornacina bien al alcance de las miradas, hace una llamada a la fe de los
clientes. Y un bajorrelieve escultórico consigue educar un poco el sentimiento
estético de los visitantes. El patio de operaciones, cosa inaudita, no es para
personas mayores. Los mostradores y las ventanillas son bajas; la caja fuerte,
pequeñita, y las fórmulas administrativas facilísimas.
Las imposiciones se verifican
principalmente en los lunes, debido a que los chicos ahorran los domingos
algunas monedas. El contemplar la afluencia de pequeños clientes a los
mostradores es un espectáculo que brindamos a los pesimistas. Niños y niñas de
todas las edades se acercan a vaciar sus huchas y aprietan con sus manitas la
correspondiente cartilla, dándose perfecta cuenta de que ese cuaderno tiene
valor. Otros siguen con su mirada las anotaciones que las funcionarias van
trazando sobre los impresos. Y algunos deletrean la dedicatoria de la cartilla,
que habla cariñosamente: "Querido estudiante." "Simpático
pequeñuelo.".
Es decir, que la aridez propia de
las cifras y del local donde se cobijan se ha convertido en algo muy sugestivo.
Y el hecho es más trascendente por vivir en unos tiempos donde todo parece
conspirar contra el niño, quien no cabe en ninguna parte. Ni en los pisos tan
pequeños, ni en las ciudades aprovechadas solamente para el tráfico, ni en los
presupuestos familiares.
LA JUNTA DE GOBIERNO INFANTIL
Además, la Caja de Ahorros Infantil
tiene una Junta de Gobierno, compuesta por nueve muchachos, cuyas edades
oscilan entre los nueve y los trece años. Esta Junta tan juvenil se reúne
semanalmente, y tiene su misión de conocer la manera del ahorro que efectúan
los chicos alicantinos, el movimiento económico que las escuelas proporcionan a
la Caja y el proponer a los alumnos más sobresalientes de la ciudad para que
sean premiados por su aplicación.
He aquí, pues, llevadas a la
práctica, las teorías preparatorias de la convivencia social, que tan
necesarias son a nuestra idiosincrasia individualista: los escolares deben
ponerse en contacto con la sociedad para conocer sus problemas. Que la Caja de
Ahorros del Sudeste de España persigue con estas actividades fines económicos,
está fuera de toda duda. Pero ¿es que puede fomentarse la cultura y el
bienestar sin una base crematística? No debe olvidarse que esta institución es
benéfica. Que sus beneficios son empleados en obras culturales, en viviendas
económicas, en protección al necesitado y en bibliotecas públicas.
El presidente de la Junta de
Gobierno infantil es el muchacho de doce años Román Bono Guardiola. En él se da
la circunstancia de ser hijo del presidente del Consejo de Administración de la
Caja de Ahorros del Sureste. Esta condición ha sido elegida a propósito, pues
con ello se consigue una finalidad educacional bien necesaria. Es lógico
suponer que, con el tiempo, el joven Román Bono entre en la citada institución
para trabajar en ella. Por tal motivo, formar parte de la Junta de Gobierno
infantil es lo mismo que estar asistiendo a una escuela profesional. Y a todas
horas estamos clamando por las escuelas profesionales. Con ello estamos, además,
dentro de la propuesta española de la educación del selecto. Del individuo
llamado a desempeñar las tareas más elevadas y las responsabilidades más
serias.
Por otra parte, la Caja Infantil
está verificando una experiencia muy alentadora. La Junta de Gobierno reúne a
muchachos pertenecientes a las distintas clases sociales. Y el intercambio de
sentimientos, la amistad que se adquiere y el compañerismo que se está
fraguando redundará en ventajas para todos: en acercamiento de los de arriba y
de los de abajo.
Pero oigamos el parloteo de los
chicos después que la Junta de Gobierno infantil terminó sus tareas:
José Onofre: "Estaba en la
cama, enfermo. Pero me llegó un oficio dirigido a mi nombre, y me levanté para
venir a la Junta."
José Climent: "Cuando cumpla
veinte años seré hombre de provecho. Pues tendré diez mil pesetas para montar
un taller de electricista."
Vicente Aracil: "Yo tenía
doscientas pesetas ahorradas, pero necesité sacar treinta duros y me he quedado
bastante pobre."
José López: "En mi escuela
se prefieren los sellos de ahorro a la hucha. Es más divertido comprar los
sellos y pegarlos en las hojas que echar las pesetas en una caja."
Juan Más: "Para ser vocal de
la Junta mi profesor nos propuso a tres chicos, a los primeros de la clase.
Pero el director del colegio me eligió a mí. Los otros dos son listos, pero
dejarían mal al colegio porque hacen muchas diabluras."
Antonio Lledó: "Yo soy el
alumno más importante. ¡Todos los chicos me miran cuando salgo del grupo
escolar para dirigirme a la Caja de Ahorros! Y cuando vuelvo, me preguntan:
"¿Es bonito el despacho que tenéis?" "¿Habéis contado mucho
dinero?" Ellos no tienen ni idea de lo que es esto."
Con las frases anteriores los
muchachos han expresado su entusiasmo. Todo un mundo de intereses infantiles
está contenido en ellas. Los nueve adolescentes de la Junta de Gobierno son los
mejores de cada escuela alicantina, y tan abiertos tienen los ojos, que captan
con avidez las nuevas situaciones sociales que la Caja de Ahorros Infantil les
está proporcionando.
Mercedes DÍAZ JIMÉNEZ
Pie de foto: La Junta de gobierno de la Caja de Ahorros Infantil, cuyo presidente, el tercero de la izquierda, es el joven Román Bono Guardiola. (Foto Sánchez.)
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
EL MELENAS
Todos los días, indefectiblemente,
"el Melenas" llega al Rastro a la una de la tarde. Se detiene en los
distintos puestos donde se venden chisqueros y fornituras para encendedores y
examina las novedades del momento. A veces compra un tornillo, a veces dos, a
veces ninguno. Luego marcha cuesta abajo, por la calle de Carlos Arniches, y se
introduce en las callejuelas adyacentes.
La clase de tipo que es "el
Melenas" solamente puede tener por fondo al Rastro y a sus aledaños. Es un
hombre desagradable, bajo, cojo y bizco. Además está corcovado a causa del
esfuerzo que sus manos verifican sobre los bastones que le ayudan a caminar.
Sin embargo, todas estas señas personales tan desmedradas, se hallan dentro de
lo frecuente, pues hay muchos individuos cojos, bizcos y corcovados. Pero lo
que singulariza grotescamente a este producto de la naturaleza es su larga
melena, que flota en el viento cuando anda. Melena sucia, canosa y ondulada que
pone en su cuerpo la tragedia. Porque la fealdad innata se hace más visible con
tan llamativas greñas.
"El Melenas" lleva
nombre de persona como cualquier hijo de vecino: se llama Laureano Pérez y
tiene cuarenta y ocho años. Si Laureano aparece en el Rastro a la una de la
tarde y no antes, es porque la noche anterior se acostó a las cinco de la
mañana. A tal hora dejó las churrerías de Lavapiés y, trac, trac, trac, con el
acompañamiento de sus bastones, sonando en las losas de la vía desierta, llegó
al número 12 de la calle del Mediodía Grande. A su domicilio habitual, en la
hospedería más barata de Madrid: a dos pesetas la cama. Hospedería que no hay
que confundir con aquella famosa posada de mendigos, donde el durmiente apoyaba
su cabeza sobre una cuerda bien tensa. Aquí cada uno de los ochenta y cinco
huéspedes tiene cama individual. Los mozos de cuerda, los mendigos y la gente
de mal vivir duermen en habitaciones colectivas con perfecta línea horizontal.
En la madrugada llegó "el
Melenas" a su catre, cayó en él y pasó seguidamente a roncar. Mas pronto
llegaron las ocho de la mañana y con ellas el levantamiento obligatorio. Aunque
Laureano fue zarandeado convenientemente, no se movió. Pues la Dirección tolera
al "Melenas" una ración extraordinaria de cama, debido a su veteranía
en la casa. Luego, cuando llegaron dos viejas de aquelarre a limpiar el
dormitorio, de nada sirvió que descorrieran el catre de Laureano, y de nada
sirvió que le echaran encima nubes de polvo antihigiénico. "El
Melenas", como cualquier potentado caprichoso, jamás se levanta del lecho
hasta que el sol ha llegado a su cenit.
Dio la casualidad de que "el
Melenas” y yo coincidiéramos el domingo en un puesto del Rastro. Como la
aproximación que el público efectúa ante un tenderete induce a la conversación,
pude hablar fácilmente con "el Melenas". Y le pedí que me mostrase
sus pensamientos íntimos. "El Melenas" se negó a que yo le acompañase
a su taberna habitual, alegando que no estaba lo suficientemente curioso para
ir con una dama. Efectivamente, sus pantalones de tela de soldado semejaban dos
mangas de riego, por los surcos imborrables que tenían marcados y por la fuerte
consistencia que el tejido adquirió a causa de la mucha mugre. Pero, en
definitiva, llegamos juntos a la taberna, y el dueño tuvo la precaución de
colocarnos lejos de las miradas del público. Pues en aquel momento nos
estábamos pareciendo extraordinariamente a Quasimodo y Esmeralda, los
personajes que Victor Hugo puso en "Notre-Dame de Paris". Yo le dije
a Laureano Pérez:
-Me han dicho que vende usted
específicos contra la calvicie. Y que en el Rastro expone usted al público su
hermosa melena como muestra convincente.
-¡Yo no hago eso! -contestó lleno
de indignación-. Mi pelo no lo rebajo hasta ese punto. ¡Si lo llevo largo es
porque hice una promesa! Y mire usted, promesas hay muchas, pero como ésta de
mala ninguna. ¡Bien sé lo que cuesta llevarla encima!
-Sin duda ha recibido usted un
gran beneficio del cielo. ¿Quiere decirme cuál fue la causa que motivó tal
promesa, y a qué santo fue hecha?
-¡Es una penitencia que yo me
impongo a mí mismo!
-Pues habrá sido muy grande el
pecado que usted está purgando.
-Llevaré la melena toda la vida
porque me interrumpieron la promesa. Había prometido sólo cuatro años, pero caí
enfermo, me llevaron al Hospital y allí me la raparon sin pedirme permiso.
¡Cuesta mucho trabajo llevarla! Los chicos huyen de mí asustados, y en la
taberna donde yo era limpiabotas comenzaron a cerrarme las puertas. Hace
treinta años que ando por esta barriada y todos me aprecian mucho, pero, claro,
mi pelo les retrae. En Casa Flores me daban cincuenta duros de sueldo por
limpiar los zapatos. Condición previa, que me cortase la melena. El dueño de La
Murciana me dijo: "Pérez, aquí no entres si no vienes arreglado." Entonces
me fui a las duchas, el barbero me afeitó, me lavó el pelo y me puse un traje
nuevo. Pero el murciano no quiso apreciar mi limpieza. ¡Quería que me cortase
la melena! Si lo hacía, me dejaba volver de "limpia", vendería el
tabaco y me daba de comer sin cobrarme nada.
-Aceptaría usted en seguida...
-¡Pues no me la corto aunque se
empeñen! ¡Basta que anden detrás de mi melena para que yo la conserve! Otro de
los que la tienen tomada con mi pelo es el guardia que hace la ronda nocturna
en Lavapiés. Hace pocos días iba yo para mi casa en la madrugada, y el guardia
me echa el alto. Me pregunta: "¿Adónde vas?" Dije yo: "Pues a
casa." Y va y me registra; luego dijo: "¡Que no te vuelva yo a ver
así! Mañana vienes pelao!" Y le dije yo: "¿Por qué se mete usted
conmigo, si yo soy un hombre decente y honrao? ¡Se meta usted con la gente
maleante de ahí abajo, que yo soy un ciudadano patriótico y normal!"
-Óigame, Laureano: ¿si una mujer
se enamora de usted y le pide que se corte el pelo?
-Esa mujer no pedirá que me corte
el pelo. Si se enamora de mí es que la he gustado tal cual soy. No sería la
primera vez que una mujer me quiere. Entonces tenía yo el pelo cortao al cero
cuando viví con la Pili por cuatro años. Y yo trabajaba porque tenía voluntad.
Íbamos a casarnos y todo, porque el señor conde de Casal tenia gusto en ello y
nos mandó a su secretaria para arreglarnos los papeles. Con los míos no hubo
dificultad, porque soy madrileño. Pero la Pili es asturiana, y por más que
escribió a varios pueblos, en ninguno la conocían. Es que ella, ¿sabe usted?,
es analfabeta. En ese medio tiempo surgió la discusión entre los dos y nos
separamos.
-¿Qué le parece la vida?
-Que es el sino de la persona. Yo
fui bien educao en los frailes. Estudié taquigrafía con el método Caballero, y
francés con el método Rivera. ¡Y ya ve usté lo que soy! Aunque la vida también
tiene cosas buenas.
[TEXTO INCOMPLETO]:
Yo tenía p (…) calle de Lope de Vega, (…) dejó mi madre. Un día l (…) en
trece mil pesetas al jefe (…) tramoya del teatro Español (…) dinero en el
Banco, en c (…) corriente, y, ¡amigo!, cogía (…) que, echaba una firma y (…) gao.
¡Eso sí que es bueno (…) trece mil pesetas sólo me (…) tres meses. Para celebrar
(…) entrega cogí a dos mujeres (…) vendían tabaco en la calle de (…) Encomienda,
la una chepa y (…) larga y vieja, y del brazo (…) las tabernas. Bailábamos (…) mos
zapatetas. Al final, (…) querían venirse conmigo (…) cuenta corriente, ¿sabe? (…)
fue cuando eché la última (…) ¡El sino de la persona! P (…) que más dinero
tuve. Per (…) que fueron aquéllos mis (…) felices, no.
-¿Tiene ahora lo suficiente para
vivir?
-¡Quía! A veces no c (…) aguanto, y a nadie le pi (…) La culpa la
tengo yo, por (…) tener voluntad. Me encuentro (…) los amigos, con la gente (…)
con las chicas que alter (…) que son las que mandan (…) tabernas. Bebemos y ca
(…) cuando yo me quedo sin (…) da, mis amigos me coge (…) que llevo en los
bolsillos (…) natural! Un día una mujer (…) tó trescientas pesetas.
-¿Nunca trabaja?
-Me gusta ganar un (…). Mire: uno, dos, tres, cuatro (…) ocho
encendedores llevo (…) dos los bolsillos. Los c (…) en el Rastro, los arreglo y
l (…) Además hay pintores que (…) llamao para su estudio; (…) quiero ir porque
yo no (…) con mi persona. Sé cantar (…) la y tengo estudio hecho (…) tro: yo
fui ayudante de (…) la cla de los teatros líricos (…) venga usted el domingo al
(…) de mus que tenemos en (…) taberna y me oirá cantar (…) copas del concurso
las p (…) nar yo, pues juego muy (…) luego las llevaré a la casa (…) empeño.
-¿Tiene alguna clase (…) proyectos?
-¡Si tuviera voluntad (…) vida golfa! Estoy en pos (…) derecho de
limpiabotas, y (…) tener una plaza fija en A (…) pero nunca llego a reunir (…) necesario.
Ciento diez p (…) permiso del Ayuntamiento (…) chapa, veinticinco cincuenta (…)
sindicato y treinta duros (…) aunque lo compre a plazo (…) llego a reunir el
dinero. (…) tuviera voluntad...!
Después de oírle hablar (…) comprendí que "el Melenas” (…) Sansón, tiene su fuerza (…) Laureano Pérez es inteligente (…) sabe que a nadie puede (…) su desmedrada persona. Y (…) mente de esta insignifican (…) la razón de su melena, p (…) que lleva el pelo largo (…) mundo se fija en él. Las (…) interesadas en cortarle el (…) le hacen un gran favor. (…) nistran la lucha por la (…) ilusión de defender algo (…) el cojo, bizco y corcovado (…) cillo seguirá marchando (…) Rastro con su gran melena (…) tando al viento. Ella le proporciona un agradable complejo de superioridad.
EL DOMINGO, EN EL RASTRO
Por Mercedes DÍAZ-JIMÉNEZ
NATALIA, LA COJA
Natalia la Coja es una mujer,
llena de personalidad. Tanto que a su marido nadie le conoce por el nombre de
Juan Antonio Moreno, sino por el apodo de "Juanito, el de la Coja".
Si Natalia tuviera las dos
piernas cabales, sería una mujer físicamente insignificante. Pues su cojera es
lo que mayormente la distingue de sus congéneres de oficio. Por eso, en el
Rastro, en medio del barullo de traperos, de gitanos, de mirones y de vagos,
que durante todo el día se concentran en la plaza del General Vara de Rey, a
quien primeramente se distingue es a Natalia. Mejor dicho: a sus botas color
marrón, a sus torpes movimientos de cojitranca y a su bolso de cuero, que
siempre lleva colgado del brazo.
Lo que dentro de su bolso lleve
Natalia, no es fácil adivinarlo. Y por esta misma dificultad tiene mucho
atractivo para los policías de la Comisaría de la Arganzuela, porque se lo
abren de cuando en cuando. Siempre que se sienten atacados de repentina
curiosidad. Y sabido es el motor principal que suele impulsar a los
representantes de la Ley.
Natalia la Coja es una
institución importante para las gentes que acuden a la Ribera de Curtidores con
cierta clase de negocios. Porque el Rastro da de comer a mucha gente.
Afirmación que hacemos, claro está, sin hacer distinción entre las personas que
comen pan de procedencia honesta y aquellas otras que lo sacan de combinaciones
poco limpias. La importancia de Natalia nace del engranaje social de la vida.
Pues aunque se opere en los bajos fondos, siempre suele encontrarse un escalón
propicio que le eleve a uno sobre otros seres más inferiores todavía. Si no
fuera por el grupo de traperos desaprensivos que capitanea esta mujer, como
"el Aranjuez", "el Quiqui", el Valentín Sardoni, "el
Máquinas", y "Juanito", ¿qué sería de los individuos que roban
todo aquello que se les pone por delante? ¿Y qué de las sirvientas que hurtan
prendas a sus señoras? ¿Y qué de las "mecheras", las individuas que
roban en los comercios fingiéndose clientas? ¿Y qué de los empleados ladrones
que llegan al Rastro con objetos extraídos de sus centros de trabajo?
Natalia es quien ayuda a esas
gentes a deshacerse rápidamente del cuerpo del delito antes de que la alarma
llegue hasta la Policía. Caer la prenda ignominiosa en el Rastro y salir en el
tren de Galicia para ser vendida allá lejos es todo uno. La red de transportes
urgentes, de los traperos escabullidores, se halla perfectamente organizada. Y,
por si fuera poco el favor que Natalia hace a los amigos de lo ajeno, les
entrega además unas cuantas pesetas: una proporción equitativa al riesgo que
corre. Pues si el valor de lo pignorado asciende a mil duros, por ejemplo, la
Coja entrega ochocientas pesetas por la transacción.
Pero justo es reconocer que
Natalia, ahora, ha dejado de ser un pozo para los secretos profesionales. Y si
ya no se dedica a la compra de objetos robados, es porque de sabios es
reconocer el error. Hay que tener en cuenta que, en el momento en que esta
famosa "perista" llegó a conocer el error, se produjo en el Rastro un
hecho bien extraño. Pues la persona que elige una profesión se va
perfeccionando en ella, se introduce a fondo en el asunto y llega a doctorarse
en la materia de que trata. Que Natalia se hallase en regresión sobre los bajos
fondos, que de repente diera marcha atrás, era debido, sin duda, a poderosos
motivos. Por eso la cronista del Rastro tenía la obligación de enterarse de lo
ocurrido en los abismos psicológicos de esta mujer representativa de las de su
clase. Seguidamente llegué a la plaza del General Vara de Rey y busqué a la
trapera. Sin embargo, a la trapera no la encontré.
Que Natalia no estuviera allí,
presidiendo a la pícara fauna que se congrega en la más típica plaza del
distrito de la Arganzuela, era cosa inaudita. ¿Es que se la había llevado la
Policía a dar una vuelta por la Comisaría? La suposición no era verosímil, pues
la noticia de tales incidentes barométricos suele recorrer a la comunidad
rastrística con velocidad eléctrica. Y la comunidad rastrística, la idónea, no
sabía nada. Por tanto, no me quedaba más remedio que ir a buscar a Natalia a su
domicilio. Su casa está situada en la calle de la Encomienda. Se trata de un
edificio de los reconstruidos recientemente. Como que entre la vetustez
reinante de esta calle castiza del barrio de Lavapiés, la casa de la trapera
aparece como de nuevo rico. Y tan moderna es, que tiene realquilados. Y además
está bajo la amenaza del casero, quien ha puesto pleito a Natalia sobre si
tiene o no derecho a ocupar el piso sin contrato expreso.
Pronto me enteré de que Natalia
dejó de acudir al Rastro porque se hallaba inutilizada: yacía tendida en su
cama. En cuanto oyó que la buscaban, ordenó desde su cuarto que me dejasen
pasar, creyendo que el Rastro se había trasladado a su habitación por ir yo a
ofrecerle alguna clase de mercancía. Pero no quedó decepcionada cuando la
convencí de que mis intenciones eran sólo periodísticas. Sonrió complacida, y
exclamó:
-¡Usted viene enviada por
"El Caso"!
-¿Es que ha ocurrido algún crimen
-la contesté- para esperar la visita de tan sangriento semanario?
-¿Le parece poco acontecimiento
que me hayan roto mi pierna sana?
-¿Y qué le ocurrió a su marido?
Pues que tuvo la mala suerte de
comprar alhajas a unos menores de dieciocho años que las venían extrayendo de
una joyería. Nos metieron a los dos en la cárcel. A él en Carabanchel y a mí en
Ventas. Pero a mí la cárcel no me asusta, pues aquello está bien y es más
difícil ganarse las judías en la calle. Me pusieron de mandanta para cuidar de
las más jóvenes: que se levantasen a la hora y que estuvieran en formación
cuando llegaba la directora. Todas las jóvenes eran criadas de servicio, que
estaban "allí" por haber robado a sus amas. Pero no puedo consentir
lo de la cárcel. ¡Por mi hijo! ¡Que es muy decente! Infórmese, infórmese usted
en el Rastro y verá. Está trabajando honradamente, es muy religioso y no puede
ser que sus padres estén en la cárcel.
-Un noble motivo para que usted
cambie de vida.
-Él es quien nos va a retirar.
Tengo yo un terreno en Tetuán que lo estoy conservando a toda costa. Lo venderé
para que mi hijo se establezca. Que ponga una, taberna, y yo le ayudaré a
fregar.
-¿Qué hace ahora su marido?
-Pues yo le digo: "¡Juanito,
no compres nada! ¡Mira que la Policía no nos deja vivir! Juanito, que ahora es
peor, que eres reincidente. Que estás delicao del estómago. Juanito, que en
estos tiempos no hay seriedad, que los ladrones se chivan. ¡Que hoy aprietan
mucho los jueces!"
-¿Y cómo empezaron a dedicarse a
eso?
-Pues cosas de la guerra. Mi
marido era tratante en ganao, pero la C. N. T. le quitó doce mulas. ¿Y dónde va
a ir a parar un negociante desocupao? Pues al Rastro. Allí, mirando, vimos que
se ganaba dinero. Y dijimos: "¿Para qué vamos a estar llorando por las
mulas que nos han quitao? Pues vamos a hacer lo que hacen los demás."
-¿Es difícil aprender a ser
"perista"?
-Al principio le engañan a uno. Fíjese:
mi marido compró una sortija en mil pesetas y la vendió en mil. Pues luego
resultó que valía cuatro veces más. Yo un día compré una cortina a una mujer, y
tonta de mí, la hago un recibo. Como resultó que era robada, pues me buscaron a
mí. Con esos engaños te espabilas. Pero ahora el oficio está bastante mal.
Porque la gente ha perdido la vergüenza y prescinde de nosotros. Los mismos que
roban se ponen a vender lo robao. Además, como se ha quitao el estraperlo, pues
los que antes mataban el hambre con la venta del pan tienen que dedicarse a
otra cosa.
-¿A usted no le atrajo el
estraperlo?
-¿Pero usted cree que yo voy a
comerciar con comida? ¡Eso no es para mí! De la escasez de comida no debe uno
aprovecharse.
-Tengo entendido que su presencia
en la plaza del General Vara de Rey no es grata para los comerciantes que allí
están establecidos. Van a pedir que la supriman a usted.
-¿A quién? ¿A mí? Si a mí me echan,
y a mi marido, pongo las cartas boca arriba. Pues hay algunas tiendas que han
hecho de todo. Como que mi marido y yo nos hacemos cruces, pues están
millonarios.
CARTAS AL DIRECTOR
NATALIA, "LA COJA"
Réplica de los comerciantes de la
plaza Vara de Rey
Madrid, 5 de junio de 1953.
Señor director del diario PUEBLO.
Madrid.
Muy señor nuestro: En el
periódico de su digna dirección de ayer jueves, día 4, se ha publicado un artículo
de los de la serie «El domingo en el Rastro», firmado por Mercedes Díaz-Jiménez
y con el título de “Natalia, la coja”, que por creer debemos refutar algunos de
sus párrafos, es por lo que nos dirigimos a usted, acogiéndonos al reciente
decreto de rectificación en la Prensa, con el ruego de que dé cumplida réplica
a ciertas afirmaciones que en dicho artículo se vierten.
En primer lugar, y dejando a un
lado la reseña periodística de las actividades nada elogiosas de la tal Natalia,
nos interesa hacer constar que los comerciantes, en general, del Rastro, y más
concretamente los de la plaza del General Vara de Rey, que es donde esta
individua tiene su cuartel general, en repetidas ocasiones, y por muy distintos
medios (Prensa, instancia al jefe superior de Policía y hace unos días en el coloquio
sobre el Rastro en la Escuela de Periodismo), nos hemos ocupado ampliamente de
esta invasión del Rastro por la gente del hampa que en ningún momento aprobamos
ni deseamos y, por lo tanto, hemos pedido, y ahora lo hacemos de nuevo de la
forma más enérgica, se suprima el espectáculo, bochornoso para todos, de tener
que soportar y consentir que la mencionada plaza del General Vara de Rey sea
escenario de toda suerte de hechos perpetrados a plena luz del día y a la
vista, ya que dichos sujetos están todos fichados como peristas, vagos y
maleantes.
Pero donde nuestra paciencia
llega al límite es al leer los dos últimos párrafos del mencionado artículo
que, para mejor comprensión de la réplica, voy a transcribir literalmente:
«Tengo entendido que su presencia en la plaza del General Vara de Rey no es
grata para los comerciantes que allí están establecidos. Van a pedir que la
supriman a usted. «¿A quién? ¿A mí? Si a mí me echan y a mi marido, pongo tas
cartas boca arriba. Pues hay algunas tiendas que han hecho de todo. Como que mi
marido y yo nos hacemos cruces, pues están millonarios.»
Como es lógico, no vamos a entrar
aquí en diálogo con una señora; pero, en cambio, emplazamos a la señorita
Mercedes Díaz-Jiménez para que dé satisfacción al buen nombre ofendido con este
motivo de todos los industriales de dicha plaza, y a este respecto hacemos
constar públicamente lo que sigue:
Primero. Que los comerciantes
establecidos en dicha plaza no hemos tenido en ninguna ocasión contactos con
sujetos de tan repugnante condición.
Segundo. Que pueden ponerse en
todo momento las cartas boca arriba, pues todos los industriales somos personas
de absoluta y probada honorabilidad, tanto comercial como política, y, por lo
tanto, no estamos dispuestos a soportar se nos insulte públicamente.
Tercero. Exigimos a la señorita
periodista publique, si puede, los datos concretos de algún industrial que esté
comprendido dentro de alguna de las afirmaciones que tan gratuitamente hace.
Le saludan atentamente, Galerías
Cascorro, S. L.; Juan Deza; Vicente García; Miguel González; Patricio Martínez;
Firma ilegible; Francisco Gutiérrez; Jesús González; José Luis Alonso;
Florencio N. Cortés; Salvador Valdivia; Pérez y Hernández; Antonio Solís y M. Álvarez."
N. de la R.- El artículo a que se refiere esta carta es el reportaje que, con el título "Natalia, la coja", fue publicado en nuestro número del jueves 4 de los corrientes, con la firma de su autora, Mercedes Díaz-Jiménez, a la que invitamos a responder de la veracidad de sus afirmaciones.
Contestación a los anticuarios de la plaza del general Vara de Rey
Por Mercedes Díaz-Jiménez
Antes de que yo comenzara mi
campaña periodística en favor del Rastro, mucho se había escrito sobre tan
típico lugar madrileño. Pero todos los escritos anteriores a los míos fueron
hechos de una manera subjetiva, donde el tratadista exponía la serie de
consideraciones que el lugar y los personajes sugerían a su imaginación, sin fijarse
mucho en que correspondiesen a la realidad. De ahí resultó que el público
ignorase cómo eran, exactamente, los vendedores, los traperos, los anticuarios
y los maleantes. Precisamente, porque se desconocía ese documento humano tan
interesante, es por lo que yo acometí la tarea de dar a conocer a los
personajes rastrísticos. Tal y como ellos pensaban, tal y como ellos hablaban y
tal y como ellos actuaban. La tarea que me propuse está conseguida, pues mi
objetividad ha sido reconocida hasta por los lectores que pertenecen al Rastro.
Por los propios protagonistas del acontecer que estoy reflejando.
En los reportajes que vengo
publicando, bajo el epígrafe de "El domingo en el Rastro", va
saliendo la variada gama de aspectos que la cuesta de Cascorro y sus aledaños
presenta. En ellos hay elogios y censuras. Hay personas más importantes y las
hay más humildes. Las hay honorables y las hay que bordean la ley. Ninguna
individualidad puede faltar, porque entonces mi exposición perdería su realismo
y reflejaría una sola faceta. Si las distintas clases de personas que tienen su
vida en el Rastro se codean los unos con los otros a diario, justo es que
también aparezcan mezclados en mis crónicas periodísticas. Todas son criaturas
humanas, incluso los delincuentes, y todos presentan un interés sociológico.
Existen, y por este hecho todos tienen derecho a pasar a la historia.
Por eso, una mujer tan
característica de su profesión como es Natalia, "la Coja", no podía
faltar en mi "Domingo en el Rastro", aun a pesar de que varios
comerciantes de dicho lugar quisieron disuadirme de que yo la interrogara.
Natalia ha salido retratada en un reportaje mío, porque ella forma parte del
gran teatro del mundo, de la comedia humana, o de la abigarrada multitud que
del Rastro vive. Reconozcamos que su entrada en la escena periodística no es
tan desfavorable para su pobre humanidad caída. Porque ella comienza por
acusarse de sus delitos y lucha, valientemente, por reformar su vida. Por eso,
señores anticuarios de la plaza del General Vara de Rey, las crónicas
ejemplares no son, precisamente, las que ustedes valoran. Es decir, aquellas
que solamente están dedicadas a entonar elogios.
Efectivamente, yo interrogué a
Natalia, "la Coja". Le pregunté, entre otras cosas, lo siguiente: Tengo entendido que su presencia en la plaza
del General Vara de Rey no es grata para los comerciantes que allí están
establecidos. Van a pedir que la supriman a usted. Ella me contestó: ¿A quién? ¿A mí? Si a mí me echan y a mi
marido, pongo las cartas boca arriba. Pues hay algunas tiendas que han hecho de
todo. Como que mi marido y yo nos hacemos cruces, pues están millonarios.
Respuesta que fue publicada en mi veraz reportaje del día 4 del presente mes.
No habría necesidad de advertir que esta afirmación hecha por Natalia sólo
tiene un valor relativo. Y que la mayoría de mis lectores le ha dado su justa
interpretación: la que se deriva de la psicología propia de la protagonista,
cuyo ánimo está resentido contra aquellos compradores que viven felizmente por
tener una profesión honorable.
Pero resulta que los anticuarios
de la plaza del General Vara de Rey son muy susceptibles y, a pesar de tal
evidencia, se han sentido atacados por mí. En carta enviada al director de
PUEBLO me emplazan (sic) para que dé satisfacción
al buen nombre ofendido, con este motivo, de todos los industriales de esta
plaza. Creo que con mi anterior párrafo, en el que se habla del
resentimiento de Natalia, "la Coja", doy la satisfacción que el buen
nombre de los citados señores reclama.
Sin embargo, para mí, el asunto
no termina en este punto. Porque los anticuarios añaden en su carta varios
apartados, y dicen en el tercero de ellos lo siguiente: Exigimos a la señorita periodista publique, si puede, los datos concretos
de algún industrial que esté comprendido dentro de alguna de las afirmaciones
que tan gratuitamente hace. Por esta razón paso a informar a los señores
exigidores sobre las fuentes de información que me han impulsado a recoger en
mi reportaje la afirmación de Natalia. Que es, naturalmente, todo lo que puede exigírsele
a una periodista, ya que el seguir la pista de las actividades de los
comerciantes y el levantar actas notariales no es a mí a quien corresponde.
Voy, pues, a lo de las fuentes, las cuales tienen más garantías que la
información que Natalia me proporcionó:
Uno de mis reportajes, de los que
todavía están sin publicar, se titula "El anticuario más joven del
Rastro". Para hacerlo Interviuvé, como es natural, a un joven anticuario
que tiene su tienda en la plaza del General Vara de Rey. Él se quejó de la ignominia,
y del perjuicio, que para ellos representa el tener en su plaza
"peristas", vagos y maleantes. Me habló de la instancia que los
anticuarios habían presentado, conjuntamente, al jefe superior de Policía
pidiendo que los tales tipos fueran retirados de allí. Y añadió que ninguna
contestación habían tenido sobre lo solicitado en dicha instancia.
Es evidente que, para conocer bien
el Rastro, es necesario verificar un estudio profundo de él. Por tanto, seguidamente
me dirigí a la Comisaría del distrito de la Arganzuela, con objeto de pedir una
información autorizada sobre los maleantes, y sobre la instancia presentada por
los anticuarios. Pero tuve necesidad de pedir una previa autorización al jefe
superior de Policía, en cuyo despacho me personé. Cuando de nuevo volví a la
Comisaría de la Arganzuela, el comisario respondió a mis preguntas. Dijo que
había informado la instancia de los anticuarios en sentido negativo, porque
algunos de los firmantes estaban considerados como personas que habían comprado
mercancías sin atender a su procedencia.
Otra fuente de información,
procedente de distinto sector, es la siguiente: con motivo de publicarse en el
diario "Madrid" un reportaje en el cual se hablaba de los "peristas"
que estaban actuando en el Rastro, se sintieron atacados los susodichos
anticuarios en forma semejante a la de hoy. Dirigieron un escrito al director
del periódico "Madrid" y fueron a recabar la firma de todos los anticuarios.
Pero varios de ellos se negaron a firmar. Y uno de ellos me dijo a mí,
exactamente, que no refrendaba aquel escrito de protesta por considerar que el
puritanismo ostentado por unos cuantos era completamente nuevo y que firmar la
protesta equivalía a considerarse aludido y, por tanto, sospechoso.
Este es el ambiente que se
respira en el Rastro. Y si yo lo proclamo hoy a los cuatro vientos, es debido
al requerimiento que me hacen los anticuarios de la plaza del General Vara de
Rey. Que los citados señores se valoren en comunidad denota que son bastante
ingenuos. En cuanto al grupo de maleantes que a sus puertas se estacionan
(asunto distinto a la presunta ofensa mía y que se halla fuera de lugar), hay
que advertir que desaparecen por temporadas: siempre que ingresan en la cárcel por
haber sido cogidos con las manos en la masa. Ellos cumplen la correspondiente
condena, y cuando se hallan en paz con la ley, vuelven al Rastro. ¿Qué quieren
los anticuarios? ¿Que el Estado mantenga a estos individuos recluyéndolos perpetuamente
con el solo fin de que unos comerciantes realicen negocios más florecientes? ¿Es
que nuestro dinero, el de los que somos contribuyentes, no debe emplearse en
resolver otros asuntos más importantes de los que están planteados en nuestra
Patria? Lo indicado en este caso es que los anticuarios doten a los individuos
que les molestan con una pensión vitalicia que les permita vivir lejos de la
plaza del General Vara de Rey.
Hay otro aspecto de la carta al
que también quiero contestar. Me refiero al párrafo que dice así: Como es lógico, no vamos a entrar aquí en
diálogo con una señora. La frase está dicha, claro está, en sentido
peyorativo. Significa que estos hombres tan importantes no pueden dialogar con
una mujer por eso de que las mujeres somos seres inferiores. Pero la lógica que
ustedes invocan, señores anticuarios, queda bastante mal parada. Pues da la
casualidad que ustedes acaban de entrar en diálogo conmigo: me han preguntado y
yo les contesto.
Y ahora que hablamos de diálogos,
en su escrito se echa de ver que están ustedes muy orgullosos de que el tema
del Rastro haya sido llevado a la Escuela Oficial de Periodismo. Porque el
coloquio sostenido allí les sirvió de propaganda, les dio mayor categoría y les
proporcionó la ocasión de pedir tales y cuales cosas. Pues bien: observen que
en la Escuela Oficial de Periodismo sostuvieron ustedes un diálogo, incluso con
mujeres. Y por añadidura les diré que ese diálogo público que tanto les halaga
se lo proporcioné yo a ustedes. Fue una mujer precisamente quien propuso al director
general de Prensa el coloquio sobre el Rastro, y don Juan Aparicio me hizo el
honor de aceptarlo. Formé la lista de los invitados e incluí en ella una nota biográfica
de cada uno. ¿0 es que pensaban ustedes que en los medios intelectuales suceden
las cosas por generación espontánea? Craso error: nadie se habría acordado de
los anticuarios si una mujer no hubiera emprendido la campaña sobre el Rastro
en PUEBLO. En el citado coloquio era yo quien tenía que haber pronunciado el
discurso de presentación. Hoy me congratulo de no haber asistido al acto, pues
me evito el tener que arrepentirme de haber elogiado a unos comerciantes que
tan desenfocados se hallan.
Y una vez que los señores emplazadores han sido complacidos, es lástima que no me hagan más preguntas. Porque de los diálogos nace el progreso de las instituciones. El suscitar una polémica sobre el Rastro nos proporcionaría el mejor observatorio de estudio que existe sobre tan típico lugar madrileño. En cuanto a la profesión de comerciante, de cuyo buen nombre se muestran ustedes tan celosísimos, estoy deseando hablar. Para exponer la forma en que actúan sobre el cliente, con objeto de conseguir que compre hasta la mercancía más despreciable. Yo afirmo que, desde la terminación de nuestra guerra hasta ahora, la picaresca del vendedor ha ido desarrollándose poderosamente. Todo un tratado de psicología podría formarse alrededor de esta picaresca, donde no falta el ataque por sorpresa, el engaño, la falsificación (relojes Ingleses y cuadros de firma, por ejemplo) y la mentira más descarada. Y conste que hablo con conocimiento de causa, pues por ser mujer he comprado de todo: pan, carne, patatas y mercancías suntuarias. Hasta en los instrumentos de música también pretenden darle a uno gato por liebre, como si la música no tuviera voz elocuente en todo momento. ¡Estupendo tema de estudio este de la profesión de comerciante!
Cuando las muchachas japonesas escribían cartas a los soldados de
FRANCO
En la primavera de 1938, el heroico emblema de la Legión apareció en la Prensa Japonesa; varios oficiales de nuestros tercios solicitaban madrinas de guerra del lejano y poético país de los crisantemos y el FujiYama. Por encima de los mares llegaron a nuestros campos de batalla las femeninas cartas japonesas; escritas graciosamente, con pincel, dibujadas con elegancia sobre los finos rollos de papel de seda. Cartas femeninas que iban leyéndose en nuestros campos de batalla, dulces y poéticas; cartas que hablan del lago de Biwa, del juego de las flores en los jarrones, de los kimonos primorosamente bordados... Cartas femeninas que anuncian el envío de "La Banda de los Mil Puntos", prodigioso talismán que libra de las balas a los héroes. Mercedes Díaz-Jiménez ha coleccionado cuidadosamente estas cartas japonesas, algunas de las cuales publicamos hoy en la página siguiente como homenaje a las muchachas japonesas y en honor de su príncipe heredero que hoy es huésped de honor de nuestra ciudad.
LAS JAPONESAS ESCRIBIERON A LOS COMBATIENTES ESPAÑOLES EN 1938
Cartas coleccionadas por MERCEDES
DÍAZ-JIMÉNEZ
La llegada a España del príncipe
Akihito, heredero del trono del Japón, ha sido acogida en España con gran
simpatía. Con tal motivo, y para satisfacer la curiosidad que nuestros lectores
sienten por conocer las costumbres de tan lejano país, vamos a presentar a
ustedes una pequeña colección de cartas que están escritas por mujeres
japonesas. Es ésta una correspondencia que tuvo lugar durante las jornadas
emocionantes de nuestro Movimiento nacional.
Corría la primavera del año 1938.
Las tropas nacionales luchaban valerosamente en todos los frentes de combate, y
los soldados que sitiaban a Madrid estaban a punto de conquistar la capital de
España. De este sector precisamente, donde la lucha es sorda y pesadísima
debido a la forzosa Inmovilidad que impone el sitio, es de donde sale una
misiva para el Japón en la cual se solicitan madrinas de guerra. La carta va
firmada por los oficiales de la Legión, pertenecientes al segundo Tercio,
séptima bandera, veintiocho compañía. Después de cruzar medio mundo, el mensaje
llega a su destino y es reproducido en los periódicos japoneses. Las mujeres
niponas que lo han leído se llenan de entusiasmo y prontamente responden a los
combatientes españoles.
Por tal motivo, las líneas
escritas por manos de mujer Japonesa que hoy reproducimos, convenientemente
traducidas, son interesantísimas. Ellas nos hablan de las costumbres de tan
lejano país, y, sobre todo, son páginas de Historia. Pues los hechos que en
ellas se citan tuvieron realidad en un pretérito cercano. Téngase en cuenta que
la Historia no la redactan solamente los cronistas oficiales y los cronistas
particulares, sino que también se halla reflejada en los papeles íntimos. Y,
por si todo esto fuera poco, podemos ver la interpretación que de la guerra
hacen las mentes femeninas orientales; y el amor tan intenso que por las flores
sienten las japonesas; y la solicitud con que cuidan a sus combatientes; y
tantas otras cosas más.
Las cartas que vamos a ofrecer a
ustedes son completamente inéditas. Y son conocidas por muy pocas personas.
Todas ellas vinieron escritas en caracteres japoneses. Algunas fueron
redactadas con pluma estilográfica. Otras, a la manera tradicional, es decir,
dibujando los signos de la escritura con pincel. Cuando esto ocurre, el tamaño
de la carta alcanza los dos metros de extensión y son documentos orientales de
bellísima factura. Su papel fino, pero resistente, parece hecho con seda natural.
Alguna vez aparecen los signos occidentales. Pero es para repetir solamente la
firma y el lugar de residencia, no sea que la respuesta vaya a perderse en el
largo camino que tiene que recorrer. Entremos, pues, por unos momentos en ese
lejano país que se llama Japón, llevados de la mano por delicadas mujeres cuyos
rostros parecen de porcelana:
Yokohama, 30 de marzo de 1938
A los heroicos soldados de España: Me permito dirigir estas líneas a
los heroicos oficiales y soldados españoles que han tomado las armas a fin de
castigar a los rojos y de salvar a España de sus garras.
Me alegro mucho de poder escribir a ustedes desde esta lejana tierra
para confortarles.
¡Señores soldados del General Franco! ¡Les ruego que combatan con sus
máximos esfuerzos y con gran patriotismo! Todo el pueblo japonés estamos
impresionados profundamente por sus heroicas actividades desde agosto de 1936.
No se ha terminado la guerra ni en España ni en China y tenemos que
hacer frente aún a muchas dificultades, que serán superadas a costa de
cualquier sacrificio con espíritu de abnegación.
Sé que ustedes comprenden realmente la situación japonesa en el Extremo
Oriente. Cuando venga la paz, les ruego venir al Japón y seamos aún mejores
amigos.
Les ruego ocupar pronto Madrid, Barcelona y Alicante y aniquilar a los
rojos, que son nuestro común enemigo.
Al terminar esta carta hago fervientes votos por la felicidad del
General Franco, a quien respeto mucho, y a los señores oficiales y soldados a
sus órdenes. Firmado: Señorita JUSHIKO KIKYO.
* * *
Tokio, 5 de abril de 1938.
A los capitanes y tenientes de la Legión: He visto en los periódicos
que en una tierra muy distante a la nuestra luchan unos valientes guerreros que
nos piden a nosotras, japonesas, unas palabras de consuelo. Si estas líneas
mías pueden serviros de algún consuelo, con alegría os escribo. Yo he hecho
estudios en varios colegios de Tokio, la capital de nuestro Imperio, y hace
poco que he salido de un Colegio de Farmacéuticos.
Tengo veinte años y vivo con mis padres y hermanos, dando siempre
gracias de haber nacido en el Japón y de ser tan feliz. Paso los días
tranquilamente cosiendo mis kimonos y aprendiendo a poner las flores en los
jarrones, que es una de las artes del Japón que toda joven tiene que aprender:
esto es lo que compendia mi vida. Y esto es lo que generalmente hace toda joven
japonesa; se lo escribo porque a ustedes, seguramente, les gustará saberlo.
Ahora una de nuestras ocupaciones es la de enviar bolsas con algunos socorros y
cosas necesarias a nuestros soldados japoneses: hace unos días hemos mandado
muchas de todas partes. Aquí se llaman «imon bukuro» (bolsas de consuelo).
El Ejército de Franco trabaja y lucha por la paz y vosotros sois del
innúmero de los valientes que exponéis vuestras vidas por tan hermosa causa.
Estáis animados (los españoles), del mismo espíritu que nosotros, japoneses,
por lo que desde ahora será estrechísima la unión que reine entre nuestros
países.
En Tokio estamos ahora en el rigor del invierno. ¿Y en España? De vez
en cuando veo en el cine escenas de la guerra de España.
Esas flores que os envío no son muy bonitas, pero os las mando de
corazón: las disequé este verano pasado.
Anoche he oído por la radio una antigua melodía japonesa: mientras la
escuchaba nacieron en mi pensamiento unos versos que os escribo:
"Por encima de los mares y de los montes
Del lejano país
Se oyen ruidos de guerra
Que llegan a los oídos de las jóvenes japonesas.
Estos renglones que nosotras escribimos,
¿Cuándo, cruzando los mares,
Llegarán a las manos de los valientes guerreros?
¿Cuándo serán leídos por ellos?”
Que sigáis con salud y muy valientes. Firmado: Señorita KAMADA
JOMIE.
* * *
31 de marzo de 1938.
Señores oficiales: Soy japonesa, que vivo cerca del famoso lago de
Biwa. Desde que era joven siempre he adorado a España, país de la poesía.
Supongo que vuestra Patria será hermosísima.
La figura que llevan estas hojas de carta donde escribo es una
bailarina japonesa. Comprendo perfectamente la ansiedad con que vosotros esperáis
la llegada de cartas.
Como me quedé profundamente impresionada al saber que ustedes se hallan
en la sagrada guerra anticomunista, pues les envío, juntamente con esta carta,
una «Banda de Mil Puntos». Ruégoles que se la pongan ustedes en la cintura,
debajo del uniforme, y ninguna bala llegará a su cuerpo en medio de los
combates del frente.
Esta «Banda de Mil Puntos» he tardado mucho en hacerla. El largo lienzo
blanco lo preparé yo; pero cada nudito de color de los bordados que lleva ha
sido hecho por una diferente mujer, por mil mujeres. Yo salí a la calle con mi
banda y paré a una señora que iba por la calle, diciéndola: «Ruego a usted que
ponga aquí su bordado en esta Banda de Mil Puntos, que es para un soldado
español». La entregué la aguja enhebrada, y ella bordó un punto. Luego la hice
una reverencia, ella otra a mí, y cuando íbamos lejos, nos volvimos y nos
hicimos muchas E reverencias. Y así durante mucho tiempo estuve por las calles,
rogando a las japonesas que bordaran un punto. Hoy se la envío, al fin, y creo
firmemente que si llevan la tela puesta quedarán protegidos contra todo mal.
Esta Banda lleva el espíritu sincero de mil japonesas, cuya alma estará
siempre con ustedes. Les ruego llevarla siempre en el frente, en la seguridad
de que les protegerá.
El General Franco es un gran héroe, y ruego a vosotros combatir por él
y por la Patria. Al terminar esta carta hago votos por la salud de ustedes.-Señorita
Isako Higuchi.
Pie de foto 1: Las mujeres
Japonesas vistieron en todo tiempo estos deliciosos kimonos. ¡Qué poca
fantasía!, dirán nuestras lectoras. No, amigas mías; la fantasía de la mujer
japonesa es una fantasía poética; en enero, sus kimonos llevan primorosamente
bordadas las flores del cerezo; en febrero, las del granado; en marzo, las del
almendro...
Pie de foto 2: Este es el sobre
que, "cruzando los mares, llegara a las manos de los valientes
guerreros"; estos son los graciosos signos verticales que trazó la
señorita Kamada Tomie
Pie de foto 3: Esta carta la
escribió una damita Japonesa. Mojó el pincel en tinta china, sacó la
lengüecilla como una colegiala y escribió con su mejor letra: "Por encima
de los mares y de los montes del lejano país se oyen ruidos de guerra que
llegan a los oídos de las jóvenes Japonesas."
"CUANDO LOS LEGIONARIOS teníamos madrinas en Japón"
“Cómo
se nos ocurrió, desde las trincheras de la
Cuesta de las Perdices, solicitar madrinas a Tokio"
¡Cuántos recuerdos me ha traído
de pronto este magnífico reportaje que en su número del día 23 publicó el
periódico PUEBLO, de Madrid, a propósito de la visita del príncipe Akihito a
España!
Se refiere este reportaje a las cartas
que las muchachas japonesas escribieron a unos oficiales de La Legión cuando
España luchaba contra el comunismo en su propio suelo. Y PUEBLO reproduce nada
menos que la carta que el teniente Jaime Miláns del Bosch y Ussía y yo
escribimos a Japón solicitando madrinas de guerra, así como nuestras
respectivas firmas.
HISTORIA DE AQUELLA CARTA
La historia de aquella carta tuvo
su origen en las trincheras de la Cuesta de las Perdices, en el frente de
Madrid, en diciembre de 1938. Nos hallábamos en aquel duro sector la séptima
bandera de La Legión. No es que no hubiera “tomate" con frecuencia, pero
para distraernos del ocio no teníamos otra cosa que leer y escribir cartas, así
como hacer perrerías a los rojillos por las noches metiéndoles bombas en sus
propios parapetos. Fue entonces cuando se me ocurrió a mí, puesto que había
varios oficiales compañeros míos que tenían madrinas de guerra italianas,
solicitarlas al Japón.
-Eres un loco. Ni siquiera
llegará la carta -me replicaron cuando les expuse la idea.
Me unía una entrañable amistad
con el teniente Jaime Miláns del Bosch y le convencí de que compartiéramos a
medias las madrinas que pudiéramos conseguir del Japón.
-Vamos a decirles que si nuestra
guerra termina antes que la suya, iremos a luchar también contra el comunismo
en China -le dije-. Y lo haremos, ¿no crees? Juramentémonos.
-Bueno, falta que vivamos –me
repuso, lacónico, Jaime, que ya había sido cuatro veces herido en nuestra
campaña.
Escribimos la carta, dirigida a
nuestro embajador en Tokio, con el ruego de que la publicara; mandamos hacer a
máquina el sobre en la oficina de nuestra compañía, que estampó el sello que
PUEBLO reproduce en su recuadro de primera plana y enviamos la misiva por
avión.
Poco después nuestra bandera era
relevada de aquella posición. Nos trasladaron al frente de Aragón e hicimos las
campañas del Alfambra, la reconquista de Teruel -¡tierras por donde acaba de
pasear triunfalmente el Caudillo que nos condujo a la Victoria!- y la ofensiva
hacia el Mediterráneo.
LLEGAN LAS CARTAS Y LOS REGALOS
CON EL EMBAJADOR DEL MANCHUKUO
A mí me cupo el honor de ser
herido en la batalla del paso del Guadalope. Recuerdo que cuando me llevaban en
camilla hacia el puesto de urgencia, Jaime Miláns del Bosch se me acercó, y al
verme tan mal herido me animó con sus palabras:
-No te preocupes. No tienes nada.
Volveremos a vernos en Japón, ya sabes.
Días después me amputaban la
pierna derecha y no pude ya ni siquiera seguir la campaña en La Legión. ¡Adiós
nuestra aventura japonesa!
Algunos meses más tarde,
hallándome ya en el Hospital de Valdecilla, en Santander, recibí una carta de
Jaime Miláns del Bosch anunciándome que, con un enlace, me enviaba un gran
paquete de regalos procedentes del Japón.
En efecto, a través del nuevo
embajador del Manchukuo en España, desde la Embajada española en Tokio se nos
enviaba a Jaime Miláns y a mí un gran paquete de regalos y de cartas.
LAS BANDAS DE LOS "MIL
PUNTOS"
Excuso decirles con qué alborozo
abrí mi paquete. Venían centenares de cartas de muchachas japonesas. En la
Embajada -nuestra misiva había sido publicada en la Prensa tokinesa- nos
tradujeron algunas decenas de cartas, todas ellas llenas de gran ternura,
simpatía y admiración hacia la lucha que España realizaba contra el comunismo.
Algunas cartas eran maravillosamente femeninas y leyéndolas daban ganas de
llorar.
Entre los regalos que nos
enviaron -jabones, confituras, cascos de "samurai", papel de
escribir, muñequitos, etc.- figuraban varias "bandas de mil puntos".
Son estas bandas unas tiras de algodón. Cada mujer borda un punto. Y estos mil
puntos en la banda dicen que protegen al soldado que se la arrolla al pecho. A
mí me llegó tarde. No sé si Jaime Miláns del Bosch se la envolvió al cuerpo,
porque lo cierto es que en todo el resto de la campaña, ni siquiera en el cruel
Ebro, donde se ganó heroicamente la Medalla Militar individual, y más tarde en
Rusia, en la División Azul, recibió ni un solo rasguño.
Tanto a Jaime Miláns como a mí
nos tocaron varias bandas de "mil puntos". ¡Imagínense la de
japonesitas que trabajaron para nosotros, pues cada punto ha de bordarlo una
mujer diferente!
Los mismos oficiales compañeros
nuestros que consideraron una locura nuestra petición de madrinas al Japón nos
pidieron urgentemente sus señas. No sé si las escribieron. Muchas japonesas nos
enviaron sus fotografías. Algunas nos ofrecieron sus cabellos. Otras nos
invitaron a pasar una temporada en sus casas.
Se terminó nuestra guerra y tanto
Jaime Miláns del Bosch como yo seguimos nuestras carreras vocacionales. Hoy
Jaime es comandante de Estado Mayor. En cuanto a mí, el periodismo me llamaba
demasiado fuerte y no pude resistir la primera ocasión de enrolarme en sus
filas.
Sí. ¡Cuántos recuerdos me han
traído, de repente, estas cartas que PUEBLO, por mediación de la señorita
Mercedes Díaz Jiménez (¿antigua empleada en la Embajada de España en Tokio?
¿Por qué y cómo guarda esta carta original nuestra escrita desde las trincheras
de Madrid?) ha resucitado en sus páginas!...
Waldo DE MIER





















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